Prólogo de: Leopoldo Marechal



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PAUSANIAS, ASESINO




Olimpia tenía 13 años y danzaba desnuda ante Dionisos, en Epiro. Era la más hermosa de sus sacerdotisas. Su cabellera le llegaba a la cintura, aturdía su cuello y le inflamaba los senos. El vértigo era su segunda natu­raleza, y el dios, por boca del oráculo, debió confesar su rendición. Filipo de Macedonia la vio danzar y se la llevó antes de que el delirio lo aplastara. La hizo reina. Pero en la noche que precedió a su matrimonio, Olimpia soñó que el viento penetraba en su alcoba y la envolvía en un remolino centelleante que le hacía perder el sen­tido. Consecuencia de este hecho, dice Ajiajarilbj (Ca­pitularía regum grecorum, II, 7), fue el nacimiento de Alejandro, que Filipo de Macedonia presentaba como hijo propio y no como hijo de Zeus, según afirmaba Olimpia.

Pero Filipo, además de valiente e invencible, era gro­sero y bebedor. Le gustaban los festines y las hetairas, a las que luego despreciaba por haberse sometido. Esta circunstancia y el odio hacia Olimpia por parte de Átalo, su favorito, que despreciaba el refinamiento y la cultura atenienses (Aristóteles era el preceptor de Alejandro), indujeron al hombre de Filipo a conspirar contra la reina y su hijo. Una noche, en otro de los tantos festines, le presentó a Cleopatra, su sobrina, y Filipo apartó a las hetairas para admirar dos ojos infernales sobre un rostro de fuego que se alzaba desde los límites de un cuerpo diabólico. "Tiene catorce años –le dijo Átalo–, y ha nacido para ser soberana." Las palabras milimetradas del intrigante (las recuerda Aristrimando en sus Paralipómena, 135 c), ayudadas por el alcohol y el sexo, atraparon a Filipo, quien acarició a la niña y la sentó a su lado al tiempo en que hacía desnudar a las hetairas para que danzaran en nombre de la belleza de Cleopa­tra. Los generales de Filipo se miraron. Alejandro, que tenía bajo su clámide el texto de la Odisea que Aristóte­les le explicaba sabiamente, pensó en Circe y vio en la sobrina de Átalo a la futura Maga que habría de con­vertir a Filipo de Macedonia en un cerdo (De Incorruptibilitate Alexandro, III, 13). Olimpia también se enteró, pero el mal ya estaba en las entrañas de Filipo.

Desde ese día el macedonio repartió su vida privada entre las hetairas y Cleopatra. Cuando llegaba borracho al lecho de Olimpia, ésta lo rechazaba invocando a Zeus y Dionisos. Pero Filipo ya estaba obliterado y acometía la desnudez de Olimpia con la arbitrariedad de un loco enfurecido y ofendido. Olimpia huía de la alcoba y se refugiaba en las habitaciones de Alejandro. Entonces Filipo daba unos pasos y caía sobre el piso vencido por el alcohol. Afuera, en las cuadras, relinchaba Bucéfalo, el caballo de Alejandro.

Pero Olimpia tenía sus adoradores dionisíacos, sus jóvenes místicos, devotos del raptus de Dionisos, que seguían recordando sus danzas frenéticas inspiradas por el dios. Uno de ellos era Pausanias, que se hincaba ante ella, mordido por el amor, y le besaba el ruedo de sus vestiduras y sus pies. A éste le confesó su odio y las felonías de Filipo. La Rué, en el siglo xv (La sorcellerie tragique, c. VII) imaginó el diálogo: "Si tú pudieras... –le dijo a Pausanias–. Dionisos no es un vacilante y sabe inspirar el delirio creador. Filipo ha olvidado la gloria de las armas para yacer en adulterio y enlodarse con las hetairas y el brebaje." Y Olimpia, llena de cruel­dad, acarició la frente y los cabellos sedosos de Pausanias. Acaso le insinuó entregarse a él si hundía su puñal en Filipo. Desde entonces Pausanias, delirante, acometido por el fuego, sólo vio la carne inmaculada de Olimpia, su cuerpo deslumbrante y agotador.. Y esperó el día.

Filipo repudió a Olimpia y se unió a Cleopatra. Y también esperó su día. Y este día llegó con el nacimien­to de un hijo varón a quien él proclamaría su heredero para que Átalo asesinara a Olimpia y al otro hijo de ésta habido por mediación de Zeus. Entonces reunió a sus generales y favoritos en su palacio y ordenó un festín y las dádivas al pueblo para presentar a Cleopatra y su hijo.

Ése fue el instante. Pausánias, disfrazado de pastor, con un traje de piel, se ubicó entre la multitud, a las puertas del palacio, esperando un hueso del festín. En su rostro seco y sus ojos incoloros, sólo había un signo que iba y venía desde su sangre: la muerte. Apenas hablaba con sus compañeros. Olimpia era una idea que le ardía en las entrañas. De pronto, la guardia abrió las puertas para que entrara una comitiva. Pausánias, con los puños crispados, se deslizó tras ellos y caminó hacia la sala delirante, donde la borrachera y el vértigo eran las formas imprevisibles de la tragedia. Sin que nadie advirtiera su presencia se colocó a la espalda de Filipo de Macedonia y aguardó el momento propicio. Átalo y los generales deliraban. Las danzarinas ondula­ban sus vientres y ofrecían sus curvas a los ojos insacia­bles que hablaban de posesión y seguían la parábola de los sexos. Filipo ya tenía la copa en sus manos, y Átalo esperaba las palabras para el exterminio de Olimpia y Alejandro. Pero la copa quedó en el aire, suspendida por una fuerza diabólica. El puñal de Pausánias había penetrado tres veces en la espalda de Filipo. La sangre de la víctima manchaba el rostro del asesino. Átalo y los generales desenvainaron sus espadas. Pausánias se refugió en un patio. Pero fue alcanzado y ultimado mien­tras invocaba a Zeus y Dionisos. Cuando fue atravesado en la última estocada, verificó que algunos de sus mata­dores eran los partidarios de la misma Olimpia.





LEYENDA DE CYRANO DE BERGERAC




Cyrano de Bergerac tenía una nariz monstruosa y afi­lada. Un día, mirándose al espejo, infirió que esta nariz era el signo premonitorio de la espada. Se hizo espada­chín, un hombre imbatible con la espada. Luego pensó que sería muy fácil la derrota de sus enemigos con nada más que cruzar el acero acompañando sus estocadas con largas tiradas de versos que le crecían como estrellas en la noche. A uno de tales enemigos lo atravesó con estos versos: Mira la hoja centelleante I Es la luz que no apagaron los Atlantes. A un funcionario que dudaba de su destreza, lo precipitó en la muerte con este dístico: Si hallas la hoja centellante / No mires su luz, mira su sombra. Desde entonces lo creyeron una encarnación demoníaca.

Estudió magia. Sus recetas iban acompañadas de ina­cabables, infinitas metáforas rimadas. Es posible que haya creído que el mundo era la metáfora olvidada de un mago con extraño sentimiento del humor. A uno que le pidió un remedio para obtener la confianza de su novia, le contestó: "Recítale en griego el último canto de la Odisea. Pero trata de no fallar en ningún detalle. En seguida festejarás tus nupcias." Esta contestación le valió el mote de humorista.

Otro día, cansado de atravesar a sus enemigos con su "hoja centelleante", se dedicó intensamente a leer la no­vela interplanetaria del inglés Francis Godwin: Man in the Moone (1638) en la cual el protagonista, un español Domingo González, realiza un ascenso a la Luna valién­dose de veinte gansas que iban a su invernadero en el satélite. La novela, aunque bien escrita, le pareció letal. Quiso superarla y escribió Les voyages aux Etats de la Lune et du Soleil (1643). Pero necesitando un guía se apoderó del protagonista de Godwin. (Dante ya había descendido a los infiernos con Virgilio). En estos impe­rios de la Luna y el Sol halla máquinas maravillosas que se determinan por sí mismas y se adelantan a los robots de Norbert Wiener. Descubre, mucho antes que Montgolfier, que el aire caliente es más liviano que la at­mósfera, e inventa los globos de ascenso. Llega al Sol. Solniza en una de sus manchas para evitar el fuego devorador. Y cuando recorre su inmensa extensión halla unos árboles de cuyas ramas (como los suicidas arbóreos de Dante) salen voces que modifican el misterio.

Cyrano de Bergerac no era astrónomo. Pero en Les voyages aux Etats de la Lime et du Soleil descubrió, para los astrofísicos, la propulsión a reacción. Cuando él se propone ascender a la Luna, utiliza distintos procedimien­tos hasta que por fin advierte que una carroza acoplada con cohetes puede ganar altura y vencer la fuerza de gravedad. La carroza se eleva al deflagar la carga. Vuela así durante un tiempo y cae. Pero Cyrano continúa el ascenso orbital porque los rayos del Sol absorben la médula de anímales que él se ha puesto en el cuerpo a fin de restañar ciertas heridas producidas en el intento anterior de lanzarse al espacio.

Cuando alguien le preguntaba la razón de su vitalidad en la hoguera del Sol, les respondía que los seres humanos eran unos monstruos que los cuerpos celestes rechazaban para evitar un incendio cósmico. Se anticipaba a la próxima guerra de los mundos. Verosimilitud no im­probable. Acaso profética, ya entrevista por Wells (The Wat of the Worlds, 1898) en que los marcianos, con ojos de insecto, son vencidos por los terresianos, los cuales1 disparan contra ellos bacterias infecciosas.

Por último, la leyenda asegura que de los dos Cyranos, el que he descripto y el de carne y hueso, sólo el primero es el que ha de figurar entre los inmortales. La envol­tura corporal que pudo haber tenido (murió a los 35 años) fue el medio adventicio y sin importancia que sirvió para eternizar su imagen.






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