PP. franciscanos introducción a la filosofíA



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COLEGIO LA INMACULADA

PP. FRANCISCANOS



INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA

PRIMERO DE BACHILLER


CURSO 2007/2008

INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA


Durante mucho tiempo se pensó que la filosofía había sido una invención exclusiva de los griegos, quienes habrían hecho – independientemente de toda influencia exterior – “el descubrimiento del espíritu”. Auténtico “milagro”, la filosofía surge en Grecia, y sólo en Grecia, y de ahí se transmite a la cultura occidental. La “aurora de la filosofía griega” empieza a alborear en el siglo VI a.C. como producto de una lenta evolución.


  1. Antecedentes de la filosofía griega.

Entre los antecedentes que dieron origen al pensamiento filosófico griego citamos:



  • La religión, en primer lugar. De carácter fuertemente antropomórfico – dioses representados bajo forma humana – y que se expresaba mediante narraciones simbólicas, es decir, mitos. La filosofía habría supuesto el paso del mito al logos, a saber, la sustitución del mito por la reflexión racional.

  • Los sabios, de los siglos VII-VI, en segundo lugar. El primero que se cita en todas las listas de los siete sabios es también el primero de los filósofos: Tales de Mileto. La referencia más antigua se encuentra en Platón:

Muchos comprendieron que “laconizar” – imitar a los lacedemonios en sentencias breves o “lacónicas” – consistía mucho menos en cultivar la gimnasia que en dedicarse a la filosofía, cayendo en la cuenta de que decir palabras de este tipo era obra de un hombre perfectamente formado. Entre éstos se contaron Tales de Mileto, Pittaco de Mitilene, Bías de Pirene, nuestro Solón, Cleóbulo de Lindos, Misón de Quenea, y el séptimo, Quilón de Lacedemonia, como suele decirse [...] Prueba de su saber en este estilo son los dichos breves y dignos de memoria que cada uno pronunció cuando, reunidos en Delfos, quisieron ofrecer a Apolo, en su templo, las primicias de su sabiduría, y le consagraron las inscripciones que todo el mundo repite: “conócete a ti mismo” y “nada en demasía” (Protágoras, 343 d).


Se trata, pues, de una sabiduría “gnómica” (gnome: máxima), apta para ser asimilada por el pueblo y responder a las necesidades de orientación ética y política en una época de profundas alteraciones sociales, económicas y políticas. En ella triunfa una reflexión acerca del individuo y la sociedad que está ya muy cerca de la filosofía.


  • Los poetas líricos de los siglos VII-VI. El poeta está, por un lado, cerca del sacerdote y del adivino; por otro, creca del filósofo: “Y es que la sabiduría del poeta se refiere, efectivamente, al pasado y a la vez a la esencia de las cosas, de la cual se deduce cuál va a ser el futuro [...] En realidad, trazar una línea que separe a poetas de filósofos es, para la Grecia arcaica, tarea vana. Tradicionalmente, se ha clasificado entre los filósofos a poetas como Parménides, Empédocles y Jenófanes: personajes que son poetas no sólo por usar el verso” (F. R. Adrados). De hecho, los poetas – por ejemplo Píndaro – se llamaron también a sí mismos con el nombre de “sabios”.

  • Por último, está la posible relación con la ciencia egipcia y babilonia. Entre los mismos filósofos griegos encontramos la idea de que el pensamiento griego tiene un origen oriental; pero los testimonios más abundantes son de época tardía (neopitagóricos y neoplatónicos). Se afirma, por ejemplo, que Tales era de origen fenicio, que viajó a Asia y que tomó sus ideas de los sacerdotes egipcios. En la actualidad es una cuestión discutida. Para algunos no se puede hablar de una “ciencia” oriental, sino únicamente de técnicas concretas; por otro lado, la influencia en Grecia de estas técnicas – matemáticas o astronómicas, por ejemplo – no puede ser demostrada. Otros estudiosos, como B. Farrington, sostienen todo lo contrario.




  1. Condiciones de la aparición de la filosofía en Grecia.

Aunque la aparición de la filosofía en Grecia (y en aquel momento todavía la filosofía y la ciencia eran una misma cosa) no fuera un “milagro”, sí supuso un transcendental paso hacia delante: la superación de los mitos antropomórficos y de la inteligencia práctica técnica, a favor de una reflexión que maneja abstracciones y que es de carácter teórico y general. Este paso fue dado únicamente en Occidente por los griegos. ¿Por qué precisamente por ellos? Si no se quiere recurrir al manido tópico de “el genio del espíritu griego”, nos veremos obligados sin más a echar mano de una explicación más sociológica. Trataremos de verlo a continuación




  • La polis. “La filosofía es hija de la ciudad – polis – y de la democracia”, dice F. Châtelet. La ciudad griega hizo posible la filosofía. Entre ciudadanos libres, como eran los griegos, que “no reconocen más amos que las leyes a las que han consentido, que discuten en común la decisiones que se han de tomar, que aceptan el arbitraje de los tribunales para resolver los asuntos privados [...] y que no aceptan más dominación que la de un príncipe abstracto y público, plenamente inteligible: la ley, el nomos”. Ni en las civilizaciones rurales, ni en los grandes imperios asiáticos – en los que domina la arbitrariedad del soberano – pudo surgir filosofía alguna. La ley escrita supuso ya un elevado grado de abstracción, un punto de referencia racional sobre el cual se puede discutir. Además, la polis griega era una ciudad abierta a todo tipo de influencias culturales. En Jonia, especialmente, confluía toda la herencia científica y religiosa de Asia Menor y Egipto; ello suponía no sólo un enriquecimiento, sino también una relativización de la propia cultura que imponía la necesidad de la crítica. Más tarde, Atenas se convertirá en el lugar adonde acuden todos los espíritus inquietos de la época.

  • Condiciones socioeconómicas. La “libertad” del ciudadano – que le permite el “ocio”, condición esencial para filosofar, según Aristóteles – se apoyaba sobre la existencia de “esclavos”. El desprecio de la actividad manual tuvo como consecuencia un escaso desarrollo de la técnica o de ciencias como la física o la química. He aquí el increíble testimonio de Jenofonte (+354):

Lo que se conoce por artes mecánicas lleva consigo un estigma social, y con razón se considera deshonroso en nuestras ciudades; pues tales artes dañan el cuerpo de quienes trabajan en ellas y de quienes actúan como supervisores, porque les imponen una vida sedentaria y encerrada, y, en algunos casos, los obligan a pasar el día junto al fuego. Esta degeneración física redunda también en perjuicio del alma. Además, los operarios de estos oficios no disponen de tiempo para cultivar la amistad y la ciudadanía. En consecuencia, son considerados como malos amigos y malos patriotas, y en algunas ciudades, especialmente en las guerreras, no le es lícito a un ciudadano dedicarse a trabajos mecánicos” (Oeconomicus, IV, 2-3).


Hay otro hecho también muy importante: la introducción de la moneda en el siglo VII (invención importada de Lidia) no sólo transforma toda la economía, sino que crea un sistema abstracto de referencia y un nuevo tipo de “valor” no basado en preferencias subjetivas. La moneda – como ley escrita – contribuyó a educar a los griegos en el desarrollo de la capacidad de abstracción.


  1. Los primeros filósofos griegos.

A los primeros pensadores griegos se les suele conocer con el genérico nombre de filósofos presocráticos, aunque tal denominación no parece muy afortunada. Veámoslo:



  • ¿Filósofos? Los más antiguos no fueron conocidos con este nombre, sino con el de sabios. Y sabios eran llamados también los poetas, los videntes, los artistas y los médicos. Según la tradición, fue Pitágoras quien inventó la palabra filósofo = amante de la sabiduría, de las palabras filos – amigo, amante - y sophia – sabiduría -, al afirmar que “ninguno de los hombres es sabio, sino sólo Dios”, y que el hombre, por tanto, no puede ser llamado sofós – sabio -, sino únicamente filo-sofós – amigo de la sabiduría -. Parece ser que fue en el círculo socrático donde el término recibió su significado definitivo y actual. Por otro lado, estos hombres son también técnicos, científicos, políticos y, a veces, hasta magos y taumaturgos. Hombres “universales”, por tanto.

  • ¿Presocráticos? Cronológicamente no todos lo fueron: algunos son contemporáneos de Sócrates, y Demócrito murió mucho más tarde. Doctrinalmente tampoco se les puede considerar predecesores del pensamiento socrático, ya que Sócrates realiza una auténtica ruptura con todos ellos, pues tenía otros intereses filosóficos, otros temas y otro método. Llamémosles simplemente “primeros filósofos”.

  • ¿Cómo los conocemos? Todos ellos debieron ser escritores, salvo, probablemente, Tales, pero sus obras se han perdido y no nos quedan sino fragmentos citados por autores posteriores, como Platón, Aristóteles, Plutarco, Sexto Empírico, Clemente de Alejandría, Diógenes Laercio, etc. En 1903, Hermann Diels publicó una recopilación titulada Los fragmentos de los presocráticos, sucesivamente ampliada, que es en la actualidad el texto de obligada referencia.




  1. Figuras más importantes.

Todos estos filósofos viven en las colonias griegas de Jonia o la Magna Grecia (Italia meridional: Sur de Italia y la isla de Sicilia) y debieron ser grandes viajeros. Todos tratan también de dar una respuesta a la pregunta sobre el origen, principio, fundamento o constitución del cosmos. Tratan de determinar el principio (la arché) último y eterno del que todo procede y del que todo se compone. La gran novedad es que ya no buscan ese principio en realidades antropomórficas (los dioses), sino en lo que llamaron naturaleza (physis).


. Los filósofos de Jonia.
Estos filósofos eran llamados también “físicos”, puesto que su interés se centra en la Naturaleza (Physis). Se inspiran probablemente en elementos tomados de la ciencia egipcia y mesopotámica Sustituyen las representaciones antropomórficas de los mitos por elementos naturales, y elaboran cosmologías de corte científico-filosófico. Según Farrington, “el renacimiento jónico fue un verdadero movimiento de cultura popular”, que encontró la oposición de una aristocracia que se apoyaba en la representación tradicional del mundo (la aristocracia se hacía descender de los propios dioses). La expulsión de Anaxágoras de Atenas sería un claro ejemplo de que la filosofía tiene también consecuencias políticas. La tradición jónica concluye con Demócrito, tiene una notable manifestación en la medicina hipocrática, y se renovará más tarde con Epicuro. Entre las figuras más representativas, y por lo que atañe a este curso, destacamos:


  1. Tales de Mileto (Ca. 624-546).

Hombre inquieto y viajero, contado como el primero de los siete sabios de Grecia, fue matemático – a él se debe el Teorema de Tales -, astrónomo y político; tenía fama de “sabio distraído”; Aristóteles lo consideró “el primero de los físicos”. Sin embargo, es muy poco lo que sabemos de su pensamiento filosófico. : que la tierra descansa sobre el agua, que el agua es el principio de todas las cosas, y que todas las cosas están “llenas de dioses”. ¿Cómo interpretar tan escasos datos? Aunque Aristóteles dice claramente que para Tales el agua es el “principio” (arché) de todo, no está claro sin con ello quiso decir que todas las cosas son – o se componen – de agua, o bien, simplemente, que la tierra procede de ella y sobre ella flota. Lo que sí parece probable es que Tales tomase estas ideas de la mitología egipcia y babilónica, y que, además, se basase en la observación personal (Mileto es puerto de mar y Tales había navegado con frecuencia; además, el agua es necesaria para la vida). En cuanto a la misteriosa afirmación de que todas las cosas están “llenas de dioses”, la interpretación más admitida es la siguiente: esta physis que es el agua está dotada de vida y de movimiento propios: todo está vivo y animado (hilozoísmo).




  1. Anaximandro de Mileto (Ca. 610-545).

Discípulo y continuador de Tales, fue el primero que escribió un libro “sobre la naturaleza” y, además de ser un activo ciudadano de Mileto, se dedicó a múltiples investigaciones: se le atribuye un mapa terrestre, trabajos para determinar la distancia y tamaño de las estrellas y la afirmación de que la tierra es esférica y ocupa el centro del mundo.

La arché o principio de todas las cosas es el ápeiron, es decir, “lo indefinido, lo indeterminado”. Con ello, Anaximandro realiza un indudable avance respecto a Tales: el ápeiron es un elemento no empírico y, por su carácter indefinido, permite explicar la derivación de todas las cosas mucho mejor que a partir de un elemento determinado como era el agua para Tales. El ápeiron es “inmortal e indestructible”, es decir, “eterno y sin envejecimiento”, con lo que Anaximandro le atribuye los caracteres que la mitología griega reservaba a los dioses, añadiendo que no sido engendrado pero que de él “se engendran todas las cosas”. El fragmento más importante de todos los que nos han llegado de Anaximandro es el siguiente:
El principio (arché) de todas las cosas es el ápeiron. Ahora bien, a partir de donde hay generación para las cosas, hacia allí se produce también la destrucción, según la necesidad; en efecto, pagan las culpas unas a otras y la reparación de la injusticia, según el orden del tiempo” (Fragmento I).


  1. Anaxímenes de Mileto (Ca. 585-524).

“Anaxímenes de Mileto – escribe Teofrasto -, hijo de Euristrato, que había sido discípulo de Anaximandro, dice también, como aquél, que el principio primordial subyacente y único es infinito; pero no lo afirma indeterminado, como él, sino determinado, manifestando que es el aire”. Así pues, Anaxímenes vuelve a concebir la arché como un elemento determinado: el aire. Y, cosa que no habían hecho sus predecesores, explica explícitamente el proceso por el cual todo procede del aire:


El aire se diferencia en distintas sustancias en virtud de la rarefacción y la condensación. Por la rarefacción se convierte en fuego; en cambio, condensándose, se transforma en viento, después en nube, y, aún más condensado, en agua, en tierra más tarde, y de ahí finalmente en piedra”.
También Anaxímenes concibe el mundo como algo vivo: “De la misma manera que nuestra alma, que es aire, nos sostiene, igualmente un soplo y el aire envuelven el mundo entero”.



  1. Heráclito de Éfeso (Ca. 544-484).

Es poco lo que sabemos de su vida. Pertenecía a una familia aristocrática de Éfeso, lo que explicaría quizá su desprecio por la sabiduría popular y las “opiniones” de los hombres. Los breves y enigmáticos fragmentos que se conservan – no en vano fue llamado el Oscuro – revelan que conocía el pensamiento de los filósofos de Mileto, así como el de Pitágoras. Es frecuente exponer su filosofía en contraposición con la de Parménides, quien probablemente conoció la obra de Heráclito, pero cuyo título nos es desconocido.

Concorde con la tradición de los demás filósofos jonios, Heráclito ve en un elemento determinado, el fuego, la arché del universo: “Este mundo, el mismo para todos los seres, no lo ha creado ninguno de los dioses o de los hombres, sino que siempre fue, es y será fuego eternamente vivo, que se enciende con medida y se apaga con medida (Fragmento 30). No sólo las cosas individuales salen del fuego y vuelven a él, sino que es el mundo entero el que perece en el fuego para luego volver a renacer. Aparece aquí la imagen del “ciclo cósmico”, antecedente de la idea griega del mito del eterno retorno – tan importante posteriormente en la doctrina de Friedrich Nietzsche, como se verá a su tiempo – y que reaparecerá en Platón y los estoicos.

Pero lo que ha conferido un valor permanente a la filosofía de Heráclito no es esta doctrina del fuego, sino sus doctrinas acerca de la contradicción, el fluir o devenir de los seres:

No es posible descender dos veces al mismo río, tocar dos veces una sustancia mortal en el mismo estado, sino que por el ímpetu y la velocidad de los cambios se dispersa y nuevamente se reúne, y viene y desaparece” (Fragmento 91).

Para Heráclito hay que buscar el origen de todo en el fluir o devenir de las cosas. Estas no son siempre lo mismo, sino que se fundamentan en la pluralidad, el cambio, el fluir, el devenir. Esta permanente movilidad se fundamenta en la estructura contradictoria de toda realidad, con lo cual Heráclito no hace sino llevar al extremo la doctrina jónica de los opuestos: “Dios es día-noche, invierno-verano, guerra-paz, hartura-hambre. Cambia como el fuego” (Fragmento 67). La contradicción y la discordia están en el origen de todas las cosas: “La guerra es el padre y rey de todas las cosas” (Fragmento 53); “conviene saber que la guerra es común a todas las cosas y que justicia es discordia, y que todas sobrevienen por la discordia y la necesidad” (Fragmento 80). Será en este punto de vista donde brotarán las mayores diferencias con la doctrina de Parménides. Ambos serán vistos en la Historia de la Filosofía como dos pensadores antagónicos que pudieron haber inmovilizado el desarrollo del pensamiento griego y al que, posteriormente, Platón sacaría del atolladero, como veremos más adelante.




. Los filósofos de la Magna Grecia.
A diferencia de los “físicos”, la tendencia de estos filósofos es má bien “metafísica” (aunque la palabra no existía todavía) y religiosa. Si no están influenciados por el movimiento órfico1, al menos tienen notables semejanzas con él. Pitágoras y su escuela de los pitagóricos, juntamente con Parménides y la suya, son los principales representantes que cabe incluir aquí. Veámoslos.


  1. Pitágoras de Samos (Ca. 572-496).

La vida de Pitágoras es toda una leyenda. Nació en la isla de Samos, en Jonia, y parece que conoció a Anaximandro en Mileto. Tradiciones diversas le atribuyen viajes a Egipto, a Babilonia (donde conocería a Zoroastro, el fundador de la religión dualista persa) e incluso a la India. La tiranía de Polícrates le hizo abandonar Samos, trasladándose a Italia y estableciéndose en Crotona. Allí fundó una secta filosófico-religiosa: hombres, mujeres y niños vivían en comunidad de bienes, manteniendo un riguroso ascetismo – se abstenían de comer carne y pescado, sólo tomaban huevos, hierbas y lacticinios; no contraían matrimonio por considerar nocivo el cuerpo; los casados que abrazaban la secta no podían tener hijos, etc. – y guardando secreto acerca de las doctrinas profesadas. Su prestigio en Crotona se engrandece y surgen las leyendas sobre su vida: se le considera hijo de Apolo, se le atribuyen milagros, es capaz de recordar sus anteriores reencarnaciones, etc. Sin embargo, el carácter aristocrático y secreto de la secta, como también su influjo sobre la ciudad, le granjearon la enemistad del pueblo, que logró expulsarlos de la ciudad tras una revuelta popular. Pitágoras se refugió en Metaponto, donde murió poco después.


. Doctrina: Ya dijimos que el pitagorismo tiene un contenido metafísico-religioso. Entre la doctrina más relevante de Pitágoras y el pitagorismo, destacamos:

  • Doctrina de la transmigración de las almas, con notables similitudes con el orfismo, y, en consecuencia, afirmación de que existe un parentesco entre todos los seres vivos, lo que explica que no comieran carne de ningún tipo y tuvieran reservas con respecto a la verdura.

  • Creencia en el mito del eterno retorno.

  • Estrecha relación de la ciencia con la mística: Los números son los principios de todas las cosas. Sostienen que la unidad es lo primero que existió, rodeada de lo limitado; luego la unidad creció y se partió en dos, dando origen al número 2; el vacío de lo limitado se introduce en medio y mantiene las dos partes separadas: de este modo nacen el número 2 y la línea; después nacen el número 3 y el triángulo (la figura plana más simple) y el número 4 y el tetraedro (la figura sólida más simple), y así sucesivamente. Las matemáticas son la disciplina de los números y éstos se pueden captar a través de la armonía y de la música.

  • Aunque el rasgo más característico del pitagorismo parece ser su dualismo: división alma/cuerpo, espíritu/materia, con gran influencia posterior en el pensamiento de Platón.




  1. Parménides de Elea (Ca. 540-470).

También en la Italia meridional, concretamente en Elea, se funda otra escuela filosófica mucho más reducida y de carácter exclusivamente filosófico. La más relevante figura es Parménides de Elea. Se dice que fue pitagórico durante un tiempo, doctrina que abandonó después para crear su propia escuela y su propia filosofía. Gozó de un gran prestigio: “Digno de veneración y, a la vez, tremendo”, le llamó Platón.


Doctrina. Su doctrina la expuso en un Poema compuesto en hexámetros, del que se conservan amplios fragmentos. Su doctrina se resume en lo que dice acerca del Ser: El Ser es y el no-Ser no es: Dicho de otra manera: Lo que es (el Ser), es y es pensable. El no-Ser, ni es, ni es pensable. Las características del Ser son: es ingénito e imperecedero; finito continuo y único; indivisible e inmóvil. En efecto, el Ser es imperecedero e inengendrado, porque en caso contrario habría que suponer que procede del no-Ser y vuelve a él; pero el no-Ser es impensable e inexistente. Del mismo modo, el Ser es uno, ya que si hubiera otra cosa sería el no-Ser. E inmóvil, pues todo cambio sería hacia el no-Ser. E indivisible, puesto que el vacío que separaría las partes equivale al no-Ser, etc.

Como se puede ver, Parménides realiza un notable “ejercicio de lógica”, separándose de los primeros físicos jonios, que hablaban únicamente de “los seres” y buscaban una arché de carácter concreto, sensible o empírico. El mundo es algo limitado, compacto, inengendrado e imperecedero, excluyéndose la posibilidad de cambios y movimientos. Es como “una esfera bien redonda”, inmóvil y eterna. A esta inmovilidad y permanencia se le conocerá después con el nombre del estatismo parmenídeo o monismo de Parménides, tan opuesto al dinamismo, al fluir, al devenir y al pluralismo del pensamiento de Heráclito. Parménides introduce de modo explícito la distinción entre verdad y apariencia u opinión y otorga la primacía a la razón (lo que se puede pensar) por encima de las apariencias sensibles y engañosas. El problema del conocimiento surge, pues, como un nuevo problema filosófico.



  1. Anaxágoras de Clazomene (Ca. 500-428).

Nació en Clazomene, en Jonia, donde vivió sus primeros años bajo la dominación persa. Pasó después a Atenas, siendo el primer filósofo que se estableció en esta ciudad. Allí encontró la amistad de Pericles, quien se hizo su discípulo. El mismo Sócrates escuchó sus lecciones, pero parece ser que quedó decepcionado. Los enemigos de Pericles lo acusaron de “impiedad” y tuvo que abandonar la ciudad, marchando de nuevo a Jonia, a la ciudad de Lámpsaco, donde murió. Anaxágoras representa el tipo de filósofo puro, únicamente interesado por el pensamiento y la reflexión y ajeno a toda actividad política. Se cuenta que cuando alguien le preguntó cuál era el objetivo de su vida, respondió que “vivir para contemplar el sol, la luna y el cielo”.


Doctrina. Su filosofía parte de los planteamientos de Parménides, llegando a una solución parecida, según unos, y, según otros, totalmente diversa. El Ser no puede empezar ni perecer, dice, ya que lo Uno ha de considerarse inmutable. Anaxágoras formula, por tanto, una teoría pluralista. Todo lo que se produce y sucede es resultado de la mezcla de innumerables elementos.
Nada viene a la existencia ni es destruido, sino que todo es resultado de la mezcla y la división” (Fragmento 17).
Anaxágoras llama a esos elementos o principios con el nombre de semillas (spérmata, en griego), las cuales son cualitativamente distintas e indefinidamente divisibles. En todas las cosas hay semillas de todas las cosas, de tal manera que “todo está en todo”. Así se explica que cualquier cosa pueda llegar a ser otra distinta, y que si una cosa es lo que es, es porque en ella predominan las semillas correspondientes: en el oro predominan las semillas del oro, pero están también presentes todas las demás (cosa que es posible, puesto que las semillas son minúsculas).

La pluralidad y los cambios – generación, transformación, corrupción, etc., - se explican por la mezcla o disgregación de las semillas. El mundo se origina por medio de un torbellino, en el que se realizan las mezclas y separaciones progresivamente. Pero ¿cómo se origina este torbellino? Anaxágoras lo explica diciendo que se debe a un “principio de movimiento”, al que da el sorprendente nombre de Nous (Espíritu, Inteligencia). El Nous es algo distinto, diverso, separado, de la masa de semillas, y por ello nada lo limita y posee autonomía; conoce todo y tiene el máximo poder.


El Espíritu gobierna todas las cosas que tienen vida, tanto las más grandes como las más pequeñas. El Espíritu gobernó también toda la rotación, de tal manera que comenzó a girar en el comienzo [...] Esta rotación hizo separarse las cosas. Lo denso se separa de lo raro, lo cálido de lo frío, lo brillante de lo tenebroso y lo seco de lo húmedo. Hay muchas porciones de muchas cosas, pero ninguna está separada ni dividida de la otra, salvo el Espíritu” (Fragmento 12).
4. Demócrito de Abdera (Ca. 460-370).
Nació y vivió en Abdera, de donde debió salir muy poco. No se sabe casi nada de su vida y parece ser que fue también, como Anaxágoras, un hombre dedicado por entero al estudio y la reflexión. Su maestro fue Leucipo, a quien algunos testimonios lo hacen a su vez discípulo de Parménides. Esta dificultad hace que sea arduo saber qué puntos del sistema atomista sons de Leucipo y cuáles de Demócrito. Sea como fuere, una cosa es cierta: Demócrito es uno de los escritores más prolíficos de la antigüedad; su compilador, Trasilo, le atribuye 52 libros, todos ellos perdidos.
Doctrina. Para Demócrito el mundo consta de infinitas partículas indivisibles que llama átomos, sólidas y llenas e inmutables, de tal modo que cada átomo posee las características del Ser de Parménides, pero con esta diferencia: los átomos son infinitos en número. Además, carecen de cualidades sensibles y sólo se distinguen entre sí por la figura (como A difiere de N), por el orden (como AN difiere de NA) y por la posición (como N difiere de Z). Poseen además movimiento propio y espontáneo en todas direcciones (algo así como las partículas en un rayo de sol), y chocan entre sí. Este choque puede tener dos consecuencias diversas: o bien los átomos rebotan y se separan, o bien se enganchan entre sí, gracias a sus figuras diversas. Así se producen torbellinos de átomos y se originan mundos infinitos, engendrados y perecederos.

Los átomos explican, por tanto, la multiplicidad de los seres, el movimiento y la generación-destrucción. Pero se requiere un segundo principio: el vacío, o no-Ser. El vacío explica la multiplicidad, ya que es lo que separa los átomos; y explica el movimiento, porque si no hay vacío no puede haber choques ni desplazamientos. Todo se explica, pues, por lo lleno y lo vacío, sin necesidad de recurrir a fuerzas ajenas a la misma materia. Los choques se producen por puro azar, como algo fortuito, por casualidad. Nada obedece a una ordenación inteligente hacia un fin determinado. Todo se reduce a materia, vacío y movimiento. Eso es todo. Más tarde, a este pensamiento se le denominará mecanicismo o materialismo mecanicista.

Como conclusión, digamos que son grandes las diferencias entre Demócrito y los filósofos anteriores. Anaxágoras había colocado como origen de todo al Nous o mente ordenadora; Parménides, al Ser, como algo eterno, permanente, inmutable, lleno, etc. Y había negado el vacío y el no-Ser.
Leucipo y su compañero Demócrito sostuvieron que los elementos son lo lleno y lo vacío, a los cuales llamaron ser y no-ser respectivamente. El ser es lleno y sólido; el no-ser, vacío y sutil. Como el vacío existe no menos que el cuerpo, se sigue que el no-ser existe no menos que el ser. Juntos los dos constituyen las causas materiales de las cosas existentes”(Aristóteles, Metafísica, I, 4, 985 b).
Demócrito, como Anaxágoras, se verá obligado a explicar la percepción sensible, que Parménides desvalorizó o despreció absolutamente. Y lo hará desde los principios de su atomismo: el alma es corporal y mortal, mueve el cuerpo, pero también es afectada por los choques recibidos en el propio cuerpo. Los cuerpos exteriores producen algo semejante a unas emanaciones de átomos que son como imágenes (eídola) que se trasladan por el vacío, y al chocar con los órganos de nuestros sentidos se produce el conocimiento. Por eso, toda forma de conocimiento se reduce, en el fondo, al tacto o contacto. Pero una vez que Demócrito ha jsutificado así la percepción sensible, la relativiza profundamente: las cualidades sensibles (olor, color, sabor...) carecen de objetividad; y, dada la continua movilidad de los átomos, se explica que Demócrito diga: “Se ha demostrado a menudo que nosotros no captamos en realidad cómo es cada cosa o cómo no es”. El pensamiento recibe una explicación semejante: puesto que el alma es un conjunto de átomos, los átomos anímicos están desparramados por todo el cuerpo, moviéndolo. Pero algunos están concentrados en algún punto del cuerpo, moviéndose espontáneamente: así se explica la naturaleza de la mente y del pensamiento.


TEMA PRIMERO: LA FILOSOFÍA EN ATENAS.
I. LOS SOFISTAS.


    1. La nueva situación.

Con el triunfo de la democracia, el esplendor económico y cultural, y la preponderancia política de Grecia – sin más rival que la conservadora y guerrera Esparta –, se crea en Atenas una situación inédita que plantea nuevos problemas: la democracia – igualdad política, igualdad social y gobierno del pueblo -, la libertad – libertad personal, respecto a toda sujeción a otras personas o grupos mediante la ley, pero sujeción a la ley - y la ley, único soberano permanente, puesto que las magistraturas son efímeras, dispersas e incluso se sortean, centrarán la mayor parte de las discusiones. En la época anterior se consideraban las “leyes no escritas” (thesmoí), como de origen divino, frente a las nómoi, leyes humanas, escritas, con fecha y firma. Ahora, el valor de la ley, fundamento de la democracia y única barrera frente al individualismo y el afán de poder, será discutido y examinado a fondo. Los sofistas considerarán las leyes (nómoi) como puramente convencionales y carentes de valor absoluto, contraponiéndolas al carácter universal y permanente de la naturaleza (Physis). Esta contraposición entre la ley, considerada como convencional, arbitraria y provisional, y la naturaleza, permanente y común o universal), se convierte en el tema del momento. Las investigaciones cosmológicas de los primeros filósofos han pasado de moda. La contraposición se hace entre ley y exigencias o necesidades de la naturaleza; hasta que no lleguen los estoicos no se hablará claramente de que la naturaleza tiene también sus leyes. Además, la discusión incluirá no sólo la ley civil, sino también la ley moral.




    1. Los llamados “Sofistas”.

En medio de este hervidero de ideas y polémicas que era la Atenas del siglo V, aparecen los sofistas. Eran mayoritariamente extranjeros, enormemente cultos y conocedores, a través de sus numerosos viajes, de las diversas formas de pensar y vivir de los demás griegos. Aportan nuevas ideas, que serán acogidas con entusiasmo por los jóvenes atenienses y encontrarán la oposición de los que mantienen una visión más tradicional. Su influencia será grande y la podemos apreciar en autores como Eurípides, Heródoto y Tucídides. La reacción está representada por Sófocles, fiel a la religiosidad popular, o Aristófanes.

La palabra sofista (sophistés) fue, al principio, un sinónimo de sabio (sophós), y, por ejemplo, Heródoto la emplea para referirse a Solón y a Pitágoras. Sería más tarde, en los Diálogos de Platón, cuando adquiriría el sentido peyorativo de hábil engañador, embaucador, charlatán, etc. que hoy tiene. Ello muestra hasta qué punto la personalidad de los sofistas pudo aparecer como ambigua y encontró serias oposiciones. No obstante, en este siglo V los sofistas se han hecho acreedores al reconocimiento y estima de la sociedad ateniense, hasta el punto de haber sido los creadores de un movimiento de difusión cultural que ha merecido el nombre de Ilustración griega.

Como eran extranjeros en Atenas (se les llamaba metecos), no podían intervenir directamente en la política de la ciudad. Sin embargo, ellos formaron y educaron a la mayoría de los políticos atenienses. Además, y como consecuencia de su talante viajero, defendían el ideal del panhelenismo, es decir, la unidad de todos los griegos, representada por la lengua común, que debía obligar a mantener la paz y a solucionar las diferencias por cauces distintos de la guerra. Su actividad fue enorme. En primer lugar, fueron educadores, como se dijo anteriormente, de la juventud ateniense. ¡Pero a sueldo! Daban especial importancia a la oratoria y a la erística2, enseñando a convencer en la Asamblea pública y a ganar pleitos en los tribunales (recuérdese que todavía no había abogados y cada uno debía defenderse por sí mismo). En segundo lugar, fueron grandes oradores; sus notables discursos fueron el medio empleado para difundir sus ideas. A este propósito, Aristófanes se quejaba de que los atenienses preferían escuchar a los sofistas en vez de ir al teatro. Por último, fueron también escritores, aunque sus obras se han perdido y no nos quedan sino algunos escasos fragmentos.


Doctrina. Los sofistas no formaron escuela ni defendieron una doctrina común. Se pueden encontrar, sin embargo, algunas coincidencias:

  • Representan un notable giro filosófico: como consecuencia de las nuevas necesidades planteadas por la democracia, se consagraron a los problemas prácticos: política, moral, religión, educación, lenguaje, etc.

  • Adoptan, en general, una actitud relativista e incluso escéptica3. Su abandono de la filosofía de la Physis así lo demuestra: ¿para qué seguir discutiendo de tales cuestiones, si jamás llegaremos a conocer la verdad? Pero también en los problemas del hombre y de la sociedad se muestran escépticos: habían podido comprobar en sus numerosos viajes que no hay dos pueblos que tengan las mismas leyes ni las mismas costumbres.

Influencia. La influencia de los sofistas en la vida de Atenas fue enorme. Pusieron en tela de juicio la polis en su forma tradicional; realizaron una aguda labor crítica de las instituciones sociales y políticas; impulsaron nuevas ideas; rechazaron el pensamiento de corte físico de los filósofos jonios y prescindieron de las preocupaciones de toda la filosofía anterior. Pero las ideas de los sofistas y los instrumentos con que las propagaban – la oratoria, la retórica y el arte de la discusión – se prestaban a todo tipo de manipulaciones por parte de los espíritus más ambiciosos e individualistas de la época. No es de extrañar, pues, que la figura del sofista aparezca revestida de una notable ambigüedad y, a veces, como manipuladores del lenguaje para convencer e impresionar a las masas.

Entre las figuras más representativas de los sofistas cabe destacar a Protágoras de Abdera y a Gorgias. Ambos serán objeto de dos diálogos de Platón, el Protágoras y el Gorgias, respectivamente. La doctrina más conocida de Protágoras es la siguiente: “El hombre es la medida de todas las cosas; de las que son, en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son“(Fragmento 1). En el famoso mito de Prometeo, que aparece en el diálogo de Platón dedicado a este sofista, Protágoras defiende el valor de la cultura como aquello que diferencia al hombre del animal: sólo gracias a ella el hombre puede subsistir, siendo como es un animal desvalido. Pero además necesita el sentido de la justicia y la virtud política, sin las cuales la estabilidad de la ciudad sería imposible. De Gorgias cabe destacar su profundo relativismo, expresado, brevemente, de la siguiente manera: Nada existe; pero si algo existiera, no lo podríamos conocer; y si lo conociéramos, no podríamos comunicarlo ni expresarlo a los demás. ¿Nihilismo absoluto? Quede ahí la pregunta. En cualquier caso, parece que Gorgias renunció al conocimiento objetivo y dijo adiós a la filosofía, consagrándose por entero a la oratoria, en la que fue un maestro y un teórico de la misma. Partiendo de un relativismo ético, común a los sofistas, Gorgias considerará que la seducción, la ilusión provocada y el engaño están justificados en la oratoria y en el teatro: el orador y el actor han de ser maestros de la seducción.


II. SÓCRATES.
Si los sofistas eran en su mayoría extranjeros, Sócrates (470-399) era ateniense. Pertenecía a una familia modesta: su padre, a lo que parece, era escultor y su madre comadrona. Nunca quiso dedicarse a la política ni ambicionó salir de su pobreza. Todo lo que se refiere a su persona está rodeado de misterio y sometido a discusión. No escribió nada, y los testimonios que nos han llegado sobre él son contradictorios. Por un lado, las burlas de Aristófanes, o la figura un tanto ramplona que nos presenta Jenofonte. Por otro, la exaltación que de él se hace en los Diálogos de Platón, o los testimonios más comedidos de Aristóteles. Lo más seguro, quizá, es aceptar el testimonio de Aristóteles y el de los primeros Diálogos platónicos.
1.1. ¿Quién fue Sócrates?
Aunque parece que, en principio, se le podría considerar como un sofista más, como hace Aristófanes, la Apología de Sócrates, de Platón, lo presenta con rasgos excesivamente divergentes. No escribe libros, renuncia a la oratoria, no cobra a sus discípulos por la enseñanza y no presume de sabiduría. Cierto es que un amigo suyo fue a Delfos a consultar a la pitonisa si había algún hombre más sabio que Sócrates, y que la pitonisa le contestó que no. Pero Sócrates interpretó el oráculo de la siguiente manera: sólo la divinidad es sabia, para nada vale la sabiduría humana, y quien como él, Sócrates, sabe que no sabe nada sólo sé que no sé nada, dijo en una sentencia feliz -, está más cerca de la sabiduría que quienes, como los sofistas, creen que lo saben todo. Sócrates es, pues, un hombre que busca la verdad, y a ello se siente impulsado por la fuerza de un espíritu (daimon) interior. Así, dedica toda su actividad a “examinarse a sí mismo y a los demás” acerca del alma, la justicia y la virtud en general, pensando que “la vida sin tal género de examen no merece la pena ser vivida”. Figura inquietante e incómoda, se compara a sí mismo con un tábano que aguijonea constantemente a los demás para que no se duerman y presten atención a la virtud.

1.2. ¿Por qué fue condenado a muerte?
La acusación ante el tribunal de los Quinientos fue la siguiente: “Meleto, hijo de Meleto, del demo de Mithos, contra Sócrates, hijo de Sofronisco, del demo alopecense. Se acusa a Sócrates por no honrar a los dioses que honra la ciudad y por introducir dioses (demonios) extraños; y también por corromper a la juventud. Pena de muerte”. Probablemente, estas acusaciones no constituían el verdadero motivo del juicio. Los acusadores esperaban que Sócrates se exiliara voluntariamente antes del proceso, pero no fue así; tampoco pidió conmutación de la pena. Condenado a beber la cicuta, rehusó la huida que le habían preparado sus amigos y discípulos, y pasó sus últimas horas discutiendo con ellos sobre la inmortalidad del alma y las ventajas de morir (Cfr. el diálogo platónico Fedón). ¿Por qué fue entonces condenado? En Atenas se acababa de restaurar la democracia, y la ciudad vivía todavía bajo el trauma de la Guerra del Peloponeso (431-404), las luchas de la oligarquía por hacerse con el poder y, sobre todo, el breve y terrorífico gobierno de los Treinta Tiranos (404-403). El proceso de Sócrates, que no simpatizaba demasiado con la democracia y que había sido maestro de Alcibíades y de Critias, el más violento de los oligarcas, se explica bastante bien en este contexto.


    1. Doctrina.

El problema principal consiste en saber exactamente cuáles de las doctrinas que pone en su boca Platón son verdaderamente de Sócrates y cuáles son de Platón. Jenofonte no le atribuye doctrina alguna; y Aristófanes le atribuye las doctrina de los sofistas y algunos presocráticos. Nos limitaremos a una síntesis de lo más seguro de su doctrina:


. Es posible que Sócrates escuchara a Arquelao, discípulo de Anaxágoras. La doctrina de este último acerca del “espíritu” debió llamarle la atención, pero pronto quedó decepcionado por los planteamientos de los primeros filósofos y decidió dedicarse a reflexionar sobre sí mismo y sobre la vida del hombre en la ciudad (polis). “Nada me enseñan la tierra y los árboles, sino los hombres en la ciudad”(Fedro 230 d). Realmente, en aquel momento los problemas éticos eran los más urgentes. Y Sócrates hizo suya la máxima escrita en el templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”.
. Sócrates entiende la filosofía como una búsqueda colectiva y en diálogo. No pretende poseer la verdad, ni poder encontrarla por sí solo, como decían los sofistas. Cada hombre posee dentro de sí una parte de la verdad, pero debe descubrirla con la ayuda de los otros. Así se explican las dos partes del método socrático: La ironía, que es el arte de preguntar de tal modo que haga descubrir al otro su propia ignorancia. El que cree saber, acorralado por las preguntas de Sócrates, cae en la cuenta de que no sabe nada. Viene entonces la segunda parte: La mayéutica (que originariamente significa ayudar a dar a luz, a alumbrar, por alusión al oficio de su madre), que consiste en preguntar de tal modo que el otro llegue a descubrir la verdad en sí mismo. Sócrates, pues, no comunica doctrina alguna, ni parece tener doctrina propia; ayuda a los demás y busca con ellos. Esta búsqueda común y esta modestia inicial contrastan fuertemente con el individualismo y la autosuficiencia de que hacían gala los sofistas. “Yo no sé nada y soy estéril; pero puedo servirte de partera, y por eso hago encantamientos para que des a luz tu idea” (Teeteto, 151 a).
. Según Aristóteles, “dos cosas se pueden atribuir a Sócrates: los razonamientos inductivos y la definición de los universal; y ambas se refieren al principio de la ciencia” (Metafísica, 13, 4, 1078 b 28). Efectivamente, la pregunta fundamental que hace Sócrates es: “¿Qué es...?”, y espera que el otro le conteste con una definición. El método socrático se encamina, pues, a la construcción de definiciones, las cuales deben encerrar la esencia inmutable de la realidad estudiada. De este modo, Sócrates se opone al convencionalismo de los sofistas, e inaugura el camino de la búsqueda de las esencias. El procedimiento para llegar a la definición verdadera, que es la finalidad de la mayéutica, es inductivo: examen de casos particulares y ensayo de una generalización que nos dé la definición buscada. Sócrates comenzó su búsqueda en torno a conceptos morales, aunque terminara sin resultado.
. Todo el interés de Sócrates parece, pues, haberse centrado en los problemas éticos, sobre la esencia de la virtud y la posibilidad de enseñarla; tema muy debatido en aquel momento por los sofistas. A su doctrina se la suele calificar como un “intelectualismo ético”: el saber y la virtud coinciden; el que conoce lo recto, actuará con rectitud, y sólo por ignorancia se hace el mal. Esta doctrina, que será criticada por Aristóteles, sólo puede comprenderse si se tiene en cuenta que Sócrates defiende también un utilitarismo moral: lo bueno moralmente es lo útil. Todo el mundo busca la felicidad y la utilidad; la virtud consiste en discernir qué es lo más útil en cada caso. Así pues, el saber del que se ocupa Sócrates no es un saber teórico, sino un saber práctico acerca de lo mejor y más útil en cada caso. Este saber-virtud puede, evidentemente, ser enseñado y aprendido: no bastan, pues, las disposiciones naturales para ser bueno y virtuoso.
A la muerte de Sócrates (399) sus discípulos se dispersaron y algunos de ellos fundaron escuelas filosóficas, aunque ninguna de ellas representa el genuino pensamiento de Sócrates, sino que desarrollan con bastante independencia algunos de los temas tratados por el maestro.

La escuela fundada por Platón – la Academia – desarrolla los aspectos científicos y psicológicos del socratismo. Platón, como veremos enseguida, elabora su doctrina de las ideas a partir de la búsqueda socrática de la definición y el concepto. La Academia será la más importante escuela filosófica que deriva de Sócrates.



III. PLATÓN (427-347).
Introducción.
La problemática filosófica de Platón, respondiendo a los intereses de los griegos y a las circunstancias políticas que él mismo vivió (decadencia griega en general y ateniense en particular), se centra en el intento de que los hombres vivan en una sociedad perfecta (utopía). Por eso se ha podido decir que Platón accede a la filosofía desde la política y para la política: la búsqueda de la polis ideal gobernada por la justicia y la razón.
En torno a esta idea se va a desarrollar el conjunto de la obra platónica, aunque a causa del estilo literario que Platón adopta (los diálogos, especie de narraciones en las que se finge una conversación entre amigos) se hace sumamente difícil establecer una sistema de pensamiento, ya que en los diálogos se exponen simultáneamente varios temas o se entrelazan entre sí, pasando de uno a otro, volviéndolos a retomar, etc. De aquí que todas las partes de la filosofía platónica estén vinculadas entre sí formando un todo inseparable.
Respecto a la tradición filosófica que le precedió, podemos distinguir dos grandes momentos:
1. El origen de la filosofía, en el siglo VI a. C., en las colonias de Mileto - cuna de los llamados filósofos milesios, jonios o físicos - y en la Magna Grecia (pitagorismo), que se conoce con el nombre de el paso del mito al logos, cuya preocupación era el problema de la arché (el principio material causa de lo que existe y del cambio); problemática continuada por Heráclito y Parménides y, después, por los filósofos de la naturaleza en el siglo V a. C. (Empédocles, Anaxágoras, Demócrito). Es decir, una tradición de corte físico y natural, interesada en el conocimiento de las causas del mundo natural.
De esta tradición recibe Platón algunos aspectos que estarán presentes en su filosofía:

  • De Heráclito, el reconocimiento de la existencia de una realidad material y cambiante, sometida al fluir y al devenir continuos - panta rei, todo fluye, dirá Heráclito textualmente.

  • De Parménides, la tesis de la unidad e inmutabilidad del Ser - el ser es, el no ser no es, sentenciará Parménides -.

  • De los pitagóricos heredará el dualismo materia/espíritu, cuerpo/alma, y, como ellos, privilegiará lo segundo (espíritu - alma) en detrimento de lo primero (materia - cuerpo).

Sin embargo, toda esta herencia la marcará con un sello personalísimo y original. Tratará de reconciliar las teorías antagónicas de Heráclito y Parménides con su creación de un Cosmos Aiszetós, mundo aparente y reflejo de la verdadera realidad que es el Cosmos Noetós, lugar de lo que es y existe desde siempre: las Ideas o Esencias, la Verdad, el Bien, etc. que son modelos, arquetipos, imagen de la realidad material, visible y cambiante.


Esta aspiración por llegar al conocimiento de las esencias le viene a él de su maestro Sócrates, así como su inclinación por los problemas de tipo social y político. Aunque este aspecto se conecta con el segundo momento enunciado anteriormente:
2. La crisis social y política ocurrida durante el siglo V a. C., como consecuencia de la muerte de Pericles, el gran estratega y organizador de la democracia ateniense, y el advenimiento de los sofistas, interesados básicamente en los problemas humanos y en la educación. Es lo que se conoce como el problema del Logos y del Nomos. De las enseñanzas de los sofistas se desprendía el relativismo del conocimiento y, en consecuencia, la imposibilidad de establecer una verdad única e igual para todos; el bien, la verdad, la justicia, la virtud, etc., eran considerados por los sofistas como resultado de un pacto entre los hombres y de las tradiciones culturales de cada comunidad. No había una idea definitiva y universal de bien ni de justicia, etc., para todos los hombres. Este relativismo, cultivado con exageración, no tenía otra salida que no fuera el escepticismo y el relativismo.
Contra todo esto se rebelará Platón al concebir la existencia de un mundo permanente, eterno, inmutable, habitado por las esencias y al proponer una pedagogía que condujera a todos al conocimiento de ese mundo noético.
Para Platón, la filosofía no será sino una incesante búsqueda de la verdad, y la educación será el método o camino que tiene que llevar a ese fin. Verdad y educación, además, que tienen que estar al servicio de la polis para hacer que la justicia resplandezca.

1. Vida.
Aristocles de nombre, aunque llamado más tarde Platón por lo ancho (platýs) de sus hombros, nació probablemente en Atenas, en el 427 a.C. Su familia pertenecía a la aristocracia ateniense. Su madre, según nos cuenta Diógenes Laercio, descendía de Solón, quien, a su vez, “descendía de Neleo y Neptuno”; su padre era descendiente del legendario rey Codro, “asimismo descendiente de Neptuno”. Contándose entre los descendientes de los dioses, los aristócratas pretendían asegurar su superioridad y el carácter natural o hereditario de su areté, es decir, de su excelencia y “virtud”.

Es posible que Platón recibiera en Atenas las lecciones de Cratilo, discípulo de Heráclito. En el 407, cuando tenía veinte años de edad, sucede el acontecimiento capital de su vida: conoce a Sócrates, a quien permanecerá ligado definitivamente hasta la muerte del maestro. Son los años más agitados de la vida política de Atenas. En el 404 Esparta vence a Atenas tras la larga Guerra del Peloponeso (431-404) e impone el gobierno oligárquico de los Treinta Tiranos, entre los que figuraban dos parientes de Platón: Cármines y Critias. Cuando más tarde, en el 399, se restaura la democracia, fue con una debilidad y unas corrientes tan demagógicas que culminaron con la condena a muerte de Sócrates. Estos acontecimientos van a orientar definitivamente la actividad de Platón. Él mismo lo cuenta en la Carta VII. Desde joven se sintió inclinado a la política; seguramente, y por influencias familiares, no simpatizaba mucho con la democracia ateniense. Algunos de los Treinta Tiranos que Esparta impuso a Atenas “eran o parientes míos, o mis conocidos, y me invitaron a colaborar inmediatamente [...] Yo me hice grandes ilusiones”, dice Platón. Pero el régimen de terror que implantan le aleja de ellos. Estrena nuevas ilusiones con la recién restaurada democracia. Sin embargo, se comienzan a cometer “actos de venganza [...], a pesar de que los que en aquel momento regresaron utilizaron una gran moderación”. La condena de Sócrates le produce una nueva y mayor desilusión y es entonces cuando toma una decisión capital en su vida:


Al ver esto y al ver a los hombres que llevaban la política, cuanto más consideraba yo las leyes y las costumbres, y más iba avanzando en edad, tanto más difícil me fue pareciendo administrar bien los asuntos del Estado [...] La legislación y la moralidad estaban corrompidas, hasta tal punto que yo, lleno de ardor al principio para trabajar por el bien público, considerando esta situación y de qué manera iba todo a la deriva, acabé por quedar aturdido [...] Finalmente, llegué a comprender que todos los Estados actuales están mal gobernados, pues su legislación es prácticamente incurable sin unir unos preparativos enérgicos a unas circunstancias felices. Entonces me sentí irresistiblemente movido a alabar la verdadera filosofía, y a proclamar que sólo con su luz se puede reconocer dónde está la justicia en la vida pública y en la vida privada. Así pues, no acabarán los males para el hombre hasta que llegue la raza de los puros y auténticos filósofos al poder, o hasta que los jefes de las ciudades, por una especial gracia de la divinidad, no se pongan verdaderamente a filosofar” (Carta VII).
Aquí está todo el proyecto filosófico de Platón: Toda su filosofía tiene una finalidad o intención política. Y también toda su actividad cívica: la fundación de la Academia pretende educar a esos futuros gobernantes-filósofos; sus viajes a Sicilia son un intento de convertir a su filosofía (política) a los tiranos de Siracusa – Dionisio I, el Viejo, y su hijo Dionisio II – y realizar en la práctica su sueño. Pues esto es lo que ambicionaba Platón: crear un Estado en el que la muerte de Sócrates – “el mejor de los hombres que hemos conocido, el más sabio y el más justo”, últimas palabras del Fedón – sea imposible.

2. Obras y etapas.
Introducción.
De los primeros filósofos no nos quedan sino escasos fragmentos. De Platón nos quedan, sin embargo, todos sus Diálogos, conservados cuidadosamente en la biblioteca de la Academia. La investigación ha permitido establecer, con bastante precisión, su orden cronológico. La mayoría de estos Diálogos tienen como protagonista a Sócrates, y, aunque sólo los de la primera etapa reflejan el pensamiento socrático, expresan siempre el modo de filosofar de Sócrates: un filosofar en compañía de los otros, una indagación continua, un sistema nunca cerrado y una estructura dialógica. Por la riqueza de temas abordados se ha podido decir que “toda la filosofía occidental no es sino una nota a pie de página de los diálogos de Platón” (A. N. Whitehead). Resulta absolutamente imposible saber si la enseñanza oral de Platón en su Academia - lo que se ha llamado doctrinas no escritas de Platón – coincide o no totalmente con la doctrina de sus Diálogos. Un pasaje de la Carta VII y otro del Fedro (276 e) sugieren que Platón no daba demasiado valor a la palabra escrita, en la que el “filosofar” ya está fijado y muerto; Aristóteles, que fue su discípulo en la Academia, le atribuye doctrinas que no aparecen en los Diálogos. Para conocer mejor la evolución de su pensamiento, veamos las etapas y las obras.


  1. Primera etapa: Diálogos socráticos de juventud.

Son pequeños cuadros en los que se reproducen con bastante fidelidad las enseñanzas de Sócrates y apenas hay en ellos nada original de Platón. El tema es la virtud. Entre los más importantes, destacamos: Apología de Sócrates (discurso de defensa de Sócrates ante el tribunal que lo condenó a muerte), Critón (diálogo en la cárcel sobre los deberes cívicos: Sócrates se niega a escapar) y el más importante de esta época: Protágoras, donde se plantea la posibilidad de enseñar la virtud y aparece el concepto socrático de virtud como forma de saber.


2. Diálogos de transición.
En ellos empieza Platón a elaborar sus propias doctrinas. Sócrates sigue siendo el personaje principal, pero su figura se va desdibujando cada vez más. Predominan los problemas políticos (Sócrates se enfrenta a los sofistas y, por tanto, a la democracia). Se observa una notable influencia del pitagorismo y también del orfismo: tema de la preexistencia e inmortalidad del alma y primeros esbozos de la teoría de las ideas. Destacamos: Gorgias, que contiene una crítica implícita a la democracia ateniense, Menón, donde se habla de la inmortalidad del alma y aparece la concepción del conocimiento como reminiscencia o anámnesis y el Crátilo, que trata del significado de las palabras y refleja la discusión con los sofistas sobre lo que es por convención y lo que es por naturaleza.
3. Diálogos de madurez.
Nos muestran el pensamiento platónico en su plenitud y son sus diálogos fundamentales. La teoría de las ideas sirve de trasfondo para todos los demás temas, a la vez que elabora una teoría completa acerca del Estado (Política). En ellos se encuentran los principales mitos platónicos. Destacamos: el Banquete, donde desarrolla la teoría platónica del amor y de las ideas, el Fedón, sobre la inmortalidad del alma y de la filosofía, la República (Politeia), el más importante de esta época y que estudiaremos más detenidamente; en él aparecen los grandes temas del autor: el Estado y los Filósofos gobernantes, el Mito de la caverna, la Teoría de las Ideas, la Teoría del conocimiento, la Dialéctica, etc. Por último, el Fedro vuelve a tratar acerca del amor, la belleza y el alma.
4. Diálogos críticos.
Son fundamentalmente críticos y desaparecen los mitos. Destacamos el Parménides, que es una autocrítica de la teoría de las ideas puesta en boca de un anciano Parménides. Parece que Platón empieza a dudar acerca de la identificación político = filósofo y quiere deslindar bien los conceptos.

5. Últimos diálogos.
En ellos revisa su doctrina anterior, corrige algunas ideas, mejora otras, adopta una postura más conservadora, etc. Abandona las cuestiones metafísicas y se interesa por la cosmología y la historia. El Timeo contiene esa cosmología en la que Platón recoge todos los conocimientos de la época, entre ellos el mito de la Atlántida, que luego reaparecerá en el Critias, donde se describe la primitiva Atenas y la Atlántida. Quedó inconcluso, pero el mito de la Atlántida se convertiría en uno de los más misteriosos y apasionantes de la cultura occidental. Finalmente, debemos mencionar Leyes, donde tres ancianos – un ateniense, un cretense y un espartano – dialogan acerca de la constitución de la ciudad ideal. La ciudad que todos tres imaginan asusta por la rigidez, minuciosidad e intolerancia de sus leyes. A buen seguro que el anciano Platón, uno de los mayores genios literarios y filosóficos de nuestra cultura occidental, debió morir atormentado por el pesimismo y la desilusión.
3. La teoría de las Ideas.
No es fácil interpretar el sentido exacto de esta teoría, ya que no aparece expuesta sistemáticamente en ningún diálogo de Platón y, además, experimentó una continua evolución y revisión.

Aristóteles, que debió conocer muy bien la doctrina de su maestro – no en vano pasó veinte años en la Academia platónica -, nos proporciona algunas pistas de interpretación al indicar cuáles son las fuentes de inspiración y las intenciones de dicha teoría:
“Platón, en general, está de acuerdo con las teorías de los pitagóricos, aunque también tiene cosas propias. En efecto, desde su juventud se había familiarizado con Cratilo y con la opinión de Heráclito de que todas las cosas sensibles están en flujo permanente, por lo que no hay ciencia (episteme) posible de estos objetos, y él mismo sostuvo esta doctrina más tarde. Por otra parte, fue discípulo de Sócrates, quien, desentendiéndose de la naturaleza en su conjunto, se consagró exclusivamente a los problemas morales, proponiéndose lo universal como objeto de sus indagaciones y siendo el primero que aplicó el pensamiento a dar definiciones. Por ello, Platón, heredero de esta doctrina y habituado a la indagación de lo universal, pensó que las definiciones no podían referirse a los seres sensibles – ya que no es posible dar una definición común de objetos que cambian continuamente -, sino a otro tipo de seres. A estos seres los llamó Ideas. Y añadió que las cosas sensibles existen separadas de las Ideas, pero que de ellas reciben su nombre, ya que todas las cosas, en virtud de su participación en las Ideas, reciben el mismo nombre que las Ideas. En cuanto a la participación, Platón no hizo sino cambiar el nombre, ya que los pitagóricos afirman que los entes son por imitación (mímesis) de los números, y Platón, que son
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