Prólogo de: Leopoldo Marechal



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EL GOLEM




El primer tratado de la kabbala fue escrito entre los siglos VII y VIII. Llevaba un título irrebatible: Sepher Yetsirá (Libro de la creación). Cinco siglos después, ba­sándose en la misma revelación (la potencia creadora de la palabra divina) Yehudá ha-Levy, al escribir el Kitab al huyya wal-dalil fimusr al-din al-dalil (1135), más co­nocido por El Kuzarí, repetirá la misma fórmula: la relación entre palabra y escritura que en la divinidad es una misma cosa, y la relación entre escritura y obra que en el hombre se convierte en acción creadora. Pero Yehudá ha-Levy, al exponer su teoría cabalística, agrega una segunda inferencia: el vínculo entre la palabra y el número. La palabra crea fundada en una virtud numé­rica que tiene potencia nominativa, la cual es recibida de la divinidad. Este principio, contenido en el Génesis (II, 19) fue utilizado por Yehudá Liva Ben Becalel, tam­bién llamado Yehudá Leib y Yehudá Lów, rabino de Praga, muerto hacía 1609.

Origen de esa meditación del gran rabino fue el Golem, el primer hombre manufacturado, el cual aterrorizó a Praga en el siglo xvi. Karel Capek aún no había escrito su R. U. R. (Rossums Universal Robots) (1902) ni había divulgado la palabra Robot. Tampoco Norbert Wiener había inventado la cibernética (del griego kubernetes, piloto de barco, arte de pilotear) ni había imaginado la relación entre Dios y el Golem, tema de uno de sus tra­bajos posteriores. Pero el rabino de Praga, frecuentador de la callejuela de los Alquimistas, cerca de la catedral de San Vito, donde también habría de vivir el angustiado Kafka, se había anticipado a todos al crear el primer robot que él llamó Golem por considerar que la arcilla de que lo había formado era una masa torpe, sin sentido, acaso demoníaca. Y el rabino Lów construyó sus extre­midades, su estatura agigantada. Formó sus ojos y su boca. Pero debajo del paladar, escrito sobre un papel, puso el nombre numérico, impronunciable: Yahvé. Y lo dotó de automatismo. El automatismo provenía del nom­bre sagrado. Y el Golem se lanzó sobre Praga. Cuando el rabino le retiraba el papel, el robot descansaba. Que­daba sumido en su vacuidad inacabable.

Pero el Golem era bueno. Aún no había pensado por sí mismo, ni el rabino había creído que alguna vez este monstruo pudiera rebelarse contra su propio creador. Le ordenó algunos trabajos. Uno de éstos lo relata Ben Zion Bokser en su From the World of the Cabbalah The Philosophy of Rabbi Judah Loew of Fragüe (1963). Perseguían a los judíos inventándoles el asesinato ritual. Entonces Rabí Lów se acercó al Golem, le introdujo el nombre sagrado, y le dijo: "Mis hermanos son víctimas de la impiedad. Tú llevas la chispa que yo te he trans­mitido. Muchos son los asesinos. Pero tú debes descu­brir al principal." Y el Golem, guiado por el número, por la palabra numérica que yacía bajo su paladar, se lanzó a las calles de Praga. Y vio a un hombre que intro­ducía el cadáver de un cristiano en la casa de un judío. "Tú quieres acusarlo de asesinato ritual", –le dijo el Golem. Luego lo levantó vertiginosamente, como una brizna, y lo llevó con el cadáver ante las autoridades donde el culpable confesó su impiedad.

Un día, sin embargo, el Golem cumplió a medias las órdenes de Rabí Low. La bondad del monstruo se fue modificando. Su naturaleza rígida, automática, comen­zó a rehacerse por sí misma. Los reflejos se generaban en él y no desde afuera. El rabino advirtió el peli­gro demoníaco que encerraba esa arcilla que podía autodeterminarse en cualquier momento. Entonces lo despojó del nombre numérico, creador, y lo destruyó. Tres siglos después, en una ficción premonitoria, el monstruo de Mary G. Wollstonecraff Shelley (Frankestein of the Modern Prometheus, 1817) adquiere conciencia de su arti­ficio y anula a su propio creador hasta precipitarlo en las tinieblas.





VILLIERS Y LA EVA MECÁNICA




Felipe Villiers de L'Isle Adam. Un nombre largo en una vida breve. Un punto en un cosmos en expansión. Su biografía cabría en veinte líneas. O en mucho menos. Su comentario, en un libro prodigioso, inacabable.

Nació en Saint-Brieuc, el 7 de noviembre de 1840. Vivió una vida paralela con sus fantasmas. Murió en un hospital de París el 18 de agosto de 1889. Tenía 48 años, la edad en que comienza el conocimiento del mundo. Fue admirador de los misterios de Edgard Allan Poe, lector de sus Tales of the Grotesque and Arobesque (1839-1840) y amigo de Wagner, cuyas notas de La Valkyria lo hicieron llorar en unas gradas de Munich. Se decía descendiente del gran maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén (Beauvais, 1464-Malta, 1534) que tenía exactamente cada uno de sus apelativos y apellidos. En nombre de esa ascendencia fantasmal entabló acción contra Inglaterra cuando ésta se apoderó de Malta. Tam­bién se sintió descendiente del rey Otón de Grecia, a cuyo trono aspiró en 1867. Los fantasmas y la crueldad del mundo se refugiaron en sus libros: Fantaisies nocturnes (1883), Contes cruels (1883), Le secret de Téchafaud (1888), Histoires insolites (1888) y Nouveaux contes cruels (1888). O en sus dramas, estrenados obscuramente y sin éxito: La revolte (1870) y Le nouveau monde (1880). Por ese tiempo adhería frenéticamente a la doctrina mágica de Jacob Boehme.

Creía que los objetos no eran válidos en sí mismos. Decía que sólo eran la apariencia de otras verdades que ocultaban al hombre. Pensó como el caballero de la Triste Figura. Cada carnero, cada aspa de molino, eran la envoltura de seres ocultos que acechaban al hombre. La profundidad de su estilo lo puso en pugna con su tiempo.

A los 9 años afirmó que una piedra era capaz de llorar. A la misma edad, pero 600 años antes, Dante Alighieri, al ver a Beatriz, tuvo la visión de su inmortalidad. A los 22 años, Villiers de L'lsle-Adam pensó que todos los hom­bres eran fantasmas de sus propias pasiones. Pero ne­cesitó 20 años más para desarrollar esta idea en sus Contes cruels. El hombre necesitaba el rigor y la im­piedad.

Acostumbrado a replegarse sobre sí mismo, a desdo­blarse, imaginó una mujer mecánica, su andreida de L'Eve Future (1886), con personajes que se llamaban Edison y lord Ewald. Cuando escribió esta novela, pla­gada de filosofía vulgar, (novela que desagradó a su amigo Huysmans) estaba seguro de que la idea podía fusionarse en un connubio perfecto con lo puramente mecánico. El doble con la máquina. Era el futuro sueño de la humanidad. Creada la máquina femenina, la andreide (yo, como acabo de hacerlo, diría la andreida), y pues­to lord Ewald en frente de ella, Villiers le hará decir a Edison estas palabras: "¿Qué importa si asegura la reali­dad de nuestro sueño?" (lib. V, I). Si sólo basta una palabra, y esta palabra puede ser pronunciada por la an­dreida para que el hombre se llene de felicidad, ¿a qué más? "Es lo mismo que tratáis de hacer con la mujer viviente", prosigue Edison. Después vendrá la lógica pesimista y la necesidad de este robot femenino: "Ya os he probado que en el amor todo es ilusión, vanidad, inconstancia, espejismo. ¡Amar a cero! ¿Qué importa, entonces, si sois la unidad colocada delante del cero, como delante de todos los ceros de la vida si ese cero es lo único que no os desencanta ni traiciona?"

Cuando Hadaly, la andreida, la Eva Futura, comienza a razonar, Lord Ewald ya está derrotado. Esa máquina puede ser superior a su propia Alicia de carne y hueso. Al menos tiene la posibilidad de una repetición infinita de la ilusión. Lord Ewald lo verifica. Se acuesta con ella.

Es posible también que la Eva Futura de Villiers sea la máquina genética de Norbert Wiener (God and Golem, Inc., 1964), o la estatua con la que luego yace Pigmalión (Las Metamorfosis, lib. X, III). Pero la Eva Futura, aunque perezca en un naufragio devorada por las llamas, será siempre el amor de la. humanidad hacia sus seres fantasmales. Porque la magia de la máquina es la raíz del hombre.




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