Por toda la eternidad la promesa del que es fiel hijos e hijas del rey



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+ LA PROMESA DEL QUE ES FIEL

POR TODA LA ETERNIDAD

LA PROMESA DEL QUE ES FIEL

HIJOS E HIJAS DEL REY

HIJOS E HIJAS DEL REY

LA PROMESA DEL QUE ES FIEL

HIJOS QUERIDOS DEL REY

HIJOS QUERIDOS DEL REY*

(JAVIER)
Me gustaría que pensarais en cada uno de vuestros hijos e hijas. Y los que no tenéis hijos, pensad en aquello que Dios os ha regalado para ser padres y madres espirituales. ¡Señor, a tu mirada, somos hijos de la promesa!
Como veis, nuestro obispo tiene el don de la alegría. Los que estuvisteis en el penúltimo encuentro de Familias Invencibles, que tuvo lugar en Madrid, ya conocéis el DAFO, que se utiliza para la formación de líderes y que hemos aplicado a este tema de nuestras familias. Es muy sencillo: tiene, desde el punto de vista interno, las debilidades y las fortalezas y, desde el punto de vista externo, las amenazas y oportunidades.
Vamos a repasar el DAFO que presentamos en aquel encuentro porque nos va a servir de punto de partida para esta enseñanza.
Puntos fuertes en base a la cita bíblica en la que nos basamos , recalcando dos de las palabras: NOSOTROS somos LUZ.
Así, tenemos cuatro puntos fuertes:
- Cristo está con nosotros.

- La gracia del sacramento del matrimonio.

- Un amor que resiste el paso del tiempo.

- Una vida que encuentra su sentido en la entrega mutua.


En cuanto a los puntos débiles, había dos palabras: NOCHE-DORMIR (“ya es hora de despertar a los del sueño, no viváis como los que viven en las tinieblas”).
Cuatro puntos débiles (entre otros muchos) de las familias “durmientes”:
- Separación fe-vida.

- Una vida que se va acomodando a este mundo frente a la palabra que nos dice “no os acomodéis a este mundo”.

- La crisis de autoridad que también afecta a los padres cristianos.

- Y la falta de confianza en las promesas de Dios, en contraposición al modelo que es Abraham.


Vamos al análisis externo: relacionado con las debilidades están las amenazas.
En la Palabra de Dios eran las palabras LADRÓN (no sabéis a qué hora viene el ladrón y hace un boquete) y TINIEBLAS: leyes que oscurecen la luz de la familia. Deterioro de los valores, la reducción de la fe al ámbito privado y una palabra que dice muchas cosas y quizá ninguna muy exacta: el laicismo.
Por último, las oportunidades: ESPÍRITU-OCASIÓN (“No desaprovechéis la ocasión para dar razón de vuestra fe. El Espíritu os dirá lo que tenéis que decir”). El proyecto de la familia, nos decía D. Manuel, debe de ser propuesto más con obras que con palabras: Dios busca hogares en donde ser acogido. Las familias cristianas tienen que ser el “basurero” de la humanidad, donde los que nadie quiere son acogido porque Dios está ahí. Surgen, pues, nuevas ocasiones, nuevos lugares para evangelizar.
Y otra nueva oportunidad: solos, aislados, morimos. Por lo tanto, las familias, para fortalecernos –y éste será el lema del próximo encuentro de Familias Invencibles en Valencia- debemos unirnos. En la unidad está la fortaleza.
Hasta aquí un repaso del DAFO que tuvimos en el encuentro de FI de Madrid. Vamos a volver ahora sobre las debilidades.
(MONTSE)
Tenemos que volver a ver estas debilidades porque ayer, el Sr. Obispo nos decía que educamos siempre, y que lo que más educa es la vida. Primero educamos con lo que somos, después con lo que hacemos y luego con lo que decimos. Por tanto, si ésta además es una de las debilidades de la familia cristiana hoy, la falta de coherencia, la diferencia entre lo que digo que creo y lo que después vivo, éste es el gran problema que tenemos que atajar para la transmisión de la fe, que nuestra vida responda a aquello a lo que hemos sido llamados. Entonces nos encontraríamos pensando que realmente quizás el trabajo que tenemos que hacer es más de cara a nosotros que de cara a nuestros hijos, puesto que un niño lo que hace que sea educado en la fe es estar dentro de ese clima, de esa atmósfera cristiana; así que a nosotros corresponde superar estas debilidades, a nosotros como padres. Y especialmente a los esposos.
Decíamos también en Mérida cómo, fácilmente, al tener hijos, al tener esa etapa de hijos pequeños -que después se convierte en algo permanente incluso- que la faceta de padres ahoga a la de esposos. Nos volcamos tanto en los hijos y en sus necesidades que perdemos la perspectiva de que nosotros somos esposos: hemos sido primero hijos (esta realidad que nos ha constituido), dejamos la casa materna y paterna para ser esposos y el ser esposos nos ha hecho padres.
Éste es nuestro modelo de familia cristiana. Por eso cuando una mujer dice “es que yo tengo derecho a tener un hijo” decimos que no, que no es así para un cristiano. Los esposos que se entregan dan la vida a un niño y ese niño es fruto de ese amor. Pues no olvidemos que los esposos creamos esta familia, y esta familia cristiana.
Es importante que las Familias Invencibles recordemos estas debilidades porque forman parte de la cultura en que vivimos y necesitan ser superadas: separación entre fe y vida, la vida acomodada a este mundo. Veamos si en nuestra situación aparece esta debilidad como padres, este miedo a ejercer la autoridad, si tenemos dificultades ahí, si no sabemos cómo hacerlo... Y también si hay una falta de confianza en las promesas de Dios, si hemos empezado a construir nosotros solos.
Como le pasó a Abraham, que como Dios le prometió hijos y los hijos de Sara no llegaban, dijo: “Dios va a querer que me acueste con la esclava para tener hijos, porque esto se tiene que realizar de una manera u otra”. Por lo tanto, hacemos nuestros planes, hacemos nuestra composición, nuestra realización personal de acuerdo con lo que creemos que es como Dios quiere que construyamos nuestra familia.

(JAVIER)
En la misma vida cotidiana de una familia auténticamente cristiana constituye la primera experiencia de Iglesia. Nos remitimos a lo dicho en el documento de Mons. Sánchez Monge: ¿Cómo un niño puede experimentar la Iglesia en una parroquia? Imposible si no tiene experiencia de Iglesia en su casa, por mucho que vaya a un colegio religioso o por mucho que se le obligue a aprenderse el catecismo o se le meta en un Seminario.


Cuanto más crezca en los esposos y padres cristianos la conciencia de que su Iglesia doméstica es partícipe de la vida y misión de la Iglesia universal tanto más los hijos serán formados en el sentido de la Iglesia, comprenderán y se sentirán atraídos por la belleza de entregarse para el Reino. O sea, que la formación vocacional de nuestros hijos depende fundamentalmente de que nosotros nos sintamos Iglesia doméstica y, por tanto, miembros de primera de nuestra Iglesia, de manera que nuestros hijos puedan descubrir la belleza de la vocación cristiana como casados o como consagrados. La vocación fundamental del cristiano es el amor, y se puede realizar de dos maneras: en el matrimonio o en la consagración. Por tanto, somos instrumentos de pastoral vocacional de primer nivel.
El testimonio de la familia es fundamental, nos dice D. Manuel. La Palabra de Dios es eficaz en sí misma, pero esa fuerza se multiplica y es mucho más eficaz cuando se encarna en una persona que la anuncia.
(MONTSE)
Otra frase de nuestro obispo ayer: Educamos en la fe siempre, no sólo cuando hablamos explícitamente de Dios. Hay todo un estilo cristiano de ver las cosas y de interpretar los acontecimientos de la vida y han de respirarlo en casa. Entonces, los padres no son los catequistas ni los profesores, sino que son los padres. Y no educamos sólo cuando estamos dando un sermón, cuando estamos adoctrinando o enseñando el catecismo, cuando estamos enseñando las oraciones, cuando estamos expresamente misionando y nos proponemos que nuestro hijo sea cristiano y enseñarle cuáles son las verdades de la fe; sino que educamos en la vida de fe siempre y nuestros hijos están con nosotros siempre, sobre todo cuando son pequeños.
Por tanto, nos conocen, ven cómo vivimos, ven cómo les decimos que creemos en Dios y por tanto descubren, sin que nosotros les digamos nada, en qué Dios creemos. Lo descubren por nuestra manera de actuar. Si nuestro Dios es un Dios de normas y justiciero o comprensivo, cercano, si está en los gestos cotidianos de la vida, en el perdón, recibir el perdón y otorgarlo cuando sea preciso, no como un ejercicio de debilidad sino como signo de una fuerza moral enorme.
Nuestros gestos y, sobre todo, los gestos entre marido y mujer, los gestos de los padres marcan a los hijos para toda la vida. Ellos están observando todo esto. Yo recuerdo de mi familia. Éramos ocho hermanos. Recuerdo las tensiones, los momentos de alegría; pero hay un gesto que a mí me marcó por el cual yo sabía que mis padres se querían (porque a veces el niño no percibe que los padres se quieren) y lo veía porque mi padre, que era guardia civil de Tráfico, llegaba y colocaba su guerrera y su tricornio e iba a darle un beso a mi madre. Mi madre era muy seria, no se movía del sitio donde estaba, no iba a recibir a mi padre... pero él hacía este gesto: dejaba sus cosas y, si mi madre estaba fregando o estaba sirviendo, él iba y le daba un beso, y después nos daba un beso a nosotros. En aquel gesto yo encontraba mi seguridad en la infancia, yo veía, a pesar de las discusiones, las tensiones, la falta de medios económicos, etc: “mis padres se quieren, estoy en un hogar”.
(JAVIER)
Bien, vamos a irnos a California, a la Universidad de Berkeley. Cátedra de Investigación del Desarrollo Humano. Un trabajo científico pero muy asequible sobre estilos de paternidad y maternidad. Juega con una síntesis de muchas variables que ha hecho confluir en dos polos fundamentales: el afecto (cercanía, preocupación, interés) y los límites (normas). Una la variable caliente y otra la fría. Según esto, se proponen cuatro modelos de paternidad y maternidad.
El primero, el modelo desinteresado: poco interés, pocas normas. El segundo, el modelo autoritario: los hijos perciben poco interés y poco afecto y perciben muchas normas y límites. El terceo, el modelo indulgente: los hijos perciben afecto e interés pero no perciben apenas límites. Y el cuarto (el modelo que el estudio concluye como modelo de éxito: las personas que salen adelante en la vida y son felices son personas que siguen este modelo), el modelo de confianza, donde los hijos perciben mucho afecto e interés pero también normas y límites.
(MONTSE)
Suponemos que entre los asistentes no hay ningún modelo desinteresado, aunque los vemos a menudo en nuestra sociedad: se manifiesta poca atención a los hijos y se les deja más o menos a su libre albedrío salvo cuando molestan al padre y a la madre, que se les dice “aquí no”.
El modelo autoritario ha pasado de moda, no abunda. El modelo indulgente sería el mayoritario en este momento y el que está de moda. De hecho, la filosofía actual, el modelo de pensar actual sobre el niño, incluso el sistema educativo, se basan en este modelo. Al niño no se le puede decir que tiene un 3 o que tiene un 0. Hay que poner “necesita mejorar” o “progresa adecuadamente”. El niño, si suspende, que pase de curso porque su vida es un proceso que ha de respetarse y seguirse, no traumaticemos. Hay que ser indulgente porque el niño es un ser muy delicado. Ésta es la filosofía que subyace en la manera de comportarse con los niños.

Nuestro modelo, el que queremos afianzar y aprender es el modelo “de confianza”, porque es el modelo que forma a las personas. Como nos decía ayer también don Manuel: el ser humano, cuando nace, es muy frágil; no es como un cabritillo que a las horas empieza a ponerse de pie y subsistir. El ser humano necesita un tiempo en su familia para hacerse persona. En ese tiempo, los padres tienen que mantener un equilibrio entre su afecto, su cariño, su cercanía y aquello en lo que nosotros estamos guiando, en esa obra que hay dentro del bloque de mármol.


No estéis angustiados porque no pensáis los dos de la misma manera. El padre y la madre tienen que ser diferentes. La familia cristiana se constituye sobre hombre y mujer, y somos diferentes. Esto nos crea problemas a los padres, pero en ningún caso les crea problemas a los hijos. Un niño desde que tiene 2 años sabe perfectamente que mamá me deja ver más tiempo la tele, mamá me deja comer más chuches y papá no me deja comer ninguna. Lo ve perfectamente. Sabe que papá juega más tiempo conmigo, o que es mamá la que lo hace, la que me lleva al parque mientras papá se queda trabajando o éste es el que se levanta todas las noches para atenderme, o que es mamá quien me prepara la merienda, o la que no se olvida de que me tome la medicina.
El niño va identificando perfectamente cómo es su padre y cómo es su madre. Y esto no es nunca problema si yo no le quito autoridad al padre y el padre no me la quita a mí. Si Javier no deja que el niño coma en el sofá y yo digo que no comas en el sofá porque tu padre no te deja, esto no crea problema porque seamos diferentes. Lo que tenemos que evitar es que uno solo acapare la educación: es mi hijo, yo quiero educarlo, es hechura mía, lo haré a mi imagen y no dejo que el otro esposo participe y le pongo pegas a su forma de ver las cosas y me creo yo mejor para hacerlo.

Tenemos que ser los dos juntos. Y lo que va a sorprender al niño es que mis padres, siendo diferentes, se quieren y me quieren a mí y me dicen cosas buenas para mí. Ésta es la sorpresa del niño y la sorpresa que nosotros tenemos que transmitir al mundo. Tenemos matices diferentes, estilos diferentes, modos diferentes de llevar adelante esta misión de hacer crecer a nuestro hijo.



(JAVIER)
Ahora vamos a hablar de un tema importante para los matrimonios jóvenes. El gran reto de los padres jóvenes es marcar límites. Hace 70 años, el gran reto de los matrimonios jóvenes era ser amigos, tener intimidad, vivir la sexualidad como un encuentro... Hoy, en cambio, el gran reto para los padres jóvenes es marcar límites.
(MONTSE)
Lo sabemos y lo sabéis muy bien. La teoría la tenemos muy clara: marcamos retos, límites, ponemos normas y tratamos de inculcar disciplina. Pero, ¿qué tipo de límites?
Si analizamos la persona podemos ver, de fuera a dentro: el cuerpo del bebé, su mente, su corazón y su alma -con todas sus potencias y su realidad social: somos seres hechos para los demás-..
Estamos viendo cómo los límites que se marcan afectan sólo a los dos primeros ámbitos: por ejemplo, lavarse las manos antes de comer (cuerpo). Es una norma que ponemos a nuestro hijo como la de hacer los deberes (mente). Si nosotros sólo incidimos en el cuerpo y la mente, tenemos el tipo de niño actual, que sólo conoce estos tipos de normas. No estamos haciendo una actuación significativa sobre toda la persona, no estamos viendo al niño como un ser que tiene todas estas facetas que hay que integrar y hacer crecer.
Entonces nos podemos encontrar -como nos encontramos, particularmente yo que soy maestra- con esta imagen: un niño de 12 años viene a hablar conmigo, acompañado de su padre o su madre, o va al médico, se sienta de cualquier manera, mascando chicle, tocando las cosas encima de la mesa, sin contestar a lo que se le pregunta, sin siquiera mirar a la cara a quien le está preguntando, protestando continuamente y diciendo “¿cuándo nos vamos?”. Y éste es un niño de 12 años.
Si nosotros estamos diciendo que la vida y la fe van juntas, nuestra espiritualidad y nuestra vida cristiana se apoya en lo humano. Mi manera de creer y vivir la fe se apoya en la naturaleza humana, no es algo angelical. Esta base humana de este niño nos está diciendo qué base espiritual tenemos que poner ahí. Los padres cristianos tenemos la misión de hacer crecer a los hijos para que se hagan personas de verdad.
Un cristiano piensa que la persona incluye la espiritualidad, incluye que yo creo en Dios, que hay en mí un espíritu. El gran vacío de los niños en general es que su vida se limita al cuerpo y a la mente, hay en ellos un vacío en cuanto al sentido de la vida.
Por eso los padres cristianos tenemos que realizar una tarea significativa. Nosotros tenemos que llegar al corazón de nuestros hijos. Nuestro corazón tiene que llegar a su corazón. Nuestra manera de vivir la fe –quién soy yo, quién soy yo para Dios, quién es Dios para mí-, el desarrollo de la espiritualidad, tiene que llegar a ellos; y tiene que llegar a lo largo del día, desde que se levantan hasta que se acuestan, no como un momento de catequesis durante el día.
Nos decía el Sr. Obispo: “Sé que queréis mucho a vuestros hijos, pero ¿les queréis bien?”. Nosotros los cristianos estamos convencidos de que podemos querer bien a nuestros hijos si caminamos en este camino de conversión.
Yo quisiera aquí hacer un paréntesis porque esto no es algo externo a nosotros. Esta comunicación que hay entre padres e hijos es mucho más íntima de lo que pensamos. Nos marca mucho más de lo que somos conscientes. Nos tenemos que sentir en camino. Los esposos, que hemos iniciado una familia, tenemos que sentirnos siempre en camino de conversión. Y nuestro modo de vivir es diferente, nuestra manera de actuar tiene que ser conforme al Evangelio.
Esta mañana, en Laudes, se cantaba este canto que a mí me toca de una manera especial: “En mi debilidad, Tú me haces fuerte”. Nuestra vida va creciendo y tenemos debilidades que vamos tapando con nuestros progresos en la vida: vemos que nos enamoramos, nos casamos, somos o hemos sido empresarios, técnicos, el mejor trabajador social, una enfermera maravillosa… Somos personas importantes… y nos vamos sintiendo fuertes. Y hay un momento en que, en nuestra familia, vamos construyendo y decimos: qué bien lo estamos haciendo, tengo a la persona que he elegido, la casa bien, los niños bien, todo va… Entonces somos fuertes. Pero Dios necesita un momento de debilidad para hacerse fuerte en nosotros, porque Él es quien es fuerte en nosotros.
Tenemos que vivir esta experiencia. Humanamente es importante que vivamos la experiencia de que hay en nosotros una debilidad desde que nacemos, hay en nosotros una cruz, ha habido en nosotros una cruz, una herida en nuestra juventud. Y yo me uní a Javier y él también trae esa debilidad, esa cruz. Y entonces nosotros tenemos que experimentar que solos no podemos construir la familia cristiana, que no es con nuestras fuerzas. Esto va a llegar siempre a través de un acontecimiento que nos va a hacer experimentar que nosotros no podemos.
El mundo nos proclama la autorrealización, nos proclama que tenemos que ser autónomos y realizarnos. Pero el amor de Dios en los esposos va por otro camino. Yo no soy autónoma, en este sentido de que “me valgo por mí misma”. Yo dependo de Javier: tengo que hacerme vulnerable a él. No puede ser que él diga algo y yo piense: “esto ya me lo sé”. Tengo mi barrera ahí, ya sé defenderme de esto.

El amor siempre es vulnerable, y por eso Dios tiene que llegar a nuestra vulnerabilidad, tiene que llegar ese momento en que diga: Señor, con esto que se me presenta en la vida yo no puedo. Hay, por tanto, dos caminos: el camino del fuerte que continúa adelante y queriendo él gobernar su familia, su casa y sus hijos y que sabe lo que tiene que hacer; y el camino del que ha bajado los brazos -en el buen sentido- y ha dicho: Señor, eres Tú el que tienes que tomar las riendas, porque en mi debilidad Tú te haces fuerte.

(JAVIER)
El cielo es mi trono, y la Tierra el estrado de mis pies. ¿Qué podréis hacer, qué podréis traerme de perfecto, de acabado, de importante, de valioso? ¿Qué podréis darme vosotros a mí?, dice Dios. En ése pondré mis ojos: en el humilde, en el abatido que se estremece ante mi palabra. Yo he puesto a tu mujer, yo he puesto a tu marido, para que sea mi palabra para ti, envuelta en cruz. Si te estremeces ante mi palabra, yo te miro y mi mirada hace nuevas todas las cosas.
+ CANTA ALELUYA AL SEÑOR*
Éste es el canto que estamos llamados a cantar los esposos, y para eso tenemos que hacer el recorrido de los discípulos de Emaús. Por ello, no nos asustemos cuando vayamos descubriendo las debilidades en el camino porque de esas debilidades saldrá el vino nuevo, que es mejor que el primero.
Uno de los dones que Dios nos da a Familias Invencibles es la posibilidad de contemplar este recorrido, desde los bebés hasta nuestros mayores, de contemplarnos unos a otros en este recorrido. Y esto es muy importante porque las referencias del mundo no nos sirven. Cuando nosotros anunciamos o predicamos, cuando nosotros vamos a decir qué es la familia cristiana, cuando nosotros anunciamos esto, el mundo va a preguntar: ¿Dónde se vive esto? Dime qué familia es ésta, dime qué persona mayor es ésta, dime dónde. ¡Aquí, esto lo vemos aquí!
Fijaos cómo los padres mandamos al niño a ir a misa; pero es que aquí la niña de 5 años ve que la niña de 17 que es muy guapa, que está ahí bailando y cantando y tocando la guitarra, los matrimonios jóvenes ven a otros que llevan treinta años; y ayer yo le decía a Gloria, de 70 años, si tú no vives bien tus 70 años yo voy a pensar que no se puede en ningún lugar vivir bien los 70 años. Porque no lo he visto fuera. Pero si tú vives bien esta etapa, si Angelita vive bien esta etapa, yo diré: es posible. Cuando yo tenga 70 años yo quiero ser así: quiero ser una mujer que con su marido vive bien todas las etapas de la vida.
(MONTSE)

El contemplar esto es fundamental para la catequesis, más que las palabras. El ver a Caye tocando la guitarra es importante para todos nosotros: la contemplación de la gloria de Dios en las familias. Por eso, cuando me despedí del Sr. Obispo, él se iba muy contento y decía: esto es algo maravilloso e importante en este mundo. Porque lo que los padres quizá no podéis conseguir con las palabras lo van a conseguir otros que tenemos al lado. Si la niña de 12 años se pone a hacer gestos no es porque yo los haga, sino porque otra de 18 ó 20 también los está haciendo, y entonces ya no le da vergüenza.


(JAVIER)
El testimonio constituye la más adecuada y eficaz invitación a la fe. El testimonio de vida cristiana de los padres deja en los hijos una huella que dura toda la vida, dice el Sr. Obispo. Los padres no han de situarse ante sus hijos principalmente como maestros o catequistas sino sencillamente como padres, creando en la familia un clima educativo propicio, una atmósfera de afecto y seguridad en la que se viva el respeto profundo al otro, el amor que es capaz de acoger al diferente, la comprensión, la paciencia, el mutuo estímulo y el perdón.
(MONTSE)
No son los psicólogos, los educadores, los orientadores, ni los maestros los que van a sacar adelante la construcción de la persona: esto corresponde a los padres. Ponemos demasiada confianza en esos técnicos o expertos y hemos perdido la confianza en nosotros mismos.
En a etapa infantil, de 1 a 5 años: no sermones y sí determinaciones, no negociaciones y sí acciones. Tenemos en casa un matrimonio al que dimos el cursillo prematrimonial hace unos ocho años: él es italiano y ella gallega. En una cena, el niño de cuatro años no hacía más que gritar y gritar. Y ellos: ¡Dimas, calla! Pero Dimas no callaba. Le decían: “Te sacamos de la mesa, te sacamos de la mesa”, pero no lo hacían. Tuvo que llegar la acción: ¡Dimas, sal! Al salir el niño, hablaron con él, volvió a la mesa y se tranquilizó. Por tanto, los sermones son inútiles porque el niño no está preparado para el razonamiento. El niño actúa por imitación, por repetición de actos, por rutinas. Y nos encontramos con madres en el colegio que, con niños de 3 años, se les dice: “este niño no obedece, tiene este problema…” y la madre dice, muy seria y muy pedagoga: “Ya hablaré con él”. No sirve de nada, no funcionará.

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Vamos a la etapa escolar. Esta etapa es la etapa del uso de razón y, en concreto, la etapa de 7 a 11 años es la edad de oro para los educadores, puesto que el niño entiende y razona, se hace preguntas… y nosotros como padres tenemos que estar deseando contestar a todas las preguntas y vivir muchísimos momentos con ellos. No es un momento para decir: ya desayuna solo, ya se viste solo… entonces, lo dejamos.


Es un momento importantísimo para sentarse con ellos a ver la TV; es muy importante estar con ellos y saber lo que ven y ayudarles a interpretar lo que ven. En esta etapa nosotros nos encontrábamos con la dificultad de la televisión, porque hasta los cinco años o seis la tele la encendíamos y apagábamos cuando queríamos y veían aquellos dibujos animados. Entonces teníamos que decidir qué programas íbamos a ver y qué series.

Pero hay momentos en que ven otras cosas y nosotros tenemos que explicarles estas cosas: por qué en esta serie la mujer le miente al marido. Ah sí, dijo una mentira. Y tú… ¡qué opinas de esto? En esta edad se forma la conciencia del niño. Esta edad es importantísima y, si la perdemos, hemos perdido al niño porque el adolescente ya es mucho más autónomo. “Me has dejado solo en esta edad; yo iba y venía al colegio solo y no pasaba nada porque todo funcionaba”. En esta edad no perdamos, por favor, la oportunidad de entrar en la profundidad de los temas.


El mundo nos invita a ser superficiales, pero en lo profundo del niño existen preguntas. Recuerdo cuando se convive con los tíos y los primos, porque nosotros íbamos a pasar la Navidadcon los hermanos de Javier y estábamos atentos a estas preguntas. Una pregunta de nuestro hijo Martiño con 7 años: “¿Los tíos rezan?” Porque él veía que nosotros rezábamos –aunque en casa de la suegra no rezábamos de la misma manera-. Y empiezas a planteártelo: ellos tienen otro comportamiento, pero son tíos. Y yo le decía:

- Martiño, ¿tú qué crees?

- Yo creo que no.

- ¿Y por qué crees que no?

- No tienen ninguna pinta.
Estos momentos son importantes porque el niño está esperando respuestas a las preguntas ¿por qué rezamos? ¿por qué vivimos de esta manera? Está constituyéndose la familia cristiana en cuanto que somos diferentes.
Aquí se plantea realmente este tema. Cuando hacen la Primera Comunión, este momento tan importante en que muchos padres vuelven a la Iglesia para acompañar a sus hijos. Nosotros tenemos esta experiencia en la parroquia.¿Y tú cómo por aquí? Mi hija se está preparando para la Primera Comunión y tengo que venir con ella.

Otra pregunta que nos van a plantear (y si no tenemos que planteársela nosotros): “¿Cómo me tengo que confesar? ¿Puedo elegir el cura? Es que éste es muy serio, me da miedo?” Este acompañamiento es muy importante. Sin él, es como una planta que hemos dejado de regar y de abonar, que está ahí dispuesta pero que va perdiendo fuerza.


(JAVIER)
Miles de preguntas que los niños tienen dentro, por ejemplo, al ver una mujer embarazada: ¿Dónde está el padre de este niño? ¿Por qué este matrimonio sólo tiene un hijo? o ¿Por qué este matrimonio acaba de tener su sexto hijo? El mundo les contesta esas preguntas, se las está machacando todo el día; pero para el niño de esta edad tiene mucho más valor lo que sus padres vivan que lo que el mundo diga. Y, si no, pensad en vosotros. ¿Qué recordáis de vuestros padres? Montse recordaba este beso de su padre al regresar a casa. Y han pasado por Montse muchas series de televisión y muchos modelos, pero aquello se le quedó grabado. Pues vuestros hijos exactamente igual. Por lo tanto, aquí es donde podemos y debemos incidir.
(MONTSE)
Es muy importante alargar esta etapa, pero no en cuanto a infantilizarlos, porque estoy diciendo que se traten ya los temas profundos de la vida a esta edad.
Se trata de alargar la edad infantil en cuanto a disfrute de la vida y retrasar lo más posible la edad, por ejemplo, de tener un móvil, la edad de que una niña se maquille… porque todavía no es el momento. Y el mundo nos lo mete. Pero no en cuanto a tratar los temas profundos, porque el niño tiene que enfrentarse a una sociedad difícil donde lo van a machacar. Mi hijo que va a estar allí tiene que estar preparado para contestar y para decir cosas y enfrentarse a estas situaciones, y saber decir por qué va a misa y sentirse afianzado en aquello que cree. Así que anticipémonos a estas respuestas importantes de la vida.
En esta edad se adquieren los tan traídos y llevados valores. Pero el valor, si uno no lo asume y lo integra en su vida, es una abstracción. El valor de la justicia, la libertad, la responsabilidad… Nosotros tenemos que hablar de virtud: la virtud es el valor integrado en la vida, no es una abstracción. El valor de la responsabilidad es algo abstracto. La virtud de la responsabilidad es distinta en cada niño porque cada niño es distinto.
Si yo voy viendo que mis hijos se van haciendo responsables, veré que uno será responsable de una manera, otro de otra… Según su naturaleza, según cómo ha nacido este niño. El valor en sí mismo no nos sirve, nos sirve la virtud. La virtud de la generosidad crecerá también de manera diferente. Mis hijos son generosos de manera diferente, y yo no puedo calibrar quién es más generoso. Uno lo es en algunos aspectos y, de repente, te sorprende con una generosidad que no esperabas. La virtud es lo que realmente constituye a la persona.

La tercera etapa es una etapa crucial; pero si se ha hecho bien la etapa anterior es un momento de crecimiento para los padres. Los hijos ya van a crecer. No estemos angustiados por esta etapa de la adolescencia, que exige la paciencia de la que nos hablaba D. Manuel, exige la fortaleza para marcar los límites en lo esencial y flexibilizar mucho en lo accesorio.


Que mi hijo se quiere poner un pendiente, o llevar el pelo largo… Todo eso es secundario. Hay que marcar lo esencial. La postura del hijo es de lucha: él debe luchar, cuestionar; si no lo hace, algo raro pasa. La postura del hijo es luchar con el padre. El hijo va a decirnos cosas que no nos gustan.
Lo importante es no vivir esto como una herida: mi hija me ha dicho esto y me ha dejado destrozada. No puede ser. Tu hija te va a decir que si no la dejas salir eres la peor de todas las madres (y es normal porque el hijo está constituyendo una personalidad). Esto no puede ser una herida personal que se nos clave en el corazón.
Recuerdo una anécdota muy simple y muy sencilla. En la comunidad había dormido en casa el hijo de Inma y Miguel, David. Era Domingo y estábamos esperando para salir a Misa. Otro compañero, Daniel, le preguntó qué hacía. Él contestó:

  • Estoy esperando a que mi padre me traiga la ropa del Domingo.

  • Pero tú así estás bien.

  • Sí, pero mi padre me va a traer otra ropa.

Daniel insistía, y en un momento dado, David le dijo:

  • ¡Tú no conoces a mi padre!

David tenía interiorizado aquello por lo que su padre iba a pasar y por lo que no iba a pasar. Su padre decía que iba a llevar un pantalón y una camisa.
Esto es fundamental porque esos adolescentes, que se van a ir al botellón, tienen que llevar dentro de sí esto de su padre y de su madre. Si no lo llevan están perdidos. Si , en el botellón, mi padre está dentro de mí, mi madre está dentro de mí, entonces sabrá hasta dónde podrá o no llegar aunque no estén sus padres presentes. Por lo tanto, nuestra tarea es acompañar a nuestros hijos de modo que no sólo actúen de una manera cuando nosotros estamos presentes, sino que yo sé que yo voy con mi hijo y he dejado en él esta marca.
Muchos jóvenes han crecido sin ningún cuestionamiento sobre el bien y el mal. Han vivido lo que el Papa Benedicto XVI define como “relativismo destructivo de la persona”. Esto que hago ¿por qué lo hago? Lo hago porque me apetece. El relativismo absoluto que se vive hoy es destructivo porque no le crea una conciencia del bien y del mal.
En esta etapa es fundamental la pequeña comunidad. De esto os hablaba antes: en esta etapa es fundamental Familias Invencibles. Porque a veces los padres se sienten impotentes. Es fundamental que vivan aquí otras experiencias y que sea otro amigo el que le diga: ven con nosotros a este lugar, mira lo que estamos viviendo, mira lo que estamos haciendo. Que tengan experiencias espirituales, experiencias de cercanía humana, experiencias de compañerismo, de amistad… diferentes al mundo.
Consideraríamos la etapa adolescente hasta los 18 años, pero queda todavía ahí una etapa de juventud hasta los 25; y podríamos considerar que a los 25 debería de estar constituida la persona con determinación en la vida, que sabe lo que quiere, con una vida hecha ya.
Debemos considerar como un lastre de nuestra cultura el hecho de que los jóvenes no se quieran independizar. Lo normal es que el joven quiera independizarse. Para ello, los padres no podemos hacerles la tarea fácil a los hijos para que se queden en casa. Existe hoy una excesiva superprotección. Los padres realmente desean que sus hijos permanezcan en casa. Les cuesta desprenderse de ellos.
Es fundamental en esta etapa el testimonio personal y no los sermones. Aquí termina la etapa de los sermones. Ya no estamos para sermonear, pero sí para vivir la familia cristiana. Y es muy importante mostrar que la familia cristiana no vive sólo para sí. Durante todos estos años hemos estado atentos en nuestros hijos (“hijo, lo que necesites, hijo, te llevo a donde quieras…”) pero nuestros hijos también han visto: “hijo, los lunes tengo grupo de oración, así que no me pidas que te lleve a ningún sitio”.
La disposición total de atender a nuestros hijos como proveedores de sus necesidades no fomenta que se sientan familia cristiana, y los padres tienen que tener una vida de entrega, un trabajo parroquial que haga que sus hijos vean que hay esa solidaridad real, que vivimos para ayudar a otros. Mostrar a los hijos que la casa familiar no es un lugar donde el joven puede hacer lo que quiere. También para los hijos de 40 años que viven en casa hay límites que deben de poner los padres. Y mostrar la alegría de la fe, las experiencias de Dios sin tratar de convencer con pesados sermones. Esto es beneficioso.
(JAVIER)
No es necesario que los padres hablen constantemente de Dios. Si hay fe, los hijos irán creciendo en ese ambiente y comprenderán bien las realidades sobrenaturales; eso es lo importante: que el hogar de la casa esté vivo; que los padres hablen de Dios a sus hijos con su propia vida. Debemos hablarles de Dios de modo agradable, no reiterativo ni tedioso. No se puede usar de Dios según nuestro mezquino interés, no debemos de invocar el nombre de Dios por ejemplo para que el niño se coma la sopa.
En la vida familiar se presentan muchas ocasiones que pueden dar lugar a una catequesis ocasional. El valor de esta catequesis ocasional reside en la huella que deja en los niños. Al hilo de una experiencia fuerte (¿dónde está la abuela, que se ha muerto?) o de una interrogación vital (¿de dónde vienen los niños?) o una pregunta en el proceso de búsqueda que siguen ellos (¿por qué hay hambre en el mundo?). La realidad de la muerte es una realidad fundamental para la vida y que no podemos ocultar a la observación de los niños.
Es algo que muy pronto les inquieta y les plantea grandes interrogantes, y es algo –nos dice nuestro Obispo, y esto es una aportación fundamental- que les puede llevar a Dios. Por eso no se puede eludir. Desbaratemos el montaje de esta sociedad que coge al muerto y le echa desodorante, lo viste y al hoyo. La muerte es algo fundamental que hay que mirar cara a cara. Y los niños son sensibles al tema de la muerte, entre otras cosas porque muy pronto se mueren sus abuelos, bisabuelos, vecinos o amigos. Y ¿cómo respondemos a eso? Es un tema en el que sólo hay dos posibilidades: el Tana-pack o Dios. Es un tema que les puede llevar a Dios o les puede llevar a una angustia muy profunda.
Vivir a través de la familia la experiencia de Dios Padre ha de servir para caer en la cuenta de que todos los hombres somos hermanos en los que se refleja el rostro de Jesucristo, especialmente en los pobres. Para todo esto es obligado superar los intereses familiares y personales, y vivir las dimensiones sociales y universales del amor cristiano.
La familia cristiana ha de cultivar una especial sensibilidad hacia las múltiples formas de necesidad, pobreza y marginación. La familia cristiana no puede educar diciendo “ésos son los marginados, los que no han tenido suerte, son portadores de SIDA y tú no te contagies”. Tenemos que, y es un medio fundamental para llevarlos a Dios, educarlos en el contacto con la pobreza y el servicio a los pobres.
(MONTSE)
Con esta frase de Juan Pablo II terminamos: es principalmente con la educación de los hijos como la familia cumple con su misión de anunciar el Evangelio de la vida. Con la palabra y el ejemplo, en las relaciones y decisiones cotidianas y mediante gestos y expresiones concretas, los padres inician a sus hijos en la auténtica libertad.
Ésta es nuestra misión. Que el Señor, en este encuentro, nos alivie la carga y nos impulse. ¡Él nos va a ayudar en esta misión!
(JAVIER)
D. Manuel -lo expresa muy bien en su libro- se refiere a la evangelización de igual modo que Juan Pablo II: el futuro de la Iglesia está en la familia, porque la evangelización no depende de grandes especialistas sino de padres y madres. Nos parezca fácil o difícil, somos nosotros los llamados a esta tarea. No son los “expertos” ni nadie en especial los que nos sacarán las castañas del fuego. Somos nosotros, con la ayuda de Dios.

¡Manos a la obra! GLORIA AL SEÑOR


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