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UNA APROXIMACIÓN AL CONCEPTO VIQUIANO DE «UNIVERSAL

FANTÁSTICO»




Por Antonio Delgado Romero


Plantearnos una aproximación al pensamiento viquiano a través del análisis de los «universales fantásticos» constituye, en pocas palabras, un modo de abordar el corazón mismo de lo que, en opinión del propio Vico, supuso el esfuerzo intelectual de veinte años de investigación1 y, tal vez, la gran intuición de su filosofía madura, que culmina y se expresa en la Scienza Nuova Seconda (SN44). Aunque aquel esfuerzo intelectual, del que él mismo reconoce que «nos ha costado la obstinada investigación de casi toda nuestra vida literaria» 2, no se circunscribió ni agotó con el descubrimiento del «universal fantástico» y de la lógica que lo hace posible, pues la Scienza Nuova es más que la «Sabiduría Poética», queda fuera de toda duda la importancia que el napolitano concedió al hallazgo del «universal fantástico», en la medida en que no duda en enjuiciar su descubrimiento como la «llave» que hizo posible la Scienza Nuova como tal ciencia 3.


La amplia coincidencia entre los comentaristas de la obra viquiana en torno a la centralidad de la teoría de los «universales fantásticos» en la economía general de la Scienza Nuova soslaya con frecuencia el hecho de que el énfasis de la expresión «llave maestra» - chiave maestra – redimensiona la función que el «universal fantástico» desempeña respecto de la propia Scienza Nuova, y exige situarnos en la perspectiva del modo en que deviene verdaderamente la llave que abre el saber que la ciencia viquiana enuncia4.
Es nuestro propósito clarificar qué entendió Vico por «universal fantástico», y dilucidar en qué sentido deviene su descubrimiento condición de posibilidad de la Scienza Nuova en su conjunto.
§1. Un «universal fantástico», en palabras del napolitano, es un carácter poético, una «imagen, por lo general de sustancias animadas, de dioses, de héroes, formada por la fantasía, con la que reducían [nuestros antepasados más remotos] todas las especies o todos los particulares al correspondiente género al que pertenecían» 5. Como tal, el «universal fantástico» era «producto de una robusta fantasía, propia de hombres de raciocinio débil» 6, incapaces, por tanto, de representarse de modo abstracto y concetual los géneros de las cosas. Así pues, la característica definitoria del «universal fantástico» es la de ser el factum de una facultad prerracional de la mente, mediante el cual aquellos primeros hombres lograron unificar el conjunto de hallazgos útiles o necesarios con los que forjaron el mundo de las naciones 7.

Tal vez el pasaje de la SN44 que mejor condense la concepción viquiana del «universal fantástico» sea este el Libro I: «Los primeros hombres, como niños del género humano, no siendo capaces de formar los géneros inteligibles de las cosas, tuvieron la necesidad natural de imaginar los arquetipos poéticos, que son géneros o universales fantásticos, para reducir a ellos, como si fueran modelos o retratos ideales, todas las especies particulares semejantes a cada uno de sus géneros (...) Y así los egipcios reducían todos sus hallazgos útiles o necesarios para el género humano, que son en realidad efectos de la sabiduría civil, al género “sabio civil”, fantaseado por ellos en la figura de Hermes Trimegistos, debido a que eran incapaces de abstraer el género inteligible “sabio civil”, y mucho menos la forma de la sabiduría civil» 8.


La idea parece clara. En el ejemplo que nos propone Vico, Hermes Trimegistos (Theut) fue aquel «universal fantástico» con el que los antiguos egipcios se representaron ese otro universal abstracto o conceptual que es el de la “sabiduría civil”, de tal modo que, incapaces de elaborar una representación de tal naturaleza, la personificaron y, antropomorfizándola, le atribuyeron dos logros fundamentales con los que forjaron su propia civilización, a saber: la invención de las letras y la creación de las leyes.
Por tanto, a través del «universal fantástico», esto es, de la corporeización de un concepto, la mente de aquellos primeros hombres logró ya acceder a la esfera de la representación universal, por lo que bien podría sostenerse que el universal fantástico es la representación no abstracta de una verdad en el lenguaje corpóreo de la imagen. Esta apertura de la mente prerracional a una cierta concepción de lo universal – apertura condenada a sensibilizarlo, sin lugar a dudas, puesto que una mente tal es incapaz de universalizar de otro modo – constituye, simultáneamente, la intuición de que la mente de los hombres de aquella tosca humanidad gentil, como gusta decir a Vico, se relató de un modo verdadero las costumbres con las que fraguaron el mundo de las naciones, por inadecuado que resultase después a la razón del filósofo el lenguaje en el que lo hicieron.
Nos parece significativa, a este respecto, la insistencia viquiana en recalcar que «las fábulas han sido verdaderas y fundadas historias de las costumbres de las antiquísimas gentes de Grecia» 9; que «los primeros pueblos (), con las fábulas de los dioses, nos relatan cómo se fundaron las naciones gentiles» 10; que «las fábulas fueron, en origen, narraciones verídicas y serias» 11; que «las primeras leyendas debieron de contener verdades civiles, y por eso haber sido las historias de los primeros pueblos»12; que la teogonía natural constituye, en definitiva, el primer capítulo de ese libro colectivo y milenario en el que los pueblos, de modo autónomo, balbucearon su propia historia civil, que es tanto como decir el relato con el que la mente del género humano narró, del único modo en que a la sazón podía hacerlo, los primeros momentos de su propia génesis.
Forzados a expresar con la maxima brevedad el gran hallazgo del napolitano, deberíamos decir que consistió, por una parte, como acabamos de señalar, en la defensa del vínculo entre el «universal fantástico» y un modo de manifestarse a través de él una cierta verdad, cuyo contenido, de naturaleza civil, expresaba la manera que tuvo aquella humanidad primitiva de historiarse su propio incivilimento; por otra parte, la empresa iba mucho más allá en la medida en que ambicionaba fundamentar metafísicamente el contenido y la forma de la verdad que tales relatos enunciaban, de acuerdo con aquella propiedad, que Vico atribuye a Aristóteles, de que toda «scientia debet esse de universalibus et aeternis» 13.
Y este punto de partida, el presupuesto irrenunciable de la apertura a la expresión de la verdad de la mente del género humano en todos y cada uno de los momentos del curso de su desarrollo histórico, con independencia de la facultad hegemónica en ella y del lenguaje propio de ésta, distancia a Vico de una concepción cartesiana de la razón que, en nombre del mos geometricus, expulsa fuera del dominio de la ciencia todo saber que, por no amoldarse a esta horma metodológica, es considerado carente de principios, de inteligibilidad, de lógica, de verdad. Por eso, cuando Fontenelle se interrogaba acerca del origen de las fábulas, influido por el espíritu cartesiano, no veía en ellas sino un «conjunto de quimeras, ensoñaciones y absurdos»14, fundados en la ignorancia que los primeros hombres tenían de las verdaderas causas de los fenómenos15. Y si en su escrito titulado Sur l’histoire salvaba la conveniencia de leer las historias fabulosas de los primeros tiempos, ello era en virtud de la utilidad que descubría en dicha lectura para prevenir al espíritu humano de las infinitas maneras que tiene de errar16. Todo ello se hacía desde una concepción de la historia como un saber con la utilidad negativa de conservar el recuerdo de los errores pasados para prevenir su repetición.
Frente a una concepción tal 17, y aun reconociendo que «apenas se puede entender y de hecho no se puede imaginar cómo pensaban los primeros hombres que fundaron la humanidad gentilicia» 18, pues «tienen poca razón o ninguna en absoluto y en cambio una robustísima fantasía» 19, nuestro autor emprende la tarea doble de elaborar, por una parte, la lógica de una mente hundida en el cuerpo; por otra, la fundamentación metafísica de dicha lógica, a la que Vico bautizará con el nombre de «Lógica poética». Por tanto, el envite ante el que nos sitúa el napolitano puede resumirse así: se trata de pensar acerca del «modo corpóreo de pensar», esto es, de desvelar la lógica de lo que antes se creía al margen de toda lógica, extramuros del dominio de los saberes cuya articulación y cientificidad podía garantizarse por medio de métodos racionales.
La dificultad, ardua sin lugar a dudas, se ve reflejada es la siguiente descripción de la forma mentis de aquellos hombres: «En tal precariedad humana los pueblos, que eran casi exclusivamente cuerpo y no reflexionaban, supieron captar los detalles, y mostraron una fuerte imaginación al aprenderlos y exagerarlos, un agudo ingenio al trasladarlos a sus géneros fantásticos, y una poderosa memoria al recordarlos. Dichas facultades pretenecen, es cierto, a la mente, pero tienen sus raíces en el cuerpo, y del cuerpo cobran todo su vigor»20. Razón por la que Vico reconoce que «está naturalmente negado poder entrar en la riquísima imaginativa de aquellos primeros hombres, cuyas mentes en absoluto eran abstractas, ni sutiles, ni espiritualizadas, porque estaban enteramente inmersas en los sentidos, rendidas a las pasiones, enterradas en los cuerpos: de ahí que dijéramos más arriba que apenas se puede entender y no se puede imaginar cómo pensaban aquellos primeros hombres que fundaron la humanidad gentilicia»21
No obstante, aun reconociendo la dificultad, el «universal fantástico», producto de un «modo corpóreo de pensar», no tenía por qué seguir siendo «tierra de nadie»; de él también podía haber ciencia. Su génesis podía hacerse transparente en el momento en el que se lograra elaborar una lógica del modus operandi de la fantasía espontánea, facultad hegemónica en la mente de los primeros hombres. En ese momento, el mito dejaría de verse como el absurdo relato propio de mentes débiles, para convertirse en material filológico inestimable en el que poder leer el modo en que aquellos hombres se historiaron su progreso hacia el mundo civil.
Pocos autores defendieron en su siglo con tanto ahínco y sensibilidad la lógica interna del mundo mitológico de los pueblos antiguos. Pocos se detuvieron perplejos ante la pregunta que interroga por el hecho sorprendente de que pueblos distintos, sin contacto entre sí, hubieran podido desarrollar idénticas representaciones comunes de un mismo universal fantástico. Es cierto que cada una de ellas lo denominó con nombres distintos, y que Varrón contó más de cuarenta Hércules repartidos por la geografía antigua22. Vico, perplejo ante el hecho de que esta coincidencia pasara de largo a la mirada racionalista de su tiempo, prefirió anclarse en la sospecha de que «las ideas uniformes nacidas en pueblos enteros desconocidos entre sí debían tener un motivo común de verdad»23, e intuyó que si cada nación tuvo un Júpiter o un Hércules, era debido a que existía un «sentido común», un sensus communis que, en cuanto «juicio sin reflexión alguna, comúnmente sentido por todo un orden, por todo un pueblo, por toda una nación o por todo el género humano»24, fundamentaba aquel orden común de representación. Los dioses podrán tener nombres diferentes en los diferentes pueblos; pero devienen dioses en virtud de un acto de pensamiento común.
El sentido común, a su vez, se vinculaba a un diccionario mental, también común, que era el garante de la aparición de aquellas ideas uniformes entre pueblos distintos: «Por eso en la primera edición de esta obra hemos reflexionado una Idea de un diccionario mental para dar significación a todas las diversas lenguas articuladas, reduciéndolas todas a cierta unidad sustancial de ideas que han producido diversos vocablos mediante las diversas modificaciones realizadas por cada pueblo; diccionario que tenemos presente al exponer esta ciencia»25.
No era, pues, el simple miedo experimentado por los primeros hombres ante el fulminar del rayo lo que les hizo imaginar el primer universal fantástico, Júpiter, por cuanto el hecho de la coincidencia de todos los pueblos en esta misma representación remite a trascender el miedo, que es ciego, como la condición suficiente de la uniformidad de dicho contenido. La razón de su coincidir en ese modo de representación primario que es el «universal fantástico» había que buscarla en la existencia de una supuesta «lengua mental», o «diccionario mental común» a todos los pueblos, en cuanto constitutivo previo de la mente humana.
Vico no explicitó qué ideas integraban el «diccionario mental común», pero lo vinculó a una cierta tópica sensible, propia de aquellos hombres de robusta fantasía, capaz descubrir «similes rationes» entre las cosas desconocidas y las cosas conocidas. En lugar de detenerse a concretar las ideas propias de aquel diccionario mental, asentó ciertos principios metafísicos que describían propiedades de la mente prerracional en su modo común de operar: «Los hombres, ignorantes de las causas naturales que producen las cosas, cuando no son capaces de explicarlas aunque sólo sea mediante cosas semejantes, les otorgan su propia naturaleza humana» 26(...) La mente humana, debido a su naturaleza indefinida, cuando se sumerge en la ignorancia hace de sí misma la regla del universo respecto a todo cuanto ignora»27. Esta es la razón por la que en todas las lenguas, la mayor parte de las expresiones en torno a objetos inanimados se han formado con objetos tomados del cuerpo, argumenta Vico: «Por ejemplo, “cabeza”, por cima o principio; “frente” y “espalda”, por delante y detrás...»28
Evidentemente, una mente tal cuando metaforiza, lo hace antropomorfizando. Ahora bien, al metaforizar – en el universal fantásticio el lenguaje siempre opera por metáforas – no hemos de pensar, nos advierte Vico, que aquellas mentes se hallasen en posesión de una profunda sabiduría que vertieron en clave alegórica. Los mitos no son alegorías filosóficas, como Bacon pensaba, pues la mente de aquellos gigantes no era una mente filosófica. En ellos no opera un pensamiento analógico, sino unívoco, en la medida en que en el universal fantástico no se hace distinción entre una forma abstracta y una materia o imagen concreta: «Tales caracteres divinos o heroicos resultan ser fábulas, o bien lenguas verdaderas; y se descubre que la alegoría contiene un sentido no ya análogo, sino unívoco»29. A desentrañar una lógica de la metáfora con sentido unívoco se vuelca Vico en su «Lógica poética», consciente de que las mentes humanas que crearon aquellas fábulas no habían aprendido a «abstraer de los individuos las formas y los atributos»30. Las primeras naciones, de naturaleza poética, «no sabían abstraer la forma de la materia»31, razón por la que «según su lógica, debería componer los sujetos para componer las formas, o destruir el sujeto para separar la forma primera de la forma contraria introducida en él»32.
Esta es la dificultad de pensar en clave lógica los productos de una mente que, por no poder hacer uso del entendimiento, dieron sentimientos y pasiones a los cuerpos, a los que pensaron desde el suyo propio. Una dificultad que no es otra que la de desentrañar la metafísica subyacente en la lógica propia de aquella «Sabiduría Poética»: «La sabiduría poética de la gentilidad debió de comenzar por una metafísica no razonada y abstracta, cual es la de los instruidos, sino sentida e imaginada como debe ser la propia de aquellos primeros hombres, pues carecían de todo raciocinio y, en cambio, todos tenían robustos sentidos y vigorosísima fantasía»33.
Cuando Vico desarrolla la Lógica poética (“poetas” en griego significa lo mismo que “creadores” (SN44 [376]) alude a cuatro tropos básicos como mecanismos reguladores del modo de inferir y conferir inteligibilidad desde la facultad de la fantasía prerracional: la metáfora, la metonimia, la sinécdoque y la ironía. Sorprende el hecho de que Vico incluya la ironía entre los tropos de la «Lógica poética», cuando es sabido que la ironía es un tropo al que la mente de aquellos primeros hombres no pudo tener acceso, y al que Vico acusa de disolver los lazos sociales cuando, usado profusamente por rétores sofistas, substituye en el foro a la elocuencia verdadera, vinculada ciceronianamente a la expresión verdadera.
No todos los tropos mencionados tienen la misma importancia. La metáfora es «el tropo más luminoso y, por más luminoso, más necesario y frecuente»34. Tampoco han de entenderse estos tropos como ciertas licencias poéticas que la razón del poeta puede utilizar en la composición de un poema. Son, más bien, modos de expresión necesarios de una mente prerracional incapaz de distinguir entre la materia y la forma: «Por todo ello queda demostrado que los tropos (que en su conjunto se reducen a estos cuatro), que hasta ahora han sido considerados productos del ingenio de los escritores, fueron modos necesarios de expresión de las primeras naciones poéticas»35. Después pasaron a ser figuras retóricas, pero en su origen regularon aquella «Lógica poética» vinculada a una tópica sensible.
Si la metáfora cobra ese protagonismo en la «Lógica poética» es porque ella expresa el modus operandi del ingenio que, en cuanto parte de la fantasía encargada de descubrir semejanzas, constituye para Vico la verdadera facultad de conocer. Sobre ella ya había teorizado en De antiquissima italorum sapientia (1710). Ahora, en la Scienza Nuova, cobra un vuelo espectacular, en la medida en que él es el responsable de la formación de los «universales fantásticos» por parte de una mente prerracional.
Bien puede decirse que aquella facultad de conocer con certeza, de descubrir «in rebus longe dissitis ac diversis similem aliquam rationem»36, que es el ingenio, es teorizado en la Scienza Nuova desde el plexo de la fantasía prerracional, como la clave de la formación colectiva de los «universales fantásticos» por parte de las naciones. Por eso, cuando Vico reflexiona sobre los «universales fantásticos» no está siendo infiel a la reflexión epistemológica iniciada en De Antiquissima en 1710, aun cuando en este momento no intuyera la fertilidad de la proyección de aquellas ideas sobre la lógica colectiva de una forma mentis prerracional. Ciertamente, no hay trazas del «universal fantástico» en los textos escritos entre 1708 y 1712; sin embargo, Vico nos dice que del mismo modo que la poesía hace uso de tropos que fueron originariamente modos de una mente prerracional, la tópica no deviene un ars inveniendi exclusivo de la retórica gestionada por una mente racional, sino que también la humanidad se halló sumida en un modo tópico de percibir, antes de que alumbrara los métodos críticos de la razón: «se puede decir con verdad que esta primera edad del mundo estaba ocupada en la primera operación de la mente humana»37. Como si la filogénesis recapitulase las formae mentis de la ontognésis, y estuviera condenada a percibir tópicamente antes de razonar críticamente. Si esto es así, el universal fantástico es el factum del modo tópico de percibir «similes rationes» de aquellas mentes enterradas en los cuerpos.

1 SN44, Libro I, Sección Cuarta, [338]....

2 SN44, [34]

3 SN44, [34]

4 No sin razón apuntaba D. Ph. Verene en su trabajo sobre la Scienza Nuova que «si el universal fantástico fuese sólo una concepción de un tipo particular de conocimiento, y no la base del propio conocimiento humano, sería una idea importante en sentido epistemológico, pero no podría definirse la llave de una ciencia nueva»D.Ph. Verene, Vico. La scienza della fantasia, trad. Italiana de Vittorio Mathieu. Roma, Armando, pág. 79.

5 Ibid.

6 Ibid.

7 Es paradigmática, a este respecto, la descripción que Vico realiza de la síntesis que la fantasía prerracional de los primeros hombres operó, sobre la experiencia de ver al cielo tronar, en la creación del primer «universal fantástico», Júpiter: «El cielo por fin fulminó, se estremeció con fulgores y truenos espantosos (...) De aquí que unos cuantos gigantes, que debieron de ser los más robustos, que estaban dispersos por los bosques situados en las alturas de los montes, al modo como las fieras más robustas tienen allí sus cubiles, espantados y atónitos ante tan impresionante fenómeno, del que ignoraban la causa, alzaran los ojos y descubrieran el cielo. Y puesto que la naturaleza de la mente humana comporta que en tales casos atribuya al efecto su misma naturaleza (...), y como en tal estado la naturaleza era la propia de hombres todos ellos de potente fortaleza física que manifestaban sus violentísimas pasiones aullando y rugiendo, por ello imaginaron que el cielo era un gran cuerpo animado, que por su aspecto llamaron Júpiter, el primer dios de las llamadas “gentes mayores”, que mediante el silbido de los rayos y el fragor de los truenos quisiera decirles alguna cosa» SN44 [377].

A través de él, el más importante de cuantos «universales fantásticos» llegaron a imaginar (SN44 [379]), tales gigantes transformaron aquel fenómeno natural que les impresionaba, y cuya causa ignoraban, en el signo y la voz de una conciencia poderosísima que reprobaba la conducta bestial en la que se hallaban sumidos. De este modo, llegaron a creer que los truenos eran signos de Júpiter, es decir, no un simple pandemónium ininteligible, sino la manifestación de una divinidad cuya lengua era urgente interpretar: «la ciencia de dicha lengua sería la adivinación, que fue llamada por los griegos “teología”» (SN44 [379]).

La formación del primer «universal fantástico» trasciende en importancia a la del resto, en tanto en cuanto implica la apertura de aquellas mentes no sólo al ámbito de la representación universal, sino al proceso de su propio incivilimento. Marca el inicio de un conatus hacia la humanización y expresa la condición de posibilidad de la misma.

El proceso civilizatorio del género humano está indisociablemente unido, en opinión de Vico, a la representación de una tosca idea de la divinidad en la mente de los hombres. Sin esta advertencia no podría entenderse aquella otra que vincula el origen de las naciones a la actividad de los poetas teólogos, que administrando la ciencia de los auspicios guiarán los primeros pasos de aquel proceso.





8 SN44, Libro I, Sección Segunda, [209].

9 SN44, Libro I, Spiegazione della dipintura…, [7]

10 SN44, Libro I, Spiegazione della dipintura…, [7]

11 SN44, [814]

12 SN44 [198]

13 SN44, Libro I, Secc. II, [163].

14 Fontenelle. Oeuvres Complètes. Vol. II. Ed. G.B. Depping, Genève, 1968, p. 388.

15 «En explicant la géneration des fables, nous avons vu que ce monstrueux amas de chimères n’est pas sorti tel qu’il est de la tête des hommes; il s’est formé par degrés: l’ignorance grossière en a été la base.» Cfr. Fontenelle, Sur l’histoire, en Oeuvres Complètes. Vol. II. Ed. G.B. Depping, Genève, 1968, p. 432.

16 «Je veux seulement montrer comment on peut dans ces fables étudier les égaremens de l’esprit humain, voir d’où il part, et jusqu’où il va; le suivre dans tous les degrés par lesquels il arrive aux derniers excès d’absurdité.» Cfr. Fontenelle, op. cit, p. 433. Fontenelle apuntaba la posibilidad de que un espíritu profundo, que considerase simplemente la naturaleza humana, aun cuando jamás hubiese tenido noticia de los hechos históricos que han protagonizado los pueblos, diría que la naturaleza humana está compuesta de ciertas dosis de ignorancia, credulidad, vanidad, ambición, maldad, algo de sentido común y de probidad, aunque en dosis tan escasas en comparación a los restantes ingredientes, que lo que de ella cabe esperar es una infinidad de actos ridículos, y un número reducido de actos sensatos. Se batirán a menudo los unos contra los otros; firmarán luego tratados de paz, la mayor parte de ellos con mala fe; los más poderosos oprimirán a los más débiles, y tratarán de revestir sus opresiones con la apariencia de la justicia. Estos son los principios generales que aquel espíritu profundo descubrirá en la naturaleza humana. Esta es la fuente eterna de la que nacen las acciones del hombre: una vez captados los principios generales se adopta la perspectiva universal de la que todo actuar nace, reduciéndiose los detalles a un divertimento del que bien se puede prescindir a causa de su inutilidad (Sur l'histoire, p. 430)

He aquí una antropología que elimina la temporalidad del corazón de la naturaleza humana y la concibe ya plenamente desarrollada desde sus orígenes. He aquí una MORAL, pero no una HISTORIA. De hecho, Fontenelle asignaba a la MORAL el conocimiento de los primeros principios de la naturaleza humana, y a la HISTORIA el conocimiento de los “detalles” derivados de esos primeros principios.



17 Concepción con la que, a pesar de las diferencias de fondo, Vico comparte el presupuesto, que él eleva a categoría de axioma, de que la mente, sumida en la ignorancia, se representa lo desconocido a partir de lo conocido.

18 SN44, [700]

19 SN44, [705]

20 SN44 [819]

21 SN44 [378]

22 SN44 [196]

23 SN44, [144]

24 SN44 [142]

25 SN44 [445]

26 SN44 [180]

27 SN44 [181]

28 SN44 [405]

29 SN44 [35]. Véase también SN44 [210]

30 SN44 [816]

31 SN44 [407]

32 SN44 [410]

33 SN44 [375]

34 SN44 [404]

35 SN44 [409]

36 G.B. Vico, Opere Filosofiche, pág. 123. «Unde ingenio ad inveniendum necesse est: cum ex genere nova invenire unius ingenii et opera et opus sit»

37 SN44 [496]




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