Participacion social e imagen social de la vejez



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PARTICIPACION SOCIAL E IMAGEN SOCIAL DE LA VEJEZ

Paula Aranibar Munita



Sabemos que el envejecimiento es mucho mas que el mero cambio psicológico ocurrido a través del desarrollo del ciclo vital y que los cambios relacionados a la edad se manifiestan de forma interrelacionada en todos las dimensiones de la vida. De esta forma, la perdida o el compromiso serio de la capacidad en cualquiera de estas áreas puede acelerar el grado de declive de las otras, por ejemplo, una mala salud, puede significar un aumento en los gastos médicos que hagan necesario desplazar hacia este gasto montos destinados a alimentación o manutención del hogar.
Alternativamente, un entorno físico y social favorable y propicio puede retardar, hasta cierto punto, la perdida de capacidad funcional. Esta concepción multidimensional del proceso de envejecimiento humano generalmente no se encuentra plasmada en la planificación y desarrollo de las políticas nacionales, las que en general prestan mayor atención a aspectos cuantitativos referidos a aspectos demográficos tales como el rápido incremento del número relativo y absoluto de personas mayores o el crecimiento sin precedentes de la población mas vieja entre los viejos. Sin embargo el estudio de las características cuantitativas del envejecimiento poblacional provee de información limitada sobre el estado y las necesidades de la población mayor, su inherente diversidad hace que no sea posible extrapolar la observación de la estructura de edades a la estimación de las necesidades de la población mayor. “Una efectiva planeación para una sociedad que envejece requiere prestar atención tanto a lo aspectos cualitativos del envejecimiento como a sus aspectos cuantitativos. Estos aspectos definen en gran parte la calidad de vida en cualquier edad e incluyen no solo el estado de salud, sino también aspectos relacionados con el entorno físico y social de las personas” (Soldo y Logino, 2003).
Para Gallopin1 (1982) la calidad de vida como propósito superior de los procesos de planificación aparece asociada a la satisfacción del conjunto de necesidades que se relacionan con la existencia y bienestar de las comunidades, la preservación de la cultura de la sociedad en que se insertan u de las condiciones ambientales, unidas a las formas de organización interna que una sociedad posee para satisfacer estos requerimientos.
Según esto parece apropiada la definición de Delgado de Bravo y Failache (1993), para quienes calidad de vida es “el grado de bienestar de las comunidades y de la sociedad, determinado por la satisfacción de sus necesidades fundamentales, entendidas estas como los requerimientos de los grupos humanos y de los individuos para asegurarse su existencia, permanencia y trascendencia en un espacio dado y en un momento histórico determinado”.
Para los autores si consideramos calidad de vida como un sistema de necesidades interrelacionadas e ínter actuantes podemos establecer que cada una de las dimensiones o componentes de la calidad de vida tienen diferentes satisfactores, entendido estos como los medios cuyo uso y consumo permiten la satisfacción de esas necesidades. Cada sistema económico, social y político adopta diferentes estilos para la satisfacción de las necesidades fundamentales. En cada sistema, estas se satisfacen (o no se satisfacen) a través de la generación (o no generación) de diferentes tipos de satisfactores, los cuales no están igualmente distribuidos ni entre los grupos sociales, ni entre géneros, ni entre generaciones, ni a nivel espacial.
En otras palabras, “la disponibilidad y acceso de la población a los satisfactores, es lo que va a permitir cubrir los requerimientos de los individuos, grupos sociales y comunidades, respecto a un determinado componente de necesidad. El balance entre los satisfactores deseados y los realmente obtenidos, indica el grado de satisfacción de cada componente de necesidad involucrado en el concepto operativo de calidad de vida. Los satisfactores están culturalmente determinados, varían en función de las normas y valores que imperen en un sistema socio espacial dado y en un tiempo determinado” (Delgado y Failache, 1993)
En esta lógica, para efectos operativos de planificación y evaluación en primer lugar se requiere identificar las dimensiones de calidad de vida que se consideren importantes. Estas dimensiones son los componentes de necesidad que requieren ser satisfechos para alcanzar una calidad de vida aceptada y deseada. El proceso de definición de dimensiones de la calidad de vida puede ser de naturaleza teórica o empírica, pero desde el punto de vista de la gestión, la tendencia es a incluir aquellas dimensiones que pueden ser mas impactadas por las acciones y políticas de Estado o que respondan al ámbito donde la acción concertada del Estado con la Sociedad Civil resulten importantes (Delgado de Bravo y Mendez, 1997). Sin lugar a dudas la participación social de la personas mayores e encuentra dentro de estos ámbitos.
La participación social de los ancianos ha sido tradicionalmente abordada desde su dimensión individual. Desde esta perspectiva la participación podría definirse como el “proceso de interacción personal que consiste en tomar parte activa y comprometida en una actividad conjunta y que es percibida por la persona como beneficiosa” y su manifestación operativa por excelencia seria “la satisfacción que experimentan los individuos como resultado de su participación en las actividades sociales que realizan en el medio familiar, en el centro de trabajo y en el ámbito comunal y nacional2 (Monchietti 2001).
Así conceptuada, a participación social es considerada como una necesidad vital indispensable para la autorrealización personal de las personas mayores ya que “la participación en actividades sociales e interacciones significativas permitiría el desarrollo de las potencialidades y recursos que la persona mayor posee”. (Monchietti, 2002)
Los hallazgos empíricos resultantes de las investigaciones realizadas desde este enfoque enfatizan los beneficios que la interacción social, tiene sobre los mayores, especialmente en lo relacionado a su salud, funcionalidad y bienestar subjetivo. La asociación positiva entre bienestar, salud e interacción social ha sido largamente documentada (Lowental y Haven, 1968). Las investigaciones en este campo han demostrado largamente que las personas mayores que participan en grupos sociales mantienen una calidad de vida superior a los que están socialmente aislados, encontrándose correlaciones positivas entre percepción subjetiva de bienestar y estilo de vida activo (Krzemien, 2001), que altos niveles de participación social se asocian con menores niveles de suicidio, mejor salud física, menor mortalidad (Hause, Landis y Umberson, 1998) y mayores niveles de bienestar psicológico (Beck y Page, 1988) . Para Rowe y Kahn (1997) un compromiso activo y productivo con la sociedad es un componente central de una vejez exitosa.
El análisis de la participación social desde el punto de vista del sujeto mayor, ha significado un importantísimo avance en el campo de la gerontología, sobretodo al contrastar sus hallazgos a la controvertida teoría del retraimiento o desvinculación (disengagement theory) según la cual, la vejez conlleva inevitablemente a la disminución de la interacción entre el individuo y la sociedad y que este hecho es satisfactorio (o funcional) para ambas partes3.
Sin embargo, este análisis, que responde a una línea empírica y teórica que ubica la calidad de vida como un constructo esencialmente subjetivo4 presenta varias limitaciones:
En primer lugar y sin entrar a fondo en la controversia sobre el carácter subjetivo versus el carácter objetivo de la calidad de vida, parece de utilidad citar a Fernández Ballesteros, (1998a) para quién “un modo de calidad de vida reduccionista - ya sea exclusivamente subjetivo o exclusivamente objetivo – únicamente logrará empobrecer e invalidar un concepto que, por propia naturaleza, es extraordinariamente diverso. La vida establece unas condiciones objetivas y la existencia humana proporciona conciencia y reflexión, es decir, subjetividad. No se puede ignorar ningún tipo de condición en ninguna consideración de la calidad de vida de un sujeto o de un grupo de sujetos determinados. Por ejemplo, mientras que podríamos considerar como incuestionable el ingrediente de apoyo social del cual disfruta un individuo, se refiere a un hecho objetivo, es decir, al número de relaciones que un sujeto dado establece o mantiene en un período de tiempo determinado; no menos importante, sin embargo, es la condición subjetiva de la satisfacción que siente el sujeto en sus relaciones sociales”
Al respecto Pedrero (2001) nos advierte que “la reducción de la calidad de vida a la subjetividad (percepción individual de un estado de cosas importantes para el sujeto) permite mantener la sospecha de que se puede ser perfectamente feliz en medio de la miseria y la ignorancia ...de ahí a hacer permanentes las situaciones las situaciones de “felicidad” para los pobres, librándolos de los inconvenientes que el bienestar representa, no hay excesivo trecho (...) De ahí la necesidad de las políticas sociales como mecanismos de mediación para la satisfacción de las necesidades básicas (y para garantizar el cumplimiento de los derechos sociales de los ciudadanos)5”.
De hecho, la realidad muestra que sólo a partir de la posesión de un mínimo de recursos, es decir, cuando las necesidades primarias básicas han quedado satisfechas, es posible hablar de calidad de vida en términos subjetivos. O, por decirlo de otro modo, la perspectiva de la calidad de vida que, como podemos apreciar, se revela como muy amplia y permite incrementar los marcos donde se inscribe el bienestar en nuestras vidas, poco podría perfilarse si las condiciones básicas para que sea una realidad no se cumplen: vivienda, alimentación servicios básicos, entorno comunitario, etc., por mucho que se desarrollen las habilidades y conocimientos sobre el control de nuestras condiciones de vida. (Pedrero, 2001)
En segundo lugar la participación social no solo se refiere a los estilos de vida de cada persona, a sus modelo relacionales internacionalizados, también esta estrechamente ligado a el lugar que la sociedad asigna a quien envejece, es decir a la imagen social de la vejez. (Monchietti, 2001)
Los estudios sobre la imagen del envejecimiento indican que en la actualidad la visión hegemónica en las sociedades occidentales es negativa y se expresa en la representación social de la vejez como pasividad, enfermedad, deterioro, carga o ruptura social. (CEPAL, 2003). Entre las causas del problema la literatura especializada coincide en identificar la construcción social de la vejez como dependencia como uno de los aspectos de mayor peso.
Al respecto, Rodríguez (1997) entrega un análisis acabado acerca de la construcción de la imagen social de la vejez, identificando la construcción de dependencia de la vejez como uno de los principales elementos constituyentes de su imagen social negativa. Para el autor las distintas teorías existentes que han determinado hasta recientemente el campo interpretativo de la edad madura han tratado de articular una concepción biológica de la vejez (basada en la idea de la dependencia) con las exigencias de la modernización económica (el retiro anticipado ante la inexorabilidad del cambio técnico) y estereotipos culturales dominantes (la ideología de los viejos como carga social y económica y desvinculados de la realidad social). “La producción de la dependencia se expresa como bioligismo demográfico: el envejecimiento y el crecimiento del número de personas mayores cuestionaría la capacidad económica de las sociedades para su sostenimiento. Los mayores serian una carga económica y estaríamos ante una “alarma demográfica” como variable determinante de las políticas de vejez. Detrás de la alarma aparecería la competencia intergeneracional por los recursos escasos entre activos y pasivos y entre cohortes que justificaría la privación necesaria o asistencializacion de la protección social de los mayores”.
Estos elementos conceptuales constituyen los factores de la producción ideológica de la dependencia en los que el alarmismo, el aclasismo y la versión ahistorica de la ancianidad definirían el marco conceptual de la imagen social de la vejez. Bajo esta concepción los mayores serian un colectivo supuestamente homogéneo, cuya desvinculación social y carga económica justificarían políticas restrictivas y encubridoras de la exclusión social de un conjunto de colectivos que se suponen que ni son económicamente productivos ni socialmente participativos no culturalmente interesados.
Frente a este esquema reduccionista se opone el enfoque socio histórico en el que la diferenciación social de clase, género y hábitat son elementos constitutivos de una construcción social de la vejez como proceso social e histórico. “Para el enfoque socio histórico, los mayores no constituyen un grupo social homogeneo y situado al margen de las estructuras y procesos sociales. Por el contrario, el análisis y comprensión de la tercera edad pasa por comprender la relación existente entre envejecimiento y vida social, la realidad y significado de la diferenciación existente en el colectivo y el papel de la política social en la producción de la dependencia de la gente mayor. Se trata de localizar a la gente mayor en la estructura social u conocer la interrelación de estas posiciones con el impacto de las políticas sociales. Esta comprensión precisa de un requisito metodológico previo: la superación de los estereotipos sociales que hacen del mayor una persona no participativa” (Rodríguez, 1997, p 23.)
Según Rodríguez, el debate teórico sobre a naturaleza social de la existencia y participación social de la gente mayor se reduce al fin a diferenciar entre las posiciones que constatan la situación de dependencia legitimándola por razones biológico-funcionales o económicas y que devienen en una justificación, implícita al menos, de los derechos sociales de los mayores y aquellas otras que se preguntan por las raíces sociales de la diversidad, en cuanto a estilos de vida, participación social y formas de dependencia de los mayores.
En tercer lugar, si bien en las personas mayores, la autorrealización personal implica desempeñar un papel más activo en los asuntos públicos, defendiendo sus demandas en el acceso equitativo a oportunidades de empleo y ocupar espacios centrales antes que marginales en la sociedad (CEPAL, 2003), la participación ciudadana de las personas mayores además de una necesidad de autorrealización, debe ser considerada también como una condición indispensable para la viabilidad sociopolítica del proceso de planificación y el desarrollo de la democracia ya que permite incorporar en los índices la percepción que la población mayor tiene sobre las prioridades de sus necesidades, investigar sus formas de organización y los medios disponibles para la participación y las potencialidades existentes en las diversas comunidades para lograr una participación efectiva (Delgado Bravo, 1998).
La cohesión social tiene su expresión individual en la integración y la integración es el proceso de participar igualitariamente como miembro de una sociedad (Ravanera, 2001). La integración, o el proceso de participar equitativamente en la sociedad varían durante el ciclo de vida. Por participación equitativa, entendemos, por una parte, la oportunidad de gozar de los bienes económicos, culturales y sociales logrados por el avance global de las sociedades y la civilización en general y por otro, la oportunidad de aportar a su desarrollo a través de actividades productivas y ser valorado y reconocido por ello. Aquí nos referiremos al segundo tema: la actividad productiva de las personas mayores como elemento central de su participación e integración y de la cohesión de las sociedades. .
En América Latina las distintas legislaciones fijan la edad de jubilación en 60 o en 65 años, con diferencias entre hombres y mujeres, pudiendo estas jubilar en algunos países incluso a los 55 años. De este modo, los 65 años marcan el umbral a partir del cual las personas de edad deben retirarse de la fuerza de trabajo. Aun cuando las tasas de participación laboral de las personas mayores en América Latina son altas 6 una buena proporción de mayores dejan de trabajar en forma voluntaria o no, a los 65 años. Por otra parte, la gran mayoría de las mujeres que hoy son mayores no han trabajado nunca fuera de sus hogares.
Por otra parte, al considerar las condiciones de vida (en su sentido amplio) de las personas mayores generalmente se supone unidireccionalidad de los flujos de apoyo e intercambio, desde los adultos jóvenes hacia las personas mayores, sin considerar los aportes que hacen los ancianos al grupo familiar; sin embargo, el análisis de los datos muestra una realidad diferente. La gran mayoría de los ancianos latinoamericanos vive en hogares multigeneracionales. En las zonas urbanas de todos los países analizados, entre 67 y 87% vive en esa condición y aun cuando parezca extraño, los adultos mayores sostienen buena parte de esos hogares; más aún, la ausencia de personas de edad aumentaría la incidencia de la pobreza a niveles elevadísimos, en particular en aquellos hogares donde el aporte del adulto mayor supera la mitad del ingreso total (CEPAL, Panorama Social 1999-2000).
Aun cuando hay una sospechosa falta de investigación empírica acerca de las actividades productivas realizadas por las personas mayores fuera del mercado (atención que si ha tenido la investigación sobre actividades de ocio y uso del tiempo libre) existe algún consenso en que las personas de edad, hombres y mujeres -en forma altamente diferenciada- realizan actividades relacionadas con el cuidado me niños, la mantención y mejoramiento de los hogares, el trabajo voluntario., la ayuda informal a las familias y los amigos, la asistencia a personas enfermas, a través de las cuales obviamente se producen bienes valiosos y necesarios aún cuando no sean pagados.
En resumen, las personas mayores participan “económicamente“ en la medida que muchos continúan realizando actividades dentro del mercado laboral en los sectores formales e informales y que sus capitales de ayer, pensiones hoy, contribuyen a la generación de empleo mediante el gasto en consumo y a la supervivencia de muchas familias de las cuales forman parte “pero además son socialmente productivos al ejercer una solidaridad que conlleva en muchos casos el cuidado de los nietos (para que las nueras y las hijas trabajen) y el apoyo económico a los hijos que lo necesiten. Además, son activos, intervienen en el desarrollo de la sociedad, en la configuración de nuevas formas de ocio y entretenimiento y son transmisores de pautas y valores, memorias históricas y saberes de los que es beneficiaria la sociedad en su conjunto” (Rodríguez, 1997).
Entonces, por qué la imagen generalizada de inactividad, improductividad y en definitiva, inutilidad social de las personas mayores. Y desde el punto de vista sociológico, como explicar la sistemática ausencia del mayor como entidad productiva dentro del discurso, de la investigación y la producción teórica?
En conciencia de que posiblemente estamos dejando de lado una serie de factores sociales, económicos y culturales que seguramente deben influenciar este asombroso menosprecio de las ciencias sociales en general por las actividades productivas de las personas de edad, parece cuerdo sugerir que esta falencia se debe, justamente al carácter de estas actividades: actividades realizadas al margen del mercado en una sociedad capitalista. Y es aquí donde el análisis de genero, presta a la gerontología importantes herramientas de análisis.
En la lectura económica tradicional la producción se encarga de la elaboración de bienes tangibles o materiales valorados y la reproducción, de la manutención y reemplazo de la fuerza de trabajo. En consecuencia, la producción queda asociada al empleo o trabajo remunerado (es el pago el que evidencia su valor) y a la esfera mercantil y la reproducción se asociaría con el trabajo domestico (Kaaber 1998), invisible incluso a los ojos de quienes los levan a cabo (Carrasquer y otros, 1998), fundamentalmente mujeres. Desde la crítica feminista se ha reconsiderado esta dicotomía ya no reivindicando la importancia de la reproducción dentro de las sociedades sino derrocando la vinculación del trabajo domestico con reproducción y el empleo o trabajo remunerado con producción.
La crianza y socializacion de los ninos, elaboracion de comida el apoyo emocional y afectiva de sus miembros, la cobertura sexual de los miembros de la pareja, entre otros constituyen actividades especificas que el mercado no puede garantizar y tienen por tanto, un alto valor a la hora de garantizar mecanismos de reproduccion aceptables para que la produccion que realizce la fuerza de trabajo masculina sea competitiva. De esta forma la tarea “reproductiva” puede entenderse tambien como productiva, y en cuyo caso debera comprenderse el trabajo despleagdo en este ambito com aporte al PBI, Es decir, el trabajo domestico (realizado mayoritariamente por mujeres muchas de ellas ancianas) es una aporte a la renta nacional per capita, que el Estado deberia contabilizar. En funcion de ello, el gasto social no seria entendido como tal, gasto, sino como remuneracion salarial por una actividad desarrollada (Das Biaggio2000). No parece extraño entonces, que el tema resulte incomodo. Esto no es novedad entre las feministas pero es una perspectiva novedosa para tratar el tema de la vejez.
Es, a la vez, un desafio ya que los estudios de genero hasta ahora se han centrado en la mujer actual, dejando de lado a las generaciones anteriores de mujeres. Por otra parte, los estudios genericos de vejez han dejado obviado el papel que en nuestra sociedad juegan las mujeres de edad avanzada hasta tal punto de anular a la mujer anciana como actor social, asociandolas sistematicamente al declive físico, la soledad, la dependencia, el aislamiento cultural y la de pauperización, todas las características que hacen indeseable la vejez y suscitan la protección publica y familiar (Pérez Díaz, 2001) Frente a esto que papel van a jugar en el conjunto social sino el de la dependencia? .
Sin embargo, para quienes trabajamos directamente con mujeres mayores, es evidente que estas mujeres no corresponden en absoluto al estereotipo, que falla de manera estrepitosa cuando se trata de captar la realidad de las muejres ancianas. Coincidiendo con la exepcional exposicion de Julio Perez Diaz, en La femenizacion de la Vejez (2000), la sobremortalidad masculina ya deberia resultar sospechosa, pero lo cierto es que existen muchos otros factores que evidencian la falsedad del planteamiento protector y conmiserativo que niega todo lugar a la mujer anciana. Todo el mundo sabe que, al menos hasta ahora, las mujeres no abandonan su trabajo al llegar la edad de la jubilacion. Aun mas, al llegar a la jubilacion, las diferencias establecidas entre hombres y mujeres a partir de la actividad economica formal y extradomestica desaparecen subitamente. No solo no es asi en la practica sino que es precisamente en ese momento cuando se vuelven mas notorias, al desaparecer su justificacion. Se vuelve evidente, enttonces, “ que si bien los hombres han estado preparados y ocupados para el mundo abstracto e impersonal de la economia de mercado, su formacion no les capacita para volver al “mundo real” extralboral. En esta situacion es claro que las personas mas preparadas, con mas conocimiento de la economia domestica, las que han cultivado durante anos los vinculos de solidaridad familiar que ahora son mas solidos y en definitiva, las mas autosuficientes, son las mujeres. Y es esta independencia funcional, mas que su superioridad numerica, la que las hace interesantes para el resto de la sociedad y la que me lleva a afirmar, de una manera quiza provocativa, que son la autentica vejez del mundo actual”.


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Socióloga, MA. en Gerontología Social Universitat de Barcelona

1 Gallopin, G. (1982): Calidad de Vida y Necesidades Humanas. MARNR, Proyecto Sistemas Ambientales Venezolanos, Doc.12, Caracas. Referido por Delgado de Bravo, 1998.

2 Amat y otros, citado por Krzemien, 2002

3 Por un lado, este abandono permitiría al anciano desprenderse (esencialmente a través de la “oportunidad” de jubilarse) de una serie de roles y responsabilidades sociolaborales que ya no está en condiciones físicas ni psicológicas de asumir y encontrar un espacio de paz para prepararse para la muerte (Pilar Rodríguez, 1995). Por otro lado, deja campo para que se produzca el recambio de generaciones viejas por otras nuevas y más aptas, sin mayores conflictos ni traumas.


4 Posicion que ha sido cristalizada en la definición que el 1983 hace la OMS, para la cual calidad de vida seria “la percepción del individuo sobre su posición en la vida en el contexto de un sistema de valores en el que vive y en relación con sus aspiraciones, expectativas, valoraciones e intereses.”

5 Pedrero, 2001, p.7

6 Los datos disponibles para América Latina muestran que la cantidad relativa de personas mayores de 60 años que forma parte de la fuerza de trabajo desciende de manera importante respecto a las edades más jóvenes. Si embargo se observa que la participación en la actividad económica de las personas entre 65 y 69 años persiste en magnitudes elevadas. Los datos permiten inferir que las diferencias relativas según género y área de residencia se acentúan con la edad. Por un lado, los hombres participan proporcionalmente más y hasta edades más avanzadas que las mujeres y, por otro, lo mismo sucede con los hombres de áreas rurales comparados con los de áreas urbanas.


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