Patrimonio religioso y eclesial



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3.2.2. El arte sacro

Casi todo lo dicho se encuadra dentro del tema más amplio: arte sagrado. No obstante, además de los templos y su ornato, conviene tener en cuenta que las numerosas y diversas expresiones del arte han ayudado a expresar la fe cristiana a través de los siglos. En palabras del santo Juan Pablo II:

“La fe tiende por su propia naturaleza a expresarse en formas artísticas y en testimonios históricos que tienen una fuerza evangelizadora y un valor cultural, ante los cuales la Iglesia es llamada a prestar la máxima atención.” 42

Entre las intervenciones del arte se cuentan: pintura, escultura, arquitectura, mosaico, iconografía, dibujo, literatura, poesía, teatro, música, etc. La Iglesia no ha tenido un estilo propio y ha ido recibiendo los que surgieron en la historia, tanto en Oriente como en Occidente, inclusive el arte moderno y abstracto.43 La única condición del arte sagrado y cristiano ha sido la de poder ayudar realmente -con la belleza de formas, colores y sonidos-, a que los fieles eleven su espíritu y expresen su fe y confianza en Dios, revelado en Jesucristo.

La producción de obras artísticas en materia religiosa, no solamente enriqueció los templos, sino que además produjo importantes obras para monasterios, palacios, edificios públicos, casas particulares, etc. Hubo además un número notable de artesanos, que contribuyeron a la piedad doméstica, como los "santeros", que confeccionaron imágenes sagradas, estampas, cuadros, pesebres, y otras creaciones que fueron importantes para la transmisión de la fe en la familia.

3.2.3. Archivos y bibliotecas

Otra parte del patrimonio cultural religioso se encuentra en los archivos y bibliotecas. No solamente los que pertenecen a la Iglesia, sino también aquellos depósitos de contenido religioso que han quedado en posesión de: Universidades, Nación y Provincias, Instituciones públicas y privadas, personas y familias, etc.

Los ARCHIVOS guardan un material muy variado, según los tiempos y asuntos (pergaminos, disposiciones y decretos, informes y crónicas, correspondencia, registros de personas, cuadernos y libros de administración, planos y bocetos, fotografías, etc). Hoy en día dan lugar a la tarea de varias ciencias (paleografía, historia, estadística, sociología, demografía, etnología, economía, comunicación, etc). Para entender la delicada riqueza de su contenido se los compara a un "album de familia", complejo y frágil, que cuenta la historia de las personas y sociedades. Doblemente necesitados: de una llave de lectura para interpretarlo bien; y de especial cuidado por la fragilidad de sus piezas. Representan la memoria de una comunidad, que revela todas sus vivencias, alegres y tristes, conocidas o escondidas.44 Según la bella expresión de Pablo VI, los archivos eclesiásticos permiten contemplar al Cristo que escribe la historia, que pasa por el mundo dejando sus ecos y sus huellas.45

Las BIBLIOTECAS constituyen una fuente inagotable en su caudal de libros, revistas. folletos y demás impresos. Son un "lugar privilegiado de la verdadera sabiduría que narra la historia del hombre, gloria de Dios vivo, a través del esfuerzo de cuantos han buscado la huella de la sustancia divina en los fragmentos de la creación y en la intimidad de los corazones".46 Su depósito suele guardar las publicaciones de los profesores, maestros e investigadores de la institución propietaria; además del material de estudio que se acopia y ofrece para la consulta e investigación de alumnos y visitantes. Los antiguos centros de formación de la Iglesia han ido formando en sus bibliotecas un patrimonio enorme de impresos, que merece su valoración y requiere especial cuidado; sobre todo, cuando las instituciones cambian de objetivo, trasladan su sede, y/o dejan de ser lugares de enseñanza y de estudio.

En los nuevos tiempos, la ciencia y la técnica van ofreciendo a las bibliotecas y archivos cada vez mejores instrumentos para la catalogación, conservación y uso práctico de sus depósitos.
3.2.4. Música, poesía, teatro y cine

Aunque sea en breves líneas, es preciso mencionar también otras expresiones del patrimonio religioso, no siempre tenidas en cuenta. Así lo mencionaba el Papa Juan Pablo II, cuando hace veinte años llamaba la atención sobre la importancia del patrimonio artístico relacionado con la fe.47

La misma Palabra de Dios, anunciada y meditada, primero por los judíos y luego por todos los cristianos, contiene hermosos himnos y poemas que cantan el amor de Dios y la confianza puesta en Él por los creyentes. Con diversas melodías han sido entonados a través de siglos. Además de los textos bíblicos, otras bellas composiciones musicales han acompañado las asambleas, el culto y las peregrinaciones, según los estilos y formas que aportó cada época y cultura.48 En la actualidad, la técnica permite -como nunca antes- registrar, reproducir y disfrutar de la música religiosa, tanto antigua como moderna, en beneficio de la experiencia de fe y de la oración.

Durante varios siglos el TEATRO ofreció a los fieles la representación de los misterios de la fe, en pueblos y ciudades, de manera accesible e impactante. De ese vasto repertorio forman parte los llamados "Autos Sacramentales", que "servían para instruir al pueblo y comunicarle la teología de la que gustaban, fomentaban su devoción popular y eucarística y le ayudaban en la expresión de su fe."49 Uno de los autores de renombre en este género teatral fue Pedro Calderón de la Barca (1600-1681). En la actualidad, el pueblo se complace todavía hoy con la representación del Pesebre viviente y de la Pasión del Señor, cuyo valor la Iglesia reconoce, ofreciendo oportunas orientaciones.50

Respecto al CINE la Iglesia ha reconocido que no solamente ha tratado temas relacionados con la fe, sino que es capaz de trasmitir valores que enriquecen el espíritu humano. Así lo decía el papa Juan Pablo II, con motivo del Congreso sobre: "El Cine vehiculo de espiritualidad y cultura" (1997).51 Es cierto que, en este momento, la enorme producción cinematográfica sobre temas religiosos requiere especial discernimiento, porque allí se encuentran expresiones positivas y estimulantes del espíritu religioso, como otras que por el contrario perturban o distorsionan el sentido auténtico de la fe.
3.2.5. Objetos del culto y devoción

Éste es el ámbito más amplio del patrimonio religioso, por la cantidad y variedad de piezas que están en uso, además de otras que ya no se utilizan habitualmente y que de ordinario se encuentran en museos y colecciones. Sin embargo, no constituyen todo el patrimonio, ni la principal parte de él. Su importancia y sentido se ha de comprender y proponer en relación estrecha con los lugares sagrados y con el culto rendido a Dios, desde una fe personal y convencida. De otro modo, podrían verse como obsoletos. Pensamos en el Culto que, no sólo es parte de la historia, sino que se realiza también ahora, según la modalidad de los nuevos tiempos, e inspirado por una auténtica convicción religiosa.

Además, la calidad y forma de dichos objetos ha ido variando con los cambios introducidos en la liturgia cristiana, de tal forma que algunos ya son poco reconocibles para el cristiano de hoy, sea porque se han transformado casi por completo, sea porque ya no son vistos en las ceremonias. Un ejemplo significativo pueden ser los ornamentos o vestiduras utilizadas por los sacerdotes para la celebración de la Misa, como también los elementos que vestían y adornaban los altares en las iglesias. En este sentido, es recomendable que quienes prestan algún servicio en los museos, se interesen por conocer el sentido, valor y uso de las piezas menos reconocibles.

Es necesario, por lo tanto, entender estas piezas según su significado completo y su ubicación histórica. De esa manera, es posible además apreciar los materiales utilizados en su elaboración. Por lo general, llama la atención el uso de oro, plata, seda, nácar, marfil, maderas finas, etc., en la elaboración de estos objetos, porque ahora ya no se utilizan; pero la gente de otro tiempo los consideró apropiados para representar el debido homenaje que a Dios querían tributar.

Respecto a los objetos "sagrados", que han sido dedicados o bendecidos para el culto, la Iglesia prescribe que no deben emplearse para usos profanos, aunque pertenezcan a particulares.52 Norma que han de conocer y respetar sobre todo quienes disponen de ellos, fuera del ámbito de iglesias y capillas. Además, algunos de esos bienes se llaman "preciosos", por su antigüedad, por su especial valor artístico, o por el culto que reciben, y sobre ellos se manda que no sean reparados ni restaurados, sin las debidas licencias.53 Sobre las "reliquias" sagradas, el derecho eclesiástico prescribe que no se pueden vender,54 y acerca de los "exvotos" de arte popular y de piedad, que se conserven con seguridad en los santuarios.55
3.2.6. Los museos: un tesoro

Los museos de algunas iglesias se llamaron, y en algún sitio todavía se llaman: el "tesoro"; lo cual ha de ser interpretado en el contexto histórico que resume la presente explicación.56 El patrimonio cultural de la Iglesia ¿es un tesoro? Si por ello se entiende un conjunto de bienes rentables, que produce abundantes riquezas, en verdad no lo es. Si por tal se entiende "el valor histórico, artístico y cultural que encierran y su importancia en orden a la investigación, estudio y contemplación", se debe decir que se trata de un tesoro cultural incalculable.57

En la concepción de la Iglesia, por tanto, un museo eclesiástico, "con todas las manifestaciones que en él se contienen, está íntimamente unido a la vivencia eclesial, ya que documenta visiblemente el camino recorrido por la Iglesia a lo largo de los siglos en el culto, en la catequesis, en la cultura y en la caridad."58 Por ende, "debe ser comprendido en relación con la totalidad de la vida eclesial y con referencia al patrimonio histórico-artístico de cada nación y cultura."59 Así, pues, los museos "no son depósitos de obras inanimadas, sino viveros perennes, en los que se trasmiten en el tiempo el genio y la espiritualidad de la comunidad de los creyentes."60

En el caso del Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda (Córdoba), el valor de cuanto allí se guarda y exhibe resulta singularmente destacado por el ámbito del antiguo Monasterio de Carmelitas Descalzas (fundado en 1628), que ofrece -en cuanto lugar sagrado- el marco adecuado de su larga historia y bella arquitectura.



4. SENTIDO DEL PATRIMONIO RELIGIOSO EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Un patrimonio cultural en materia religiosa no se guarda sólo para protegerlo y, en todo caso, para mostrarlo en ciertas ocasiones. Más bien se debe reconocer que tiene un rico significado y que por ello es posible utilizarlo con provecho, en el amplio contexto de la misión evangelizadora de la Iglesia. El objetivo pues de un patrimonio religioso, merece una "relectura", a fin de descubrir una riqueza que no suele apreciarse a simple vista. A continuación se ofrece un resumen de cuanto significa dicho patrimonio.


4.1. Testimonio de la historia espiritual de un pueblo

El patrimonio religioso contiene signos cualificados de la historia espiritual de cada pueblo y nación. Ante todo, esos signos muestran la vida entregada y comprometida de muchas personas y comunidades: fieles laicos y familias creyentes, misioneros y pastores, catequistas, personas devotas y consagradas, artistas y artesanos, etc.; gente toda que experimentó la presencia viva de Dios en sus vidas, y que perseveró en la alabanza y la acción de gracias al Creador.61 Son expresión de la memoria histórica de ese pueblo y permiten descubrir su camino de fe y esperanza, a través de obras que acompañaron a esa gente durante largo tiempo.62 Así, pues, el patrimonio conserva y pone en evidencia el recuerdo de una vivencia eclesial, expresado a través de diversas formas artísticas.63 Se puede pensar que, además, ponen en contacto con una historia que, aún en lo civil y cotidiano, con sus angustias y esfuerzos, ha estado guiada por la providencia de Dios que nunca abandona, como es leída por la gente creyente.64

Por lo tanto, detrás de los objetos materiales y de los escritos o libros que componen, este patrimonio, están las personas que en su camino y lucha por la vida los confeccionaron o utilizaron, las cuales merecen -por supuesto- el principal reconocimiento.
4.2. Signo de la cultura y forma de vivir de la comunidad

La historia religiosa de cualquier pueblo está ligada estrechamente a una cultura, a la cual refleja siempre, y que es propia de un determinado espacio de tiempo y lugar.65 En dicha cultura se pone en evidencia el tejido histórico, cultural, social y religioso del territorio habitado por esa comunidad humana, incluyendo su propio devenir con los cambios culturales de la contingente caducidad.66 En las expresiones del patrimonio religioso, por lo tanto, se pueden leer las manifestaciones de la cultura propia de un pueblo, en su momento histórico y su acontecer. Por ejemplo: qué valoraba más la gente de ese tiempo; qué lugar tenía la religión en su vida; qué tiempo y bienes materiales invertían en el culto; dónde y para qué se congregaban; cómo y cuándo invocaban a Dios. En un aspecto material y ligado a los valores: de qué artistas y artesanos disponían; qué obras artísticas preferían y encargaban; cuáles eran los materiales importados o autóctonos que utilizaban; qué forma e importancia daban a las vestiduras y a la ornamentación; cómo construían sus casas y edificios comunitarios; etc. De todos estos aspectos, es posible también estudiar la evolución que han tenido en el proceso cambiante de la cultura local, de donde brotan, seguramente, interesantes comprobaciones e interrogantes.


4.3. Muestra del papel de las artes en la vida religiosa

Entre religión y arte hay una relación estrecha. Muchas obras de arte están inspiradas en valores religiosos, y al mismo tiempo éstas han ayudado siempre a expresar el sentido religioso del pueblo creyente.67 Este vínculo no es artificial, ni tampoco meramente natural; sigue más bien la lógica de la Encarnación del Hijo eterno de Dios en el seno de María, y en consecuencia ofrece la posibilidad de una experiencia de Dios, que recoge todo lo bueno, bello y verdadero. 68

Muchas obras de arte, tanto antiguas como modernas, encarnan y manifiestan la belleza impresa de manera diversa en sus formas, colores y sonidos, y así logran orientar los corazones, las mentes y las voluntades de los hombres hacia Dios. La misma fuerza creativa del arte ha sido impulsada en tantas ocasiones por la fe de los creyentes.69

La Iglesia ha considerado siempre que, a través de las variadas manifestaciones artísticas, se refleja la infinita belleza de Dios, hacia donde se orienta naturalmente el corazón humano. Gracias a esta contribución, "se manifiesta mejor el conocimiento de Dios y la predicación evangélica se hace más transparente a la inteligencia humana."70 Por eso el culto, la devoción personal y la catequesis han encontrado siempre un aliado natural en el arte, ya que además de su intrínseco valor estético, prestan este servicio a la religiosidad cristiana.71 Desde los antiguos sitios arqueológicos hasta las modernas expresiones del arte cristiano, el hombre contemporáneo puede releer la historia de la Iglesia, para que le resulte más fácil reconocer la fascinación misteriosa del designo salvífico de Dios sobre su vida.72

En la actualidad, una cultura ganada en gran parte por la secularización, encuentra sin duda cierta dificultad para que las obras bellas lleven a Dios. La Iglesia lo ha mencionado y reconocido expresamente en sus orientaciones.73 En consecuencia, éste ha de ser hoy un verdadero desafío para artistas, pastores, catequistas, y responsables de lugares sagrados, museos, bibliotecas y archivos.
4.4. Signo de la fuerza renovadora del Evangelio de Cristo

El rico patrimonio religioso es capaz de comunicar, con extraordinaria eficacia y a través de la belleza de las formas sensibles, la historia de la alianza entre Dios y el hombre y la riqueza del mensaje revelado.74 Monumentos, objetos de culto y melodías son testimonio de un Evangelio predicado y asumido como forma de vida; lo mismo se tiene que decir de los documentos, imágenes y libros. Para el pueblo que los hizo confeccionar y los utilizó, han sido medios apropiados para ayudarle a entablar y a trasmitir la relación íntima con Dios y su misterio de salvación.

Los bienes culturales religiosos, no deben considerarse como piezas de un repertorio arqueológico propio de un pasado en el cual todavía la gente creía en Dios. La comunidad cristiana más bien los percibe como testimonios de una comunidad evangelizada y practicante, que ofrece el ejemplo de su vida religiosa a las generaciones futuras. Ejemplo y a la vez estímulo, para que personas y comunidades se sientan llamados a responder por la fe a la Revelación manifestada en Cristo. De esa forma, una generación y otra comparten un contenido substancial, aunque vayan cambiando -con vivaz inspiración- las formas exteriores de la verdadera religiosidad. En este sentido, bien se puede hablar de la dimensión "misionera" del patrimonio eclesial.75

4.5. Instrumento pastoral eficaz para una nueva evangelización

Así como el patrimonio es testigo del pasado, también presta un notable servicio al presente y al futuro. La Iglesia conoce bien las dificultades de la gente de hoy para encontrarse con Dios. Sin embargo, sabe que los bienes culturales pueden tener un verdadero sentido evangelizador. Como maestra de vida, entonces, la Iglesia "no puede menos de asumir el ministerio de ayudar al hombre contemporáneo a recuperar el asombro religioso ante la fascinación de la belleza y de la sabiduría que emana de cuanto nos ha entregado la historia".76 En efecto, esos bienes tienen una singular capacidad para ayudar a las personas a percibir más claramente los valores del espíritu y, testimoniando la presencia de Dios en la historia de los hombres y en la vida de la Iglesia, disponen los corazones a acoger la novedad evangélica.77

Un buen uso del patrimonio favorece la educación en la fe y el sentido de pertenencia a la propia comunidad; es el tesoro que dignifica al pueblo y al lugar donde vive; es una herencia valiosa para las siguientes generaciones.78

Los archivos, en particular, con su patrimonio documental conocido y comunicado, pueden ser instrumentos útiles para una inteligente acción pastoral. En efecto, a través de la memoria de los hechos se tiene una mayor comprensión de la Tradición, y se ofrecen a pastores y laicos, mutuamente comprometidos en la acción evangelizadora, datos sobre diversas experiencias lejanas y recientes, que pueden proyectarse hacia el futuro. Una institución que olvida el propio pasado, difícilmente llegará a cumplir su función entre los hombres de un determinado contexto social, cultural y religioso. En este sentido los archivos, como testigos de las tradiciones religiosas y de la praxis pastoral, tienen una propia e intrínseca vitalidad y validez.79


4.6. Un aporte a la promoción del humanismo

La contribución del patrimonio eclesial no se orienta sólo a los valores religiosos, sino a la realidad humana en toda su integridad. La Iglesia utiliza los bienes culturales para la promoción de un auténtico humanismo, según la convicción de que la Revelación realizada en Cristo "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre".80

Se puede decir, entonces, que es una fuente de civilización, porque impulsa el proceso de transformación social a medida humana, aportando la memoria del pasado y trasmitiendo obras propias que enriquecen la posteridad. En su patrimonio que así ha sido trasmitido, la sociedad reconoce la imagen concreta e inequívoca de la propia identidad histórica y social.81

Dada la íntima unión entre fe y cultura los bienes culturales de pertinencia eclesiástica asumen un papel peculiar. Estos poseen, de suyo, una intrínseca finalidad humanizante, porque se integran en el empeño eclesial de promover al hombre y de anunciarle el Evangelio, mostrando la íntima unidad de las dos dimensiones, y haciendo evidente la experiencia en humanidad de la que dispone la Iglesia.82

En conclusión, las múltiples expresiones del patrimonio religioso, además de su función propiamente evangelizadora, tienen también una finalidad humanizadora y, por lo tanto, liberal, que favorece el desarrollo del hombre, llegando a ser inclusive preámbulo para la evangelización; hasta personas alejadas pueden encontrar que un verdadero "bien" les abre el camino a la trascendencia divina.83 Este aporte se comprende mejor cuando, más allá de la fe católica compartida o no, personas y grupos disfrutan de los valores espirituales reflejados en hermosas expresiones artísticas, como también del ingenio, dedicación y sabiduría, que trasmite este patrimonio. Ya el Papa Benedicto había dicho hace pocos años: "hoy, más que nunca, la apertura recíproca entre las culturas es un terreno privilegiado para el diálogo entre hombres comprometidos en la búsqueda de un humanismo auténtico, por encima de las divergencias que los separan".84
4.7. Objeto de colaboración entre Iglesias e instituciones

La ya mencionada dimensión humanizante y evangelizadora del patrimonio es un servicio a la cultura, que incluso puede unir a creyentes y no creyentes en una comunidad de personas libres y creativas, que juntos establezcan criterios para gestionarlo y aprovecharlo.85 La belleza posee por su misma naturaleza un lenguaje universal, por eso el patrimonio religioso puede ser compartido por todos los hombres, en un clima de respeto y tolerancia recíproca, según el espíritu del ecumenismo y del diálogo interreligioso.86

Por demás, es preciso seguir promoviendo la tutela jurídica de dicho patrimonio en las instituciones eclesiales y organizaciones civiles, trabajando en colaboración con los organismos estatales, manteniendo contacto con los encargados de la gestión y con los artistas de las diversas disciplinas. En este sentido, mucho ayudará el diálogo con las asociaciones que tienen como fin la tutela, la conservación y la valoración de los bienes culturales, así como con los grupos de voluntariado.87

5. RENOVADO INTERÉS POR EL PATRIMONIO Y RIESGOS ACTUALES

En las últimas décadas, la Iglesia ha renovado su interés por promover la debida atención de todos los bienes culturales que forman su patrimonio religioso. Así lo muestran los mensajes, cartas, disposiciones y propuestas que el Papa y la Comisión Pontificia han dirigido a los Obispos, Órdenes e Institutos religiosos (ver bibliografía), como también la nutrida programación de encuentros, congresos y cursos, antes mencionados (ver 3.1).

Si bien este cuidado había sido recomendado y aún legislado desde hace siglos, la situación de los últimos tiempos hizo más urgente la preocupación de la Iglesia, por los nuevos y graves riesgos, que los documentos citados mencionan. A ellos se refieren, tanto las recomendaciones dadas para la formación sacerdotal,88 como las orientaciones dirigidas a los religiosos y religiosas,89 y sobre todo el urgente llamado a confeccionar inventarios y catálogos de los bienes culturales eclesiásticos.90

Las jornadas de estudio realizadas en la República Argentina han dado lugar a algunos testimonios realistas y desoladores, presentados por autores que han conocido muy bien la situación del país en esta materia.91

La enumeración exhaustiva de esas situaciones de riesgo es imposible de incluir aquí. Es suficiente recordar, que algunas provienen de un cambio en la cultura predominante, que no siempre aprecia la herencia del pasado, y que atiende con premura y sentido práctico las cuestiones inmediatas y de mayor utilidad. Los nuevos horizontes del saber y de la educación han desplazo a menudo el interés por la sabiduría de los antepasados y por las tradiciones -aún largas- de otros tiempos. Si bien las tecnologías puestas hoy al alcance de todos, facilitan el contacto con la sabiduría, el arte y la religiosidad de todas las épocas.

Otros inconvenientes han nacido de los cambios producidos por la misma Iglesia, sobre en su liturgia y formación, que con razones valederas han impulsado nuevos formas de arquitectura sacra, ornamentación litúrgica, música religiosa, y de métodos catequísticos. En el afán de llegar a todos con un lenguaje adecuado y de hacer más comprensible el mensaje evangélico, ha procurado -y con celeridad- hallar nuevos estilos en todos estos ámbitos; de manera que muchos objetos litúrgicos y ciertas costumbres han sido desplazados y olvidados. Una actitud de constante y acertado discernimiento, aplicado a estos cambios, será siempre conveniente y aún necesaria.

La evolución de la vida religiosa y consagrada en el mundo ha dado lugar a situaciones que afectan la conservación de los bienes, y por ello han merecido la especial orientación de la Iglesia. En efecto: muchos institutos han replanteado sus obras de apostolado; la falta de vocaciones se ha hecho notar; numerosas casas religiosas erigidas han sido cerradas o trasladadas; ha sido necesario reagrupar comunidades de religiosos y religiosas; muchas capillas y oratorios fueron remodelados o transformados; importantes propiedades fueron vendidas o transferidas, etc. Todo ello ha contribuido para que el patrimonio heredado, a menudo antiguo, abundante y de gran valor, no haya sido debidamente atendido y resguardado; aunque para cuidarlo de veras, suele aparecer otra dificultad que es la carencia de medios económicos y de personal preparado.

El patrimonio sufre también las consecuencias del paso del tiempo, del clima y de los accidentes naturales. Sobre todo cuando está formado por materiales sensibles a: la humedad o sequedad del ambiente, las inundaciones o incendios, la flora y la fauna que invade con fuerza archivos y bibliotecas, la tierra y el viento, etc.



El capítulo más triste de los riesgos del patrimonio está compuesto por los errores humanos, tanto de los responsables que debieron guardarlo, como de quienes han pretendido y aun intentan abusar de él. Hay lugares sagrados que resultaron arruinados o perdidos por ignorancia, descuido en su mantenimiento, o falta de oportunas inversiones. Piezas y objetos valiosos, documentos y libros, que fueron vendidos sin autorización, canjeados fraudulentamente, falsificados o simplemente robados. Así se entiende que las leyes y normativas formulen adecuadas prescripciones, y que los documentos de la Iglesia insistan tanto en la formación de las personas responsables, en todo nivel, del patrimonio eclesial.

1. CONCILIO VATICANO II, Sobre la Iglesia en el mundo (Gaudium et Spes: GS) 69,1: Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad.

2. CONCILIO VATICANO II, Sobre el apostolado de los laicos (Apostolicam Actuositatem: AA) 7,3: En el decurso de la historia, el uso de los bienes temporales ha sido desfigurado con graves defectos, porque los hombres, afectados por el pecado original, cayeron frecuentemente en muchos errores acerca del verdadero Dios, de la naturaleza, del hombre y de los principios de la ley moral, de donde se siguió la corrupción de las costumbres e instituciones humanas y la no rara conculcación de la persona del hombre. Incluso en nuestros días, no pocos, confiando más de lo debido, en los progresos de las ciencias naturales y de la técnica, caen como en una idolatría de los bienes materiales, haciéndose más bien siervos que señores de ellos.

3. Cfr. PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI), 2005, sobre todo capítulos 4 y 10.

4. Cfr. PAPA FRANCISCO, Carta encíclica Laudato si´, sobre el cuidado de la casa común, 2015.

5. CDSI 466.

6. Cfr. CDSI 470.

7. Cfr. CSDI 182.

8. Cfr. CDSI 175. 334-335.

9. GS 53,3: Con la palabra
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