Primera edición en inglés, 1988 Primera edición en espafiol, 1995



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LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL: LAS MUJERES Y EL NACIONALISMO



El estallido de la primera Guerra Mundial puso fin a la “vida buena” (título del cap. xiii). De súbito, las relaciones humanas entre los amigos, así como la solitaria labor erudita de la que Weber era iritermitentemente capaz, cayeron en la insignificancia. Jamás volvería el nacionalismo a sentirse tan intensamente en Europa. A la postre, los Weber transigieron menos que otros centenares de profesores y sus esposas, pero hoy su actitud nos resulta difícil de aceptar. Para el caso, nada separa tanto a la mayoría del antiguo movimiento feminista alemán del feminismo de hoy como el nacionalismo confirmado en 1914, cuando también el movimiento laboral quedó sumergido en la devoradora comunidad nacional. Muy pocos hombres y mujeres pudieron resistir a la emoción carismática: “Había sonado la hora, y fue de una sublimidad nunca soñada” (484). Un íntimo de Weber, el joven Georg von Lukács, quien cometería sus errores políticos posteriormente, recordó después de medio siglo:
Mi propia actitud profundamente personal fue de rechazo vehemente, global y (especialmente al principio) apenas articulado, a la guerra y particularmente al entusiasmo por la guerra. Recuerdo una conversación con Frau Marianne Weber, a finales del otoño de 1914. Ella quería refutar mi actitud hablándome de actos individuales y concretos de heroísmo. Mi única respuesta fue: “Cuanto mejor sea, peor será” 38
Al principio, la exaltación emocional pudo ayudar a muchas personas a soportar el principio de la matanza. Los Weber pronto perdieron al hermano de Max, Karl, al cuñado Herman Schafer y a su íntimo amigo Emil Lask, quien fue a la muerte “sin hacerse ilusiones” personales, sino sólo por principio ético (493).39 Pero la excitación política también pudo fácilmente dañar o arruinar viejas relaciones personales, sin que a veces tuviera que ver en ello la gama política. Marianne Weber no menciona la querella de Weber con su amigo izquierdista Robert Micheis, quien criticó a Alemánia desde el exterior y finalmente aceptó renunciar como codirector del Archiv. Con tono de desaprobación hacia ambos, Marianne narra cómo Weber y Troeltsch (sin nombrarlo en el texto), aunque vivían en la misma casa, no se hablaron durante varios años después de un desacuerdo sobre la política hacia los prisioneros franceses heridos (488, 489). La gravedad de esta ruptura parece indicar que, en esta ocasión, salieron a la luz tensiones mucho tiempo reprimidas. Cuando el nacionalista liberal Eberhard Gothein propuso la anexión de la región francesa de
38 Georg Lukács, Die Theorie des Romans, Luchterhand, Darmstadt, 1963, p. 5; ahora citado en Judith Marcus y Zoltan Tar, comps., Georg Lukács. Selected correspondence 1902-1920, Columbia University Press, Nueva York, 1986, pp. 17 s.
En la roman i clef, Stille ¡oid Sturrn de Bertha Lask (Mitteldeutscher Verlag, Halle, 1955), a los Weber, quienes aparecen como Helene y Max Wormann, se les culpa por la muerte de Emil Lask. Véase vol. 1, p. 598.

Briey-Longwy, rica en mineral de hierro, recuerda Marianne en su autobiografía, Max también rompió con él, hasta que Gothein se refonnó, volviéndose demócrata al término de la guerra (L 89).


Dentro del movimiento feminista, el fervor nacionalista exacerbó las diferencias de opinión, incluso en la BDF, Las relaciones de Baurner con su suplente Alice Salomon se deterioraron desde el principio. En agosto de 1914, Salomon se encontró abandonada en Irlanda, en la casa de lady Aberdeen (i857-l939), presidenta del Consejo Internacional de Mujeres y esposa del virrey. Allí se convirtió al cristianismo, bajo el choque de los acontecimientos. Había nacido en una familia judía secularizada. Mientras tanto, Báumer empezó a sospechar que Salomon no había intentado, debidamente, retornar a la mayor brevedad posible.4° Aunque Salomon se unió a sus amigas políticas en el recién establecido “Servicio Nacional Femenino”, que combinaba la beneficencia para cientos de miles de mujeres, con su movilización para la economía de guerra, sus dificultades sólo estaban empezando.
Marianne Weber guarda silencio acerca de la contribución de guerra de su marido a la principal publicación femenina, Die Frau, dirigida con Báumer, junto con su mentora y compañera de toda la vida, Helene Lange (1848-1930). Acudiendo en ayuda de Báumer en una disputa con la pacifista suiza Gesine Nordbeck, en febrero de 1916, Weber adoptó una ruda actitud machista y sostuvo “nuestra responsabilidad ante la historia” como una gran potencia. En su carta a la directora, mostró su incipiente distinción entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción, y rechazó el punto de vista pacifista con el argumento de que “sólo existe la congruencia de Tolstoi, y nada más”. A todo el que no siga absolutamente el Sermón de la Montaña “hay que recordarle que está atado a las reglas de este mundo, que incluyen, por un tiempo imprevisible- mente largo, la posibilidad y la inevitabilidad de la guerra”.4’
Desde el principio de su carrera en Friburgo, Weber había condenado públicamente a la Sociedad de Cultura Etica, en ese entonces nueva, y los variados esfuerzos por organizar un movimiento pacifista internacional. La intransigencia de Weber fue agravada por una considerable coincidencia del personal de estos grupos y los promotores de la “nueva ética”, como Helene Stócker.42 Asimismo, desde el último decenio del siglo, Weber había sido el asesor —intelectualmente superior— del pastor Friedrich Naumann, cuyo periódico social nacional, Die Hilfe, propugnaba
40 Véase Salomon, C’harakter, pp. 142 s. y 146.
41 “Zwischen swei Gesetzen”, Wolfgang J. Mommsen y Gangolf Hübinger, comps., Max Weber, Zar Politik im Weltkrieg, vol. 15 de la Mas Weber Gesamtausgabe, Mohr, Tubinga, 1984, pp. 97 s.; véanse también mis ensayos “Max Weber’s ethics and the peace movement today”, Theoy and Society, 13 (1984): 499-511, y “Weber’s generational Rebeil ion and maturation”, en Reinhard Bendix y G. Roth, Scholarship and Partisanship, University of California Press, Berkeley, 1971, pp. 25 Ss.
42 Sobre el movimiento pacifista, véase Roger Chickering, Imperial Ger,nany and a World Without War. Thepeace movementand Gernian society 1892-1914, Princelon University Press, Princeton, 1975.

por el expansionismo económico, la “política mundial” y la reforma social. Ahora, Baumer hizo eco a su línea, en su doble papel de miembro de la redacción de las publicaciones de Naumann y de las de Helene Lange.43 En 1915, Biumer prohibió la participación oficial de la BDF en un congreso pacifista femenil que se reunió en La Haya en abril, bajo la égida de Jane Addams. Stócker acudió, así como las sufragistas doctora Anita Augspurg (1857-1943) y su compañera Lida Gustava Heymann (1868- 1943), la más enérgica opositora de Baumer en el ala izquierda del movimiento feminista burgués.44 “Estoy segura”, observó después Alice Salomon, haciendo autocrítica, “de que las mujeres que se sometieron a la orden de la BDF, como yo, cometieron un error”.45 Sin embargo, Salomon consiguió a Addams una cita con el canciller Bethmann-Hollweg. Aunque los Weber habían visitado a Jane Addams en Chicago, evidentemente no quisieron tener, de momento, nada que ver con ella. No se sabe con claridad hasta qué punto tenía Weber en mente esas iniciativas pacifistas cuando escribió, nada galantemente, en su carta a Baumer: “El pacifismo de las ‘ladies’ americanas (de ambos sexos) es realmente la más mortífera basura que jamás se haya profesado, con toda sinceridad subjetiva, en el nivel intelectual de la charla de té, propuesta, como lo es, con la actitud farisaica del parásito, que se embolsa las grandes ganancias de la guerra, hacia los bárbaros [alemanes] en las trincheras.”46


En sus capítulos sobre la guerra, Marianne Weber decidió dramatizar el papel de Casandra, cada vez más vociferante, de su marido, que le valió un público nacional en 1917, el punto culminante de su influencia política, antes de que los acontecimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios volvieran a apartarlo. Con el tiempo, ella misma se serenó. Puede verse una transformación limitada en el cambio de tono de su ensayo “La guerra como problema ético”, que apareció en Die Frau en septiembre de 1916, al ensayo de 1918 sobre “Las tareas específicas culturales femeninas”. En el primero, Marianne sigue muy de cerca el argumento de Weber en “Entre dos leyes”, si es que él mismo no volvió a “corregir” el texto. Volviendo al protagonista del primer libro de Marianne, Johann Gottlieb Fichte, y subrayando su concepto de la “autonomía” ética de la nación, ella había glorificado la guerra como la suprema oportunidad para un heroísmo ético moderno que trascendiera el ethos de los antiguos guerreros germánicos. La nueva tecnología militar exigía un nuevo tipo de heroísmo ascético. Marianne concluyó diciendo que “podemos sentir el
Ejemplo de los primeros escritos de Bitumer en tiempos de guerra es Der Krieg und die Fran, Deutsche Verlagsanstalt, Stutgart, 1914. Véase también Agnes von Zahn-Harnack, “Der Krieg und die Frauen”, 1914 (reimp. en id., Schriften und Reden 1914-1950, Marga Anders e Ilse Reicke, comps., Hopfer, Tubinga, pp. 9-19.
° Véase Lida Gustava Heymann y Anita Augspurg, Erlebtes-Erschautes. Deutsche Frauen kiinp [en für Freiheit, Recht irnd Frieden. 1850-1940, Margrit Twellmann, comp., Hain, Mcisenheim, 1977, cap. 5.
° Salomon, op. cit., p. 154.
“Swischen swei Gesetzen”, ¡oc. cit.

deber y el ardiente deseo de hacer todo lo que esté en nuestro poder para que en el futuro puedan prevenirse estas catástrofes globales, y sin embargo podemos sentir, aun como mujeres, que la humanidad estaría más vacía sin la oportunidad y ios desafíos inherentes a tales pruebas de grandeza ética”.


Sin embargo, al cabo de dos años de guerra, Marianne Weber ya estaba muy preocupada por la pérdida de autodisciplina sexual entre muchos soldados y también entre las mujeres en el hogar, con el ejército promoviendo la prostitución mientras trataba de contener las epidemias difundidas de enfermedades venéreas. Hacia el fin de la guerra, Marianne ya no pudo seguir desempeñando el papel de lideresa femenina: “Toda nuestra experiencia ha destruido absolutamente la ilusión de que tales catástrofes, que desgarran la urdimbre habitual de la vida cotidiana, puedan exaltar permanentemente la esencia de la humanidad y traer claras ganancias morales”. Siguiendo la distinción de Weber entre la condición carismática de los pocos y la ordinariez de las masas, llegó ella a reconocer que la persona media con toda probabilidad quedaría moralmente disminuida por las privaciones de la guerra. Aunque’se declaró sorprendida por la “decadencia masiva de la moral (innere Kultur) en la patria”, estaba aún más preocupada por el impacto embrutecedor de la guerra sobre incontables varones Volksgenossen, que sería difícil integrar a la vida civil. Intuyó aquí, si bien indistintamente, los orígenes de los “cerdos de las trincheras” (Frontschweine), que en los años de Weimar llevarían la violencia a las calles y a las cervecerías hasta asfixiar toda la vida política. En vista de estos peligros, Marianne asignó a la mujer “culta” la tarea especial de “reconstruir la moral y forjar la inmediatez de la existencia por medio del amor y la belleza, el equilibro y la armonía, la dignidad y la nobleza”.48
Aparte de un auténtico fervor nacionalista, el apoyo activo de la BDF al esfuerzo de guerra había sido planeado con objeto de conquistar el sufragio para las mujeres a la hora de la victoria, así como los socialdemócratas habían esperado que los trabajadores, al retornar, serían recompensados con la abolición del sufragio de tres clases en Prusia. De pronto, el desplome de la Alemania imperial echó el sufragio en el regazo de las mujeres, confrontándolas con muchas tareas políticas prácticas. Cuando Stefan George, siempre misógino y esteta, oyó que Marianne Weber había dado una bienvenida triunfante al derecho de las mujeres a presentarse a la elección para cargos públicos, supuestamente quiso que Friedrich
Gundolf le transmitiera a ella sus sentimientos: “Gracias a Dios. Ahora, los hombres pueden dedicarse a cosas mejores.”9 De hecho, grandes cantidades de mujeres votaron y muchas se presentaron a la elección. Las
u Marianne Weber, “Der Krieg als ethisches Problem” (reimpr. en Frauenfragen, p. 178).
48 Mariaime Weber, “Die besonderen Kulturaufgaben der Frau”, 1918 (reimpr. en op. cit., pp. 250 s.)
Kurt Hildebrandt, Erinnerungen an Stefan George und semen Kreis, Bouvier, Bonn,
1965, p. 228.

más destacadas líderes de la BDF unieron fuerzas con los hermanos Weber, Friedrich Naumann, Theodor Heuss (1884-1963), Gustav Radbruch (1878-1949) y otros hombres para organizar un nuevo partido, el Partido Demócrata Alemán (Dm’), como ala izquierda del liberalismo. Bumer y Baum fueron a la Asamblea Constituyente de Weimar y de ahí al Reichstag, la primera hasta 1932 y la última hasta 1921. Marianne y Max Weber se arrojaron al torbellino de la política electoral, pero sólo Marianne logró ser elegida miembro de la asamblea constituyente en el estado de Baden, donde fue la única diputada de su partido, en contraste con varias mujeres de los socialdemócratas y del Partido Católico del Centro.


De manera extraña, en su relato biográfico Marianne Weber no menciona ni sus actividades políticas ni su elección a la presidencia de la Bm’ en 1919. Sólo encontramos una súbita referencia a “librarse de su cargo en el movimiento feminista” (628). Después de todo, habría sido oportuno que llamara la atención hacia esto, pues fue la culminación de una carrera que Max había apoyado desde el principio. En cambio, ella enfocó los vanos esfuerzos de Max para oponerse a las extremas derecha e izquierda y encontrar una posición viable sobre las negociaciones del Tratado de Versalles. Weber acompañó a la delegación alemana a Versalles como consejero, pero tampoco supo él qué aconsejar sobre cómo enfrentarse a un tratado que, más que ningún otro factor, condenaba desde el principio mismo a la República de Weimar. Luchando contra su desaliento, Max se retiró a sus últimas labores culturales. Marianne quiere que el lector comparta su propio desencanto ante el hecho de que el país no llamara a su marido a desempeñar un papel carismático en su hora de mayor necesidad, aunque no está completamente ciega ante las propensiones autodestructivas de Max.
En la secuela de la autodestrucción de la Alemania imperial, el nacionalismo y el antisemitismo empezaron a desenfrenarse. Aunque los sentimientos patrióticos de los Weber llegaron a un punto culminante, se opusieron vigorosamente al antisemitismo, pero de una manera no siempre libre de torpeza. Max Weber impulsó el nombramiento de Franz Eulenburg (1867-1943), quien después sería víctima de los nazis, en la Universidad de Munich, aunque “el ambiente académico se ha vuelto extremadamente reaccionario y radicalmente antisemita”, como informó Max al padre de Georg von Lukács. Al mismo tiempo, parece haber aconsejado que no se eligiera ni nombrara a judíos para puestos muy notables, ya que el antisemitismo se había intensificado mucho después de que ellos habían ocupado lugares importantes entre los líderes revolucionarios (cf 589, 590).5°
Paradójicamente, una razón práctica del ascenso de Marianne Weber a la presidencia de la Bm’ parece haber sido el antisemitismo de los miem bro

corporativos del ala derecha de la federación, como la Liga Evangélica de Mujeres Alemanas. En su autobiografía, publicada en 1933, Gertrud Baumer nos ofrece una razón pomposa, glosando las realidades subyacentes. El hecho mismo de que se concediera el sufragio a las mujeres había borrado los propósitos del movimiento feminista y, por tanto, “la elección de Marianne Weber como presidenta de la BDF expresó el sentimiento de que... se debía poner en relieve la encarnación personal del modo de acción femenino. Ahora que habían caído las barreras externas, deseábamos demostrar concretamente el espíritu con que nos proponíamos dar una transfusión a esta esfera, recién abierta, por medio de la transforn-iación espiritual (geistigseelische) del hombre”,51 A su vez, Marianne sólo recordó su angustia ante ese desafío y no dijo nada acerca del contexto político en la muy breve mención que hace de su elección en su autobiografía: “Una vez más me encontré ante una tarea que me pareció demasiado difícil en esta fase de mi vida. Pero la lideresa (Führerin) y amiga mía Gertrud Baumer me lo ordenó. Una vez más, se demostró que una persona puede hacer más de lo que creía ‘posible si también quiere lo que debe hacer” (L 112).


Cualesquiera que fueran los otros factores que intervinieron en la elección de Marianne Weber, hoy sabemos que desde el 30 de enero de 1914 escribió Baumer en una carta confidencial a la secretaria ejecutiva judía de la I3DF, Alice Bensheimer, que, por causa de los conservadores protestantes, había optado por Marianne Weber para su sucesora, y no por Alice Salomon, con quien habría preferido trabajar.52 Esto debió de ser antes de las dificultades personales entre ambas. Ya en la vejez, Alice Salomon ofreció una versión un tanto distinta:
Hasta el fin de la guerra, nunca había yo oído declaraciones antisemitas... Gertrude Baumer me dijo, comenzando la guerra, que yo habría debido ser su sucesora; que tenía el deber de aceptar el cargo, pues yo ocupaba una posición importante desde hacía más tiempo que ninguna otra... Pero la elección se aplazó hasta después de la guerra. Entonces, sin embargo, se me dijo que las miembros vacilaban en elegir presidenta a alguien que tuviera apellido judío o antepasados judíos, pues las actitudes populares se habían vuelto muy difíciles.53
Gertrud Baumer, Lebensweg durch eme Zeitenwende, Wunderlich, Tubinga, 1933, pp. 432 s.
52 Véase Greven-Aschoff, op. cit., pp. 112, 238 n. 33.
Salomon, op. cit., pp. 186 s. Durante la guerra, el poco tacto demostrado por Helene Lange y Gertrud Baurner al tratar a la Liga de Mujeres Judías, temprano miembro corporativo de la BDF, hizo que su presidenta Anna Pappenheim —la famosa Anna O. de Freud— sacara a la liga del Servicio Nacional de Mujeres y acusara a las dos lideresas de “odio a las judías y al judaísmo”. Estas dificultades no fueron resueltas por la carta de disculpa de Báurner. Véase Marion Kaplan, “Sisterhood under Siege: Feminism and Anti-Semitism in Weimar and Nazi Germany”, en Renate Bridenthal et al., op. cit., p. 187. Véase también Kapian, The Jewish Feminjst Movement jo Germany. The campaigns of the jüdische Francobu d, 1904-1938, Greenwood, Westport, 1979. Sobre la reacción excesivamente táctica de Bilumer al antisemitismo en 1933, véase la evaluación en Greven-Aschoff, op. cit., p. 186.

50 Véase Wolfgang J. Mommsen, Max Weber aral German Politics 1890-1920, Univ. of


Chicago Press, Chicago, 1984, pp. 310 y 325 ss. La cita es de la p. 328.

38 MARIANNE WEBER Y SU CÍRCULO

MARIANNE WEBER Y SU CÍRCULO 39

Las relaciones internacionales de Salomon continuaron causándole dificultades. A su regreso de una primera reunión de posguerra con lady Aberdeen en Suiza, Marie Baum criticó a su amiga: “Ya sabes, Alice, que no apruebo que las alemanas se abaraten a sí mismas de ese modo.”5 Salomon fue ofendida por otras mujeres a las que consideraba buenas amigas cuando se atrevió a dar la bienvenida a Jane Addams en su primera visita de posguerra a Berlín. Irónicamente, Jane Addams, enviada por Hoover en misión de caridad, para entonces había caído de su pedestal estadunidense como santa de la caridad y había sido declarada la mujer más peligrosa del país por su dependencia del gobierno de los Estados Unidos.


Mientras tanto, Marianne Weber, paralelamente a la línea de su marido, había criticado los excesos “pangermanos” y antisemitas de los grupos femeninos del ala derecha, y fue enconadamente atacada por ellos. Bajo el efecto de esos ataques, pero también por sus propios sentimientos patrióticos heridos, estuvo en desacuerdo con Alice Salomon sobre lo aconsejable de asistir al primer congreso de posguerra del Consejo Internacional Femenino, en Noruega. A la defensiva, aconsejó no participar, “ya que, sin poder promover la causa alemana, daríamos las mejores armas a la agitación nacionalista alemana y conservadora, que se basa en nuestro supuesto internacionalismo y pacifismo”.55 En la pugna consiguiente, recuerda Alice Salomon, la BDF —Marianne?— “envió a una mujer liberal [Marie Baum] en lugar de una política de poder [Gertrud BÍfumer] para pedirme que no fuera a Noruega”.56 Salomon fue, de todas maneras, y el 30 de junio de 1920 presentó su renuncia a Marianne Weber como vicepresidenta de la BDF y como miembro de la junta ejecutiva (Engere Vorstand). Sin embargo, para entonces Marianne Weber estaba en pleno luto por la muerte de Max, ocurrida el 14 de junio.

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