Prólogo de: Leopoldo Marechal



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LA SERIE DEL TIEMPO




El Tiempo se sueña a sí mismo y se ve a través del so­ñante. El soñante, entonces, que sólo está hecho de tiem­po, viéndose a sí mismo en un movimiento hacia el futuro, ve lo que ha de acaecer en ese futuro. No es esto lo que pensó John William Dunne en su An Experiment with Time (1927), que luego ratificó en The Serial Universe (1934). Para explicarlo, sin embargo, convendría recor­dar algunos sueños cuya precognición sigue siendo un enigma no aclarado todavía.

Sabemos cómo muere el mago de The Mugirían (1530): sentado en el suelo y de espaldas a un muro. Pero no sabemos qué trámite sigue su trayectoria oníri­ca. Voy a referirlo en pocas líneas. El mago oye en el sueño algunas voces acusadoras que lo amenazan de muerte. Se halla de pronto en un páramo que está sem­brado de un número asfixiante de sepulturas. Una de éstas es la suya propia, y se acerca a ella para ver su propio cadáver, pensando (es posible) que pudiera re­sucitarlo. Lo toca, lleno de angustia, le abre los ojos y lo mira fijamente. Los ojos del cadáver reproducen los suyos. Pero al soltar sus párpados el cadáver sigue incólume. Se niega a despertar y aun pareciera que se pone más rígido, más frío en ese páramo lleno de tum­bas. El mago, entonces, con espanto incontenible, huye por el espacio, se introduce en una "zona curva" del Tiempo. Después, lo hallarán, sin vida contra un muro. El mago había "visto" su muerte en el sueño un ins­tante antes de morir. El proceso de precognición se repite en el sueño de Ed Samson, relatado por Frank Edwards en su Stranger than Science (1959). Ed Samson era un periodista del Globe, de Boston, en 1883. Cierto día despierta repentinamente (estaba solo en la redacción del diario), toma papel y lápiz, y escribe, casi febril, lo que había visto en el sueño. Describe el hundimiento de la isla "Pralape" en las proximidades de Java, la destrucción de vidas y embarcaciones, el efecto devorador de las aguas, ni más atemperado ni más fuerte que aquellas otras que arrasaron la Atlántida. Terminado el trabajo, Ed Samson pone las cuartillas en un sobre, en el que traza la palabra Importante. Se va. Pero al día siguien­te, hallada la crónica, el jefe de redacción se deja im­presionar por el relato y creyéndolo "verdadero", lo pa­sa a la Associated Press, la cual, lo transmite a todas sus agencias (29 de agosto de 1883). A los pocos días, cuan­do se descubre que era un sueño y no un "acontecimien­to", comienzan a llegar las noticias de una tragedia irre­parable. Krakatoa, isla del Estrecho de Sonda, se hun­día definitivamente el día 29. Después se averiguó que "Pralape", en el sueño de Ed Samson, era el nombre primitivo de Krakatoa. Supongo que el Globe, confir­mados cada uno de los hechos descriptos en el sueño, asignó un papel importante a ese periodista que solía dormitar en su mesa de trabajo después de unos tragos de whisky.

En An Experiment with Time, Dunne nos relata un sueño suyo, muy parecido al de Ed Samson. Vislumbra la erupción del Mont Pelie, en la Martinica, algunos de­talles escalofriantes y hasta el número de víctimas que en el sueño llegan a 4.000. Poco después (el 8 de mayo de 1902) estalla el volcán y se repiten todos los detalles de la visión. Sólo hubo de corregirse el número de los que perecieron en la tragedia. Fueron 40.000 y no 4.000. Posiblemente se deslizó una equivocación o un olvido. (La conciencia del soñante tiende siempre a borrar la precognición onírica). Pero este detalle no tie­ne importancia. La premonición coincidió con la parte principal, casi absoluta, de la tragedia.

Dunne estudió el mecanismo precognoscitivo. Si el Tiempo se mueve, imaginó que debe haber otro tiempo para obtener la medición de ese movimiento-tiempo. In­tentar esta medición, significa tener un tiempo 2. Pero el Tiempo 2 se mueve a su vez y requiere otro Tiempo pa­ra medir el tiempo de ese movimiento. Esto nos lleva al Tiempo 3, y así sucesivamente. Para llegar a esta con­cepción del tiempo serial (la serie del tiempo, diría yo), es imprescindible un observador imaginario que en el sueño se convierte en algo concreto (el soñante), el cual puede observar, como Observador 2, lo que el Observa­dor 1 está realizando en el futuro del Tiempo 1 que está en movimiento. La precognición se explica, por lo tanto, como un mecanismo en el que el observador se coloca en la serie del tiempo para ver el futuro siguien­do el movimiento del Tiempo. Pero yo digo que el Tiem­po se sueña a sí mismo y se ve per se ipsum porque es­tamos hechos de tiempo. Y somos tiempo en movimien­to que se proyecta hacia el futuro (o hacia el pasado). Cuando soñamos nos sumergimos, pues, en ese movimien­to y vemos el acontecer que se desplaza hacia adelante o hacia atrás. Recordemos el pensamiento de Shakes­peare: "Estamos hechos de la sustancia de que están te­jidos los sueños" (The Tempest, IV, 1, 156-158). Es decir, somos Tiempo y participamos del tejido de los sueños, que sólo son tiempos singulares en la serie del Tiempo que nos toca vivir. Luego, el soñante se ve a sí mismo cuando desconectado de sus tres dimensiones cae en la cuarta dimensión que es el tiempo vivo en movimiento.





EL DIENTE DE BUDA

Cautivo en Génova, Marco Polo dictó a Rustichello de Pisa, compañero de celda, su Líber Milionis. Éste lo escribió en un francés no muy elegante, entre 1296 y 1299. El cautiverio y el libro, después advino la liber­tad, se concretaron en tres años. Pero las aventuras de Marco Polo sólo circularon en copias imperfectas. Se calculan en ciento veinte manuscritos disímiles en dis­tintos idiomas los que entonces se tuvieron por autén­ticos. El libro finalmente, y más o menos completo, fue publicado por Ramusio en 1559. En uno de sus capítu­los, Marco Polo, enviado especial de Kublai Khan en la isla de Ceilán, adquiere para éste, en 1284, mediante el pago de una suma fabulosa, el diente de Buda a quien se veneraba con los nombres de Sergamoni Borchan y Sakia-Muni. Pero la venta resultó fraudulenta. Los sa­cerdotes de la pagoda donde se custodiaba el hueso sa­grado, habían entregado a Marco Polo, un colmillo de elefante.

Rustichello de Pisa, que era un obscuro novelista, y redactor de los episodios de la Mesa Redonda, pero un hombre de ingenio, festejó la superchería y volvió a describir el fraude imaginando el final y la ira de Kublai Khan. Según Rustichello, el Khan mandó, con poste­rioridad a Marco Polo, cuatro embajadas sucesivas pa­ra adquirir el famoso diente de Buda que "brillaba en 3a Gran Pagoda de Ceilán". Las cuatro comitivas re­gresaron, también "sucesivamente", con cuatro dientes distintos, pero esta vez de ser humano, "a razón de un colmillo por vez", de manera que con el colmillo de elefante eran cinco los colmillos adquiridos cuando, en realidad, un ser humano sólo poseía cuatro dientes de esta clase.

Enfurecido, el Khan fue a la isla y reprochó el frau­de al Gran Sacerdote. Éste lo dejó hablar y le respon­dió con la siguiente reflexión: "Él hombre tiene trein­ta y dos dientes, entre los cuales se destacan sus cua­tro colmillos. Pero como Buda se reencarnó cuatro Ve­ces, tuvo cuatro dentaduras sucesivas. De ahí los cua­tro colmillos que hemos entregado a tus embajadores, uno por cada vida de Buda". Kublai Khan preguntó: "Pero ... ¿Y el colmillo de elefante que vendieron a Marco Polo?". "Es muy sencillo –dijo el Gran sacerdote–. En. una de sus vidas anteriores, antes de las cuatro re­encarnaciones humanas, Buda, que era un animal (el Gran Sacerdote se hincó y miró al cielo), combatió con un elefante y luego se durmió. Cuando despertó, advirtió que en el lugar donde le faltaba uno de sus dientes, tenía ahora el colmillo del elefante. Era la prueba de su vic­toria." El Gran Sacerdote acometió sus últimas palabras con una sonrisa. Kublai Khan también sonrió. Pero antes de que los demás sacerdotes y los miembros de la comitiva sonrieran a su vez, desenvainó un chuzo de medio metro y atravesó por el ombligo al Gran Sacerdote. "Este chuzo –expresó el Khan– es la gran dentellada con el colmillo del elefante que Buda te envía por mí intermedio para festejar tu ingenio."


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