Prólogo de: Leopoldo Marechal



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LA IMAGEN VACÍA DE ROBOT




En el siglo n de J.C., Luciano de Samosata, redactando su Historia verdadera, creyó hallar en la Luna extraños buitres caballos de tres cabezas y fríos guerreros montados sobre pulgas espeluznantes. La visión (tergiversada por algunos) fue recogida por los continuadores de Hermes Trimegisto hasta llegar a Guy Lefevre de la Broderie en cuyo libro de L'encyclie de secrets de TEternité, publi­cado en 1570, advirtió que los monstruos de Luciano de Samosata eran imágenes vacías donde sólo existía la imaginación sin el espíritu ("ni el Uno ni la Eternidad"). Cuatro siglos después, un poeta alquímico, Leopoldo Marechal, habitante de una obscura ciudadela literaria donde todos se destruyen con balas de silencio y diatribas fáciles, reitera el mismo principio al escribir El poema de Robot (1966): "Y siendo yo el alumno de Robot el Vacío / me forzaron también a la ciencia y conciencia / de una redondeada vacuidad."

Porque Robot es un ser vacío, frío, sin enigmas ("La casa de Robot está en el polo / contrario del enigma"). Y Marechal, el poeta alquímico, agustiniano, irónico, el hombre que descendió, acompañado de Schultze, a la Cacodelphia infernal de su inalienable Adán Buenosayres (1948), nos da la imagen de este ser electrónico que ya Luciano de Samosata había entrevisto al describir los monstruos selenitas. Nos introduce, por tanto, en su naturaleza destructora donde no existe ese bien que en su Descenso y ascenso del alma por la belleza (1965) califica de Uno y Eterno. Y esa inexistencia, esa ausencia, obje­tiva las otras ausencias, porque "... en la gloria de Robot no hay ángeles / ni demonologías en su infierno, / sino la exaltación o la tristeza / del átomo de hidrógeno." Y Marechal sabe que este monstruo científico es un hom­bre manufacturado, "un hijo brutal de la memoria", acaso ese ser con ojos de insecto según lo previo Wells en sus marcianos de The Wanof the Worlds (1898).

El Poema de Robot tiene audiencia en una larga, irre­versible voluntad del poeta por comparecer ante la ver­dad que desgarra al hombre. Marechal sabe como Samuel Johnson (Rasselas, X) que el poeta es un legislador de la humanidad, y que ubicado en dimensión de libertad sólo aspira a señalar el peligro. De ahí su militancia, su voz imbatible, sus imágenes gélidas, irónicas, pero exultantes de amor por esa criatura que inventa la con­tinuación del vacío para destruirse. El poema de Robot es, precisamente, esa mise au point a la vacuidad de una nada electrónica urgida por los hijos de la memoria. Se­ñalarla, verificar su tristeza (".. .la Electrónica .. / lo amamantó en sus pechos agrios de logaritmos") es fundar en parte el concepto de Johnson sobre el poeta como le­gislador. Y El poema de Robot cumple con esta destina­ción, ubicando el espíritu por encima de los átomos que se destruyen y recrean en estructuras inverosímiles, terro­ríficas. El infierno del Alighieri, la Cacodelphia del pro­pio Marechal, ya no es ahora el centro de la Tierra, sino el espacio orbital cuya meta es el vacío que añora el monstruo. Pero Marechal sabe que el espacio está ilu­minado y que es asiento del Uno y lo Eterno. Lo que no quiere es que ese espacio se llene de la progenie atómica de Robot. Porque los hijos de Robot pueden ser la noche obscura del hombre, la lágrima convertida en maldición irredimible que contamina las interminables, inacabables galaxias del cosmos.



LOS XENOIDES




En la novela 1984 (Nineteen Eight-Four), publicada en 1949, George Orwell imaginaba la esclavitud del espíritu como consecuencia de una guerra atómica. El mundo quedaría dividido en tres Estados totalitarios que serían Oceanía, Eurasia y Eastasia. Existirían cuatro ministe­rios: el de la Verdad, que propagaría las nociones de im­parcialidad para que el hombre pudiera ponerse en con­tacto con los slogans que justificarían su amor por la esclavitud, forma tranquila para tener el estómago saciado y el cerebro en decadencia. El de la Paz, que se ocuparía de la guerra como necesidad imprescindible del hombre. El de la Abundancia, para equilibrar el hambre dentro del hambre. Y el del Amor, que se ocuparía de los crí­menes del pensamiento. Estos cuatro ministerios, coor­dinados con la institución periódica de "dos minutos de odio" para exaltar el patriotismo, haría del hombre un cerdo más dichoso que el obtenido por la magia de Circe. Para Orwell el hombre no tendría salvación. Sus enemi­gos estaban en este mundo.

Pero el escritor inglés no estaba al tanto de los otros enemigos. Ignoraba que existieran los xenoides, seres extraterrestres, posibles habitantes de mundos paralelos donde la antimateria (exista o no exista con este nombre) acecha la destrucción del mundo. Seres inabolibles que posiblemente nos vigilan.

Esos xenoides (término acuñado por Anthony Boucher) podrían ser los causantes de "obscuros sucesos" que la humanidad, como ha dicho M. K. Jessup (The case for the Ufo, 1955), ha llamado sobrenaturales o paranormales. Transcribo de Jerom Cardam algunos de estos "obscuros sucesos" que jamás tuvieron explicación: "Un día de verano de 1809, Benjamín Bathurst, embajador de Inglaterra en la corte de Austria, se hallaba en una pequeña ciudad alemana. Su carroza se detuvo delante de una posada. El embajador descendió y caminó unos pasos. Los caballos ocultaron su figura por un momento y el posadero dejó de verlo lo mismo que sus criados y algunos viajeros que se encontraban allí." La desapari­ción del embajador fue definitiva. "En 1930, en Nueva York, el juez Cráter salió de un bar y se dirigió hacia su automóvil que se hallaba a unos diez metros de allí. Había testigos. Y sin embargo el juez literalmente se vo­latilizó." A estos hechos hay que agregar la desaparición de embarcaciones y aeronaves en situaciones en que nada hacía prever ningún peligro.

Es posible que los profetas de la Biblia fueran los pri­meros en conocer estos seres extraterrestres que llamamos xenoides. Las visiones de Ezequiel, de Enoc y de Isaías refirmarían la antigüedad de tal suposición. El mundo ha luchado siempre contra ellos.

No es improbable que Voltaire sea el primer autor moderno que en Micromegas (1752) intuyó la importan­cia de un xenoide. Veámoslo. Micromegas, nacido en Sirio, constelación del Can Mayor, es exiliado por ochocientos años. Es un ser monstruosamente gigantesco con un cerebro poderosísimo, cuyas reacciones superaban mil veces la velocidad de la luz. Llegado a la Tierra, Micromegas se asombra de nuestra estructura casi microscópica, y se plantea un interrogante: ¿Puede tener la facultad de razonar un ser tan pequeño y tan extraño? Acaso Voltaire, valiéndose de Micromegas, se burle del hombre. Pero el hombre conoce sus limitaciones. Conoce, como Zenon, que Ulises jamás alcanzará a la tortuga. O que la flecha lanzada al espacio quedará detenida por su lentitud en los segmentos infinitesimales de la parábola espacio-temporal. Los xenoides podrían haberse generado en su cerebro.

En todo caso, el hombre, extremando el símbolo de Lewis Carroll, habría atravesado su propia imagen del espejo para caer del otro lado de su ser.






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