Pistas para comprender la Eucaristía I



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Pistas para comprender la Eucaristía I
Anselm Grüm
En este artículo no se pretende desarrollar una teología completa de la eucaristía. Simplemente se trata de contemplar algunas imágenes que puedan desvelarnos el misterio de este sacramento. La celebración eucarística incluye una liturgia de la palabra, en la que escuchamos e interpretamos la palabra de Dios, de manera que podamos entendernos mejor a nosotros mismos y descubramos el sentido de nuestra vida. Y culmina con el alimento sagrado, en el que llegamos a ser uno con los demás y con Jesucristo que se brinda a sí mismo como alimento y como bebida en las ofrendas del pan y del vino.

Jesús nos mandó celebrar una y otra vez esta cena sagrada. Así nos transmite Lucas la Última Cena de Jesús con sus discípulos: «Tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: "Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío". De la misma manera, después de la cena, tomó el cáliz diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre, que es derramada por vosotros"» (Lc 22,19s).

Cena conmemorativa

Siempre que los israelitas celebran una fiesta, conmemoran las hazañas de Dios. Para Israel, Dios es un Dios histórico que interviene en la historia, el Dios que modela y conduce la historia. Sus acciones maravillosas son acontecimientos históricos. La fiesta principal, la Pascua, consistía en conmemorar la salida de Israel de Egipto. Israel descubrió el milagro de su existencia en este éxodo. Dios había arrancado del poder de Egipto al pueblo humilde. Lo liberó de los capataces que le exigían cada vez más trabajo. Lo liberó de la dependencia y del sometimiento. Le hizo pasar el mar Rojo y lo condujo a través del desierto hasta la tierra prometida, la tierra de la libertad y de la abundancia de vida. Israel celebraba este recuerdo en una cena, en la cena de la Pascua. Dios había mandado al pueblo que celebrara todos los años la cena pascual conforme a un rito regulado con toda precisión. «Ese día dirás a tus hijos: Esto es en memoria de lo que por mí hizo el Señor cuando salí de Egipto» (Éx 13,8). La eucaristía es esencialmente recuerdo de un acontecimiento antiguo, para que vuelva a sucedernos a nosotros.

Como cristianos, no celebramos la eucaristía en recuerdo de la Última Cena de Jesús, sino como memorial de todo lo que Dios hizo por Jesucristo: cómo habló a los hombres a través de él, cómo curó enfermos, consoló a los abatidos, cómo llamó a la conversión a los pecadores y a todos anunció la Buena Nueva. Pero conmemoramos ante todo la muerte y la resurrección de Jesús, que concentran, en cierto modo, toda su actividad y pensamiento. Precisamente en medio de nuestro tiempo sin memoria y sin historia es importante celebrar el recuerdo de la salvación que tuvo lugar en la historia de Jesús, para que siga sucediéndonos en el momento presente. Para Bernard Rootmensen, la ausencia de memoria de nuestros días se manifiesta en la fugacidad, la vaciedad de lo cotidiano, el olvido, el frenesí y la banalización del pasado. El famoso rabino Baal-Shem Tov dijo en una ocasión: «El olvido conduce al destierro, pero el recuerdo es el misterio de la salvación». En la eucaristía no sólo celebramos la historia liberadora y resplandeciente de Jesús, sino todo lo que, en su historia, Dios ha obrado en la historia de los hombres. Por eso, en la eucaristía escuchamos una y otra vez los relatos inspirados del Antiguo y del Nuevo Testamento. Estos son como «un oasis en medio del desierto, en el que uno puede darse un respiro» (Rootmensen). Si dejáramos de contarnos unos a otros las maravillosas historias de la Biblia, el mundo perdería su alma.

La Eucaristía en la interpretación del evangelista Lucas

Para poder entender lo que celebramos en la eucaristía, querría ahora echar un rápido vistazo al evangelio de Lucas. Lucas traduce la actividad de Jesús al mundo y al horizonte cultural de los griegos. Los griegos desarrollaron las doctrinas más importantes de su filosofía bien caminando (los llamados «peripatéticos») o bien sentados a la mesa (los banquetes de Platón). Lucas toma estos dos motivos y presenta a Jesús como el caminante divino que viene del cielo para caminar con los hombres. Y, en el camino, les da a conocer su vida.

La historia de viaje más hermosa es el relato de los discípulos de Emaús. Aquí se pone de manifiesto cómo entiende Lucas la eucaristía. Jesús explica el misterio de su vida a los discípulos que huyen decepcionados al ver frustradas sus esperanzas. Tenemos aquí una maravillosa imagen de la celebración de la eucaristía: vamos a misa como personas que, con frecuencia, huyen de sí mismas, que salen corriendo ante las decepciones de la propia vida. Entonces, en la lectura de la palabra de Dios, sale a nuestro encuentro el mismo Jesús y nos explica la historia de nuestra propia vida. A la luz de la Sagrada Escritura, hemos de entender por qué todo ha sucedido así, cómo ha sucedido, qué sentido se esconde detrás de todo ello y hacia dónde se dirige nuestro camino. Para que las palabras de la Escritura iluminen nuestra vida, hace falta una interpretación que traduzca las imágenes de la Biblia a nuestra realidad actual. Si entendemos nuestra vida, entonces podremos conducirla de manera adecuada. El que no entiende, huye. Hoy en día son muchos los que huyen de sí mismos y de la verdad de su vida. Jesús quiere invitarnos, en la eucaristía, a entender y contemplar nuevamente nuestra vida a la luz de su palabra y de su historia iluminadora y liberadora. Eucaristía significa reinterpretar la propia vida desde la fe en Jesucristo.

Podemos encontrar una segunda vía para la comprensión de la eucaristía en los numerosos relatos de banquetes que Lucas nos narra. Para Lucas, la cena eucarística es una prolongación de las comidas que tuvo Jesús a lo largo de su vida con justos e injustos, con pecadores y libres de culpa. En estas comidas, Jesús permite que la gente experimente de manera tangible los bienes de Dios y su amor por los hombres, a los que obsequia con dones divinos, con amor y compasión, con una acogida incondicional, con el perdón de los pecados y con la curación de sus enfermedades. Los convites de Jesús con justos y pecadores están marcados por la alegría y la acción de gracias, por la proximidad liberadora y sanadora de Dios. Del mismo modo que los filósofos griegos desarrollaron sus doctrinas principalmente en medio de banquetes, Lucas describe también a Jesús como el maestro que anuncia los contenidos más importantes de su mensaje en medio de comidas. Con sus palabras nos recuerda una y otra vez que tenemos un núcleo divino. Nuestra intimidad es algo más que una parte de nosotros mismos que ha de cumplir con sus obligaciones y controlar nuestra vida cotidiana. Tenemos una dignidad divina. En nosotros hay un núcleo divino. El reino de Dios está en nuestro interior. Nosotros mismos somos morada de Dios. En esto consiste nuestra esencia, esto es lo que constituye nuestra dignidad.

La primera comida de la que nos da noticia Lucas es la comida con pecadores y publicanos (Lc 5,27-39). Estamos invitados a la comida del amor tal como somos, con todos nuestros defectos y debilidades. Las siguientes comidas tienen lugar en casa de un fariseo. Jesús explica a los fariseos en qué consiste su mensaje: se trata del amor de Dios, que el mismo Jesús muestra a los hombres en la comida, y del perdón que les concede (Lc 7,36-50). También les revela en qué se han apartado del amor de Dios (Lc 11,37-54). Jesús ofrece una preciosa imagen de la eucaristía en la parábola del hijo pródigo, que propone como justificación de sus comidas con pecadores. Nosotros somos como el hijo pródigo. Hemos salido de nosotros mismos y hemos perdido nuestra patria interior. Hemos malgastado nuestro patrimonio. Hemos pasado de largo ante nuestra propia vida. Saciamos entonces nuestra hambre con alimentos deficientes. Y nos va cada vez peor. Mediante la eucaristía nos ponemos en camino para volver a la casa de nuestro Padre. Intuimos que ahí vamos a recibir lo que sacia realmente nuestra hambre. La eucaristía es el banquete de bienvenida que el Padre organiza en nuestro honor. El padre también dice de nosotros: «Este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,24). Por eso hemos de estar alegres. Estábamos muertos, se nos había privado de nuestros sentimientos, excluido de la vida. Nos habíamos perdido a nosotros mismos, nos habíamos precipitado desde nuestro centro interior. Pero en la eucaristía volvemos a encontrarnos a nosotros mismos y volvemos a estar vivos cuando celebramos la comida de la vida. En ella descubrimos quiénes somos realmente y cuál es el fundamento de nuestra vida: que Dios nos ama incondicionalmente, que Dios confía en nosotros y que nunca es demasiado tarde para ponerse en camino y volver a la casa que constituye realmente nuestro hogar.

La comida postrera de Jesús antes de la Última Cena tiene lugar en casa de Zaqueo, el publicano. Venimos, como Zaqueo, con nuestros complejos de inferioridad, que tratamos de contrarrestar acumulando la mayor cantidad posible de dinero y posesiones. Sufrimos a causa de este sentimiento de inferioridad y deseamos vivamente que se nos ame de manera incondicional. Esto es precisamente lo que podemos experimentar, como Zaqueo, en la eucaristía. Durante esta comida, Jesús pronuncia el término «hoy» en dos ocasiones: «Hoy tengo que hospedarme en tu casa» (Lc 19,5); y «Hoy ha entrado la salvación en esta casa» (Lc 19,9). En todo el evangelio de Lucas aparece siete veces este misterioso «hoy»; siete veces que se corresponden con los siete sacramentos. En ellos tiene lugar el hoy, lo que sucedió entonces. En toda eucaristía se hace presente lo que sucedió entonces. En la misa se hace presente Jesús y come con nosotros. Nos anuncia su Palabra. Cura nuestras enfermedades. Nosotros acudimos, como Zaqueo, con nuestra autoestima por los suelos. Vamos a ella como leprosos, incapaces de aceptarnos, de aguantarnos a nosotros mismos. Somos ciegos que no ven sus faltas, tullidos paralizados por el miedo. Estamos encorvados, resignados, desilusionados ante la vida, aplastados por su peso. En la eucaristía, Jesús vuelve a enderezarnos. Nos toca y nos dice estas palabras: «Hoy se te regala la curación porque tú también eres hijo o hija de Abrahán, porque también tú tienes un núcleo divino» (cf Lc 19,9).

Lucas, en sus numerosos relatos de comida, expone lo que sucede en cada eucaristía. Pero, también para él, la eucaristía es principalmente conmemoración de la Última Cena que celebró Jesús con sus discípulos, cena en la que da un nuevo sentido a la fracción del pan y al cáliz compartido. Jesús se sirvió de los ritos de la cena de la Pascua para proponer a sus discípulos un nuevo rito que habían de celebrar después de su muerte, como conmemoración de su amor. Presenta los ritos que los judíos realizaban en la cena pascual, pero de un modo nuevo. La fracción del pan remite a su inminente muerte en la cruz. En ella, Jesús se parte por nosotros. Pero esto no supone catástrofe alguna, no significa un fracaso de su misión, sino que es expresión de su entrega por nosotros. En el pan que se parte, se entrega Jesús mismo a sus discípulos. Es un signo de su amor, del amor con que nos ama más allá de la muerte. Nosotros tenemos que tomar conciencia de este amor en cada eucaristía. Su amor constituye el cimiento sobre el que podemos construir. Es la fuente de la que vivimos. Jesús designa el vino como su sangre, la sangre por la que establece una nueva alianza. La sangre es signo de un amor que se desborda por nosotros. La nueva alianza que nos recuerda Jesús en la Última Cena, es la alianza del amor incondicional de Dios. La antigua alianza se basaba en unas obligaciones recíprocas. Dios se comprometió con los hombres bajo las condiciones que contenían los mandamientos. Ahora, en la sangre de Jesús, en el amor encarnado de su Hijo, Dios sella una alianza incondicional. Se compromete con nosotros por amor. Confía en que el amor que se hace visible en su entrega transformará nuestros corazones.

La cuestión es cómo hemos de entender este gesto significativo de Jesús en la Última Cena. Las especulaciones filosóficas acerca de cómo es posible que Jesús se nos dé en el pan y el vino, no conducen a nada. La esencia de la comida eucarística sólo puede entenderse desde el amor humano.

Maria Caterina Jacobelli, una antropóloga italiana que ha escrito acerca del Risus paschalis, la risa de la Pascua, entiende el misterio de la Cena, como mujer y madre, a partir del amor humano: «¿Quién de nosotras, madres, quién de nosotras, amantes, en contacto con el cuerpo del hijo neonato o del hombre amado, no ha sentido la necesidad imperiosa de hacerlo carne?… "Te comería a besos...". ¿Quién no ha pronunciado y oído estas palabras? Unir al ser amado a uno mismo en una unión de absorbencia total; convertirse en carne, transformarse en vida; convertirse en alimento recíproco para vivir juntos en la unión más completa, más completa aún que la sexual». Jesús instituyó la sagrada Cena porque quería mostrar su amor a todos los hombres de todos los tiempos, de manera material. Es una herencia de su amor, el lugar en el que podemos experimentar nuevamente su amor, una y otra vez, con todos nuestros sentidos. Cuando ingiero y mastico su cuerpo en el pan, siento que esto es el beso de su amor. Y cuando bebo su sangre en el vino, la sangre que por mí derramó por amor, me viene a la mente aquella expresión del Cantar de los Cantares: «¡Qué delicioso es tu amor, más que el vino!» (Cant 4,10).

En muchas culturas existen comidas sagradas. En ellas se hace realidad lo que tan sólo se intuye en cada comida. En toda comida participamos de los dones de Dios, de los dones de su creación, de los dones de su amor. De esta manera, en todas podemos percibir algo de los bienes que Dios nos ofrece y de la ternura que nos muestra. La eucaristía constituye la cima de todo aquello que los seres humanos anhelan en cada comida. Quien disfruta de una buena comida y, mientras saborea las viandas, también puede experimentar al mismo tiempo la unión con Dios. La eucaristía pretende mostrarnos qué es lo que tiene lugar en toda comida: la unión con el creador de todos los dones.

Pero la eucaristía es también una comida sagrada. La Iglesia primitiva comparaba la eucaristía con las comidas sagradas que se celebraban en los cultos mistéricos de la antigüedad. Los participantes (en griego, los mystai, los iniciados en los misterios) estaban convencidos de que comían a Dios en los alimentos sagrados, de manera que llegaban a ser uno con Él. En la comida no sólo recibían la divinidad, sino que también se entregaban a ella. Se entregaban y abandonaban por completo al alimento para poder experimentar la unión con Dios de manera material. La comunión es la experiencia material del amor de Dios. En cada eucaristía tomamos conciencia de este amor de Dios que ha resplandecido en Cristo, para vivir de él y sumergirnos en él, convirtiéndonos, así, en fuente de amor para los demás.


Pistas para comprender la eucaristía II

La eucaristía en la interpretación del evangelista Juan

Juan, el más místico de los evangelistas, tiene un modo peculiar de entender la eucaristía. Intenta acercar la eucaristía a sus contemporáneos, que estaban fascinados por la Gnosis. El gnosticismo fue un movimiento muy extendido a finales del siglo I, parecido al movimiento actual de la New Age, la «Nueva Era». Los gnósticos buscaban la iluminación acerca de la auténtica vida. Estaban convencidos de que tenía que haber algo más.

Juan les responde indicándoles el pan del cielo que Dios les ofrecía. Jesús mismo es este pan del cielo. «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá jamás sed» (Jn 6,35). No podemos considerar la eucaristía al margen de la existencia de Jesús en su conjunto. En Jesús, en sus palabras y en sus obras, se hace visible la vida verdadera y eterna que Dios regala a los hombres. Jesús es, con toda su persona, el pan que viene del cielo. Este pan sacia nuestra hambre de auténtica vida.

Juan interpreta la vida de Jesús y el hecho de la eucaristía desde el horizonte del éxodo de Egipto. En la travesía del desierto, Dios dio a los israelitas pan del cielo para que recobraran las fuerzas para el camino. La travesía del desierto de Israel describe nuestra situación actual. Nosotros estamos siempre en camino desde el país de la esclavitud, de la alienación y de la decepción, hacia la tierra prometida, la tierra de la libertad, la tierra en la que vamos a poder ser enteramente nosotros mismos. Pero, en nuestro camino, al igual que los israelitas, sentimos nostalgia de las ollas de Egipto, repletas de carne. Nuestra hambre de comida terrenal es, con frecuencia, más fuerte que el hambre de libertad, de vida y de amor. En el camino de nuestras ansias de vida auténtica, Jesús se nos ofrece como el pan de vida: «Yo soy el pan de vida... El que coma de este pan vivirá eternamente» (Jn 6,48.51). El que se aventura con Jesús experimentará la verdadera vida. Su hambre de vida quedará saciada.

Y ahora, en el punto culminante de su discurso sobre el pan, Jesús asegura que el pan que él dará es su carne, que él entrega «por la vida del mundo» (Jn 6,51). La manifestación de su amor alcanza su cota más elevada en la muerte en cruz. En la cruz, Jesús nos amó hasta el extremo. Y, en cada eucaristía, quiere que tengamos parte en la culminación de su amor. En el pan de la eucaristía nos ofrece su carne, su amor encarnado. Para los judíos, esto es algo inadmisible. Incluso hoy hay muchos que lo consideran algo increíble. Muchas personas tienen dificultades a la hora de relacionar la eucaristía con los conceptos de «carne» y «sangre». La sangre les recuerda vivamente las escenas brutales en las que se derrama. En una ocasión, una mujer me confesó que no podía beber del cáliz cuando el sacerdote se lo ofrecía con las palabras: «la sangre de Cristo». Le recordaba la matanza del cerdo en casa de sus padres. Esto mismo puede sucederle a más de uno hoy en día. Pero también a estos dice Jesús, igual que entonces a los judíos que tenían dificultades para admitirlo: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él» (Jn 6,55s).

El de Jesús no es un lenguaje «sangriento», sino un lenguaje de amor. En el lenguaje del amor todavía hoy solemos decir que «alguien da por otro la sangre de sus venas». «Carne» y «sangre» son, para Jesús, imágenes de su entrega en la cruz. Ciertamente, esta entrega tuvo lugar en la brutal realidad de los métodos de tormento de los romanos. Pero, para Jesús, la entrega en la cruz es expresión de su amor hasta el extremo. Juan habla aquí de telos. Telos significa «meta», «punto de inflexión», «quicio». En la cruz, nuestro destino da la vuelta. El amor vence aquí al odio de manera definitiva. Telos significa entonces «iniciación en el misterio». En la cruz, Jesús nos introduce en el misterio del amor divino. Para Juan, la eucaristía es iniciación en el amor de Dios, que convierte nuestra vida en una vida real y verdaderamente digna de ser vivida. Al comer el pan –Juan habla aquí de «masticar»– y al beber del cáliz, entramos en una comunión con Cristo tal, que no cabe imaginar comunión más profunda: permanecemos en Jesucristo y él permanece en nosotros. Entonces somos uno con él de manera inseparable. Nos llenamos de su amor. Y cuando él penetra en nosotros, entonces experimentamos qué es la verdadera vida: ser amados total y absolutamente, inundados total y absolutamente por el amor de Dios, por la vida eterna.

En la eucaristía podemos experimentar en qué consiste la verdadera vida, una vida que sacia nuestro deseo más profundo. Vida eterna no se refiere en primer lugar a vida después de la muerte, sino que designa una nueva calidad de vida, algo que podemos experimentar aquí y ahora. La vida adquiere un nuevo sabor, el sabor del amor que vuelve nuestra vida digna de ser vivida. La auténtica vida, que se nos regala en el pan eucarístico, no puede ser destruida por la muerte: en la muerte, más bien,
se revela como vida divina, una vida imperecedera. La relación personal con Jesús que experimentamos en la eucaristía va más allá de la muerte. El amor es más fuerte que la muerte. Juan, en su evangelio, se refiere en más de una ocasión al Cantar de los Cantares, el cántico supremo del amor. En este libro se nos dice: «Porque es fuerte el amor como la muerte; inflexibles como el infierno son los celos. Flechas de fuego son sus flechas, llamas divinas son su llamas» (Cant 8,6s). Cuando comemos la carne de Jesús y bebemos su sangre, participamos de su esencia más íntima, de su amor, que es más fuerte que la muerte. El amor que nos muestra Jesús no es un amor light, sino un amor que vence a la muerte, que alcanza su plenitud en la entrega en la cruz.

La segunda imagen con la que Juan traduce el misterio de la eucaristía se encuentra en la escena del lavatorio de los pies. Juan nos la cuenta en el lugar en que los demás evangelios narran la institución de la eucaristía. Para Juan, el lavatorio de los pies es una prueba de cómo Jesús ama a sus discípulos hasta el extremo (Jn 13,1ss). En la eucaristía experimentamos este amor perfecto. Y tiene lugar exactamente tal como se expresa en la imagen del lavatorio. Venimos, al igual que los discípulos, con los pies sucios y llenos de polvo. En el camino a través del mundo nos hemos manchado con el pecado y la culpa, nos hemos desollado los pies, nos hemos herido. Muchos nos han golpeado en el talón de Aquiles, se han entretenido en pincharnos una y otra vez en nuestro lado más sensible. En la eucaristía, Jesús se inclina ante nosotros para tocar precisamente nuestras zonas más vulnerables, para acariciar nuestro talón de Aquiles y curar nuestras heridas. Y se arrodilla ante nosotros para lavar la suciedad de nuestros pies. Nos acoge en su amor de manera incondicional precisamente en aquello en que nosotros nos sentimos más despreciables, más sucios e impuros.

El lavatorio es una imagen de lo que sucede en toda eucaristía. También en el evangelio de Juan, Jesús manda a los discípulos que hagan lo mismo: deberán lavarse los pies unos a otros. El mandato de Jesús no sólo significa que debamos servirnos unos a otros. Este mandato contiene, más bien, una imagen de la eucaristía. Cuando celebramos la sagrada cena, cuando escuchamos las palabras de Jesús y recordamos su actividad, entonces hacemos con los demás lo mismo que Jesús ha hecho con nosotros. Para Juan, el memorial es ante todo recuerdo del amor de Jesús, el amor con que, en su muerte en cruz, nos amó hasta el extremo. Pero la eucaristía no consiste simplemente en recordar, es también actuar. En la eucaristía nos lavamos los pies unos a otros cuando nos dejamos contagiar por el amor de Jesús y no ponemos en primer plano las culpas de los demás, sino que nos aceptamos unos a otros sin reservas, con el amor que experimentamos en Jesús. Según el evangelio de Juan, la eucaristía es el lugar en el que hemos de mostrarnos nuestras heridas unos a otros. No acudimos a la celebración limpios de culpa, sino llenos de heridas y de suciedad. No tenemos por qué esconder nuestras heridas. Podemos mostrárnoslas unos a otros y presentárselas a Jesús. Él las lavará, su amor las curará.

En la Última Cena con sus discípulos, Jesús pronuncia un largo discurso de despedida. Aquí se hace visible un tercer aspecto del modo en que Juan concibe la eucaristía. Juan entiende la eucaristía como el lugar en el que el Señor resucitado y glorificado se hace presente en medio de sus discípulos y les habla. La escena de la tarde de la Pascua, cuando Jesús se presenta en medio de los discípulos, llenos de miedo a pesar de que las puertas estaban cerradas, describe lo que sucede en cada eucaristía. Jesús, que ya ha sido glorificado junto a Dios, se llega hasta la comunidad reunida y pronuncia ante ella palabras de amor. Son palabras muy parecidas a las del discurso de despedida, palabras en las que resplandece su amor, que ha vencido a la muerte. Son palabras que tienden un puente más allá de la muerte, palabras que vienen de la eternidad y que abren los cielos por encima de nosotros, palabras que unen el cielo con la tierra, que suprimen la frontera entre la muerte y la vida. Para Juan, la mayor miseria de los hombres reside en su incapacidad para amar. Lo que estos llaman amor no es más que un aferrarse a los demás. Jesús vino para devolvernos la capacidad de amar. La eucaristía es el lugar en el que hemos de sentir el amor de Dios en Jesucristo, gracias al cual recuperamos nuevamente la facultad de amarnos unos a otros.

Pero Jesús no se limita a hablar a sus discípulos: también les muestra las manos y el costado (Jn 20,20). Sus manos atravesadas por los clavos y su costado abierto por la lanza son signos del amor con el que nos ha amado hasta el extremo. En el pan que se rompe estamos tocando las heridas de sus manos, unas manos que puso en el fuego por nosotros y que no retiró cuando lo clavaron. Y en el vino bebemos el amor que brotó impetuosamente de su corazón abierto. Cuando tocamos sus heridas en la comunión, podemos esperar el milagro de la curación de nuestras heridas. En estas manos agujereadas encontramos al Jesús que obró por nosotros, que curó enfermos y enderezó a los que estaban abatidos. Entonces se hace presente, para nosotros, toda la historia de Jesús.
Eucaristía como Transformación

La teología de la Edad media reflexionó principalmente sobre el misterio de la transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Se acuñó el concepto de «transustanciación». El cardenal Ratzinger expresa el significado de este concepto abstracto con estas palabras: «El Señor toma posesión del pan y del vino, en cierto sentido los saca de los goznes de su ser ordinario y los eleva a un nuevo orden». Se trata, en definitiva, del orden de su amor. Pan y vino se convierten en expresión profunda del amor de Jesús. Se transforman en algo diferente, en el cuerpo y la sangre de Jesús, signos de su entrega en la cruz por amor. La teología moderna ha tratado de expresar el misterio de esta transformación con otras imágenes. Cuando elijo un libro para regalárselo a alguien a quien quiero, pongo en él algo de mi amor. Ese libro que regalo estará lleno de mis propios pensamientos y sentimientos. Cuando aprecio y quiero mucho a una persona, entonces no elijo cualquier regalo para ella, sino que busco algo que le recuerde todo mi amor y le haga pensar en mí. De la misma manera, Jesús escogió el pan que se parte, porque expresa perfectamente cómo se deja romper por amor en nuestro favor, para que a nosotros no nos quiebre el desamor de nuestro entorno. Y escogió el vino como realidad que condensa todo lo que había dicho a los discípulos en su discurso de despedida: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Pero no podemos limitar al pan y el vino la transformación que tiene lugar en la celebración eucarística. En las ofrendas del pan y del vino presentamos ante Dios toda la creación. Y en la eucaristía expresamos que todo el mundo, en lo más íntimo, está totalmente penetrado por Cristo, que nosotros encontramos a Cristo en todas las cosas. En el pan ponemos al mismo tiempo sobre el altar nuestra vida cotidiana, todo aquello que nos tritura y nos muele a diario, todos esos granos de trigo que están en nosotros inconexos, unos junto a otros, todas esas cosas que nos desgarran por dentro, nuestros esfuerzos y nuestro trabajo. El pan representa también la historia de nuestra vida. Se hace con el grano que crece en la espiga, bajo la lluvia y el sol, a la intemperie. De este modo, nos ofrecemos a nosotros mismos sobre el altar con todo aquello que ha crecido en nosotros, y también con todo lo que no ha salido como hubiéramos deseado. No les damos vueltas y más vueltas a las heridas de nuestra vida, pero tampoco huimos de ellas. En el pan se las presentamos a Dios. Y Dios enviará también su Espíritu Santo sobre nuestra vida y dirá: «Esto es mi cuerpo». Todo lo que le presentamos a Dios, lo transformará en el cuerpo de su Hijo en la eucaristía.

En el cáliz no sólo presentamos el vino ante Dios, sino también todos los sufrimientos y alegrías del mundo. El cáliz representa las aflicciones de los hombres, pero también nuestro anhelo de éxtasis, nuestros deseos de un amor que nos cautive, que eleve nuestro cuerpo y nuestra alma. En el cáliz tomamos en nuestras manos nuestra vida con todos los dolores y aspiraciones, sufrimientos y alegrías que se han ido acumulando en ella y los elevamos para que todos puedan verlos. En nuestro cáliz todo es digno de estar en la esfera divina. Y todo puede ser transformado en la sangre de Jesús, en el amor hecho hombre que quiere penetrarlo todo. Una vez, en sueños, entendí con toda claridad que, en las ofrendas del pan y el vino, se transforma toda nuestra vida. Soñé que estaba celebrando la misa junto con nuestro abad. Realizábamos nuestros propios ritos. En el momento del ofertorio pusimos nuestros relojes sobre las ofrendas del pan y el vino para que nuestro tiempo febril y agitado fuera transformado. Nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros desasosiegos, nuestros problemas, nuestras divisiones, nuestras preocupaciones, todo lo depositamos sobre el altar, y el Espíritu de Dios, que habíamos invocado sobre las ofrendas, lo transformó.



Hay quienes piensan que es imposible celebrar todos los días la eucaristía como fiesta del amor de Dios. Pero la transformación de nuestro mundo, de la historia de nuestra vida, de nuestras relaciones, de nuestro trabajo, de nuestros esfuerzos, de nuestra vida cotidiana... podemos celebrarla a diario con toda tranquilidad. Pues ahí ponemos de manifiesto que, en nuestra vida cotidiana, tampoco estamos solos, que la eucaristía pone su sello en nuestra vida, incluso en sus acontecimientos más triviales, y quiere transformarla. Cuando creo que Dios también está transformando mi mundo junto con el pan y el vino, entonces puedo ir tranquilamente al trabajo, puedo esperar con toda confianza que las cosas no van a ser como antes, sino que las relaciones pueden cambiar, que los conflictos sin solución se van a resolver y que lo pesado se volverá más ligero. Y cada día puedo presentar, para su transformación, las nuevas cosas en las que estoy trabajando, lo que me agobia, lo que me bloquea y supone un obstáculo para mí. La eucaristía es expresión de mi confianza en que, mediante la celebración de la muerte y resurrección de Jesús, incluso lo que en mí está yerto se va a transformar en vida nueva.
*Monje benedictino alemán, nacido en 1945. Doctor en Psicología y Teología, se lo reconoce como uno de los autores de espiritualidad más fecundos de la actualidad.

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