Prólogo de: Leopoldo Marechal



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ALEJANDRO Y EL ANDALUZ




Todavía no existía Andalucía. Pero ya se conocía a los andaluces que la precedieron desde mucho antes de que se concretara el territorio hispánico. Andaluz podría definir el carácter rápido y exagerado, lleno de trampa y gracia, que nunca pierde el optimismo. Uno de estos andaluces fue el protagonista de cierta historia de Ale­jandro, que voy a relatar siguiendo la edición apócrifa de Pergolesi (Storw verídica del re Alexandro, siglo XVIII, posiblemente 1785).

Próximo a entrar en batalla, Alejandro, impulsado por Antípatro, se dirigió a Delfos para consultar a la Sibila. "Quiero que me digas –le dijo– qué fortuna correrán mis armas." La Sibila, contrariada por lo imperativo y desusado de la pregunta, después de convulsionarse en­vuelta por el humo que salía desde la parte inferior del trípode en que ejercía su función profética, le respon­dió: "El triunfo te será propicio si al salir de aquí sacri­ficas al primero que veas."

Alejandro salió del templo, seguido por sus generales, y lo primero que vio fue a un andaluz montado en un burro. Lo hizo detener y le notificó que se encomendara a Zeus porque en ese mismo momento habría de morir para satisfacer al oráculo. El andaluz (un hombre del pueblo), sin perder el aplomo, se hizo explicar la res­puesta de la Sibila, y contestó a su vez con estas pala­bras: "Hay un malentendido, noble Alejandro. El pri­mero que has visto no soy yo sino el burro en que estoy montado, ya que él me precede con su cabeza y su cuello. Yo sólo voy montado sobre la grupa, y estoy, por lo tanto, en segundo lugar después de la cabeza y el cuello de mi burro."

La contestación ingeniosa del andaluz no convenció a los generales de Alejandro que desenvainaron sus es­padas para sacrificarlo. Pero aquél, sonriendo, ordenó que sólo se matara al burro. "Un hombre como éste –dijo– merece ser elevado a consejero. Y así lo decreto." Y el andaluz, con el nombre de Afridopatis, integró desde entonces, el cuerpo de notables que acompañó al imbatible guerrero.





SAN MALAQUÍAS APÓCRIFO




San Malaquías (Malaquías O'Mongoir), el que na­ciera en Armagh, Irlanda, en 1094, para morir en 1148, sólo necesitó su presencia para derrotar al ejército de Nigel, su opositor al obispado. Avanzó contra los jefes de éste en las afueras de Armagh y se limitó a mirarlos. Los ojos de San Malaquías se expandieron, vibraron, aluvionales, bajo las cejas. Algunos historiadores dan cuenta de una nube negra (semejante a la que varios siglos después imaginó la ficción científica de Fred Hoyle). Fue el instante en que un rayo vengador fulmi­nó a todos los jefes del enemigo. Desde entonces el santo ocupó el obispado de Armagh para luchar contra el demonio. Tres siglos después, Arnaldo Wion publicó en Venecia el Lignum vitae (1595) con las Profecías de los Papáis, atribuidas a San Malaquías, en las cuales se asignaban 111 divisas para los papas y antipapas que gobernarían a la grey hasta el fin del planeta en que advendría (predicción 112) Petras Romanus, destruida Roma, para el juicio final (et judex tremendus judicabit popolum). Excluyendo las divisas hasta la fecha de la publicación, en 1595, quedarían 38, de las cuales se han cumplido 35 hasta Pastor et nauta (Juan XXIII) y Flos florum (Paulo VI). Faltarían 4 hasta Petras Romanus inclusive. Estos papas responderían a las siguientes di­visas: 109-De medietate Lunae; 110-De labore Solis; 111 - De gloria olivad; 112 - Petrus Romanus. Después, el fin del mundo.

Pero las Profecías de los Papas han sido controvertidas. Su autenticidad o apocricidad ha dividido a teólogos y laicos. Lo que no se ha dicho es que Leandro Giovanni Bonavita, un converso sefardita de Florencia, escribió, en el siglo XVII, su Ma/a dei visioni, en cuyo título apa­rece ya una tautología, puesto que Mará significa "apa­rición" en hebreo, lo que hace sospechar que se trata de un escrito apócrifo, cuya finalidad fue presentar al "verdadero San Malaquías", quien vendría a ser el Pseudo San Malaquías y no el que pretende Arnaldo Wion cuando le adjudica los vaticinios.

Según Bonavita el santo de Armagh no tenía el don de la profecía. Arnaldo Wion habría publicado un ma­nuscrito del converso Malaquiah (obsérvese la h) que vivió y fue un rabí de Venecia antes de su conversión, hacia 1580. Éste lo habría escrito en un convento de benedictinos, donde habría sido hallado por Arnaldo Wion, el cual, al confundir ambas grafías, Malaquiah y Malaquías, lo adjudicó de buena fe al santo irlandés. En el segundo libro del manuscrito, Bonavita nos dice en qué circunstancias fueron compuestas las Profecías de los Papas. Se hallaba Malaquiah en su celda cuando de pronto ésta se iluminó y la voz de un ser invisible le dijo: "Escribe, porque este mundo tendrá un fin y tú serás el relator." El converso Malaquiah tomó la pluma y escribió automáticamente sin comprender. Cada Papa tendría un lema o una divisa para indicar su origen, su condición o su comportamiento característicos. La suma de estas divisas daría la suma igual de Papas, después de los cuales advendría el fin del mundo. Pero esto que ahora está tan claro, sólo lo entendió Malaquiah mucho después de haber escrito las 112 divisas. Fue el instante en que oyó la voz por segunda vez: "Tu intelec­to no es torpe; la última divisa es la última posibilidad del mundo. Es decir que el último hombre absorberá todos los nombres y no dará otras denominaciones porque todo perecerá y los cielos y la Tierra serán una línea sinnombre (Mará dei visioni, II, 7c, ratificado por Bandello, Apokalisse, Prop. 9, V, 42).

Malaquiah enfermó. Contó su visión a los otros frailes y mostró la lista de divisas. Pero éstos lo atribuyeron a la malatía del converso, y las profecías se perdieron entre los manuscritos del convento. Tres meses después murió Malaquiah y quemaron sus efectos. Sólo se salvó la lista de los 112 Papas porque los frailes ignoraban o habían olvidado el lugar en que la habían guardado. O posiblemente la ocultaron. Cuando Arnaldo Wion la descubrió, no reparó en la grafía del nombre y la adju­dicó a San Malaquías. Esta equivocación no excluye, sin embargo, la gravedad de la profecía. El tiempo es el árbitro para decidir si aún nos quedan cuatro Papas para el fin del mundo.





MICHEL DE NOSTRE-DAME

(NOSTRADAMUS)




Según una hipótesis de Simha-Quimbell a quien se atribuye el Pseudo Líber Mirahilis (1586), las fórmulas secretas de los sacerdotes egipcios, llevadas por los he­breos a través del éxodo, fueron depositadas, junto con el Sepher-Torah, en el Sancta Sanctarum del Templo. Allí se confundieron, durante 200 años, con las escritu­ras sagradas, y cuando sus muros fueron destruidos por las legiones de Tito, en el año 70, el Sancta Sanctorum estaba vacío. Las fórmulas y los libros habían desapare­cido. Pero dos de ellos, el Sepher-Yesirah (la kabbala de Abraham) y la primera Clavicula Salomonis, donde se utilizaban las fórmulas secretas de los egipcios, inte­graron el acervo mágico de Michel de Nostre-Dame, un médico recibido en la Universidad de Montpellier, a quien sus contemporáneos llamaban Nostradamus.

Ese mago que habría de profetizar el fin del planeta para el año 3797, había nacido en Saint Remy, de la Provenza, en 1503. Tenía su casa en Salón-en-Craux, en cuyos altos, rodeado de obscuros infolios, de espejos singulares que anticipaban el porvenir, de astrolabios y varas de adivinación, solía pasar con la imagen clavada sobre la superficie acuosa que llegaba al borde de una vasija de cobre. En esa superficie leía el pasado y el porvenir. Un día, los habitantes de Salón vieron una llama que se expandía desde el interior de la casa del mago. Una luz blanquecina, enceguecedora, envolvía los jardines y se convertía en una columna de humo que moría en el espacio. Nadie pudo explicarse este fenóme­no. Para Simha-Quimbell, Nostradamus había quemado los libros desaparecidos del Sancta Sanctorum, las fór­mulas de los egipcios y los hebreos. Pero antes de que­mar esta sabiduría del futuro, hábilmente disimulada en instancias frías y abstractas, Nostradamus redactó, en el más bajo y demoníaco francés, cerca de un millar de cuartetas proféticas que dividió en 10 centurias. Parte de estas centurias (Las propheties de Michel de Nostra­damus) fueron publicadas en 1555, hasta completarse en las ediciones de 1558 y 1568, esta última después de su muerte, acaecida en Salón, en 1566.

Tuvo el don de la profecía. Fue defendido por Ronsard y atacado por Jodelle en el siguiente juego de pa­labras :
Nostra-damus cum falsa damus, mam fallere nostrum esc, I Et cum falsa damus nihil nisi damus.
Cuya traducción sería: Damos algo nuestro al mentir porque nuestro oficio es engañar, / y cuando damos fal­sedades, no damos otra cosa que lo nuestro.

Videl y Langlois lo trataron de ignorante. Yacopo Da Ferrara (í conturban dal Demone, I, XXIII), aven­turó la teoría de que era una encarnación demoníaca. Pero Nostradamus que conoció y maldijo a sus enemigos, realizó su tarea con una lucidez indetenible. Un día en Ancona, se arrodilló ante el franciscano Félix Peretti, y le besó la mano. Asombrados los otros frailes que lo acompañaban por lo desusado de la reverencia, Nostra­damus les contestó: "¿Es que no debo arrodillarme ante Su Santidad?" Tiempo después, Félix Peretti, humilde y desconocido fraile, asumía el cardenalato de Moltalto para convertirse en el Papa Sixto V, en 1585. Predijo, en sus obscuras cuartetas, infinidad de acontecimientos que se fueron cumpliendo a pesar de la incredulidad de sus contemporáneos. A Enrique II, su monarca protector, le vaticinó la muerte en un torneo, cuatro años antes de que se produjera el hecho:


Le Lyon ieune le vieux surmontera

En champ bellique par singuliere duelle

Dans cage d'or les yeux luí crevera

Deux classes une puis mourir mort cruelle.

(1-35)
Es decir: El león joven dominará al viejo / En un duelo singular y le reventará los ojos / En su jaula de oro. I De las dos fuerzas en combate quedará una y la otra morirá de muerte cruel. El león joven fue el conde de Montgomery, quien hirió de contragolpe en un torneo (29 de junio de 1559) a Enrique II atravesándole un ojo a través del morrión de oro, la jaula (la cage d'or) a que se refería la profecía. El león viejo, Enrique II, sobrevivió 11 días y después murió teniendo plena con­ciencia de la cuarteta que él mismo conocía.

A Carlos I de Inglaterra le predijo la guerra civil y su muerte:
Senat de Londres mettront a mort leur Roy

Le sel et vin lux seront á Tenvers

(10-22)
Traicionado en Escocia, donde Carlos I se refugia de la guerra civil, es entregado al Parlamento, y Cromwell, su Lord Protector, lo hace decapitar en Londres el 30 de enero de 1649. La lista de predicciones produce terror. Nada escapó a su monstruosidad, a tal punto que Pierre Debrouvette (Le sel diabolique, c. XIX), propuso borrar el nombre de Nostradamus de los registros de Montpellier en cuya Universidad había estudiado. "Este hombre, dijo (siguiendo a Yacopo Da Ferrara) no es el fruto de un nacimiento humano, sino el engendro del Demonio, que ha venido a este mundo para confundir la ley di­vina."

Del fin del mundo dejó una imagen erosionada que ratificó en su Epístola a Enrique II ("El Antiguo y Nue­vo Testamento serán rechazados y quemados. Habrá matanza de religiosas y violación de mujeres"). Y una fecha inapelable en el tercer milenio: 3797, confirmada por el matemático Ruir (L´Ecroulement de L'Europe, 1939) al realizar el estudio de las cronologías de Nostra­damus. En esta fecha, con el exterminio del planeta, comenzaría el caos, el hundimiento definitivo, sin reco­mienzo, donde todas las formas irracionales concretarán el olvido del hombre y de las cosas que él quiso cons­truir para su débil eternidad.

Ese vaticinador del fin del mundo, meditando en Salón-en-Craux bajo la fascinación de espejos que mul­tiplicaban la rigidez de obscuros infolios que trepaban por las paredes, vio un día también su propia muerte: Pro­ches parcuts, amis, fréres du sang / Trouve tou mort, prés du lit et du banc. "Parientes cercanos, amigos, her­manos de sangre/ (le hallarán) muerto cerca del lecho y del banco". La confirmación de este tránsito al anti­mundo la tuvo el 1? de julio de 1566, según la versión del sefardita Charles de la Perrigoud-Yoel (Bikum Holim, 17, 179). Su amigo y biógrafo Jean Aymes de Shavigny se había despedido después de un día de intensas in­terpretaciones. "Volveré para continuar", le dijo. Pero Nostradamus, siempre en la versión de Perrigaud-Yoel, le contestó: "Eso quisiera yo. Pero mañana, cuando el alba se levante ya no estaré en este lugar." Esa misma noche murió el mago con la cabeza reclinada sobre su mesa de trabajo, cerca del lecho y del banco vaticinados en la cuarteta. Su magia, la astrología y el catolicismo, "extrañamente mezclados" para Perrigaud-Yoel, "harán de Nostradamus un profeta después de la santidad, o un monstruo de quien Satanás se burlará llevándoselo a lo más profundo de su cueva". Pero esta admonición del sefardita, que incluye una profecía, tiene a su vez, una fecha: 3797, Ella será el límite para reivindicar o destruir a Nostradamus.





LOS CEREBROS INVASORES




Una interpretación del papiro de Satni Khamois (s. III a. de J.C.) estaría vinculada con el trasplante de ce­rebro. Neferkeptah (sigo la segunda versión del siglo vi), para equipar su barco con los 70 muñecos a los que él les infunde movimiento y habla, recurre a su propia sangre. Sabe que la "cabeza" de sus seres mecánicos es un vacío angustioso, y que no tienen la facultad de autodeterminarse. Para suplir esta deficiencia (el pasaje es muy hermético y hay que interpretarlo así), se intro­duce un alfiler en la frente y toma su sangre que luego coloca, gota a gota, en la cabeza de sus 70 humanoides. Desde ese instante ya pueden autodeterminarse. Están preparados para ir hacia los confines y obtener el libro mágico de Toth, que podría dar a Neferkeptah la posi­bilidad de inmortalizarse. El final ya lo conocemos. Lo que quiero expresar es que la operación del alfiler y la inyección de la gota de sangre, constituyen, simbólica­mente, el primer trasplante de cerebro que registra la ciencia-ficción (acaso la historia).

Pero hay tres historias de raíz neferkeptiahna, vincu­ladas con los cerebros invasores. La primera fue escrita por el inglés Philip Shiel, en 1745, y llevaba este obscuro título: Across the Sands. La segunda, The Flying Saucer (1956), correspondió al norteamericano George Locke, ya fallecido y discípulo de ese extraterrestre que se llamó Charles Fort, el anticipador de Le lime de damnés (1919). La tercera, Las vidas de Wip, escrita en 1968 (inédita aún), la imaginó un argentino de Mendoza: Guillermo Petra Sierralta. En Across de Sands, el protagonista halla sobre las arenas del desierto un cerebro humeante que le dice: "No huyas. He vivido encerrado durante muchos siglos en un casco de hueso contra el cual he batallado en vidas sucesivas. Ahora estoy libre y haré mi voluntad sin obe­decer las órdenes que me transmitían." El protagonista se espanta. Pero todos los días visita a este extraño mons­truo que comienza a elevarse como un ser humano sin perder su forma cerebral. Y es ya el "señor Cerebro" cuando éste le dice un día: "Sólo la liberación del cere­bro salvará a la humanidad." Es posible que se trate de una alegoría sobre el mal y el bien, tesis a la que se opuso Hawthorne (A History of the Devil, párr. 115) y luego refirmó Murray (Sorcery and Magic, I, VII). Pero desde ese día el cerebro gigantesco se dedica a exterminar todo aquello que cree de signo negativo, y el mundo se precipita en los abismos cósmicos, convertido en una nebulosa incandescente.

En la segunda historia, Locke, apoyándose en las hi­pótesis de Fort acerca de seres extraterrestres que habrían llegado al planeta desde otros mundos habitados, nos habla de un ejército de "cerebros-monstruos" que tam­bién se habrían liberado de su envoltura para invadir la Tierra. Primero vienen calladamente, asumiendo la for­ma de copos mezclados con la nieve. Pero cuando ésta comienza a derretirse, los copos adquieren su verdadera estructura en dimensiones agigantadas. Algunos miden un metro, y cada circunvolución proyecta una luz de distin­to color en el instante de expresarse. La voz es metálica y penetrante. "Vamos en busca de la verdad", dice uno de ellos. Pero su acción es telepática y mortífera. El planeta se llena de muertos, a los que estos cerebros de­capitan mediante la emisión de ondas, a fin de alimen­tarse, también telepáticamente, de su sustancia. Sólo se salva un niño, cuya masa cerebral no está contaminada por la idea del mal. Sobre él ha de recaer la responsabilidad de reconstruir la humanidad. Pero la muerte repentina del autor dejó inconclusa la segunda parte de la novela.

El mito puede crear la realidad. Esta inferencia de Cesare Pavese (Cultura e realtá, núm. 1, 1950), signa los avatares de Ladislao Wip en la obra de Petra Sierralta: Las vidas de Wip. Primero es un hombre como todos. De pronto comienza a ver en los demás un halo que sólo él puede detectar. Ese halo tiene un lenguaje secreto. El protagonista accede ya los límites anónimos del conocimiento. Ahora comprende, como un nuevo Dolitle, por qué podía leer en los ojos el habla inaudible de los animales. Por qué predice la vida y la muerte de esos seres desparramados en el tejido vital. Su cerebro es un radar de ida y vuelta hacia los confines. Un día enferma. Pero una potencia internacional rapta del sa­natorio a Ladislao Wip para estudiar sus ondas mentales. Ven en su intensidad telepática un arma para la destruc­ción. Rescatado por una organización secreta, vuelve a Mendoza donde anuncia el día exacto de su muerte. Pre­viamente ha donado su cerebro que luego es trasplantado, por otros belicistas, en un hombre joven. Y el cerebro comienza a crecer. Su acromegalia rompe las paredes, los ámbitos que le protegían. La nueva vida de Wip es el signo de la monstruosidad. Huye a los bosques, penetra en las dimensiones absurdas y asciende luego al Monte Incógnito. Tratan de eliminarlo. Los aviones se estrellan contra ese gigante que destruye a su vez los depósitos del mal, mientras envía mensajes angélicos que se reproducen sobre los grandes bosques convertidos en pantallas. "El hombre no debe morir en la guerra." Esta es la ley de Ladislao Wip, a quien Halef, la mujer sim­bólica, irá a rescatar de los abismos espaciales, disolvién­dose en la extensión.



ÍNDICE
Prólogo: Teoría y práctica del monstruo 3

Advertencia 5

Los asesinos ("ashashin") 6

Historia de una blasfemia 9

El último libro de la sibila 11

Los peces que engendraban hombres 12

Jekyll y Jack el destripador 14

Los árboles parlantes 20

Los casos criminales del juez Ti 22

Sueños interplanetarios 23

La máquina-poeta de Jenócrates 25

La serie del tiempo 27

El diente de Buda 29

Desde la obscuridad 30

Dos leyendas sobre el tiempo 33

Gilgamesh y Neferkeptáh 35

La ciudad parasicológica perdida 37

El golem 39

Villiers y la Eva mecánica 41

Historia verdadera de Ulises 43

Los seres extraterrestres 45

El toro sagrado 47

Monstruos de tres cabezas 48

Los selenitas de Luciano de Samosata 50

Descenso de Eneas al Infierno 52

Rampsinito, Arquímedes y el absurdo gratuito 54

Nota a los seres imaginarios 58

Una novela de Francis Godwin 60

Espíritus aprisionados en la Luna 62

Equecrates de Tesalia y los oráculos 64

La máquina del tiempo 65

Pausanias, asesino 67

Leyenda de Cyrano De Bergerac 69

La literatura fantástica 71

Los nueve desconocidos 74

Robot contra cyborg 76

La imagen vacía de robot 78

Los xenoides 80

Micromegas y otros xenoides 82

Los cristales lunáticos 84

La serpiente de Paflagonia 86

Sobre la estafa 87

El principio de indeterminación en la ciencia-ficción 89

Nueva versión del laberinto 92

El emperador de la China 94

La ninfa rubia 95

Sobre el fin de los tiempos 96

Alejandro y el andaluz 100

San Malaquias apócrifo 101

Michel de Nostre-Dame (Nostradamus) 103



Los cerebros invasores 106


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