Primera parte uno



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Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados

Título original: The Gun Seller

© Hugh Laurie, 1996

© por la traducción, Alberto Coscarelli, 2006

© Editorial Planeta, S. A., 2006

Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)

Primera edición: noviembre de 2006

Depósito Legal: B. 44,146-2006

ISBN-13: 978-84-08-06903-4

ISBN-10: 84-08-06903-9

ISBN: 0-09-946939-1

Editor Arrow Books, una división de Random House Group Limited, Londres, edición original

Composición: Víctor Igual, S. L.

Impresión: A&M Grafic, S. L,

Encuademación: Encuademaciones Roma, S. L.

Printed in Spain - Impreso en España
Digitalización y corrección por Antiguo.

Para mi padre

Estoy en deuda con el escritor y locutor Stephen Fry por sus comentarios; con Kim Harris y Sarah Williams por su impresionante buen gusto e inteligencia; con mi agente literario Anthony Goff, por su constante apoyo y aliento; con mi agente teatral Lorraine Hamilton, por no importarle que también tenga un agente literario, y con mi esposa Jo, por cosas que ocuparían un libro más largo que éste.
Primera parte


UNO
Vi a un hombre esta mañana que no quería morir.

R S. Stewart

Imagínate que tienes que romperle el brazo a alguien.

El derecho o el izquierdo, da lo mismo. La cuestión es que tienes que rompérselo, porque si no lo haces... bueno, eso tampoco importa mucho. Digamos que ocurrirán cosas peores si no lo haces.

Mi pregunta es la siguiente: ¿le rompes el brazo de prisa —crac, vaya, lo siento, deje que lo ayude con este cabestrillo de emergencia— o alargas todo el proceso durante sus buenos ocho minutos y vas aumentando la presión poquito a poco, hasta que el dolor se convierte en algo rojo y verde y caliente y frío y, en su conjunto, absolutamente insoportable?

Pues eso. Por supuesto. Lo correcto, la única opción correcta, es acabar cuanto antes. Rompe el brazo, sírvele una copa, sé un buen ciudadano. No hay otra respuesta.

A menos...

A menos, a menos, a menos...

¿Qué pasa si odias al tipo que está al otro extremo del brazo? Me refiero a que lo odias de verdad.

Esto era algo que ahora debía tener en cuenta.

Digo ahora refiriéndome a entonces, al momento que describo; el momento fraccionado, tan condenadamente fraccionado, antes de que mi muñeca toque mi nuca y mi húmero izquierdo se parta al menos en dos —o probablemente más trozos chapuceramente unidos.

Verás, el brazo en cuestión es el mío. No es un brazo abstracto, un brazo filosófico. El hueso, la piel, el vello, la pequeña cicatriz blanca en el codo, recuerdo de una esquina del radiador de la escuela primaria Gateshill, todo es mío. Ahora es el momento en que debo considerar la posibilidad de que el hombre que está detrás de mí, que me sujeta la muñeca y la sube a lo largo de la columna con un cuidado casi sexual, me odia. Me refiero a que me odia de verdad, y mucho.

Está tardando una eternidad.
Su apellido era Rayner. Nombre de pila, desconocido; por lo menos para mí, y por tanto, supongo que, también para ti.

Imagino que alguien, en alguna parte, debía de saber su nombre de pila —tuvo que dárselo en el bautizo, usarlo para llamarlo a desayunar, enseñárselo a escribir—, y alguien más tuvo que gritarlo en un bar para invitarlo a una copa, murmurarlo en la cama, o escribirlo en una casilla de una póliza de seguros. Sé que debieron de hacer todas estas cosas. Sólo que cuesta imaginarlo.

Calculé que Rayner era diez años mayor que yo. Lo cual estaba bien. Nada que objetar. Mantengo unas buenas, cariñosas, relaciones con muchas personas diez años mayores que yo sin necesidad de que me rompan un brazo. Las personas diez años mayores que yo son, en todos los sentidos, admirables. Pero Rayner también era diez centímetros más alto que yo, treinta kilos más pesado, y como mínimo —me da igual cómo midas la violencia— cuatro veces más violento. Era más feo que un mueble de metacrilato, con un cráneo enorme y pelón que subía y bajaba como un globo con bultos, y una aplastada nariz de boxeador, aparentemente machacada por la mano izquierda o quizá el pie izquierdo de alguien, se extendía en un sinuoso y torcido delta debajo del áspero muro de su frente.

Y Dios santo, qué frente. Piedras, cuchillos, botellas y silogismos habían rebotado inofensivamente contra ese masivo plano frontal, sin dejar más que una mínima huella entre sus profundos y separados poros. Creo que eran los poros más profundos y separados que había visto jamás en una piel humana, y me recordaron los cráteres que vi en la tele cuando los yanquis llegaron a la luna.

Si pasamos ahora a las elevaciones laterales, encontramos que hace mucho, mucho tiempo, alguien le arrancó las orejas a mordiscos, las masticó y después las escupió contra los costados de su cabeza, porque la izquierda parecía estar claramente al revés, o bien lo de dentro afuera, o algo que te obligaba a mirarla un buen rato antes de pensar «Vale, es una oreja».

Por si fuera poco, por si no has captado el mensaje, Rayner llevaba una americana de cuero negro sobre un polo negro.

Pero por supuesto que lo has captado. Rayner podría envolverse con la seda más brillante y ponerse una orquídea detrás de cada oreja, y los aterrorizados peatones le pagarían primero y le preguntarían después si le debían dinero.

En este caso resultaba que yo no se lo debía. Rayner pertenecía a ese selecto grupo de personas al que no le debo nada en absoluto, y si las cosas hubiesen ido un poco mejor entre nosotros, quizá le habría sugerido que él y sus colegas se hicieran un nudo de corbata especial que indicase que pertenecían a una hermandad.

Pero, como digo, las cosas no iban bien entre nosotros.
Un instructor de combate manco llamado Cliff (te enseñaba a luchar sin armas con un brazo atado a la espalda y te inflaba a hostias) me dijo una vez que el dolor era algo que te hacías a ti mismo. Otras personas te hacen cosas —te pegan, te apuñalan, o pretenden romperte el brazo—, pero el dolor te lo haces tú mismo. Por consiguiente, dijo Cliff, que había pasado dos semanas en Japón y se sentía con derecho a decirles todas estas gilipolleces a sus entusiastas pupilos, siempre estaba en tu mano dominar tu propio dolor. A Cliff lo mató una viuda de cincuenta y cinco años en una pelea de borrachos, así que supongo que nunca tendré la oportunidad de sacarlo de su error.

El dolor es una prueba. Te llega, y procuras apañártelas lo mejor que puedes.
La única cosa a mi favor era que, hasta ahora, no había hecho el menor ruido.

No tenía nada que ver con la valentía, desde luego, sino que sencillamente aún no había llegado a esa parte. Hasta el momento, Rayner y yo habíamos estado rebotando contra las paredes y los muebles en un sudoroso silencio masculino, sólo con algún que otro gruñido para demostrar lo concentrados que estábamos. Pero ahora, a falta de cinco segundos para perder el conocimiento —o que el hueso se rompiese—, ahora era el momento ideal para introducir un nuevo elemento. El sonido fue el único que se me ocurrió.

En consecuencia, inspiré hondo por la nariz, me erguí para acercarme todo lo posible a su cara, contuve el aliento un instante y entonces proferí aquello que los japoneses maestros en las artes marciales llaman un kiai —probablemente, cualquier otra persona lo llamaría un sonido muy fuerte y no estaría muy lejos de la verdad—, un alarido de tan cegadora, sorprendente, yo-qué-sé-qué-cojones intensidad, que me pegué un susto de muerte.

En Rayner, el efecto fue muy próximo al pregonado, porque se movió involuntariamente hacia un lado y aflojó la presión en mi brazo durante una décima de segundo. Eché la cabeza hacia atrás contra sus morros todo lo fuerte que pude, sentí cómo el cartílago de su nariz se ajustaba a la forma de mi cráneo, y una sedosa humedad comenzó a esparcirse por mi cuero cabelludo; luego levanté el tacón hacia su entrepierna y le rocé el interior del muslo antes de golpear contra un impresionante montón de genitales. Transcurrida la décima de segundo, Rayner había dejado de romperme el brazo y, repentinamente, fui consciente de estar bañado en sudor.

Me aparté, bailando de puntillas como un San Bernardo a punto de palmarla, y miré en derredor a ver si encontraba una arma.

El escenario de este único asalto de quince minutos entre un profesional y un aficionado era un pequeño y pésimamente amueblado salón en Belgravia. El diseñador de interiores había hecho un trabajo absolutamente horrible, como hacen todos los diseñadores de interiores, sin falta, sin excepciones; pero en aquel momento, por una de esas cosas que tiene el azar, su gusto por los objetos pesados y portátiles coincidió con el mío. Me decidí por un buda de cuarenta centímetros de altura que había en la repisa de la chimenea, lo cogí con el brazo bueno y descubrí que las orejas del tipo ofrecían una satisfactoria y cómoda sujeción para el luchador manco.

Rayner estaba de rodillas, muy ocupado en vomitar en la alfombra china, algo que mejoraba en gran medida su color. Escogí el punto, planté los pies bien firmes en el suelo y descargué un revés que clavó la esquina del plinto del buda en la parte blanda de detrás de su oreja izquierda. Se oyó un ruido sordo, esa clase de ruido que sólo hace la carne humana cuando se espachurra, y el tipo cayó de lado.

No me molesté en averiguar si seguía vivo. Muy duro, quizá, pero es lo que hay.

Me enjugué parte del sudor del rostro y fui hasta el vestíbulo. Intenté escuchar, pero si sonaba algún ruido en la casa o en la calle no podría haberlo oído, porque mi corazón sonaba como un martillo neumático, o quizá es que había uno en el exterior. Ya tenía bastante con respirar cantidades industriales de aire como para darme cuenta de nada más.

Abrí la puerta principal y en el acto sentí la llovizna helada en el rostro. Se mezcló con el sudor y lo diluyó, diluyó el dolor del brazo, lo diluyó todo; cerré los ojos y dejé que resbalara por mi cara. Fue una de las sensaciones más deliciosas de mi vida. Tal vez pienses que llevaba una vida de pena. Pero, verás, el contexto lo es todo.

Dejé la puerta entornada, bajé a la acera y encendí un cigarrillo. Gradualmente, a trompicones, mi corazón se las apañó como pudo, y mi respiración lo imitó, aunque tardó lo suyo. El dolor en el brazo era terrible, y comprendí que me acompañaría durante días, o semanas, pero al menos no era el brazo de fumar.

Volví a la casa y comprobé que Rayner seguía donde lo había dejado, tumbado en un charco de vómito. Estaba muerto, o gravemente herido, algo que en cualquier caso significaba por lo menos cinco años; diez, con el tiempo añadido por mala conducta. Esto, desde mi punto de vista, era malo.

He estado en el trullo. Sólo tres semanas, y en prisión preventiva, pero cuando tienes que jugar al ajedrez dos veces al día con un hincha monosilábico del West Ham, que lleva tatuado odio en una mano y odio en la otra —con un juego al que le faltan seis peones, todas las torres y dos alfiles—, descubres que te encanta disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Como no estar en el trullo.

Reflexionaba sobre estos y otros temas relacionados, y comenzaba a pensar en todos aquellos países cálidos que nunca había visitado, cuando comprendí que aquel ruido —aquel ruido suave, crujiente, arrastrado, rasposo— no lo hacía mi corazón. Tampoco provenía de mis pulmones, ni de ninguna otra parte de mi cuerpo quejoso. Aquel ruido era externo.

Alguien, o algo, estaba intentando, inútilmente, bajar la escalera silenciosamente.

Dejé el buda donde estaba, cogí un siniestro encendedor de alabastro y me acerqué a la puerta, que también era siniestra. Puedes preguntarte: ¿cómo puede hacer alguien una puerta siniestra? Bueno, tiene su mérito, desde luego, pero créeme, los grandes diseñadores de interiores lo consiguen con los ojos cerrados.

Intenté contener la respiración y no pude, así que esperé ruidosamente. Oí que se accionaba un interruptor de la luz en alguna parte; pausa, sonó de nuevo. Se abrió una puerta, pausa, allí tampoco había nada; se cerró. Inmóvil. Pensar. Mirar en la sala.

Se oyó el roce de unas prendas de ropa, una pisada suave, y entonces de pronto aflojé la presión en el encendedor de alabastro y me apoyé en la pared mucho más relajado. Porque, incluso herido y asustado, estaba dispuesto a jugarme la vida a que el Fleur de Fleurs de Nina Ricci no es un perfume de combate.

Ella se detuvo en el umbral y echó una ojeada a la habitación. Las luces estaban apagadas, pero las cortinas, abiertas de par en par, así que entraba mucha luz desde la calle.

Esperé a que su mirada se detuviese en el cuerpo de Rayner antes de taparle la boca con la mano.
Pasamos por todas las frases habituales dictadas por Hollywood y la sociedad cortés. Ella intentó gritar y morderme la palma de la mano, y yo le dije que se estuviese calladita porque no le haría daño a menos que gritase. Ella gritó y yo le hice daño. En realidad, todo la mar de corriente.

Al final, ella acabó sentada en el siniestro sofá con una copa de un cuarto de litro de lo que creía que era brandy pero resultó ser Calvados, y yo de pie junto a la puerta con mi mejor expresión de «Dice mi psiquiatra que estoy más que cuerdo».

Había puesto a Rayner de lado, la posición recomendada para evitar que alguien se ahogue en su propio vómito, o, ya puestos, en el de cualquier otro. Ella había querido levantarse para toquetearlo, para ver si estaba bien —cojines, paños húmedos, vendas, todas esas cosas que ayudan al curioso a sentirse mejor—, pero le dije que se quedase donde estaba porque ya había llamado a una ambulancia y que, mirándolo bien, era mejor dejarlo tranquilo.

Ella había comenzado a temblar. Empezó por las manos que sujetaban la copa, luego los codos, a continuación los hombros, y la cosa fue empeorando a medida que miraba a Rayner. Por supuesto, temblar es probablemente una reacción bastante común si te encuentras una combinación de persona muerta y vómito en tu alfombra en mitad de la noche, pero no quería que fuese a más. Mientras encendía un cigarrillo con el encendedor de alabastro —no te equivocas, incluso la llama era siniestra—, intenté sonsacarle toda la información que pudiese antes de que el Calvados la pusiese en forma y comenzase ella con las preguntas.

Veía su rostro por triplicado: uno en una foto con marco de plata en la repisa de la chimenea, con unas Ray Ban y en un telesilla; otro en un enorme y malísimo retrato al óleo, pintado por alguien que no podía quererla demasiado, colgado junto a la ventana; y final, y definitivamente el mejor de todos, en el sofá, a tres metros.

No podía tener más de diecinueve años, los hombros cuadrados y una larga cabellera de color castaño que se ondulaba mientras desaparecía detrás del cuello. Los pómulos altos y redondeados insinuaban un toque oriental que desaparecía inmediatamente cuando llegabas a los ojos, que también eran redondos, grandes y de un color gris brillante (si es que eso tiene sentido). Vestía una bata de seda roja, y una elegante chinela con tiras doradas. Miré en derredor, pero la compañera no se veía por ninguna parte. Quizá sólo podía permitirse una.

Se aclaró la garganta y luego preguntó:

—¿Quién es él?

Tenía muy claro antes de que abriese la boca que era norteamericana; demasiado saludable para ser cualquier otra cosa. Y yo me pregunto: ¿de dónde sacan esas dentaduras?

—Se llamaba Rayner —dije, y entonces me di cuenta de que sonaba un poco pobre como respuesta, así que pensé en añadir algo—: Era un tipo muy peligroso.

—¿Peligroso?

Pareció preocuparla, y con razón. Probablemente se le acababa de ocurrir, lo mismo que a mí, que si Rayner era peligroso, y yo lo había matado, entonces, en términos jerárquicos, eso me convertía a mí en alguien más peligroso.

—Peligroso —repetí, y la observé atentamente mientras ella desviaba la mirada. Parecía temblar menos, una buena señal, o quizá sencillamente es que temblaba a mi mismo ritmo y entonces lo notaba menos.

—Bueno... ¿qué hace él aquí? —acabó por preguntar—. ¿Qué quería?

—Es difícil de decir. —Al menos, era difícil para mí—. Quizá buscaba dinero, robar la plata...

—¿Quiere decir... que no se lo dijo? —Su voz subió bruscamente de tono—. ¿Le pegó a este tipo sin saber quién era? ¿Qué hacía aquí?

A pesar de la conmoción, su cerebro parecía funcionar perfectamente.

—Le pegué porque intentaba matarme. Yo soy así.

Probé con una sonrisa pícara, pero la vi en el espejo de encima de la chimenea y comprendí que no había funcionado.

—Usted es así... —repitió fríamente—. ¿Y se puede saber quién es usted?

Vaya, tendría que moverme con la delicadeza de una mariposa con las patas doloridas en esta coyuntura. Ése era el momento en que las cosas podrían ponerse súbitamente mucho peor de lo que ya estaban.

Intenté mostrarme sorprendido y quizá un tanto dolido.

—¿Quiere decir que no me reconoce?

—No.

—Oh, curioso. Fincham. James Fincham. —Le tendí la mano. Ella no la aceptó, así que convertí el movimiento en un despreocupado gesto de arreglarme el pelo.

—Eso es un nombre —repuso—. Pero sigo sin saber quién es usted.

—Soy un amigo de su padre.

Consideró la respuesta durante un momento.

—¿Amigo de negocios?

—Algo así.

—Algo así —asintió—. Es James Fincham, algo así como un amigo de negocios de mi padre, y acaba de matar a un hombre en nuestra casa.

Incliné la cabeza a un lado e intenté demostrar que sí, que algunas veces este mundo es así de granuja.

Ella hizo otra exhibición de dientes.

—¿Ya está? ¿Ése es todo su currículum?

Ensayé de nuevo la sonrisa pícara, sin obtener mejor resultado.

—Espere un segundo —dijo.

Miró a Rayner, después se sentó más erguida, como si se le hubiese ocurrido algo.

—No ha llamado a nadie, ¿verdad?

Pensándolo bien, debía de rondar los veinticuatro.

—Quiere decir... —Comencé a aturullarme.

—Quiero decir que no viene ninguna ambulancia. Santo Dios.

Dejó la copa en la alfombra junto a sus pies y se levantó para ir hacia el teléfono.

—Escuche, antes de que haga alguna tontería...

Hice el intento de moverme hacia ella, pero la manera en como se giró me hizo comprender que quedarme quieto era probablemente el mejor plan. No quería pasarme las próximas semanas quitándome de la cara trozos de un auricular de teléfono.

—Quédese donde está, señor James Fincham —me ordenó—. Esto no es ninguna tontería. Pediré una ambulancia y que llamen a la policía. Es el procedimiento aprobado internacionalmente. Vienen unos hombres con unas porras muy grandes y se lo llevan. No creo que sea ninguna tontería.

—Oiga, verá, no he sido del todo sincero con usted.

Se volvió hacia mí y estrechó los ojos. (Si entendéis lo que quiero decir con eso. Los estrechó horizontalmente, no verticalmente. Supongo que se debería decir que acortó los ojos, pero nadie nunca hace eso.)

Ella estrechó los ojos.

—¿Qué demonios significa «no del todo sincero»? Sólo me ha dicho dos cosas. ¿Quiere decir que una era mentira?

Estaba muy claro que me tenía contra las cuerdas. Tenía problemas. Pero ella sólo había marcado el primer número.

—Me llamo Fincham y conozco a su padre.

—Sí. ¿Qué marca de cigarrillos fuma?

—Dunhill.

—No ha fumado en toda su vida.

Probablemente rondaba los treinta, o acababa de cumplirlos. Respiré hondo cuando marcó el segundo número.

—Vale, no lo conozco. Pero intento ayudar.

—De acuerdo. Es el fontanero y ha venido a arreglar la ducha.

Tercer número. Juega el as de triunfo.

—Alguien intenta matarlo —declaré.

Sonó un leve chasquido y oí a alguien, en alguna parte, que preguntaba qué servicio queríamos. Ella se volvió hacia mí muy lentamente, con el teléfono apartado de la cara.

—¿Qué ha dicho?

—Alguien trata de matar a su padre —repetí—. No sé quién, y no sé por qué. Pero intento detenerlo. Eso es lo que soy, y por lo que estoy aquí.

Me dedicó una larga y escrutadora mirada. En algún lugar, un reloj marcaba el paso del tiempo siniestramente.

—Este hombre —señalé a Rayner— tiene algo que ver con el intento.

Vi que a ella le parecía injusto, dado que Rayner estaba en unas condiciones en las que difícilmente podía contradecirme; por tanto, suavicé un poco el tono y miré en derredor como si estuviese tan intrigado e inquieto como ella.

—No puedo decir que vino aquí con la intención de matar —añadí—, porque no tuvimos ocasión de hablar gran cosa. Pero no es imposible. —Ella seguía mirándome. La operadora no dejaba de repetir «¿Hola? ¿Hola?», y seguramente intentaba localizar la llamada.

Ella esperó. Sinceramente, no sé qué.

—Una ambulancia —dijo finalmente, mientras me miraba. Luego se volvió un poco y dio la dirección. Asintió, y después, lentamente, muy lentamente, colgó el teléfono y se giró hacia mí. Era una de esas pausas que sabes que será larga en cuanto comienza, así que saqué un cigarrillo y le ofrecí el paquete.

Vino hacia mí y se detuvo. Era más baja de lo que me había parecido desde el otro lado de la habitación. Sonreí de nuevo y ella cogió un cigarrillo del paquete, pero no lo encendió. Sólo jugó con él lentamente, y luego me apuntó con un par de ojos grises.

Un par. Me refiero a su par. No sacó un par de ojos de alguna otra persona de un cajón y me apuntó. Me apuntó con su propio par de ojos enormes, pálidos, grises, pálidos, enormes. La clase de ojos que pueden hacer que un hombre adulto diga estupideces. Contrólate, por el amor de Dios.

—Es un mentiroso —afirmó. Sin furia. Sin miedo. Una pura constatación. «Es un mentiroso.»

—Bueno, sí, lo soy, si hablamos en términos generales —admití—. Pero, en este momento en particular, resulta ser que digo la verdad.

Continuó mirándome a la cara, de la misma manera en que a veces me miro a mí mismo al espejo cuando acabo de afeitarme, pero no pareció conseguir más respuestas que yo, si es que yo he conseguido alguna vez alguna. Luego parpadeó una vez, y el parpadeo pareció cambiar las cosas de alguna manera. Algo se había soltado, apagado, o al menos reducido un poco. Comencé a relajarme.

—¿Por qué alguien iba a querer matar a mi padre? —Su voz sonó más amable.

—Sinceramente, no lo sé. Sólo acabo de enterarme de que no fuma.

Ella siguió, como si no me hubiese escuchado.

—Dígame, señor Fincham, ¿cómo se ha enterado?

Ésa era la parte difícil. La verdaderamente difícil. Difícil al cubo.

—Porque me ofrecieron el trabajo.

Dejó de respirar. Me refiero a que literalmente dejó de respirar, y no parecía que tuviese planes de empezar de nuevo en un futuro próximo.

Continué, con toda la calma de que fui capaz:

—Alguien me ofreció una pasta gansa por matar a su padre. —Ella frunció el entrecejo, la muy incrédula—. La rechacé.

No tendría que haber añadido eso. De ninguna manera.

La tercera ley de la conversación de Newton, si existiese, afirmaría que cualquier afirmación implica una afirmación igual y contraria. Decir que había rechazado la oferta planteaba la posibilidad de que no lo hubiese hecho, y eso era algo que no quería ver flotando por la habitación en ese momento. Pero ella comenzó a respirar de nuevo, así que quizá no se había dado cuenta.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

Su ojo izquierdo tenía una pequeña veta verde que salía de la pupila en dirección nordeste. Allí estaba yo, mirando sus ojos e intentando no hacerlo, porque ahora mismo estaba metido en un buen lío. En muchos sentidos.

—¿Por qué la rechazó?

—Porque... —comencé, y me detuve, porque tenía que dejarlo bien claro—. Porque no mato gente.

Siguió una pausa mientras cogía mi frase y la hacía girar en la boca unas cuantas veces. Después miró el cuerpo de Rayner.

—Ya se lo dije. Él empezó.

Me miró durante otros trescientos años y, a continuación, sin dejar de darle vueltas al cigarrillo lentamente entre los dedos, se apartó hacia el sofá, al parecer, sumida en sus pensamientos.

—Créame —insistí, con el deseo de recuperar el dominio de mí mismo y de la situación—, soy un buen chico. Hago donaciones a Intermón Oxfam, reciclo los periódicos, todo eso.

Llegó junto al cuerpo de Rayner y se detuvo.

—¿Cuándo ocurrió todo esto?

—Bueno... ahora mismo —tartamudeé, como un idiota.

Cerró los ojos por un instante.

—Quiero decir cuándo se lo pidieron.

—Oh, claro. Hace diez días.

—¿Dónde?

—En Amsterdam.

—Eso está en Holanda, ¿no?

Aquello me supuso un respiro. Me hizo sentir mucho mejor. Es agradable que los jóvenes te miren con respeto de vez en cuando. Tampoco quieres que sea siempre, sólo de vez en cuando.

—Así es.

—¿Quién le ofreció el trabajo?

—Nunca lo había visto antes ni después de aquello.

Se agachó para recoger la copa, bebió un sorbo de Calvados y torció el gesto.

—¿Se supone que debo creérmelo?

—Pues...

—A ver si me echa una mano —dijo, y volvió a sonar segura de sí misma. Señaló a Rayner—. Aquí tenemos a un tipo, que yo diría que no va a respaldar su historia. Y espera que yo la crea, ¿por qué? ¿Por su cara bonita?

No pude evitarlo. Tendría que haberlo evitado, lo sé, pero sencillamente no pude.

—¿Por qué no? —repliqué, e intenté mostrarme encantador—. Yo me creo todo lo que usted me dice.

Un terrible error. Realmente terrible. Uno de los más crasos, más ridículos comentarios que he hecho, en una larga vida plagada de comentarios ridículos.

Se volvió hacia mí, súbitamente muy furiosa.

—Corte el rollo ahora mismo.

—Sólo quería... —dije, pero me alegró que me interrumpiese, porque francamente no sabía qué había querido decir.

—Déjelo. Tenemos a un tipo que se está muriendo.

Asentí, culpable, y ambos inclinamos nuestras cabezas ante Rayner, como si le presentáramos nuestros respetos. Entonces ella pareció dar por acabada la sesión de rezos y pasar a otra cosa. Sus hombros se relajaron y me tendió la copa.

—Me llamo Sarah. A ver si puede conseguirme una Coca-Cola.
Al final llamó a la policía, y los polis se presentaron cuando los tipos de la ambulancia recogían a Rayner, que al parecer todavía respiraba, en una camilla plegable. Soltaron un montón de ejems y ajas, recogieron cosas de la repisa de la chimenea y miraron debajo de ella, y en general dieron la impresión de querer estar en alguna otra parte.

Los policías, por norma, no quieren ni oír hablar de casos nuevos. No porque sean holgazanes, sino porque, como todos los demás, quieren encontrar un sentido, un vínculo, en el inmenso follón de cosas desagradables de las que se ocupan. Si, cuando están a punto de trincar a un adolescente que roba tapacubos, los llaman a la escena de un asesinato múltiple, son incapaces de no mirar debajo de los sofás para ver si hay algún tapacubos. Quieren encontrar algo relacionado con lo que ya han visto que dé sentido al caos. De esa manera, podrán decirse a sí mismos: esto sucedió porque ocurrió aquello otro. Cuando no lo encuentran —cuando todo lo que ven es otro montón de cosas que hay que escribir, archivar, perder, encontrar en el cajón de otro, volver a extraviar y, finalmente, no tener a nadie a quien culpar por ello—, bueno, entonces se sienten desilusionados.

Y se sintieron especialmente desilusionados con nuestra historia. Sarah y yo habíamos ensayado lo que nos pareció una escena adecuada, y ofrecimos tres representaciones a distintos oficiales de rango ascendente, el último, un inspector sorprendentemente joven que dijo llamarse Brock.

El inspector se sentó en el sofá, mirándose de vez en cuando la manicura, mientras asentía con un entusiasmo juvenil a la aventura del intrépido James Fincham, amigo de la familia, que se alojaba en el cuarto de invitados del primer piso. Oyó ruidos, bajó silenciosamente la escalera para investigar, un tipo desagradable con chaqueta de cuero y polo negro, nunca lo había visto antes, pelea, caída, oh, Dios mío, golpe en la cabeza. Sarah Woolf, fecha de nacimiento: 29 de agosto de 1964; oye ruidos de una pelea, baja, lo ve todo. ¿Una copa, inspector? ¿Té? ¿Agua mineral?

Sí, por supuesto, el marco ayudaba. Si hubiésemos intentado la misma escena en un piso del consistorio de Deptford, no hubiésemos tardado más de treinta segundos en estar tumbados en el suelo del furgón, ocupados en pedirles a unos jóvenes atléticos con el pelo corto si les importaría dejar de pisarnos la cabeza por un momento mientras nos poníamos cómodos. Pero en la muy puesta Belgravia, los polis se sienten más inclinados a creerte. Creo que incluso consta en las estadísticas.

Mientras firmábamos nuestras declaraciones, nos pidieron que no hiciésemos ninguna estupidez, como dejar el país sin comunicarlo en comisaría, y en general nos animaron a que siempre estuviésemos disponibles.

Dos horas después de haber intentado romperme un brazo, todo lo que quedaba de Rayner, primer nombre desconocido, era un olor.
Salí de la casa y sentí cómo el dolor volvía al primer plano mientras caminaba. Encendí un cigarrillo y me lo fumé mientras llegaba a la esquina, donde giré a la izquierda para entrar en el patio de adoquines de unos establos que una vez habían albergado caballos. Ahora, obviamente, había que ser un caballo muy rico para vivir allí, pero se había conservado algo del ambiente equino, y por eso me había parecido adecuado aparcar mi moto allí. Con un morral de avena y un poco de paja debajo de la rueda trasera.

La moto seguía donde la había dejado, lo que suena a comentario idiota, pero que no lo es en estos días. Entre los moteros, dejar tu máquina en un lugar oscuro durante más de una hora, incluso con la cadena y la alarma, y encontrar que sigue allí es algo digno de ser tratado en cualquier conversación. En particular, cuando la moto es una Kawasaki ZZR 1100.

No voy a negar que los japoneses la pifiaron en Pearl Harbor, y que sus ideas sobre cómo preparar el pescado dejan mucho que desear, pero, por Dios saben muy bien cómo hacer motos. Aceleras a fondo en cualquier marcha de esta máquina, y acabas con los ojos en el fondo del cráneo. De acuerdo, puede que no sea ésa la sensación que busca la mayoría de la gente a la hora de elegir su medio de transporte personal, pero dado que gané la moto en una partida de backgammon con una miserable tirada de 4-1 y tres dobles seises consecutivos, la disfruto mogollón. Es negra, grande, e incluso permite al conductor visitar otras galaxias.

Arranqué, aceleré lo bastante como para despertar a unos cuantos banqueros gordos de Belgravia, y partí para Notting Hill. Tuve que tomármelo con calma porque llovía, así que dispuse de mucho tiempo para reflexionar sobre los sucesos de la noche.

La única cosa que se me había quedado, mientras pilotaba mi moto por las mojadas calles, era Sarah diciéndome «corte el rollo», y la razón que tuve para cortarlo fue porque había un tipo agonizando en la habitación.

Conversación newtoniana, pensé. De lo que se deduce que podría haber seguido con el rollo, si en la habitación no hubiese habido un tipo agonizando.

Eso me alegró. Comencé a pensar que si no podía arreglar las cosas el día en que ella y yo volviésemos a estar juntos en una habitación sin tipos presentes a punto de palmarla, entonces es que no me llamo James Fincham.

Y, por supuesto, no me llamo así.
DOS
Durante mucho tiempo me iba a la cama temprano.

Marcel Proust
Entré en el apartamento y cumplí con la habitual rutina de escuchar los mensajes. Dos pitidos inútiles, un número equivocado, una llamada de un amigo interrumpida en la primera frase, seguida por las de tres personas que no me interesaban en lo más mínimo y a las que ahora tendría que llamar.

Dios, odio esa máquina.

Me senté a mi mesa y me ocupé del correo. Iba a arrojar unas cuantas facturas a la papelera, pero entonces recordé que me había llevado la papelera a la cocina, así que me enfadé, metí el resto de la correspondencia en un cajón y renuncié a la idea de que ocuparme de esas tareas me ayudaría a aclarar las cosas.

Era muy tarde como para escuchar música a todo volumen, y el único otro entretenimiento que encontré en el piso fue el whisky, así que cogí una copa y una botella de The Famous Grouse, me serví un par de dedos y fui a la cocina. Añadí agua como para transformarlo en algo apenas más fuerte que el té, y luego volví a la mesa con un magnetófono de bolsillo, porque alguien me había dicho una vez que hablar en voz alta ayuda a despejar dudas. Pregunté si despejaría el cielo y me respondieron que no, pero que daría resultado con cualquier cosa que preocupase a mi espíritu.

Coloqué una cásete en el aparato y pulsé el botón de grabar.

Dramatis personae —dije—: Alexander Woolf, padre de Sarah Woolf, propietario de una fantástica casa de estilo georgiano en Lyall Street, Belgravia, empleador de diseñadores de interiores incompetentes y rencorosos, presidente y director ejecutivo de Gaine Parker. Varón caucásico desconocido, norteamericano o canadiense, de unos cincuenta y tantos. Rayner: grande, violento, hospitalizado. Thomas Lang: treinta y seis, apartamento D, 42 Westbourne Cióse, antiguo miembro de los Guardias Escoceses, retirado con honores con el grado de capitán. Los hechos, tal cómo se conocen hasta el momento, son...

No sé por qué los magnetófonos me hacen hablar de esta manera, pero así es.

—Varón desconocido intenta contratar a T. Lang con el propósito de que cometa el asesinato de A. Woolf. Lang declina la propuesta porque es un buen tipo. Con principios. Decente. Un caballero.

Bebí un lingotazo y contemplé el magnetófono, con la duda de si alguna vez permitiría que alguien escuchase este soliloquio. Un contable me dijo una vez que era buena compra porque me devolverían el IVA. Pero como no pagaba IVA, no necesitaba en absoluto un magnetófono y podía confiar en mi contable tanto como en cualquier desconocido, consideraba esa máquina como una de mis adquisiciones menos sensatas.

Chúpate ésa.

—Lang va a la casa de Woolf con la voluntad de advertirle de un posible intento de asesinato. Woolf está ausente. Lang decide indagar.

Hice una pausa, y como la pausa fue haciéndose cada vez más larga, bebí un par de sorbos de whisky y apagué el magnetófono mientras pensaba un poco más.

El único resultado de sus indagaciones había sido la palabra «qué», y apenas conseguí pronunciarla antes de que Rayner me golpease con una silla. Aparte de eso, lo único que había hecho era matar a medias a un hombre y marcharme, con el ferviente deseo de haber matado a la otra mitad. La verdad es que no quieres que esas cosas queden registradas en una cinta magnetofónica a menos que sepas lo que haces. Algo que, para qué vamos a engañarnos, yo no sabía.

Sin embargo, había conseguido saber lo suficiente como para reconocer a Rayner incluso antes de saber su nombre. No puedo decir exactamente que me hubiese estado siguiendo, pero tengo buena memoria para las caras —algo que hace que sea absolutamente patético con los nombres—, y la de Rayner no era una cara difícil. El aeropuerto de Heathrow, un bar en King's Road y la entrada del metro de Leicester Square habían sido todo un anuncio, incluso para un idiota como yo.

Había tenido el presentimiento de que acabaríamos por conocernos, así que me preparé para el día del acontecimiento con una visita a una ferretería de Tottenham Court Road, donde me sacudieron dos libras con ochenta por treinta centímetros de un cable eléctrico de un diámetro considerable; flexible, pesado, y, cuando se trata de darle una buena a bergantes y asaltadores de caminos, muy superior a cualquier porra. Solamente no funciona como una arma cuando lo dejas en un cajón de la cocina, todavía con el envoltorio. Entonces es cuando no sirve para nada.

En cuanto al desconocido caucásico que me había ofrecido el trabajo, bueno, no tenía grandes esperanzas siquiera de dar con una pista. Dos semanas atrás había estado en Amsterdam, como escolta de un corredor de apuestas de Manchester que deseaba creer desesperadamente que tenía enemigos violentos. Me contrató para reforzar su fantasía. Así que abrí las puertas de los coches para él, y vigilé los edificios para descubrir la presencia de francotiradores que sabía que no estaban allí, y después pasé unas agotadoras cuarenta y ocho horas sentado con él en varios clubes nocturnos, mudo testigo de cómo arrojaba dinero en todas las direcciones menos en la mía. Cuando finalmente se cansó, acabé haciendo el vago en la habitación del hotel, entretenido en ver pelis porno en la tele. El teléfono sonó —en medio de una escena la mar de interesante, tal como la recuerdo— y una voz masculina me invitó a que bajase al bar a tomar una copa.

Me aseguré de que el corredor de apuestas estaba sano y salvo en su cama con una puta bien calentita, y después bajé al vestíbulo con la ilusión de ahorrarme cuarenta libras si conseguía que algún viejo amigo del ejército me invitase a un par de copas.

Pero resultó ser que la voz del teléfono pertenecía a un cuerpo bajo y gordo con un traje caro que, lo juro, no conocía. Tampoco demostré un interés especial por conocerlo, hasta que metió la mano en un bolsillo de la chaqueta y sacó un fajo de billetes tan grueso como yo.

Dólares norteamericanos aceptados en pago de bienes y servicios en miles de comercios en todo el mundo. Puso un billete de cien en la mesa y lo deslizó hacia mí, así que dediqué cinco segundos a quererlo mucho, y entonces, casi de inmediato, murió el amor.

Me puso en antecedentes de un hombre llamado Woolf —dónde vivía, qué hacía, por qué lo hacía, por cuánto lo hacía—, y después me dijo que el billete que había sobre la mesa tenía mil compañeritos que sabrían cómo llegar a mi bolsillo si yo ponía un discreto final a la vida de Woolf.

Tuve que aguardar a que se vaciase la zona del bar donde estábamos, y la espera fue corta. Con los precios que cobraban por las copas, probablemente habría sólo una veintena de personas en el mundo que pudiesen permitirse pedir otra ronda.

En cuanto se despejó el bar, me incliné hacia el hombre gordo y le solté un discurso. Fue un discurso aburrido, pero incluso así, me escuchó con mucha atención, porque por debajo de la mesa lo tenía pillado de los huevos. Le dije la clase de hombre que era, el error que había cometido, y qué podía limpiarse con su dinero. Luego nos despedimos.

No había más. Eso era todo lo que sabía, y me dolía el brazo.

Me fui a la cama.
Soñé muchas cosas que no te contaré para no hacerte sentir incómodo, y lo último que soñé fue que pasaba el aspirador por mi alfombra. Lo pasaba una y otra vez, pero lo que manchaba la alfombra se negaba a desaparecer.

Entonces me percaté de que estaba despierto, y que la mancha en la alfombra era el sol, porque alguien acababa de abrir las cortinas de par en par. En una fracción de segundo, mi cuerpo adoptó una impecable posición de combate, con el cable en una mano y la voluntad de matar en mi corazón.

Pero entonces me di cuenta de que eso también lo había soñado, y lo que hacía en realidad era estar tendido en la cama con la mirada puesta en una gran mano peluda muy cerca de mi cara. La mano desapareció, y atrás quedó una taza que humeaba y el aroma de una popular infusión que se comercializa con el nombre de PG Tips. Quizá en aquella fracción de segundo fui capaz de deducir que si unos intrusos quieren degollarte, no abren las cortinas y te sirven té.

—¿Qué hora es?

—Pasan treinta y cinco minutos de las ocho. Es la hora de sus ejercicios, señor Bond.

Me senté en la cama y miré a Solomon. Se lo veía bajo y alegre como siempre, con la misma horrible gabardina marrón que había comprado en las rebajas.

—Debo suponer que has venido a investigar un robo, ¿no es así? —dije mientras me frotaba los ojos hasta que comencé a ver unos puntos blancos.

—¿Cuál sería ese robo, señor?

Solomon llamaba a todo el mundo «señor», excepto a sus superiores.

—El robo de mi timbre.

—Si lo que pretende, a su manera sarcástica, es referirse a mi silenciosa entrada en su morada, entonces debo recordarle que soy un practicante de la magia negra, y que los practicantes, para merecer ese término, deben practicar. Ahora compórtese como un buen chico y vístase. Se nos hace tarde.

Desapareció en la cocina y oí los chasquidos y los zumbidos de mi tostadora del siglo xiv.

Me levanté de la cama, me dolió el brazo izquierdo al apoyarlo, me puse una camisa y un pantalón y me llevé la afeitadora eléctrica a la cocina.

Solomon había puesto la mesa para mí y había dejado unas tostadas en una parrilla que yo ni siquiera sabía que tenía en casa. A menos que él la hubiese traído, cosa poco probable.

—¿Más té, monseñor?

—¿Tarde para qué?

—Una reunión, amo, una reunión. Veamos, ¿tiene usted una corbata?

Sus grandes ojos castaños me miraron, expectantes.

—Tengo dos —respondí—. Una es del club Garrick, al que no pertenezco; la otra aguanta la cisterna del váter contra la pared.

Me senté a la mesa y vi que incluso había encontrado en alguna parte un frasco de mermelada Keiller's Dundee. No tenía ni idea de cómo lo hacía, pero Solomon podía rebuscar en una papelera y sacar un coche de ella si era necesario. Un buen tipo para llevarte al desierto.

Quizá era allí adonde iríamos.

—¿Quién le está pagando las facturas estos días, amo? —Aparcó medio culo en la mesa y me miró comer.

—Esperaba que vosotros.

La mermelada estaba deliciosa, y quería hacerla durar, pero advertí que Solomon tenía prisa por marcharse. Consultó su reloj y desapareció de nuevo en el dormitorio. Lo oí trastear en el armario en un intento por encontrar una chaqueta.

—Debajo de la cama —grité. Recogí el magnetófono. La casette seguía allí.

Mientras me bebía el té, entró Solomon con un blazer cruzado al que le faltaban dos botones. Lo sostenía como un ayuda de cámara. No me moví de donde estaba.

—Oh, amo. Por favor, no ponga pegas. No antes de recoger la cosecha y que las mulas estén descansadas.

—Sólo dime adónde vamos.

—Carretera abajo, en una espléndida carroza. Le encantará, y en el camino de regreso podrá comerse un helado.

Me levanté lentamente y me puse la chaqueta.

—David.

—Estoy aquí, amo.

—¿Qué pasa?

Frunció los labios y el entrecejo. No era la manera correcta de hacer preguntas de ese tipo. Me mantuve firme.

—¿Estoy en un lío?

Frunció el entrecejo un poco más y después me miró con su mirada serena.

—Eso parece.

—¿Eso parece?

—Hay treinta centímetros de cable en aquel cajón; el arma preferida del joven amo.

—-¿Y?

Me obsequió con una fugaz y cortés sonrisa.

—Puede causarle problemas a alguien.

—Corta el rollo, David. Lleva meses en el cajón. Lo compré para unir dos cosas que están muy juntas.

—Sí. La factura es de hace dos días. Todavía está en la bolsa.

Nos miramos el uno al otro durante unos momentos.

—Lo siento, amo. La magia negra. Vámonos.
El coche era un Rover, y eso significaba que era oficial. Nadie conduce estos coches absurdamente esnobs, con sus ridículos revestimientos de madera y cuero, mal pegados en todas las juntas y los recovecos del interior, a menos que sea absolutamente necesario. Sólo el gobierno y los directivos de Rover tienen que hacerlo.

No quería interrumpir a Solomon mientras conducía, porque tiene una relación inestable con los coches y ni siquiera tolera que enciendas la radio. Llevaba los guantes, la gorra, las gafas y la expresión que debe llevar todo buen conductor, y giraba el volante de la misma manera en que todo el mundo lo hace

hasta cuatro segundos después de haber aprobado el examen. Pero cuando dejábamos atrás Horseguards Parade, casi rayando los treinta kilómetros por hora, decidí arriesgarme.

—Supongo que no hay ninguna posibilidad de saber qué se supone que he hecho...

Solomon se mordió el labio inferior, sujetó aún con más fuerza el volante, absolutamente concentrado en pilotar un muy complicadísimo tramo de calle recta y desierta. Cuando acabó de controlar la velocidad, las revoluciones, la cantidad de combustible, la presión del aceite, la temperatura, la hora y el enganche del cinturón, todo por partida doble, decidió que podía permitirse una respuesta.

—Lo que se supone que debería haber hecho, amo —respondió con las mandíbulas prietas—, es comportarse noble y caballerosamente como siempre ha hecho.

Entramos en un patio trasero del Ministerio de Defensa.

—¿Y no lo he hecho?

—Bingo. Una plaza de aparcamiento. Esto es el paraíso...
A pesar de que había un gran cartel donde se proclamaba que todas las instalaciones del Ministerio de Defensa se encontraban en estado de alerta amarilla, los guardias de la entrada nos dejaron entrar como Pedro por su casa.

He comprobado que es algo típico de los guardias británicos; a menos que trabajes en el edificio que custodian, en cuyo caso te revisan desde los empastes hasta el dobladillo del pantalón para asegurarse de que eres la misma persona que salió a comprar un bocata quince minutos atrás. Pero si eres una cara extraña, te dejan pasar sin más, porque, francamente, sería muy embarazoso causarte alguna molestia.

Si quieres vigilar algo como está mandado, contrata a alemanes.

Solomon y yo subimos tres escaleras, recorrimos media docena de pasillos, utilizamos dos ascensores, y él firmó por mí en unos cuantos controles a lo largo del camino, hasta que nos encontramos delante de una puerta color verde oscuro con un rótulo que decía C188. Solomon llamó y oímos la voz de una mujer que dijo «Un momento», y después, «Pase».

En el interior había una pared a noventa centímetros de distancia. Entre la pared y la puerta, en ese espacio que era como una lata de sardinas tamaño baño, una joven con una camisa color amarillo limón estaba sentada a una mesa, con un ordenador, una planta, un bote con lápices, un oso de peluche y pilas de papel naranja. Era increíble que alguien o algo pudiese funcionar en un espacio tan pequeño. Era como cuando te encuentras una familia de nutrias en uno de tus zapatos.

Si es que alguna vez te ha ocurrido eso.

—Los está esperando —manifestó con los brazos extendidos sobre la mesa ante la posibilidad de que pudiésemos desordenarla.

—Gracias, señora —dijo Solomon, y metió la barriga para pasar junto a la mesa.

—¿Agorafóbica? —pregunté mientras lo seguía, y de haber tenido espacio me hubiese propinado un puntapié a mí mismo, porque seguramente debía de oírlo cincuenta veces al día.

Solomon llamó a la puerta interior y entramos sin esperar respuesta.
Cada centímetro cuadrado que había perdido la secretaria se lo había quedado ese despacho.

Aquí nos encontramos con un techo alto, ventanas a ambos lados con cortinas de red y, entre las ventanas, una mesa del tamaño de una cancha de squash. Detrás de la mesa, una cabeza calva permaneció inclinada en silenciosa concentración.

Solomon avanzó hacia la rosa central de la alfombra persa, y yo me situé ligeramente por detrás de su hombro izquierdo.

—¿Señor O'Neal? —dijo Solomon—. El señor Lang.

Esperamos.

O'Neal, si es que ése era su verdadero nombre, cosa que dudaba, tenía el mismo aspecto que todos los hombres que se sientan detrás de una mesa enorme. La gente dice que los perros se parecen a sus amos, pero yo siempre he creído que lo mismo se podría decir de las mesas y sus dueños. Tenía un rostro grande y plano, con unas orejas grandes y planas, y con muchos huecos útiles para los clips. Incluso la ausencia de cualquier rastro de barba se correspondía con el resplandeciente lustre. Estaba en mangas de camisa, y no vi chaqueta alguna por ninguna parte.

—Creía que habíamos dicho a las nueve y media —señaló O'Neal sin levantar la cabeza ni consultar el reloj.

La voz no era creíble en lo más mínimo. Intentaba conseguir una languidez, patricia, pero no iba más allá de la intención. Era ahogada y chillona, y en otras circunstancias, quizá hubiese sentido pena por el señor O'Neal. Si es que ése era su nombre, cosa que dudaba.

—El tráfico —replicó Solomon—. Vinimos lo más rápidamente posible.

Solomon miró a través de la ventana como para señalar que había hecho su parte. O'Neal lo miró, me miró a mí, y después volvió a su interpretación de Estoy-leyendo-algo-importante.

Ahora que Solomon me había llevado hasta allí sano y salvo y no había ningún riesgo de crearle problemas, decidí que era la hora de hacerme valer.

—Buenos días, señor O'Neal —dije, con un volumen de voz ridículamente fuerte. El sonido rebotó en la lejanía—. Lamento que sea un momento poco oportuno. También lo es para mí. ¿Qué tal si le digo a mi secretaria que llame a su secretaria para que concierten otra cita? Ya puestos, ¿qué le parece si nuestras secretarias comen juntas? Ya sabe, para poner las cosas en orden.