Prólogo de: Leopoldo Marechal



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LOS NUEVE DESCONOCIDOS




El tema del Golem no se agota con Rabi Low, de Praga. Alberto Magno creó el suyo y lo dotó de pers­picacia. Pero Santo Tomás de Aquino advierte un día su automatismo demoníaco y le descarga su bastón para destruirlo. El amigo no se disgustó con el santo. Paracelso, en el siglo xvi, también manufacturó un Golem. Goethe, inspirado en aquél (suscribo la sospecha de Bokser), ideó el Fausto. Alberto Magno y Paracelso, sus procedimientos esotéricos, influirán después en Mary G. Wollstonecraft Shelley para crear, en la ficción de Frankestein or the Modem Prometheus (1817), el monstruo que será la ruina de su hacedor, un médico que ha descu­bierto "el principio de la vida". El monstruo le exige una compañera. Pero el doctor Frankestein se niega. Aquél se venga dedicándose al crimen y asesinando a todos los suyos. El mismo médico perece en su persecu­ción. Cuando el monstruo se queda definitivamente solo, sin su creador, busca la pira funeraria para sucumbir.

Tenemos, sin embargo, una historia inquietante: la de los Nueve Desconocidos. Fue hacia el final del siglo ni a. de J.C. Se llamaba Asoka y era emperador de la India. Su imperio se extendía hasta la Malasia, el Ceilán y la Indonesia. Un día, apesadumbrado por su propio triun­fo en la batalla de Kalinga (los kalingeses habían perdido cien mil hombres), consultó a las fuerzas del Espíritu Imbatible y decidió prohibir para siempre todo exceso de la inteligencia que no ayudara a comprender al ser humano como unidad inalienable. Impuso duras penas para los que emplearan su sabiduría en la destrucción del mundo, y recompensó a los que trabajaban por la peren­nidad del hombre.

Esas decisiones requerían un organismo ejecutor que fuera, al mismo tiempo, el encargado de vigilar que los secretos de la ciencia no pasaran a los profanos. Y en­tonces Asoka fundó una sociedad secreta (la única que conocía el misterio de la materia) que se llamó la de los Nueve Desconocidos. Sus integrantes guardaron el más absoluto silencio, y los grandes de esta tierra que la conocieron, no quisieron revelar la fuente de su propio poderío. Entre estos últimos estaban Gerbert d'Aurillac (que era, en realidad, el Papa Silvestre II) y Dante Alighieri. El primero, después de un viaje al antiguo impe­rio de Asoka, en el año 980, volvió a Ravena con una cabeza de bronce que respondía afirmativa o negativa­mente (decía o no, según los casos) a las consultas del Papa sobre la situación imperante en el mundo. Era un Golem o un Robot anterior a la cibernética, si con­venimos en que esta ciencia es de creación reciente.

Se dice que la cabeza parlante fue fundida a la muerte de su dueño para impedir la destrucción del mundo.

Dante Alighieri, el segundo hombre que tomó contacto con los Nueve (recordemos la simbología del número 9 en toda la Divina Comedia), descendió a las regiones in­fernales y después de recorrer sus nueve círculos, ascen­dió a la montaña del purgatorio y de ahí a los nueve cielos ptolomeicos y al Empíreo (ciel che'e pura luce; Par., XXX, 39). El viaje acaeció entre el 8 y el 15 de abril de 1300. De esta visión nació la Divina Comedia.

Cada uno de los Nueve Desconocidos tenía a su cargo un libro que se renovaba a través de los años, cuando la ciencia adquiría un nuevo tributo. El libro II, dedicado a la fisiología, nos habla de lo que podríamos denominar telequinesia, una de cuyas definiciones sería, sintética­mente, la que sigue: percepción a la distancia. Esta per­cepción, vinculada con el sistema nervioso, es, asimismo, sensación y verificación. En La casa espectral (1964), cuento parasicológico de John Batharly, que trata este asunto, se dice que en el acápite correspondiente del libro II se habla a su vez de ciertos nódulos mutantes que poseen algunos seres privilegiados para percibir la transformación de la materia humana más allá de ese accidente que llamamos muerte. Además, no todos los que mueren, mueren en un sentido absoluto. Se transfor­man en otros seres vivientes que sólo pueden ser detec­tados por los que tienen el don de la telequinesia.





ROBOT CONTRA CYBORG




Entre las historias imprevisibles del De viris (siglo I) hay una sobre la cual se han acumulado infinitas hipóte­sis contradictorias. Esta historia sólo tiene dos líneas incongruentes, perdidas en una exposición acerca del alma como instancia teriomórfica. Literalmente: Movía un pie y luego el otro, y una mano y después la otra, pero del otro lado la masa blanda y grisácea que gober­naba sus extremidades, destruyó el mecanismo. Algunos han querido ver un ser monstruoso de ocho extremidades: cuatro manos y cuatro pies. El hombre circular de Pla­tón. Otros, una bestia innominada del apocalipsis. Acaso el dragón derrotado por el misticismo.

Creo, sin embargo, que hay equivocaciones imbatibles desde ambos lados. El significado no es tan hermético o tan incongruente como yo también dijera. Se trata, en realidad (estoy casi seguro), de dos seres distintos. El primero (obsérvese que en la frase se habla de "meca­nismo") es lo que ahora llamaríamos un Robot. Tiene cuatro extremidades, y no más. Las otras cuatro pertene­cen a un segundo ser. La frase es clara. Pues ella dice: "del otro lado", y agrega: "masa blanda y grisácea" Esta masa no puede ser otra cosa que el cerebro. Pero aquí, un órgano vivo que gobierna cuatro extremidades y destruye el primer mecanismo. (No es posible creer en un monstruo de ocho extremidades que se destruye a sí mismo). Este segundo ser es el Cyborg. Trabado en lucha con Robot, lo derrota a pesar de su escasa per­sistencia: una "masa blanda y grisácea". Y Cyborg es más fuerte. Tiene autonomía. Gobierna por sí mismo sus extremidades. Explicaré ahora el origen de estos meca­nismos.



Robot es una palabra checa que significa trabajo. La difunde el checoslovaco Karel Capek en su inmortal R. U. R. (Rossums Universal Robots (1902). Es un drama en tres actos y un prólogo, cuya acción se objetiva en derre­dor de la Reason's Universal Robots, establecimiento en el que se fabrican robots para abaratar la mano de obra. Pero estos robots adquieren conciencia, y un día, can­sados de su propia mecanización, se rebelan contra el hombre. No hay otra salida que la muerte. Sin embargo quedan Primus y Helena ( dos robots redimidos por el amor. Ellos serán el Adán y Eva de una nueva civili­zación: "Se derrumbarán casas y máquinas", –dirá Alcmist al final del drama– "se resquebrajarán los sistemas y el nombre de los grandes caerá como hojarasca. Pero sólo tú, amor, fructificarás en los escombros y confiarás a los vientos la semilla de la vida."

Complemento de Karel Capek sería I, Robot (1954) de Isaac Asimov, el cual imagina un mundo con su Manual de Robótica cuyas leyes es posible que se cumplan algún día. Estas leyes robóticas son tres, y están concebidas definitivamente para una civilización venidera: "1: Un robot no puede dañar a un ser humano o dejar que un ser humano sufra daño por su inacción. 2: Un robot debe obedecer las órdenes transmitidas por un ser humano, siempre que estas órdenes no estén en oposición con la ley primera. 3: Un robot debe proteger su propia existen­cia, siempre que esta protección no esté en oposición con las leves primera y segunda."



Cyborg es una palabra cuya composición deriva de "cibernética" y "organismo". Cibernética, a su vez, deriva de kybernetes (piloto de barco, timonel, en griego), y aparece, por primera vez, en el Essai sur la philosophie des sciences (1834), del físico Ampére, para culminar como superciencia en la Cybernetics (1948) del norteamericano Norbert Wiener, creador del control y comu­nicación en los animales y los mecanismos electrónicos. El Cyborg es, pues, un cerebro vivo conectado a un mecanismo. En lucha contra Robot es su posible triun­fador. Dejo así explicado el obscuro pasaje del De viris, cuya anticipación es profética.

Para terminar estas líneas sobre los seres mecánicos, debemos recordar la Andreida de Villiers de Lisie Adam (L'Éve Future, 1886) que Capanna (El sentido de la ciencia-ficción, 1966) llama ginoide o gineide, el robot femenino. En el mundo futuro, Robot, Cyborg y Andrei­da serán tres aliados o tres enemigos irreconciliables.






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