Prólogo de: Leopoldo Marechal



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GILGAMESH Y NEFERKEPTÁH




La muerte es un miedo cíclico que aterroriza al hom­bre. Acaso la lucha por la felicidad sea una evasión de este sentimiento. Para obtener su inmortalidad el hom­bre ha inventado la guerra y la rebelión contra los dioses, poseedores del secreto de la materia. Ha convalidado situaciones demoníacas. La impulsión de Fausto está en la raíz de todas las derrotas.

En el egipcíaco Libro de los muertos (1.550 a. de J.C.) los habitantes de las tinieblas se dirigen a Toth con estas palabras: No queremos ser borrados ante tus ojos (c. 175). El concepto es evidente. Quieren vivir aún en la muerte porque les aterroriza la idea de una nada ab­soluta. Pero los sumerios, preocupados por esta inmortalidad, escribieron la Epopeya de Gilgamesh (2.000 a. de J.C), en la que éste le manifiesta a Enkidu su deseo de alcanzar el "país de la Vida". Es una idea que le obseda ante las muertes reiteradas del hombre cuyo "corazón abatido" le señala su insaciable finitud. Pero en el "país de la Vida" hay también una hierba de la vida inaccesi­ble, oculta en los abismos del mar de la muerte. Gilgamesh quiere extraerla para salvar a Enkidu que algún día ha de morir. Piensa que éste y todos los mortales están con­denados de antemano a perecer en una larga, imprevi­sible enfermedad que se llama nacimiento. Entonces se arroja a esos abismos que nunca nadie superó, y después de luchar contra fuerzas desconocidas obtiene la hierba de la vida y regresa con ella a las orillas del mundo. En ese instante una serpiente le roba la hierba y huye orno impulsada por un extraño mecanismo. Deja su antigua piel. Desaparece. Gilgamesh se lamenta. Llora. Com­prende que ha perdido la inmortalidad que buscaba. Los hombres perecerán. Pero a cambio de esa muerte inalienable, medita sobre el símbolo de la piel que la serpiente le ha comunicado al despojarse de ella. Ahora sabe que el hombre puede renovarse. Que puede perder su. envoltura y adquirir otra para rehacerse en su acción.

El deseo de la inmortalidad (y también la primer his­toria de la ciencia ficción) está contenida en el papiro de Satni Khamois (siglo ni a. de J.C.). Es el relato de la rebelión del egipcio Neferkeptáh, escrita por un escriba en la época de Tolomeo II. Se trata de una historia obscura, modificada en el siglo vi de nuestra era por dos versiones sucesivas, la segunda de las cuales completa el esquema primitivo de la leyenda.

Según esa segunda versión, Neferkeptáh, dormido un día a la orilla del Nilo, es visitado por una "altísima som­bra" de formas imprecisas que le dice: "Sé lo que piensas Neferkeptáh. Pero nunca dejarás de ser un montón de carne corruptible y perecedera si no te apoderas de un libro escrito por Toth en cuyas fórmulas mágicas hallarás la inmortalidad." Neferkeptáh quiso responder. Su lengua era un signo muerto pegado al paladar. Cuando despertó, sudoroso, jadeante, como si hubiera sido castigado, vio una segunda sombra que se alejaba hacia el norte por el Nilo. "Esa visión quiere decir, pensó Neferkeptáh, que el libro de Toth se halla en los confines del mundo." Y a partir de ese día equipó un barco para combatir con­tra todos los oleajes. Pero nadie quiso embarcarse. Te­mían la maldición de los dioses porque la empresa signi­ficaba un desafío al misterio impenetrable de la vida y la muerte. Entonces Neferkeptáh creó setenta muñecos, y los ubicó en el barco. Después, invocando a la "altí­sima sombra", les infundió movimiento y los dotó de habla. Fueron los primeros robots de la historia, porque esos muñecos se movían mecánicamente y tenían una voz metálica y desagradable. La magia de Neferkeptáh es­pantó a los egipcios. Pero el barco, impulsado por sus muñecos humanoides, se lanzó a la conquista de ese lugar secreto en el que se ocultaba el libro mágico de Toth. Cuando llegaron, Neferkeptáh se sintió más poderoso que los dioses. Sin embargo, éstos, que habían observado la lucha demoníaca de aquél, decretaron su muerte y lo borraron de todos los reinos de ultratumba. Disolvieron su cuerpo y su espíritu como si nunca hubiese tenido un origen. El deseo de inmortalidad se convirtió en la nada absoluta. Neferkeptáh fue, desde entonces, el símbolo prometeico de los que buscaron el secreto de la materia para igualarse a los dioses.





LA CIUDAD PARASICOLÓGICA PERDIDA




Es posible que la Atlántida haya sido devorada por las aguas, en frente de las Columnas de Hércules, 9.000 años antes de Solón, según afirma el autor del Tímeo. O bien, 1.500 años antes de nuestra era, como lo establece Nikolai Lednev. También es posible que existiera Mu, un continente ubicado en el Océano Pacífico, contemporá­neo de la Atlántida y perdido para siempre en otra tra­gedia geológica, similar a la primera. Pero nadie, hasta Edwards Conroy, nos había hablado de la ciudad de Djibah, en el corazón del África, desaparecida 2.000 años a. de J.C.

Conroy realizó un estudio minucioso. Estableció su grado de civilización, sus gustos, la posible religión y, especialmente, lo que llama el "índice mental medio". El libro (The Lost City, 1934) en el que expuso su tesis, es fascinante y conmovedor. Pero los hombres de ciencia (entonces no se creía en la parasicología) lo eliminaron del elenco de los libros fundamentales a causa de la ten­dencia del autor a adjudicar esa civilización al desarro­llo de las facultades mentales. Los djibehses, decía Con­roy, leían el pensamiento y se manejaban por premonicio­nes en plena vigilia. Realizaban efectos de levitación y consideraban que las paredes podían ser traspasadas por un espíritu adicional que en aquella civilización sustituía al alma de los occidentales. Esto tenía relación con la hiloclastia. Conocían, asimismo, la ectoplasmia u obje­tivación de formas a través de una sustancia producida por ciertos elegidos (los médiums) en estado de exalta­ción o trance. En Djibah no había guerras. Todo pensamiento agre­sivo era detectado por una conformación específica que producía malestar a la distancia. Los djibehses interpre­taban los estados de patognación (desviaciones de la mente). Y esto era suficiente para intervenir y aislar al enfermo. En el amor acontecía algo similar. Si una joven perdía el sueño o contraía una anemia no condicio­nada por causas naturales del organismo, es que alguien se había enamorado de ella, sin habérselo manifestado. Realizada la denuncia, el Comité de la Familia, según afirma Conroy, ordenaba una investigación entre los más allegados. El sospechoso no podía ocultar sus sentimien­tos. Los integrantes del Comité de la Familia, mediante la percepción extra sensorial, como admitimos ahora, leía las intenciones del enamorado, y resolvía el problema obligando al culpable a una unión inmediata según las costumbres de los djibehses. En esta ciudad perdida de Djibah, sólo había tres mandamientos en el siguiente orden:


1. No matarás.

2. No robarás.

3. Sólo creerás en la Omnipotencia.
No existían otras normas. La Omnipotencia era un término colectivo que incluía la divinidad, la sabiduría y el poder. De cada uno de estos conceptos se desglo­saban las distintas categorías en que residían las creen­cias de los djibehses. La Omnipotencia, a su vez, ence­rraba todas las virtudes que ahora diríamos parasicológicas. Y a mayor creencia en esa Omnipotencia, mayor dimensión en la plenitud de todos los conceptos incluidos en el siquismo. Pero lo más notable es que creían en la existencia del tercer ojo, ubicado detrás de la frente, que el hombre había perdido por una especie de impiedad que consistía en volverse incrédulo. Para recuperar la visión de este tercer ojo y el privilegio de leer y ver a la distancia a través de los obstáculos, era imprescindible el ascetismo, la solidaridad como ejercicio permanente, aun contra los intereses materiales de uno mismo.

Un día, sin embargo, el fuego devoró a Djibah. Co­menzó como una llama que se expandía circularmente a ras de tierra. Pero esta llama circular generó otra mucho más grande, suspendida en el aire. Después quedaron unidas y Djibah quedó inmersa como en un cilindro de fuego que se fue estrechando hasta desaparecer. Nadie pudo explicarse tan extraño cataclismo. Se pensó, in­clusive, en seres espaciales que se habían abatido sobre Djibah, en xenoides atraídos por los mismos djibehses, a los que vigilaban desde el espacio orbital para aniqui­larlos. Así pereció esta ciudad, de la cual sólo han que­dado diversos objetos, uno de los cuales ( cierta estatui­lla) contiene una estructura similar a la de las tectitas.



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