Productividad y crisis del trabajo



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XI Congreso Español de Sociología

Madrid, 10, 11 y 12 de julio de 2013



PRODUCTIVIDAD Y CRISIS DEL TRABAJO:

los conceptos de productividad, competitividad y coste laboral en la legitimación de las reformas frente a la crisis

Autor:

Jacobo Ferrer Hernández

Licenciado en Sociología

jacoferrer@gmail.com



Resumen: Este trabajo busca presentar críticamente los conceptos de productividad y competitividad de cara a cuestionar el discurso dominante sobre las causas y remedios necesarios ante la crisis económica actual, que se sintetizan en el decreto-ley del 10 de febrero de 2012, el cual instaura un nuevo marco de relaciones en el ámbito del mercado laboral. El objetivo principal de este trabajo es el de plantear preguntas y ofrecer herramientas teóricas para aproximarse a las explicaciones principales de la crisis, que ponen el acento en la necesidad de reducir salarios como el medio fundamental para lograr ganancias de competitividad y productividad.

Abstract: This work addresses a critical understanding of both the concept of productivity and competitiveness so that the dominant discourse that speaks about the causes of and remedies to be applied to the economic crisis could be challenged. These solutions did translate into the 10 February 2013 Act, which seeks to establish a new legal and economic framework for the labour market. The main objective of this analysis is to provide with questions and theoretical tools to be used in approaching the main explanations of the crisis, which stressed the necessity to reduce salaries as the fundamental way to gain competiveness and to achieve new levels of productivity.

Palabras clave: productividad, competitividad, coste laboral, reforma laboral, crisis económica y social.

Key words: productivity, competitiveness, labour cost, labour market reform, economic and social crisis.

1. Introducción.

Las últimas cuatro décadas han sido testigo de un cambio radical en la teoría y la política económica. Bajo la idea de que la crisis de la economía mundial y el débil aumento de la productividad, principalmente entre los años setenta y noventa, estaba marcada por la nociva intervención económica del Estado, se ha desplazado de la agenda política y la enseñanza económica cualquier objetivo que no comulgue con los principios de la austeridad, si no franco retroceso en materia fiscal, y la estabilidad macroeconómica de molde monetarista. El argumento que apoya esta visión no es otro que el de un organismo económico que tiende por sí mismo al equilibrio por medio de una correa de transmisión de información entre los agentes económicos que son unos precios liberados de cualquier perturbación discrecional. La característica principal de este discurso es su énfasis insistente en una tríada conceptual compuesta por la baja productividad, la escasa competitividad y los excesivos costes laborales, sobre los que se hace descansar el peso del fracaso económico y el aumento de la ratio de la deuda. Por tanto, los tres conceptos constituyen el objeto de este trabajo, que busca comprender la relación que se establece entre el marco conceptual que construye el binomio productividad-competitividad y la reforma laboral del 10 de febrero de 2012.

La estructura del trabajo se divide en tres partes. En primer lugar se analizará con cierto detalle los planteamientos y las teorías más importantes sobre la productividad. Se trata ciertamente de uno de los dos pilares de este trabajo, pero no aspira a ser una recensión sobre las distintas posturas teóricas que adopta la economía en su comprensión de la productividad. Para esa cuestión ya existen numerosos diccionarios como el Palgrave, y supondría traer a colación demasiada información y presuponer una discusión muy larga. Al contrario, se trata de una tentativa de análisis crítico de la noción corriente de productividad. La misma que se usa indiscriminadamente en gran parte de los discursos periodísticos antes señalados, y que viene a configurar la base teórica del pensamiento académico sobre la cuestión. Comprender críticamente la productividad querría decir, simplemente, zarandear la noción y comprobar su consistencia. La hipótesis de partida es que existen problemas de definición y problemas metodológicos graves, que aun resueltos de forma convencional, generalmente omitiéndolos o circunscribiendo las preguntas a cuestiones en las que dichos problemas se hacen muy pequeños, ponen en duda la solidez que se le atribuye, así como cuestionan que se pueda hacer de ellos un mantra. ¿Qué es realmente la productividad? ¿Qué elementos se meten en la ratio? ¿Cómo se mide? Saltan muchas preguntas a poco que se interrogue el significado y la coherencia del concepto, pero, de nuevo, el objetivo es otro: llamar la atención sobre las fisuras lógicas que imponen sesgos en su medición y utilización, invalidándolo para asociarse con tanta tranquilidad con el concepto de competitividad.

Pero, ¿cuál es la competitividad de las naciones? Este es el segundo pilar del trabajo, y resulta imprescindible para entender la explicación más común de la crisis. El argumento es sencillo, y pone el énfasis en la necesidad de elevar la competitividad como el motor del crecimiento: la riqueza de las naciones depende de la presión que puedan ejercer sobre la competencia de las demás. La competitividad, sin embargo, es la medida relativa de la inserción comercial de un país o cualquier otro agente económico. Cuando se señala que España o Alemania es o no es competitiva, más bien se está señalando que la presencia de uno y otro país en el mercado mundial rivaliza y se diferencia, y que si se pretende ensanchar la renta nacional es condición necesaria aumentar la participación en la economía mundial. Lo interesante es aclarar que la competitividad termina siendo un concepto positivo más que normativo o explicativo, y que sus determinantes, a pesar de lo útil que puede resultar política y académicamente, no caen sólo del lado de la oferta. Siendo prácticamente inescrutables, sin quitar mérito y capacidad explicativa a tantas teorías del comercio internacional, a las que hay que hacer referencia.

Una vez se han puesto las bases de una idea replanteada de los conceptos de productividad y competitividad es posible encontrar la fuerza que las liga y, hasta cierto punto, las indiferencia: los costes laborales, que aparecen de este modo y por fuerza de un buen número de razones más o menos argumentadas, como los únicos responsables de la baja productividad y de la paupérrima competitividad española. Para evidenciar el lugar que adquieren los costes laborales es preciso atender a la última reforma laboral, repasando brevemente sus aspectos más relevantes para comprender cómo los conceptos de productividad y competitividad configuran el marco teórico sobre el que se comprende el fondo económico de la reforma del mercado de trabajo.

2. El concepto de productividad.

El lugar que ocupa la noción de productividad en los discursos sobre la crisis es el de un argumento ad hoc extremadamente útil para identificar la situación de recesión económica exclusivamente con la esfera productiva, donde el papel del trabajo y de los costes laborales se aparecen como índices perfectos de la deficiencia competitiva de la economía española. De este modo se liga entre sí con fuerza de ley la tríada con la que abrimos este trabajo, formada por las nociones de productividad, competitividad y coste laboral. Por un lado, la productividad encierra la crisis económica en el movimiento de la economía real, acentuando el papel protagonista del trabajo en dicho espacio, para concluir que la situación competitiva de la economía española, no esta o aquella empresa, con estos costes y esta otra estructura productiva, sino toda la economía del país depende de la inclinación al trabajo de la población española y de sus exigencias salariales, las cuales, a tenor de la pobre competitividad que refleja el país en el cuadro macroeconómico, se aparecen con naturalidad como excesivas, producto de una fibra moral isquémica que no entiende que su estilo de vida ha llegado a estar muy por encima de sus posibilidades. La productividad se deja descansar sobre los hombros del trabajo, mientras la crisis atraviesa la estructura productiva, la tecnología, la formación de capacidad instalada, el coste de los insumos materiales y, por supuesto, el margen de beneficios.

Si bien el trabajo de los conceptos está a la base de cualquier comprensión de la realidad, si se hace uso de ellos como supuestos consabidos, como insiste a menudo la economía, lo que se aparece como el obstáculo fundamental para llevar a cabo el análisis de la economía española en términos, por ejemplo, de su productividad y su grado de competitividad, son los datos mismos, cuya construcción pone a menudo problemas de medición o directamente metodológicos. Baste señalar, de entrada, que la medición más importante de todas: el valor agregado bruto o el producto interior bruto (PIB) de cualquier país, aquella medición que servirá de pilar para el concepto de productividad nacional, es una encuesta y, como todas las encuestas, está sujeta a problemas serios de veracidad en la medida en que su representación de la realidad es incluso una aproximación cuantitativa, sin que intervengan problemas de definición. Sobre esta base, los análisis económicos deberían prevenir de antemano sobre la severa deshonestidad en que incurre cualquier conclusión extraída de la contabilidad nacional y, por lo mismo, cualquier discurso o decisión política que se levante sobre un cuadro macroeconómico. Pero podría ser también que los conceptos económicos se encontraran limitados únicamente desde el punto de vista metodológico, es decir, que el poder explicativo y la calidad científica de sus índices se circunscribiera a la imprecisión con la que hayan sido recabados los propios datos. Sin embargo, los problemas más graves no se quedan en la debilidad metodológica. Si fuera así, el problema tendría un marcado carácter técnico y dependería de una mayor inversión en estadísticos, investigadores y contables. Al contrario, es en la propia construcción de los conceptos, su modelización como variables y su valoración en cuanto índices lo que fragmenta el problema y le devuelve la imagen de una impotencia fundamental que se traduce en un problemas teórico. En este sentido, el concepto de productividad es, si cabe, no ya porque represente el objeto de este trabajo, sino por su lugar cardinal en la representación del proceso económico, uno de los más importantes y el abuso más flagrante de la crónica económica.

Dicho esto, ¿en qué consiste la productividad? Se trata básicamente de un concepto que pone en relación una unidad de producto con una unidad de insumo, esto es, el ratio de una determinada medida de output por un índice del uso de un input. La medida y la cualidad de la medición dependerán de lo que se contabilice en el numerador y el denominador, si bien el primero suele ajustarse al valor añadido1 bruto producido. Habitualmente la economía convencional o neoclásica contempla el concepto de productividad como una medida del estado de la técnica productiva de una empresa, industria o país, de modo que su variación en el tiempo establezca el grado del progreso tecnológico. De este modo los cambios en la productividad empujan hacia adelante la frontera de posibilidades de producción (FPP) u óptimo paretiano, ampliando la cantidad y calidad de los bienes y servicios producidos, intercambiados y consumidos en la economía. Esto se produce, sin embargo, en ausencia de cualquier transformación de la función de producción. Esta forma de mirar a la productividad se distancia de otra visión, más clásica pero no por ello menos convencional, que señalaba la productividad como la cantidad de valor añadido generado por unidad de trabajo, medida bien por unidad de tiempo o bien por trabajador. Mientras que la visión de la productividad como índice del progreso técnico tiende a utilizar alguna versión de la productividad total de los factores o productividad multifactorial, donde se recogen en el denominador todos los insumos registrados como participantes en el proceso productivo, la segunda versión se centra en el trabajo, si no como único elemento valorizador, sí, desde luego, como el elemento en el que se desarrolla el proceso.



2.1. La función de producción y el residuo de la productividad.

Es necesario hacer al menos una mención a la función de producción neoclásica. En su definición más simple, tal y como establece la función Cobb-Douglas, se trata de una función que relaciona el producto de forma lineal y monótona con los factores que intervienen en la producción. De forma algebraica: Y= f(L,K), a lo que se añadiría posteriormente el llamado “residuo de Solow” (a) como forma de denominar al crecimiento “no explicado” por la intervención del factor trabajo (L) y el factor capital (K). A su vez se podría incluir el resto de factores de producción (R); en cambio, es mejor omitir su presencia en favor de la argumentación, porque, además, ese “resto de los factores” encubre prácticamente todo lo que no recoge el “residuo de Solow”, con el que podría identificarse si se excluyeran los insumos conocidos, es decir, en función de los cuales se realiza el cálculo de capital, que tienen generalmente un reflejo contable. En definitiva, el modelo de función de producción de Solow, Y= a f(L,K), expresa cómo la interacción del trabajo y el capital en una medida recíproca determinada produce una cierta cantidad de producto, la cual, para colmo, resulta no ser siempre la misma. La relación que establece la función es homogénea y lineal. Ambos factores (L,K) interaccionan de forma directa y positiva, esto es, que un aumento proporcional a la función en ambos casos debería tener como resultado un crecimiento del producto equivalente. Geométricamente se expresa mediante una curva de transformación cuyos puntos señalan la cantidad de capital y trabajo necesaria para producir lo mismo; la diferencia entre recta y curva de transformación proviene de la diferencia entre costes marginales constantes o crecientes, donde la última corresponde al presupuesto neoclásico de la óptima utilización de los factores. Esta simplificación se agrava, además, cuando se deduce el principio de sustituibilidad factorial perfecta, o lo que es lo mismo, que se puede producir un coche con distintas cantidades de trabajadores y equipo siempre y cuando respeten sus proporciones con arreglo a la función. Este planteamiento formará parte del núcleo duro de la teoría del comercio internacional enunciada por el teorema de Hecksher-Ohlin-Samuelson, ya que postulaba que para todos los coches del mismo tipo había de existir una misma función de producción. De modo más sencillo: la relación entre factores está por encima de la capacidad de los mismos para interaccionar, esto es, los factores representan unidades de naturaleza contable e idénticas capacidades en cualquier lugar del globo. No obstante, esto es evidentemente incierto, y el “residuo de Solow” viene a recoger las variaciones del producto inexplicadas por la función de producción. En cualquier otra disciplina lo más coherente hubiera sido, como mínimo, replantear el propio postulado de una función de producción del tipo Cobb-Douglas.

Esto, valga decirlo, no se produjo, y el martirio intelectual de la microeconomía consistió en preguntarse qué hacer con dicho “residuo”, si dejarlo como una variable inconstante pero deducible despejando los elementos conocidos, o, directamente, internalizarla. Este “residuo” no es otra cosa que la productividad, entendida como la capacidad de “producir más con lo puesto”. Esta es la definición más simple que se puede dar, pero, como se verá, es al mismo tiempo un posición profundamente minusvalorada una vez se formaliza esta (a) incógnita. Si se la convierte en una variable endógena a la propia función, se puede reducir su presencia perturbadora. Si decimos que Y= f(L,K, a), entonces los aumentos “inexplicados” del producto procederán de la propia interacción de los factores entre sí de modo, por otro lado, “inexplicable”. ¿Cuál puede ser esa relación entre los factores que es capaz de revolucionar las proporciones factoriales? Si para producir un automóvil necesito tres trabajadores durante diez horas y un equipo de diez máquinas de diferente tipo a máxima capacidad, es evidente que si de repente son capaces de producir dos coches, algo habrá ocurrido, algún tipo de interacción o de cambio en los factores habrá tenido que tener lugar, eso sí, sin ninguna modificación técnica ni contable. Esto, en suma, no quiere decir otra cosa que el comportamiento de los factores difiere de su descripción técnica. Con todo, si bien es difícil que una máquina que funciona a máxima potencia pueda ir más deprisa –¿cómo podría ser “técnicamente” posible, cuando no se trate de una velocidad ajustada a la carga de trabajo?–, no lo es tanto que cambie la intensidad del trabajo puesto en movimiento en esas diez horas o por aquellos tres trabajadores.

2.2. La productividad del trabajo y total de los factores.

Ha habido numerosas modificaciones de la función tipo Cobb-Douglas original, Y= f(L,K), que han tenido como objetivo principal cualificar de distinto modo los cambios en los aumentos residuales del producto, o lo que es lo mismo, no proporcionales al incremento de los factores. También añadiendo insumos distintos. Pero, en todos los casos, el factor “residual” ha seguido subrayando que existe un ángulo ciego en la función de producción, la cual se ha asociado fundamentalmente con el cambio tecnológico o con la productividad total de los factores. En ambos casos se pone en evidencia que la indeterminación teórica del “residuo” tiene como resultado la reducción de la función de producción a un «perogrullada estadística» [Bhaduri, 1990: 121] en la que se puede colar el sinfín de las causas naturales por la variable “residual”. El problema de fondo es el de confundir relaciones estadísticas o contables con relaciones teóricas. El resultado de esta limitación teórica de la función de producción se traduce directamente en el cálculo de la productividad, que pierde su apoyo arquitectónico fundamental.

Según lo dicho en referencia a las funciones de producción, la productividad no vendría a significar otra cosa que la capacidad que tienen uno o todos los factores que concurren en el proceso productivo para dar lugar a una medida determinada de bienes o servicios. Si se quiere conocer la productividad del trabajo, se despejan los demás factores y se divide el producto (Y) por el trabajo (L); por el contrario, si lo que interesa es conocer el peso del capital, teniendo en cuenta que la ratio Y/K no tiene apenas sentido económico, lo mejor será referirse al progreso tecnológico que introducen, lo que vuelve a poner en escena el famoso “residuo”. Otra alternativa es, simplemente, colocar todos los insumos juntos. Por tanto, no está claro qué factores son los que hay que colocar en el denominador; ¿conoce algún productor todos sus insumos?, no si se producen externalidades, ya sean positivas o negativas. Además se añade otro problema profundo: del mismo modo que no es evidente qué factor tiene que dividir el producto, tampoco lo es la medida que se ha de aplicar al factor en cuestión, es decir, si ha de denominarse en unidades monetarias o por unidad física de producto.

Convencionalmente se expresa como productividad del trabajo, es decir, como el ratio entre el valor añadido bruto –producto menos insumos intermedios– y la cantidad del insumo trabajo que exige la producción de la mercancía en cuestión. La expresión algebraica del concepto corresponde a Y’= Y/L, donde la productividad (Y’) mide, de este modo, la cantidad de trabajo (L) necesaria para producir tanto valor añadido bruto (Y). No hace falta especificar nada más para que puedan apreciarse varios problemas que cuestionan el indicador. Para empezar, ¿dónde figuran los demás insumos? En verdad, la productividad del trabajo refleja, sobre el supuesto de la función de producción, la cantidad de trabajo necesaria para producir tanto valor añadido y no la contribución del trabajo a la formación de ese valor. Aunque no lo parezca, no es lo mismo decir lo uno que su inverso, puesto que en el primero se estaría considerando que tanto trabajo es por lo demás necesario, mientras que en el segundo caso se estaría indicando que el factor trabajo produce todo ese valor añadido, lo que equivaldría a decir que lo hace en solitario. El valor añadido bruto se compone de todo el valor del producto deducidos los insumos intermedios, o lo que es lo mismo, evitando la doble contabilidad de estos bienes intermedios, una como tales y la segunda como parte del valor añadido total [cf. Bhaduri, 1990: 23]. Por lo tanto, el resto de insumos por lo menos ha transferido su valor al producto final, a pesar de que toda la potencia valorizadora le ha sido atribuida al trabajo. Del mismo modo, la productividad nacional se mide simplemente dividiendo el producto interior bruto por el número total de horas trabajadas o el número total de trabajadores (PIB/L).

Existe, sin embargo, otra forma de medir la productividad que goza de un prestigio similar, y que, en resumen, pretende resolver el problema antes señalado. La productividad total de los factores o productividad multifactorial son dos formas igualmente válidas de referirse a la medición residual de la productividad propuesta originalmente por Solow, y que trata de despejar directamente la incógnita de la función de producción (a). La característica más destacable de esta forma de medición de la productividad es que coloca en el denominador el conjunto de los insumos, y no el trabajo solamente. Pero si el trabajo presentaba problemas conceptuales serios a la hora de relacionarlo con el valor agregado, colocar todos los factores juntos no acaba con los problemas de medición. Para empezar es necesario hallar una medida común a todos ellos: que no puede ser otra que la unidad monetaria. Si bien el trabajo puede reducirse a una variable técnica como son las horas de trabajo o el número de trabajadores, la maquinaria y los insumos materiales no pueden reducirse a una medida común también de índole técnica. ¿Qué podría hacer equiparables brazos robóticos, materias primas y toda la capacidad instalada? No existe siquiera una medida común desde el momento en que existe una diferencia entre máquina y herramienta que anula la virtualidad de la energía para hacer las veces de cualidad común. La única opción presente es la de reducir todos los elementos del factor capital o tierra a la unidad monetaria.

Sin embargo, ¿hasta qué punto esta relación entre costes factoriales y valor agregado describe algún tipo de relación propiamente económica y no estrictamente contable? El empleo de una unidad de cuenta como denominación única de los factores distintos del trabajo reduce la relación económica entre los factores al plano abstracto de la contabilidad, donde la teoría brilla por su ausencia y no queda rastro de cualquier tipo de conexión interna a la producción de valor. Esto no es un problema porque pueda ocultar la explotación dentro de la simplicidad de una tabla input-output, sino porque no da una sola explicación sobre el proceso que pueda servir para mejorarlo. La mentalidad contable de buena parte de la economía más vulgar y convencional les lleva a reducir cualquier relación económica a un “expediente técnico”, procedimiento especialmente conveniente para el punto de vista del beneficio, cuya propiedad sobre el producto le permite distribuir las rentas factoriales, aun suponiendo que quisiera atenerse a ello, en función del peso monetario o del coste de cada uno de los insumos sobre la parte del producto que les corresponde proporcionalmente. Es decir, si deja de postularse el trabajo como el elemento creador de valor, y se lo sustituye por una acción conjunta, coordinada y perfecta entre todos los insumos por variados e inermes que resulten, se está sustrayendo a la vista no sólo el fundamento de la creación de valor, sino también la autoría de ese mismo valor agregado. El análisis de la productividad neoclásico se basa, en definitiva, en la idea de que los medios de producción son tan productivos como el trabajo.

En una y otra medida de la productividad se acentúa por igual la incógnita que pende sobre la función de producción. ¿Qué designa exactamente esa a que se buscaba endogeneizar? En primer lugar se la identificó con la productividad, es decir, con la capacidad que una cierta y contingente combinación de los factores, más allá de las proporciones que establece la función de producción, pueden tener en el crecimiento del producto total o el valor añadido bruto. Sin embargo, la productividad sólo se podía calcular por insumo (productividad parcial) o por factor (capital o trabajo), si no todos juntos. Esto implicaba que el valor añadido total que crecía, debido en parte al azar que señalaba la a, quedaba dividido por uno de los factores, con lo que antes que explicar dicha variable se subsume en el factor que se coloca en el denominador, si no es que se elimina directamente. Por otro lado, la productividad multifactorial no hacía sino repetir este mismo procedimiento con dos problemas añadidos. Primero, que la suma de los factores no disuelve el problema del residuo y, segundo, que el número de factores no es, en la forma de insumos, perfectamente discernible, con lo que la a podría incluso corresponder al efecto del clima o del entusiasmo de los productores.

2.3. Los límites de la productividad: problemas de medición y determinantes.

Es aquí donde hay que mencionar los problemas de medición del concepto de productividad. Para empezar, es preciso señalar el establecimiento de los límites que definen los índices y las variables en juego. Este problema no es nuevo, y afecta en un sentido mucho más amplio a toda la ciencia económica, conmoviendo sus cimientos desde el principio. Para empezar, cabría preguntarse, descomponiendo la respuesta en una serie histórica casi interminable, qué se entiende por trabajo, tierra y capital, del mismo modo que no queda clara la interacción de los tres factores dentro de la función de producción. Pero esto no es todo, porque ¿acaso se incluye en el cómputo todos los recursos y externalidades que intervienen en el proceso? ¿Se da cuenta apropiadamente de todo lo que se produce? ¿La medición del valor agregado incluye externalidades positivas? Esta fisura desborda el problema de la productividad, pero ataja la tentación de huida que tiene la economía convencional cuando trata de aislar los conceptos del entramado teórico profundo de la disciplina, que se diferencia con dificultad de otros aspectos sociales y ecológicos que hacen las veces de su entorno racional.

Por último, cabe añadir el problema que plantea la medición del producto. De todos, éste podría parecer el menos importante, y ciertamente debería ser la cuestión más obvia de todas desde el momento en que el valor agregado se mide en unidades monetarias, en dinero contante y sonante, y por lo tanto no supone ningún problema de medición. Pero, en verdad, presenta un problema conceptual con carácter dicotómico prácticamente imposible de solucionar. Por un lado, las imprecisiones que acarrea el cálculo del deflactor dificultan la medición del producto en términos reales, que es lo único económicamente relevante y, además, la mejor aproximación a un cálculo de cantidades que se deshaga de variaciones estáticas del precio. Al mismo tiempo, toda la esfera de los bienes o del valor de uso, los cambios en la cualidad o en la experiencia que el consumidor pueda hacer del producto en un momento del tiempo diferente no quedan reflejados contablemente, y sólo una mayor demanda traduciría esas variaciones en un aumento de las cantidades, los precios o los beneficios. El problema de la definición de los conceptos reaparece aquí, y hace compleja la valoración monetaria de la productividad en términos sociales o individuales, sin olvidar que esto puede afectar en definitiva el precio y, en consecuencia, el valor agregado a dividir por los insumos. En cuanto a la medición del producto, sin embargo, el problema más importante viene dado en la variable de medición: si se trata de cantidades o bien de unidades monetarias. Esto es radicalmente importante, primero, porque si se miden cantidades se podría reflejar la productividad como carga de trabajo, y, segundo, porque si se calcula en unidades monetarias la productividad pasa a ser la capacidad para crear valor que tienen los insumos, desplazando el problema al lado de la demanda y sacudiéndose de este modo lo político de la esfera de la producción.

Pero, ¿cuáles son, en definitiva, los determinantes de la productividad? En la práctica el indicador de productividad sólo refleja la cuota de valor añadido que se atribuye en razón del peso relativo de cada factor productivo o del trabajo en solitario. Lo que no es otra cosa que la distribución contable del valor monetario del producto, valorado a precios de mercado. Esto constituye una medida estática que toma la imagen artificial de una razón sobre el resultado por la definición de las causas de la productividad. Incluso sin atender a aquella misteriosa a de la función de Solow, la economía convencional casi tanto como la crítica ha insistido en el argumento añadiendo variables y elementos que supuestamente entrarían a formar parte de las causas de la productividad.

Por lo general, en lo primero que se hace hincapié es en el cambio tecnológico como determinante de las transformaciones de la función de producción misma mediante el ahorro y la reorganización de los factores; esto debería recogerse en sí mismo en los cambios en la función de producción, sin embargo, a veces se le confiere el lugar de un factor exterior pero determinante en el proceso, y las funciones de Hicks, Harrod y Solow que exploran la “neutralidad tecnológica” apuestan por aislar el cambio técnico para apreciar las variaciones en los demás factores. Lo que sí es cierto es que cualquier inversión en I+D tenderá a impulsar el cambio técnico y, en consecuencia, acrecentar la productividad de los mismos factores. Esto no es distinto a decir que la capacidad instalada influye en la determinación de la productividad, la cuál, por otro lado, más importancia en un modelo de productividad en el que sólo recoja el trabajo. Es evidente que más y mejores máquinas ahorran trabajo.

En consecuencia, la productividad se puede resumir como un proceso de ahorro de trabajo por medio de una mejor organización, la sustitución de trabajo por otros insumos, especialmente capital, y la mayor cualificación de los trabajadores. La misma noción de capital humano persigue condensar en el factor trabajo el resultado del progreso técnico cuando señala la importancia de la cualificación; en este sentido, se trata de una teoría técnica y no social del trabajo, o lo que es lo mismo, una propuesta analítica que no puede concebir la productividad en relación con la distribución sino, por el contrario, exclusivamente al interior del proceso de producción. Este cambio es muy importante, porque permite aplicar la teoría neoclásica de la retribución de los factores en función de su productividad marginal –el valor obtenido por cada unidad extra de insumo–, solidificando la teoría marginalista del valor. Como se señalará al hablar de la competitividad, esta operación es profundamente ideológica, por lo mismo que matemática y teóricamente fraudulenta.

En definitiva, la lista de los determinantes de la productividad es prácticamente infinita, y se disuelve en el conjunto de las variables de la vida social, natural y la dimensión tecnológica. En cualquier caso, todos los posibles determinantes inciden sobre la lucha continua por acrecentar la eficiencia productiva, la cual desplaza insumos de la producción del mismo valor y permite, mediante rendimientos crecientes o de escala, elevar el valor añadido a realizar con un coste técnico y contable menor; menos salarios en proporción al producto y menos horas de trabajo aplicadas. Los incrementos de la productividad se deberían, en consecuencia, a una mejora en la eficiencia, en un mayor producto con los mismos factores. De nuevo el círculo inconcluso, que de los factores se desplaza a los problemas de medición, y de éstos a unos determinantes que se extienden fuera de las ratios y las funciones de producción, para, finalmente, encontrar que hay una inconexión fundamental entre los determinantes internos (de oferta) los externos (de demanda) del precio, sobre los cuales que se calcula la productividad. Una que crece de forma casi misteriosa sin que sea posible señalar todos sus autores. No existe una teoría del crecimiento que pueda reducir al ámbito productivo de la empresa individual todos los determinantes de la productividad. Digamos que el valor agregado es directa e indirectamente una magnitud social e históricamente determinada. En consecuencia, el concepto no dice nada que sea enteramente cierto, y si abre alguna puerta, esta es a la esfera de la circulación, donde la interacción entre las distintas empresas influye en el precio, el valor agregado y, retrospectivamente, la productividad.


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