Prólogo de: Leopoldo Marechal


MICROMEGAS Y OTROS XENOIDES



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MICROMEGAS Y OTROS XENOIDES




Micromegas, el xenoide de Voltaire (Micromegas, sá­tira sobre la insignificancia del hombre, escrita en 1752), tenía ocho leguas de alto y una cintura de cincuenta mil pies. Siendo muy niño (tenía entonces 250 años) ya superaba las cincuenta proposiciones de Euclides, "que son dieciocho más que hizo Blas Pascal". (Sigo la con­fusa traducción del abate Marchena). Salido apenas de la infancia, Micromegas, de edad de 450 años, compuso un libro que motivó su expulsión de Sirio por un tiempo adecuado a la vida de esos xenoides, que en el caso se redujo a ocho siglos. En este libro el autor trataba de establecer la identidad sustancial de las pulgas de Sirio con la naturaleza de los caracoles. Tal herejía lo hizo acreedor al exilio.

La estatura de Micromegas puede inferirse de un solo detalle. Cuando el xenoide llega a la Tierra, el océano sólo le mojaba los talones. Pero él estaba acompañado por un "enano" de Saturno que medía dos mil varas. A éste el agua le llegaba a la "media pierna". Para poder ver a los terresianos deben hacerlo a través de los dia­mantes del collar de Micromegas. Y para poder oírlos, el gigante se corta la uña del pulgar y se fabrica una bocina. De esta manera pudieron establecer el diálogo con los terresianos, a quienes Voltaire, por intermedio de sus personajes, llama despectivamente "especie ruin", "insectos vanidosos", "átomos infinitesimales, invisibles". Y comienza la confrontación. Los conceptos se desplazan hacia la vida, la guerra incesante, y la muerte. A Micromegas le parece imposible que tales seres despreciables tengan ideas. De pronto, para demostrar su inteligencia, los átomos-insectos (estos hombres que nada significan) le plantan al habitante de Sirio un árbol en el culo, y le dan la medida de su estatura ("nuestros filósofos le plantaron un árbol muy grande en cierto sitio que Swift hubiera nombrado pero que no me atrevo a mentar por el mucho respeto que tengo a las damas" 1). Micromegas, aturdido, les promete un libro sobre el misterio del uni­verso. Cuando los terresianos lo abren en la Academia de Ciencias de París, se hallan con las páginas en blanco. La inferencia simbólica no podía ser más precisa. Nadie sabía nada, premisa de Nicolás de Cusa en el siglo xv.

Mucho antes de que Voltaire escribiera su Micromegas, ya circulaba (comienzos del siglo XVIII) el sueño de Gathemby, extraído del The White Lizard. En este sueño, el protagonista solía ver una sombra que se blanqueaba lentamente hasta posarse sobre las almenas del castillo, adquiriendo la forma de un lagarto. Era una sombra densa que cambiaba de color sobre los muros.


1 El abate Marchena sustituye Swift por "Torres o Quevedo".

El sueño se repitió tres noches. En la tercera, Gathemby se levan­tó en estado de sonambulismo y se acercó a las almenas. En ese instante, una muerte misteriosa selló sus ojos. Al día siguiente, al lado del cadáver, hallaron una hen­didura que semejaba la huella gigantesca de un lagarto.

Cincuenta años después, una mujer de Yorkshire, de nombre Mary Connally, observó durante la semivigilia (digamos más bien que fue una visión) que un rostro sin cuerpo, pero con alas, atravesaba las paredes para anunciarle el fin de su pobreza. A los tres días, camino de la parroquia, halló un niño abandonado en el umbral de un caserón deshabitado. Lo adoptó, pese a la es­casez de medios con que vivía. Su vida se transformó rápi­damente. El niño fue médico, y lo armaron caballero.

Ella que era viuda y extremadamente joven, fue llamada a la corte y se convirtió en una dama.

En ambos casos, el de Gathemby y el de Mary Con­nally los xenoides actuaron como mensajeros de un hecho que debía cumplirse fatalmente. No puede hablar­se de premonición. Pero es indudable que hay una es­trecha relación entre la videncia onírica y el sueno posterior.



LOS CRISTALES LUNÁTICOS




Es posible que el tema de los cristales soñadores haya servido a muchos autores antiguos y modernos. Uno de ellos podría ser Galileo. Otro, Lewis Carroll. Un tercero, Theodore Sturgeon, quien creyó ver en los cristales un espíritu creador semejante al del hombre (The dreaming jewels). Ibn Ezra (en el siglo XII) soñó que lloraba ante un vidrio que se convertía en espada por efecto de sus lágrimas. Siré Yehudá ben Semuel ha-Leví creyó ver en las aguas del Génesis (I, 2) el espejo inmenso que le serviría al hombre para alimentar sus sueños.

La humanidad siempre ha soñado con lo más débil. Pero en Los cristales lunáticos, cuento de John Batharly que data de 1964, el tema es distinto. Incluye el sueño de la destrucción de todos los sueños. Es el instante en que el hombre advierte que ha sido víctima de sus pro­pios sueños. Para redimirse tiene el último sueño, el sueño total. Sabe (no podríamos negarlo) que los sueños sólo se anulan con otros sueños. Doy libremente la primera parte:

La Tierra era una llaga que aún enrojecía, una mancha que perdía color y que algún día habría de disolverse totalmente en el espacio. Varias explosiones atómicas y el ataque final de los marcianos habían hecho del globo terráqueo un recuerdo piadoso que se perdía en las inabolibles galaxias del universo. Nueva York, París, Londres, Moscú, las grandes capitales eran ya pequeños puntos incandescentes que se dispersaban, cruzados por los meteoritos que devoraban el espacio. Pero ellos, Betina y Rolan (llamados respectivamente Mujer 7.007 y Hombre24.111) se habían salvado llegando a Marte en el único cohete que les quedaba a los terresianos. Hacía diez años que estaban en el Desierto de la Esfinge, rodeados de cráteres asfixiantes que servían a los marcianos para enfriar las cosmonaves. Cuando descendieron les ajus­taron los cristales lunáticos y desde entonces caminaron por el desierto metidos en sendas esferas transparentes, llenas de oxígeno, que les cubría el cuerpo hasta la cin­tura. Sólo podían mover libremente los brazos y las piernas. Cuando necesitaban alimentarse se allegaban a una Estación Alimentaria y un robot les infundía cierta mezcla de gases aromáticos por uno de los orificios del cristal lunático. No podían amarse según las costumbres terrestres. Tampoco podían besarse porque esto exigía la rotura de la esfera. Y la rotura llevaba a la muerte por falta de oxígeno. Sólo podían soñar oprimiendo uno de los botones de la esfera. Entonces los cristales luná­ticos se cubrían de imágenes que se ordenaban según el deseo de cada uno.

La historia se interrumpe. Siguen unas líneas incon­gruentes en las que Batharly dice que Betina y Bolán, burlando la vigilancia marciana, lograron amarse de acuerdo con la antigua costumbre terrestre. Copio ahora el final de la historia:

Al día siguiente Betina y Rolan (números 7.007 y 24.111) fueron conducidos a la orilla del cráter que me­diaba entre el Desierto de la Esfinge y el mar del mismo nombre. Iban a ser precipitados en uno de los abismos gélidos, enrojecidos de Marte. Los marcianos, en doble fila que se abría circularmente, esperaban la ejecución de los últimos terresianos.

–¿Cómo será esta muerte? –preguntó Betina.

Pero antes que Rolan contestara, vieron al verdugo que avanzaba hacia ellos con un punzón y un martillo. En­tonces comprendieron la clase de muerte que les estaba asignada. Uno o dos golpes serían suficientes para perforar los cristales lunáticos. Entonces perderían el oxí­geno y moriría por asfixia al mismo tiempo que se­rían precipitados al abismo.

–Dame la mano –dijo Rolan.

El verdugo había apoyado el punzón (un punzón do­ble en forma de triángulo) sobre las esferas de Betina y Rolan. El martillo, levantado, ganaba impulso para caer sobre los cristales. Faltaba un segundo para producirse el impacto. Pero en ese instante, movidos por la misma idea, Betina y Rolan oprimieron el botón de la esfera que dejaba crecer el sueño. Los cristales lunáticos se cubrieron con las imágenes de un idéntico deseo: el hijo que se mecía en las entrañas de Betina, emergía desde el abismo destruyendo a los marcianos. Cuando se pre­cipitaron en el cráter, Betina y Rolan alcanzaron a ver, en los fragmentos suspendidos de los cristales, que Marte y todos los planetas eran tantas partículas rotando hacia las galaxias.




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