Política, economía, crematística



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Miguel Alfonso Martinez-Echevarría y Ortega.

Política, economía, crematística.


Miguel Alfonso Martinez-Echevarría y Ortega

Universidad de Navarra

2009

El sentido de la política.

El hombre y la ciudad.

La vida del hombre se desenvuelve en interacción con muchos procesos, dotados de su propia dinámica, que le obligan a ajustarse a los cambios que generan a su alrededor y no controla completamente. En esa continua interacción, que es lo que se llama experiencia del tiempo, el hombre se va conociendo a sí mismo, descubre sus potencialidades, la tensión entre lo que se es, y lo que se desea llegar a ser, que le permite descubrir la finalidad de su vida. Se puede decir que la vida del hombre es un proceso en marcha, un camino hacia el descubrimiento de su perfección, y de su felicidad, a la siempre tiende porque nunca llega a alcanzarla.


En esa navegación hacia el descubrimiento de sí mismo que es la vida de cada hombre, se pueden distinguir tres planos, de ningún modo separables. El más básico, el que constituye como el zócalo de su existencia, es el plano de la economía, el modo de usar de las cosas, con vistas a otros aspectos de su vida. A partir de ahí surge el plano de la ética, donde se aprende a descubrir la conducta que deben seguir si quieren perseguir su perfección y felicidad. Finalmente surge el plano de la política, donde los hombres descubren el modo de vivir juntos, donde de modo armonioso se integran la economía y la ética, y donde cada uno pueda seguir su propio camino vital.
A la hora de estudiar la política, el arte de vivir juntos, se pueden seguir dos vías. Tomar como objetivo el cultivo de lo más elevado del hombre, su razón, o por el contrario tomar como objetivo lo más básico, su corporalidad, su condición biológica, de cosa entre las cosas. Como primera aproximación y de modo muy simplificado se puede decir que Platón adoptó la primera vía, mientras que Aristóteles prefirió la segunda.
No cabe duda que la vida teórica, el cultivo de la razón, es la más alta actividad humana. Se basta a sí misma, y tiene su fin en ella misma. Si se toma como objetivo de esta vida, no deja de plantear problemas, ya que su perfección parece requerir desprenderse de lo corporal y lo procesal. Algo así como vivir la vida de un espíritu puro. Según ese enfoque el ideal de vida sería la del sabio ensimismado en la contemplación de la verdad, que ansía liberarse de la contingencia y la variabilidad de lo corporal, de todo lo que le distrae, y le impide mantenerse en esa visión. Abandonar lo contingente y variable, superar la tensión del llegar a ser, para dedicarse a la contemplación de lo que es de modo definitivo y necesario, de lo inmutable y permanece para siempre. En este sentido se trataría de una vida apolítica, donde cada uno, por sí mismo, sin necesidad de los demás, viviría en el goce del fin alcanzado. La realidad es que este tipo de vida de ningún modo le es alcanzable al hombre. No puede mantenerse continuamente contemplando, ni tan siquiera continuamente pensando.
Todo hombre, por muy sabio que sea requiere de esa actividad que llamamos trabajo, sea propia o ajena, que le permite resolver los problemas que continuamente plantea la vida diaria, que llevan a producir y consumir de modo incesante. Este tipo de actividad no tiene el fin es si misma, remite a algo que está más allá, a una actividad superior que le da sentido y motivación. Esta es la vida propia de la corporalidad humana, que da lugar a la familia, donde se hace posible la subsistencia, el crecimiento, la educación. Una actividad que por su propia naturaleza, por no tener el fin en sí misma, está destinada a pasar. No es posible sin los otros, sin el trabajo y la propiedad, pero no es suficiente por sí misma, ya que cada uno aspira al ejercicio de lo más elevado que hay dentro se sí. En contraste con los otros animales, el hombre no puede vivir encerrado en la simple biología. Dicho de otro modo sus necesidades no son biológicas, sino que son deseos, es decir abiertas a la razón, que de algún modo abarca toda la realidad, e impulsa a eso que los hombres llamamos felicidad.
El deseo de felicidad, desvela lo paradójico y enigmático de la condición humana. Tiende a la contemplación de la verdad, que parece se opone a su corporalidad, pero, por otro lado, tampoco puede vivir como los otros animales encerrados en los límites de sus necesidades biológicas. No cabe duda de que precisamente por eso el hombre es el único animal que trabaja, que se siente impulsado a buscar lo que está más allá del presente inmediato.
El objetivo de la política de Platón era diseñar una ciudad perfecta, donde los mejores, los más capaces, pudieran dedicarse a la contemplación, a la vida teórica. Como era consciente de que la contingencia y el cambio, los deseos humanos, no pueden ser eliminados, se trataba de que quedasen controlados, y con este fin reducidos al mínimo. El problema es que para construir esta ciudad hay que dar por supuesto que ya se sabe que es lo bueno y lo justo.
Aristóteles cambia de objetivo. No hay que diseñar ninguna ciudad ideal, ya que efectivamente es imposible, sino buscar el bien y la justicia en las ciudades realmente existentes, y buscar el modo de mejorarlas. Para eso propone el siguiente método, observar la constitución de las ciudades realmente existentes, y por comparación determinar que aspectos son mejores, y cuales peores, que cosas la acercas o la alejan de su perfección. No se requiere por tanto saber que es lo bueno y lo justo, en el sentido de una sabiduría perfecta. Basta con el conocimiento probable, que por prueba y error, puede aproximarse sin cesar a esa perfecta sabiduría.
En el enfoque de Platón basta con que la sabiduría la tenga un solo hombre, el sabio, capaz de diseñar el solo la ciudad. Por contraste en el enfoque de Aristóteles se requiere de todos, del consejo, de la experiencia y la memoria común. Hay que contar con lo que se sabe entre todos, desde distintos puntos de vista. La ciudad de Platón está orientada a la contemplación, mientras que la ciudad de Aristóteles está orientada al aprendizaje y mejora de todos. La incertidumbre y falta de conocimiento, no son inconvenientes para construir una ciudad, sino lo que impulsa a llevarla adelante.
La ciudad de Platón está acabada y es perfecta, y el gobierno consiste en descender de modo deductivo desde la totalidad a los detalles más pequeños de su constitución, que quedarán fijados para siempre. Por contraste la ciudad de Aristóteles está en tendencia ascendente a la perfección, va de abajo arriba, de lo más pequeño a lo más grande, de lo más imperfecto a lo más perfecto, por eso toma como punto de partida la familia, la expresión más natural, inmediata, y básica de la vida humana. A partir de lo más cotidiano y necesario, la alimentación, la reproducción, y la crianza, que el hombre comparte con otros animales, el gobierno se va elevando poco a poco al establecimiento de los principios fundamentales de la política, al descubrimiento de los principios de la política, de lo que hace posible la vida en común con vistas a una perfección humana que no está definida a priori, sino que se irá descubriendo con la práctica.
Platón buscaba la felicidad en absoluto y de forma definitiva, Aristóteles buscaba la felicidad posible, la que arranca del bienestar de la familia. El método de Platón era buscar una técnica que permitiera, de una vez por todas, dominar los deseos de los hombres, los caprichos de la Fortuna, que no paran de perturbar la vida del hombre sobre la tierra. Una postura que puede ser calificada de revolucionaria, negaba la realidad de un presente imperfecto, en nombre de un futuro perfecto y definitivo. El método de Aristóteles consistía en aprende del modo en que los hombres aprendían a enfrentarse con los caprichos de la Fortuna, de cómo desarrollaban las virtudes que les llevaban a una mejora continua, para ellos, y sus ciudades. Una postura realista, que ni rechaza el presente, ni se conforma, sino que pretende mejorarlo descubriendo lo bueno que está en potencia en lo inmediato de la vida.

La economía como impedimento.


El diseño de la ciudad ideal de Platón constituye un orden inalterable y definitivo, donde todo es visible de modo inmediato. Una ciudad gobernada por una sabiduría perfecta, que desde arriba llega a todos, y pone orden por encima del tumulto de la vida empírica, haciendo que se imponga lo necesario, lo que permanece para siempre.
Desde este punto de vista el lo económico se plantea como dificultad a la que conviene superar y dejar resuelta de una vez por todas. Es decir, dejar resuelto de una vez por todas, poner freno a los deseos ilimitados de los hombres. Mientras ese problema no estuviese resuelto habría un factor de inestabilidad e imperfección que haría inviable la vida de esa ciudad, y de modo inevitable degeneraría en la tiranía y anarquía.
Platón llegaría a la conclusión de que no era posible una solución técnica al problema de una distribución justa y ordenada de los bienes. Otra posible vía sería educar a los hombres para que pusiesen límites a sus deseos. Pero, eso solo podía ser posible si fuese un regalo de los dioses.
La solución técnica, un reparto de bienes resultantes de un cálculo exacto, solo sería posible teniendo en cuenta lo inmediato, lo que existe aquí y ahora, que es algo contingente y pasajero, pero la justicia se refiere a lo necesario, a lo que permanece para siempre. Pretender hacer fijo lo inmediato, reducir las necesidades de los hombres a un mínimo básico e inalterable de alimentos, vivienda, vestidos, sería lo mismo que eliminar el tiempo de la vida humana, algo imposible y sin sentido. Algo imposible, no sólo porque que no hay medida común y objetiva de la riqueza, sino porque requería de la tiranía, de la imposición de soluciones ajenas a la voluntad de cada hombre. Pero, era patente que si se daba entrada al tiempo, la esencia de la vida humana, el cálculo resultaba imposible.
La otra solución sería formar a los ciudadanos en el comunismo. Poner límites a los deseos humanos, mediante los adecuados diseños institucionales, como, por ejemplo, la supresión de la propiedad privada, y la eliminación de la familia. En cualquier caso de ningún modo serían erradicados. Siempre habría un germen de corrupción, por lo que la ciudad está abocada a un destino trágico, más tarde o más temprano desaparecerá víctima del desorden o caerá bajo la tiranía.
Las riquezas, deseo del deseo, resultaba ser inseparable de esa distensión espacio temporal que constituye la vida humana. Los deseos humanos son ilimitados porque la razón los abre a la totalidad, los proyecta en el espacio como en el tiempo. La esencia del deseo humano, son sus semejantes, sin los cuales no puede vivir, ya que en ellos descubre el camino hacia la totalidad que busca.
La multiplicación sin límites de los deseos era, para Platón, la esencia del problema económico, la causa de la actividad perversa de los hombres, que lleva al desequilibrio y la falta de armonía, a la guerra interior y exterior, y hace inviable la estabilidad de la ciudad. Lo que hace inevitable recurrir a la violencia de la policía, el ejército, y la magistratura. Único modo de frenar la codicia, y mantener el orden. Un problema de complejidad creciente, que cada vez se hace más difícil de resolver, y acaba por destruir la ciudad.
De algún modo Platón se tropezó con el misterio del mal, con lo que consideraba desordenada concupiscencia humana. En lugar de amar el bien, y vivir de acuerdo con la filosofía, el hombre se dejaba engañar por los caprichos de la fortuna. Ciertamente cada hombre busca su felicidad, pero el resultado es el desorden, la desgracia, y la tiranía. No había modo de frenar la tensión creciente entre la realidad histórica, fruto del azar, y la definición conceptual de la ciudad ideal, que se aleja cada vez más en forma de utopia irrealizable. Parece como si el hombre estuviese sometido a un destino fatal, a la acción de una perversa “mano invisible” que destruye los intentos humanos de vivir en paz y con felicidad. A ese destino fatal le intentará dar la vuelta el estoicismo del siglo XVIII, afirmando la existencia de una benéfica “mano invisible”, que por fin dará cumplimiento a ese viejo anhelo humano.
Para Platón, las mejores cualidades de la vida política, el sereno ejercicio de la razón, son aplastadas bajo el peso de las crecientes cantidades económicas, por exigencias de los deseos ilimitados de los hombres. El diálogo filosófico resulta interrumpido por el confuso y creciente ruido que levanta el cada vez más complejo e insoluble problema económico.
La construcción de la ciudad ideal estaba por encima de la capacidad humana. La única ciudad real y viable era la imperfecta, condenada a no permanecer, la que crece por un tiempo, para decaer bajo el terror de la tiranía.
El enfoque que Platón hizo de la economía constituye un adelanto del que llevarían a cabo los ilustrados europeos del siglo XIX. No prestó atención a la realidad de la familia que aparece como una unidad funcional de consumo, movida por la codicia de las riquezas y el sexo, y que de algún modo habría que superar si se deseaba construir una ciudad perfecta. Lo central en ese enfoque es el individuo, la razón pensante, lo más alto de la condición humana, que aspira como a prescindir de su corporalidad.
El error de Platón fue tomar como punto de partida la ausencia de la ciudad. Suponer una situación prevía donde los deseos sin límites de los individuos los precipita a los unos sobre los otros. ¿Podría la técnica evitar esa guerra y destrucción? Su respuesta es definitivamente negativa. Todo lo que la técnica construye, lo destruyen las pasiones. La vida de los hombres sobre la tierra quedaba condenada a la maldición de comenzar y recomenzar incesantamente. Nunca encontrarán la paz y serenidad. Son juguetes del destino, o de la mano invisible de un dios perverso que juega con los vanos deseos de los hombres. La existencia de las ciudades era un capricho de la Fortuna. No había evolución histórica, ni progreso humano, sino un eterno retorno. De ese modo de acontecer se pueden extraer ciertamente lecciones, pero de ningún modo serán de provecho porque se volverá a cometer los mismos errores.

La economía como posibilidad.


Aristóteles comenzó por desdramatiza el planteamiento de su maestro Platón. Tenía que existir algún tipo de medida de la riqueza, de modo que el problema económico tuviese solución, y fuera posible la estabilidad de los regímenes políticos. Bastaba con un enfoque menos ambicioso, y más realista. Bien plantado, el problema económico debía ser unos de los fundamentos más sólidos de la ciudad, ocasión para forjar las virtudes de sus ciudadanos, de modo especial la justicia, que mantiene unida la ciudad.
Los deseos humanos tenían unos límites naturales, no se dan en abstracto, sino en el seno de una familia, modo natural de manifestarse la vida humana. Esto es lo que Platón no había tenido en cuenta, y le había llevado a una idea equivocada de la ética y de la política. No se podía tomar como punto de partida de la vida humana un individuo abstracto, cuyos deseos son en teoría ilimitados. Eso le había llevado a pensar que la única economía posible tiene que ser un artefacto, un reparto establecido desde un enfoque utilitarista y global. Con la consecuencia de que la justicia había dejado de ser una virtud, para convertirse en una propiedad geométrica del sistema.
Las ciudades estaban constituidas por familias, y había que proceder desde las partes al todo, y no al revés. No había que diseñar la economía desde el modelo de una vida teórica, sino desde el punto de vista de la vida de una familia, que la emplea como un instrumento para alcanzar la dicha y el bienestar. No pretende directamente la contemplación, sino un tipo de felicidad más modesta, más humana y realizable. Sin que por ello deje de ser camino para acceder a otros aspectos superiores y más dignos de la felicidad humana, que serán siempre objeto de indagación por parte de los hombres en su empeño por vivir en común, pero siempre desde el seno de la propia familia.
La economía es inseparable de la familia, tiene que ver con el tipo de necesidades que el hombre tiene en común con los otros animales, pero que no se reduce a lo simplemente instintivo y gregario. Supone lo biológico, pero no sería posible sin esa relación simbólica con las personas y las cosas que supone el lenguaje. En su seno se desarrolla la experiencia de lo útil y lo perjudicial, de lo justo y lo injusto, a partir de la cual se articula en discurso precepto, y da lugar a los conceptos morales. Un proceso largo y complejo donde se aprende a moderar las pasiones, a determinar lo justo y los injustos, a construir las instituciones que hacen posible la vida lo más dichosa posible.
Sin la palabra el hombre no iría más allá de la vida biológica animal. Le quedaría cerrado el camino a la práctica de las virtudes, de modo especial a la justicia. No sabría como poner las y personas a las cosas en relación a su bien propio, ni signarles el fin que les corresponde. Se inicia con la experiencia de lo útil, de lo bueno en concreto, para pasar al concepto de lo justo, de lo bueno en general. Se comienza por descubrir, por ejemplo, que el intercambio es algo útil en concreto, para desde ahí descubrir que además tiene que ser es justo, sin que se reciba o se entregue más de lo debido. Para lo cual es necesario establecer una medida objetiva, cuantitativa, de todo lo que se cambia. En resumen, la justicia, que mira a lo común, requiere del paso previo de la experiencia de lo útil, que mira a lo particular. Pero no como si fuesen dos juicios separados, ya que lo útil está presente en lo justo, y viceversa.
Es la unión de las familias lo que constituye la ciudad, que se puede considerar anterior a la familia, en el sentido de que el todo es anterior a sus partes. Pero al mismo tiempo, también se puede decir que en cada familia está como en germen la ciudad, lo que los hombres pueden llegar a ser. Por eso Aristóteles procede a explicar la ciudad de abajo arriba, desde lo bueno en concreto, aquí y ahora, que es lo propio de la familia, hacia lo bueno en general, que es propio de la ciudad. Algo parecido a como se puede decir que el roble es anterior a la bellota, ya que la perfección de la bellota se conoce en el roble a que da lugar, lo que puede llegar a ser. Pero para llegar a tener el mejor de los robles hay que comenzar por aprender cultivar la bellota, a descubrir cuales son medios más adecuados para su cultivo, que hay que evitar, y que hay que conseguir. En este sentido sostenía Aristóteles que el hombre es animal naturalmente político, ya que es en la ciudad, donde alcanza la plenitud de su naturaleza, que esatba en toda su potencialidad en el seno de la familia.
No hay por tanto ninguna ciudad perfecta, como pretendía Platón, sino multitud de ciudades, del mismo moso que hay, por ejemplo, multitud de robles, que están a medio de camino entre lo justo y lo injusto, entre lo perfecto y lo imperfecto. Es en medio de lo contingente e imprevisible donde pueden mejorar o empeorar. La constitución de cada ciudad depende de sus costumbres y sus leyes, de su cultura y su historia, que incluye las circunstancias geográficas. Surge así una diversidad de ciudades que no solo no niega la existencia de una medida universal de lo bueno o lo justo, sino que más bien ayuda a reconocer la riqueza y perfección de ese bien que sirve de medida de todas ellas.
A la vista del enfoque de Aristóteles, y considerado de modo muy general, la economía es el modo en que se organiza una comunidad de seres vivos con vistas a un cierto fin. En este sentido, cada una de las especies animales tendría su economía, con vista a su subsistencia, regulada por algo instintivo e inmanente en el comportamiento de cada uno de los individuos de la especie, que la sigue sin conciencia ni reflexión. La economía por excelencia, la propia de la familia, tiene por objetivo la vida dichosa, en medio de las contingencias propias de la naturaleza, para lo cual hay que aprender hacer un buen uso del patrimonio. Es decir, saber gobernar la organización de personas y cosas que se constituyen alrededor de la unión de un hombre y una mujer, con vistas a la mejor vida humana posible. Un aprendizaje que se consigue en la práctica. No se logra por vía especulativa, sino en el empeño común por adquirir virtudes morales, y habilidades técnicas, como la moderación, el coraje, y la justicia, o el saber del cultivo de la tierra, y la cría del ganado.
Aristóteles no negaba la superioridad de la vida teórica, pero no la consideraba como separada e incompatible con la vida práctica, sino que de algún modo estaba presente en la vida dichosa de una familia, de donde se expande a toda la ciudad. Por eso, la ciudad no debía pretender tener como objeto la vida teórica pura, inaccesible a los hombres, sino de la vida dichosa en concreto, la que está al alcance de cada familia, siempre que se esfuercen por vivir de modo virtuoso. De ese modo dentro de una misma ciudad caben muchos modos de vida, ya que hay diversidad de bienes, de circunstancias, y modos de llegar a saber, por lo que corresponde a cada uno descubrir su camino de acceso a la felicidad a través del bienestar de la propia familia.
Corresponde a la prudencia, perfección de la inteligencia práctica, cumbre y síntesis de las virtudes morales, discernir lo que conviene hacer en las distintas circunstancias de la vida, y gobernar la ciudad. Este tipo de conocimiento, mucho más humano que la pura sabiduría, supone consejo, atender a las distintas situaciones y puntos de vistas, el que debe gobernar la ciudad, y conducirla a una perfección creciente.
La prudencia mira a la diversidad de circunstancias inmediatas, ya sea en la familia o en la ciudad, y trata de descubrir las cosas como realmente son. Supone una pasión casi religiosa por conocer y respetar la realidad. Esta convencida que en las cosas más sencillas e inmediatas se encuentra la huella divina de lo bueno y lo justo, lo que debe ser. Se trata de un saber que surge de la admiración y amor por lo más sencillo e inmediato, y a través de ellos abre el camino a lo más sublime sabiduría. De acuerdo con el método de Aristóteles, comenzando desde los bienes útiles que están más abajo, cabe una gradación en la contemplación del bien, y es posible llegar a modos de vida cada vez más excelentes.
Un método empleado en sus estudios de la zoología, donde comparando diversos tipos de animales, en distintos ambientes y circunstancias, era posible establecer las condiciones que facilitan la mejorar de esa especie. Algo que en general sucede en todas las técnicas. En la música, por ejemplo, hay que integrarse en una comunidad de flautistas, donde mediante la práctica se comparan unos con otros, se corrigen, y aprenden a discernir entre lo bueno y lo malo, en lo que se refiere hacer música. De modo parecido, para aprender a vivir del modo propiamente humano hay que insertarse en una comunidad concreta, donde todos se empeñen en practicar la justicia, y mediante la comparación y la corrección mutua, llegar a conocer cada vez mejor que es lo justo, lo que conviene hacer en cada momento.
Se trata por tanto de observar como las cosas salen adelante en la experiencia diaria, donde entre todos se aprende a descubrir lo que es mejor en cada momento y circunstancia. Para lo cual se necesita reconocer la existencia de una sabiduría en las cosas, de unos principios activos que orientan a la razón humana para descubrir la solución a los problemas que se le plantean, y que le manifiestan lo mejor que hay en ellos mismos. Una práctica donde se aprende a discriminar lo mejor de lo peor, pero no en abstracto, sino en cada situación, donde lo mejor también lo viable. Sólo a partir de esa experiencia rica y siempre cambiante, de esa observación necesariamente incompleta, con un aprendizaje que nunca acaba, el hombre se conoce a sí mismo, y descubre los cauces de su conducta.
Para Platón la economía se basaba en la división del trabajo, y se orientaba al equilibrio y estabilidad de la ciudad, como un todo orgánico y casi corporal. De tal modo que serían las relaciones de mercado las que satisfarían directamente las necesidades individuales. Un ámbito que nada tendría que ver con la familia, y coincidiría con el espacio público, de modo que el mercado vendría a ser el fundamento de la política.
Para Aristóteles la economía se basaba en el consumo, y se orientaba a la dicha de cada familia. Constituye la regla del hogar, el conjunto de actividades de consumo y producción que aseguran la vida dichosa de esa comunidad natural. Se trata del arte de hacer dichosa la vida de cada familia. Un objetivo que de ningún modo puede ser extendido a la totalidad de la ciudad, que es una comunidad con un fin diferente. Las dificultades de Platón provenían de haberse olvidado de esa diferencia entre familia y ciudad, lo que le había llevado a una concepción equivocada del sentido y finalidad de la economía.
El hecho de que las familias sean partes de un todo superior quiere decir que no se bastan a sí mismas, tiende de modo natural a la ayuda mutua, lo que da lugar a la aparición de la ciudad, ese todo a la que naturalmente pertenecen. Lo cual supone el reconocimiento y al apertura mutua, y lleva al firme empeño de dar a cada cual lo suyo, que es la esencia de la justicia, y permite mantener unida la ciudad.
La economía de la ciudad surge y se orienta a la economía de la familia, a la dicha en el consumo que es algo propio de cada una de ellas. No cabe por tanto el planteamiento de Platón, ya los deseos están medidos por la dicha de cada una de las familias. Tampoco se mueve persiguiendo el objetivo del comerciante, que no sabe con exactitud los límites de la ganancia monetaria. Por eso los precios no pueden ser resultado de una técnica de reparto que exige estabilidad y cálculo, sino que están implícitos en la misma asignación de la propiedad y el trabajo que rige en cada ciudad en cada momento. Son por tanto expresión de la justicia distributiva, que constituye la ciudad. Por eso Aristóteles no se preocupaba, como si hacía Platón, por fijar el volumen global de riquezas que debería tener una ciudad, ni como tendría que ser distribuida, ya que eso venía establecido de modo natural por las economías familiares.
Una de las ideas fundamentales de Aristóteles es que a cada cosa le corresponde un tipo de conocimiento, que tiene su propio grado de certeza. No es lo mismo el conocimiento matemático que el político. Nunca llegamos a un conocimiento perfecto de la naturaleza de las cosas, y mucho más de los hombres, sino que nos limitamos a averiguar sus secretos a través de la experiencia de sus efectos. Por eso no se puede pretender un conocimiento absoluto que permita organizar la ciudad de una vez por todas. El aprendizaje es una dimensión inseparable de una política realista.
Por eso Aristóteles concede una gran importancia el estudio de lo justo, lo que mide y regula las relaciones entre los hombres, lo que da fundamento y estabilidad de la ciudad. Un saber en el que no se puede pretender la certeza y la precisión de la matemática. No se puede pretender establecer lo justo para siempre, y bajo toda circunstancia. Se trata de una búsqueda nunca completamente conseguida, y siempre mejorable. Hay que partir de la observación para, mediante la dialéctica, establecer lo justo en cada caso concreto. No se trata de una ciencia, una episteme, conocimiento cierto deducible de principios evidentes. Tampoco es pura convención, sino fruto de deducciones prácticas a partir de uno principios que hay que saber captar y aplicar a cada caso concreto.
Lo justo es resultado de la virtud de la prudencia, un hábito que se sitúa entre la razón y la voluntad, entre la teoría y la práctica, y que es capaz de reconocer la acción adecuada en distintas situaciones. Algo que con la práctica se llega a realizar con facilidad y sin esfuerzo, sin necesidad de llevar a cabo deducciones explícitas del modo de proceder.
Solo el empeño por vivir la justicia, virtud de los que componen la ciudad, permite la unidad y consistencia a la ciudad. Eso se concreta en la justicia particular, dar a cada uno lo suyo, suum cuique tribuere. Algo que expresa la realidad del cambio que da lugar a toda comunidad humana, y que exige el empeño por mantener la distribución de bienes, honores, y cargos que la constituyen. Solo manteniendo la distribución justa de la propiedad y el trabajo, se hace posible esa especie de igualdad, proporcionalidad de relaciones, que constituye el valor, la riqueza común. Por eso mismo se requiere también de una justicia en los intercambios, que Aristóteles denomina correctiva, que se encarga de establecer la restitución adecuada al daño causado en lo que es debido.
Aunque el empeño por vivir la justicia es esencial para la existencia de la ciudad, no obstante, para que la ciudad funcione basta con el derecho, dikaion, que no es exactamente lo mismo que la justicia. No es lo mismo ser justo, que es condición moral de un hombre, y hacer lo justo, que es modo de comportarse frente a los demás. El derecho tiene que ver con los actos externos de justicia, con el respeto objetivo a esa igualdad proporcional, ese medium rei, que es el objeto de la justicia. No tiene que ver con la condición moral del actor, sino con los efectos de su acción.
Si no se lleva a cabo esta distinción entre justicia y derecho ocurre entonces que la única ciudad posible sería la ideal, donde ser bueno y ser ciudadano vendrían a ser la misma cosa. Algo que por otro lado sería imposible ya que no le es dado al hombre realizar la justicia con toda su perfección. Para Aristóteles las ciudades reales son imperfectas, por eso se deben guiar por el derecho, establecido por ley, y no por la justicia, que es una aspiración nunca alcanzable. Lo justo que hace posible la ciudad, no es un absoluto, sino un cierto equilibrio, establecido por ley, pero que no renuncia a la búsqueda de la justicia particular.
El legislador pone fin a la búsqueda de lo justo natural, y establece lo que es justo para cada ciudad completa. Por ejemplo, establece que el precio justo se expresa en una determinada cantidad de moneda. La ley es por tanto inteligencia sin pasión, que establece una determinación objetiva y desinteresada. No obstante no será nunca por simple convención sino que debe apoyarse en una justificación natural, comprensible para todos. Hay siempre una combinación de naturaleza y convención, de razón y de voluntad, que es la base de las leyes civiles o escritas, que en último término se apoyan y surgen de las leyes naturales o no escritas.

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