Prólogo de: Leopoldo Marechal


LA SERPIENTE DE PAFLAGONIA



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LA SERPIENTE DE PAFLAGONIA




En prosa testimonial, después de poner en duda a los oráculos, Fray Benito Jerónimo Feijóo, nos cuenta en su célebre documento de 1712, el paso que transcribo a con­tinuación introduciendo algunas variantes sin impor­tancia.

En tiempos de Luciano (siglo n), un tal Alejandro Abociotiquita, hombre de astucia prodigiosa, fundó en Paflagonia el oráculo de Esculapio. Sirvióse para este efecto de una. serpiente mansa de Macedonia, a la cual había criado. Después se encargó de hacerle creer a la gente que en ella residía la deidad. Al poco tiempo Ale­jandro Abociotiquita recibía en cédulas selladas las con­sultas que le formulaban, y al otro día volvía con ellas, selladas en la forma que se las habían entregado (debajo de la pregunta la respuesta), porque poseía un procedi­miento secreto para abrirlas sin romper el papel ni el sello. Como esto se atribuyera á los milagros indubita­dos de Esculapio, el oráculo voló de fama en fama por todas partes, de modo tal que aun desde Roma venían a Paflagonia para consultarle. Las respuestas siempre tenían alguna ambigüedad artificiosa. Pero Alejandro Abociotiquita, con maravillosa prontitud de ingenio, se despachaba sobre cualquier suceso. He aquí un ejemplo, Rutiliano, hombre principal de Roma, le preguntó qué ayos señalaría a un tierno hijo suyo, y la serpiente (en Realidad Alejandro Abociotiquita) respondió que a Pitágoras y Hornero, muertos hacía siglos. El sentido na­tural de la contestación era que el niño se aplicase a la doctrina de aquel filósofo y a la lectura de este poeta. Pero el niño murió antes de poder hacer ni lo uno ni lo otro, y, reconvenido Alejandro Abociotiquita por el afligido padre, aquél lo satisfizo diciendo que Esculapio, al señalar a dos muertos por ayos de su hijo, le había vaticinado con mucha claridad su muerte prematura, ya que luego iría a gozar sus documentos al otro mundo.

La historia, a pesar de este relato, se continúa. Y nuevamente recurrimos a la erudición de Ajiajarilbj.

Amenazado Alejandro Abociotiquita de ser llevado an­te los jueces, se cocinó a la serpiente de Paflagonia (Ale­jandro era un paflagón) y esperó tranquilo a sus enemi­gos. Cuando volvió por tercera vez Rutiliano contrariado por la ausencia de la serpiente, aquél le contestó: "Es­culapio estaba triste y necesitaba un plato fuerte para curarse. Vino en persona al templo (se corporizó verticalmente) y al ver a la serpiente se la engulló con sal y afrodisíacos. Después se acostó en el suelo para hacer la digestión, y cuando yo vine ya se había evaporado."

Ante la ausencia de la serpiente de Paflagonia, los jueces, respetuosos de la ley, no pudieron condenar al paflagón Alejandro Abociotiquita.



SOBRE LA ESTAFA




La primera estafa fue cometida en el paraíso, y estuvo a cargo de Satanás. La víctima se llamó Eva. Ese árbol del bien y el mal –dijo la Serpiente–, puede hacerte tan poderosa como Jehová. Sus frutos están a tu alcance. No fueron nada más que unas palabras. Muy pocas. Las imprescindibles para socavar la estructura sicológica de Eva. Y ésta fue engañada. Arrancó el fruto. Pero no se vio poderosa ni divina como Jehová. Sólo advirtió la propia desnudez, y echó a llorar. Adán, para no perder­la, probó también del mismo fruto. El bien y el mal comenzaron a debatirse en la invención del hombre. Sa­tanás había estafado una porción de la divinidad con menos de veinte palabras. Iracundo, Jehová se dirigió a la Serpiente con estas palabras: "Andarás arrastrando sobre tu pecho" (Génesis, III, 4). Y la Serpiente, que hasta entonces caminaba erecta, perdió su verticalidad y se arrastró por los caminos. A partir de ese instante el mundo se pobló de estafas. El hombre para sobrevivir y enamorarse repitió el primer engaño del Génesis. Uno de los más célebres es el de la mujer de Putifar. Ena­morada de su esclavo José, lo despojó un día de la túnica y se le ofreció para yacer con él. Pero José huyó. Re­chazó a la adúltera. Cuando vino Putifar, lo engañó de esta manera: "entró donde yo estaba, con el fin de for­zarme; mas como oyó gritar, soltó la túnica que yo tenía asida y huyóse afuera (Génesis, XXIX, 17).

Terencio, en el siglo n antes de J. C, posibilitó un concepto que podríamos modificar y trasladar a la es­tafa: la persona que se estafa a sí misma. Lo hallamos en aquel célebre cuento de "El collar de brillantes" (Contes et nouvelles, 1885) de Guy de Maupassant. Re­cordemos el argumento. Una amiga le presta a la señora de Loisel un valioso collar de brillantes para que con­curra a cierta fiesta ministerial. Lo pierde sin embargo al retirarse. Y como hay que devolverlo, el marido bus­ca otro collar parecido por el que le piden una suma fa­bulosa. Pero éste recurre al pequeño capital que posee y pide prestado el resto por el cual debe firmar algunos documentos y aceptar el pago de intereses. El nuevo co­llar es entregado a la amiga en sustitución del primero. La señora de Loisel, por su parte, para ayudar a saldar la deuda contraída, renuncia a la criada y se dedica al trabajo personal de la casa. Se levanta todos los días muy temprano, cocina, lava incansablemente, va al mer­cado, regatea, pelea con todo el mundo. Su rostro juve­nil comienza a llenarse de arrugas. Los meses se le fil­tran como gotas de sudor. El tiempo se le acumula, la devora. Y en esta privación transcurren diez años, al cabo de los cuales ella y él logran pagar la deuda. Un día la señora de Loisel se encuentra en la calle con la señora de Forestier, la misma que le había prestado el collar. Pero la Loisel están tan vieja, tan irreconocible, que debe presentarse y decir que era la amiga a quien le había prestado el collar diez años atrás. Después, lle­na de orgullo, le cuenta sus penurias, la angustia de con­traer una deuda para adquirir un collar en sustitución exacta del que se había perdido, y el sacrificio que sig­nificaba un plazo tan largo en oposición con la miseria. La señora de Forestier se llena de asombro. Acaso llora. El collar que le había prestado entonces era una simple imitación sin valor alguno.

Las formas de la estafa son infinitas. Estafa el Cid Campeador a los judíos Raquel y Vidas cuando les ga­rantiza el cumplimiento de un préstamo con dos arcas llenas de arena. Y estafa el Dux de Venecia al judío Shylock cuando le ofrece el puñal para que extraiga de Antonio una libra de carne lo más cercana posible del corazón, sin derramar ni una sola gota de sangre ni un gramo de más ni de menos de carne, puesto que tales cir­cunstancias no se habían pactado para el caso de incum­plimiento del préstamo. La ira de Ihering (La lucha por el derecho, cap. IV) probó este fraude de la historia ju­rídica, elevado a categoría de axioma imprevisible por el genio de Shakespeare en El mercader de Venecia. Tam­bién Clodoveo, en el siglo vi, estafa a uno de sus guerre­ros cuando le saca el hacha y se la arroja al suelo diciéndole que estaba sucia. El guerrero se inclina para levan­tarla, y Clodoveo que había ocultado sus intenciones, le parte la cabeza en dos. En la Spyes History (1638) de Richard Parnell, el Espíritu de las Tinieblas reprocha a Fergen porque había cabalgado con toda su escolta hasta el infierno. Éste les ha callado su designio de ir en bus­ca de la muerte. Es la estafa del poder, al lado de la cual sobreviven otros engaños colaterales. Su derivación po­dría ser la estafa del sentimiento, como puede verificarse en Adán Buenosayres (1948), de Leopoldo Marechal, o en Pedro Páramo (1948), de Juan Rulfo. O bien en el capítulo LXIV de Un hombre de papel (1964), de Ber­nardo Verbitsky, cuando el protagonista se estafa a sí mis­mo creyendo en la bondad del hombre, situación límite también estructurada en Zama (1956), de Antonio Di Benedetto.

En esa inabolible, inacabable defraudación que en Francesco Carrara asumía las "formas de la hidra" (Pro­grama del corso di diritto crimínale, 1859) existen otras especies no menos previsibles: los estafadores de la cul­tura, los que simulan poseerla, como en El hombre me­diocre (1913), de José Ingenieros, o en Estafen (1932), de Juan Filloy. Y a su lado, los que basan sobre el miedo la estafa del poder que Aristóteles llamaba tiranía. En esta línea, tan frecuente desde Aristófanes (Los caballeros), cabría mencionar El señor presidente (1952), de Miguel Ángel Asturias.






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