Primera sección. La letra de cambio Su lógica, nacimientc y desarrollo histórico



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La letra, el pagaré
y el cheque


Primera sección. La letra de cambio

  1. Su lógica, nacimientc y desarrollo histórico

En Estados Unidos de América, el Uniform Commercial Code
habla de bill of exchange, cuyo sinónimo incuestionable es la palabra draft, que presenta el mismo significado que en Inglaterra y en el derecho anglosajón. En Italia, el Código de Comercio utiliza el término cambiale; no obstante, en la práctica también se emplea el sinónimo lettera di cambio. En Francia, el Código de Comercio se refiere a lettre de change, y aunque en este derecho existe una diferencia técnica importante entre los efectos de comercio y los títulos mobiliarios, la lettre de change puede ser uno u otro, según el uso comercial que se le dé. En España, que entre otros heredó a Latinoamérica su idioma (es decir, aquí el uso del concepto no es una adopción, sino una herencia), este documento se conoce como letra de cambio.

Existe un documento denominado bill of exchange, lettre de change, lettera di cambio o letra de cambio, según el idioma, en el que se observa una raíz etimológica muy clara; pero, si la dividimos ¿qué significa la palabra letra?, y ¿por qué en todos los casos aparece el concepto cambio?

En inglés, el vocablo carta (misiva, correo, epístola) se traduce como letter; en italiano, como lettera, y en francés, como lettre; pero en español el concepto letra significa cada uno de los caracteres que forman el abecedario. El porqué de esta falta de concordancia obedece a que en español la frase letra de cambio es el producto de una traducción pésima realizada, en algún momento imposible de determinar, de manera directa y no idiomàtica, es decir, se trasladó la palabra pero no la idea. De haberse hecho de manera idiomàtica, es decir, si se hubiera traspasado la idea, la traducción de este concepto (que no se generó en España) habría sido carta de cambio.





La razón de por qué en francés, en inglés y en italiano aparece la palabra cambio (chan- ge, exchange
y cambio, respectivamente), obedece a que en todos estos idiomas el concepto expresa un cambio, pero no de cosas sino, como veremos en seguida, de lugares.

Si en España también se adoptó la palabra cambio y no exchange o change, como sucedió con el término letra (lettre, letter y lettera), fue porque la traducción literal —es decir, de la palabra y no de la idea, a diferencia de lo que pasó con el vocablo letra—, de la expresión de cambio hubiese sido todavía más ininteligible. El paso resultó más simple porque en italiano y en español existe la palabra cambio, que tiene el mismo significado.

Esto no es una crítica, simplemente pretende ser la introducción al análisis de la mecánica operativa de la letra de cambio que es, como acabamos de decir, la misma de una carta, una misiva o una epístola; su función es cambiar dinero de una plaza a otra. Esta mecánica es simple. Una persona escribe una carta a otra, en la que le ordena al destinatario que le pague a un tercero una determinada cantidad de dinero.

De acuerdo con Williams, en el sentido de que la investigación de las fuentes históricas sólo es útil cuando existe la necesidad imperiosa de recurrir a ellas para aclarar e interpretar preceptos, le resultará claro al lector que en el caso de la letra de cambio acudamos a la historia para aclarar el porqué de tan peculiar triangulación, y por qué y en qué medida se da su uso actual.

Para ello, seguimos el mismo sistema de exposición histórica adoptado en este libro; enunciaremos los esbozos de la letra de cambio, desde su origen hasta arribar al estado o a su forma actual. Omitimos los más remotos, como los que se encuentran en Egipto, Fenicia, Grecia, Roma y Judea —en el Antiguo y Nuevo Testamentos se mencionan de manera directa—, porque no representan el interés que apunta Williams. Por tanto, iniciaremos el recuento histórico a partir de los antecedentes que, de una u otra forma, son los que conformaron este instrumento como lo conocemos en Latinoamérica.


  1. 1156. Es probable que el primer testimonio histórico conocido de una letra de cambio sea el de los hermanos Raimondo y Ribaldo, quienes en ese año reconocieron haber recibido 115 libras (moneda de Génova) de signore Boleto, al que prometieron reembolsarle el contravalor, o sea 460 besantes (moneda de Constantinopla), un mes después de su llegada a la corte del emperador. Este valor se recibió, simplemente porque el signore Boleto no deseaba transportar ese dinero al Imperio Bizantino.

  2. 1199. Otro testimonio ilustrativo es la carta del rey Juan sin Tierra, hijo menor de Enrique II y de Eleonor de Aquitania, que accedió al trono después de la muerte de Ricardo Corazón de León —su hermano— durante un sitio en Francia. A consecuencia de que carecería del dinero suficiente para continuar su lucha contra la aristocracia opositora inglesa tuvo que recurrir a las naciones amigas para obtenerlo; éstas se lo facilitaron por medio de letras provenientes de Italia, que eran pagaderas en Londres por cambistas que, a su vez, repercutirían el cobro en Italia, una vez refaccionado Juan.

  3. 1150-1300. En esta época, las formidables actas de notarios, sobre todo genoveses, y las de Venecia, Marsella y Champaña permiten comprobar dos circunstancias: i)

que la letra de cambio, enunciada como lettera di pagamento notarialle, con frecuencia se utilizaba, pero no se entregaba al tomador sino que se enviaba por correo directamente al girado (de ahí, el antecedente de su nombre) y ii) que la suscripción requería que la participara un notario. Los cartulari di notari publici (precursores de los actuales protocolos notariales y del término cartular) confirman que la intervención de los fedatarios estaba destinada a destacar algunos requisitos, relativos a la perfección del negocio cartular (la existencia del girador, del negocio y del que tiene dinero) para lograr la seguridad plena del destinatario. Entre esos notarios destacados podemos mencionar a: Amalric, de Marsella (1248); Juan Seriba, de Barcelona (1164); Oberto de Mercato y Guillermo Cassinese, de Venecia (1192).



  1. 1247. En este año se publicó lo que se conoce en historiografía como Código Huesca, en honor a la villa de Aragón en donde radicaba su autor, el obispo Vidal de Canelas. Este código, sancionado por el rey de Aragón Jaime I, fue la legislación civil y criminal —que incluía determinadas reglas sobre los contratos, comprendido el trayecticio— de la España católica hasta 1492; asimismo, fue la fuente de inspiración de las Ordenanzas de Burgos, antecedente a su vez de las de Bilbao, en cuanto al perfeccionamiento de las obligaciones de cualquier naturaleza.

  2. 1325. Aproximadamente en esta fecha desaparecieron las ferias de Champaña y, por razones poco claras, la costumbre comercial prescindió de la utilización de un notario público para suscribir las letras de cambio, que se reemplazaron por una simple carta —misiva— que, por primera vez, necesitó de un contrato. Este se suscribía como acto notarial; con base en el girador, el girado y el beneficiario deberían evaluar el cumplimiento o la falla, no respecto de una sola operación, sino de múltiples que se realizaban al amparo de ese único contrato. Los contratos se denominaban instrumentum ex causa cambii y, como puede observarse, los originó un documento que acabó siendo su complemento: la lettera di pagamento.

J) 1300-1400. Como el contrato instrumentum ex causa cambii (se trata, desde luego, del contrato de cambio o de cambio trayecticio) presuponía diversidad de lugares y monedas y, en consecuencia, un adelanto de fondos, la instalación por parte de los comerciantes de múltiples oficinas de representación en las ciudades en que operaban, lo convirtió en una práctica de gran difusión. Las letteras (cartas) se enviaban a la oficina de representación, aunque en ocasiones se remitían a otros comerciantes con los que el girador traficaba, pero siempre que hubiera celebrado un instrumentum ex causa cambii.

  1. 1462. No obstante que el Estatuto de Avignon (1243) y el de Barcelona (1394) regularon por mucho tiempo la letra y el contrato trayecticio, en este año —con el Edicto de Luis XI, que reconoce los Estatutos de la Provence—, los dos instrumentos, al igual que la previa provisión de fondos, se convirtieron en una sola operación. Este mecanismo complejo, de aceptación unánime, fue adoptado después por los Estatutos Comerciales de Bologna (1509), aprobado por la Iglesia, es decir por Pío V, y por las 10 Pragmáticas de Nápoles (1562); pero, también con carácter de





costumbre, los acogieron los comerciantes hanseáticos del Mar del Norte, los comerciantes cantábricos, y aunque también se introdujeron en Inglaterra, las Cortes del Common Law
se opusieron —pero sólo en principio— a la transferencia de créditos y a la transmisión de los papeles de comercio. Fue tal la importancia de los rígidos Estatutos de Provence que el endoso, es decir, la cláusula a la orden no existía, sino que la transmisión debía hacerse de acuerdo con las reglas del derecho románico, o sea, el civil.

  1. 1500. En este año se fundaron los primeros colegios de comercio en Venecia, subvencionados por los comerciantes; entre otras materias obligatorias estaba, desde luego, la utilización correcta de los instrumentum ex causa cambii y de las cambiales. A estos colegios se apresuraron a acudir comerciantes jóvenes de los principales centros de comercio europeos. Posteriormente, en 1517, se fundó en Lovaina el Collège des Trois Langues; ahí también se estudiaba la forma de cambiar dinero sin violentar las reglas papales. En 1516, La Grande Abridgement —digesto de sentencias escrito en francés antiguo— difundió la forma en que se habían resuelto, hasta ese año, los litigios entre comerciantes de diferentes ferias y ciudades en tomo a los instrumentum ex causa cambii y de cambiales.

  2. 1620. La cercanía de dos importantes plazas comerciales del centro de Europa, Lyon y Besanzón, implicó que dos grupos trascendentes de mercaderes del continente —lioneses y besanzones— sostuvieran relaciones tan frecuentes e inmediatas que su operación demandó una flexibilidad de transmisión que el complejo de cambio tripartito (contrato, letra y fondos previos), aunado a su no negociabilidad, no permitía. Entre los mercaderes de ambas plazas se estatuyó en este año la cláusula a la orden, es decir, el endoso. Práctica que, una vez más, se adoptó sin contradicción.

  3. 1673. Como vimos (núm. 1.12), en este año se publicaron en Francia las Ordenanzas del Comercio Terrestre, en las que se organizaba la letra, por primera vez, como una institución legal individual separada del contrato trayecticio, aunque a ambos los erige como complementos indispensables; en aquélla se reconoció el endoso en toda su amplitud.

  4. 1737. Este año fue de importancia particular para nuestra ley. En él, la villa de Bilbao, que había recibido el derecho de autogobierno municipal en 1300, emitió la última Ordenanza que lleva su nombre (la primera se emitió en 1511), que fue sancionada por Felipe V ese mismo año. Sus disposiciones, cuya primera ordenanza había seguido de cerca las de Burgos, fueron el centro de inspiración del primer Código de Comercio español, de 1829. Las reglas de esta última ordenanza sobre la letra de cambio tienen sus antecedentes en las Ordenanzas de 1673, pero también en el Libro IX de la Novísima Recopilación y en las Ordenanzas de Burgos. Su importancia consiste en que hasta la LGTOC de 1932 todas nuestras legislaciones formales anteriores adoptaron a la letra el capítulo XIII de las de Bilbao.

En efecto, desde el fallido Código de Lares (1854) —cuyo autor tuvo la osadía de haber sido, además de un jurisconsulto consumado, el ministro de Justicia de los per-





didosos históricos Santa Anna y Maximiliano— hasta los códigos de 1884 y el actual de 1889 (derogado en 1932, en sus capítulos cambiarios) nuestra legislación en esta materia se basó, para bien y para mal, en las Ordenanzas de Bilbao. Su permanencia obedece a su perfección técnica, que a su vez obedece, quizá, a ser, desde entonces y hasta la fecha, el puerto más notable de España y uno de los más importantes del Atlántico oriental.

En 1737, y durante los dos siglos siguientes, tanto en Europa como en América hispana y portuguesa la letra de cambio funcionó como el complemento indispensable del contrato trayecticio y requería, salvo convenio en contrario, previa provisión de fondos; asimismo necesitaba, señalan Savigny, De Roover, Goldsmith, Williams y otros, el cumplimiento de la cláusula de plaza a plaza (distantia loci), porque cientos de años de uso no permitían a las autoridades, y sólo a ellas, comprender que las plazas diferentes son lugares comerciales distintos y no ciudades diversas. Esta situación fue rectificada por la Corte francesa desde 1894, y desafortunadamente, como veremos después (núm. 3.4), el legislador mexicano de 1932 no la consideró una fuente histórica.



  1. Siglo XIX. Este periodo destacó por la publicación de dos leyes trascendentales en la materia, el Código Bonaparte (1807) y la Ley General de Cambio alemana (1848). La importancia del primero —más que por sus innovaciones, que no contenía porque casi se limitó a copiar las Ordenanzas de 1673 (sus únicos cambios fueron anular la prueba de la provisión, pues dejó sólo su presunción, y aligerar los obstáculos de la circulación del título)—, consistió en que se convirtió en la ley modelo de los sistemas llamados bonapartistas. La relevancia de la segunda estriba en que se inspiró básicamente en decisiones jurisprudenciales, con lo que reconocía la heterogeneidad del derecho privado y, en consecuencia, se redactó con un sentido que se limitaba a su objeto; más que una ley nacional fue internacional (recuérdese que la asamblea que convocó Prusia parala votación de esta ley no era legislativa, porque los Estados que la formaban eran distintos y por ende no estaban obligados a sancionarla, es decir, se concibió con un criterio universal susceptible de ser aceptado como regla uniforme por diferentes regiones y mentalidades); por tanto, esta ley, de 1848, fue la inspiración por excelencia de la posterior Ley Uniforme de Ginebra, de 1930. Pero, en esencia, la organización de la letra de cambio era la misma en las dos leyes. Cientos de años de práctica no podían sino presuponer su continuidad, no obstante eran labores legislativas excepcionales:

« Un sujeto llamado girador
le ordena a otro, mediante una carta, que haga un pago a un tercer individuo quien necesariamente le dio un beneficio patrimonial, sea dinero, mercancía, un servicio o, incluso, un préstamo.

# El que recibe la carta (orden de pago), el girado, tiene el derecho de aceptarla o negarla; pero se presume que si la acepta adquiere una obligación, desde luego, comercial y no legal, porque por algún motivo el girador se la envió.







  • Finalmente, un tercer sujeto (beneficiario) que le dio un beneficio patrimonial al girador, contra el cual tomó, o sea, recibió, la carta que le implica su recuperación, porque contiene la orden de pago a su favor que debe realizar el destinatario: el girado.

Es fácil observar una triangulación perfecta sostenida en dos elementos que, en conjunto, motivaron que la letra de cambio heredara su nombre a una materia del derecho; estos elementos son una carta y la confianza depositada por los tres participantes en los sucesos derivados de la misma.

  1. Montaje de su funcionamiento

Se concluye que la letra de cambio (en adelante sólo la letra) es uno de los títulos de crédito llamados triangulares,
porque para su funcionamiento perfecto es indispensable que participen tres sujetos:

  • El que crea el título (el girador).

  • El que va a pagarlo (el girado y, si así lo decide, el aceptante).

  • El que va a cobrarlo (el beneficiario).

Veremos en seguida que el segundo personaje sólo se convertirá en quien va a pagar cuando acepte la orden que le mandó, en la carta, el girador; mientras no acepte la orden se denomina el girado, y al aceptarla se convierte en el girado/aceptante y, por tanto, en el principal obligado al pago. Su montaje se ilustra en la figura 3.1.

El fondo de esta relación es la triangulación que se origina en la orden de pago emitida del girador al girado, en favor del beneficiario. Para abundar en la explicación plantearemos estas preguntas: ¿a título de qué, una buena mañana el girado recibe en su casa la visita de un señor, quien le informa que otro señor más, el girador, le ordena que le pague?, ¿por qué debe pagar una determinada cantidad de dinero a una persona que ni siquiera conoce?, y, más aún, ¿por qué se lo ordenan? La respuesta es única y clara: forzosa, incuestionablemente, debe existir una relación (llamada subyacente por la Corte y la doctrina) entre girador y girado. Es inconcebible que se suscriba una letra que le ordene a una persona a la que no se conoce, o aun conociéndola, si no debe, que le pague a otro.



Por ejemplo A vende a B 100 de mercancía, que B le queda a deber a un mes. Diez días después, A compra a C algunos artículos que, a su vez, queda a deber, pero a un plazo de 20 días; para ello A suscribe una letra (se convierte en girador) dirigida a B (lo convierte en el girado), en la que le ordena que le pague a C (al que convirtió en el beneficiario) lo que le iba a pagar a él. Cuando el beneficiario le muestra a B la orden que A le mandó, B la acepta —y no hay razón para que no acepte— y entonces se convierte voluntariamente en el girado/aceptante, lo que resulta lógico porque es más fácil que en vez de que B le pague los 100 a A, se los pague a C, quien es acreedor de A.











Como vimos, esta relación subyacente motivó en otros tiempos (e incluso hasta la fecha en algunos países, como Francia), que se reglamentaran por separado las tres circunstancias, con objeto de que el pago no se obstaculizara: a)
por una parte, la relación entre girador y girado mediante un contrato denominado contrato de cambio; b) por otra, la certeza para el beneficiario de que el girado aceptará la orden, por medio de la previa provisión de fondos, y c) el documento cartular de confianza y mecanismo de pago, es decir, la letra de cambio.

Las dos primeras figuras, el contrato de cambio

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