Por Stefano Ciccone1



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    1. LA RADICALIDAD DEL CUERPO.


Recordando un encuentro frustrado con Osvaldo Pieroni.
    1. Por Stefano Ciccone1


(Traducción Juanjo Compairé).

Una de las culpas más graves es vivir distraídamente, perdiendo la ocasión de comprender las experiencias que se presentan.

Del libro de Osvaldo Pieroni "Pene d'amore"2- que leí hace tiempo- no recordaba muchas cosas precisas. Sin embargo, lo he reencontrado subrayado y anotado. Releyéndolo he redescubierto una íntima consonancia, un recorrido paralelo, una resonancia de pensamientos, imágenes e intuiciones.
Cuando lo llamé para preguntarle si estaría dispuesto a venir dinde yo estaba para encontrarnos, me contestó con sencillez que estaba afectado por l'ELA3. Me dí cuenta entonces de que había dejado correr hasta aquel momento la oportunidad que aquel diálogo con él me ofrecía.
Hace pocos días he participado en dos jornadas de encuentro en la Universidad de Calabria en recuerdo de las investigaciones y del compromiso de Osvaldo. He retomado y desarrollado los apuntes de mi intervención durante mi primera sesión dedicada a las “miradas interdisciplinarias sobre género y sexualidad”. Los dos días del encuentro, titulados “Fuego, agua, tierra y aire” podrían tener como subtítulo: “El nexo entre investigación académica, prácticas sociales, conflictos y perspectivas existenciales individuales”.
El trabajo de Osvaldo atraviesa contínuamente ámbitos y dominios diferentes, poniendo en discusión un modelo de subjetividad, en el conocimiento, en la política, así como en las relaciones íntimas en busca de una experiencia humana, relacional y cognoscitiva no dividida.
La separación entre sujeto (humano) y ambiente (no humano), así como entre sujeto y objeto (incluso en el caso de que ambos sean humanos) se vincula con la estructura ficticia que da origen al dominio sobre el mundo y sobre los otros.”4
De este modo, la actitud epistemológica propia de un conocimiento que separa el sujeto cognoscente del objeto se reconduce a una modalidad de relación con el otro/la otra propia de una construcción antropológica masculina. De la misma manera, las categorías con las que leemos el espacio y las relaciones se refieren continuamente a las polaridades dicotómicas que plasman nuestro modo de estar en el mundo: masculino/femenino, activo/pasivo, público/privado, racional/emotivo, mente/cuerpo, biológico/cultural.

En una continua indagación dentro de la biología, la antropología y la sociología, Pieroni intenta pensar una subjetividad que no separe cuerpo, ambiente, relación y lenguaje. Citando la reflexión ecológica y evolutiva, ve que

son las emociones relacionales las que determinan el dominio racional en el cual nosotros operamos como individuos racionales. El propio ambiente con el cual nos medimos es en parte producto de nosotros mismos: nuestras fantasías son una forma de experiencia y producen efectos reales (...).

Estas escisiones nos hablan de un sujeto (masculino) que a través de ellas obra un dominio sobre el otro/la otra, sobre la naturaleza. Pero también de un sujeto que paga este dominio con una escisión de la propia corporeidad, con una alienación. El malestar nos revela que lo obvio se va desplazando y empuja para ser puesto en cuestión. Por tanto, ya no es obvio. El dominio sobre el cuerpo es al mismo tiempo alienación del cuerpo”
Osvaldo pone al cuerpo en el centro, como referencia para la reflexión sobre lo masculino desarrollada en este país [Italia]. Esto permite también producir un posible conflicto de lo masculino con el orden patriarcal, un posicionamiento masculino que pueda pensar una perspectiva de libertad sin extrañamiento. Aunque estemos muy lejos de una afirmación de los movimientos sociales masculinos que contestaran lo que el Falo representa.
Las masculinidades no son sólo ámbito de investigación académica sino nudo de conflictos en las prácticas sociales. Su reflexión se convierte también en instrumento para producir una crítica que busca más radicalidad sobre las formas de conflicto en los movimientos sociales y en las culturas políticas.
La supremacía del género masculino y el dominio patriarcal se encarnan también en muchas de sus prácticas que se presentan como “alternativas”, en el lenguaje machista, en la práctica de los liderazgos, en la violencia “fálica” de los movimientos de esta misma “muchedumbre” revolucionaria, anclada en la perspectiva de una reapropiación de la riqueza del capital”

En el centro de las reflexiones de Osvaldo (especialmente, las que tienen que ver con las masculinidades) está el cuerpo: el cuerpo como raíz y como experiencia irreductible e imprescindible que es también referente -como decía- para una posible práctica masculina crítica del patriarcado.


De esta manera,
el cuerpo masculino aparece como lugar colonizado. El macho hegemónico, en el fondo, no es cuerpo.[ (...) [Hace falta hacer efectiva] incluso la separación del cuerpo del simbólico de referencia: la distinción entre 'pene' y Falo”
Osvaldo propone por tanto como nudo central para la reflexión masculina:
el reconocimiento del cuerpo masculino más allá del símbolo que lo construye y lo reconstruye continuamente. Poner en discusión el paradigma fálico.
La ilusión fálica produce el macho dominante como cuerpo general, abstracto y desencarnado. En realidad, el Falo no parece que tenga nada que ver con la sexualidad y con la fisiología del cuerpo humano. Y aún menos, creo, con la subjetividad masculina, puesto que la ilusión viril corresponde a roles sociales estables y fijos.(..)
Afirmación o frustración, dominio o impotencia: así la impotencia aparece mirándose en el espejo de la violación y no se da vía de salida. Ser hombre - escribe Bourdieu- significa ser puesto de golpe en una posición que implica poderes. La ilusión viril está en la base de la “libido dominadi”5
El arma, por tanto, como representación potente del propio cuerpo masculino reducido a Falo; el propio cuerpo usado como arma. Un cuerpo-instrumento que ya no se reconoce. Pero el cuerpo-arma al final comporta una violencia contra el propio cuerpo.
O bien -como paradójicamente es juzgado como “normal”- ocurre que los hombres son “destripadores”, poseídos por una “bestia” indomable. “Un animal furioso [que] intenta con la violencia de su apetito someterlo todo”: es Platón en el Timeo quien describe así el “miembro”. Pero también S. Agustín -el autor autorreflexivo de la carnalidad transcendente- cuando observa su miembro, acaba por referirse a él como una “bestia”.
El cuerpo desaparece porque – como hemos visto- es usado, más que “sentido”, vivido; se convierte en instrumento. Se revela así, en la repeticón seriada del acto sexual concentrada en la prestación genital, una especie de naturaleza coactiva del impulso hacia una sexualidad episódica que aleja al otro de sí más que buscar el encuentro. En la preocupación por la potencia del instrumento fálico reside toda la desesperada fragilidad de la sexualidad masculina, que no acepta un cuerpo emotivo ambivalente, tierno y rebelde al mismo tiempo.
Para celebrar su autonomía, su libertad en la esfera pública el hombre ha tenido necesidad de cancelar sus vínculos biológicos, su nacimiento de un cuerpo de mujer y todo aquello que aquel cuerpo sigue representando para él: la fragilidad, la mortalidad, la dependencia de los primeros años de la vida. Aunque la exalte con la imaginación, sobre la mujer el hombre ha proyectado su debilidad, su caída, su culpa o simplemente la herencia de sus raíces animales y, por tanto, sus límites como viviente. Para desvalorizar la potencia -materna y erótica- la ha forzado a vivir un vida refleja, a encarnar sus miedos y sus deseos, su salvación o su condena.
Pero junto con ellas ha tenido que, de algún modo, envilecer su cuerpo y todas las pasiones que lo atraviesan. Eso significa que, a través de la imagen que el hombre se ha hecho del otro sexo, circula un conflicto interior dentro de lo masculino: entre indefensión y poder; dependencia y cancelación de todos los vínculos, corporalidad y pensamiento; sentimiento y razón.(...)
Los hombres han armado su debilidad para no verla; han hecho del silencio de su cuerpo la condición para construir una subjetividad libre de vínculos, el ejercicio del gobierno y del poder.
Más que la distancia de la madre emerge – se lee en mi libro “Essere maschi”- la distancia de nosotros mismos, una ruptura con la corporalidad que nos deja como amputados, extraños a nuestros mismos cuerpos.

El crecimiento de la libertad y de la autonomía femeninas, si por un lado ha puesto a descubierto la dificultad de los hombres para relacionarse con la mujer como sujeto (como individuo, como persona), por otro lado se puede convertir en una oportunidad que permita a los hombres tener otra experiencia de sí mismos y del propio cuerpo y, por consiguiente, abrir un camino de salida de la violencia



La reflexión sobre el cuerpo es, por tanto, condición para desvelar una construcción del dominio que ha vuelto a los hombres extraños al propio cuerpo (Osvaldo los llama “castrados”, privados del propio pene) y para intentar una perspectiva masculina no ideológica pero capaz de inventar y de crear.
De todas formas, me parece importante que la cuestión del “hombre” no se plantee sólo como cuestión cultural, sino como problema de corporalidad, como nudo crucial que contempla la experiencia masculina del cuerpo. Mejor dicho, la experiencia corporal de los hombres. (...) La reflexividad masculina deberá hacerse cargo de la búsqueda de nuevas experiencias positivas, de nuevos modos de sentir, mostrar, vivir el cuerpo masculino (...) despertando en el cuerpo aquello que la anestesia de la lógica fálica ha vuelto insensible”


Una de estas experiencias posibles es el cuidado:
Cada cual debería llevar a cabo la propia, única y diferente corporeidad, en una relación que de una manera igualmente propia y única la lleve a reflexionar sobre sí misma, a autoeducarse, a cambiar. El cuerpo propio –sexuado, situado, inestable, vulnerable, incluso incierto- es el punto de partida. El horizonte es la ternura. Si la relación de amor con el niño -desde su nacimiento- transforma reflexivamente el sujeto hombre, esta misma –que es una relación intersubjetiva- tendrá efectos sobreel desarrollo del niño (o de la niña) hasta el punto de contener la tensión entre identificación y distinción, sin que esto comporte una escisión atribuida al género (por la cual la madre representa el apego y el padre la independencia; la mujer la dependencia y lo interior y el hombre el exterior y excitante mundo de la aventura, siguiendo un modelo -de ningún modo natural- típicamente convencional, tradicional y patriarcal”
La dimensión corpórea es -observa Osvaldo- a menudo desplazada incluso en muchos tipos de reflexiones feministas o de los estudios de género, casi como si el cuerpo fuera un vínculo a una biología que condenaría a la repetición de la fijeza de los roles.
Desde mi punto de vista es posible mantener que la construcción social del género había separado fictíciamente el sujeto masculino del cuerpo. La deconstrucción del género, desvelando que el rey está desnudo, corre el riesgo aún de mantener inalterada la separación entre el cuerpo y el mundo, si es que afirmamos que todo se convierte en subjetividad desencarnada. La consciencia es separada de nuevo del cuerpo y actúa sobre él como si fuera insensible, simple instrumento al servicio de la consciencia.
El resultado de las interpretaciones construccionistas más radicales es, a su vez, a menudo una suerte de delirio de omnipotencia que hace del cuerpo un medio para la identidad y no le concede límites, así como tampoco concede límites a las intervenciones sobre el mundo, que hemos separado fictíciamente de nosotros”
Me habría gustado saber qué pensaría Osvaldo de la última reflexión de Judith Butler, que aclara cómo el género no es un vestido que se elige para ponerse por la mañana; que coloca en el centro un sujeto opaco, incapaz de dar cuenta de sí mismo, no amo de sí y artífice del propio deseo sino constituido de una raíz inconsciente y relacional. Creo que habríamos encontrado una pista para proseguir una reflexión sobre una posible subjetividaad crítica masculina.
Pero nuestro diálogo no tuvo lugar. De igual manera, la reflexión y la producción teórica y política de Osvaldo han encontrado más desarrollos e interlocuciones sobre los temas medioambientales, sobre el tema de los movimientos sociales o del desarrollo local que sobre la masculinidad.

Una reflexión masculina intenta con dificultades todavía convertirse, en nuestro país [Italia] en práctica colectiva, socialmente visible, engendradora de prácticas innovadoras.


Bien sea en los trabajos de investigación, en las prácticas políticas, bien sea en los recorridos existenciales individuales quedamos aislados, sin producir palabrs compartidas para expresar la experiencia masculina en el cambio y, por tanto, en el malestar y los deseos de los hombres para hacer de ello ocasión para el conocimiento y la transformación. Antes que nada, de nosotros mismos y de nuestras vidas.



1Stefano Ciccone, biólogo e investigador del Parco Scientifico de Roma, impulsor y primer presidente de la “Rete Nazionale Maschile Plurale” de Italia. Autor de numerosos artículos y del libro fundamental “Essere maschi. Tra potere e libertà” (Rosenberg and Seidler, 2009). En la revista “Hombres igualitarios” hemos publicado un artículo suyo: “El cuerpo del hombre”.

2OSVALDO PIERONI (2002), Pene d'amore. Alla ricerca del pene perduto. Maschi, ambient e libertà, Soveria Manelli (Calabria): Rubbettino editore. Hay que recordar que, en italiano, “pene” es al mismo tiempo el órgano genital masculino y el plural de “pena”. Por eso, el título juega con el doble sentido: “penas de amor” y “pene de amor” [nota del traductor].

3ELA, Esclerosi lateral amiotròfica, enfermedad del sistema nervioso que paraliza progresivamente hasta la muerte.

4Todos los textos en cursiva proceden del libro antes citado de Osvaldo Pieroni.

5Deseo de dominar.


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