Primera edición en inglés, 1988 Primera edición en espafiol, 1995



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EL HOGAR PATERNO Y LA JUVENTUD


UN AÑO después de la boda, el 21 de abril de 1864, nació en Erfurt el pri mer hijo de los Weber. Se le dio el nombre de su padre y fue seguido, a intervalos de dos años, por siete hermanos y hermanas. Dos de las niñas murieron pequeñas, pero cuatro hijos y dos hijas llegaron a la madurez El primogénito recordaría después que durante su infancia había tenida la sensación de ser el “hijo y heredero”, y un profundo sentido de la “pri. mogenitura”, que pronto le hizo asumir una responsabilidad por sus her manos y hermanas menores.
Su parto fue muy difícil. La cabeza del niño era demasiado grande, Helene contrajo una fiebre y no pudo darte el pecho, como lo haría coii sus hijos posteriores. Lo alimentó otra mujer, la esposa de un carpinterc socialdemócrata, y el niño pasó sus primeras semanas lejos, en una cesta de lavandería, bajo un banco de carpintero. Cuando, después, sus opi niones sociales y demócratas se desarrollaron en oposición a la herencia política de sus antepasados, la familia solía bromear diciendo que “Max mamó sus ideas políticas con la leche de su niñera”.
Su madre y su abuela quedaron asombradas ante la temprana autosu ficiencia y juguetona concentración del niño, que no parecía necesitat de nadie. Emilie contaría una anécdota muy reveladora acerca del niño de dos años y medio:
Habitualmente juega solo, pero sus juguetes —o, mejor dicho, lo que queda de ellos: bolitas de hilo, pedazos de madera y cosas semejantes— lo acompa ñan de una manera que no he visto en otros niños. Por ejemplo, esta mañan empezó por construir con sus dados una estación de ferrocarril, colocó un tre con pequeños vagones llenos de carga y de pasajeros, y puso sobre la locomoj tora una larga tira de papel que era ancha en lo alto y estrecha en la part baja, para indicar el humo; luego expresó su sorpresa por el largo y denso hu mo y nos pidió sorprendernos también. Después, con ayuda de un escabel de tiras de papel, los dados se convirtieron en una mina de sal con mucha banderas en lo alto: todo ello una invención original, junto con recuerdos de Pyrmont.’ Y así juega durante horas, murmurando incesantemente.
En sus paseos, a menudo el niño iba por un paso del ferrocarril y se de jaba envolver misteriosamente por el humo blanco de las locomotora que pasaban debajo. Jugar con trenes le ocupaba mucho tiempo y cuanl do, a los cuatro años, fue a Bélgica con su madre, la vista de una loco motora que había descarrilado le dejó una impresión duradera. Al vol ver a pasar por el lugar, posteriormente, describió así su impresión: “En
1 Bad Pyrmont: poblado de la Baja Sajonia, adonde se iba a tomar aguas saladas. [E.]

relación con Verviers, recuerdo la primera experiencia ‘sobresaltante’ de mi vida, un descarrilamiento de tren, hace 35 años. Lo que me sobresaltó no fue sólo el acontecimiento mismo, sino la vista de algo tan maravilloso para un niño como una locomotora, yaciendo en la cuneta como un borracho: mi primera experiencia de cuán transitorio es lo grande y lo bello en esta tierra”.


Pronto, el niño cayó peligrosamente enfermo con una meningitis unilateral que lo dejó propenso durante años a calambres y congestiones. Ahora, dormía en una cama con los lados acolchados. El peligro de morir o de quedar retrasado arrojaría una sombra sobre la vida de aquel niño débil y sobre la felicidad de Helene. Recordando aquel periodo, ella escribió:
“Constituyó el fin de mi alegría frívola; pero por otra parte me fue otorgada la profunda alegría de esforzarme por cumplir con mis deberes maternales, descuidando todo lo demás”. Ahora, la joven madre atendía constantemente a su hijo y nunca salía de la casa sin avisar dónde se le podría encontrar. Siempre había sido extraordinariamente concienzuda, y varios años de atender a su primogénito la hicieron absolutamente abnegada, asimismo, con todos sus hijos menores. Nunca volvería a comprender que una madre confiara sus hijos pequeños a personas extrañas durante más de una hora al día, ya no digamos por la noche. Los viajes hechos por padres sin sus hijos le parecían frívolas “tentaciones de Dios”. Pese a esto, dos de sus hijos murieron: acontecimientos decisivos, como veremos.
Durante su enfermedad, la cabeza del pequeño Max creció notoriamente, mientras sus miembros se quedaban pequeños, como de niña. El médico predijo o bien hidrocefalia o espacio para muchas cosas grandes bajo aquel cráneo abombado. Max sufrió toda clase de angustias nerviosas como secuela de la enfermedad. Helene escribió acerca del niño de cuatro años:
Sus peculiaridades y angustias nerviosas van decreciendo un poco, gradualmente. Cuando le pido tomar algo, ahora sube solo a la casa desde el jardín, y vuelve a descender. Hace pocas semanas se negó a hacerlo, especialmente porque tenía que pasar junto al gallinero y parece ver algo horrible en las gallinas... Ahora también se lleva mejor con otros niños.
En Borkum, Helene solía llevar al niño de cinco años al océano, pensando que esto lo fortalecería. Pero a cada día, daba tales gritos que los bañistas le pidieron poner alto a ese tratamiento. Ya adulto, Max Weber no olvidaría los terrores de aquel procedimiento.
En 1869 empezó una nueva fase.
El padre de Weber fue llamado a Berlín como consejero municipal asalanado, y poco después comenzó su carrera parlamentaria corno diputado liberal nacional. A veces fue miembro del Landtag [Dieta Regional] y del Reichstag [Parlamento Imperial]. Al principio, la familia vivió en un departamento alquilado, pero pronto se mudó a una atractiva casita

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en el número 19 de Leibnizstrasse, en Charlottenburg. La casa se hallaba en las afueras de la ciudad y tenía un jardín de unos 300 metros cuadrados. Ahí, los niños salían de la metrópoli y crecían bajo el sol y con espacio abundante, casi como si vivieran en el campo. El jardín con sus frutos y legumbres amorosamente cuidados, y con gallinas y gatos, era fuente continua de gozo. La familia creció, y la vida en que pulsaba el ritmo de la metrópoli y de la política pronto se convertiría en una corriente rápida y anchurosa, en la que para tener una hora de paz se necesitaba un esfuerzo extremo de voluntad.


A Helene le resultó cada vez más difícil hacer que su marido compartiera sus intereses intelectuales y religiosos, pues éstos no eran, en reali- - dad, necesidades vitales para él. Su vida pública, su cargo, su política y su vida social reclamaban toda su atención. Pasaba el día ocupado en reuniones, iba a giras electorales y a menudo pasaba las vacaciones viajando a solas o, después, con sus hijos. El se consideraba el centro natural de su vida familiar, y esperaba encontrar en su casa felicidad en el amor, así como comodidad y servicio.
Helene tenía trabajo de sobra. Siempre había un “pequeño” en la cuna, y sus fuerzas físicas parecían aumentar con cada nueva tarea. No dejaba que nadie cuidara de los bebés, y superconscientemente observaba el desarrollo de los niños de escuela. Era incapaz de dejar el trabajo pesado a los sirvientes, pues carecía de talento organizador o del deseo de hacerlo:
“No puedo dejar que otros trabajen por mí”. Siendo una joven ama de casa se levantaba a las seis de la mañana a lavar los pañales de los niños, y aún en su vejez absorbería trabajos domésticos de toda clase. Hasta se le podía ver sobre el tejado cuando la nieve había bloqueado las cañerías. Ella lo conocía todo y podía hacer cualquier labor. Sus miembros se movían con alegría y graciosa fuerza, y su modo de andar era especialmente armonioso. Pero en casa no simplemente caminaba; subía y bajaba co- rriendo las escaleras para atender a su marido y a sus hijos: Marta y María en una sola mujer. En la ciudad solía saltar al tranvía tirado por caballos, y también descendía de un salto, como para ahorrar a los caballos el esfuerzo de poner el vehículo en movimiento. (Esperaba que sus sobrinas siguieran también esta práctica, lo que causaba ciertos temores a sus madres.) Por el dinamismo de Helene, los sirvientes, bajo su benévola tutela, rara vez tenían la satisfacción de hacer algo por su propia responsabilidad.
Las dificultades del hogar crecían porque Weber padre llegaba a cenar a horas muy irregulares. Sus obligaciones sociales aumentaron; y las invitaciones regulares a los diputados eran parte de los deberes profesionales del padre. Cada día, Helene gastaba su extraordinaria energía hasta quedar exhausta. En incontables cartas escribió que “por la noche, la cabeza me da vueltas”. Cuando los niños pasaron la etapa preescolar, ella se contentó con cinco o seis horas de sueño, pero durante el día, con frecuencia sentía un irresistible deseo de dormir.
En 1875, cuando Helene tenía 31 años y ya había dado a luz seis hijos, describió su jornada como sigue:

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Así, nos levantamos a las seis, nos desayunamos poco después de las siete, cuando (el pequeño) Max ha practicado. Para cuando ha tomado su desayuno y lo hemos llevado a la escuela, cuando están hechos los sandwiches para los otros niños y para mi gran Max y se han preparado las lámparas y los alimentos, son cerca de las nueve. Entonces yo pongo en su baño a la nena, que vinO a mí para su desayuno a las seis. Cuando desciendo, papá Max suele estar desayunándose. Me tomo otra taza con él y echo una ojeada al periódico, porque ésta es mi única oportunidad de hablar con él ahora que hay tantas reuniones. Luego vuelvo a la cocina, o bien hay algo que hacer por la casa. A las 12 la nena está alimentada y los niños también reciben la primera comida, que nosotros tomamos a las tres o cuatro. Pero papá Max habitualmente vuelve a la casa mucho después, y entonces hago para él un batido lo mejor que puedo. A las siete, los niños toman su cena. Para cuando, Max (hijo) está en cama y hemos terminado de cenar, son las nueve, y entonces ya no sirvo para hacer nada sensato, especialmente si mi marido no está en casa. Así, el día transcurre y yo me pregunto: ¿Qué has logrado, además de cuidar los alimentos y las bebidas y de atender a la nena?
Pocos años después hizo una encantadora descripción de su vida con
los seis niños que tenía vivos: -
Todos los niños duermen, excepto Max, Jr., quien sigue practicando al lado, y yo quiero aprovechar el rato de paz antes de la hora de acostarnos, para escribirte unos cuantos renglones. Una cosita como mi Lili me mantiene en movimiento todo el día, especialmente si hay que satisfacer cada dos horas su estómago hambriento. Cuando ya ha bebido lo suyo, yace tranquila en su carrito, juega con sus dedos, con tal concentración que saca la lengua. Ya aprieta las cosas con firmeza y puede arañar; el otro día, Arthur me mostró, orgulloso, la huella de un arañazo que ella le había dado en la mejilla. Ese gordito se muestra increíblemente divertido y tierno con la nena; apenas puede contenerse de estarle besando todo el tiempo las manecitas, y le canta las más dulces canciones. Ayer, por ejemplo, le cantó: “Eres mi querida, mi dulce amor, mi gatita, eres fiel a mí”. Y hace dos días, cuando ella estaba llorando, él trató de calmarla repitiéndole en tono tranquilizador: “Sí, mi hermanita, eres buena nena, y aun cuando gritas o te mojas, eres buena nena” —probablemente tomando en cuenta que él no es considerado buen niño cuando hace tales cosas—. Mildi [Klara] ya se considera una hermana grande. Me ayuda a arrullar a la nena, sabe doblar bien sus pañales, y se apropia todas las ropitas para las que la nena ya es demasiado grande, o las pequeñísimas camisas que ya no pueden remendarse, “para cuando yo tenga una muñeca viva”. Ahora, Max parece cada vez más un futuro estudiante universitario; con alegría de mi parte, ahora anda un poco más con muchachos de su edad, y algunos de ellos ocasionalmente aparecen a la hora de la cena o del café de la tarde. Dos veces por semana tiene práctica de esgrima, y aun cuando yo no estoy muy en favor de esta preparación para el duelo, es muy buena para su salud, sobre todo porque le disgusta cualquier otro tipo de ejercicio físico, como la natación, la gimnasia y el esquí. Karl es el mismo atolondrado de siempre, pero al menos ahora pone un poco más de cuidado en sus tareas escolares y así ya no me hace la vida tan difícil. Sigue teniendo ideas y excusas tan curiosas en un momento estratégico, que yo me siento desarmada aunque esté furiosa. El otro día, por

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ejemplo, cuando apareció con el trasero de los pantalones desgarrado por enésima vez y por fin me puse furiosa, él me dijo, indignado: “No es mi culpa. Los pupitres de la escuela están muy viejos y se me clavan astillas en las piernas. Cuando hay que sentarse en un pupitre con respaldo,2 siempre hay que deslizarse con gran rapidez, mientras que los que suben pueden hacerlo con calma. Cuando no sabemos algo, siempre se nos dice ‘pronto, un asiento atrás’, y así es como se desgastan los pantalones. Puedes ir a ver al director para quejarte”. Y puesto que retroceder parece ocupar un lugar tan grande en su vida escolar, ciertamente tendría yo derecho de quejarme! Alfred es el muchacho más simpático del hogar, y el más útil. Sabe cuidar muy bien a la nena y está muy orgulloso de que recientemente la arrulló hasta dormirla...
Sin embargo, en el torbellino del trabajo, Helene nunca perdió su necesidad de compostura interna y consideró que su principal tarea materna no era el cuidado físico de sus hijos, sino su guía intelectual. Pero ¡qué difícil era lograr esto en cada día febril, qué difícil era hasta gozar de los 1 niños!
¡Oh, si tuviera más momentos de paz para gozar de los niños! Pero ahora voy a luchar por ello con todas mis fuerzas, pues una cosa que dijiste me ha llegado a lo más hondo: que deberíamos tratar de dar al momento lo que se le debe, y no vivir y trabajar siempre tan sólo para el Futuro. Yo siempre me he esforzado con la esperanza de llegar a una época de descanso y de gozo de mi marido y de mis hijos, y cuán desalentada me sentí en aquellos días antes de Navidad, 1 cuando, en medio de nuestra vida irregular y de las numerosas tareas, siempre esperaba la Navidad y las vacaciones para realmente volver a gozar de los ni- ños. Y entonces...
Bueno, entonces, inmediatamente después de la Navidad de 1876, mu- rió una niña de cuatro años, una niña excepcionalmente linda. Tal fue el primer pesar grande que afligió a Helene tras 13 años de feliz matrimonio.
Helene ya había perdido a un hijo en los primeros años de su matrimonio. La pequeña Anna estuvo en este mundo sólo el mismo tiempo que un pequeño copo de nieve que se funde, y por tanto sólo dejó huellas ligeras en el alma de su madre. La niña de cuatro años llamada Helenchen ya era un encantador ser humano, y sus días de sufrimiento le dieron una temprana perfección. El día de Navidad la niña recitó un breve verso con voz un tanto ronca. Al día siguiente brotó una difteria maligna. Las horas pasadas al lado de la cama de su querida pequeña, quien murió resignada a la voluntad de Dios, quedarían indeleblemente impresas en el corazón de la madre. No se rebeló, pues era demasiado piadosa para ello. Se sometió, pero la tierra, de la que ya no formaba parte su hija, sí cambió. “La primavera no me hace florecer, pues mi capullo fue sofocado.” Sufrió profundamente, e impacientemente. Deseó seguir a la niña al des-
2 La referencia es al flexible orden de colocación en las aulas alemanas, basado en calificaciones académicas, de Primus a Ultimus. [E.]

canso eterno, pero por sus demás hijos no se consideró con derecho a hacerlo.


En otro aspecto más, este acontecimiento constituyó un capítulo deciSiVo en las vidas de los Weber. Aunque su marido había compartido al principiO su profundo dolor, pronto dejó sola a la madre en su lucha de vida o muerte. Era parte de la naturaleza de Max, y típico de incontables hombres, evadir el prolongado pesar personal y no dejar que su joie de vivre fuera interrumpida durante mucho tiempo: “El no fue conmigo.” Así, por primera vez Helene se dio cuenta de un abismo en su comunidad espiritual, abismo que nunca volvería a cerrarse. La mujer transida de dolor era demasiado abnegada y no creyó que pudiera atraer de vuelta a su marido a su mundo de dolor. Empezó a ocultarle sus sentimientos, y compartió su pesar con sus hermanas distantes. Ahora, se dio cuenta de algo que habría debido crecer dentro de ella: la clara percepción de que su marido, el amor de su juventud, era en lo espiritual enteramente distinto de ella y que ni ella ni el destino podrían transformarlo. Aunque modesta hasta el punto de autohumillarse, instintivamente aplicaba normas inflexibles a la vida emocional de los demás, normas a cuya altura no estaba su marido. Helene se envolvió en renuncia y soledad interna, y se inició el inevitable alejamiento de su esposo. La creencia de su madre de que había un nexo espiritual entre la pareja había sido un engaño, así como ocurrió en el matrimonio de la propia madre. A lo largo de los años, particularmente después de que el dinero que Helene heredó de su madre mejoró su situación material, Weber padre llegó a compartir el deseo de su círculo de bienestar interno y externo, un confortable nivel de vida burgués, posición social y similares. El no deseaba sufrir. Pero, a su lado, su mujer lentamente se apartó de él, ensimismándose y adquiriendo nuevos intereses que él no compartió. Al principio, Weber no notó que ella vivía en otro mundo, pues continuó sirviéndole con amorosa sumisión.
Siendo ya anciana, Helene se culpó a sí misma por no haber arrastrado consigo a su esposo a su mundo. Mucho después de la muerte de Weber, escribió Helene a sus hijos ya crecidos:
Vinieron entonces las muertes de los niños que yo tuve que soportar sola, en parte por las circunstancias, en parte porque a la personalidad de mi esposo, tan lleno de salud y de ligereza, le repugnaba compartir conmigo el dolor de la muerte. Al hacerlo, tuve que luchar por mi fe en Dios y mi interés en todo pensamiento religioso, interés que él no compartía. Por entonces, me pareció considerado, me pareció una resignación ordenada por Dios, que yo llevara sola mi pesar, y no lo obligara, contra su naturaleza, a seguirme... Y sin embargo, fue por cobardía, por miedo de ser mal interpretada en esas preocupaciones, las más difíciles y privadas. Yo no tenía idea de que la consecuencia sería nuestra separación interna. Pues por ntonces yo, a pesar de todo, era tan feliz que a menudo no comprendía cómo quienes me rodeaban podían parecer tan tristes y sombríos. Suponíase que mi propia conducta consistiría en decirles a todos que la vida no era así.

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La vitalidad y la humildad religiosa de Helene le permitieron soportar los pesares de aquellos días. Después de todo, una vida nueva y prome tedora seguía floreciendo a su alrededor —seis hijos bien desarrollados y talentosos—, y como también quería a los hijos de sus hijas como sI fueran propios, su amor pudo cubrir campos más vastos. Pero sabía lo que la vida le reservaba, y desde entonces vio cierta significación en cada muerte. Cada vez que sufrió los pesares de otros, encontró un consueló en saber que su querida pequeña había quedado protegida de las luchas de la vida.


Si vemos tan terrible sufrimiento y las cosas aún más terribles que el hombre hace al hombre —a menudo tan sólo porque es incapaz de comprender sus pensamientos y sentimientos y como esto destruye lo mejor que hay en los seres humanos y lo que deseaban y lo que supuestamente debían hacer en este mundo—, la idea de una vida joven dedicada tan sólo a la felicidad y a la alegría de vivir, que fue apartada de esta tierra con esa dedicación aún intacta, puede ser para nosotros un verdadero consuelo. El recuerdo del rostro calmado y apacible de mi pequeña Helene siempre me ha acompañado corno consuelo en tiempos de miseria interna. Y sin embargo, tengo muy pocas razones para quejarme de que la vida sea difícil para mí, salvo por la sensación de que soy incapaz de realizarme y de ser lo que exijo de 0’í misma. Esto es especialmente difícil para mí, ahora, frente a mi hijo Max.
El significado de esta referencia, hecha en 1880, a su relación con su hijo mayor, quedará completamente claro cuando se haya descrito el desarrollo de Max. Volvárnonos ahora a él.
Después de la familia se mudó a Charlottenburg, la atmósfera de la casa paterna estuvo cada vez más madura para intereses políticos, que fueron ávidamente absorbidos por los hijos jóvenes. Como consejero municipal en Berlín, su padre estaba ahora a cargo de la construcción, e intervino para lograr que a lo largo de las calles se plantaran unos hermosos árboles. En la Dieta prusiana, era un especialista de la división cultural defl comité presupuestario. No era buen orador y por tanto no fue un políticoj importante, pero sí era un hombre inteligente y juicioso. Los dirigentes del Partido Liberal Nacional frecuentaban su casa, algunos corno amigos, otros simplemente asistiendo a las reuniones sociales: Bennigsen, de nobles ideas, y Miquel, siempre alerta,3 así como otras importantes personalidades políticas, incluyendo al diputado Rickert;4 Friedrich Kapp,5 político liberal demócrata de la vieja escuela, cuya muerte dejó un hueco doloroso en el círculo de amigos; Hobrecht,6 ministro de Finanzas y su hermano, importante arquitecto asignado a la oficina de Weber. Aegidi,7 consejero de la Legación, que también fue profesor y se-
3 Rudolf von Bennigsen, 1824-1902; Johannes von Miquel, 1828-1901. [E.]
Heinrich Rickert, Sr., 1833-1902. [E.]
1824-1884. [E.]
6 Artur Hobrecht, 1824-19 12, y James Friedrich Ludolf Hobrecht, 1825-1902. [E.] Ludwig Karl Aegidi, 1825-1901. [E.]

cretano de Bismarck en el Ministerio del Exterior; Julian Schmidt,8 historiador literario creativo y amigo íntimo; y Dilthey, Goldschmidt, Sybel, Treitschke Y Mommsen, todos ellos estrellas del firmamento académico. 9 Algunos miembros del grupo estaban entre las principales figuras que determinaron el perfil intelectual de su época.


Los hijos varones de la casa —en quienes los amigos más íntimos de los padres, particularmente Kapp, Julian Schmidt y Aegidi, mostraban vjvo interés— se sintieron estimulados de diversas maneras por su relación con estos hombres. Ya de adolescentes se les había permitido pasar los cigarros y puros en las cenas a los diputados, y ellos aprendían lo que podían de las disputas políticas. En particular los dos hijos mayores, Max y Alfred, se familiarizaron con problemas políticos desde temprana edad y presenciaron una presentación gráfica del carácter especial de la vida política. A esto se añadieron los diarios relatos de su padre acerca de lo que ocurría en el Parlamento y en el Partido y sobre los jefes de la alta política, en especial Bismarck, quien por entonces era sumamente admirado por los liberales nacionales.
El conocimiento de la historia universal que estaba forjándose, adquirido de esta manera por el joven Max, segrabó vivamente en su espíritu durante 40 años; incluso el estallido de la guerra de 1870 le dejó una impresión duradera. El niño de seis años la recibió en el mismo lugar en que después experimentaría el estallido de la Guerra Mundial: en la casa de sus abuelos ante el Neckar, donde sus padres pasaban sus vacaciones. La enorme tensión antes de la decisión; la ingenua creencia en lo justo de la causa alemana; la alegre seriedad de una nación beligerante, dispuesta a hacer sacrificios para obtener una posición de gran potencia; luego, la abrumadora celebración de la victoria y la orgullosa exultación de la unidad finalmente alcanzada del Reich: todo esto lo absorbió muy atentamente el niño, y dio forma a su vida.
Vinieron después sus años de escuela en Charlottenburg. Los efectos de su enfermedad habían pasado, pero el pequeño Max era un niño bastante enclenque, tímido y torpe en todo ejercicio físico. Su cuello parecía demasiado delgado para soportar su gran cabeza en forma de pera. Sin embargo, no le causaban ninguna dificultad las tareas escolares y, por encima de ello, pronto se hicieron notar su actividad intelectual y una independiente sed de conocimiento. Su madre dijo del niño de nueve años: “Max está fascinado por la historia y la genealogía”. Y su abuela escribió:
Max aspira ya a cosas mayores. El latín lo atrae grandemente. Cada día disfruta con las palabras y es feliz si alguien lo oye recitar su lección. Nunca confunde una palabra con otra. Pero ahora, le aburre escribir. No deja de garabatear, se queda con mucha tinta en las manos, y no parece importarle la
8 Heinrjch Julian Schmidt, 18 18-1886. [E.]
Wilhelm Dilthey, 1833-1911; Levin Goldschn-iidt, 1829-1897; Heinrich von Sybel, 1817.1895; Heinrich von Treitschke, 1834-1896; Theodor Mommsen, 1817-1903. [E.]

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impresión de su apariencia exterior. Esto me gusta, así como el que ahor juega con los hijos de los vecinos, y se le han encendido las mejillas. Y, s:


embargo, aún tiene tiempo para practicar el piano durante media hora por 1
tarde. Empezó, hace algún tiempo, a recibir lecciones de un maestro local, eso lo tiene entusiasmado; sus dedos son ágiles y su oído parece bueno.
Al muchacho evidentemente no le disgustaba escribir cartas. Cu sus padres estaban lejos, recibían informes que parecían verdaderas crór cas, y cuando él viajaba con su padre, su madre recibía descripciones d. talladas. La escritura ya era la forma en que Weber conservaba y presen. taba lo que había visto y experimentado. Las cartas de su niñez rara vcontienen algo acerca de sí mismo, pero en cambio, dicen mucho acer de la vida doméstica y del bello mundo exterior que él iba absorbie con tal avidez. En sus cartas podemos oír los dichos ingeniosos y ern tadores de sus hermanos menores, podemos acompañarlos a la escuela y aspirar el perfume del jardín en verano, donde maduraban los frutos amorosamente cuidados, podemos ver las gallinas que cloquean y 1 incontables familias de felinos que rondaban por allí. El muchacho 12 años escribe:
¡Noticia importante! ¡Gatitos! Hace dos semanas, la gata roja y amarilla tuve una carnada de cuatro gatitos en la cama de Zerbe (!!). Luego la parda tuvo cuatro bajo la escalera que conduce a la terraza de la señorita Blurn; uno de ellos, un gatito negro es nuestro huésped particular. Luego la “vieja” tuvo tres en excusado de papá: un gato negro, uno gris y una gata gris. Ahogaron a gatitos de la roja y amarilla; los otros eran demasiado grandes para eso cuan- dolos notamos. Así, tenemos otros siete gatos (!!!!).
También podemos compartir las excursiones de verano a los lagos de Havel y en invierno podemos ver a un gigantesco muñeco de nieve contemplando fijamente el paisaje congelado con sus ojos de carbón. Por sus cartas a un primo, que veremos en breve, podemos ver cómo Max, el primogénito, siguió una vieja costumbre familiar y colgó nueces (que él mismo había dorado) y galletas en el árbol de Navidad, con un anticuado Niño Jesús en lo alto; cómo Helene, para quien este periodo festivo fue de profundo dolor desde la muerte de su hija, tras una incansable actividad por fin se sentó con sus retoños ante la puerta cerrada del salón mágicamente oscurecido, y cantó viejas y bellas canciones; y cómo, entonces, se abrió el paraíso de los niños; cómo los pequeños quedaron encantados por las luces del árbol de Navidad, y lentamente volvieron del sacro milagro a sus propios egos más prosaicos. Al describir lo que ocurrió, Max ya utiliza toda una gama de términos técnicos:
La muñeca que mandaste a Klara se la ha apropiado [annektiert] Arthur, y se quedó en posesión de ella pese a las airadas protestas de Klara y de buen número de ataques, entre ellos grandes gritos de ambos bandos [Fraktionen]. De

tal modo se eflamoró él de la muñeca que no la soltaba de las manos, y finalmente hasta se la llevó a la cama con él. Klara, desde luego, trató de reconquistarla [Rückeroberung], pero no lo logró y comprendió lo inútil de sus intenciones. Así, la muñeca probablemente se volverá propiedad de Arthur por virtud del estatuto de limitaciones [Verjtihrungsrecht].


En el verano, el padre a menudo se llevaba a los tres varones mayores a sus viajes, y en largos paseos les mostraba la magnífica campiña alemana. Un sobrino hizo esta observación: “Es algo para lo cual no cualquier padre tendría paciencia y nervios! No hay palabras para describir las travesuras de que estos tres son capaces, y los rudos juegos de que no pueden prescindir un día para ser felices.” Largas epístolas en forma de diario, de puño y letra de Max —por entonces de 14 años— nos llevan por las ciudades y bosques de Turingia, hasta llegar al Rin. Nos muestran al muchacho, olvidado de sí mismo, absorbiendo con reverencia la belleza de la tierra y de todo lo que satisfacía su imaginación histórica. Podemos oír la risa alegre de sus compañeros de viaje cuando Karl, de ocho años, hace chuscas observaciones. Y sentimos el respeto reverencial del muchacho mayor al verse rodeado por las naves de la catedral de Colonia.

Querida mamá:

Paulinzella, 10 de agosto de 1878

Te prometí que te mandaría una carta desde Erfurt, pero ahora tenemos tiempo y así, no te ofendas si ya te mando algunas noticias acerca de nosotros. En el tren observó Karl:1° “Papá, debe haber por aquí una ciudad llamada París; leí algo así en la estación.” Después de que le explicamos dónde está París, dijo: “Yo no sé tampoco eso, aún no tengo una fotografía.” En Küsen dejamos nuestras cosas en la estación y fuimos a la Wirtshaus “Zur Katze” [Posada del gato]. Mientras estábamos desayunando allí se nos acercó un gato, gris y blanco. “Ajá”, dijo Karl, “éste es el famoso gato que le da nombre a la posada.” Luego tomamos un transbordador sobre las claras aguas del Saale para llegar al Rudelsburg... El viejo castillo se inclina audaz y hermoso, sobre un saliente que domina al Saale. Probablemente ya lo conoces pues, si recuerdo bien, papá me dijo que ustedes dos habían estado aquí. De todos modos, tienen ahí excelente cerveza y buen café. La vista sobre el valle del Saale no es particularmente vasta, pero es muy bonita. Un pico tras otro, cubiertos de bosques, se ofrecen a la vista; pueden verse alturas boscosas y valles cultivados, con pequeñas ciudades y pueblecillos. Mientras estábamos tomando café, Karl de pronto desapareció. Lo encontramos sentado en una habitación Junto a la ventana, contemplando el valle. Dijo que estaba viendo los trenes. “,Por qué supones que los antiguos caballeros no podían hacer eso?”, preguntó papá. Respuesta: “Porque no tenían tiempo.” Nos fuimos del Rudelsburg y llegamos a un sendero que corría a lo largo de un campo de trigo y una estrecha zanja de unos 20 pies de profundidad. Saltamos a la zanja e invitamos a papá a descender también, porque era mucho más fácil caminar por ahí. Para diversión de todos, él realmente bajó. Sin embargo, pronto la zanja fue es-

10 De ocho años de edad.

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trechándose hasta ser una garganta rocosa, a ambos lados de la cual se taban empinadas paredes de piedra, de unos ocho metros. Por fin llegamos una barrera de rocas, que logramos trepar. Tras un ascenso prolongado, fin mente salimos de esa garganta. “Papá”, dijo Karl, “cómo lograste subir rocas?”, y Alfred dijo: “Vaya que metimos a papá en un lío allí!” Luego lleg mos a un bello lugar bajo un gran tilo. En él había una señal que def “Lugar de caza. El consejo municipal de Kósen se disculpa por haber olvida( las bancas.” De ahí, fuimos a ver las obras de la sal. Cuando papá le explic Karl y habló de Soolbacterll [baños de agua salada], Karl dijo: “Oh!, de luego, ya sé de eso. Se escribe con dos oes”. Luego caminamos a través pueblo hasta llegar a un bonito sendero cuesta arriba, rodeado de árbole hasta el Kaiser-Wilhelmsburg, que por cierto es muy moderno. Cuando oím repicar las campanas de las iglesias, Karl dijo, “Oh, esa estúpida iglesia í pára de tintinear; ahora la locomotora puede creer que están tocando de la tación, y lanzarse ahora rugiendo”...
Desde Naumburg fuimos por el hermoso valle del Saale hasta Jena. Prob blemente ya sabes que está rodeado en todas partes por montañas bien cu vadas. Desde el tren podemos ver la Fuchsturm elevándose hacia la izquierct mientras la ciudad está a la derecha... En cuanto entramos a la ciudad vim varias tabernas de fraternidades, con sus banderas correspondientes. Lu,. apareció un monumento a algún profesor, seguido por la casa en que en L, tiempo vivieron Goethe y los dos Schlegel.12 Por último llegamos a la máxim de todas las instalaciones fraternales, el Burgkeller. Aquí era donde el t... Baumgarten solía festejar, y aún hoy pueden verse las gorras de los estudian tes y las banderas de las fraternidades flotando en lo alto... Jena ciertamente es un lugar muy bello y amable, una verdadera ciudad estudiantil, como 1- delberg. Desde el centro de la ciudad trepamos empinadamente por la oril derecha del Saale, y después de atravesar un bosque de pinos, algunos c.. ellos muy hermosos y a lo largo de precipicios peligrosos, llegamos a la Fuchsturm, lo que queda de una fortaleza que, como tantas otras, fue destruida L. la muy conocida guerra fraticida.’3... [Sigue una descripción detallada de l Fuchsturm]. Cuando llegamos a Schwarza, el tiempo era muy bueno, e mme-1 diatamente nos encaminamos a Schwarzburg. Durante los primeros cuartos de hora el camino estuvo soleado, pero no es particularmente bello ta Blankenburg. Sin embargo, ahí da un giro a la izquierda y conduce al pmtoresco valle del Schwarza, siempre a lo largo del río. Fuimos primero alI Chrysopas, una posada en el camino; luego, más hacia arriba por el valle del Schwarza, a través de una de las partes más hermosas de Turingia. En ambos lados se elevan paredes empinadas, que, sin embargo, están cubiertas de pi- nos, y a la izquierda el río Schwarza ruge turbulento. De cuando en cuando aparecen algunas rocas de esquisto, arrogantes, que se elevan provocativas frente a el tenue aire del bosque. También había muchas fresas. Después de tres horas, a las cinco de la tarde llegamos a Schwarzburg, y probablemente
II Esta manera de escribir es ahora anticuada. [E.]
12 Los hermanos August Wilhelm Schlegel, 1767-1845, y Friedrich Schlegel, 1772-1829, estaban entre las principales figuras del romanticismo alemán. [E.]
La torre mencionada es el único vestigio de los castillos en un tiempo situados sobre el Hausberg, el Greifberg, el Kirchberg y el Windberg, todos los cuales fueron destruidos en 1304. La Bruderkrieg a la que se refiere Weber fue una lucha fraterna en la casa principesca de los Wettin. /E.]

conoces su bonita ubicación y apariencia. Pasamos una muy bella velada sentados en la terraza del Hotel “Zum Hirschen” [Hotel del Ciervo], contemplando abajo los campos con manadas de ciervos, las copas inmóviles de los árboles, y el embravecido Schwarza...


En el viaje de regreso escribió:
A las nueve de la mañana salimos de Maguncia y navegamos por el viejo padre Rin, en un bote expreso que sólo tocaba en Biehrich, Coblenza y Bonn, y llegamos a Colonia a las cuatro y media... El viaje fue delicioso y a todos nos causó gran placer. Sólo al final, Alfred y Karl parecían aburridos. Empezaron a hacer locuras, a bailar con sus sillas de cubierta y rodaron uno sobre otro, o bien se sentaban junto a la máquina o junto al tambor de la rueda y observaban el movimiento de la rueda y las olas resultantes. [Sigue una descripción del viaje en bote.] Así, llegamos a Colonia a las cuatro y media. En la orilla había una enorme multitud. No bien había atracado el bote cuando entró un verdadero ejército de porteadores y cargadores, que se apoderaron indiscriminadamente de las maletas y se las llevaron. Como es natural, todo el mundo empezó a gritar pidiendo sus maletas: “Na, was hat’n Sie ‘n?” [Bueno, ¿qué tiene usted?], preguntó un porteador a papá. “Estas dos maletas, a la estación del ferrocarril”. “Vaya adelante, yo llegaré antes que usted, joven”. Pero no nos fuimos inmediatamente, aguardamos un buen rato, al menos un cuarto de hora. Luego llegó un fiacre con tres gigantescas maletas sobre el pescante; en lo más alto de una iba el cochero, muy ufano: “Vorsüüücht!” [Cuidado!]. La maleta que iba en lo alto empezó a bambolearse y quedó sobre un ángulo. El señor cochero se echó hacia atrás y sus piernas aterrizaron sobre el pescante; tuvo dificultad para recuperar la posición debida. De la estación del ferrocarril fuimos a la catedral. Entramos por la futura puerta principal e inmediatamente nos encontramos bajo la plena y abrumadora impresión del magnífico edificio. ¡Qué enorme altura! ¡Y qué columnas! Si las miramos, el edificio nos parece una estructura enorme y fantástica, pero si nos fijamos más en los majestuosos arcos góticos, se apodera de nosotros una sensación indescriptible de reposo y de seguridad. Los servicios del sábado estaban en pleno, por lo que el deambulatorio estaba cerrado. Tendremos que dejar esto para alguna ocasión favorable, y esto también puede decirse de un examen más minucioso de toda la catedral, de la que sólo tratamos de llevarnos una impresión. Luego ascendimos. Sólo desde lo alto puede verse toda la riqueza de la arquitectura y de la escultura, y el diseño básico de todo el edificio. Más que en los campos circundantes, que se extienden varios kilómetros, hasta las Siebengebirge,14 más que en la ciudad, las miradas se posan en las inmensas torres que ya no sólo son fragmentos que esperan el futuro como signos de interrogación, sino que están terminadas, salvo en cuatro pequeñas secciones; el futuro de las torres se decidirá con completa seguridad...
Pero los libros fueron lo más importante en la rica juventud de Max Weber. A temprana edad, Max estudiaba por su gusto todo lo que caía en

14 “Siete montañas” o colinas, incluso el célebre Drachenfels, en la orilla derecha del


Rin, varios kilómetros al sudeste de Bonn. [E.]

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sus manos, sobre todo la historia y los clásicos. Pero también filosofía. En Sekunda leyó a Spinoza y a Schopenhauer; en Prima, especialmente leyó a Kant.’5 A la edad de 12 años dijo a su madre que alguien le había pres, tado El Príncipe de Maquiavelo, y que iba a leer el Antimachiavellló y también las obras de Lutero. El mismo año preguntó a su abuela de Hei-. delberg si a su primo Hausrath le gustaría una tabla genealógica, hechJ en casa, de los merovingios o los carolingios a cambio de su regalo de una colección de mariposas. Max, de 14 años, le informó que estaba ocu. pado haciendo un mapa histórico de la Alemania de 1360: “Este map me cuesta mucho trabajo porque he de recabar el material de todas cia.1 ses de genealogías, historias territoriales y enciclopedias. A menudo tengó que pasar mucho tiempo consultando la enciclopedia para obtener inI. formes acerca de la aldea más insignificante. Por fin lo estoy terminan- do, y creo que en cuanto haya dominado la historia con ayuda del mapa me divertiré mucho”. En una carta a su madre, el muchacho de 15 años hace esta declaración, muy característica: “Nunca sueño despierto, ni es. cribo poesía; entonces, ¿qué otra cosa puedo hacer sino leer? Así pues, estoy haciendo un trabajo muy concienzudo”. Por entonces, estaba to- mando notas de sus lecturas.
A principios de 1877, antes de cumplir los 14 años, escribió Max —evi. dentemente, como tardío regalo de Navidad— dos ensayos históricos “según numerosas fuentes”, uno “Acerca del curso de la historia de Alema- fha, con especial atención a las posiciones del emperador y del papa”, eI otro “Acerca del periodo imperial romano desde Constantino hasta la emigración de naciones”. Este último estaba “Dedicado por el autor a su propio e insignificante yo, así como a sus padres y hermanos”. El textol del segundo ensayo está ilustrado con un esbozo de Constantinopla, eI árbol genealógico de Constancio Cloro’7 y unas cabezas, limpiamente di- bujadas, de los Césares y Augusti, al parecer copiadas de monedas an-i tiguas que el muchacho estaba coleccionando.
Dos años después, una vez más cerca de la Navidad, escribió “Observa.. ciones sobre el carácter étnico, el desarrollo y la historia de las naciones indoeuropeas”. Este ensayo ya incluye los resultados de un pensamiento original: en la “filosofía de la historia”, por decirlo así. Intenta llegar a una comprensión de toda la historia de las naciones civilizadas y trata de aclarar “las leyes que rigen este desarrollo”.
Weber comienza describiendo la “naturaleza” y el nivel cultural de las naciones más importantes, utilizando la distinción entre “emociones nacionales” [Volksgemüt] como fuente de las religiones y la poesía popular, y el “espíritu nacional” [Volksgeist] como forma de actividad intelectual que hace surgir la “cultura” en el sentido auténtico. Pone en claro
15 Sekunda es el penúltimo año, Prima es el último año del Gymnasium [liceo] alemán o escuela preparatoria para estudiar en una universidad. [E.]
16 Obra polémica en oposición a Maquiavelo, escrita en 1739 por Federico el Grande. [E.]
17 Constancio 1, El Pálido, ca. 250-306, augusto desde 305, padre de Constantino el Grande. [E.]

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su significado en un análisis comparativo de varias obras literarias, filosoifas y religiones tomadas del Oriente y del Occidente, y en particular de las obras de los griegos. El contraste entre Homero y Osián’t evidentemente dejó una profunda impresión en Weber, quien ofrece una detallada comparación de sus diferentes ideales de vida y actitudes hacia la muerte, expresándose en estos puntos no sólo en el ensayo sino también en cartas que pronto citaremos. En la segunda parte de su ensayo, el futuro sabio intenta mostrar las “leyes” que rigen la historia política de las naciones, desde los inicios de la civilización hasta la actualidad. Está convencido de que tales leyes existen, como en la naturaleza: “Las naciones no pueden abandonar por completo el curso que han seguido, así como los cuerpos celestes no pueden salirse de sus órbitas siempre que no haya perturbaciones externas, lo que también modifica las órbitas de las estrellas”. Explica los miles de años de lucha fluctuante entre Oriente y Occidente por el hecho de que las dos ramas principales de la raza caucásica, la semita y la indoeuropea, fueron separadas por una insuperable antipatía. En su opinión, esta antipatía (que ya no puede explicarse) fue determinada en la historia antigua hasta la Edad Media. Y una y otra vez le pareció que la mezcla de los dos elementos había conducido a una “semitización”, es decir, a la derrota de la cultura aria. Afirma que el despotismo semítico y el fanatismo religioso han puesto en peligro repetidas veces los ámbitos indoeuropeos. Ni siquiera la batalla de Salamina, que aseguró el dominio ario en el Occidente durante un milenio, las separó para siempre. La cultura antigua fue arruinada por una nueva penetración de influencias semitas: entre otras cosas, la cristianización del Occidente. De esto saca Max una conclusión política: los indoeuropeos no pudieron tolerar una mezcla intelectual ni las formas “despóticas” de gobierno peculiares de los semitas. Desde luego, la forma republicana no habría sido deseable para ellos; “La única condición política benéfica para ellos, y por tanto el tipo deseable, es un gobierno constitucional”.


El adolescente casi no hacía tareas para la escuela, y sólo ocasionalmente prestaba atención en clase. Por ejemplo, en Tercia,’9 en secreto leyó los 40 volúmenes de la edición Cotta de las obras de Goethe en las horas de clase. Siempre era el más joven y el más débil de su aula. Recordó haber sido “perezoso hasta el pecado” [sündenfaul], sin ningún sentido del deber ni ambición. Despreciaba toda “búsqueda de buenos puestos”. No era descortés para con sus maestros, pero en realidad no los respetaba, y a menudo los dejaba consternados haciéndoles preguntas
18 El escritor, historiador y político escocés James Macpherson, 1736-1796, adaptó libremente algunos poemas gaélicos y los publicó, junto con sus propias inserciones, como Finge? (1762), Temora (1763) y otras obras que pretendían ser traducciones de un guerrero y bardo celta llamado Osián, de quien se decía que vivió en el siglo iii. La primera traducclon alemana de estos supuestos restos de una fascinante y antigua cultura del norte apareció en 1764, y Goethe y otros escritores del periodo del Sturm und Drang participaron en un verdadero culto a Osián. [E.]
19 La tercera clase superior de un Gymnasium. [E.]

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que no podían responder. Los amigos con quienes solía fumarse una pipa y jugar al skat (éstos incluían a K. Mommsen,2° W. Dieterici y F. Cohn) recibieron gran ayuda de él en sus tareas escolares. Si había una laguna en su conocimiento, él iba al grano del asunto, y ellos alegremente compartían sus conocimientos. Siendo buen compañero y nada arrogante, sus contemporáneos lo consideraban un “fenómeno”.


Más adelante, los recuerdos de su conducta en la escuela, le hicieron pensar que había sido un niño problema para su madre, aunque ella, sonriente, lo negara. Sin embargo, algunas de las cartas de Helene muestran que la personalidad de su precoz primogénito y su creciente reserva y altivez sí le causaron penas. Una vez escribió ella a Ida Baumgarten, quien se mantenía en contacto directo con sus hijos crecidos: “Te envidio la relación interna que movió a Otto a escribirte semejante carta. ¿Volverán 1 también mis hijos algún día a su madre en busca de consejo y apoyo?
Temo que sea yo demasiado Móóschen2’ también para eso”.
En aquellos días, Helene tenía que mirar en el alma de su hijo por me- dio de una luz reflejada. En el verano de 1877 y en el siguiente invierno, Fritz, el hijo mayor de Ida, estudiaba en Berlín. Helene también adoptó al amigable, alegre y cordial muchacho como hijo en su corazón, y se deleitó con su encantadora y radiante lozanía. El iba y venía libremente, tenía una disposición franca y sociable, y adoraba a su tía. Pronto también sus jóvenes primos se apegaron a él. Estudiaba para ser maestro, y Helene le hizo consultas acerca de sus hijos. El estudiante se sintió completamente envuelto por la vida de la familia de Charlottenburg, e hizo a su madre una descripción gráfica de su gente y de pequeñas peripecias características.
Ahora que llevo varios días consecutivos en Charlottenburg empiezo a conocer a su gente desde un ángulo totalmente distinto. Ahora comprendo por qué tan a menudo tienes peleas con el tío; si no fuera mi tío, yo también me pelearía con él. Su Helene lo trata mucho mejor de lo que merece. Es un verdadero déspota. Pero tiene un cerebro y un corazón generosos y cuida mucho a quienes lo rodean; yo le debo mucho. Pero me llevo mejor aún con mi tía. Ella tiene un trato maravilloso con los niños, y siempre se queja, sin embargo, de que no es tan buena como tú. Duda de que sus hijos algún día vendrán a ella como nosotros vamos a ti, “y aún si vienen, yo no podría aconsejarlos como lo hace tu madre. No tengo el don de la charla”...
En Charlottenburg, el tío me recibió dándome toda una conferencia: ¿cómo pude yo ser tan antipedagógico que le di al pequeño Max el esbozo biográfico del abuelo Fallenstein (para el gran cuadro genealógico en que Max está trabajando)? ¡Lo que yo siempre había criticado en secreto —es decir, que Max logre leer tantas cosas indebidas— me había ocurrido ahora a mí! Después de comer dimos un paseo de cuatro horas por el Grunewald, gozando del maravilloso eco a lo largo de un lago encantador, en medio de un bosque de
20 Karl Mommsen, quien, más avanzada su vida fue director de un banco, era hijo del sabio Theodor Momm sen. [E.]
21 Véase p. 80. [E.]

inos. Max Y Alfred vinieron con nosotros, y de cuando en cuando Max nos aía un puñado de tierra o una piña de conos. Alfred se mostró jovial, y gritaba de deleite. Al oscurecer mi tía nos cantó una canción tras otra con su bella voz. Apareció una luna llena, brillaron las estrellas y el tío y la tía, el sobrino y el hijo caminaron y cantaron gozosos a través del bosque. Max no canta, pero Alfred lo hace con entusiasmo. No encontrarías dos hermanos tan básicamente distintos como estos dos. Camino a casa, Max me habló, no sin cierto orgullo, de su viaje a Estrasburgo, y Alfred lo tiró de las orejas. Me costó trabajo no reírme de los dos. Detrás de nosotros, los padres también sonreían. Alfred me hizo especial gracia, pues creyó cada palabra de los relatos de cazadores que yo le conté.


Cuando Fritz volvió a irse de Berlín, Max, ahora de 14 años y medio, empezó a escribirle regularmente, dándole a menudo extensos informes acerca de todo lo que ocurría en su hogar y de lo que ocupaba sus pensamientos. Helene se sintió agradecida de que su sobrino ya crecido estuviera haciendo que Max saliera de su caparazón. Esperaba que aquella fuera una influencia saludable y pidió autorización a Fritz para leer las cartas de su hijo. Estas cartas muestran lo que le llenaba la cabeza entre los 15 y los 16 años: La Geschichte der Griechen [Historia de los griegos] de Curtius, las obras de Mommsen y de Treitschke, una historia de los Estados Unidos, y Kulturpflanzefl und Haustiere [Plantas de cultivo y animales domésticos], de Hehn. Hizo esta observación incidental acerca de sus hábitos de lectura: “Mi avance es lento porque tomo muchas notas conforme leo”. De los autores de ficción le gustaban en particular W. Alexis22 y Walter Scott:
En las últimas semanas pasé mucho tiempo con Kerker von Edinburg [El corazón de Midlothian] de Scott. No sé si habrás leído este libro, pero es una de las novelas más emocionantes que conozco. Siempre me sorprenden mis compañeros de escuela que devoran toda clase de basura barata e ignoran por completo estas viejas y sólidas novelas. Este es un fenómeno extraño, que se da especialmente en las clases superiores del Gymnasiurn: que estos jóvenes se sienten muy por encima de todas las novelas sensatas, aunque ni siquiera conozcan algunas de ellas. En cambio, como he dicho, encuentran placer sólo en novelillas sensacionales. Me imagino que la lectura en la aristocrática Roma de los primeros emperadores era como ésta. Puede parecer presuntuoso que yo, uno de los estudiantes más jóvenes e inmaduros de Sekunda, haga tal afirmación. Pero esta situación es demasiado palpable para que yo no diga nada por temor a decir algo equivocado. Desde luego, siempre hay excepciones...
Sus juicios sobre los clásicos griegos y latinos —Homero, Heródoto, Virgilio, Cicerón, Salustio— muestran una actividad mental precoz e independiente, y una asombrosa intensidad intelectual. Una comparación
22 Willibald Alexis, seudónimo de Georg Wilhelm Heinrich Hring, 1798-1871, escritor alemán de novelas históricas, influido por Sir Walter Scott. [E.]

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entre Homero y Osián también muestra que era receptivo a la poesía sensible a las “realidades últimas”. Durante meses se ocupó de Cicerque le pareció “insufrible” por causa de su presunción, su amor a hae frases y su indecisión política. Al parecer, supuso que el cuadro que le Ji bían presentado en la escuela era falso, y leyó toda clase de obras Cicerón y acerca de él. Las figuras históricas romanas y los motivos de acciones cobraron vida para él en toda su inmediatez. Estos firmes j. cios críticos de un muchacho de 14 años y medio empezaron a irritar su primo, Fritz, estudiante seis años mayor que él y cuando éste insi a Max que probablemente había tomado sus ideas de alguna parte, IT chacho se defendió, modestamente pero a la vez con firmeza. Helene i supo si alegrarse al ver que la joven águila desplegaba sus alas, o entrj tecerse por temor de que su cultura y su dialéctica, tan poco juvenile fueran obra de la presunción. Después de todo, ella aún era muy joven, las cartas de Max estaban mucho más allá de lo que podía juzgar. Así, s’


sintió auténticamente feliz cuando él, por excepción escribió una aut tica carta de muchacho, con una yfvida y detallada descripción de la c remonjosa entrada del káiser Guillermo a Berlín, tras una tentativa c asesinato. He aquí algunos fragmentos de sus cartas.
Me pides que te diga cuánto me gustaron los diversos escritores.
Con respecto a Homero, estoy seguro, sabes que es el que más me gusta c. todos los escritores que he leído. La razón de esto no es realmente muy fáci de encontrar. Creo que no sólo es por causa de los bellos sonidos de la lengw griega en sí mismos, sino especialmente por la gran naturalidad con que :
relatan todas las acciones. Al menos, no puedo afirmar que leyendo a Homero haya yo tenido nunca esa sensación de suspenso que es la base de las novelas leídas por diversión y que también es la mayor fascinación de las obras de teatro. Las obras de teatro, desde luego, no sólo tienden a causar suspenso y fascinación; silo hicieran, no serían una fuerza educativa tan importante para jóvenes y viejos; y sin embargo, considero que una obra de teatro, en particular una tragedia, no causaría gran impresión si no despertara el suspenso. En Homero ese suspenso falta casi por completo. Por ello es mucho más fácil separarse de él que de una novela. Cuando leo una novela, me cuesta trabajo dejarla. Quisiera seguir leyéndola, y cuando me detengo, esto siempre me causa cierta sensación de incomodidad. Pero si se lee a Homero, se puede parar en cualquier momento, dejarlo a un lado y volver a empezar en otro momento, simplemente porque no es una presentación vívida sino un relato, porque Homero no presenta una cadena de acciones sucesivas, sino que describe el origen y la apacible secuencia de las acciones. Si ocurre una catástrofe, para ella nos ha preparado desde hace tiempo —por ejemplo, la muerte de Héctor— mientras que la catástrofe en Ekkehard, en Dic Ahoco 23 y en casi todas las otras novelas, con la posible excepción de las de Scott, ocurre súbitamente. En Homero todo ha sido inalterablemente determinado por el destino, con mucha anticipación, y esto disminuye mucho el suspenso y el dolor en el lector.
23 Ekkehard: novela de 1855, de Joseph Viktor von Scheffel, 1826-1886. Dic Ahoco [Los antepasados]: serie de novelas (1872-1880) del novelista y dramaturgo Gustav Freytag, 18 16-1895. Todas estas novelas históricas tuvieron en un tiempo muchos lectores. [E.]

Virgilio me gusta mucho menos que Homero. En la Eneida de Virgilio, él t’ de desPertar un cierto suspenso pero casi no lo sentimos, o, silo sentimos, eS una sensación grata. Esto puede verse claramente en el Cuarto Libro,


sonde se describe la catástrofe de Dido. Lo logra en parte, pero la sensación ue me produjo no fue agradable, porque la tensión no surge con naturalidad eI material mismo, sino que es creada artificialmente por medio de varios recursos. Por supuesto, pequeñas epopeyas burguesas como Hennann und Dorothea de Goethe, no tendrían ningún objeto; serían idilios más que epopeyas, si no hubiera suspenso, pero sencillamente son epopeyas de clase media. Por regla general su tema es limitado, y sólo trata de un episodio de la vida del héroe. El auténtico propósito de una epopeya heroica como la Eneida, en cambio, es la mayor glorificación del héroe; además, debe causar placer con su hermosa descripción de detalles. Por esa razón, en realidad, sólo se le permite causar un poco de suspenso...
En cuanto a Heródoto, puedo decir que le tengo el mayor respeto a él y a su diligencia, absolutamente increíble. Podemos decir, a partir de sus escritos históricos, que fue por todas partes e hizo las más minuciosas investigaciones. Esto compeflsa plenamente su credulidad, de la que es difícil censurarlo si consideramos el nivel de educación de su época. Heródoto no criticaba. Lo hizo en ocasiones, pero si leemos sus críticas desde nuestro punto de vista, a menudo son aún más disparatadas que las teorías y opiniones que critica. No profundiza en las causas internas de los hechos. Donde parece hacerlo, sus explicaciones suelen ser producto de su imaginación y están determinadas por la religiosidad y por la superstición. Desde luego, no es un historiador absolutamente digno de confianza. Cierto que investigó y produjo todo con gran celo, pero en particular quiso demostrar el curso del destino y los pensamientos inalterables de la deidad, que repetidamente encuentran expresión en la historia y por los cuales todo está determinado. Su manera de narrativa es enteramente poética. Está cerca de Homero. Su historia es una epopeya en prosa. Es de una lectura sumamente agradable, sobre todo por el lenguaje invariablemente hermoso y apacible y el entusiasmo que ocasionalmente brota en sus libros acerca de las guerras de Persia.
Aunque Tito Livio vivió 400 años después de Heródoto, tiene los mismos defectos, pero no los mismos niéritos. También él es mal crítico; me parece a mí que es difícil determinar cuáles fueron las fuentes que empleó y cómo las utilizó. No es probable que haya podido leer todos los antiguos documentos que probablemente había en su época. De todos modos, fue excesivo esfuerzo para él. Sin duda, no era tan diligente corno Heródoto y, puesto que también le faltan su ingenuidad y su efttusiasmo, tengo muy pocos incentivos para leerlo.
En cuanto a Cicerón, no puedo decir que me guste en particular. Por ejemplo, me parece que su primera catilinaria carece de fuego y de decisión. En casi todos los libros acerca de Cicerón que hasta ahora he leído, lo elogian, pero realmente no veo en qué se l:asa este elogio. Cierto que fue hombre de gran pureza moral, y probablemente se mantuvo al margen de toda la degeneración y el hedonismo. Pero las obras acerca de él no se refieren a esto, o lo mencionan sólo incidentalmente. Perosu primera catilinaria y su política vacilante e inestable en general no me imresionan. No llegó a una decisión definitiva, aun cuando el peligro para el Estado se le apareció en la persona de un hombre. Toda su catiljnaria sólo es en realidad, un largo lloriqueo y lamento. iY

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esto en presencia del hombre más peligroso, el jefe de la conspiración! Despué:


de todo, en el mismo discurso acusó a Catilina de inmoralidad, etc. ¿Creen acaso, que si se quejaba de que el Estado estaba en peligro, un hombre inmo ral e indiferente atendería a estas quejas y abandonaría sus planes, por causi de esa lamentación? No lo creo; al contrario. Cuando habló a Catilina acerca C las angustias y los temores del Estado y de la ciudadanía, ¿no estaba confirJ mándolo en sus planes? Después de todo, la sustancia de su discurso era j» súplica a Catilina de que, por Dios, se fuera de la ciudad. ¿Creyó que Catilina prestaría alguna atención? No, por el contrario; si Catilina vio esta vacilaci del senado y del cónsul, si pudo pensar que Cicerón había perdido las esperafl zas hasta tal punto que tenía que rogarle a él, Catilina, en persona, entonces él y sus cohortes inevitablemente cobrarían tanta más confianza. ¿Y qué de de la miope política de Cicerón cuando intentó sacar de Roma sólo a Catii. na? Si creyó que entonces podría enfrentarse más fácilmente a los otros cons.1 piradores, estuvo errado. Entre los conspiradores había hombres que mostra. ron energías y capacidades intelectuales muy superiores a las de Catilina. Y e’ propio Cicerón dijo que conocía a los conspiradores, por lo que no pudo equl vocarse a este respecto. Pero aun si se equivocó, estaba enterado del levan tamiento de Malio cerca de Fasule.24 Si realmente logró sacar de la ciudad a Catilina, ¿de qué le sirvió? Catilina se fue directamente al campo de Malio y luego, puede suponerse, el peligro para el Estado fue mayor aún que si Cn lina se hubiese quedado en la ciudad. ¿No pudo haberlo detenido en la ciudad y luego mandado “despachar”? Después de todo, la conspiración era evidente. Nadie habría podido censurarlo. El mismo lo dijo. Entonces, ¿cuál fue la c sa de su vacilación? Dijo que deseaba aguardar hasta que no quedara na que pudiera defender a Catilina, y que luego moriría. ¿Qué significa esto? 1 ra mí no es claro. ¿Creyó que los partidarios de Catilina lo abandonarían y . no lo defenderían si él aguardaba un buen tiempo? ¡En esto, realmente se equi vocó! Por el contrario, el número de sus partidarios había de crecer cada día, , también esto lo dijo Cicerón en su discurso. En suma, me parece que su pri- mera catilinania es extremadamente débil y sin sentido, toda su política . - lante con respecto a sus fines. Me parece que Cicerón no tenía la debida resolución ni energía, ni habilidad ni el don de aguardar el momento propicio. Pues si hubiese detenido y estrangulado a Catilina en el momento apropiado, y sofocado en la cuna los preparativos de Malio, al Estado romano le habría evitado la terrible y sangrienta batalla de Pistoria en que tantos miles perecieron en una guerra civil. ¿Es otra tu opinión? Si alguna vez tienes tiempo, escríbeme lo que piensas y cuáles son tus razones. Si he ido demasiado lejos o me he dejado llevar por el fuego de la discusión o no he hablado con claridad, por favor excúsame, pero como ya es demasiado tarde, he escrito esta epístola, tan larga, con mucha rapidez y prisa (septiembre de 1878).
Muchas gracias por tu última carta en que dices que me muestro demasiado precipitado en mis observaciones acerca de Cicerón. Tal vez lo sea, pero esto fue lo que tú me pediste. Lo que dijiste acerca de la influencia de leer libros sobre una persona es muy cierto. Y, sin embargo, no sé si tienes razón al aplicármelo en este caso particular, pues lo que has escrito suena como si creyeras que yo he conseguido algún libro y lo he copiado, o que al menos reproduje el contenido de un libro leído antes. Pues, ¿no es éste el meollo de tu larga

conferenci1?25 Tratas de expresar el punto principal lo más vagamente posible porque eres del parecer —erróneo, hasta donde yo me conozco— de que yo ornaría a mal este tipo de cosas. Aunque he repasado mi conocimiento de mí nismo, no he logrado reconocer hasta hoy que me haya dejado llevar por ningún libro o por palabras de la boca de nuestro maestro. Desde luego, escribí niuv de prisa, y mi pluma puso algunas cosas que ciertamente no eran de mi propiedad intelectual; pero en general es cierto que nosotros los jóvenes aprovechamos en gran medida los tesoros que han acumulado nuestros mayores:


tú ciertamente eres considerado como tal. Pero no recuerdo haber leído nunca alguna declaración importante de mi maestro de latín acerca del carácter o la política de Cicerón. Tampoco puedo haber sacado mucho de los libros, pues sólo recientemente he visto este periodo en obras importantes, como la historia de Roma de Mommsen. Reconozco que todo puede venir indirectamente de los libros. ¿Para qué son los libros sino para ilustrar a las personas acerca de cosas que no son claras para ellas, y para instruirlas? Es posible que yo sea muy sensible a los libros, es decir a sus comentarios y deducciones. Esto puedes juzgarlo tú mejor que yo, pues en ciertos aspectos en realidad es más fácil conocer a otra persona que a uno mismo. Y. sin embargo, el contenido de mis
—tal vez totalmente falsas— afirmaciones, no procede directamente de ningún libro. Por lo demás, no puede molestarme ninguna de tus críticas, pues ahora he encontrado que en Mommsen se encuentran cosas muy similares. Sea como fuere, creo que lo que dije de Cicerón puede derivarse de un simple conocimiento de la historia romana del periodo. Si leemos las tres primeras catilinarias, y a cada frase nos preguntamos por qué la dijo Cicerón, llegamos a una conclusión idéntica. Con el debido respeto a la elocuencia de Cicerón, al bello giro de sus frases y a su gran significación lingüística y filosófica, no me gusta en todos los demás aspectos, y menos que nada desde que leí su tercera oración contra Catilina. Considerando las condiciones de la época, su pureza moral es algo que debe ser grandemente apreciado, aun si no es absoluta. Pero una comparación entre él y Catulo o Catón nos dará el mismo resultado que una comparación entre Pompeyo o Bibulo y César... (25 de octubre de 1878).
Por fortuna, esta lectura obligatoria [el poema de Wieland26 acerca de la naturaleza de las cosas] no es lo único que estoy haciendo. He leído al menos unas cuantas cosas muy interesantes y gratas. Estas incluyen, ante todo, varias piezas de Osián,27 sus más bellos poemas que yo no había leído antes. No sé si lo has leído; no muchos lo leen en estos días. Pero con respecto al lenguaje y la poesía, su obra es una de las más hermosas imaginables. Casi me inclino a colocarlo por encima de Homero, pero ciertamente sí es su igual, aunque esté infinitamente lejos de él. Su bárbara poesía se apodera del lector desde el primer momento, y si el lector trata de ser receptivo a ella, sigue rondando por su cabeza durante mucho tiempo. No olvidaré pronto un memento rnori, como “La muerte está oscuramente detrás de ti, como el lado negro de la luna tras su creciente luz.”28 Es triste decirlo, pero en general yo no soy muy receptivo,
25 Weber adapta aquí un verso de Die Piccoloinini de Schiller: “Cuál es el breve significado de esta larga arenga?”. [E.]
‘ Christoph Martin Wieland, 1733-1813, escritor alemán de prosa y poesía. Su poema didáctico Die Natur der Din ge apareció en 1751. [E.]
27 Véase la nota 18 de este capítulo. [E.]
28 Este pasaje no pudo ser localizado en the poenis of Ossian [Los poemas de Osiánj, por lo que ofrecemos una versión literal de la traducción alemana. [E.]

24 Los nombres correctos son (Cayo) Manlio y Fajesulae. [E.]


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