Progreso y Miseria



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Henry George


Progreso y Miseria


Indagación acerca de las causas de las crisis económicas y del aumento de la pobreza con el aumento de la riqueza. El remedio.

Versión condensada por A. W. Madsen
Traducción de Jesús Paluzie-Borrell
Revisión de Germán Lema
revisado y reeditado electrónicamente en 2004 por  
eumednet


CAPITULO 1

EL GRAN ENIGMA DE NUESTROS TIEMPOS

El empleo del vapor y la electricidad, la adopción de métodos perfeccionados y maquinaria que ahorra trabajo, la mayor subdivisión y más amplia de la producción y las portentosas facilidades para los cambios, han multiplicado enormemente la eficacia del trabajo.

Era natural esperar, y se esperó, que los inventos economizadores de trabajo aliviarían la fatiga y mejorarían la situación del trabajador; que el enorme aumento del poder de producir riqueza haría de la pobreza una cosa del pasado.

Si, en una visión del futuro, un Franklin o un Priestley hubiese visto el buque de vapor reeemplazando al velero, el ferrocarril a la diligencia, la máquina segadora a la guadaña, la trilladora al mayal; si hubiesen oido el trepidar de las máquinas que, obedientes a la voluntad humana y para satisfacer el humano deseo, ejercen un poder mayor que el de todos los hombres y todas las bestias de carga de la tierra juntos; si hubiesen visto el árbol de la selva convertido en madera acabada (en puertas, marcos, postigos, cajas o barriles) sin apenas tocarlo la mano del hombre; los grandes talleres en que botas y zapatos llegan a sus cajas con menos trabajo que el exigido al anticuado remendón para poner una suela; las fábricas donde, bajo la mirada de una joven, el algodón se convierte en tela más aprisa que si cientos de fornidos tejedores lo hubiesen elaborado con sus telares de mano; si hubiesen visto martinetes de vapor modelando inmensos ejes y poderosas áncoras, y delicadas maquinarias construyendo diminutos relojes; el taladro de diamante perforando las entrañas de las rocas y el aceite mineral ahorrando el de ballena; si hubiesen comprobado el enorme ahorro de trabajo que resulta del aumento de facilidades para el cambio y las comunicaciones, el carnero muerto en Australia comido fresco en Inglaterra, y la orden dada por el banquero en Londres por la tarde, cumplida en San Francisco en la mañana del mismo día; si hubiesen imaginado los cien mil progresos que estos solos ya sugieren, ¿qué conclusión habrían sacado respecto a la situación social de la humanidad?

No habría parecido una deducción. Más que fruto de la imaginación, le habría parecido como si él realmente lo viera, y le habría palpitado el corazón, y los nervios se le habrían estremecido como los de quien, desde una altura, frente a la sedienta caravana, divisa el esplendor vívido del bosque rumoroso y el reflejo de las rientes aguas. Sencillamente, con los ojos de la imaginación habría contemplado cómo esas nuevas fuerzas elevaban la sociedad desde sus mismos cimientos, levantando al más pobre por encima de la posibilidad de la escasez, redimiendo al más humilde de la ansiedad por las exigencias materiales de la vida. Habría visto cómo aquellos esclavos de la lámpara del saber tomaban sobre sí mismos la carga de la maldición tradicional, y cómo aquellos músculos de hierro y tendones de acero convertían la vida del obrero más pobre en una fiesta en la que toda alta cualidad y noble impulso tendrían motivo de desarrollo.

De esta generosa situación material, habría visto surgir, como obligada consecuencia, un ambiente moral realizador de la Edad de Oro. que siempre ha soñado la humanidad. La juventud no cohibida ni famélica, la vejez no acosada por la avaricia; ¡el más tacaño embriagándose en la magnificencia de los astros! ¡La corrupción ausente; la discordia trocada en armonía! Porque, ¿cómo podría haber codicia donde todos tuviesen bastante? El vicio, el crimen, la ignorancia, la brutalidad que dimanan de la pobreza y del temor a la pobreza, ¿cómo podrían existir donde ésta hubiese desaparecido? ¿Quién se rebajaría donde todos fuesen libres? ¿Quién oprimiría donde todos fuesen iguales?

Más o menos, vagas o claras, éstas han sido las esperanzas, éstos han sido los ensueños nacidos de los progresos que han dado a esta prodigiosa era su preeminencia. Tan hondamente han arraigado en la mente popular, que han cambiado radicalmente las corrientes del pensamiento, refundiendo creencias y desalojando los conceptos más fundamentales.

Verdad es que un desengaño ha seguido a otro desengaño. Descubrimiento tras descubrimiento e invento tras invento, ni han disminuido la fatiga de los que más necesitan descanso, ni han traido la abundancia al pobre. Pero han habido tantas cosas a las que, al parecer, podía atribuirse este fracaso, que hasta hoy apenas se ha debilitado la nueva fe. Hemos evaluado mejor las dificultades que hay que vencer, pero no hemos confiado menos en que la tendencia de los tiempos era superarlas.

Ahora, no obstante, tropezamos con hechos inconfundibles. De todas partes del mundo civilizado llegan quejas de depresión industrial; de trabajo condenado al paro forzoso; de capital acumulado que se desperdicia; de apuros pecuniarios entre los hombres de negocios; y de escasez, sufrimiento y ansiedad entre las clases trabajadoras. Hay malestar donde se mantienen grandes ejércitos permanentes, pero también lo hay donde éstos son nominales; hay malestar donde se aplican tarifas protectoras, pero también lo hay donde el comercio es casi libre; hay malestar donde todavía prevalece el gobierno autocrático, pero también lo hay donde el poder político está completamente en manos del pueblo; en países donde el papel es dinero y en países donde el oro y la plata son la única moneda corriente. Evidentemente, hemos de colegir que, bajo todas estas cosas, hay una causa común.

Que hay una causa común y que ésa es, o lo que llamamos progreso material, o algo íntimamente ligado a él, resulta más que una deducción al observar que los fenómenos agrupados con el nombre de crisis económicas no son sino intensificaciones de los que siempre acompañan al progreso material y que se muestran con mayor claridad y fuerza a medida que éste avanza.

A los países más nuevos, es decir, a los países donde el progreso material está aún en sus fases primeras, es a donde los trabajadores emigran en busca de salarios más altos y el capital afluye en busca de más alto interés. Es en los países viejos, es decir, en los países donde el progreso material ha alcanzado fases más avanzadas, donde la pobreza habitual se halla en medio de la mayor abundancia. Id a uno de los países nuevos donde el mecanismo de la producción y el intercambio es todavía rudo y poco eficaz; donde el incremento de la riqueza no basta para permitir a ninguna clase social la vida cómoda y lujosa; donde la mejor casa no es sino una cabaña de troncos o una choza de lona y cartón y el hombre más rico está obligado al trabajo diario, y, aunque no encontraréis la opulencia y todo su acompañamiento, no hallaréis mendigos. No hay lujo, pero tampoco hay miseria. Nadie se da una Vida regalada, ni siquiera muy buena vida; pero todos pueden ganarse la vida y nadie apto y deseoso de trabajar es oprimido por el temor a la indigencia.

Pero tan pronto como uno de estos países alcanza la situación por la cual se afanan todas las sociedades civilizadas y asciende en la senda del progreso material, así que una más densa población, una más íntima relación con el resto mundo y un mayor uso de la maquinaria que ahorra trabajo, posibilitan mayores economías en la producción y el cambio, y por consiguiente la riqueza aumenta, no sólo en conjunto, sino en relación al número de habitantes, entonces la pobreza toma un aspecto más sombrío. Algunos logran hacer su vida infinitamente mejor y más fácil, pero a otros les es difícil tan siquiera ganársela. El vagabundo llega con la locomotora, y los hospicios y cárceles son señales del progreso material tan seguras como las suntuosas viviendas, los ricos almacenes y las magníficas iglesias.

Este hecho, el gran hecho de que la pobreza con todas sus derivaciones aparece en las sociedades precisamente cuando éstas alcanzan la situación a que tiende el progreso material, demuestra que las dificultades sociales existentes dondequiera que se ha logrado un cierto grado de progreso, no provienen de circunstancias locales, sino que son engendradas, de una u otra manera, por el progreso mismo.

Esta asociación de la pobreza con el progreso es el gran enigma de nuestros tiempos. Es el hecho central del cual dimanan las dificultades económicas, sociales y políticas que tienen perplejo al mundo y contra las cuales el arte de gobernar, la beneficencia y la enseñanza luchan en vano. De él vienen las nubes que amenazan el porvenir de las `naciones más progresivas y seguras de sí mismas. Es el enigma que la esfinge del destino plantea a nuestra civilización, y no resolverlo es ser destruido. Mientras todo el aumento de riqueza suministrado por el progreso vaya sólo a formar grandes fortunas, a aumentar el lujo y acentuar el contraste entre la Casa de la Opulencia y la Casa de la Privación, el progreso no es real y no puede ser permanente.

Esta cuestión, a pesar de su capital importancia y de llamar universal y dolorosamente la atención, aún no ha tenido una solución que explique todos los hechos y señale un remedio claro y sencillo. Prueban esto los diversísimos intentos de explicar las crisis de la producción. No sólo muestran una divergencia entre los pareceres populares y las teorías científicas, sino también que la coincidencia que debería haber entre los adeptos de las mismas teorías generales se disgrega, ante las cuestiones prácticas, en una anarquía de opiniones.

Las ideas de ser inevitable el conflicto entre el capital y el trabajo, de ser nociva la maquinaria, de haberse de restringir la competencia y abolir el interés, de poderse crear riqueza emitiendo dinero, de ser un deber del gobierno el proporcionar capital o trabajo, se abren rápidamente paso entre la gran masa del pueblo que siente hondamente el daño y tiene viva conciencia de una injusticia. Tales ideas, que ponen a las grandes multitudes, depositarias de la fuerza política definitiva, bajo la gula de charlatanes y demagogos; están cargadas de peligros; pero no pueden ser combatidas con éxito mientras la Economía Política no dé al gran problema una respuesta conforme con todas sus enseñanzas y capaz de imponerse por sí misma a las percepciones de las grandes muchedumbres.

Incumbe a la Economía Política dar esta respuesta. Porque la Economía Política no es un conjunto de dogmas. Es la explicación de un cierto conjunto de hechos. Es la ciencia que, en la sucesión de ciertos fenómenos, procura hallar sus relaciones mutuas y reconocer la causa y el efecto, del mismo modo que las ciencias físicas tratan de hacerlo en otro grupo de fenómenos. Pone sus cimientos sobre terreno firme. Las premisas de donde saca sus conclusiones son verdades que tienen la más alta sanción; son axiomas que todos reconocemos; sobre ellas cimentamos con certeza los razonamientos y acciones de la vida diaria y pueden ser reducidas a la expresión metafísica de la ley física por la cuál el movimiento busca la línea de menor resistencia, esto es, que el hombre procura satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo. Partiendo de una base asegurada de este modo, su método, que consiste sencillamente en identificar y separar, tiene igual certeza. En este sentido es una ciencia tan exacta como la geometría, la cual, de análogas verdades relativas al espacio, saca conclusiones por medios parecidos; y sus conclusiones, cuando sean válidas, han de ser igualmente claras de por si. Y aunque en el dominio de la Economía Política no podemos probar nuestras teorías con combinaciones o condiciones provocadas artificialmente, como se puede hacer en algunas otras ciencias, podemos, no obstante, emplear comprobaciones no menos concluyentes, comparando sociedades en las cuales existen condiciones diferentes o separando, cambiando, adicionando o eliminando con la imaginación fuerzas o factores de dirección conocida.

Que la Economía Política, como ahora se enseña, no explique de acuerdo con las más arraigadas percepciones humanas la persistencia de la pobreza en medio de la creciente riqueza; que las verdades indiscutibles que enseña estén inconexas y dispersas; que no haya logrado difundirse en el pensamiento popular, ha de ser debido, a mi juicio, no a incapacidad de la ciencia cuando se estudia como es debido, sino a algún paso en falso en sus premisas o algún factor olvidado en sus apreciaciones. Y como, por respeto a la autoridad, se suele disimular estas equivocaciones, me propongo en esta indagación no hacer ninguna concesión. Me propongo no esquivar ningún problema, no retroceder ante ninguna conclusión, sino seguir la verdad a dondequiera que nos lleve.

Si las conclusiones obtenidas van contra nuestros prejuicios, no desistamos; si impugnan instituciones mucho tiempo tenidas por prudentes y naturales, no retrocedamos.


CAPITULO 2

IMPORTANCIA DE LA DEFINICIÓN DE LOS TÉRMINOS

Antes de proseguir nuestra indagación, aseguraremos el significado de nuestros términos, porque la vaguedad en su empleo ha de causar inevitablemente ambigüedad e indeterminación del razonamiento.

En el razonamiento económico, es indispensable dar a palabras como «riqueza», «capital», «renta», «salarios» y otras afines un sentido, no sólo mucho mas definido que el vulgar, sino más preciso que el usual, ya que por desgracia, aún en Economía Política el consenso común no ha a signado un significado cierto a algunos de dichos términos, pues autores diferentes dan significados distintos a un mismo término, y a menudo un autor usa el mismo vocablo con sentidos diferentes.

Cuando un término revista importancia, me esforzaré en establecer claramente lo que con él quiero significar y en usado en este sentido y no en otro. Séame permitido rogar al lector que anote y recuerde las definiciones dadas así, pues de otro modo no puedo tener la esperanza de hacerme entender bien. No intentaré dar significados arbitrarios a las palabras, ni inventar términos, incluso cuando fuere conveniente hacerlo, sino que me adaptaré a la costumbre tan estrictamente como sea posible, procurando solamente fijar el sentido de las palabras, de modo que puedan expresar con claridad el pensamiento.

Para empezar, establezcamos lo que entendemos por «salario» y por «capital». Los economistas han dado a la primera de estas palabras un significado bastante definido, pero las ambigüedades unidas al uso de la segunda en Economía Política exigen un detenido examen.

 

En el lenguaje usual, «salario» significa una compensación que, por sus servicios, se paga a una persona contratada; y hablamos de uno que trabaja «a salario», distinguiéndose de otro que «trabaja por cuenta propia». La costumbre de aplicar este término solamente a la compensación pagada por el trabajo manual, reduce aún más su empleo. No hablamos de salarios de hombres de carrera, administradores u oficinistas, sino de sus honorarios, pagas o sueldos.



Por esto el significado vulgar de la palabra «salario» es la compensación pagada a una persona contratada por el trabajo manual. Pero en Economía Política la palabra salario tiene un significado mucho más amplio e incluye toda recompensa del esfuerzo. Pues, como explican los economistas, los tres agentes o factores de la producción son la tierra, el trabajo y el capital, y a la parte del producto que va el segundo de estos factores la llaman salario.

Salarios en Sentido Económico

Así, el término trabajo abarca todo esfuerzo humano en la producción de riqueza; y siendo el salario la parte del producto que va al trabajo, incluye toda recompensa de aquel esfuerzo.

Por consiguiente, en el sentido político-económico del término salario, no se distingue la clase de trabajo ni si su recompensa se recibe de un patrono o no. Salario significa la recompensa recibida por el esfuerzo del trabajo, en cuanto se distingue de la que se recibe por el uso del capital y de la que recibe el propietario por el uso de la tierra.

El hombre que cultiva el suelo por cuenta propia obtiene su salario en su producto, del mismo modo que, si emplea capital propio y es dueño de su propia tierra, puede también obtener interés y renta. El salario del cazador es la caza que mata; el salario del pescador es el pescado que coge. El oro extraído por el buscador de oro es para él su salario, como lo es el dinero que al minero de carbón le paga el comprador de su trabajo; y, según enseña Adam Smith, los altos provechos de los tenderos al por menor son en gran parte salarios, pues son la recompensa de su trabajo y no de su capital. En resumen, todo lo recibido como resultado o recompensa del esfuerzo en la producción de riqueza es salario.

Esto es todo lo que ahora se debe advertir sobre el salario, pero importa recordarlo. Porque, aunque las obras de Economía reconocen más o menos claramente este sentido del término salario, a menudo lo olvidan en seguida.

Discordantes Definiciones del Capital

Más difícil es quitar al concepto de capital las ambigüedades que lo obscurecen y fijar el uso científico del término. En el lenguaje general, toda clase de cosas que tienen un valor o que rinden un provecho son vagamente llamadas capital, mientras que los economistas discrepan tanto que apenas se puede decir que este término tenga un significado fijo.

Comparemos entre sí las definiciones de unos pocos economistas típicos. «Aquella parte del caudal de un hombre», dice Adam Smith, «de la cual espera un rédito, es llamada su capital» y el capital de una nación o sociedad, sigue diciendo, consiste en: 1) máquinas e instrumentos profesionales que facilitan y abrevian el trabajo; 2) edificios, no meras viviendas, sino que puedan ser considerados instrumentos del oficio, tales como tiendas, casas de campo, etc.; 3) mejoras de la tierra que la adaptan a la labranza o cultivo; 4) las aptitudes adquiridas y provechosas de todos los habitantes; 5) dinero; 6) existencias en poder de productores y negociantes, que de su venta esperan obtener un provecho; 7) materiales para las manufacturas o artículos parcialmente elaborados, aun en manos de los productores o comerciantes; 8) mercancías listas, en poder de los productores o negociantes. (La Riqueza de las Naciones, libro 2, capítulo 1). Los cuatro primeros de estos grupos, los denomina capital fijo y los cuatro últimos capital circulante, distinción de la cual, para nuestro propósito, no es necesario tomar nota.

La definición de David Ricardo es: «Capital es aquella parte de la riqueza de un país empleada en la producción y consiste en alimentos, vestidos, herramientas, materias primas, maquinaria, etc. necesarias para efectuar el trabajo.» (Principios de Economía Política, capítulo 5.)

Esta definición, como se verá, difiere mucho de la de Adam Smith, pues excluye muchas de las cosas que éste incluye, tales como las aptitudes adquiridas, artículos de mero placer o lujo en posesión de los productores o negociantes; e incluye algunas cosas que Adam Smith excluye, tales como los alimentos, vestidos, etc., en posesión del consumidor.

La definición de J. R. McCulloch es: «El capital de una nación realmente comprende todas aquellas porciones del producto del trabajo, existentes en ella, que pueden ser directamente empleadas, ya en sostener la existencia humana, ya en facilitar la producción.» («Nota» de McCulloch al libro 2, capítulo 1 de su edición de 1838 de La riqueza de las Naciones de Adam Smith.)

Esta definición sigue la directriz de la de Ricardo, pero es más amplia. Mientras excluye todo lo que no puede ayudar la producción, incluye todo lo que es capaz de ello, sin referencia al actual uso o necesidad de uso; según McCulloch expresamente afirma, el caballo que arrastra un coche de ,lujo es tan capital como el caballo que tira de un arado, porque, si es necesario, se le puede usar para este objeto.

John Stuart Mill, siguiendo las mismas orientaciones de Ricardo y McCulloch, no define el capital según el uso o la aptitud para el uso, sino por el uso a que se destina. Dice: «Cualquier cosa destinada a suministrar al trabajo productivo albergue, protección, herramientas y materiales que aquél requiere y para nutrir y, en general, mantener al trabajador durante el proceso productivo, es capital.» (Principios de Economía Política, libro 1, capítulo 4.)

Estas citas bastan para mostrar las discrepancias de los maestros.

Las dificultades que acompañan el uso de la palabra capital como término exacto, y de las cuales, en las discusiones políticas y sociales corrientes, se ven ejemplos aún más notables que en las definiciones de los economistas, surgen de dos hechos: primero, el que ciertas cosas, cuya posesión le resulta al individuo exactamente lo mismo que si poseyera capital, no son parte del capital de la colectividad; y segundo, el que cosas de una misma clase pueden ser o dejar de ser capital, según la finalidad a que se destinen.

Con algún cuidado respecto a estos puntos, no ha de ser difícil obtener una idea bien clara y fija de lo que el significado corriente del termino capital abarca propiamente; esta idea nos permitirá decir qué cosas son capital y cuáles no lo son, y usar la palabra sin ambigüedad ni desliz.

 

Factores de la Producción

Tierra, trabajo y capital son los tres factores de la producción. Recordando que capital es, pues, un término usado a distinción de tierra y trabajo, vemos en seguida que ninguna cosa correctamente incluida en uno u otro de estos dos términos puede ser clasificada propiamente como capital.

Tierra

El término tierra incluye necesariamente, no sólo la superficie terrestre en cuanto difiere del agua y el aire, sino todo el universo material fuera del hombre mismo, pues sólo teniendo acceso a la tierra, de la cual procede su propio cuerpo, el hombre puede estar en contacto con la naturaleza o usar de ella.

El término tierra abarca, en resumen, todas las materias, fuerzas y oportunidades naturales y, por consiguiente, ninguna cosa que la naturaleza suministre de modo espontáneo, puede ser clasificada propiamente como capital. Un campo fértil, un filón abundante en minerales, un salto de agua que suministra fuerza, pueden dar a su poseedor ventajas equivalentes a la posesión de capital; pero clasificar estas cosas como capital sería suprimir la distinción entre tierra y capital y, en cuanto estos términos se relacionan entre sí, privarles de significado.

Trabajo

El término trabajo incluye todo esfuerzo humano. Por lo tanto, las facultades humanas, sean naturales o adquiridas, nunca pueden ser clasificadas propiamente como capital. En el lenguaje usual hablamos a menudo del saber, destreza o actividad de un hombre, como si constituyeran su capital; pero esto es, claro está, una expresión figurada que se debe evitar en razonamientos que aspiran a la exactitud. La superioridad en aquellas cualidades puede aumentar los ingresos de un individuo de igual modo como lo haría el capital, y un aumento del saber, destreza o laboriosidad de un pueblo, puede, al aumentar la producción, dar el mismo resultado que un aumento de capital daría; pero este resultado es debido a la mayor potencia del trabajo y no al capital.



Capital

Hemos, pues, de excluir de la categoría de capital todo lo que puede ser incluido en «tierra» o en «trabajo». Haciéndolo así, sólo quedan cosas que no son tierra ni trabajo, pero que han resultado de la unión de estos dos factores originarios de la producción. Ninguna cosa que no esté formada por estos dos, puede ser propiamente capital; es decir, no puede ser capital cosa alguna que no sea riqueza. Pero es de las ambigüedades en el uso de este término global «riqueza» de donde proceden muchas de las ambigüedades que acechan al término «capital».


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