Prólogo de: Leopoldo Marechal


NUEVA VERSIÓN DEL LABERINTO



Descargar 0,55 Mb.
Página24/25
Fecha de conversión10.04.2017
Tamaño0,55 Mb.
1   ...   17   18   19   20   21   22   23   24   25

NUEVA VERSIÓN DEL LABERINTO




Asesinado el supuesto Minotauro que Pasífae, casada con Minos, había tenido con el Toro de los dioses, y salvado ya Teseo por el hilo de Ariadna, el héroe buscó a Dédalo, el constructor del Laberinto, y le dijo: "Su­pongo que nadie sabía que el verdadero Minotauro eras tú".

Es posible que la requisitoria de Teseo no sea correc­ta. Pero ya en el siglo iv a. de J. C. no se creía en la historia tradicional del Laberinto. Teseo conocía a Dé­dalo y estaba enterado por éste de las felonías de Minos, quien para satisfacer la monstruosidad del Minotauro, su hijastro sacrílego, exigía a los atenienses, todos los años, siete mujeres y siete hombres jóvenes que en defi­nitiva eran destrozados en la violencia sexual. Pero Dé­dalo había construido el Laberinto a modo de diagona­les, con planos convexos y espejos parabólicos detrás de los cuales quedaban dispersos los prisioneros para dificultar la acometida del Minotauro. Hallar una vícti­ma insumía cerca de un mes. Él monstruo se movía en cualquiera de las doce principales diagonales que se multiplicaban por otras doce. Avanzaba, se perdía, re­trocedía, volvía a encontrarse con su propia imagen y seguía el rastro que le indicaba el olfato. Cuando daba con el prisionero lo llevaba a su cavidad favorita y le hacía el amor. Dédalo, el único que podía entrar en el laberinto, según el falso Apolodoro (Tractatus de hereticis, 12 b, 17 ), raptaba las prisioneras más hermosas y luego, satisfecho, las dejaba en el mismo lugar para que el Minotauro cumpliera su monstruosidad. Los crí­menes se cumplían en doce meses. De ahí la imposición de Minos para que todos los años se renovara el sacrificio. Si Minos no lo hubiera hecho, el Minotauro ha­bría buscado la salida para destruir a Creta.

Teseo también estaba enterado de la connivencia cri­minal de Dédalo. Pero temía extraviarse en el Laberinto y ser una de las víctimas del Minotauro. Para evitar este inconveniente, fingió estar enamorado de Ariadna, la hija de Minos, y ésta, después de explicar la estruc­tura del Laberinto, le facilitó un hilo de oro para que, cumplida su misión de matar al Minotauro, saliera in­demne de la fortaleza.

He aquí el final del Minotauro. Siete espejos parabó­licos multiplicaban la imagen de Teseo ante el mons­truo. "No sé dónde estás. Pero tienes una espada y eso indica tu clara intención de matarme". La espada de Teseo se alzó sobre el monstruo y siete puntas de fuego apuntaron sobre el testuz. Pero el Minotauro tam­bién estaba multiplicado por siete, y una estocada en falso implicaría la derrota del héroe. "Baja la espada –le dijo el Minotauro– . Sólo traspasarás un espejo. La diagonal sobre la que se hallan tus pies, no indica la dirección de tu mano". Teseo comprendió la astucia y el coraje del Minotauro, su placidez ante una muerte cercana. No se dejó engañar. Si agachaba la cabeza pa­ra verificar la diagonal (sólo había una que determina­ba la dirección posible), la víctima sería él y no el mons­truo. Pero Teseo sabía instintivamente que se hallaba en la línea de la muerte, y el Minotauro, impotente ya su dialéctica, debió admitirlo, porque dijo: "Antes de des­cargar tu espada, piensa en Dédalo. Él, y no yo, es el único culpable del Laberinto". La frase era ambigua, pero Teseo ya no tenía tiempo. Hundió la espada en el testuz y el Minotauro se desplomó. La sangre corrió por el Laberinto y adhirió al hilo de oro que Ariadna le había dado a Teseo. No hubo un solo gesto, ni una voz. El rostro bestial del Minotauro se había humani­zado como si se hubieran invertido sus dos naturalezas.





EL EMPERADOR DE LA CHINA




Chin Shi, médico y, emperador de China, tenía dos espejos: uno metálico y otro de cristal, con los cuales veía al trasluz el cuerpo de los pacientes. Un día, por un tercer espejo, Chin Shi vio en el interior de su propio cuerpo. Una línea roja y horizontal cruzaba su pecho. Al día siguiente sus ministros lo hallaron desangrado con un puñal hundido en el corazón. Entonces convo­caron al pueblo, y desde uno de los balcones del pala­cio imperial, dijo el heredero: "Nuestro amado inmortal emperador, tuvo una visión. Ahora descansa en el cielo".



LA NINFA RUBIA




En el siglo vi antes de Jesucristo, un constructor de Efeso se acopló las alas de un águila y se adormeció en una colina. Soñó que volaba hacia la región de Zeus, donde el gran dios lascivo le entregaba una ninfa rubia y un tizón y luego lo precipitaba en una zona obscura. Cuan­do despertó, su cuerpo estaba llagado. Acaso el sol... O algún otro elemento.



SOBRE EL FIN DE LOS TIEMPOS




I. Los textos heréticos
En el De oiris (siglo I), confusa historia del alma co­mo instancia teriomórfica, hay dos líneas sobre las cuales han disentido los eruditos. Son dos líneas aparentemente incongruentes (acaso una interpolación en el texto gene­ral) donde algunos han querido ver un monstruo de ocho extremidades que anunciaría el fin de los tiempos. Salvo en este sentido de destrucción, estoy en total de­sacuerdo con la interpretación. He aquí el texto, cuya traducción doy literalmente: "Movía un pie y luego el otro, y una mano y después la otra, pero del otro lado la masa blanda y grisácea que gobernada sus extremida­des, destruyó el mecanismo" (lib. I, 7). El texto no es tan hermético como aparece de primer intento. Se tra­ta, en realidad (repito lo que dije en otro momento al referirme sobre el tema) de dos seres distintos. El pri­mero (la palabra mecanismo es incontrovertible) haría una referencia anticipada a lo que en este siglo enten­demos por Robot. Tiene cuatro extremidades y no más. Las otras cuatro pertenecen a un segundo ser que sería el Cyborg. Obsérvense en el texto las palabras masa blanda y grisácea. Se trata, por tanto, de una lucha, hacia el final de los tiempos, entre Robot y Cyborg. Ro­bot es una palabra checa que significa trabajo. La di­funde el checoslovaco Karel Capek en R. U. R. Rossum's Universal Robots (1902). Cyborg es una palabra que deriva de "cibernética" y "organismo". Puede definirse como un cerebro vivo conectado a un mecanismo. El texto del De viris es, pues, una profecía de que al final de los tiempos se enfrentarán dos monstruos: Robot, ya liberado de su creador, y Cyborg que se conduciría con reflejos condicionados. La destrucción, sin embargo, no sería contenida. Cualquiera fuera el vencedor, el pla­neta se desintegraría.

En tiempos casi míticos, Garuda fue llevado en la espalda de un monstruo para anunciar la destrucción de la humanidad. Esta leyenda que fue relatada por Ibn Shmuel Almasri en el Zekele 39 (siglo xii), fue confirmada por Alain Bergier en La septiéme nuit (1780) al relatarnos la leyenda de Ahashverus como una tota­lidad de años en disminución hasta la extinción total. Pero éste introduce una variante. Garuda se convierte en la Garra de la Tiniebla cuya misión es la de someter al hombre cubriéndolo de obscuridad. La Garra, a su vez, nace de la luz. Y la luz penetra en el cuerpo del hombre para precipitarlo lentamente en las tinieblas. Le da todos los tiempos de la luz. Pero también toda la obscuridad que correspondía a esos tiempos. Extingui­dos los tiempos, el hombre se precipita en la destrucción o la obscuridad total.

Heráclito, menos profético, imaginó en el siglo v a. de J. C. la destrucción armónica (Frag. 8, Aristót., Eth. Nic, IX, 2, 1155 b 14). Pensó que el tiempo se aniquilaba a sí mismo para objetivarse en otra instancia temporal. In­trodujo el fervor en la autoaniquilación. Aristóteles, in­fluido por el filósofo de Efeso, creyó ver la misma ley de la destrucción necesaria para la existencia del cos­mos (Eth. Eud. 1235 «25). Hegel y Marx, descendien­tes de la dialéctica heraclítea, fundaron en la destruc­ción un sistema para el hombre. Pero ninguno de los dos advirtió que sus construcciones, al fundar la irreversibilidad del tiempo, pregonaban a su modo el fin del mundo. El historicismo (incluidos Toynbee y Spengler), pasó a ser un vaticinio sobre el hundimiento de la hu­manidad. Pero el fin de los tiempos ya estaba previsto en Isaías ("los cielos se arrollarán como un pergamino",Libro de Isaías, XXXIV, 4) y en San Juan, el desterrado de Patmos ("con el humo de este pozo quedaron obscurecidos el sol y el aire", Apocalipsis, IX, 2).

Pero el hombre no quiso morir. O en todo caso pre­tendió vivir aún en la misma muerte, como lo prueba el Libro de los muertos (1550 a. de J. C.) cuando los ha­bitantes de las tinieblas se dirigen a Toth con estas pa­labras: No queremos ser borrados ante tus ojos (c. 175). Para evitar esta muerte los sumerios imaginaron la in­mortalidad en la Epopeya de Gilgwnesh (2000 a. de J. C.). Gilgamesh se arroja a los abismos del mar de la muerte para extraer la hierba de la vida. Y ya obtenida ésta, una serpiente se la arrebata y huye dejando sobre el camino su antigua piel. Gilgamesh sabe desde ese instante que el hombre perecerá. Pero se queda con el signo. El hombre, como la serpiente, puede perder su piel. Y desde ese instante renacerá y comenzará un nue­vo ciclo.

Quizás los tiempos han perimido. La Tierra puede destruirse y volver a renacer. Y este renacimiento será de otra Tierra. De otro planeta y con otros tiempos. Una galaxia podrá perderse en el cosmos en tanto otra galaxia pueda encenderse. El hombre, juguete impre­visible, dueño del secreto cósmico, verá caer, sin em­bargo, cada uno de los tiempos que lo exaltaron.

Hay una leyenda menos pesimista, la de los Nueve Desconocidos (siglo ni a. de J. C.) cuyo Libro I formu­la la mayor de las angustias: ocultar la ciencia para que no perezca el hombre. Esta blasfemia ha sido re­chazada. ¿Qué será el hombre sin la ciencia? ¿Pero qué será el cosmos con la ciencia? El viejo mito de la caja de Pandora es ahora un signo que gira en los espacios orbitales.



II. El ciclo de las destrucciones
La muerte y la destrucción constituyen un tema obse­sivo. El fin de los tiempos se reabsorbe en esta instan­cia. Pensando así advertí de pronto que podría agregar una nota a mi trabajo anterior, tomando como base al­gunas referencias que yo había elaborado para otro libro. Robot y Cyborg, indudablemente, están en el origen de el fin de los tiempos. Cuando ellos se enfrenten, el hombre vislumbrará su propia destrucción. Primera­mente aparecerán los vaticinadores. Nos enteraremos, por ejemplo, que la muerte fue concebida en el siglo XII como un fantasma que avanzaba en el torrente sanguí­neo. El fantasma luchaba por salir. Buscaba el olfato, los ojos y el cerebro. Ya en el exterior, según Rolando de Agrigento, el hombre que lo había poseído se en­frentaba con él y moría. El fantasma se convierte a veces en una premonición. Y es posible que nunca haya sido más que eso: un obscuro sentimiento, no siempre de terror. Así, en la Spyes History (1638) de Richard Parnell, Fergen sabe que va a morir a manos de sus ene­migos. Pero también sabe que él no podrá evitar el destino. Entonces avanza con su escolta esperando la muerte (como Facundo Quiroga miles de años después). Cuando el espíritu de las Tinieblas le pregunta por qué ha corrido a su propia destrucción en compañía de su escolta, contesta: "Trayéndolos a tu reino de tinieblas obtendríamos la luz inmortal que enceguecería a mis enemigos".

De pronto la muerte se concreta en una estructura sádica. Se reitera como una pesadilla. Todas las Boches, en la epopeya de Aboulkasim Firdousi, poeta persa del siglo X a. de J. C, el cocinero del rey Zohak asesinaba a dos jóvenes y les extraía los sesos con los que prepa­raba un alimento para aquél (Libro de los reyes, c. IV). En el siglo xv, anterior al advenimiento de Jesucristo, Garuda fue llevado en la espalda de un monstruo para anunciar la destrucción de la humanidad. La frase está contenida en el Zekele 39, de Ibn Shmuel Almasri (his­toria del siglo xii ): Todo caerá y la luz del hombre se convertirá en obscuridad. Jean de Bertillon, el "Falso Mís­tica", condenado a la hoguera en el siglo XIII, dirá un momento antes de morir: "La obscuridad tiene 39 esta­dios. Después del último adviene la luz". Ésta fue su interpretación sacrílega del Zekele 39, sobre cuyas po­sibilidades apocalípticas había escrito un año antes su Et lux jacta Zekelis (1278), que le valió la primera acu­sación de blasfemo porque se oponía a la destrucción del mundo anunciada por Isaías (XXXIV, 1-4) y el des­terrado de Patmos (Apocalipsis, VIII, y IX, 1-2).

De la muerte individual se pasará a la muerte de todos. Ya no será la destrucción de uno, sino la destruc­ción total. Ezra Pound (A Draft of Cantos 17-28, 1928) imaginará la destrucción de la tiranía: "Aquel tabarish .. . Se levantó y destruyó la casa de los tiranos". Lautréamont, confundiendo a Dios y el Tiempo (el viejo Cronos), es­cribirá con acento terrorífico: "Devoró enseguida la ca­beza. Luego las piernas y los brazos. Por último, el tronco hasta diluirlo porque trituraba los huesos. Y así continuamente durante todas las horas de su eternidad". También se destruirán los que se acoplan al sexo sin amor, sintiéndolo sólo como objeto. Tal podría ser el pensamiento de T. S. Eliot en el "Sermón de fuego" (The Vast Land, III). Y aun los "muertos-vivos" de Nelly Sachs (In der Wohnungen des Todes, 1947), rescatados de los campos de concentración.

Después, el preludio para todos los finales, la crónica que algún día se perderá detrás de la destrucción: 10.000 grados de calor a las 8:15 de la mañana en la plaza de la Paz, en Hiroshima. Era el 6 de agosto de 1945. El hom­bre que lanzó la bomba atómica se llamaba Thomas Farrel, y la superfortaleza que la condujo, llevaba estos nombres: B 20, Enola Gay. Dentro de la bomba había una historia invisible. El primer capítulo quedaba re­ferido a Einstein, cuya fórmula de la energía (la ener­gía es igual a la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz) había abierto el camino para desintegrar la materia. El segundo capítulo, a Enrico Fermi y otros sabios que construyeron los reactores atómicos. El ter­cero, a Robert Oppenheimer que fabricó la primera bom­ba atómica. Fueron 10.000 grados de calor, y en un ins­tante perecieron más de doscientos mil habitantes. Al­gunos se volatilizaron. Se convirtieron en pieles que giraban en derredor del hongo atómico que devoró la ciudad de Hiroshima entre 6 y 8 kilómetros a la re­donda desde el punto inicial en que cayera la bomba. Los rayos gamma alentaron la tormenta de fuego que se abrió en abanico. Ese mismo día, Truman, presiden­te de los Estados Unidos de Norteamérica, irradiaba al mundo este mensaje: "La bomba atómica es la utiliza­ción del poder básico del universo. La primera bomba ha sido arrojada sobre la base japonesa de Hiroshima".





1   ...   17   18   19   20   21   22   23   24   25


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2019
enviar mensaje

    Página principal