Primera parte ¿Quién es Rafael Adorno?



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PRIMERA PARTE

1. ¿Quién es Rafael Adorno?

El 14 de junio de 1820 apareció publicada en la ciudad de Puebla de los Ángeles la lista de los electores de partido parroquiales votados por los ciudadanos de esa ciudad, que formarían parte del ayuntamiento próximo a constituirse. Profesionales, clérigos, propietarios, militares y artesanos constituían, naturalmente, esa minoría política.

En esa lista está registrado un militar de nombre Rafael Adorno, capitán de grado. Exactamente dos meses después, Adorno era ya uno de los regidores representantes de los electores de la parroquia del Sagrario, de esa ciudad. Repitió el cargo como representante jurisdiccional de la Catedral desde diciembre de 1822. En julio de 1820 fue partícipe de un momento político clave de esa localidad: fue uno de los firmantes de una representación que dirigió el Ayuntamiento a las Cortes para que en Puebla se pudiera establecer una Diputación provincial, según la constitución gaditana.1 Al finalizar el año de 1823, figura ya como Diputado de la provincia de Puebla, y en junio de 1824 firma como Diputado Secretario del Honorable Congreso del Estado de Puebla la Ley Penal contra Asesinos y Ladrones del Estado Libre de la Puebla de los Ángeles…; en julio, la Ley sobre erección de la Audiencia Superior del Estado Libre y Soberano de la Puebla de los Ángeles y, en 1825, la Constitución Política del Estado libre y Soberano de Puebla.2

La Diputación poblana vio con entusiasmo el ocaso del Primer Imperio y cuatro meses después de él, empezó a edificar un nuevo esquema administrativo alabando las virtudes de la libertad bajo un régimen republicano. Con tal ánimo deciden dar a conocer a sus conciudadanos las penurias pasadas durante la pasada y breve monarquía, así como sus retos y logros. Tras resolver «hacer efectivo el goce de tan precioso derecho [y] desterrar […] las medidas opresivas» en materia de política económica, decidieron hacer públicos sus planes mediante un exhorto que, además, recoge el decreto de 18 de febrero de 1823.3 De este documento se destacan tres puntos: 1) Aunque no se aplicaron a fondo las medidas orientadas a emitir «papel moneda» para sufragar los enormes gastos gubernamentales de Agustín I, la Diputación condenó esa medida argumentando que «el papel moneda originó desde que empezó su circulación graves prejuicios, continuas reclamaciones y general desconfianza». Los pocos billetes emitidos fueron cuidadosamente amortizados, «sin que resintiesen desfalco sus tenedores», y no fuera a «desmayar el tráfico y la industria»; 2) La Diputación decretó la derogación de los impuestos llamados «auxiliar y de consumo», afortunadamente no ejercidos, dicen, por ser injustos, pues su producto estaba destinado a «sostener el lujo de una corte corrompida» así como «para remachar las pesadas cadenas que ya arrastraba la nación». 3) En cambio, se introdujo, en este mismo decreto, una «contribución» de naturaleza «suave y equitativa, puesto que comprendía todas las clases del estado, guardando los respetos posibles al derecho de propiedad». En cuanto a las alcabalas, la Diputación disminuyó la que pagaban «los víveres que usa la clase más necesitada del pueblo». El resto de sus ingresos, continúan, fueron «donativos y préstamos» de los «patriotas» que acudieron a su auxilio. El ahorro fue fundamental y en ello cooperó «la moderación sin ejemplo de nuestro virtuoso ejército». Grande fue la odisea, con tal de preservar «el orden público, objeto preferente de toda institución liberal». El dinero no rindió. Por eso exhortaron a la contribución voluntaria, para lo que ofertaron la promesa de presentar los estados de cuenta de las cantidades colectadas y dar a conocer mensualmente al público el uso que del dinero se haya hecho. Desconocemos si la promesa fue cumplida.



Por otro lado, el ejercicio del poder comienza a exigirle a la clase política que llene de contenido sus propósitos formales libertarios. Bajo el presupuesto de un gobierno inconcebible sin reglas, reclamadas como necesarias por los «ciudadanos», el primer «Congreso del Estado» redactó las siguientes leyes: la Ley sobre erección de la Audiencia Superior del Estado Libre y Soberano de la Puebla de los Ángeles y la Ley Penal contra asesinos y ladrones…, que antes fueron referidas.4 La primera, consiste en establecer los órganos jurídicos encargados de impartir justicia y dar seguimiento en segunda y tercera instancia. Para esos fines se establece «un juzgado central con el nombre de Audiencia Superior del Estado».5 La segunda ley, expresa en su artículo 1º que «todos los homicidas y salteadores de caminos, y ladrones sujetos a la jurisdicción temporal ordinaria serán juzgados por tribunales de jurados». Para ello, se asignan a los alcaldes de pueblos las facultades ordinarias «para perseguir a esos delincuentes» (Art. 2º), o bien, recibir acusación o denuncia, procesarlo y cuidar que en su comarca no se cometan delitos de esa clase. Después de fijar las condiciones para ser jueces o jurados, y las jerarquías jurídicas de todos los implicados en aplicar la ley, se indican las condiciones en que el procesado pueda adquirir la libertad por absolución mediante su correspondiente fianza. La ley fija tres posibles castigos, en orden de gravedad: 1) el «último suplicio», 2) la sentencia de presidio (Art. 54) o cualquier otra corporis aflictiva entre las cuales está contemplado el destierro. Si se aplica la primera sentencia «se le intimará al reo, para que se disponga a morir cristianamente, dándole el sacerdote y auxilios espirituales que pida. Todo en el preciso y único término de cuarenta y ocho horas […] y después de estar su cuerpo expuesto al público por espacio de tres horas, se le dará sepultura…» (Art. 55º); 3) La última opción es la «sentencia de servicio a las obras públicas».6

Como se ha señalado, Rafael Adorno fue también partícipe en la elaboración de la Constitución Política del Estado Libre y Soberano de Puebla de 1825. Su ascenso político es evidente y muestra de ello es su participación en la Comisión de Industria de la Cámara de Diputados de la misma entidad. Una de sus inquietudes político-económicas presenta una clara postura proteccionista en materia de comercio exterior. Muestro, a manera de síntesis, el dictamen que la Comisión leyó ante la Cámara de Diputados poblana el 27 de marzo de 1835, donde sugieren se prohíba la importación de hilazas y mantas de algodón. En ese documento se cuestionan: «Las opiniones y doctrinas de los más célebres economistas modernos» porque «sin hacer caso de las bellas teorías de sus escritores […] las naciones más cultas […] saben adoptar los principios y sistemas de economía, que más convienen a sus intereses y peculiares circunstancias». Por eso mismo, no debe ser «extraño que se piense así en la América niña, cuando las naciones viejas de Europa nos dan el ejemplo de la conducta que debe observarse en la importante materia de economía política». Estas naciones, «procuran llevar su comercio hasta los más remotos ángulos del globo, [y evitan] que se les introduzca del extranjero todo lo que perjudica a la agricultura o a la industria de sus […] territorios». Eso es lo que se debe imitar, dice la Comisión, no «la simple hipótesis de que […] la absoluta libertad de comercio fuese conveniente a todo país», puesto que: «las teorías generales e indeterminadas, admiten y exigen las modificaciones y restricciones que convienen al interés y las particulares circunstancias de cada país». «Los sectarios de la novedad, dicen que es benéfica al común de consumidores la baratura de los géneros y efectos extranjeros; pero este es uno de tantos errores que sostienen sin examen». Lo inadmisible es «que se nos traigan artículos que proporcionan en abundancia, con mejor calidad y de más duración, nuestras fábricas, que inutilicemos los productos de nuestra agricultura: que seamos ingratos a la naturaleza que nos regaló con un suelo tan feraz: que mendiguemos […] lo que no hemos menester, que hasta en eso seamos ciegos tributarios del extranjero» y todo ello, «no en cambio de frutos y producciones de nuestra agricultura ni de nuestra industria, sino única, precisa y exclusivamente, de nuestro oro y nuestra plata […] esto es un exceso de inadvertencia que nos constituye inexcusables con la presente generación, nos granjeará la censura de las sucesivas, y […] nos expone a la burla y al secreto desprecio de los mismos que se están aprovechando de nuestros errores y […] engordan a costa de nuestra propia sangre». Por eso, «siempre sería preferible […] el uso exclusivo de los [productos] nacionales, por el fomento de la agricultura e industria, por la circulación […] del importe de esos valores, que ahora van a vivificar naciones extrañas». Y en ello están de acuerdo «la clase pensadora, y las autoridades encargadas de regir a la nación y a las partes que la componen», quienes «creen que en ciertos artículos, la libertad de comercio es un mal público, que demanda un pronto y eficaz remedio».

Si las telas de algodón mexicanas no pagan impuestos iguales a las extranjeras, no por eso dejan de contribuir con impuestos que van a formar del erario de los estados, por lo que, «se verifica de todos modos que estos artículos no son improductivos al fisco en general, puesto que todo queda en la nación». Y concluyen de este modo: «Siente la comisión tener que decirlo; pero es un hecho, que el pueblo ha concebido la idea de que los extranjeros le arrancan la subsistencia, privándole de los medios que antes tenía de adquirirla: que esta opinión cunde con rapidez en las clases inferiores: que con el tiempo puede ser el origen de una conmoción inevitable […] Semejante catástrofe debe precaverse con oportunidad, por la justa obligación que la ley tiene de favorecer a hombres a quienes ha abierto las puertas del país; por el honor de este, y por la necesidad y conveniencia de conservarlo en paz y armonía con las secciones del mundo antiguo».7

Para finalizar, la Comisión arguye que otros dos males, no menos graves, que se generan indirectamente con las importaciones marítimas. No basta con aumentar el pago de derechos a las mismas, pues ello beneficiaría al «agente del contrabando» dada la facilidad con que se podía realizar esa actividad en el enorme territorio costero. Este era uno de los principales problemas de esta administración (de hecho, un problema crónico nacional) seguido de la corrupción «de los agentes subalternos de la hacienda». Así pues, por todo lo que ha sido planteado, demanda la Comisión «remedios muy radicales». Y para ello, esperan del gobierno leyes «capaces de hacer fieles, puras, exactas e integras todas las manos que hubiesen de administrar las rentas».8

Casi dos años después, el 3 de enero de 1837, la Comisión emite otro dictamen9 que ahonda los juicios del dictamen anterior. En él, se sugieren algunas medidas económicas sobre la producción de minas y la administración de los metales preciosos, como el estímulo de su producción y la liberación comercial de los mismos al interior del país exclusivamente. A grandes rasgos se extrae de este documento la siguiente conclusión: sin agricultura, industria y minas con que se puedan presentar al mercado extranjero los frutos de un comercio activo, el país sería prácticamente nada. Y le favorecen, más bien, la posesión de una tierra fértil y dadivosa todavía por explotar suficientemente, una posición geográfica estratégica: México «se halla colocada en medio del mundo civilizado, y puede extender sus brazos hacia la Europa y la Asia». Pero ello es imposible sin «metales preciosos». Qué mejor ejemplo, aducían, que la grave situación económica, los graves apuros productivos que se vivían al día. La Comisión ofreció sugerencias jurídicas orientadas a reglamentar la aplicación de medidas económicas tendentes al estímulo, tratando de seguir el ejemplo de la última administración española en México, que procuró no sólo facilitar la explotación de las minas, sino activar su producción.10 Tales medidas económicas se inspiran en el siguiente postulado teórico: la riqueza se origina no por el valor de los metales en sí, que no son más que una de tantas más mercancías, sino por la propiedad que tienen de acelerar el comercio de las demás.

Restan comentar tres últimos documentos que he hallado sobre R. Adorno. Del primero se desprende un rasgo complementario de todo lo expresado anteriormente: su interés por «la apertura o mejora de los caminos [con «moderados peajes»] de la república […] para dar impulso a la industria nacional».11 Del segundo: que era «protector» de las Estanqueras de tabaco de la ciudad de México, las cuales ofrecieron un baile en su honor el 19 de agosto de 1843.12 El último es una noticia publicada el 3 de mayo de 1845 en El Monitor Republicano, titulada Representación que las maestras, oficialas y demás empleadas de la Fábrica de Tabacos de esta ciudad, dirigen al Supremo Gobierno, pidiendo no se adopte el proyecto de elaborar los puros y cigarros por medio de una máquina13. Pondremos en boca de las mismas trabajadoras lo que de esta nota se desprende:

ha llegado a nuestra noticia que el Sr. D. Rafael Adorno se halla actualmente en Inglaterra, de orden del Gobierno Supremo y con los fondos necesarios para traer una máquina que elabore los puros y cigarros que ahora se hacen a mano, y de cuyo trabajo subsisten, como nosotras, en la república, más de treinta mil familias menesterosas e infelices.

Por último, y apuntando a posteriores abordajes de este trabajo, deben señalarse otros acontecimientos. Jan Bazant aduce que ya desde 1843 era perceptible una coalición opositora entre militares y eclesiásticos poblanos, pidiendo la anulación de la Ley Juárez y la destitución de Comonfort. En enero de 1856, tomaron la ciudad de Puebla y formaron ahí un gobierno propio. Tras el control de los sublevados, resultó la expulsión del obispo Labastida y la confiscación de algunos bienes de la Iglesia. Según Bazant, «esta probablemente fue la razón que había detrás de la ley desamortizadora que Lerdo de Tejada, entonces ministro de Hacienda, puso en marcha a finales de 1856» (1991: 131).

2. Juan Nepomuceno Adorno. Cometario bio-bibliográfico.

Nacido en 1807 en la ciudad de México, muy posiblemente hijo del capitán Rafael Adorno y por tanto, proveniente de una familia medianamente acomodada, según nuestro mismo personaje lo refiere, vivió su niñez en una finca de una comarca sureña del entonces departamento de Puebla, cerca de Cuernavaca. Es posible que esa finca haya podido ubicarse muy cerca de Izúcar de Matamoros. En el prólogo de la edición de 1862 lo plantea así:

Las circunstancias más apremiante, me ligaron dilatados años a aquel lugar, sin poder yo dejarlo ni aún para adquirir instrucción ni posición social. Algunos libros, colores y pinceles, un telescopio de pequeñas dimensiones, un teodolito y algunos aparatos físicos y químicos, eran no sólo los compañeros de mi soledad, sino los tesoros de mi vida, y así esta se amenizaba e instruía con la práctica de aquellas ciencias y artes que estaban al aislado alcance de mis recursos. Me dediqué a la geometría práctica, y pronto formé no solo planos, sino el bulto topográfico de los terrenos comarcanos. Me aficioné a la pintura, y mis pinceles retrataron la belleza del paisaje. Me ocupé de la astronomía, y las cálidas noches de aquel clima me mostraron prontamente todos los planetas que se perciben a la simple vista; y auxiliado de mi pequeño telescopio, examinaba las manchas del sol, las montañas de la luna, y aunque débilmente los satélites de Júpiter y el anillo de Saturno. Finalmente, la geología me hacía deliciosos mis paseos por las quebradas y barrancos; la electrología, el aspecto imponente de las tempestades, y la ciencia de mis libros, me daba motivo de estudio en cada lluvia, en cada terremoto, en cada meteoro y, en fin, en cada cambio o movimiento que observaba en la tierra, en la atmósfera, o en los cielos. Así es como la práctica asidua me demostraba las verdades o los errores de mis libros, y así la naturaleza con el elocuente lenguaje de los hechos, elevaba a mi alma a la contemplación de sus arcanos, y era la sabia maestra de mis estudios.14

Y líneas abajo:

Acostumbrado a guiar mis observaciones por solo la fuerza de los hechos, formé mi gusto independientemente de la autoridad científica, y careciendo de escuela me vi asimismo libre de sus trabas. Me fue forzoso, es cierto, emprender sumo trabajo y afanes para obtener resultados, que sin fatiga habría obtenido por la voz del maestro; pero al lado de estas desventajas mi mente se extendía libremente, sin ser contrariada por la opinión ajena (Ídem).

En realidad, me parece, el orden de los párrafos bien podría leerse de manera inversa. No es, desde luego, ningún arcano percibir la fuerte dosis romántica con que Adorno nos describe su juventud, ni mucho menos el orgullo con que se define como autodidacta.15 Para el incrédulo obispo Valverde, este dato no era más que una de sus excentricidades. Pero su carencia de certificación académica, aunque se compensó con prolongadas estancias en Europa, no dejó de explicarse tampoco sino por una causa más mundana:

Aún era joven cuando uní una esposa a mi destino, la que me hizo padre de una cara familia; pero esta unión no entibio mi gusto por la filosofía, el cual, arrancándome de los campos, me condujo a la capital de mi patria y después a las más cultas del extranjero, llevando por todas partes mi pensamiento absorto en las grandes cuestiones filosóficas; y ni los afanes naturales por la subsistencia, ni mis proyectos ni trabajos mecánicos, ni mi inclinación artística, pudieron vencer jamás mi inclinación por la filosofía. Independiente en mis opiniones no cultivé estas en las universidades, pero las procuraba rectificar siempre en la naturaleza […] (1862: 6).

¿Será su familia el motivo que lo separó realmente de toda filiación académica? Es muy probable que fuera así, pero ello no resultaría un argumento convincente. Debe recordarse que Adorno carecía, en cualquier caso, de una certificación académica. Por otro lado, en ese entonces, la industrialización del país no aparecía a los ojos de los políticos todavía como una tarea inaplazable, aunque Adorno viniera insistiendo en ello desde la década de 1840. En consecuencia, las discusiones sobre ciencias naturales y tecnológicas permanecían aisladas en las sociedades científicas, instituciones que rara vez dieron cabida a los socialistas, aunque ello no quiere decir que algunos miembros, como Altamirano, no fueran influenciados por algunas tesis de tal corte. En cualquier caso, con ese valioso, primigenio e indudablemente falso cuadro de su infancia, Adorno refleja su aislamiento de la «sociedad culta» de su época, situación que no sólo fue válida para su niñez, sino extensible a su vida adulta. De hecho, él mismo llegó a quejarse de ser víctima de ese aislamiento a la altura de 1873. Sencillamente, esto último, no es verdad del todo.16

Sabemos que algunos años después radicó nuevamente en la ciudad de México como empleado de la Renta de Tabaco. Contra todo pronóstico, hacia 1836 se encontraba de nuevo en las entrañas del México rural dedicado a la agricultura en el Sur del departamento de Puebla (Análisis: 107; MTM: 59), posiblemente al cultivo del algodón –y del tabaco- en las propiedades familiares. Su estancia aquí podría fecharse hasta el 27 de mayo de 1841, día en que dio su Discurso dedicado a Mariano Matamoros en el poblado de Izúcar, ubicado precisamente al sur de ese estado. Lo más probable es que en esos días nuestro aislado «autodidacto de Thofail» (Valverde), haya hecho alguno de sus múltiples viajes al otro lado del Atlántico, mirando por los negocios también familiares.

Rafael Adorno, reconocido «protector» del tabaco, y su hijo, decidieron consumar una empresa sin precedentes en el país. Se trata de la primera noticia de Adorno ejerciendo oficio de tecnólogo. Juan Adorno había pensado en la posibilidad de construir una máquina procesadora de cigarros, cigarrillos, puros y tabaco picado en serie.17 Un proyecto original, ambicioso, visionario, que llegó a contar con un parco financiamiento gubernamental. Había llegado la oportunidad de probar las virtudes de esta próspera familia de agricultores comerciales poblanos que querían dar el salto a la industria fabril mecanizada. Grandes ambiciones tenían los Adorno, y razones tenían para tenerlas.18 En efecto, sin comparación al peso que tenía en la época colonial, la creciente participación que el mercado del tabaco tenía para la vida económica de la ciudad de México y del erario nacional (Illades, 2001b: 91 y ss.) hacían posible plantearse la mecanización de los productos de esa actividad económica. Adorno relata así su caso:

[…] en el año de 1845 marché a Europa bajo un contrato hecho con el Supremo Gobierno para la construcción de dichas máquinas, pero desgraciadamente las circunstancias aciagas de aquella época y las posteriores impidieron que se me ministraran las cantidades estipuladas en el relacionado contrato. He regresado por fin a la república después de haber empleado mi fortuna, mi crédito y ocho años y medio de mi vida para llevar al cabo mis invenciones con la aspiración en que sean útiles a nuestro erario, pero de nuevo he encontrado con el inconveniente de estar arrendada la renta de tabacos a una empresa particular.19

Paradójicamente, por todos los apoyos y recursos con los que contó, y siendo su primer experimento mecánico, quiero creer que este es uno de los más logrados constructos de su invención, pues en ese mismo documento no perdió ocasión de revestir su propio trabajo con la «autoridad constante y universalmente reconocida a mis invenciones».20 Reconocimiento extensible, siguiendo sus palabras, incluso en Europa. Por lo pronto, de lo que no debe caber duda, es que Adorno era un excelente publicista de su persona.

Lo anterior podemos comprobarlo por información que viene de dos direcciones diferentes y perceptibles en un mismo documento: el primero, de que la noticia haya hecho sonar las alarmas para los grupos sociales potencialmente afectables de materializarse el proyecto; la segunda se deduce por el hecho de que las ayudas del gobierno, en tiempos nada pacíficos, se hayan alargado, así por muy parcas que fueran, hasta el año de 1846. En el primer punto nos referimos a la famosa Representación de las trabajadoras de la Fábrica de Tabacos de la Ciudad de México. En ella señalaban:

Que ha llegado a nuestra noticia que el Sr. D. Rafael Adorno se halla actualmente en Inglaterra, de orden del gobierno supremo y con los fines necesarios para traer una máquina que elabore los puros y cigarros que ahora se hacen a mano, y de cuyo trabajo subsisten, como nosotras, en la república, más de treinta mil familias menesterosas e infelices. […] Es preciso [señalan más adelante] no aplicar ciegamente los principios económicos que han ensalzado el progreso de las máquinas sino examinarlos en su comparación con este particular, porque sólo así será posible apreciar las circunstancias que modifiquen o hagan inaplicables aquellas teorías.21

Trabajador y ordenado como era, si latas eran sus ambiciones, así también sus planes.22 Si en México se dio a conocer primero, con bombo y platillo, como tecnólogo; por lo menos en Londres, una de las ciudades que conformaron su hábitat por esas tierras, se lanzó al ruedo de lo público como filósofo-matemático. Bajo el sello editorial Reynell & Weight, publicó una Introduction of the harmony of the universo; on principles of physico harmonic geometry.23 Desde luego, París y Madrid y la misma Unión Americana24 fueron otros de sus enclaves o visitas. De hecho, en varios lugares de su obra refiere haber cultivado amistades en los tres primeros países.

Con cierta crueldad, Pablo González Casanova refiere que a su regreso (1853) del prolongado viaje de 1845 (como si Adorno no supiera absolutamente lo que el país estaba viviendo), después de haber expuesto una de sus máquinas de procesar tabaco a Lerdo de Tejada25 (personaje clave en el ministerio de Fomento por esos años), «tras la demostración se encontró con la triste noticia de que en su penuria el gobierno había traspasado la renta de tabaco a una empresa particular» (1987: 33-34). A decir verdad, Adorno no llegó tan desinformado, ni carecía de los apoyos mínimos posibles como para sacar adelante un proyecto que era bien visto en el Ministerio de Fomento. De hecho, la estrategia de los Adorno para sembrarla como futuro proyecto industrial a costa del erario público,26 había tomado, como mínimo, ocho años para madurar. Puede uno imaginarse la pluralidad de sentidos en que se presentaron las resistencias y las críticas27 desde el año 1845, cuando se dio a conocer la tentativa industrializadora. En 1858 no perdió la oportunidad para recordar la ineficacia del estanco, pues el producto al erario de su «renta […] en 1845 sólo [redituó la miserable cantidad de] un millón ochocientos mil pesos» (AMM: 32). Si, en efecto, detrás de esos males se hallan, sobre todo, el agiotismo28 y el contrabando, lo cierto es que aquí Adorno justifica –lo que otros no se plantearán jamás-, en todo caso, su interés privado con un beneficio público, y recordémoslo de una vez, para él, el beneficio privado no puede entenderse de otra forma.29 Esta actitud –de amplias miras- será de lo más “normal” en los philosophes del primer socialismo: hablamos del inventor (Juan), no del comerciante (Rafael).

Según ofertaba, un producto “perfeccionado” maquinalmente podía diferenciarse físicamente de uno labrado a mano, facilitando así, más allá de los beneficios económicos al erario, el control de los estanquillos y una posible exportación de «los sobrantes». Obviamente, esta medida –como no dejaron de resultar otras- se antoja risible puesto que eso no iba a impedir que la venta del tabaco fuera de ellos (aunque eso no lo dudamos, complicaría en verdad la libertad de acción del contrabandista). A decir verdad, ése era un problema del que ni siquiera Europa podía escapar (v. al respecto Koselleck, 1976: 291 y ss; o bien AMM: 34 y ss.).

Lo cierto es que Adorno marchó de nuevo al Viejo Mundo30 en los primeros de enero de 1855, no sin antes solicitar privilegios de inventor de esas máquinas por quince años, esperando que el gobierno retomara las riendas de la administración del tabaco, o bien, como muy último de los consuelos, que los particulares que tenían la concesión se interesaran por sus invenciones, pero tampoco eso sucedió. Pensamos que fueron dos los motivos que lo conminaron a marcharse: la clara imposibilidad de echar a andar su proyecto industrial, pues todas las cartas le eran adversas en ese momento y, segundo, la cercanía de un acontecimiento en el que él estaba deseando participar y que, no obstante, había venido al terruño a afinar: Enrique Olavarría y Ferrari refiere en su Reseña histórica del teatro de México dos cosas: primero, la participación de Adorno en la Exposición Universal de París (1855) y, segundo, la sorpresa que se llevó cierto mexicano curioso al descubrir el nombre de nuestro extraño personaje en cierta obra del músico François-Joseph Fétis debido a una invención suya bautizada como Melógrafo31: una suerte de piano capaz de «demostrar» su novedosa notación musical y cuya virtud residía en «fijar las improvisaciones de los compositores en unas tiras de papel, que se enrollaban a un cilindro ajustado a la encordadura de los pianos de cola […] Según refiere el observador El sistema poseía una cómoda escritura, que daba mayor y más racional simplicidad a la notación musical, permitiendo nulificar catorce signos, siete llaves y siente accidentes, con lo que se facilitaba mucho la lectura». De hecho, el de Adorno fue el tercer intento de un mexicano buscando simplificar el sistema de notación musical aún vigente (1987: 36).

Para 1858, ya instalado de nueva cuenta en el país, decidió explotar a tiempo completo su imagen social. Comienza su frenética carrera inventiva y, a partir de 1860, empieza a asolar las oficinas del Ministerio de Fomento con solicitudes de privilegios de invención de proyectos de los cuales, naturalmente, una parte sustancial se quedó en planos, dibujos o máquinas en pequeña escala. A partir de 1858, para usar la lograda metáfora de González Casanova, Adorno será mecánico por la mañana, pues comienza a ensayar la construcción de sus «máquinas regeneradoras» del mundo físico, mientras que sus noches las empleará en elaborar su sistema regenerativo del mundo moral. En ese año patentó un Nuevo sistema de metalurgia; en septiembre, un molino de vapor para moler harina; una máquina para limpiar y desaguar atarjeas en 1861; unas diligencias de seguridad y armas pacificadoras en diciembre de 1863, antes de un nuevo viaje a Europa; una máquina para alzar agua en noviembre de 1865; unas armas y carros de seguridad con nuevos sistemas en octubre de 1867, privilegios para unas máquinas destinadas a la limpia, profundización y abonamiento de los canales, ríos y acequias en noviembre de 1870.32 Sus «invenciones», o mejor dicho, proyectos, no terminan aquí, como tampoco fueron infinitas las negativas del Ministerio de Fomento para financiárselos, pero no por los motivos que aduce González Casanova. Reiteradamente los comentarios secundarios a sus solicitudes de patentes, reflejan más que desdén, un respeto legítimo y a veces ciertamente crítico hacia sus propuestas. Adorno imaginó la construcción desde una simple máquina para alzar agua (algo no tan simple entonces) hasta cubrir el país con ferrocarriles basados, para usar unas palabras muy de su gusto, en un sistema “enteramente original”. El respeto no venía sino de su incansable trabajo y de su profundo, y hemos de creerle, desinterés hacia los problemas nacionales –calidad de la oferta aparte.

El 20 de junio de 1861, la suerte le sonríe. El Congreso de la Unión aprobó uno de tantos ambiciosos proyectos de su ingenio, que no obstante, no habría sido posible sin el apoyo que Francisco Zarco le brindó. Era una oportunidad excepcional para él tanto como un simple trabajo de obras públicas para el gobierno. Adorno no estaba deseando levantar ostentosos monumentos, cosa que, de todas formas, se hallaba impedido como puede juzgarse por el clima de las discusiones de la Contestación (1843): se encontraba académicamente incapacitado. Sin embargo, pensaba en actividades estéticamente menos atractivas aunque no menos prácticas; tareas que, por otro lado, arquitecto alguno menospreciaba: hablamos de la limpia de atarjeas, canales, y reempedrado de algunas calles y banquetas del centro de la ciudad de México.33 La novedad radica en el método con que Adorno se propuso efectuarlas y la manera de organizar el gasto de las mismas obras. Como en el proyecto se encontraban en juego cantidades de dinero no menores y, puesto que nació preñado de conflicto al colisionar con las actividades hasta entonces monopolizadas por el Ayuntamiento de la ciudad, el que, según relata, hizo propicia la ocasión para que con un recurso legal, el Supremo Gobierno de consuno con el Congreso, hartos, quizá, del tradicional y común descaro marrullero en los siempre escabrosos asuntos de obras públicas, viera la oportunidad de poner en práctica otra forma de hacer las cosas. Se trataba de un asunto político delicado, así que Adorno quedó altamente comprometido con sus benefactores. Era, además, una invaluable oportunidad en su carrera, así que no podía darse el lujo de errar el tiro. Se esforzó al máximo. Orgulloso, dijo al ministro de Gobernación:

«Las calles sentadas en el presupuesto están ya comenzadas y en bastante adelanto, lo que advierto a usted para que observe la rapidez creciente que obtengo en la ejecución de la limpia». (Datos útiles, p. 6)

Para defenderse de unas acusaciones argüidas por el Ayuntamiento, Adorno escribió entonces un opúsculo dirigido al Ministerio de Gobernación, al Poder Legislativo y a la opinión pública de la ciudad.34 A caballo entre la verdad y la mala fe, los que constituían al primero, argüían35 que el Supremo Gobierno y el Poder Legislativo se habían tomado prerrogativas indebidas al imponer a su jurisdicción un proyecto que no se derivó de los procedimientos legales estipulados para ello, que era de dudosa garantía y costoso por añadidura; sin embargo, el Ayuntamiento omitió mencionar el hecho de que estas obras, si bien obtenían su financiamiento de una figura impositiva concreta a la ciudadanía, el mismo Juan Adorno quedaba comprometido por su contrato a reintegrar al Ayuntamiento un buen porcentaje de lo que en una contrata “normal” corresponderían a las ganancias del postulante elegido.

Pese a cualquier argumento razonable en contra de los resultados del trabajo de nuestro personaje, este es uno de los documentos en que es perfectamente legible en toda su crudeza las limitaciones técnicas de sus proyectos, y los obstáculos de tipo político a los que se enfrentaba, así como la incongruencia entre las expectativas que se fijó y su impotencia para cumplir lo prometido. Por si esto fuera poco, mentía: «Sin embargo, -decía al ministro de gobernación- tengo muy próxima a su terminación la máquina de vapor para empedrar y macadamizar las calles y caminos, y en algún adelanto el arado hidráulico para la limpia de canales» (Datos útiles: 7). Mentía porque todavía en 1871 hablaba de construir no sólo una máquina, sino una serie de máquinas para «macadamizar» (una especie de martillo apisonador mecánico que era el mismo utilizado para la construcción de vías férreas). Sin embargo, debe decirse a su favor, justificándolo si se quiere, que los retrasos en el cumplimiento de los pagos de la oficina de Contribuciones (en verdad eran días aciagos), que Adorno necesitaba para invertir en sus máquinas y en su trabajo en general, y los ardides de sus contrincantes, contaron mucho para retrasar las obras según los tiempos estipulados en el contrato. Tiempos de los que se valieron sus oponentes para «ratificar» las imponderables críticas y anatemas que se le imputaron, pues, ¿no son los hechos por los que se juzgan las cosas?...

A través de ese opúsculo dio la cara públicamente y, principalmente, intentó deslindar toda culpa del Ministerio de Gobierno: «creo haber dejado completamente desvanecidos los cargos que el Ayuntamiento ha hecho al Congreso de la Unión y al Supremo Gobierno»: «como esos ataques han sido acompañados por diversas personas con otros dardos dirigidos en lo particular al C. Ministro [Zarco] que firmó mi contrato, he querido demostrar la lealtad, previsión y buena fe de aquel magistrado, en cuya bondad y desinterés para conmigo, me dejó una deuda eterna de gratitud, tanto más difícil de saldarla cuanto es más elevado y generoso el carácter que ha favorecido mi empresa sin mira personal ninguna y sin relaciones ni amistad anteriores para conmigo, y sólo guiado por el deseo de hacerle un bien a la ciudad y proteger los verdaderos adelantos de la industria en nuestro país» (Datos útiles: 18-19). Si este episodio fue una bacanal de bochornos y vergüenzas ajenas y, a cuyo final, Adorno volvió a encontrarse «aislado, absolutamente aislado»; acaso podemos sospechar, que había ganado, precisamente en ese señor ministro, un amigo.

Sin duda, este acontecimiento minó su salud. Según él comenta, sin mencionar la causa, aquella «intermitente perniciosa» (Notas, p. 2), por poco le quita la vida. Si esto es así, supo Adorno arrostrar sus problemas y quizá para paliar su honor, puso más ahínco en su trabajo intelectual, pues poco después vio la luz la una nueva edición de La Armonía del Universo o la ciencia en la Teodicea. Dos años después, bajo una colección de El pájaro Verde y la impresión de Mariano Villanueva, publica en el mes de octubre, su Memoria acerca de los terremotos en México. De él nos dice Emeterio Valverde: «el libro es pequeño, 136 páginas en 12°, muy mal impreso; parece que salió como folletín del famoso periódico conservador; pero revela todo el carácter de su autor» (Crítica filosófica: 148).36

Por otra parte, sus escritos de los años 1861, 1864, 1865, 1871 y 1873 (v. tabla de publicaciones) configuran una rama fundamental que enlaza su concepto de la ciencia y de la técnica (más aún, nos atrevemos a aventurar: al concepto de ciencia y técnica al que se adscribe). Se puede decir que presentan en su debida extensión un proyecto al que Adorno dedica muchos años: un plan para la creación de canales de navegación, irrigación o simplemente desagüe del Valle y la Ciudad de México. Pensado primariamente para la seguridad de ésta, ese proyecto presentaba muchas más posibles utilidades. Para tales fines, decía haber diseñado unas máquinas ad hoc y un mapa topográfico regional. Será precisamente con su Carta de 1871 con la que decide presentarse en su infructuosa participación en el concurso del proyecto de desagüe del Valle de México lanzado por el Ministerio de Fomento el 7 de noviembre de 1872 (Adorno, Resumen, pp. 86-87).

Como “fracaso” no es una palabra que podamos encandilarle, en el año de 1873 ensayó su último y más audaz lance; mayor aún que el de 1858. En México, muchos refirieron los problemas nacionales como «crónicos» o «inevitables», se buscaron culpables –reales o ficticios- en todas direcciones, y una gran porción de los hombres de Estado justificaban (como hoy todavía sucede con la tradición de los “licenciados” en el poder) de esa manera su ineptitud, su incapacidad, y los límites de toda posible acción, eso sí, en nombre del desinterés y la preocupación legítima por la felicidad y el progreso de la patria. Y no es que Adorno esté exento de todo lo anterior, ni mucho menos. Pero si algo hay de encomiable en sus trabajos, pues lo eran, es (más allá de su capacidad de previsión, y más aún, el mero hecho de proponer un cuerpo de soluciones organizado) precisamente ese fuego jeremiaco perceptible entre líneas que lo empuja a no callar, a no omitir, a no cesar.37

Podría hacerse un listado de un topos en la historia de los discursos de políticos mexicanos cuyo contenido es de amplio espectro: el de los males de México. Ya después que los diputados poblanos, Santa Anna hablaba en 1839 de una necesidad de reformas legales capaces de dotar al país de fortaleza económica. Por fechas muy cercanas, de los males de México, Anastasio Bustamante los tematizaba, directa o indirectamente, de éste modo: «La usurpación de Texas, […] el peligro que amenaza a los departamentos limítrofes, hostilizados a la vez por los bárbaros; la sublevación de Yucatán; la necesidad de comprar buques de guerra; la urgencia de completar los cuerpos permanentes del ejército». Conjurando la tendencia a la anarquía del pueblo mexicano, sus «intrigas revolucionarias», y hablando del principio de representación, el “centralista” J. Figueroa, apunta: «son tan notorios cuanto graves los males que afligen a la nación: un erario empobrecido; costumbres cada día más depravadas; inseguridad de bienes y de la vida en un país infestado de bandidos, y a lado de esta calamidad una general miseria. El desarreglo, la disonancia en todo, y un espíritu siempre creciente de desunión y discordia, son los caracteres casi distintivos de la desgraciada sociedad en que vivimos al presente». Sin duda, la literatura de los golpes de pecho es, históricamente, el deporte nacional por excelencia. Cierto es lo que arguye Enrique Olivarría y Ferrari: «en donde quiera y por donde quiera el hambre y la sed de una suerte mejor servía de pretexto a motines, asonadas y revueltas, pocas de ellas inspiradas en nobles y patrióticos fines, […] sólo para mejor encubrir los odiosos aspirantismos y ambición de una oficialidad inquieta y corrompida» (México…, T. VIII: 8, 14, 15, subrayado mío). A estas voces comienzan a sumarse la sospecha de una posible invasión norteamericana.

Sin embargo, al finalizar 1858, se percibe en éstas palabras de Melchor Ocampo el giro respecto a la cuestión: «es ejecutivo –decía-, preeminente, que demos a nuestros hijos una buena educación civil, honrosas y productoras ocupaciones; que consideremos los destinos públicos como cargos de conciencia y de temporal desempeño y no como sinecuras y patrimonios explotables; que por estrictas economías y justas distribuciones gastemos menos de lo que ganamos para ir cubriendo nuestras deudas. Aún es tiempo, pero es acaso la última de las oportunidades» (Ocampo, Discurso).38 Y nada más. Habían pasado ya varios meses de la publicación de los Análisis, donde Adorno ubicó las visiones apocalípticas en su justa dimensión práctica: el efecto retórico, para dar prioridad a proposiciones concretas capaces de “remediar” los males del país,39 independientemente de sus posibilidades de éxito, en condiciones ideales, que son precisamente las que muy raramente están dadas. Según González Casanova, la condena de la «utopía» de Adorno radica en que surgió en un tiempo en el que para México, «el reloj marcaba precisamente la hora de la destrucción» (1987: 44). Técnicamente, eso es así.

Quizá por el entusiasmo que logró despertar en algunas personas, en especial entre los periodistas mexicanos (era muy apreciado por los de El Siglo XIX y el Monitor Republicano), y por una estratégica y meditada campaña mediática que el mismo tejió, logro hacerse alguna vez un espacio, quizá breve, dentro de la nómina gubernamental.40 En 1873, nos dice, «pasé de nuevo a Europa con una Comisión [científica] de nuestro Gobierno Mexicano. En aquel viaje conduje conmigo unos cuantos ejemplares de mi obra [la edición de la Armonía de 1862], la que regalé a otros tantos íntimos amigos, y aún presenté un ejemplar al Ateneo de Barcelona, a donde di en 1875 algunas lecturas sobre Filosofía Providencial» (Notas del autor: VII). Seguramente debieron parecerle un sueño horroroso los temas de las discusiones en los círculos científicos de la Europa de esos días. Y no obstante, ese último viaje le dio nuevos bríos: «El buen éxito de ellas [de sus lecturas] y las reiteradas instancias de mis buenos amigos para que publicase mi obra, a la cual calificaban de “utilísima y oportuna”, me decidieron a verificarlo, por lo que cuando volví a México, procuré ver el estado que guardaban los materiales impresos y por tanto tiempo encajonados; pero tuve el sentimiento de hallarlos truncos, probablemente por el abuso de algún mal servidor» (Ibídem). Así que a la vuelta de ese viaje reanudó una frenética labor de escritura: preparó la «segunda época» de su Armonía, e incluso, se dió tiempo para escribir su única obra literaria: La senda de la Felicidad. 41

Pero la mayor ambición de Adorno quedó cifrada en el primero, el Gran Libro: aquel donde se concentrara y al mismo tiempo regulara todo el saber humano generado hasta entonces; el Libro sintetizador (bien podría decirse una summa) de todo el pensamiento “científico” y filosófico, de acuerdo con el principio regulador de las tendencias que él podía leer en la Historia Universal. Bajo ese signo está escrita la edición final de la Armonía del Universo, publicada en 1882. Desde mi punto de vista, se trata de un libro verdaderamente singular no sólo por el tiempo que ocupó en terminarse, sino porque en él se reflejan varias líneas de los procesos de cambio de la Modernidad.

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