Progreso y Miseria



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Simplificación del Gobierno

Desaparecería la gran injusticia que quita la riqueza de manos de los que la producen y la concentra en manos de quienes no producen. Las diferencias que persistiesen serían las naturales, no las artificiales provocadas al negar la igualdad de derechos. La riqueza no sólo aumentaría enormemente; sería distribuida de acuerdo con el grado en que la actividad, la destreza, el saber o la prudencia de cada uno contribuyera al caudal conjunto.

No es posible, sin extenderse demasiado, indicar todos los cambios originados o facilitados por esta reforma que reajustaría los cimientos mismos de la sociedad. Uno de dichos cambios es la gran simplificación que se podría hacer en el gobierno. Recaudar impuestos, evitar y castigar la ocultación, registrar e inspeccionar los ingresos de tantas procedencias diferentes, constituye actualmente una gran parte de la tarea del gobierno. Por esto se ahorraría una inmensa y complicada red de administración gubernamental. El alza de salarios, la aparición de nuevas oportunidades para que todos se ganen fácil y cómodamente la vida, haría disminuir en seguida y pronto eliminaría de la sociedad los ladrones, estafadores y otras clases de criminales que provienen de la desigual distribución de la riqueza. De este modo, la administración de justicia en lo criminal, con todo su aditamiento de guardias, policía secreta, cárceles y penitenciarías, dejaría de absorber tanta fuerza vital y atención de la sociedad. Las funciones legislativa, judicial y ejecutiva del gobierno se simplificarían enormemente. De este modo la sociedad se aproximaría al ideal democrático de Jefferson.

CAPITULO 23

EL MOTIVO SUPREMO DE ACCIÓN HUMANA

Al pensar en las posibilidades de organización social, nos inclinamos a creer que la codicia es el más fuerte de los móviles humanos y que la seguridad de los sistemas de administración solamente puede fundarse en mantener la honradez humana por medio del temor al castigo; que las conveniencias del egoísmo son siempre más fuertes que los intereses colectivos. Nada hay más lejos de la verdad.

Todo lo que tiene fuerza para el mal, puede tenerla para el bien. El cambio que ha propuesto destruiría las condiciones que deforman impulsos benéficos en sí mismos, y transformaría las fuerzas que hoy tienden a desquiciar la sociedad, en fuerzas que tenderían a unirla y purificarla.

Dad al trabajo libertad de producción y todas sus ganancias; tomad en beneficio de toda la colectividad el fondo creado por el aumento de la misma, y desaparecerán la miseria y el temor a ésta. Los resortes de la producción quedarían libres y el enorme aumento de la riqueza proporcionaría a los más pobres amplia comodidad. Los hombres no se preocuparían por hallar ocupación, más de lo que hoy se preocupan por hallar aire que respirar; ni tendrían que cuidarse de las exigencias físicas más de lo que se preocupan los lirios del campo. El progreso de la ciencia, el adelanto de los inventos, la difusión del saber beneficiarían a todos. Con esta abolición de la miseria y del temor a ésta, decaería la admiración de las fortunas y los hombres buscarían el respeto y la aprobación de sus semejantes por medios distintos de la adquisición y ostentación de la riqueza. De esta manera se prestaría a la dirección de los asuntos públicos y a la administración de los fondos colectivos la destreza, la atención, la fidelidad y la probidad que hoy se aplican solamente a los intereses particulares.

Corta de vista es la filosofía que cuenta con el egoísmo como el más fuerte móvil de la acción humana. Es ciega ante innumerables hechos de la vida. No ve lo presente ni lee con acierto el pasado. Si queréis llevar del hombre a que no actúe, ¿a qué apelaréis? No a su bolsillo, sino a su patriotismo; no al egoísmo, sino a la generosidad. El interés personal viene a ser como una fuerza mecánica poderosa, es verdad; capaz de grandes y extensos resultados. Pero hay en la naturaleza humana lo que podría compararse a una fuerza química que funde, fusiona y domina, a la que nada le parece imposible. «Todo lo que un hombre tiene, lo dará por su vida». Ésto es interés propio. Pero, fieles a impulsos más nobles, los hombres darán hasta la vida.

Lo que Inspira al Hombre

No es el egoísmo lo que puebla de héroes y santos las crónicas de todos los pueblos. No es el egoísmo lo que en cada página de la historia del mundo irrumpe con el súbito esplendor de nobles gestas o expande el brillo suave de vidas bondadosas. No fue el egoísmo lo que alejó a Gautama de su casa real o mandó a la doncella de Orleáns levantar la espada del altar; lo que sostuvo a los Trescientos en el Paso de las Termópilas o juntó el haz de lanzas en el pecho de Winkelried; lo que encadenó a Vicente de Paúl en el banco de la galera o que, durante el hambre en la India, encaminaba a los niños famélicos tambaleándose hacia los puestos de socorro, llevando a cuestas a otros aún más débiles y extenuados. Llámese religión, patriotismo, compasión, humanitarismo o amor a Dios, dadle el nombre que queráis; hay una fuerza que sobrepuja y destierra el egoísmo; una fuerza que electriza el universo moral; una fuerza a cuyo lado todas las demás son débiles. Dondequiera que han existido hombres, ha demostrado su poder, y hoy, como siempre, está extendida por todo el mundo. Digno de lástima es el que nunca la ha visto ni sentido. Mirad alrededor de vosotros. Entre hombres y mujeres vulgares, entre los cuidados y la lucha de la vida diaria, en el tumulto ruidoso de la calle y en la suciedad donde se refugia la miseria, por todas partes las tinieblas se iluminan con el trémulo brillo de su llama suave. Quien no la ha visto anduvo con los ojos cerrados. El que mira, puede ver que, como dice Plutarco, «el alma tiene en sí misma un principio de bondad y ha nacido para amar, tanto como para percibir, pensar o recordar».



La que Impide el Desarrollo Armónico

Y esta fuerza de las fuerzas, que hoy se desperdicia o toma formas pervertidas, podemos utilizarla para fortalecer, elevar y ennoblecer la sociedad del mismo modo que hoy empleamos energías físicas que antaño sólo parecían fuerzas destructoras. Todo lo que tenemos que hacer es darle libertad y objetivo. La injusticia que produce desigualdad; la injusticia que en medio de la abundancia tortura a los hombres con la miseria o los agobia con el temor a la miseria; que los desmedra en lo físico, los degrada intelectualmente y los pervierte en lo moral, es lo único que impide el desarrollo social armónico. Porque «todo lo que viene de los dioses es providencial. Somos creados para la colaboración, como los pies, como las manos como los párpados, como las filas de dientes de arriba y de abajo».(Marco Aurelio, Meditaciones, libro II )

Hay gente que son incapaces de comprender una situación social mejor que la existente ahora, para quienes la posibilidad de una situación social en que la codicia fuese desterrada, las cárceles estuviesen vacías, la conveniencias individuales se subordinasen al interés colectivo y nadie tratase de robar u oprimir a su prójimo, no es más que un desvarío de visionario. Aunque entre ellas haya quienes escriben libros, ocupan cátedras universitarias o suben a los púlpitos, esta gente no piensa. Si acostumbrasen a comer en estos fonduchos donde los cuchillos y tenedores están encadenados a las mesas, creerían que el hombre tiene la propensión natural a hurtar los cubiertos con que ha comido.

Contemplad una reunión de hombres y mujeres bien educados que comen juntos. No se disputan los manjares, no miran de tomar más que el vecino de al lado; no procuran atiborrarse ni sustraer comida. Por el contrario, cada uno se esmera en atender a su vecino antes de servirse a sí mismo, en ofrecer a otro lo mejor, antes de tomarlo para sí; y si alguno mostrase la más leve propensión a satisfacer su propio apetito de preferencia al de los demás, o a cometer alguna suciedad o ratería, el castigo, pronto y severo, del desprecio social y el ostracismo, probarían que la opinión corriente reprueba semejante conducta.



Diferentes Estados Sociales

Todo esto es tan usual, que no llama la atención, que parece el estado de cosas natural. No obstante, que los hombres no ambicionen alimento no es más natural que el no ambicionar riqueza. Los hombres codician el alimento cuando no están seguros de que haya una justa y equitativa distribución que a cada uno le dé bastante. Pero cuando ya hay seguridad de ello, dejan de ambicionar comida. Igualmente en la sociedad, como está constituida hoy, la gente codicia la riqueza, porque las condiciones de distribución son tan injustas que, en vez de asegurar lo suficiente a cada uno, muchos tienen la certeza de estar condenados a la miseria. «El último mono es el que se ahoga» en la estructura social presente, y esto es la causa de las carreras y rebatiñas por la riqueza, en las que se pisotea toda consideración de justicia, compasión, religión y sentimientos; en las que los hombres olvidan sus propias almas y al borde de la tumba luchan por lo que no pueden llevarse más allá. Pero una equitativa distribución de la riqueza, que librase del temor a la miseria, destruiría la ambición de riqueza del mismo modo que en una sociedad bien educada se ha destruido la avidez por la comida.

Considerad el hecho real de una sociedad culta y refinada, en la cual las pasiones groseras no se refrenan por la fuerza o por la ley, sino por la opinión general y el mutuo deseo de agradar. Si esto es posible para una parte de la sociedad, lo es para toda ella. Hay estados sociales en los cuales todo el mundo ha de ir armado, donde cada uno ha de mantenerse dispuesto a defender con mano fuerte su persona y sus bienes. Si con el progreso hemos superado esta situación, podemos progresar aún más allá.

El Estímulo a Progresar

Se Puede decir, no obstante, que al desterrar la miseria y el temor a ella, se destruiría el estímulo al esfuerzo; la gente, sencillamente, se volvería holgazana, y un estado de bienestar y satisfacción generales sería la muerte del progreso. Este es el argumento de los antiguos dueños de esclavos; que a los hombres no se les lleva al trabajo, si no es con el látigo. Nada hay más falso.

Se puede desterrar la miseria, pero quedará el deseo. El hombre es un animal insatisfecho. Sólo ha comenzado a explorar y tiene ante sí todo el universo. Cada paso que da le abre nuevas perspectivas e inflama nuevos deseos. Es el animal constructor: forma, perfecciona, inventa y junta, y cuanto más grande es lo que hace, tanto más grande es lo que quiere hacer. Es más que un animal. Sea cual fuere la inteligencia que alienta en toda la naturaleza, el hombre está hecha a su semejanza. El buque de vapor, impulsado por su resollante máquina a través de los mares, es, en su género, ya que no en su calidad, una creación, como lo es la ballena que los surca por debajo. El telescopio y el microscopio, ¿qué son sino ojos adicionales que el hombre ha hecho para sí? Los suaves tejidos y bellos colores con que se adornan nuestras mujeres, ¿no corresponden al plumaje que la naturaleza dio al pájaro? El hombre ha de hacer algo o imaginarse que hace algo, porque en él palpita el impulso creador; el que simplemente se tumba al sol, no es un hombre natural, sino un anormal.

No es el trabajo en sí, lo que repugna al hombre; no es la natural necesidad del esfuerzo lo que es una maldición; lo es sólo el esfuerzo que no produce nada, el esfuerzo del cual no se pueden ver los resultados. Afanarse día tras día y no lograr más que lo indispensable para vivir, esto es lo que es penoso de veras; es como el suplicio infernal que obligaba a bombar su pena de ahogarse o a rodar una cabria su pena de ser aplastado. Pero libres de esta necesidad, los hombres trabajarían con más ahínco y mejor, porque entonces lo harían siguiendo sus inclinaciones entonces realmente se darían cuenta de estar haciendo algo para sí mismos o para los demás.

De hecho, el trabajo que mejora la situación de la humanidad, el trabajo que difunde el saber, aumenta el poder, enriquece la literatura y eleva el pensamiento, no se hace para ganarse la vida. No es el trabajo de esclavos impuesto por el látigo del amo o por las exigencias de la vida animal. Es el trabajo de los que lo hacen por el trabajo mismo, y no para comer o beber o vestir u ostentar. En una situación social en que la miseria fuese abolida, el trabajo de esta clase aumentaría enormemente.

Poder Mental Liberado

Me inclino a creer que el resultado de recaudar la renta de la manera que he propuesto, daría lugar a que la organización del trabajo, donde se requieran grandes capitales, tomase la forma cooperativa, puesto que la más equitativa distribución de la riqueza juntaría el capitalista y al trabajador en una misma persona. Pero, que sea o no así, tiene poca importancia. La dura fatiga del trabajo rutinario desaparecería. Los salarios serían demasiado altos y las oportunidades demasiado grandes, para que nadie se viese obligado a reprimir y sofocar las más elevadas cualidades propias, y en toda ocupación el cerebro auxiliaría a la mano. El trabajo, aun el más basto, se volvería agradable. La tendencia de la producción moderna a subdividirse no implicaría monotonía ni mengua de la habilidad del trabajador, puesto que la aliviarían la brevedad de la jornada, la variedad y la alternación de las ocupaciones manuales con las intelectuales.

El mayor de los despilfarros debidos a la actual estructura social es el despilfarro de poder mental. ¡Cuán pequeñísimas son las fuerzas que contribuyen al avance de la civilización, comparadas con las que permanecen latentes! ¡Cuán pocos son los pensadores, los descubridores, los inventores, los organizadoras, en comparación con la gran masa del pueblo! Sin embargo, hombres como estos nacen en abundancia; son las circunstancias las que a tan pocos permiten desarrollar sus facultades.

De lo mejor que hay en nosotros, adquisiciones, posición y hasta carácter, ¡Cuán poco se puede atribuir a nosotros mismos! ¡Cuánto debemos a las influencias que nos han moldeado! ¿Quién hay que sea prudente, instruido, discreto o fuerte, que, al recordar la historia íntima de su vida, no pueda, como el emperador Estoico, dar gracias a los dioses, por haberle proporcionado en todas partes multitud de buenos ejemplos, nobles pensamientos y felices ocasiones? ¿En quién, llegado al meridiano de su vida y mirando a su alrededor, no hallaría eco el pensamiento del piadoso inglés, al ver un criminal yendo al patíbulo: «A no ser por la gracia de Dios, allí hubiera ido yo»? La herencia tiene muy poca importancia, si se compara con el medio ambiente. Este, decimos, es el resultado de mil años de progreso europeo; aquél, el de mil años de petrificación china. Pero situad un niño en el corazón de China y, excepto el ángulo de los ojos y el color del cabello, el caucásico crecería como los que le rodean, hablando igual lenguaje, pensando iguales ideas, demostrando iguales gustos. Trocad en su cuna a lady Vere de Vere por una niña de los barrios bajos, y la sangre de cien condes, ¿haría de aquélla una mujer culta y refinada?

Suprimir la miseria y el miedo a la miseria, dar a todas las clases ocio, comodidad e independencia, el decoro y los refinamientos de la vida y las oportunidades para el desarrollo mental y moral, sería como conducir agua a un desierto. La tierra estéril se revestiría de verdor y los sitios infecundos, de donde la vida parecería desterrada se animarían con la jaspeada sombra de los árboles y el melodioso canto de los pájaros. Talentos ahora ocultos, virtudes insospechadas, brotarían haciendo la vida humana más rica, más completa, más feliz, más noble. Porque en los hombres redondos metidos en huecos triangulares y en los hombres triangulares apretujados en huecos redondos; en estos hombres que malgastan sus energías pugnando por ser ricos; en los que en las fábricas se convierten en máquinas o que la necesidad encadena al banco o al arado; en estos niños que crecen en la sordidez, el vicio y la ignorancia, hay facultades de primera calidad y los talentos más espléndidos. Todo lo que necesitan es la oportunidad para desarrollarlos.

Considerad las posibilidades de un estado de la sociedad que diera esta oportunidad a todos. Dejad que la imaginación complete el cuadro; sus colores son demasiado brillantes para pintarlos con palabras. Figuraos la elevación moral, la actividad intelectual, la vida social. Considerad cómo los individuos de toda colectividad están entrelazados por mil relaciones mutuas y cómo, en el actual estado de cosas, hasta los pocos afortunados que están en el vértice de la pirámide social, han de sufrir, aun sin saberlo, por la miseria, la ignorancia y la degradación que se extiende a sus pies. El cambio que yo propongo sería en bien de todos, hasta del mayor propietario. ¿No estaría más seguro del porvenir de sus hijos, al dejarlos sin un céntimo en tal estado social, que al dejarles la mayor fortuna en éste? Si semejante estado de la sociedad existiera en algún sitio, ¿no pagaría barata la entrada en él, al ceder todas sus propiedades? --



CAPITULO 24

LA LEY DEL PROGRESO HUMANO

Cualquiera que sea el origen del hombre, todo lo que sabemos de éste, es en cuanto es hombre, tal como ahora lo encontramos. No hay memoria ni rastro suyo en condiciones inferiores a las que todavía se pueden encontrar entre salvajes. Cualquiera que sea el puente por el cual haya cruzado el vago abismo que hoy lo separa de los irracionales, no queda de él ningún vestigio. Entre los salvajes inferiores de que tenemos noticias y los animales superiores, hay una diferencia irreconciliable, no tan sólo de grado, sino de clase. Los animales inferiores al hombre presentan muchas de las características, acciones y emociones humanas; pero al hombre, por bajo que se halle en la escala de la humanidad, no se le ha encontrado nunca privado de una cosa, de la cual los animales no presentan la menor huella, algo claramente perceptible, pero casi indefinible, que le da la facultad de progresar.

El castor construye un dique, el pájaro un nido, la abeja una celda; pero mientras el dique del castor, el nido del pájaro y la celda de la abeja se construyen siempre según el mismo modelo, la casa del hombre pasa de la tosca cabaña de hojas y ramas a la magnífica mansión provista de todas las comodidades modernas. El perro puede, hasta cierto punto, relacionar la causa con el efecto, y se le pueden enseñar algunas habilidades; pero su capacidad en este sentido no ha mejorado ni por asomo en todos los siglos en que ha sido compañero del hombre progresivo, y el perro de la civilización no es ni pizca más capaz o inteligente que el perro del salvaje errante. No sabemos de ningún animal que use vestidos, cueza sus alimentos, se haga herramientas o armas o tenga un lenguaje articulado. En cambio, a no ser en la fábula, nunca se ha encontrado ni mencionado un hombre que no haga todo esto. Es decir, el hombre, dondequiera que le conocemos, ostenta este poder, esta facultad de completar lo que la naturaleza ha hecho por él, con lo que él hace para sí mismo. Y de hecho, son tan inferiores los dotes físicas del hombre, que en ninguna parte del mundo podría subsistir sin aquella facultad.

En todo tiempo y lugar, el hombre manifiesta esta facultad. Pero el grado en que la emplea varía mucho. Entre la rudimentaria canoa y el buque de vapor, entre el burdo ídolo de madera tallada y el viviente mármol del arte griego, entre las nociones del salvaje y la moderna ciencia, hay una diferencia enorme.



Condiciones del Progreso Social

Los diversos grados en que se emplea esta facultad no pueden atribuirse a diferencias de capacidad original. Los pueblos hoy más adelantados eran salvajes en tiempos históricos, y encontramos las mayores diferencias entre pueblos del mismo linaje. Ni pueden atribuirse por completo a diferencias del ambiente físico; en muchos casos, la cuna del saber y de las artes está hoy ocupada por pueblos en la barbarie. Todas aquellas diferencias están evidentemente ligadas al desarrollo social. Excepto, quizás, en lo más rudimentario, el hombre sólo puede progresar viviendo con sus semejantes. Por esto, todas esas mejoras en los poderes y condiciones del hombre, las resumimos con el término «civilización». El hombre adelanta a medida que se civiliza o aprende a colaborar en la sociedad.

¿Cuál es la ley de este progreso? ¿Por qué principio general podemos explicar los diferentes grados de civilización que han alcanzado las diversas colectividades? ¿En qué consiste esencialmente el progreso de la civilización, que nos permita decir, de las diversas disposiciones sociales, cuáles lo favorecen y cuáles no; o explicar por qué una institución o situación puede en unas épocas adelantarlo y en otras retardarlo?

La Teoría Evolucionista

La creencia reinante es que el progreso de la civilización es un desarrollo o evolución, en el curso del cual las facultades y cualidades humanas aumentan y mejoran por la acción de causas semejantes a las que se admiten para explicar el origen de las especies, a saber, la supervivencia del más fuerte y la transmisión hereditaria de las cualidades adquiridas. En otras palabras, se cree que la civilización es el resultado de fuerzas que poco a poco cambian el carácter y mejoran y elevan las facultades del hombre; y que este mejoramiento tiende a avanzar cada vez más hacia una civilización cada vez más elevada.

En medio de una civilización floreciente, esta teoría del progreso nos parece muy natural. Pero sus defensores, cuando miran el mundo que nos rodea, se encuentran frente a un hecho anómalo: las civilizaciones inmóviles, petrificadas. Con la teoría de que el progreso humano es el resultado de causas generales y continuas, ¿cómo nos explicamos las civilizaciones que han progresado mucho y luego se han paralizado? No se puede decir del hindú y del chino que nuestra superioridad sobre ellos es el resultado de una educación más prolongada; que nosotros venimos a ser como los adultos de la naturaleza, mientras que ellos son los niños. Los hindúes y los chinos eran civilizados cuando nosotros éramos salvajes. Tenían grandes ciudades, gobiernos altamente organizados y poderosos, literatura, filosofía, modales corteses, considerable división del trabajo, vasto comercio y primorosas artes, cuando nuestros antepasados eran bárbaros nómadas, que vivían en chozas y tiendas de piel. Mientras nosotros hemos avanzado desde aquel estado salvaje, ellos se han quedado estancados. De todas las civilizaciones que conocemos un poco, la más inmóvil y fosilizada fue la de Egipto, en la que hasta el arte acabó por adoptar una forma convencional e inflexible. Pero sabemos que, antes de ésta, debió existir una época de vida y vigor, una civilización que se desplegaba lozana y expansiva, como la nuestra, pues de otro modo las artes y las ciencias nunca habrían alcanzado tanta altura. Y excavaciones recientes han sacado a luz, más allá de lo que sabíamos del Egipto, un Egipto aún más antiguo, con estatuas y relieves que, en vez de un tipo rígido y formalista, irradian vida y expresión y muestran un arte animoso, ardiente, natural y libre, señal segura de una vida dinámica y expansiva.

Civilizaciones Detenidas

Si el progreso fuese el resultado de leyes fijas, invariables y eternas que impulsan al hombre adelante, ¿cómo nos explicamos estas civilizaciones detenidas? No es solamente que el hombre haya avanzado tanto en la senda del progreso y luego se haya detenido; es que ha avanzado tanto y luego ha retrocedido. Lo que contradice la teoría no es sólo un caso aislado: es la regla universal. Todas las civilizaciones que hasta hoy el mundo ha visto, han tenido sus fases de crecimiento vigoroso, de parada y estancamiento, de decadencia y caida. De todas las civilizaciones que han nacido y florecido, sólo quedan hoy las que se han detenido y la nuestra, que aún no es tan antigua como lo eran las pirámides, cuando Abraham las contempló y tenían veinte siglos de historia comprobada.

Sin duda alguna, nuestra civilización tiene una base más amplia, es de un tipo más avanzado, se mueve más aprisa y se remonta más alto que cualquier civilización anterior; pero, en este concepto, apenas está más avanzada respecto a la civilización greco-romana, que ésta lo estaba respecto a la civilización asiática; y si Io estuviese, esto no probaría nada en cuanto a su permanencia y futuro avance, mientras no se demuestre que es superior en aquellas cosas que causaron el fracaso definitivo de sus predecesoras. Lo cierto es que nada está más lejos de explicar los hechos de la historia universal que la teoría según la cual la civilización es el resultado de una serie de selecciones naturales que actúan mejorando y elevando las facultades humanas. La civilización ha nacido en diferentes épocas, en diferentes sitios y ha progresado en diferentes medidas, lo cual no es incompatible con dicha teoría, porque puede resultar del diferente equilibrio entre las fuerzas impulsoras y resistentes. Pero es absolutamente incompatible con ella, el hecho de que el progreso no ha sido continuo en níngún sitio, sino que en todas partes se ha detenido o ha retrocedido, Pues si el progreso determinase un mejoramiento de la naturaleza humana, y de este modo originase otro nuevo progreso, por regla general, y aunque hubiera alguna interrupción pasajera, el avance sería continuo, el adelanto conduciría a un nuevo adelanto y la civilización se desenvolvería en civilizaciones superiores.

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