Por el reino encantado de maya



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Mario Rozo de Luna

POR EL REINO

ENCANTADO DE MAYA


Parábolas y símbolos



A mi heroico amigo el doctor Enrique Jaramillo y Guillén,

el más querido, antiguo y sacrificado de los

naturistas españoles y editor de este libro en su

revista, fraternalmente.

M. Rozo de Luna.


PROLOGO

I


Una parábola es un símbolo hablado que parece mera fábula o cuento de niños, cuando en realidad es la representación alegórica de hechos que se han verificado o se verifican efectivamente, y de los cuales además se deduce siempre una enseñanza moral. Por eso dice Jesús a sus discípulos (Mateo XIII 10-18) "a vosotros, mis discípulos, os hablo cara a cara, pero a los demás, al vulgo, les hablo por parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan..., porque no debéis dar ‘os tesoros del Reino del Padre (Significado Esotérico) a los vulgares, a los cerdos, pues que los pisotearán, y, si pueden, os devorarán”.

En efecto, las parábolas de Jesús, tomadas todas, por cierto, de las de Hillel, su maestro, tienen, como las de todos los grandes Instructores o “Maestros de la Compasión hacia la pobre humanidad desvalida” un doble significado: como fábula primorosísima y como profunda enseñanza moral, la cual, a su vez, no es sino un velo —el clásico Velo de Isis- que hay que levantar si se quieren encontrar tras ellas las supremas verdades del Simbolismo Universal o Sabiduría Primitiva y perdida, que hay que reconstituir. Verdadera Ciencia de la

Naturaleza, el mismo Ernesto Renán, por eso, en su conocidísima Vida de Jesús nos dice que “en la parábola era donde más sobresalía el Maestro, y en ese género delicioso nada había en el judaísmo que pudiera servirle de modelo. Verdad es que en los libros buddhistas se encuentran parábolas cuyo tono y forma son exactamente iguales a los de las parábolas evangélicas, pero no es admisible que una influencia buddhista llegase hasta Jesús. Estas analogías pueden explicarse por el espíritu de mansedumbre y la profundidad del sentimiento que fueron comunes al buddhismo y al naciente cristianismo”.

Pero nosotros no podemos estar conformes por completo con el poeta-escritor francés, tan discutido. ¿Qué son, en efecto, todas las narraciones episódicas del Antiguo Testamento hebreo, sino símbolos y parábolas, cuyo múltiple sentido astronómico, matemático, filológico, histórico, etcétera, hay que desentrañar?

¿Qué son también la mayor parte de las Suras coránicas, sino “Agadas”, es decir deliciosas parábolas y símbolos, conservados antes por la tradición como todos los libros de Oriente, llámense Vedas hindúes, Jashnas y Mil y una noches, parsis; Itiasas, jainos, lijada y Odisea griegas, Eddas y Nibelungo-Sagas escandinavos, etcétera?

Harto lo dice, en efecto, Mahoma en la Sura II, y. 24, cuando expresa que “Alah no se avergüenza de poner como parábola ora un mosquito ora otra cosa cualquiera para símbolo de su enseñanza. Los creyentes saben que la verdad les proviene de su Señor, pero los infieles dicen: “¿qué es lo que ha querido decirnos Alah al ofrecernos aquélla como objeto de comparación?” “Con tales parábolas, pues, el Señor dirige a los unos y extravía a los otros, porque los únicos verdaderamente extraviados son los perversos, los desventurados, los perturbadores de la Tierra.” Por eso también cuida de añadir que (Sura XIV, 30), Alah (el Señor, el Instructor), “habla a los hombres por medio de parábolas, a fin de que reflexionen” y en la “Sura III” consigna que “el Señor es quien nos ha en-

viado este Libro (el Corán) en el que se hallan versículos inmutables que son como la ‘matriz del mismo, y otros que son alegóricos. Aquellos a quienes su corazón desvía de la verdadera senda corren detrás de las metáforas por afán de desorden y por deseo de interpretación, pero la verdad está dentro”.

Todas las cosas visibles y cuantas apreciamos por nuestros aparatos científicos, no son sino ilusión, “maya”, “sombra” o “proyectiva de invisibles realidades superiores”. Esta doctrina no es exclusiva del buddhismo, sino que aparece, más o menos desfigurada, en todas las religiones, y es un postulado necesario de nuestra geometría moderna de las “ene” dimensiones. Por eso ha dicho el axioma cabalista: “Si quieres ver en lo invisible, abre tus ojos a lo visible”, y San Pablo, reproduciendo el pasaje de Platón en su República que alude a la “Cárcel” o “limitación geométrica” de este mundo, ha cuidado de añadir: “Cuando era ‘niño’, como niño pensaba, hablaba y sentía, mas, cuando llegué a ‘hombre’ (es decir, a Iniciado), di de mano las cosas infantiles: ahora, las cosas que más tarde veremos cara a cara, las vemos como por espejo y en la oscuridad”.

Por eso fue un gran acierto el de nuestro queridísimo y antiguo espiritualista Quintín López, el fundador de la revista Lumen, cuando nos habló de “las ilusiones de la realidad y de la realidad de las ilusiones”.

“El mundo es sólo apariencia”, ha escrito nuestro amigo Vicente Risco en notable artículo: tal es la primera verdad estética Como una araña que se enredase en su propia tela, el espíritu es el prisionero de su representación; la victima de su sueño. El Bienaventurado Buddha ha dicho: “Toda creencia pertenece al mundo de la vida. El universo sólo: existe en la imaginación”. Somos los hijos de Kama y de Maya, del Deseo y de la Ilusión. Así se despliega ante nosotros el velo de Tanit, la mágica fantasmagoría de la vida. Esta verdad no pertenece sólo al pensamiento oriental, a la doctrina del Corazón. La doctrina del Ojo la ha formulado también. Manuel Kant, el

seco y frío metafísico de la Prusia filistea, llega a esta conclusi6n en la Crítica de la Razón Pura: “Nosotros no conocemos el ‘ser’ de las cosas (nóumeno) sino tan sólo el ‘parecer’ de ellas (fenómeno). Ahora bien, el ‘parecer’ es humano; no depende del objeto, sino del sujeto. Por eso ha dicho con razón Protágoras que el hombre es la medida de todas las cosas, porque todo lo que el hombre conoce de ellas está en el hombre mismo, y no en ellas. También ha dicho por la misma razón el grande y desconocido Claudio de Saint-Martin, que la verdadera ciencia es la que explica las cosas por el hombre y no el hombre por las cosas, como pretende hacerlo la ciencia materialista. Después de todo, lo único que realmente conocemos es el hombre, y todo nuestro conocimiento ha de partir de ahí si es que hemos de explicar lo desconocido en función de lo conocido, aunque acaso no sea ese el único, ni aun el verdadero camino de la ciencia. En esto estriba la futura. importancia del arte y de la emoción estética, que acaso está llamada a revelarnos lo que hay detrás del ‘parecer’ de las cosas, el más adentro de su apariencia convencional. Está probado que el espíritu artista ve en las cosas lo que los demás no ven, posee un sentido más, por lo menos, que los demás mortales, y acaso tal sentido sea ‘aquella especie de anteojo para ver directamente en el ser’, de que habla Nietzsche. Porque el que podemos llamar ‘pensamiento poético’ es por naturaleza ultraconvencional. El artista se pone en contacto con las cosas muy de otra manera que el sabio. Hay dos maneras de afrontar el problema del mundo: se puede adoptar la actitud crítica del filósofo, la actitud analítica fundada en la duda, una desconfianza que se confía en lo conv-encional, y se puede adoptar la actitud mística del poeta, fundada en la fe, la actitud simpática y no defensiva del que ama las cosas sin interrogarlas.. El artista sabe qué no se vive tan sólo con la verdad, que además de la verdad hay en la vida otras cosas adorables, y es posible que en su tortuoso camino, por el que marcha con la lámpara apagada, llegue

al fin al palacio de la verdad por no haberla buscado, y aun sin llegar a él, y yendo hacia otra parte, puede descubrir cien verdades en su camino”.

Encendamos, pues, nuestra lámpara —la lámpara de este libro— y para que el lector no se llame a engaño he aquí el resumen de las ideas que vamos a desarrollar apoyadas en otras tantas parábolas de los grandes Maestros:

En edades primitivas o “de Oro” reinó soberana la Verdad hasta que la Mentira logró disfrazarse de Verdad y engañar al mundo con su Maya o ilusión. La Verdad desnuda fue rechazada desde entonces por los hombres, enamorados ya de las apariencias de la Mentira, pero ella, a su vez, se disfrazó con el “Velo de Isis” transformándose así en mito o fábula, y en Parábola sus consiguientes enseñanzas.

Hubo un hombre, sin embargo —¡habría y hay tantos en todas las Edades!.—, qué busc6 decidido la verdad en el mundo, en la corte, en el claustro, y doquiera le dijeron “hace ya muchísimo tiempo que estuvo aquí, pero desapareció y nadie ya ha vuelto a encontrarla”. ¡ Los dioses, envidiosos de la grandeza del hombre, la habían hurtado, y escondido nada menos que en el propio corazón humano, porque si lo hubieran hecho en otra parte, monte, abismo, nube o desierto, el incansable anhelo progresivo del hombre le habría encontradlo al cabo, mientras que llevándola él, sin saberlo, dentro de su pecho, donde no mira por desgracia nunca, le sería imposible el volverla, a hallar. Aleccionada, al fin, la Humanidad por el rebelde Prometeo logra encontrarla mediante esa máquina terrible de invención y hallazgo que se Wa llamado desde entonces Filosofía, o “noscete ipsum socrático”.

Con la Filosofía, en efecto, caemos en la cuenta de que la “Verdad Absoluta o Suprema”, no está en ninguna percepción concreta, ni en ninguna ciencia particular llámese como se llame, sino en el augusto y abstracto misterio del Símbolo porque en el Símbolo concurren, se aúnan y hacen compatibles las revelaciones parciales de las diversas ciencias ya que

éstas últimas no son sino ramas de un gran tronco primitivo y oculto. .

Porque nosotros, ciegos sempiternos, tenemos siempre interpuesto entre nuestra vista y el mundo superior de la Verdad un tupido velo que se ha llamado por los poetas el “Velo de Maya” y por los matemáticos modernos “el misterio geométrico del mundo de las ene dimensiones del espacio”, desde el día memorable que se cortaron las comunicaciones entre este pobre mundo de los mortales y los “supermundos” de héroes, semidioses y dioses antiguos.

Aislados así y todo semejantes mundos superiores, los verdaderos héroes pueden escalar esos mundos o Jardines de Utgard como lo hizo Thor, el héroe de Carlyle, y los verdaderos místicos, en alas del arte, la ciencia y el amor, pueden evocar de ellos la augusta sombra de sus Maestros, como lo realizó el gran filósofo y legislador chino Kung-tseu con el alma del maestro Ven-yang en alas de su música. Cuando se llega a tales alturas se comprende ya la terrible verdad de que este mundo no es nuestro mundo, como el niño Buddha lo comprendió a la vista de la primavera. El alma humana, entonces, como la Psiquis de la leyenda, se une a su divino Espíritu, no sin pasar las pruebas más terribles de purificación, pruebas que resultarían a veces duras hasta para los seres que parecen superiores al hombre. De aquí la consoladora frase de San Pablo relativa a nuestro vencimiento de las potestades del aire, de la divina condición latente o dormida hoy en el hombre y de su efectiva superioridad sobre los mismos ángeles, al tenor de sus maravillosas “Epístolas”.

¿C6mo lograr el despertamiento de semejante superioridad, dormida hoy en el fondo del coraz6n humano? —Nada más sencillo de saber en teoría, ni más difícil de hacer en la práctica:

He aquí algunas de las condiciones requeridas: las unas son negativas o de remoci6n de obstáculos y las otras positivas o de fe y de esfuerzo liberador.

Entre las primeras aparece el buscar el Sendero sin hacer caso a los ladridos de los perros que tratan de detenernos; sin escuchar la voz de la adulación como la escuchó en mala hora el Dragón de la parábola, que guardaba un vano tesoro; ni incurrir en la ambiciosa credulidad del niño con la mala fruta o la del lego con el pajarillo, ni imitar el materialismo del discípulo mentecato que quería asir lo inasequible, ni el atrevimiento de aquel otro que quiso pintar ojos a unos dragones celestes, sin comprender que al ver con ellos el triste mundo inferior a que el Maestro los trajera, forzosamente tenían que escapar a su mundo primitivo...

Pero, ¿a qué seguir esta pobre “sinfonía”, preludiando en ella los divinos motivos de las parábolas respectivas del libro?; ¿a qué profanar el maravilloso contenido de ellas hasta tanto que el lector las saboree por sí mismo? —Harto atrevimiento supone ya en nosotros el empequeñecerlas con los deficientes pero bien intencionados comentarios que a cada una de ellas subsigue.

No cerraremos, sin embargo, este prólogo sin decir algo acerca de la parábola en matemática y en filosofía para demostrar que en ambas disciplinas tiene ella idéntico simbolismo.

La Matemática nos enseña que si tomamos dos puntos A y B existe entre ambos un tercer punto C y nada más que un punto, dotado de la propiedad de hallarse a la mitad exacta del camino o segmento rectilíneo entre uno y otro, o sea en términos matemáticos, “que equidista de ellos”.

Ahora bien, si consideramos que el primer punto A permanece fijo mientras que el segundo punto B se mueve perpendicularmente al segmento A B, tanto hacia arriba como hacia abajo, habremos construido una T o “tau”, la más antigua de las formas de la cruz, el simbolismo de la doble escuadra, de la balanza y de la Justicia o Karma, que dice la filosofía de Oriente, como veremos en otro lugar. .

Pero si además de esto queremos que el tercer punto C se

mueva también como se mueve el segundo B —y sin perder la equidistancia con las respectivas posiciones de éste, mientras que el punto A permanece invariable o fijo— dicho tercer punto C, no describirá una línea recta como el B, sino la célebre curva que se llama “parábola”, curva cuyos puntos están caracterizados, según la definición o construcción anterior, por equidistar siempre del punto fijo A y de las sucesivas posiciones que en aquella recta perpendicular va tomando al moverse el punto B.

Prescindamos de las notables propiedades que la Geometría asigna a la parábola1 porque son aún más de admirar las que a tan típica curva atribuye la ciencia universal del SIMBOLO, cosa no ignorada por los Maestros que la usaran en sus predicaciones como palabra de doble sentido matemático y filosófico.

En efecto, la voz “parábola”, tanto en griego como en latín, equivale a colación, a comparación, a un modo el más excelso, en fin, de relacionar entre sí (“paraballo”) las cosas desemejantes. “Parabolanoi”, asimismo, es según Cicerón (3, “Ver... c. 1) el nombre latino asignado a cuantos hombres de paupérrima suerte tratan de esforzarse en lograr la curaci6n por sí mismos de sus pecados y errores, causa de todas sus enfermedades, y quienes, para conseguir tan excelso fin, siguen la senda de los Maestros antiguos y practican las enseñanzas de éstos, alejándose así, según Vossio (L. 4 “Institut”, c 19), de la peste y las negruras del vicio. A los tales “parabolanoi”, u “hombres a quienes se les predica en parábola”, que diría Jesús (Mateo XIII, 28), se los llama también “audaces”, en lengua latina, y bien merecen tal nombre por cuanto los “audaces”, en dicha lengua, los que buscan la senda verdadera cueste lo que cueste, son aquellos que con astucia saben sortear las bestias feroces, “físicamente más fuertes que ellos” (Calepinuss, “Septem linguarum”, en las voces respectivas).

En suma que, al tenor de estos significados clásicos, “parábola” es cosa así como “medicina del alma y santa regla universal de conducta” según se ha entendido desde que el mundo es mundo; algo, en fin, como para evitar que el alma caiga envuelta en las miserias del cuerpo animal y no las imite jamás, porque “su línea” es otra que la del cuerpo, y otro también su destino futuro.

Y aquí de la grandeza insuperable de la parábola como símbolo, porque si, dentro de la triple distinción de “cuerpo, alma y espíritu”, que hacen todas las lenguas sabias y también todas las religiones rectamente entendidas, llamamos “Espíritu” al punto A o foco inm6vil; “Cuerpo” al punto B movible a lo largo de los dos brazos de la “tau”, y “Alma” en fin, al punto C equidistante siempre del foco A y de la recta o brazos de la “tau” ya dicha, veremos que estos tres elementos del Hombre, están ligados entre sí, como en Geometría lo están el punto-foco, la recta directriz y la curva parabólica que nace del consorcio de estos dos últimos elementos que sirven para caracterizarla bajo la repetida ley de equidistancia. Un Instructor, un Adepto, pues, que, como todos los de la Historia, tenga precisión de dar una doctrina eterna para guiar la ceguera de los hombres, o hermanos menores (sus “parabolanoi”), no lo harán sino por “parábolas”, pero entiéndase bien, por parábolas no ya en el mero significado que se asigna, verbigracia, a las divinas parábolas de Jesús que leemos en el Evangelio, sino en el más riguroso sentido matemático de dar una doctrina del alma rigurosamente equidistante del cuerpo como del espíritu, es decir una doctrina justa y única.

Y quédese esto aquí, porque el tema es tan inmenso que lejos de caber en un mísero prólogo, habrá de desbordar incoercible por todos los ulteriores simbolismos de este libro.
I

Origen de la Parábola


(Célebre alegoría de Lichtwehr)
Cierto día —el último día de la Edad de Oro—, la Mentira sorprendió a la Verdad mientras dormía; la arrebat6 sus albas vestiduras; se revistió con ellas, y quedó así constituida en única soberana de la Tierra. ,

Seducido el mundo por el falso brillo de la Mentira disfrazada de Verdad, hubo de perder bien pronto su primitiva inocencia, renunciando a toda sabiduría, a toda probidad y a toda justiciá. Expulsada y menospreciada la Verdad, rindióse desde entonces a la Mentira, que le había usurpado su nombre, el culto que antaño sólo se rendía a lo verdadero y justo. Todo cuanto la Verdad decía, era al punto calificado de visión, y todo cuanto hacía, se deputaba como lo más intolerable de las extravagancias. A despecho, pues, de sus legítimos fueros, llegó la. Verdad hasta suplicar doquiera por que se la oyese y atendiese, pero fue rechazada con los peores modos, de todos cuantos lugares visitara. ¡Hubo hasta insolente que se atrevi6 a calificar de libertinaje su casta en ingenua desnudez! ... “¡Vete. noramala! —le decían—. Vete lejos de aquí, mujer

odiosa, que así te atreves a presentarte desnuda ante nuestros pudorosos ojos! ¡Jamás lograrás seducirnos con tus absurdos!”

Convencida la Verdad de que la Humanidad cordialmente la execraba, huyó al desierto. No bien hubo llegado a él, encontró junto a unas zarzas las chillonas vestiduras que había dejado la Mentira cuando a ella le robó las suyas, y, como nc tenía otras, se las puso, quedando así la Verdad siempre ver dad, pero disfrazada ya con el vestido propio y característica de la Mentira...

La Verdad, así metamorfoseada, pudo ya retornar entre los hombres, que la acogieron entonces con asombro y alegría. Aquellos mismos que antes se habían escandalizado cor su desnudez, fueron los que mejor la recibieron bajo tamaña apariencia extranjera y bajo el bellísimo nombre de fábula c “Parábola”, que ella entonces adoptó.
COMENTARIO
La hermosísima alegoría que precede no es sino una glosa feliz de los versículos 38 y 30 de la Sura segunda del Corán conocida por “La Vaca”, donde el Profeta Mahoma, dirigiéndose a su pueblo, le dice: “¡Oh hijos de Israel! Acordaos siempre de los beneficios, con que he colmado vuestros anhelos; sed fieles a mi alianza, que yo lo seré también... No ocultéis la verdad una vez conocida, “ni la vistáis jamás con. e. ropaje de la mentira”.

Y en el versículo 64 de la Sura siguiente, repite: “¡0h vos otros, ingratos, los que habéis recibido las Escrituras! (judíos cristianos y árabes). ¿Por qué ocultáis lo verdadero, vosotros que ya lo conocéis? “¿Por qué, perversos, vestís a la Verdad con el manto de la Mentira?”

La vibrante invectiva de Jesús contra los fariseos, llamándolos “lobos vestidos con piel de oveja”, y “sepulcros blanqueados”, como se lee en repetidísimos pasajes del Evangelio, pudo, a su vez, servir de base a Mahoma para decir sustancialmente igual en los versículos transcriptos.

El mito universal, por su parte, nps presenta doquiera el mismo símil, que no es, en el fondo, sino la idea oriental relativa a la “maya” o ilusión que nos cerca siempre en este mundo y contra la que tenemos que luchar si queremos realizar nuestra misión terrestre de buscar la senda de la verdad desenmascarando gallardos a la mentira que constantemente se nos muestra con el engañoso disfraz de lo verdadero y de lo justo.

Diríase, en efecto, que las dos evoluciones, animal y propiamente humana que hay en el hombre, luchan constantemente por la hegemonía, armada la una de la mentira o “ilusión de verdad” y la otra con la verdad misma, aunque siempre verdad más o menos relativa y perfectible. Por eso nuestro vivir no es sino una continua, pérdida de ilusiones tomadas por verdad, y de tal verdad enmascaradas al presentarse a nuestros torpes ojos.

¿Qué se hicieron de aquellos encantos de los juegos de la niñez, nuestra única y absorbente verdad de entonces? ¿Qué de nuestras amorosas ilusiones juveniles cuya pérdida brutal ha llevado a tantos hasta’ el suicidio, el escepticismo o la locura? ¿Qué, en fin, de nuestros anhelos de riqueza, honra, fama y poder que han subseguido?~... Verduras de las eras, que dice el Libro de Job, no eran sino ilusiones, disfrazadas de cosas verdaderas y tangibles.

Mas, este camino de ver en cada paso a lo largo de nuestra vida la correspondiente muerte de una ilusión, nos conduciría derechamente al negro pesimismo, si ante la desilusión de ver apareciendo más y más las lacerías de la mentira a medida que con el conocimiento la vamos despojando de las vestiduras a la Verdad robadas, no se correspondiese, en la más lógica y perfecta de las simetrías, la “anti-ilusión”, valga la palabra, representada por la parábola, la fábula o la alegoría, “anti ilusión” de la busca de la verdad, que en los hombres de vida normal y pura va llenando con ventaja notoria el vacío aquel que la ilusión dejara al marchitarse. Nadie, sin embargo, puede gloriarse aquí abajo de haber arrancado á la Verdad la ultima de sus vestiduras, el “Velo de Isis” que decían los antiguos, velo quizá de piedad suprema que entibia los ardores volcánicos de una Suprema Verdad a la que no podríamos mirar cara a cara sin morir, como tampoco podemos mirar cara a cara al Sol horas y horas sin que quedemos ciegos.

Porque la mentira absoluta no existe, como no existe ningún otro de los conceptos negativos, meros efectos de contraste con los opuestos conceptos positivos, los hombres llamamos mentira a todas aquellas verdades relativas, o de grado inferior a otras verdades más altas, que ya poseemos, mientras que yacemos en la ignorancia respecto de nuevas verdades que nos esperan y que son aún más excelsas que las que ya hemos logrado alcanzar antes con el continuo esfuerzo de nuestra mente. Por eso ha podido decir Ragón que es preciso dévoiler ce qui est faux pour arriver a ce qui est vrai, es decir quitar a la mentira o al error los velos de que se reviste, para llegar hasta la verdad que yace oculta en el fondo de ellos. Por eso también Espronceda ha podido cantar el titanismo gallardo que la conquista de la verdad exige si se le han de quitar los velos para poderla ver cara a cara, y cantar al mismo tiempo ese ilusorio cristal de la mentira, cristal en el que la verdad se refleja con toda la vaguedad y falsía que la estrella en el lago. Semejante cristal, en fin, es el cristal cuyo color, interpuesto entre nuestra vista y el exterior, nos hace ver a este último coloreado siempre por las correspondientes ilusiones, al tenor de la consabida Dolora. del vate filósofo asturiano, dolora nunca bastante alabada por los pensadores sensatos.

Ya lo dijo, además, con el insuperable gracejo de la musa picaresca gallega, el “Cancionero’ de la Vaticana, núm. 455” al consignar la profunda sátira que subsigue y que tiene todo el valor de una parábola efectiva.

II

El hombre que buscó la Verdad


(Paráfrasis de la traducción castellana del libro Las Mejores Poesías gallegas, coleccionadas por Eugenia López-A ydillo)
Apenadísimo un día cierto buen hombre viendo que en el mundo había menguado del modo más alarmante la Verdad hasta el punto de que se la daba ya por perdida, se dijo:

“Una cosa tan sublime tendrá que hallarse por fuerza en alguna parte, y para ello no tendré sino preguntar por ella a cualquiera de los que me vaya encontrando en mi camino.”

Pero, contra lo que soñó, cuantos fue encontrando le contestaron inevitablemente como si se hubiesen puesto de acuerdo para su daño:

—Es completamente inútil que hagas el tonto buscando la Verdad porque, según cuentan las gentes viejas, cuando ella se perdi6 lo hizo tan por completo, que ya no está en la Hermandad de los hombres, ni aun en la de aquellos que se llaman buenos.

Fue, pues, donde los frailes estaban, quienes, al interrogarles le dijeron con perfecta donosura: .

—No s6k no esta. aquí desde hace muchísimos años, sino

que, no obstante nuestros desvelos, ni sabemos d6nde pueda ella estar, ni a muchos mortales les importa un bledo el averiguarlo.

Cada vez más preocupado, fuese el cuitado al Císter, cuya regla severísima no dejaba lugar a dudas respecto de que allí se encontraría la Verdad, caso de encontrarse en alguna parte. Mas; ¡que si quieres! la verdad ni aun se dignó aparecer entre aquellos santos hombres constantemente ocupados con el salvador pensamiento de la muerte.

—Por aquí sí que anduvo antaño bastante tiempo, pero lo que es ahora ninguno de nosotros, abad, fraile, o lego, la vemos hace años ni por el forro —le dijo el más anciano y virtuoso del monasterio—. Debes irte a buscarla pues, fuera de la abadía.

El buen hombre, desesperado ya sin saber qué hacer, se agregó a una de las grandes peregrinaciones que iban camino de Santiago.

“Tal vez algún santo romero la traiga de Roma o de Jerusalén”, se dijo.

Pero su ilusión fue yana también esta vez como las otras. ¡Sin duda la Verdad estaba enterrada bajo el frío mármol del Apóstol bendito de Compostela!

Y el cuitado no se atrevió a intentar la última prueba alzando la losa del sepulcro, porque ello le habría naturalmente costado la vida...

¿Cómo había de encontrar el buen hombre la Verdad, si ella es la irreconciliable enemiga de todas nuestras pasiones miserables?

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