Por: Antonio Pérez Esclarín presentacióN



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EDUCACION PARA


GLOBALIZAR LA ESPERANZA

Y LA SOLIDARIDAD

Por: Antonio Pérez Esclarín

PRESENTACIÓN

Este pretende ser un libro síntesis. Por eso, retoma -y trata de profundizar- temas y preocupaciones ya abordadas en otros libros anteriores (¿Es posible educar hoy en Venezuela?, Más y mejor educación para todos, Educar en el tercer milenio), e incluso incorpora alguna de las parábolas de mis libros de valores (Educar valores y el valor de educar, Nuevas Parábolas para educar valores).


Tal vez algunos lectores encuentren en el libro un estilo demasiado oral. De hecho, en él organizo y ahondo las temáticas que, en los últimos años, he venido abordando en una serie de conferencias, talleres y charlas que, he dado a lo largo y ancho del país y también en otros países latinoamericanos, tratando de buscar y proponer una educación que responda a las ansias de vida y libertad de nuestros pueblos empobrecidos y humillados.
Este libro viene a ser, en definitiva, fruto de muchos años de búsqueda, reflexiones y propuestas emprendidas en el Centro de Formación P. Joaquín de Fe y Alegría, con un grupo de compañeros que han hecho de la educación su vida y su pasión. No es un libro sobre Fe y Alegría, pero hubiera sido imposible sin Fe y Alegría, un vasto movimiento de educación popular y de promoción social, que viene trabajando con dedicación por gestar una propuesta educativa que pueda iluminar los caminos de la educación necesaria en América Latina. En cierta forma, y aunque no se mencione en el libro, Fe y Alegría es quien otorga sustentación y credibilidad a todo lo que aquí se expone. No son , en consecuencia, planteamientos teóricos elaborados desde un cubículo. El libro recoge las búsquedas y experiencias de miles de educadores que hemos asumido la Educación Popular Liberadora como un medio fundamental para construir personas auténticas y ciudadanos responsables y solidarios. Asumimos la educación como una propuesta de liberación, personal y colectiva, y por ello no aceptamos la globalización excluyente y nos atrevemos a proponer, mediante la educación, la construcción de una globalización que recobre la esperanza y siembre el servicio y la solidaridad.
Sólo superaremos la profunda crisis de civilización que hoy padecemos y enrumbaremos el mundo por sendas de bienestar, justicia y convivencia, si la educación recobra su esencia humanizadora y se orienta a promover genuinas personas, capaces de vivir, de defender la vida y de dar vida. De ahí la necesidad y urgencia de asumir la educación como el proyecto esencial de la sociedad.
Los sucesos trágicos del pasado 11 de septiembre nos han demostrado que la sobrevivencia pasa por la convivencia. O nos salvamos todos o no hay salvación posible para la humanidad. El desinterés y el individualismo llevan al suicidio colectivo. Recordemos el poema de Bertolt Brecht:
Primero se llevaron a los negros,

pero a mí no me importó porque yo no era

Enseguida se llevaron a los judíos,

pero a mí no me importó porque tampoco era.

Después detuvieron a los curas,

pero como yo no soy religioso, tampoco me importó

Luego apresaron a unos comunistas,

pero como tampoco soy comunista, tampoco me importó.

Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde.

PRIMERA PARTE

CRISIS DE CIVILIZACIÓN Y CRISIS DE EDUCACIÓN


I.1.-El llamado a la ilusión

Por estar muy convencido de que tanto la humanidad como la educación atraviesan una profunda crisis de orientación y de sentido, quiero comenzar mis reflexiones sobre la Educación Necesaria para globalizar la esperanza y la solidaridad, con un ferviente llamado al coraje, la ilusión y la creatividad. Sobre todo en estos tiempos en que se está poniendo de moda el desencanto y la desesperanza; en que el pragmatismo más ramplón está acabando con los ideales y los sueños, y el egoísmo e individualismo están siendo considerados como valores esenciales. Tiempos de globalización neoliberal en que el éxito de la macroeconomía se traduce, de hecho, en la generalización de la macropobreza, y miles de millones de personas, los excluidos del festín, ven cómo se aleja la posibilidad de una existencia digna. De pobres y marginados pasaron a excluidos, a desechables, a poblaciones sobrantes. Al no tener trabajo, no cuentan ni siquiera con el privilegio de ser explotados: simplemente no son, su delito es existir.

Tiempos en que se pretende reducir la vida, la tarea y apasionante aventura de la vida, a una mezcla de teleconsumo: televisión y compras. El mundo es un gran mercado y todo, hasta lo más sagrado, se convierte en mercancía. En la actual vorágine del cambio continuo y de una productividad abocada no a satisfacer las necesidades esenciales de las mayorías, sino los caprichos de la minoría que puede pagarlos, el mercado crea permanentemente nuevos productos y la publicidad se encarga de seducirnos para convencernos de que los necesitamos. Los espacios públicos (edificios, calles, estadios, salas de conciertos, autobuses, el metro, los periódicos, revistas, la televisión...), son acaparados cada vez más por la publicidad, que doblega voluntades y espíritus bajo la férrea tiranía de las marcas. Ellas prometen y ofrecen (Klein, 2001) todo lo que extrañamos y nos falta: autorrealización, prestigio, amistad, libertad, seguridad, felicidad...Las marcas confieren calidad, pertenencia al grupo de selectos; son valores signo para expresar las diferencias sociales. Las cosas son deseadas y buscadas no por sí mismas, sino por sus apariencias; ellas nos permiten alardear, ostentar, demostrar que pertenecemos al grupo de los exclusivos, del beautifull people, nos confieren personalidad ante los demás. De ahí que la publicidad más que productos, vende estilos de vida, emociones, sueños... Para ello, todos los medios son lícitos: el engaño, el exhibicionismo, la violencia, las fantasías eróticas, la degradación y uso del cuerpo... Y también, en consecuencia, son lícitos los medios –robo, asalto, mentira, venta del propio cuerpo...- para conseguir esos productos que, según nos predican con insistencia, nos abren las puertas a la felicidad y bienestar, nos van a permitir ser alguien en la vida. De ahí que el consumismo nos consume y todos terminamos comprando ya no lo que necesitamos, sino lo que el mercado necesita que compremos. Anestesiados por los bienes de consumo, por las falsas ilusiones del tener, gastamos el dinero que no tenemos adquiriendo los objetos que no necesitamos. El consumismo agita el deseo de renovación, poetiza el producto, idealiza la marca, sacraliza lo nuevo. Es como las drogas –no en vano hoy se habla de compradores compulsivos, de adicción a las compras-: confiere una sensación de plenitud irreal y pasajera, crea dependencia: cuanto más tiene uno, más necesita tener. El hambre de poseer y de tener es tan grande que no deja disfrutar de lo poseído. “Use y bote”, parece ser el lema que va penetrando las mentes y adueñándose de los corazones. La moda, caduca y pasajera, es de una tiranía avasallante. “No tengo que ponerme”, se quejan y lloran los y las adolescentes ante un armario reventando de ropa. Se prueban una y otra blusa, falda o pantalón, los desechan, no les convencen. El espejo reproduce su rostro de angustia y desencanto. Tienen muchos vestidos camisas, pantalones, pero ninguno es adecuado. Fue adecuado cuando lo compró, hace una semana, “ya me vieron con él”, “ya no se lleva..”




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