Prólogo de: Leopoldo Marechal



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LOS ÁRBOLES PARLANTES




Hay árboles que hablan y hay árboles que formulan enigmas. En mi cuaderno de apuntes tengo algunos ejemplos que probarían esta monstruosidad. Pierre Desvignes, canciller de Federico II (siglo XIII) acusado in­justamente de traición, fue condenado a perder sus ojos. Sobrevivió al suplicio. Pero ya en la prisión, golpeó su cabeza contra los muros hasta quitarse la vida. Con éste hablará el Alighieri en un bosque cuyos árboles eran las estructuras de los que un día eligieron el suicidio. Me­tamorfosis de los violentos contra sí mismos (Inf. 33/ 151). Los que creen que esto es una ficción, no han podido explicar por qué Charles Sorel en el siglo XVII habló con su hermano suicida dirigiéndose a un árbol tres días después del fallecimiento. Este árbol le reveló el secreto del suicida y de la traición que acechaba al mismo Charles Sorel si no mataba en duelo a su propio padre, casado incestuosamente con su hermana, y de los cuales descendían ellos.

El duelo se realizó. Pero Charles Sorel fue vencido y murió decapitado. El padre lo había traicionado denun­ciándolo a los "cazadores de brujas". Pero al día siguien­te el progenitor fallecía envenenado con arsénico. La madre incestuosa sobrevivió un año y después murió de cierto "ataque a la sangre" cuando atravesaba un puente. Nadie pudo descifrar el misterio de estas muertes imprevisibles. Pero el árbol suicida siguió emitiendo ex­traños sonidos hasta que los vecinos de Fontembleau re­solvieron prenderle fuego y acabar con lo que denomi­naban "el hechizo del siglo".El segundo ejemplo está extractado de las primeras líneas del Hay Benyocdán (siglo xii) de Abentofail. Es una cita de Almasudí en la que se habla de un árbol de la India que en vez de frutos producía mujeres a las que éste llama las niñas del Uac Uac. Los escoliastas, siguiendo el árabe Albiruní, nos informan, en cambio, de un árbol que crecía en la isla de Uac Uac, cuyo fruto to­maba la forma de una cabeza de mujer que se expresaba a través de un grito monosilábico en que repetía su uac uac. Otra leyenda árabe posterior (siglo XIII) asegu­raba que la cabeza era la Esfinge arbórea que interro­gaba sobre el misterio de la vida en la esperanza de que alguien advirtiera la vacuidad de los instintos. Nadie pu­do contestar el enigma, y el fruto con cabeza de mujer no pudo ser fecundado y se marchitó.

Por la misma fecha, cuando las Abil Leylah wa leyhh (Las mil noches y una noche) llegaban a su redacción definitiva entre 1475 y 1525 (habían arrancado del Hezar Efmmeh o Mil cuentos, en el siglo VIII) hallamos, en la historia de Scheherazada, otro ejemplo de árboles parlan­tes. Es el relato en el que la vieja dice a Farizada que su vivienda admirable carecía de tres cosas importan­tes: el pájaro que habla, el agua de oro y el árbol que canta. Bachman, hermano de Farizada, sale en busca de estas tres maravillas, internándose en un sendero escalofriante, sembrado de piedras y voces amenaza­doras, por cuya línea hay que avanzar sin retroceder para no petrificarse. Cuando halla el árbol que canta confirma lo que la vieja le había dicho a Farizada. Las hojas del árbol eran otras tantas voces que producían "armonías incomparables".

El cuarto ejemplo pertenece a la ciencia-ficción. Al­guna vez lo he mencionado al referirme a los sueños in­terplanetarios. Lo vivió en la imaginación Cyrano de Bergerac al escribir Les voyages aux États de la Lune et du Soleil (1643). La obra fue escrita cuando éste tenía veintitrés años y ningún rival que pudiera opo­nérsele a lo que él llamaba la hoja centelleante al aludir a su espada. Describió sus viajes oníricos a la Luna y el Sol. Describió el primer solnizaje del hombre demos­trando que el Sol estaba poblado de manchas donde era posible detenerse sin temor al fuego. Pero advirtió que en ese astro existía algo así como la memoria del mundo que se manifestaba a través de estructuras arbóreas in­verosímiles cuya voz era semejante a la del hombre. Cyrano, lleno de asombro, midiendo su propia finitud, habló con ellos. Dialogó sobre el misterio que persigue al hombre. Formuló preguntas y obtuvo las respuestas. Pensó posiblemente que el ser humano era un árbol par­lante que en vez de crecer y morir en profundidad, cre­cía y se perdía en las alturas.





LOS CASOS CRIMINALES DEL JUEZ TI




Un manuscrito anónimo del siglo xviii reveló la exis­tencia de Ti Yent-Tsie, el juez Ti, como se le dice para abreviar, ministro y hombre singular de la dinastía Tang en el siglo VII. Este manuscrito relata tres casos crimi­nales en los que aquél había intervenido cuando ejercía la magistratura y desempeñaba simultáneamente fun­ciones policiales. Son los que luego le servirán de base al holandés Robert Van Gulik para escribir su Fantoom in Foe-Lai (1959). En la primera de estas historias (El caso del juez asesinado) el juez Ti debe intervenir en la muerte por veneno de Huang Te-Hwa, jefe de distri­to en Foe-Lai, cuyo cuerpo es hallado en su biblioteca. El hecho acontece en Foe-Lai, lugar que desde la más remota antigüedad es perturbado por vampiros que se convierten en hombres-tigres, los cuales encarnan en las víctimas después de asesinadas.

El juez Ti, estudia minuciosamente el lugar del hecho. Interroga a los que estuvieron en contacto con la vícti­ma. Conversa con sus ayudantes. Los acontecimientos siguen la línea del tiempo, como en los mejores relatos occidentales. De pronto aparece el fantasma del magis­trado asesinado. Hung interpreta la aparición: "Es el juez que no hallará descanso hasta que la ley no dé con el homicida. Los muertos suelen aparecer en la proxi­midad de sus cadáveres en tanto éstos no se hallen en avanzado estado de descomposición". El fantasma de Huang Te-Hwa aparece dos veces. Ti reconstruye una de estas apariciones en la esperanza de interpretar algún mensaje de la víctima. Se anticipa a Shakespeare en un procedimiento similar, cuando Hamlet acude ante el fantasma de su padre, asesinado por el hermano para heredar el trono de Dinamarca (Hamlet, I, 4). Después investiga sus libros, sus notas, la manera en que tomaba o realizaba la ceremonia del té antes de caer fulminado por el veneno. Su trabajo es tranquilo, sin pausas. Sabe que al fin va a descubrir al asesino, al que puso el tósigo en la infusión.

Entre el modo de investigar del juez Ti y el ideado por Edgar Allan Poe (The Murders in the Rué Morgue, 1841) al echar las bases científicas del relato policíaco, no hay ninguna diferencia. O al menos existe una: la introducción, por parte del juez chino, de un elemento fantástico, como es la aparición del fantasma de Huang Te-Hwa, cuyas posibilidades escapan al autor por falta de pericia en la narración. En todo caso, la instancia fantástica no es decisiva en la investigación.

Los relatos del juez Ti ya circulaban en Europa en el siglo pasado. Correspondería a los chinos la pater­nidad del moderno relato policíaco, tal como después lo estructuró Poe en Occidente. Lo que no sabemos es si éste conocía las historias criminales del juez Ti. La hipótesis es fascinante.






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