Por una sensibilidad comprometida



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Por una sensibilidad comprometida
Como bien sabemos, la sensibilidad (del latín sensibilĭtas) es la facultad de sentir (propia de los seres sensibles y animados). Es el valor que nos hace despertar hacia la realidad, descubriendo todo aquello que afecta en mayor o menor grado al desarrollo personal, familiar, comunitario y social.

Hay que distinguirla de la “sensiblería” que casi siempre es sinónimo de cursilería, superficialidad o debilidad. Precisamente por eso, el valor de la sensibilidad es la capacidad que tenemos los seres humanos para percibir y comprender el estado de ánimo, el modo de ser y de actuar de las personas, así como la naturaleza de las circunstancias y los ambientes, para actuar correctamente en beneficio de los demás.


En definitiva, podemos afirmar que la sensibilidad es la capacidad que nos hace comprometernos (actuar/hacer) en la vida cotidiana, escuchando/nos/le, siendo solidarios, admirando la belleza y desarrollando el gusto artístico ante todo lo que acontece a nuestro alrededor. Un término que adquiere diferentes significados de acuerdo al contexto.
Para comprender la importancia de este valor, necesitamos recordar que en distintos momentos de nuestra vida hemos buscado afecto, comprensión y cuidados, sin encontrar a ese alguien que muestre interés por nuestras necesidades y particulares circunstancias. ¿Qué podríamos hacer si viviéramos aislados? La sensibilidad nos permite descubrir en los demás a ese “otro yo” que piensa, siente y requiere de nuestra ayuda. La sensibilidad nos lanza a los otros, al mundo, a la realidad que nos envuelve. No es una capacidad o un valor que nos aísle sino que nos compromete con la vida de los otros.
Lo importante no es sólo ser y preguntarnos si somos más o menos sensibles (que también), sino fundamentalmente si con nuestros sentidos estamos capacitados para ser sensibles por, ante, para y con los demás, especialmente con los más pobres y empobrecidos de nuestro entorno. Especialmente con aquellos que son el rostro de Dios en esta Tierra.
Podemos afirmar que la sensibilidad nos hace despertar hacia la realidad, descubriendo todo aquello que afecta en mayor o menor grado al desarrollo personal, familiar y social. Con sentido común y un criterio bien formado, podemos hacer frente a todo tipo de inconvenientes, con la seguridad de hacer el bien poniendo todas nuestras capacidades al servicio de los demás.
Ser sensibles comporta redirigir todos los sentidos, desde uno mismo, hacia los demás, comporta hacerse cargo de la realidad y de los demás. Los cinco sentidos (o los seis, si añadimos la intuición, esa capacidad de intuir, de mirar hacia adentro ciertas circunstancias) juegan en nuestra vida una importancia capital desde el mismo momento de nuestro nacimiento y son los sensores con los que percibimos todo cuanto ocurre, son nuestra conexión constante con el mundo, interior y exterior.
1. La sensibilidad de Jesús: amor, ternura y compasión
El amor, la sensibilidad y la ternura de Jesús brotan de la ternura y del amor del Padre y se orientan por completo a dar testimonio de ello. El contenido de su intimidad filial es la raíz de su obrar; de este centro vital es de donde dimana su ternura como su  “ser con” y como “ser para”.

El amor y la ternura de Jesús se dirigen constantemente a las clases sociales más débiles, entre los niños y los indefensos. Frente a los discípulos que discuten por saber quién era el más grande entre ellos, Jesús afirma que el más grande, el verdadero adulto del Reino es el niño. Los que se hacen como ellos podrán reconocerlo: “Tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: El que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mc 9,36-37).


La com-pasión de Jesús tiene como una de las consecuencias más visibles y palpable la restauración y reintegración de lo que estaba roto y caído: los ciegos ven (cf. Mt 20,34). El leproso queda limpio (cf. Mc 1,42). La multitud queda saciada (cf. Mt 14,20; 15,37). La madre recobra a su hijo (cf. Lc 7,15). El padre recupera a su hijo sano (cf. Mc 9,26-27). El deudor queda libre (cf. Mt 19,27). El caído en el camino queda curado de sus heridas (cf. Lc 10,34-35).


Si nos preguntamos de dónde brotaban esta ternura y sensibilidad, su dilección de amor y de amistad, su constante solicitud por los últimos y los más abandonados, su disponibilidad para acoger y compartir nuestra condición humana, para comprender el mal escondido en el hombre y perdonarlo, de dónde deriva su generosidad hasta la entrega de sí mismo en la cruz, todos ellos valores presentes en la espiritualidad vicenciana, la respuesta es una sola: brota del amor inmensamente tierno al Padre, del que se siente Hijo, por el cuál vino al mundo y al que intenta obedecer con todo lo que es, glorificándolo mediante el cumplimento de su voluntad (Jn 17,14). Él se pasa horas y noches enteras en oración con Dios, su Padre. Se somete a su voluntad hasta aceptar la contradicción de la cruz. Se siente lleno de celo por su gloria y dice no tener más alimento que hacer la voluntad de su Padre Dios. 
El amor incondicional y la ternura llevaron a Jesús a:


- Mirar con los ojos de Dios. La mirada de Jesús refleja de una manera privilegiada la mirada de Dios, pues se fija sobre todo en las personas concretas, pero con una particular atención a los más necesitados. Él sabe mirar con atención, simpatía y amor y, a veces, con un cierto humor, la vida diaria de las personas. Es mirada que acoge y compromete. Sabe observar las cosas pequeñas y habituales, que suelen pasar desapercibidas. Con su mirada pasa de lo exterior a lo interior. Es mirada sin prejuicios; mirada que no impone, sino que propone, dejando a la otra persona un espacio para su propia libertad y opción.


- Escuchar. En Nazaret Jesús escuchó. “Tres años de palabras, treinta años en silencio”, dijo el ensayista francés Charles Péguy. En Nazaret escuchó en la escuela de María, de los vecinos, de sus maestros… escuchando y acogiendo. Escuchando mucho, Jesús aprendió a conocer a la gente y a ver lo que guardaba en su interior (cf. Jn 2, 23-25). Jesús sabía escuchar a la gente, a la realidad, pero sobre todo era capaz de saber qué decía Dios en cada persona, en cada situación; sabía escuchar a Dios. Escucharlo, para Jesús, era obedecerle, escuchar con reverencia lo que llegaba de su Padre. A lo largo de su vida, Jesús fue descubriendo lo que Dios quería de él: “aprendió sufriendo a obedecer” (Heb 5,8). Jesús nos dice que cuando vayamos a la oración no se trata de que hablemos mucho, sino de escuchar mucho: “… no os perdáis en palabras, como hacen los paganos, creyendo que Dios les va a escuchar por hablar mucho… ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de que vosotros se lo pidáis” (Mt 6,7-8).


- Tocar. El tacto es uno de los sentidos más importante. Es el sentido del amor, porque implica la presencia, la proximidad y la ternura. Jesús mantiene una cercanía con todos, se deja tocar por lo enfermos (Mt 9,29), y los toca. Jesús sabe de esta necesidad que tiene el hijito de ser tocado, mimado, sentir sus manos, sentir el calor de su cuerpo. Todos tenemos la necesidad de contacto-corporal, como nos recuerdan los psicólogos. Un beso, una caricia sincera y cariñosa vale más que mil palabras de amor. De ahí que Jesús no trate a distancia a las personas, ni le importa que se acerquen a Él.


- Saborear. Sabiduría viene de sabor. El “saborear” la existencia y sus dones es la práctica una sabiduría de vida. Jesús saborea la vida, disfruta con sus amigos, participa en las celebraciones festivas de la gente (comidas, bodas, etc.), saborea los momentos de encuentro íntimo con sus amigos, vive intensamente los tiempos de oración con su Padre, disfruta con la naturaleza. Jesús saborea la vida siendo consciente de los pequeños detalles de la vida cotidiana, está atento a lo que sucede en la vida de su pueblo. Da gracias al Padre por revelar estas cosas a los sencillos (Lc 10,21). Él ha venido para que la gente saboree la vida, sepan vivirla en plenitud. Jesús no viene para agobiarnos, viene para que disfrutemos. Y disfrutar es una actitud sabia. Nos gratifica, nos vuelve menos amargos, menos resentidos, menos miserables, nos reconcilia con la vida y sus continuos e inmerecidos regalos. Todo tendría que ser un disfrute. Hay que terminar con el agobio de que todo es una carga, una pena, un castigo, un trabajo, un deber, un compromiso, una responsabilidad, un mandato, un imperativo, una orden… y disfrutar plenamente de la vida, algo que sólo es verdaderamente posible si vivimos cada instante, cada acontecimiento, cada etapa saboreándola.


- Oler. Aunque no hay datos concretos sobre el olfato de Jesús, si que podemos afirmar que sabía detectar (-tenía buen olfato-) cuál era la situación interior de cada persona, qué necesitaba, qué deseaba. Jesús tenía buen olfato para detectar el olor a podrido que había en su pueblo, olor que generaba nauseas ante el dolor de un pueblo oprimido por el pueblo romano y por las leyes religiosas de su tiempo. Pero también su olfato le permitía oler aquello que agradaba a Dios, y que subía como incienso hasta su mismo Padre querido.

El conocimiento y la contemplación de Jesús y su actuar en el mundo concreto que le tocó vivir, nos hace ver cómo Jesús mantuvo una sensibilidad muy diferente a la reinante en su tiempo; rompió barreras y moldes concretos de su época, fue libre gracias a la fidelidad a su yo trascendental,  a su corazón habitado por Dios, y dejándose conducir por el Espíritu que le enviaba a ejercer la misión de ser portador de la Buena Noticia en la humanidad.


Vivir desde esos sentidos, desde esa manera de sentir la vida, las personas, los acontecimientos… todo. De hecho, cuando afirmamos que la sensibilidad es la capacidad que nos hace comprometernos en la vida cotidiana, con la vida cotidiana.
Ese compromiso se puede llevar delante de muchas maneras, pero nos gustaría subrayar de modo especial las siguientes:
- escuchando/nos/le,

- siendo solidarios

- admirando la belleza, y

- desarrollando el gusto artístico, ante todo lo que acontece a nuestro alrededor.
Las desarrollamos a continuación brevemente.
2. La sensibilidad: una cuestión de escucha
Mucha gente da por sentado, de forma equivocada, que escuchar es un proceso pasivo consistente en estar silenciosos mientras el otro habla. Puede que pensemos incluso que sabemos escuchar, pero con frecuencia, nos estamos limitando a escuchar selectivamente, haciendo juicios sobre lo que se está diciendo y pensando en cómo dar por terminada la conversación o en cómo llevar la conversación por otros derroteros que nos parecen preferibles.
Somos capaces de pensar casi cuatro veces más deprisa de lo que los otros pueden hablar. Por consiguiente, tenemos generalmente en la cabeza un montón de ruido, de conversación interna, mientras estamos escuchando. El trabajo de la escucha activa tiene lugar en nuestra mente.
La escucha activa requiere un disciplinado esfuerzo para silenciar toda esta conversación interna mientras tratamos de escuchar a los otros. Requiere un sacrificio, el máximo esfuerzo por nuestra parte, para bloquear un ruido y entrar realmente en el mundo del otro.
La escucha activa consiste en tratar de ver las cosas como el que habla las ve, y tratar de sentir las cosas como el que las habla las siente. Esta identificación con el que habla tiene que ver con la empatía y requiere un esfuerzo más que considerable. Ser sensibles en nuestro mundo y en nuestros entornos educativos es tener la capacidad necesaria para escuchar a Dios y escucharnos a nosotros mismos activamente y para escuchar a los demás con todos los sentidos, sin filtros, sin prejuicios… desde la caridad que, como bien nos recuerda Pablo, "es paciente, es servicial; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuanta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta " (cf. 1 Cor 13, 4-8).
Dicen los expertos que “escuchando ya se dice casi todo: Te creo, mereces mi atención, me interesa lo tuyo, supongo tu honradez, tienes lo que me falta...”. Y es que escuchar es decir lo esencial.
Escuchar es mucho más que el mero oír. Implica, además, la capacidad de callar, de hacer silencio. La escucha empática que conforma y expresa la sensibilidad evangélica de la que estamos hablando, está hecha de respeto, posibilita que los otros puedan expresarse sin temores, cree en la persona, está hecha de un cariño cargado de detalles, se construye en el intercambio mutuo, se sabe situar a partir de lo que los otros están viviendo en cada momento, es el gran motor de nuestra tarea educativa.
Con lo dicho, es comprensible entender que resulte imposible encerrar en los límites estrechos de una sola palabra el sentido completo de la escucha. Aquellos que han escuchado mucho, nos enseñan que escuchar es:
- Callar para empezar a oír, lo cual es obvio, pero se olvida con frecuencia.

- Hacer silencio a fin de recogerse, atender y centrarse en el otro.

- Respetar al otro precisamente en cuanto otro.

- Dejar hablar manifestarse, exponer situaciones, buscar soluciones.

- Sentir lo que el otro siente.

- Sentirse a sí mismo, pero sin romper la comunicación.

- Observar posturas, gestos, conductas.

- Recordar con fidelidad lo escuchado a fin de poder evocarlo.

- No influenciar ni siquiera con gestos o actitudes.

- No sustituir la experiencia del otro por la propia.

- No abstraer desencarnando la vivencia del acompañado.

- No discriminar entre lo importante y lo banal.
La escucha atenta que estructura y da cuerpo a la sensibilidad infunde en los demás el sentimiento de haber sido aceptados y comprendidos. Los educadores que no han descubierto el valor del silencio y de la escucha, y lo practiquen asiduamente, difícilmente podrá llevar adelante el ministerio educativo con sensibilidad evangélica, ya que lo convertirá en una clase magistral, en una predicación, sin atender realmente a quien tiene delante. En los colegios, sobre todo en las celebraciones y momentos programados para la oración, reflexión e interiorización, es curioso constatar que, al final, lo que menos hay es silencio. Se proponen muchos textos, muchas frases, muchos lemas, pero luego se evita el silencio. De ese modo, nosotros mismos fomentamos una escucha poco significativa y superficial, que termina convirtiéndose en un mero oír palabras bonitas, pero que carece de espacio respetuoso para hacerlas propias y puedan calar en nuestra vida y en la vida de nuestros alumnos.
3. La sensibilidad: una apuesta solidaria por los otros
La sensibilidad se expresa de múltiples modos, pero uno de ellos es la apuesta solidaria que hacemos por los otros. Podemos decir que la solidaridad va unida con la responsabilidad y ésta depende de la sensibilidad para ciertos valores evangélicos. Estos no se imponen sino que se proponen, atraen y piden ser realizados. La solidaridad sólo es posible entre personas que en su conciencia sienten la apelación de algo que vale la pena y apuestan por ello. De ahí que la solidaridad implique generosidad, desprendimiento, participación y fortaleza.

“Homo sum, humani nihil a me alienum puto” es un proverbio latino de Publio Terencio Publio (año 165 a.C.) que significa "Hombre soy; nada humano me es ajeno". El filósofo y escritor español Miguel de Unamuno comienza el primer ensayo de su obra Del sentimiento trágico de la vida mencionando esta locución latina: “Homo sum; nihil humani a me alienum puto dijo el cómico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre”.


Algo así podemos decir nosotros: nuestra sensibilidad, nuestro ser sensibles con y por los otros forma parte inherente de nuestra naturaleza humana. Sentimos y eso nos hace susceptibles de que lo que acontece a nuestro alrededor, especialmente en la vida de la gente, no nos es ajeno sino fuente primaria de solidaridad, de compromiso por la justicia.
Nuestros proyectos educativos y pastorales contemplan como una parte fundamental de los mismos la proyección social de la experiencia creyente, que lejos de quedarse en una simple consecuencia de la experiencia creyente, queremos que se descubra como una parte fundamental de la misma, sin la cuál es difícil afirmar que existe experiencia creyente.
Podemos afirmar que la sensibilidad comporta una apuesta solidaria por los otros, una apuesta que para los discípulos enviados de Jesús se convierte en un llamamiento y en un estilo de vida que todo lo envuelve y traspasa. Sin compromiso por la justicia,, sin solidaridad con los últimos nuestra fe decae, languidece, se vacía de sentido y termina desvinculándose de la vida para convertirse en un mero pasatiempo o en una práctica ritual pía pero desencarnada.
Es compromiso de todo cristiano, cualquiera que sea su vocación específica, evangelizar y dejarse evangelizar. Evangelizar es, ante todo, dar testimonio de una manera sencilla y directa del amor de Dios Padre, revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo. Evangelizar requiere de nosotros tener y despertar en el alumnado y en sus familias, principalmente, sensibilidad ante todas las situaciones humanas que estamos llamados a iluminar desde la fe y a transformar desde el amor, el compromiso y la esperanza. Requiere vivir en una sincera y profunda dinámica de conversión. Nos exige una constante revisión de nuestros criterios, lenguajes, metodologías, estructuras y organizaciones.
Una de nuestras tareas como educadores es, pues, educar los sentidos en los alumnos para que sean receptivos al mundo que les está en torno y para que desde esa recepción sean sensibles a las necesidades de los demás, especialmente de los más pobres, de aquellos cuya dignidad les ha sido arrebatada, de aquellos que necesitan razones para seguir viviendo y esperando.
Sensibilidad y compromiso en Jesús de Nazaret iban siempre de la mano. Jesús fue un hombre sensible y comprometido, sencillo y solidario. Sus palabras, sus gestos, sus acciones milagrosas, sus parábolas… todo en él rezuma sensibilidad por los más pobres, por los últimos.

Todas y cada una de las categorías de lo “último” (publicanos, prostitutas, endemoniados, enfermos, ciegos y leprosos, pecadores y pecadoras, extranjeros, mujeres, viudas, niños, pobres y ricos, enemigos, malhechores, traidores y hasta criminales) son objeto de una sensibilidad y compromiso sin límites por parte de Jesús, con su disponibilidad para estar junto a ellos, en una dimensión de predilección y de perdón, de invitación a la conversión y de ofrecimiento de salvación.


La suya es una sensibilidad llena de com-pasión, de solidaridad empática, en la vivencia de los interlocutores. No tiene nada que ver con un obrar frío y distanciado. El compromiso lleno de com-pasión es el sentimiento que Jesús experimenta:

- Frente a los ciegos de Jericó: “Jesús se conmovió” (Mt 20,34).

- Ante la súplica de un leproso: “Compadecido, extendió la mano” (Mc 1,41).

- Al ver las lágrimas de la viuda de Naím: “Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo; `No llores´” (Lc 7,13).

- Ante la visión de la muchedumbre que le seguía: “Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36).

- Con ocasión de la primera y de la segunda multiplicación de los panes: “Sintió compasión de ellos” (Mt 4,14).

Siendo fiel a su experiencia de Hijo amado, es decir, entrañado, querido, abrazado acariciado por su Abbá, Jesús hace de la ternura entrañable, de la compasión y del compromiso vital por los últimos la razón de su existencia; vive del amor, en el amor y para el amor.


4. La sensibilidad cristiana: aprender a ver/gustar/tocar para encontrar a «Dios en todas las cosas»
La tercera y la cuarta vía por la que comprometernos con la realidad es precisamente la admiración de la belleza y el desarrollo del gusto estético ante todo lo que acontece a nuestro alrededor.
¿Quién educa a lo bello en nuestra sociedad? ¿Y en nuestras escuelas? ¿Quién está dedicando tiempo y espacios, sabiduría y experiencia para que los alumnos depuren su sensibilidad y así descubran lo bueno, lo bello y lo justo que les rodea?
Creo que no puede ser negado: la formación cristiana actual ha olvidado la educación de la sensibilidad humana. ¿Cuánto tiempo dedicamos a educar la sensibilidad para aprehender/expresar la belleza? ¿Dónde en nuestros programas de estudio la reflexión estética? ¿Cuántas asignaturas para aprehender las posibilidades catequéticas de la Belleza?
Y no se trata de una concesión a corrientes postmodernas… ¿Podrá una sensibilidad

no-educada para aprehender el resplandor sensible de la verdad, la belleza, ser afectada por el «más bello de los hombres», resplandor sensible de la verdad de Dios? Y, por eso, porque nos jugamos el ser afectados por el «más bello de los hombres», tampoco se trata del «cultivo del espíritu» en tiempos de ocio.

Se trata de la educación esforzada y tenaz de la sensibilidad humana como condición sin la cuál no hay acceso a la Verdad Encarnada. Se trata de la necesidad de una auténtica «educación sentimental» cristiana que debería otorgar la capacidad de discernimiento, no en esos espacios privilegiados que llamamos experiencias fuertes de fe, sino en la vida cotidiana. «Educación sentimental» que enseñaría, precisamente, a discernir ese «continuum» de impresión, pasión, emoción, atracción, repulsión, motivación, juicio y proyecto inteligente que constituye toda vida humana.
La teología cristiana al olvidar este «continuum» ha caído en la obsesión, a veces casi neurótica, de la exégesis científica, del dogma, de la didaskalia, incapacitándose para introducir en la inteligente aprehensión de los símbolos que regeneran la vida

humana.
¿O acaso cree alguien que nuestros textos capacitan/expresan la experiencia afectiva de Dios? Doctor en la Iglesia no es sólo Agustín y Tomás, también Juan de la Cruz y Teresa. ¿Pero quién se atreve hoy a presentar la verdad de Dios en el lenguaje sensible de la poesía o en la ingenua narración, castellano vulgar y fino, de una experiencia vivida? ¿Dónde están en nuestras reflexiones dogmáticas las experiencias estéticas, sensibles, de la mística?


¿Y qué decir de nuestra actividad pastoral? ¿Qué tiene de calidad evangélica el mantener alta la temperatura emotiva de un grupo; el atraer con ocasionales y espectaculares encuentros masivos; el seducir con «experiencias emocionales» planificadas? El puro requerimiento emotivo, sistemáticamente programado, burdo sustituto de una «afección sensible discernida», manipulación de la experiencia estética, porque buscando rendimientos utilitarios, olvida la naturaleza de la gracia, quiebra la bella semblanza del seguimiento cristiano. La obsesión por la exhibición, por hacerse notar a toda costa engendra una vulgaridad espiritual que nada tiene que ver con el Evangelio, con ese encuentro íntimo, personal, delicado, respetuoso, bello, radicalmente bello del Maestro con los hombres y mujeres de su tiempo.
Así como no basta liberarse del latín o retornar a él para (re)encontrar a «Dios en todas las cosas»; y así como no basta desnudarse o cubrirse pudorosamente para hacer accesible el delicado encanto de la pasión amorosa; así mismo tampoco es suficiente alejarse del cuerpo o reafirmarse en él para alcanzar la Verdad del Espíritu.
La sabiduría cristiana más advertida no ha dejado de denunciar la ingenuidad de tales prejuicios: «a todos los niveles» (como se dice hoy cuando no se sabe exactamente dónde). Se trata de educar la sensibilidad humana y muy humana para que sea cristiana y, así, pueda ser «sacramento», presencia real, de la Redención que alcanza todas las dimensiones de la persona.
Este es precisamente el objetivo que busca la formación cristiana de la sensibilidad

humana: enseñar a ver/gustar/tocar para que la gran intuición cristiana, la participación en la vida de Dios de toda realidad creada, no sea un concepto abstracto, sino la experiencia efectiva y afectiva de la ternura Dios, aprehendida no en mundos ilusorios, sino en la realidad, en la única realidad que Dios al crear amó.

Aprehender la «verdad que no es de este mundo» viendo/tocando/gustando el mundo real, el único, el creado, es la sabiduría que ofrece la educación estética, enseñando, así, afectivamente, sensiblemente, el «obrar» real, no abstracto, de la gracia: vida trinitaria encarnada.
Porque la sabiduría estética, la sabiduría de la belleza, habla el lenguaje del don: donar expresión a la materia inerte; donar materia a las inertes ideas; animar y crear, inventar y jugar. Y al hablar el lenguaje del don, de la gratuidad, palabras y valores tan vicencianos, la sabiduría estética obliga al hacer creativo humano a asomarse con inteligencia a la «verdad que no es de este mundo».
Exigencia radical, pues, de educar la sensibilidad humana. Y su educadora ha sido siempre la estética: la sabiduría de la belleza, la sabiduría del resplandor sensible de la verdad.
La esencia de la belleza es la donación: dar expresión a la materia, dar materia a las ideas, animar y crear, inventar y jugar. La sabiduría de la belleza habla siempre el lenguaje del don, de la gracia. Por eso, allí donde se imparta surgirá siempre la pregunta que los humanos raramente osamos formular: ¿es este realmente el mejor de los mundos posibles? Y el maestro que ha sabido educar para unir esperpento y belleza, cruz y resurrección; y el alumno, que ha contemplado con «ojos abiertos» la cruz, «tocado » las heridas del resucitado y «gustado » el sabor de la sabiduría de Dios, pan y vino consagrado, responderán exigiendo una nueva unidad de contrarios, imposibilidad, no olvidemos, para la «razón lógica». Responderán diciendo que la belleza mantiene el deseo de un mundo cuya Belleza no puede reflejarse en el único que habitamos.
Por eso, su verdad no será nunca de este mundo. Pero afirmarán, también, con rotundidad que dicha verdad no siendo de este mundo está en él: allí donde se rechaza el puro dominio de lo existente y con el sufrimiento de la creación, que abre siempre heridas de carne, se posibilita un «espacio» para la encarnación del mundo bello deseado.

Espacios sensibles para el cuerpo. Espacios estéticos. Espacios bellos. Es la misión abierta por el Espíritu para la «inteligencia sentiente» cristiana en Calcedonia, hace ya muchos siglos. Porque el dogma nos ha enseñado que nuestro Dios, el Dios narrado por Jesús, el Cristo no es un dios olímpico, griego, encaramado en una lejana cima cubierta por una gran y terrible nube, sino el Dios sufriente que se encarna en el barro del que estamos hechos, compartiendo nuestras necesidades y quebrantos, para que sintamos sensiblemente, nosotros, los humanos, la belleza y el decoro. ¿Qué belleza? ¿Cuál decoro? El amor de la caridad; para que puedas correr

amando, ejercicio sensible, corporal; y puedas amar corriendo, ejercicio estético de la sensibilidad.
Después de este recorrido en el que hemos puesto de manifiesto que no llegamos a las cosas más que viéndolas, oyéndolas, tocándolas, oliéndolas, gustándolas. Nuestra concepción de la realidad está necesaria e inevitablemente mediada por nuestros sentidos, al igual que el acceso de la realidad hasta nuestro corazón.
Además sabemos que el filtro de los sentidos no es inocente. Vemos, oímos, gustamos la realidad con intereses previos, y lo mismo sucede con el resto de los sentidos. Esos “intereses” previos necesitan ser evangelizados.
Si queremos tener sobre lo real una mirada como la de Jesús, si queremos que la realidad llegue, conmueva y movilice nuestro corazón como llegó, conmovió y movilizó el suyo, hemos de aprender a mirarlo, oírlo y gustarlo todo como Jesús. Hemos de adquirir progresivamente una sensibilidad comprometida con los últimos semejante a la suya. Al contemplar cómo es la sensibilidad de Jesús, cómo se sitúa con sus cinco sentidos ante el mundo, se suscitan nuevos deseos en nuestro corazón, vamos aprendiendo lentamente a situarnos como Él en el mundo, queremos y buscamos sentir y actuar como Jesús. Sólo cuando nuestros sentidos miren, oigan, toquen, huelan y se dejen afectar como los de Jesús, saldrá de nuestro corazón una reacción ante lo que veo, oigo, huelo y toco semejante a la suya. Ese es el compromiso por la justicia que nace de la caridad, una caridad enraizada en la fe y sustentada en la esperanza.

Finalmente, somos conscientes de que progresivamente vamos cambiando nuestro modo de ver y estar en la vida, nuestra sensibilidad, vamos siendo conscientes de cómo nuestra cultura es muy aparente, muy mentirosa y nos seduce con infinidad de cosas y experiencias que acabamos consumiendo o que terminan consumiéndonos. Al mismo tiempo, afrontar la vida desde Jesús y su Buena Noticia nos libera de otra carga pesada: tener que cargar con la imagen de ser hombres y mujeres perfectos, triunfadores, en armonía con todo aunque sea contradictorio y contraproducente, con unos cuerpos perfectos y cuidados, bien adaptados al mercado y que no se planteen cuestiones de mal gusto “cultural”.  


La conversión a la sensibilidad de Jesús, esa que se verifica en la vida y no exclusivamente en el pensamiento o en el deseo, incluye una creciente con-naturalidad de nuestra sensibilidad a la suya.


San Ignacio de Loyola afirmaba que la conversión de nuestra sensibilidad a la de Jesús era fruto de dos tipos de ejercicios: de la admirada, agradecida y amorosa contemplación de los misterios de la vida de Jesús y de un progresivo olvido de nosotros mismos que nos lleve a desvivirnos por los demás.


Tenemos un curso para ahondar en esta sensibilidad vicenciana que humaniza, dignifica y hace feliz. Tenemos un curso para educar y educarnos en esta sensibilidad que capacita en el compromiso en la vida cotidiana mediante la escucha, la solidaridad, la admiración de la belleza y el desarrollo del gusto artístico ante todo lo que acontece a nuestro alrededor.
Para el trabajo personal


  1. Lee con atención el texto.

  2. ¿Qué sentidos crees que necesitas trabajar más para hacerte más sensible a la realidad que te rodea?

  3. ¿Qué gestos y palabras crees que necesitan los alumnos a los que educas?

  4. ¿Qué aspecto de los desarrollados en este tema te han llamado más la atención? Razona tu respuesta.

  5. ¿Estás de acuerdo con la afirmación de que la sensibilidad compromete toda nuestra vida con la vida de los demás? ¿Qué rasgos tendría que tener la sensibilidad de un cristiano?


Oración
Ambientación
La sensibilidad que los evangelios dibujan de Jesús es extraordinaria. Sus palabras, gestos y acciones muestran a un hombre sencillo, sensible y comprometido con la causa del Reino, es decir, con la causa de los últimos. Como educadores vicencianos estamos invitados a preguntarnos quién es nuestro prójimo, qué sentimientos tenemos hacia él y qué sensibilidad practicamos con él, especialmente con ese prójimo que nada tiene, que nada espera, que carece prácticamente de todo, a veces hasta de la dignidad que nos hace seres humanos. Ser sensibles al estilo de Jesús y al estilo de San Vicente y Santa Luisa es vivir en la disposición servicial que ama gratuitamente por amor y sentir desde los últimos comprometidos por ellos.
Del Evangelio de Lucas (Lc 10, 25-37)

Se levantó un maestro de la ley y dijo para poner a prueba a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?».

Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?» Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Jesús le dijo: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás». Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?» Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo». 

Palabra de Dios



Oración desde los sentidos
Padre de la vida,

inspira en nosotros los gestos y las palabras oportunas

en nuestras tareas educativas:
- danos ojos limpios para ver con claridad,

una mirada simpática y amable,

una mirada que acoja y nos comprometa,

una mirada que pase del exterior a lo interior,

una mirada atenta para no perdernos nada de cuanto acontece,

especialmente danos una visión nítida

de quiénes han de ser para nosotros los primeros.

- danos oídos atentos

a las llamadas y gritos que lanza la realidad

y la gente a nuestro alrededor,

oídos dispuestos a la escucha,

a aprender escuchando y a saber escucharte,

oídos que interpreten susurros, palabras y silencios,

oídos abiertos.


- danos el gusto por lo bello, lo justo y lo bello.

Que sepamos saborear la sal de la vida,

el dulce de los momentos agradables,

el amargo de las situaciones difíciles

y el picante de aquello que duele,

que necesita ser aliviado y que acaba sanando.

Que saboreemos y disfrutemos

los momentos íntimos de encuentro,

los tiempos de oración,

la contemplación de la naturaleza,

las celebraciones festivas y los pequeños detalles cotidianos.
- danos el olfato necesario para intuir y percibir

las necesidades de los demás,

para poder acompañarles cuando lo necesitan,

para poder atisbar por dónde sopla tu Espíritu

y por dónde quieres que vayamos.

Que seamos capaces de oler el aroma del encuentro,

del diálogo, del acuerdo, de lo fraterno

y capaces de oler dónde están los problemas y las necesidades,

especialmente de los que más necesitan nuestra atención.
- danos un tacto capaz de sentir,

de acercar, de apoyar, de abrazar, de perdonar.

Un tacto que implique presencia, proximidad y mucha ternura.

Un tacto cercano, lleno de calor, un tacto rebosante de compasión.

- danos entrañas de misericordia,

ese sentido que sólo tienen las personas

que se sienten agradecidas y comprometidas

por su propia historia, por su propia vocación y por su propia vida,

siempre en función y servicio de la vida de los demás

desde el amor sin medida y una gratuidad evangélica desbordante.


Padre de la vida, danos vista,

oído, gusto, olfato, tacto y corazón como el tuyo,

como el de Jesús, como el de María.

Danos la mirada, la escucha, la consideración,

la atención preferente a los últimos

y la compasión de San Vicente y Santa Luisa.


Padre de la vida, haznos sencillos y sensibles. Amén




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