Prólogo de: Leopoldo Marechal



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EL TORO SAGRADO




Sabemos cómo nació el Minotauro. Pasífae, oculta en una falsa vaca, había esperado al toro sagrado. La conse­cuencia también la conocemos. El Minotauro, engendrado en esa unión monstruosa, tuvo como cárcel el Laberinto. Pero Pasifae quedó insatisfecha. Mandó llamar a Dédalo y le habló de su locura por el toro. Quería que la ayu­dara nuevamente. Dédalo apoyó su escudo sobre un árbol para poder descansar y mirando, lleno de cariño, a la reina, le respondió: "La primera vez te advertí que se trataba de un juego peligroso y que su consecuencia podría ser la destrucción de Creta. ;Pero tú insististe y no tuve otra alternativa. Traicioné a Minos construyendo una vaca cuyo maleficio se está cumpliendo ya con la sublevación de los reinos tributarios. Una segunda vaca para engañar al toro significaría el derrumbe de la civi­lización. Además, el toro es imbatible y temo por ti misma."

Pasífae insistió. Sabía que sus lágrimas eran el arma propicia para doblegar a Dédalo. Y Dédalo, al verla llorar, fabricó una segunda vaca, introdujo a la reina en ella, y la dejó en el bosque por donde el toro paseaba diariamente su desesperación.

A las pocas horas el toro, bufando, se acercó a la vaca y comenzó a olería. Pasífae, cansada de esperarlo en una postura tan poco femenina, le dijo: "Estoy ansiosa. He contado las horas y los minutos." Pero esta vez el toro sagrado, sacudiendo sus narices, contestó: "Me das asco. Nunca te bañaste. En vez de un toro necesitas un chancho."



MONSTRUOS DE TRES CABEZAS




El primer viaje interplanetario de la ciencia-ficción lo realizan los personajes del Aletés o Historia verdadera, de Luciano de Samosata, en el siglo II. El segundo lo lleva a cabo Icaromenipo en el relato homónimo del mis­mo Luciano. El tercero le pertenece a Cyrano de Bergerac en Les Voyages aux États de la Lime et du Soleil (1643). En esta historia ya se describen las máquinas parlantes, antecesoras del robot, y la utilización del aire caliente para ascender en el espacio. Se anticipa en cien años a los globos de Montgolfier. Construye, asimismo, el primer paracaídas, ya entrevisto por Leonardo Da Vinci. El cuarto viaje se puede leer en una obra escrita por John Atterley en 1827: Voy age to the Moon, ya in­hallable. En el quinto, Edgar Allan Poe (The Unparalleled Adventure of Hans Pfaall, 1835) pone a su perso­naje sobre un globo y lo proyecta hacia la Luna. El sexto, el más científico de todos, lo describe Julio Verne en De la Terre á la Lune (1865). Intuye la imponderabilidad y nos habla de la velocidad impulsora del proyectil para vencer la fuerza de gravedad. Los miles de kilómetros se calculan en segundos. El séptimo y el octavo corresponden a dos obras de H. G. Wells: The War of the Worlds (1898) y The First Men in the Moon (1901). En ambos casos, más que ciencia-ficción, hay una idea mili­tante para salvar al hombre de su destino individualista. En esta última obra, Los primeros hombres en la Luna, ya tenemos conceptos esclarecedores de la ingravidez.

En la Historia verdadera (siglo n) un huracán eleva a los terresianos hasta la Luna en un viaje que dura siete días. Cuando llegan, la Luna, gobernada por Endimión, está en guerra con el Sol cuyo rey es Faetón. Los terresianos observan la vida de los selenitas, totalmente asexuados, que hablan de pureza y mueren convertidos en una columna de humo. Pero los terresianos, introdu­cidos en el ejército lunar, por orden de Endimión, obser­van unos monstruos de tres cabezas, con rostros afilados, mitad buitres y mitad caballos. Son seres que simbolizan la traición y la fuerza. Esta inferencia no es de Luciano. Pero bien podría admitirse cuando la guerra iba diri­gida hacia el Sol.

Al lado de esos seres teriomórficos había pulgas gigan­tescas montadas por guerreros, y otros pájaros enormes con camouflage de hojarasca. Esta reiteración ornitiforme bien podría indicar la creencia antigua de que el hom­bre, al morir, abandona su estructura corporal para convertirse en un espíritu alado. Este concepto no es tan inverosímil como parece. En el siglo I de nuestra era ya circulaba un manuscrito de autor anónimo, el De viris, en el que se afirmaba que los seres humanos eran pájaros aprisionados en una "pasión corporal" que luchaban con­tra su envoltura para ganar el espacio. La expresión pasión corporal hay que tomarla en el sentido de estruc­tura corpórea. O bien, de envoltura carnal.

Por último, los recién llegados observaron otros mons­truos mitad caballos y mitad hormigas. Vieron también arañas imprecisas, pero enormes como islotes.

Cuando los terresianos abandonaron la Luna y acua­tizaron con su barco en el mar, fueron tragados por una serpiente marina de doscientos setenta kilómetros de lon­gitud. Ya en sus entrañas, nuevo símbolo de las tinieblas creadoras, los viajeros realizan la proeza de escapar a la bestia. Por fin, triunfadores definitivos de esa ferocidad, llegan a lo que podríamos llamar un prelimbo dantesco poblado por los espíritus de los héroes y filósofos ya fallecidos que buscaron la gloria y la verdad. Cuando Jonás se salva de la ballena en el relato bíblico, queda inmerso en un complejo de culpa que le hace buscar su expiación. Los viajeros de Luciano, en cambio, tienen conciencia de que han triunfado sobre el mal y han des­truido la mentira (premisa colocada en la cabecera del Aletés).

En el Icaromenipo (siglo n) Luciano pone a su per­sonaje un ala de águila y otra de buitre. Se reitera el simbolismo de la fuerza y la traición. El protagonista llega a la Luna. Pero Hermes lo conduce a Tierra y, por orden de los dioses, lo priva de las alas. Queda con­creta una idea de pecado y su sanción: la de impedir que el hombre alcance el misterio de la creación.





LOS SELENITAS DE LUCIANO

DE SAMOSATA




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