Parte I mosaicos del pasado «Y el hombre de la universidad supone que debe reprimir la emo­ción para producir »



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El mosaico partido
Ladislau Dowbor
La economía más allá de las ecuaciones
Parte I

Mosaicos del pasado

«Y el hombre de la universidad supone que debe reprimir la emo­ción para producir...»

Milton Santos

La economía ayuda a formar nuestra visión del mundo, pero no puede constituir una visión completa. Porque las dimensiones económicas sólo representan un segmento de lo que somos. La riqueza explicativa, por otro lado, procede de que el poder y la dinámica de transformación de la socie­dad se estructuren en torno a intereses económicos. Quienes no entienden los procesos económicos acaban por no entender cosas tan elementales como por qué somos capaces de hazañas colosales como los viajes al espacio, pero somos incapaces de reducir la tragedia de diez millones de niños que mueren al año de hambre y otras causas absurdas, o de refrenar el ritmo de destrucción ambiental del planeta.



La comprensión de la economía es, a su vez y sólo en parte, un proceso técnico en el que se conjugan y combinan principios emocionales, la his­toria vivida, el medio social, así como instrumentos técnicos y aspectos teóricos. Los procesos de elaboración intelectual no flotan en el aire, no existen de forma aislada. Lo interesante de verdad no es el recorrido cientí­fico en sí mismo, sino cómo se realiza ese recorrido con los sencillos dile­mas a los que se enfrenta cada ser humano. Che Guevara escribió en alguna parte que un político que no sabe pararse a atar el zapato a un niño no ha entendido gran cosa. En el centro mismo de nuestra aventura humana se encuentran los valores, nuestra fragilidad o generosidad individual, nuestra capacidad o impotencia, para organizar una sociedad que funcione.

La visión de la economía que presentamos a continuación aparece como la reconstrucción de una biografía. Sería, digámoslo así, el retrato de una vivencia, de una persona que no optó por ser economista porque le gustara en especial la economía, sino porque entendió que sin comprender la economía no entendería otras cosas, el mundo no económico.



Hacer un tipo de economía autobiográfica puede parecer un ejercicio narci­sista. Todos somos un poco propensos a creer que nuestra vida es interesante. En este caso, la verdadera motivación proviene de la convicción de que la economía vivida puede ser más real que la economía teórica de una sociedad hipotética.
Inicios

Hijo, de padres polacos^, nací en Francia en 1941 en una casa de juego situada en la frontera española. Quizá para un brasileño sea difícil imaginar cómo podía ser nacer en Europa en 1941, en medio de un conflicto que segó la vida de unos sesenta millones de personas. Se nacía donde se po­día. Como España era un país de moralidad elevada, la gente rica acudía a Francia a jugar y a divertirse; así el régimen franquista sembró los Pirineos de casinos. Mis padres, que habían participado en la Primera Guerra Mun­dial y en la Segunda, ya no se entusiasmaban por los himnos patrióticos; huyeron de los alemanes por el sur de Polonia, fueron a parar a Francia, para seguir huyendo hacia el sur a medida que aquéllos avanzaban. De modo que acabé naciendo en los Pirineos, en la frontera con España, en una casa de juego. Todo tiene sus razones.

Nacer en el extranjero marca, porque ya se nace fuera de sitio, es decir, el niño ya está obligado a tomar conciencia de ello, ya que los niños, que reaccionan con agudeza a cualquier diferencia de ropa, acento o cultura, tienen para dar y tomar con un niño extranjero. Así, durante los primeros años se van confrontando culturas: en realidad nada es espontáneo, natu­ral, evidente, pues en casa todo se ve de una manera y en la calle de otra. En la calle y el colegio existe otra cultura, existen otros valores. Para mí no había un sistema «natural» de valores, sino la posibilidad de diferentes valores para cada cosa. Desde pequeño tuve la necesidad de escoger, que es una dificultad, pero también enriquece. Estamos abarrotados de visiones simplificadas, que aceptamos porque todos los demás lo hacen, pero que al someter a un poco de reflexión, se muestran absurdas. Más adelante recu­peraremos este aspecto.

La guerra es otro factor. Todos los europeos quedaron marcados por ella y, en particular, por la profunda convicción de que cualquier hombre, rico o pobre, educado o no, en determinadas circunstancias se convirtió en un héroe o en un ser vil. Cuando se ven las aberraciones de las que es capaz el ser humano en ciertas circunstancias, se pierde la visión del «hombre bueno» y el «hombre malo» como determinantes del comportamiento. Te­nemos la posibilidad de decidir y, de hecho, sería más fácil o simplemente más cómodo que no hacerlo. Podemos creer que en el conflicto palestino los israelíes son los buenos y los árabes lo malos. O podemos tomar partido en contra o a favor de los serbios en la antigua Yugoslavia. Visto de este modo, y por más que utilicemos argumentos científicos, el mundo acaba siendo una versión sofisticada de las películas de buenos y malos. En rea­lidad no se trata de buenos y malos. Según se dice, la persona es sus circunstancias Más importante que glorificar al bueno por perseguir al malo es pensar en las circunstancias, en el contexto que construye o destruye las relaciones sociales. Presenciar la guerra desde pequeño y vivir sus conse­cuencias marca profundamente.

En 1951 llegamos a Brasil, ya que mi padre, ingeniero metalúrgico, había conseguido un contrato con la Belgo-Mineira en João Monlevade. Nos instalamos en la Vila dos Engenheiros, lo cual me causó una gran im­presión, la primera que tuve en Brasil, al ver un mundo tan dividido entre los de arriba y los de abajo, entre la Vila dos Engenheiros y la Vila Tanque, donde vivían los trabajadores. La gran impresión de quien llega de Europa es en realidad que la división entre la casa grande y la senzala (la casa de los esclavos de una plantación) sigue intacta por más tecnología moderna que se introduzca. En cierta manera se sedimentaba otra idea -de la cual tomaría conciencia más adelante-: que la modernidad es una forma digna de relaciones humanas y no una abundancia de máquinas o automóviles. Puede que a los residentes de Alfaville, un condominio distinguido de São Paulo, les guste vivir en su isla. Unos creen que llegarán a alguna parte, otros son conscientes de lo absurdo. Los que viven en los aledaños del condominio ya se hacen llamar «Alfavela». ¿Conduce a alguna parte esta clase de modernización?

A mi padre nunca le gustó el autoritarismo de los propietarios luxem­burgueses de la inmensa fábrica metalúrgica de Monlevade. Una vez me habló de un plan sencillo para mejorar la productividad de la laminación mediante la corrección de un error estructural de la fábrica. Le pregunté qué le había parecido a la directiva: me miró espantado, ya que jamás se lo comunicaría, pues no les interesaba. Aquella actitud me marcó mucho, porque para mí era evidente que si una persona conocía un modo de mejo­rar algo, debía tomar medidas para hacerlo. Obviamente, para mi padre, la fábrica eran «ellos», el otro lado de la valla, otro mundo. De esta manera, el ingeniero de una empresa estaba a la vez dentro y fuera, cumplía con su obligación y recibía su salario, pero no iba más allá. Cada parte se limitaba a cumplir con su obligación. Un día se solidarizó con un trabajador contra un ingeniero alemán. Poco después ya estaba buscando empleo en São Paulo. La fábrica también dividía el mundo entre «nosotros» y «ellos». No fue Karl Max quien inventó las divisiones.

Mientras mi padre se hacía un hueco en São Paulo, nos instalamos en Belo Horizonte, en el barrio de la Cameleira, y me puse a estudiar en el Colegio Loyola. Mi madre era médico. En plena avenida de Afonso Pena, una mendiga con un niño claramente mal nutrido en brazos se le acercó un día a pedir limosna. Al ver al niño, mi madre montó un escándalo; no se calmaría hasta que no llamaran a un médico, una ambulancia, o al mismo diablo. Yo, que entonces tenía once años, tiraba del brazo de mi madre, muerto de vergüenza. Pero ella era así, no toleraba lo intolerable y no tenía miedo al escándalo. Hay cosas que simplemente no pueden aceptarse. Aún hoy, cuando ya han pasado veinte años de su muerte, siento que he here­dado parte de esa entereza. Cierto que para formarse en la medicina en los años veinte, una mujer tenía que ser alguien de armas tomar.

Sin embargo, la entereza de mi madre no bastó para que se adaptara a la vida cotidiana de Brasil. O tal vez su capacidad de indignación era excesiva. A la muerte de Stalin decidió regresar a Polonia y, desde allí, preparar el regreso del resto de la familia. Pero el regreso nunca se daría. Como efecto indirecto de la guerra, mientras el segmento brasileño de la familia se adaptaba a la realidad local, ella era reabsorbida cada vez más por la familia polaca. Como mi padre trabajaba en empresas del interior, mi hermano y yo, ambos adolescentes, pasamos a vivir la amplia libertad que proporcionaban las pensiones de la ciudad, disfrutando intensamente de esquinas, bares y partidos de fútbol en las explanadas, toda una riqueza de convivencia que compensaba de sobra la pérdida de una vida familiar organizada. Era la riqueza cultural brasileña que digería deprisa la herencia europea, como habían hecho ya tantas generaciones de inmigrantes. Y las personas son simplemente personas, sea cual sea su origen.

Las emociones toman caminos desconocidos. Me enamoré desespera­damente de una muchacha judía de origen polaco, como yo. Cuando el padre descubrió que su hija andaba con un goi, la mandó sin más a Israel para que conociera a jóvenes de bien. Europa y sus odios seguían activos en Brasil, y a Pauline y a mí nos alcanzaban con toda su fuerza. El padre había perdido a su familia en Polonia y no perdonaba a su hija que no he­redara sus odios. Trabajé un año entero, 1963, con la intención de juntar cuanto dinero pudiera para ir a verla a Israel en una época en que viajar a Europa era todo un acontecimiento. Como mi padre trabajaba entonces en la siderúrgica Açonorte de Pernambuco, yo fui a trabajar a Recife, donde me hice reportero para el Diário da Noite y el Jornal do Comércio.

Escribía bien y, al poco tiempo, el periódico me nombró para acompa­ñar a la sección de los patronos de las fábricas. Cuando me presenté para recoger material, la asociación de patronos me ofreció el doble del dinero que ganaba con el periódico. Me explicaron que era lo normal, que el pe­riódico me había hecho un favor y que los periodistas que cubrían la sec­ción recibían tal ayuda. Rechacé la ayuda, y el jefe de redacción comentó riendo que un día en la prensa brasileña aún habría lugar para esta clase de renuncias. En realidad no era sólo la corrupción institucionalizada lo que me chocaba. El impacto de la miseria en Recife era violento, y la agitación de las ideas del gobierno de Miguel Arraes generó en la ciudad una nueva dinámica cultural. Pese a mi temprana edad, como reportero me encon­traba con Paulo Freire, Celso Furtado, Gilberto Freire, Ariano Suassuna y otros personajes que, de diversas formas, alimentaban reflexiones sobre la realidad del nordeste de Brasil. En el Movimento de Cultura Popular hallé gente de mi edad mucho más politizada con una intensa dedicación a las transformaciones sociales. Mis reflexiones empezaron a girar como un caleidoscopio, apareció un conjunto de nuevos puntos de referencia, y mi gusto por la filosofía y por la lingüística fue sustituido por el de la econo­mía. Quería entender las cosas, los porqués, los mecanismos, y ya estaba convencido de que en las dinámicas económicas radicaban los problemas sociales.



Una noche mi padre, que vivía junto a Açonorte, fue a Recife y me invi­tó a cenar. Fuimos a comer langosta. En la puerta del restaurante había un niño claramente famélico. Cené por no molestar a mi padre, pero el dilema ético se volvió para mí meridiano: una persona que cena langosta y deja a un niño con hambre sólo puede tomar dos caminos, o bien cambia sus valo­res y considera normal consumir lujo frente al hambre de un niño, o intenta cambiar la situación que genera estos absurdos. Con el tiempo conocería complejos montajes teóricos que tratan de demostrar que una persona que consume dinamiza la economía, juegos de magia que permiten transformar el egoísmo en altruismo y limpiar la conciencia. Pero en aquella época no conocía estas teorías, y la juventud tiene la hipocresía social poco desarro­llada. Y aun así, no siempre.

Poco después de este episodio leí un libro sencillo y bueno en el que se demostraba que la caridad de una moneda en la calle es buena, pero que es mejor crear organizaciones que apoyen a los pobres, y mejor todavía crear instituciones justas que impidan que surja la pobreza. Son diferentes tipos de caridad. Sin haber leído nada de Marx, mi «norte» ético ya estaba definido con las sencillas raíces católicas y los valores heredados de mi madre: la pobreza es el mayor de los escándalos, y las medidas individua­les no bastan.

Convivir con la dura realidad del nordeste brasileño también me hizo ver claro otro hecho: a partir de cierto nivel de destitución, los pobres pier­den la autonomía de autoconstrucción de su espacio en la sociedad, quedan excluidos. De este modo surge una inmensa masa de población privada de sus propios instrumentos para reducir su miseria y, en consecuencia, la libre iniciativa y la libertad de mercado pierden todo sentido. Es com­prensible que haya personas que tengan mayor o menor éxito en la vida.

Pero para participar en el juego hay que tener al menos una ficha, o capital inicial, con forma de salud, educación, dinero y demás. No se trata de cari­dad. Se trata del simple derecho, como ser humano, a participar del juego social, a acceder al punto de partida. La economía trata sobre los mecanis­mos que rigen el comportamiento de los agentes económicos. ¿Y quién no es un agente económico? En la época, claro está, esta visión era confusa. No obstante, poco a poco, maduraría la comprensión de que un economista en su gabinete pondera sobre cómo una persona puede optimizar su dinero, escoger entre la bolsa o el dólar, anteponiendo así sus teorías a la situación particular de dos millones de destituidos que no tienen donde elegir, y que no por ello dejan de ser personas.

Estudios

A finales de 1963 viajé a Israel. Con 230 dólares, en el vuelo de la Tap que ofrecía descuentos a los periodistas; llegué a Lisboa y seguí de gorra hasta Nápoles, desde donde un barco viejo y tradicional emprendía ruta a Haifa. El barco estaba atestado de judíos que iban a visitar su nueva patria, y por las noches resonaban cantos hebreos. Dos días después del viaje gra­tis, estaba en Eilat, en el golfo de Akaba, con Pauline. La vida no es una novela. Como dos ciegos, tanteamos encontrarnos el uno al otro, pues am­bos habíamos madurado -para un adolescente, un año es una eternidad, éramos dos personas que debían reconstruir su relación. En un año de se­paración, Pauline no había recibido ninguna carta mía que no hubiera sido abierta antes; su padre había ordenado que le retiraran el pasaporte para que no pudiera salir del país. Ella no podía salir y yo no podía quedarme porque era un turista no judío con un visado de tres meses. Descubríamos la dura realidad: la sociedad está organizada en torno a documentos, no en torno a personas. ¿Y qué es una organización social cuyo centro fundamen­tal no es la persona?

A través de amigos, en una red de solidaridad clandestina que existía en la época, fuimos a trabajar a una plantación a orillas del mar Muerto, en Neot-Hakikar. Trabajando con excelentes agrónomos, aprendí a culti­var tomates, támaras y otros productos; a emplear la irrigación por goteo y otras ..tecnologías incipientes en la época. Bajo el tremendo calor de la región, situada a 400 metros bajo el nivel del mar, nadie pedía documentos y pagaban bien.

Allí oímos en la radio el relato del golpe de Estado de 1964 en Brasil, que reforzaría la indignación, la voluntad de cambios. Aumentar el salario mínimo y conceder a los trabajadores rurales tierras para trabajar, dos propuestas evidentes y muy poco subversivas habían bastado para llevar a la clase dirigente a promover un golpe. Entonces vi con toda claridad el puente entre la economía y la política: si uno acepta la miseria de la mayo­ría y, por tanto, se muestra como un pueblo que procede bien, no habrá pro­blemas para mantener la democracia. Pero si gravita la amenaza de utilizar la democracia para redistribuir la renta, se impone una dictadura. Dicho de otro modo, para tener acceso a la renta, el pueblo necesita democracia. Pero para tener derecho a la democracia, no puede reivindicar la renta. Así surge este curioso monstruo que hoy conocemos, un sistema democrático de exclusión económica y social.

Los israelíes discutían con nosotros la tragedia de esta nueva dictadura militar latinoamericana, y volvíamos a trabajar en la cosecha de tomates. Alrededor de mí y de Pauline, dos jóvenes perdidos en este universo, había otras personas perdidas, los beduinos, a los que utilizaban en la cosecha sin poder participar de la vida política y social. Los israelíes sentían pena por nosotros, ciudadanos sometidos a una dictadura. Pero no veían la viga en el propio ojo. Siempre es el otro el que se equivoca.

Aprendí hebreo y me emocionaba vivir la Biblia en primera persona al subir el paso del Escorpión en el desierto o al beber agua fresca de Engadí, al tiempo que recordaba las palabras de la sulamita en el Cantar de los Cantares: «Es mi amado para mí bolsita de mirra que descansa entre mis pechos. Es mi amado para mí racimito de alheña de las viñas de Engadí». En la bíblica ciudad de Beersheba frecuentábamos un bar en los límites del desierto de Negev; era bastante decadente y siempre albergaba a algún que otro desorientado y a las cuatro últimas prostitutas de la región. El nombre del bar era elocuente: The Last Chance.

No nos quejábamos. Estar dentro del sistema, inquietarse y ganar dine­ro puede ser interesante. Estar y vivir fuera del sistema también puede ser interesante, además de romántico. ¿Y no sería más interesante casar ambas maneras? ¿Tiene lógica haber de escoger entre lo uno o lo otro? Pasarían décadas para entender que no se trataba de devaneos adolescentes: casar las necesidades de la economía con nuestra dimensión humana continúa siendo un desafío fundamental del mundo que construimos. La eficiencia es una estupidez si no construye un mundo agradable en términos de lo cotidiano concreto de nuestra vida. Genera competentes tecnócratas ricos, solitarios y frustrados.

Siempre me han gustado las lenguas. Aprendí polaco en casa y luego francés. El portugués vino de manera natural con el traslado a Brasil. Por simple gusto aprendí inglés en el colegio y, más tarde, aprendería e español, italiano y ruso. El hebreo bíblico me llegó por una situación absurda. Pauline y yo intentamos casarnos, no porque diéramos tanta importancia al acto, sino para que ella pudiera tener derecho al pasaporte brasileño (yo ya estaba naturalizado) y salir así del país. Con el objeto de evitar mezclas inconvenientes, Israel no permite matrimonios que no sean religiosos, ni entre religiones diferentes. El resultado práctico fue que ella empezó a tomar clases de catecismo y yo a frecuentar a un rabino de una escuela religiosa, y nuestra ingenua visión era que nos casaríamos por la religión que saliera primero. Consideramos incluso la posibilidad de convertirnos al islamismo, pero no teníamos contactos en esta área.

Al mismo tiempo recorríamos consulados y embajadas tratando de en­contrar a alguien que colocara un visado en el documento provisional que Pauline había recibido. Al fin, un admirable cónsul danés, conmovido por la situación de Pauline, que se sentía enjaulada en Israel, le dio un visado de tres meses en condiciones bastante irregulares. Con esto pudimos obte­ner un visado para ir a Italia. Pauline tomó odio a Israel por el permanente control que allí sufrió y estaba desesperada por salir del país, sentirse libre, dueña de sí misma. Cambiando de taxis según la mejor tradición de pelícu­las policíacas, pero huyendo de algo tan prosaico como el control familiar, embarcamos en Haifa.

Es verdad que esta historia tiene cierta dimensión novelesca. Pero visto con cierta distancia es impresionante ver cómo se puede despojar a una per­sona de sus derechos simplemente por no tener los documentos adecuados; cómo personas perseguidas pueden volverse implacables perseguidores; cómo víctimas del racismo pueden pasar a vivir del racismo. Al ver cómo los judíos europeos discriminan en Israel a los judíos de origen africano -a los que llaman «negros» pese a ser blancos como ellos- o cómo inculcan a sus hijos una visión racista de los árabes, empecé a entender hasta qué punto son poderosas las raíces emocionales e irracionales de la política. Y me quedó clara una verdad sociológica: los derechos que no están organi­zados, no se materializan, no existen, aunque sean entidades.

Seis meses después, la familia de Pauline decidió darse por vencida y enviarle un pasaporte, con lo que se volvió libre; podía viajar, cruzar una frontera. Nos instalamos en la ciudad suiza de Lausana. Salimos del mar Muerto para acabar en el lago de Leman, donde había cisnes educados y graciosos, y una universidad que aceptaba alumnos con la naturalidad del derecho adquirido, sin la necesidad de luchar con uñas y dientes por una vacante. La Escuela de Lausana, reconocida en el mundo de la economía, formaba buenos banqueros según la mejor tradición de Walras y Pareto. Una buena escuela neoclásica con mucha historia, derecho, matemáticas y teoría. No sé qué es más rico, si la cultura que se aprende en un nuevo país o los estudios. De todas formas, hoy entiendo que conocer diversos países es fundamental, incluso para que el propio estudio teórico tenga experien­cias concretas sobre las que pueda desarrollarse. Y estas experiencias son distintas, dependen de culturas y tradiciones. En buena parte, la tendencia de aplicar esquemas simplificados en términos de teoría económica segu­ramente está vinculada al conocimiento insuficiente de la diversidad social por parte de los teóricos. Intentar entender la economía sin entender la sociedad no da muchos resultados.



Me aprendí el esquema, me licencié en economía política. Empezaba a entender las cosas, y cuanto más las entendía, más me irritaba. Son cosas simples. El tratado de Versalles, por ejemplo, al finalizar la Primera Guerra Mundial, dividía Oriente Medio en pueblos con capacidad política y otros con la necesidad de ser tutelados por Inglaterra u otras potencias. Las re­servas conocidas de petróleo coincidían rigurosamente con los pueblos que debían ser tutelados. Es el cinismo institucionalizado, presentado siempre con rebuscados argumentos científicos y extensas justificaciones huma­nistas. Una historia del Vaticano eliminó cualquier ilusión que yo pudiera tener sobre las santidades. La máquina militar de Hitler recibió un apoyo sólido de empresas como la General Motors, al tiempo que buena parte de los grandes bancos suizos y franceses entre otros se apropiaban de algunos bienes de los desaparecidos. No es sólo un cinismo del pasado. Hubo que esperar hasta 1999 para que, bajo presión, los bancos suizos empezaran a resarcir a sus clientes expoliados, y hasta el año 2000 para que la Caisse de Dépôts et Consignations de Francia empezara a devolver los bienes roba­dos, también bajo la presión de diversas denuncias. En la década de 1990, la General Motors recibiría discretamente una indemnización de cientos de millones de dólares porque su fábrica alemana había sido bombardeaba por los aliados. En esta fábrica se producían durante la guerra motores para los vehículos militares alemanes. Just business...

No hay nada como conocer bien las cosas. La historia es un instrumento poderoso que permite observar la verdadera dimensión de la teoría econó­mica separando los argumentos teóricos válidos de la retórica racionaliza­da, que sólo busca justificar los intereses de los más fuertes.

Paralelamente, abrí una ventana en el área de la educación. Tuve la suerte de conocer a Piaget, quizás uno de los gigantes de la teoría del co­nocimiento. Para su último curso, Piaget, ya mayor, invitó a matemáticos, biólogos, economistas y estudiosos de otros campos a fin de discutir me­todologías científicas. Yo me contaba entre los felices invitados, en parte gracias a Pauline, que estudiaba con él en Ginebra. Era impresionante ver la correspondencia entre los procedimientos de Marx en un área, y los de Piaget en otra. En vez de medir la inteligencia con las pruebas cuantitativas en la línea del coeficiente intelectual norteamericano, Piaget se concentró en el proceso evolutivo de ésta. En vez de considerar la inteligencia como una acumulación de conocimientos, entendió que resultaba de un proceso dialéctico de interacción entre el individuo y el mundo que lo rodea. En vez de concebir una*evolución lineal, demostraba cómo acumulaciones puntuales conducían a cambios cualitativos, a saltos de inteligencia que delimitaban fases. Era fascinante, pues Piaget enlazaba diversas áreas cien­tíficas. Fue un momento privilegiado que enlazó mis estudios de economía con un universo científico más amplio. Aprendí la importancia del método y entendí que la economía es importante, pero no lo suficiente.

Leía a Marx, los nuevos libros que publicaba la editorial Maspero, y bullía la indignación de todos por la guerra de Vietnam. No es que ésta fuera peor que otras, pero la colosal dosis de hipocresía descarada de los americanos redoblada la indignación. En cierto modo, la dimensión de las mentiras barrió del mapa la credibilidad americana, la fachada simpática de las multinacionales, hasta hacernos perder incluso la percepción de los aspectos positivos que pudieran tener. Los americanos tenían su propio demonio, Moscú; nosotros teníamos el nuestro, los americanos. Así fue cómo nos volvimos en cierta manera comunistas, no por quererlo así, ni si­quiera por entender lo que ocurría en estos países, sino por el hecho de que la polarización ideológica impelía, a quien no estuviera de un lado, hacia el otro. Si había tantas mentiras, y eran evidentes en el caso de Vietnam, ¿qué habría de verdadero en el caso de las denuncias contra el comunismo? Cierta lectura histórica señalaba el apoyo que los gobiernos americanos habían dado siempre a las dictaduras sangrientas de Batista, Somoza, Papa Doc, Mobutu, Suharto, Pahlevi y tantas otras. Estamos hablando de mi­llones de muertos, de miles de millones de dólares en fortunas personales de dictadores, de rapiña generalizada de riquezas nacionales a través de alianzas de dictadores locales con empresas transnacionales y la máquina de gobierno de Estados Unidos y otros países ricos. Erigirse en defensores de la libertad y de los derechos humanos, francamente...

A mi parecer, la dimensión ética siempre fue subestimada. Buena parte de la juventud que se agitaba tanto en Europa como en otros continentes re­cibía de sus padres una gran cantidad de electrodomésticos y una herencia moral por debajo del nivel del mar. Los padres creían haberse sacrificado, que sus hijos se quejaban de vicio, pero el lado más generoso de esta juven­tud quería otra cosa. Y en la línea de las simplificaciones que dominaron el siglo xx, quien se quejaba en el Este era lacayo del capitalismo y quien se rebelaba en Occidente era agente de Moscú. La política se resumía en la elección de un tipo u otro de bandidaje político. Y las teorías económicas correspondientes -la planificación por un lado y el liberalismo por otro- se presentaban como un barniz teórico que, en realidad, sólo recubría la tru­culencia existente: rápidamente, el liberalismo se transformó en el poder centralizado de las grandes empresas transnacionales; el socialismo real reproducía simétricamente la centralización del poder económico a través del Estado.

Me hallaba en París cuando Francia se detuvo en mayo de 1968. Era impresionante ver al pueblo en la calle, ver que los barrios se organiza­ban para gestionar de forma directa sus intereses. Es difícil reconstruir un sentimiento abstracto pero poderoso, casi palpable en la época, de gente ayudándose unos a otros, de una mezcla de libertad y solidaridad. El senti­miento se extendió por todo el planeta, de París a Woodstock, y hasta llegó a abrir algún claro de luz en la dictadura que entonces había en Brasil. Era como si descubriéramos que era legítimo tener sentimientos que fueran más allá de la búsqueda organizada y disciplinada de algunos porcentajes de aumento del PIB.



Las producciones artísticas se exponían directamente en la calle, se ha­blaba de todo y de nada con desconocidos. Se había destapado una inmen­sa caja de afectividad contenida y, con ello, se había liberado un universo de convivencia, revelando así el frustrante desierto de vidas centradas más en el dinero que en la vida.

De Gaulle, asustado con el cambio que alcanzaba incluso a la policía y al ejército, acudió a Estrasburgo para discutir un eventual apoyo del ejér­cito alemán. Entre la patria y la defensa de la propiedad no cabía ninguna duda: de repente ya no había distancias entre los dos ejércitos.

En todo el mundo fueron muchas las manifestaciones que apuntaban al fallo moral del sistema. De repente, quedó a la vista aquella mezcla de fuerza y fragilidad a la que nos enfrentábamos.



En cierto modo sabíamos dónde estaba el mal, pero no sabíamos dónde estaba el bien. Por polarización natural apoyábamos el comunismo, pero era por una nivelación artificial del antiamericanismo. Cuba fue en este sentido un inmenso polo de atracción, una experiencia transparente, al fin una ética en la política, un objetivo social claramente definido. No era, como tanto acreditaban los órganos de seguridad de Brasil, sólo propa­ganda comunista. Se trataba de la única opción decente en la que apoyarse frente a las injusticias, la corrupción, el bandidaje político de los regímenes sudamericanos. Injusticias, corrupción y bandidaje que, además, siguen es­tando en buena parte intactos.

Al igual que tantas otras tentativas de transformación social del siglo xx, Cuba sería víctima de la guerra fría: fue empujada a conciencia por los nor­teamericanos hacia un extremismo que no pretendía, fue hábilmente atada a los intereses soviéticos por la necesidad de supervivencia. No había cabida para un término medio, el mundo tenía que estar a favor de EEUU o de la URSS. Al no ser pro americana, Cuba tenía que ser pro soviética. Como tal, fue declarada enemiga mortal. Una isla relativamente pequeña, aislada del mundo, políticamente endurecida por las propias agresiones y asfixiada por el bloqueo no podría funcionar. El proceso es interesante: la experiencia se hace inviable y, como se demuestra que así es, se pone en evidencia que el modelo no funciona. Y al empujar a la isla a los brazos de la Unión Soviéti­ca, se estaba demostrando que el comunismo no funciona. Batista, Somoza y Mobutu serían amigos de la democracia. Cuba sería antidemocrática. El pueblo cubano se convirtió en una simple peonza: lo importante era ganar puntos en la gran estrategia mundial. Pobre Cuba: Tan lejos de Dios... y tan cerca de Estados Unidos.



Tiempo de lucha

Un grupo de estudiantes y profesores brasileños se reunió en París. Yo, que financiaba mis estudios trabajando en los trenes nocturnos internacio­nales, aprovechaba las escalas en París para participar en las reuniones. La opción «lucha armada» no parecía presentar ningún misterio, estaba en el aire, todos conocían bien la resistencia vietnamita, la revolución cubana, las guerrillas de Angola, de Mozambique, de Bissau... Formaba parte de las opciones. Personalmente, no me creía capaz de definir gran cosa debido a mi edad y a una cultura política insuficiente, y cuando aquellos con quienes convivía en París, que tenían otro grado de experiencia, me llamaron, hice las maletas y fui.

A los dos meses ya me habían detenido. Era terrorista y comunista. Supe que la policía política me buscaba desde el golpe: yo había estudiado ruso en el instituto Brasil-URSS de Recife, prueba suficiente de subver­sión, y las listas de personas que habían estudiado ruso se publicaban en los periódicos para demostrar que sobre Brasil se cernía la amenaza de ser invadido por las fuerzas ocultas. De nada sirvió demostrar que en aquella misma época estudiaba inglés en el instituto Roosevelt, e italiano en el Circolo Italiano por la simple afición a los idiomas. Me di por satisfecho con un tiempo de pau de arara (técnica que consiste en atar de manos y pies al detenido y aplicarle electricidad en varias partes del cuerpo), descargas eléctricas y una costilla dislocada. Me inventé que recibía mensajes de terroristas en un escondrijo del muro del viaducto Santa Efigênia. Me lancé por encima del pasamanos, pero la cuerda con que me habían atado los brazos se enganchó en los herrajes y me quedé colgado. Recibí más descargas eléctricas.

En el tercer piso del entonces Deic (Departamento de Investigações Criminais) pasaban figuras folclóricas. En mi celda, un joven que había pegado dos tiros al dueño de un coche no entendía cómo una persona que tiene una 38 apuntándole en la cabeza no obedece. Él era el indignado. En la celda de al lado había una muchacha. De vez en cuando aparecía un po­licía que le ordenaba arrimarse a los barrotes para manosearla y propasarse con ella. Algunos justificaban estos actos: es una puta. Eran las fuerzas del orden. A los tres minutos de encarcelarme se habían repartido mi reloj, mi dinero y mis zapatos.

Me presentaron a todo el equipo de guardia. Un agente me explicó: se vigila al delincuente y luego, cuando todo el equipo ya lo conoce, se le suelta con la recomendación de que en todo momento deberá tener dinero disponible por si se encuentra con alguno de ellos. Si no tiene dinero, volverá al Deic y pasará otra noche de pau de arara y descargas eléctricas. De este modo, el delincuente empieza a trabajar para ellos, el aficionado se vuelve profesional y adquiere un título correspondiente a su nueva función: se vuelve un «administrado». Hasta que llegará un mo­mento en que el sistema se habrá modernizado. Forma parte del milagro económico.

A la semana estaba solo, era antes del AI-15 (o acto institucional nú­mero 15), los demás órganos no sabían nada del encarcelamiento, y el de­legado había recibido de mis compañeros de lucha un sólido peculio. Eran las fuerzas del orden. Esta vez fui a la lucha para ayudar. En cierta manera, las mismas torturas justificaban nuestra lucha armada, como los policías y los militares justificarían la tortura con el argumento de que estábamos armados. En los procesos de polarización, el culpable siempre es el otro. Y era interesante tomar conciencia de la inmensa máquina intermediaria de policías, abogados, periodistas, contables y demás profesionales que hacen que funcione el sistema de corrupción y violencia de los poderosos. Son las ratas de bodega de cualquier sistema opresivo.

Unas líneas sobre los interrogatorios. Quede tranquilo el lector, pues no tengo intención de describir las técnicas para proporcionar dolor, que, ade­más de ser harto conocidas, han sido objeto de amplias y bien financiadas investigaciones científicas. Más bien pretendo desmitificar las necedades que existen sobre el asunto. Los interrogatorios violentos se muestran y hanalizan a diario en las películas de aventuras que ven nuestros hijos, como uno de los subproductos de la llamada industria del entretenimiento. Hay mucha gente que cree que es normal ganar dinero con el sexo, el miedo y la violencia. Los fragmentos de la violencia que existe de verdad y que apa­recen, a veces en los telediarios con fotos de las prisiones de Irak, no hacen más que aumentar nuestra angustia y lograr que nos quedemos pensando en lo que está ocurriendo en Guantánamo o el Mossad.

La cuestión que queremos plantear es que no se trata de «errores lamen­tables», de comportamientos anormales de subnormales que no han enten­dido las reglas. Se trata de políticas decididas y organizadas por personas con un elevado nivel de entrenamiento que aman a sus familias. El tortura­dor de las películas es claramente un pervertido, y podemos identificarlo de inmediato por su cara malvada y enfermiza. Pero las cosas no son así.

Durante uno de mis interrogatorios en la policía política (DOPS, De­partamento de Ordem Política y Social, como se llamaba en la época), apa­reció un compañero de clase del colegio Loyola de Belo Horizonte, donde yo había estudiado cuando era niño. Joven y bien vestido, un ciudadano de clase media de unos treinta años, me explicó que ya lo habían ascendido dos veces, y que su carrera en la policía dependía de su eficacia en los interrogatorios. Estaba claramente enfadado porque yo no contribuyera demasiado a sus ascensos.

Los jefes rara vez participan directamente. Una vez vi en una mesa, entre interrogatorio e interrogatorio, una nota de uno de los oficiales que dirigían la OBAN (Operación Bandeirantes, cuyo centro de tortura estaba en la calle Tutóia, en São Paulo), dando instrucciones a mis inte­rrogadores para que me «presionaran» sobre un determinado asunto que les interesaba. Ellos, en otro piso, sólo veían papeles, transcripciones de los interrogatorios. Sugerían que me pusieran bajo mayor «presión». Si la presión hubiera sido excesiva habría muerto, lo que tampoco convenía. En los periódicos, al día siguiente aparecería una nota diciendo que se había encontrado un cuerpo, que por supuesto era otra víctima de la guerra de las mafias de la droga. O, si la persona era muy conocida, escribirían que la habían matado al intentar escapar, ó que se había suicidado. Si la presión no era suficiente, no obtendrían la información deseada o, peor todavía, el equipo de interrogación del día siguiente conseguiría la información utili­zando más presión, lo que desmoralizaría al primer equipo. Los resultados cuentan, la competencia es fuerte.

Se trata de buscar los mejores resultados, proporcionando el máximo dolor dejando el menor rastro de marcas y, a ser posible, sin causar daños permanentes que disminuyan la productividad del equipo al día siguiente.



Es la sostenibilidad del proceso, por así decirlo. El resto resultaría natural­mente de la competición, en la que cada equipo sabe hasta dónde ha llega­do el equipo anterior y avanzaría un poco más. Y el posible sentimiento de culpa al presenciar la escena desaparece rápidamente por el simple hábito y con la reina de las disculpas: «Lo hace todo el mundo».

El equipo es moderno. Los cables eléctricos se cubren con algodón mojado para no dejar marcas en el lugar de contacto con el cuerpo. Las cuerdas se atan por encima de las tiras de la manta para no provocar hema­tomas. En uno de mis desmayos me llevaron a una sala médica junto a la de interrogatorios, con varios equipos para que los médicos pudieran valorar los interrogatorios que podría soportar todavía.



Una cuestión importante es la tortura de inocentes. La manera de llegar a las personas que se buscan es interrogar a los miembros de su familia, a compañeros de trabajo, a cualquiera que pueda conocer el paradero de la persona a la que se busca. El resultado es que se somete a un gran número de personas a interrogatorio sin que tengan ningún vínculo con el proceso. No tiene nada que ver con el cine, con la investigación de huellas dacti­lares, la investigación científica o cosas de ese tipo. ¿Cuánta violencia es necesario ejercer sobre una persona para confirmar que realmente no sabe lo que dice no saber? A un joven con el que compartía celda lo detuvieron cuando pintaba una pancarta en la que anunciaba: «La revolución llega al campo», prueba cabal de que estaba preparando una actividad subversiva. En realidad, la pancarta era para una exposición de tractores que signifi­caban una revolución tecnológica. Le interrogaron violentamente durante varios días y lo soltaron con los habituales avisos de olvidar lo que había ocurrido. Me pregunto a quién se le ocurriría ir contando por ahí que lo ha interrogado la policía.

En la época, la revista Newsweek publicó un artículo sobre la tortura en Brasil. Describía los métodos, la generalización de las prácticas, y concluía que la tortura continuaría por una razón muy sencilla: it works, funciona. En el momento en que escribo estas líneas, la tortura en Brasil ya no se emplea con las personas que luchan para conseguir un cambio político. Somos una democracia. Pero se utiliza a gran escala con la población de las favelas, con los pobres, con los jóvenes de «apariencia sospechosa». Los grupos dominantes del país, que siguen siendo los mismos de la época de la dictadura, han descubierto que el coste político de intimidar a los pobres es bajo, mientras que tocar los cuadros de la clase media genera protestas inmediatamente. La violencia no ha desaparecido, ni siquiera ha amaina­do: su objeto ahora son las personas que no tienen acceso a la prensa, ni a abogados, ni a los derechos humanos.

Además, la tecnología avanza. Hoy tenemos sistemas de electrochoque que funcionan a distancia y sistemas que permiten al interrogador controlar el dolor con un mando a distancia desde otra sala para evitar que sufra el estrés de ver al torturado. Muchos de los nuevos sistemas tienen partidarios que cuentan que éstos evitan la muerte prematura del detenido y permiten una dosificación más eficaz. El avance tecnológico es asombroso.

En el momento en que me liberaron, estando todavía en el DOPS, un general vino a inspeccionar mi estado. Cuando vio las quemaduras de mi tobillo, comentó irritado: «¡Vaya chapuza que han hecho!». Evidentemen­te, nadie me preguntó lo que yo pensaba. Él era el que estaba irritado.



La lucha era dramáticamente desigual. No es que se tratara de pequeños grupos de estudiantes, como se ha dicho. En la época llegó a haber más de diez mil personas en las cárceles, y diez mil personas dispuestas a arriesgar su vida para cambiar las cosas es algo inmenso. En general, cuando la po­blación percibe un clima peligroso, busca abrigo. Y es natural. ¿Quién no siente esta permanente contradicción de querer asegurar el propio bienes­tar, construir la propia vida, y la impresión de ver a un niño pobre en la ca­lle? Ambos sentimientos son legítimos. No es cuestión de escoger, sino de organizar sistemáticamente una sociedad en la que todos tengan un lugar.

En los años siguientes nos defendíamos más, ya que la misma represión nos obligaba a buscar recursos, a salvar a gente que se estaba muriendo en los interrogatorios, a proteger las redes de solidaridad. Y toda la máquina de comunicación estaba, naturalmente, en manos de la represión y de los grandes grupos económicos que la apoyaban. Con el tiempo, los grandes medios de comunicación justificarían su actuación presentándose como víctimas de la censura. Es interesante leer hoy, treinta años después, la declaración del periodista brasileño Mino Carta, uno de los pocos entendi­dos en este tema: «La gran imprenta es una de las vergüenzas brasileñas. Defendió el golpe de 1964, y el golpe dentro del golpe que fue el de 1968 [A-15]. La gran imprenta, salvo el periódico O Estadão, nunca fue censu­rada. Como tampoco lo fueron A Folha, ni O Globo, ni JB. El Estadão fue censurado porque sencillamente era una disidencia entre los golpistas. No es que fuera adversario ni enemigo del golpe (...) El rasgo más importante de esta elite brasileña es la prepotencia y la cobardía, sin contar con la ig­norancia y la presunción».

El elemento determinante en las relaciones de fuerza fue la capacidad del régimen para generar una nueva clase media que tuvo acceso a la uni­versidad, a una casa propia, al mercado de capitales recién creado. Corría 1969, era el milagro. Entre el momento del golpe y el surgimiento de la lucha armada habían pasado cuatro años, el tiempo en que la indignación se trasformó en acción mínimamente organizada. En cuatro años, el mo­vimiento concentrador de riqueza había proporcionado una nueva lógica al sistema y había generado un crecimiento temporal, pero fuerte, que redujo de manera radical la base política del movimiento. El resto sería una resistencia lenta e histórica. Llegué a ser dirigente, lo cual no era un gran mérito, porque a medida que unos compañeros caían, otros tenían que asumir el mando.

Nunca me pareció una labor inútil. Años más tarde, ya en el exilio, un grupo de jóvenes brasileños me buscó en París para decirme lo importante que había sido para ellos en aquellos anos de chumbo (los años más duros de represión política en Brasil), saber que había gente que luchaba y mo­ría pero no bajaba la cabeza. Un periodista me preguntó un día si estaba arrepentido porque «no había salido bien», porque no habíamos tomado el poder. Considero que el problema no reside en los objetivos, sino en las causas que conducen a un rechazo. Frantz Fanón definió bien algo a lo que él llamó el «hombre sublevado». Ciertas cosas simplemente no se aceptan, es una cuestión de dignidad, no de resultados.

Tras ser encarcelado por segunda vez, fui intercambiado por el emba­jador alemán, y una madrugada de junio de 1970 desembarqué en el grupo de 40 prisioneros políticos en el aeropuerto de Dar al-Baida en Argel. Salí tal cual me sacaron de la prisión, sin zapatos, sin documentos, con que­maduras de las descargas eléctricas que serían filmadas por innumerables emisoras del planeta. Ese mismo día embarcó en visita oficial el rey Faysal de Arabia Saudita. El periódico nacional El Moudjahid ostentaba en la pri­mera página ambos titulares: el referente a los 40 prisioneros brasileños y el referente al Rey. El pueblo como tal resumió la cuestión: eran Ali Babá y los cuarenta ladrones.

Fuimos recibidos con un inmenso cariño espontáneo de la población tras superar años de lucha reciente contra el ocupante francés. No pagá­bamos los taxis y las familias nos recibían. Raras eran las que no tenían miembros que hubieran sido torturados o a los que hubieran matado. La tecnología del pau de arara y de la descarga eléctrica combinados había nacido allí. Se identificaban plenamente con nosotros. Las circunstancias son determinantes para los valores. Allí a nadie se le habría ocurrido lla­marnos terroristas ni estudiantes ilusos. Los representantes del frente de liberación de Angola nos explicaban sus formas de lucha, los combatientes del Vietcong nos sugerían estrategias, el movimiento palestino nos contaba sus dramas, el Black Panther de Estados Unidos quería saber acerca del movimiento negro de Brasil, Makatini discutía con nosotros maneras de sacar a Mándela de prisión. Con tres cuartas partes de la riqueza mundial en manos de un grupo de países ricos y con dramáticas luchas para huir del colonialismo y del subdesarrollo, luchar no era una cuestión de extremis­mo: era una cuestión de decencia. La voluntad parecía generalizada.

La necesidad de cambio era también bastante obvia. ¿Qué estaba ha­ciendo Portugal, el país más pobre de Europa, tratando de controlar a paí­ses diez veces mayores en otros continentes? ¿Qué estaban haciendo los americanos en Vietnam? ¿Cómo podían las organizaciones internacionales y los países ricos apoyar como si nada las dictaduras más sanguinarias, considerarlas «amigas»? ¿Cómo es posible justificar en pleno final de milenio el tráfico de armas presentando la capacidad de destruir seres hu­manos como business? ¿Cómo podía presentarse al partido único en Cuba como una dictadura, y al partido único de México como una democracia, sin mencionar otras decenas de dictaduras apoyadas por los países ricos? ¿Con qué derecho algunas empresas multinacionales financiaban golpes de Estado? Había, claro está, una maravillosa justificación para todo, y era el peligro comunista.



Si algo tenía yo claro era una cosa: una barbaridad no puede justificar otra, el mismo concepto de que el fin justifica los medios, tan utilizado en los países comunistas, era una barbaridad. Sigaud justificaba la tortura en Brasil diciendo que «no se arranca información con caramelos». La dicta­dura impuso una constitución sin consultar y un jurista salió con esta perla: «la revolución crea su propia legalidad». La CIA financiaba sus operaciones con cocaína y heroína arguyendo que era necesario tener fondos secretos. La realidad es que los medios corrompen los fines y los deforman.

En el centro de nuestros dilemas -refugiados ahora en Argelia- estaban la aguda conciencia y la indignación frente a la lógica de las cosas, y nues­tra limitada capacidad para cambiarlas. Al mismo tiempo, entendíamos que la inmensa masa de personas que luchaba por el progreso social, de la cual formábamos parte, constituía una aportación decisiva a los adelantos. No habían sido en vano las muertes de Martin Luther King, Marighela, Lumumba, Allende, Amílcar Cabral, Gandhi y tantos otros, pues esta parte de la humanidad, con capacidad para indignarse a veces, había conducido a retrocesos temporales, pero en conjunto había permitido adelantos his­tóricos como el fin de la esclavitud, el progreso social para los negros de Estados Unidos, el fin de las colonias, la presencia de la mujer o la organi­zación de los trabajadores. El camino que para nosotros se cerraba no era la lucha y sus objetivos, sino la visión de que el progreso social se consigue con atajos, una suerte defast tracks que permitirían obtener victorias po­líticas sin los correspondientes fundamentos en la cultura social y política de las poblaciones. Estábamos entrando en 1972. En el gran encuentro para la reflexión en Santiago, propuse disolver la organización y reorganizarnos con vistas a un nuevo tipo de contribución más extensa de lucha para poner fin a la dictadura. Las fuerzas se equilibraron, pero la propuesta se perdió. Para mí fue evidente que muchos votaron más con la emoción que con la razón, colocando sobre todo en la balanza el peso del sentimiento de culpa por estar protegidos en el extranjero mientras otros morían en Brasil. Por tanto, no condeno a nadie, pues nadie es razón pura. No obstante, para mi formación fue importante com­prender que un grupo político -y más tarde vería que también sucede así con grupos religiosos, y hasta científicos- puede crear un tipo de realidad virtual hablando con un vocabulario distinto y perder el contacto con las cosas.



La lucha continuaba. Pauline, que había venido a encontrarse conmigo en Argelia, fue enviada a Recife para intentar salvar a compañeros amena­zados. Murió con ellos. Ella entró en la lucha cuando yo salía de ésta, y ya nos habíamos distanciado. No por nuestros sentimientos, sino por la locura y la tensión propias de la época.

Polonia

Buena parte de mí era polaca, pero no había nacido en Polonia ni la conocía. La atracción era grande y siempre me pareció importante hacer las paces con el pasado, conocer mis raíces. Tras años de clandestinidad y desarraigo social, sentía una intensa necesidad de llevar una vida normal, de ver la realidad por el prisma del ciudadano común. Además, sentía una inmensa curiosidad por la organización política y económica, por el socia­lismo «realmente existente».

Así reconstruí mi mundo desde la normalidad. En Polonia volvía a es­tar con mi madre, a la que encontré viejecita, si bien despierta y replicona como siempre. A ella le parecía que la histeria consumista de los países ricos era patológica y decía que el comunismo era idóneo porque protegía a Polonia del progreso económico. Las autoridades sonreían, confusas. Allí también encontré a mi hermano Mario, que había regresado para estudiar en la escuela politécnica; se casó con una polaca y acabó quedándose.

Yo me casé con Fátima, hija de un matrimonio de refugiados, Paulo y Elza Freire; estaba tan perdida como yo en el espacio, así como por sucesi­vos exilios, pero tenía una capacidad fascinante para mantener los pies en el suelo. En ella encontré mi ancla.

Fátima formaba parte de la generación anterior de exiliados. Paulo Frei­re, que había osado alfabetizar a sus compatriotas nordestinos, lo cual era en aquella época prueba suficiente de fuertes tendencias comunistas, fue encarcelado por ello y luego exiliado. Para Fátima, salir de Brasil en 1964 significaba abandonar, con quince años, a amistades, una extensa familia, los galanteos (requisito para encontrar marido) y el colegio. En Chile, Pau­lo Freire ayudó a desarrollar programas de formación de adultos y al poco lo invitaron a dar clases en Harvard (Estados Unidos). Luego fue a Gine­bra, siempre como exiliado sin pasaporte brasileño siquiera, para trabajar en el Consejo Mundial de Iglesias, ayudando a muchos gobiernos con sus programas de alfabetización. En cada nuevo país era necesario reconstruir las amistades, la convivencia y un mundo afectivo destruido varias veces. No es nada fácil.

Los perdidos se reconocen. En nuestro caso el reconocimiento fue es­pontáneo e inmediato. Nos unimos.



Polonia me proporcionó un pasaporte, siempre y cuando no le diera un uso subversivo. Y me dio una beca, que complementaría enseñando lenguas en diversos institutos. El caleidoscopio había vuelto a girar, yo volvía a estar estudiando, tratando de comprender los procesos sociales, de reconstruir mi visión del mundo. En Lausana había estudiado una perspectiva neoclásica. Ahora, en la línea de Oskar Lange, Kalecki y otros, vería el mundo a través de otro prisma. Como hablaba la lengua del país, no tuve dificultades.

Realicé el curso superior de planificación nacional, que reunía a polacos, africanos y personas de otras nacionalidades para discutir sobre sistemas de organización económica. Se debatía mucho sobre las condiciones espe­cíficas del desarrollo con oferta limitada de mano de obra, las opciones de tecnologías punta o alternativas, la experiencia de Polonia, de la India, de los países árabes y otros. Los trabajos de Kalecki aportaban el eje teórico. Como ya había estudiado la óptica neoclásica, me llamaba la atención que las distintas perspectivas fueran más complementarias que contradictorias. Es diferente regular la coyuntura y el corto plazo de una economía madura, como es el caso de los países desarrollados, y estructurar las opciones de largo plazo de una economía en construcción

Releyendo a los clásicos reparé en que Adam Smith es mucho más progresista que la caricatura simplificada y absurda que hizo de ella el li­beralismo, y que Marx ofrecía alternativas mucho más prudentes de lo que proclamaba el comunismo. No era cuestión de que «en la práctica la teoría no funciona». Pawel Sulmicki dio una mejor y nueva dimensión a esta solemne tontería: «No hay nada más práctico que una buena teoría». La re­lectura que muchos hacían en la época formaba parte del confuso sentir de que los propios fundamentos teóricos se habían vuelto un tanto escurridi­zos. Todos buscaban reformulaciones aunque el establishment académico limitara con firmeza cuanto pudiera remover los paradigmas. Era como en los tiempos del poder cristiano: se podían aportar ideas, siempre y cuando fueran aristotélicas. Esta dificultad sigue existiendo hoy en día: parece una traición discrepar de autores que nos dieron la legitimidad ideológica en un principio. El resultado es la repetición incansable de eslóganes cada vez más surrealistas, tanto de la izquierda como de la derecha, cuando la realidad exige nuevos enfoques.

Me asombró la riqueza de la biblioteca de la Escuela Central de Pla­nificación y Estadística de Varsovia en la que estudiaba. En ella encontré todos los trabajos de Celso Furtado, Caio Prado Júnior, Roberto Simonsen y tantos otros, aparte de obras antiguas como la de Antonil. Años más tarde me encontraría a Orlando Valverde en la PUC (Pontifícia Universidade de São Paulo) y le comentaría el placer que había tenido al leer sus obras en Varsovia. Conmovido, se volvió a su esposa y le dijo: «Mira, allí leen obras brasileñas. ¿Y cuándo se abrirán a esto nuestras universidades?».

Decidí trabajar de manera sistemática en la historia económica de Brasil, conocer los hechos. De este trabajo/esultó mi tesis doctoral, A formação do capitalismo dependente do Brasil (La formación del capitalismo depen­diente de Brasil). Se trata de un trabajo esencialmente metodológico, una reordenación de hechos investigados y analizados por los clásicos, pero en el cuadro referencial teórico de las teorías de Samir Amin, Chrisian Pallo-ix, André Gunder Fran y de los autores sudamericanos ligados a la teoría de la dependencia. Más tarde me publicaron la tesis en Polonia, Francia, Portugal y Brasil. En esencia, al elaborarla comprendí que tenemos que huir de las grandes simplificaciones que presentan a Brasil ya como una pobre víctima pasiva del imperialismo, ya como un gigante independiente. El problema teórico principal es la compleja interacción de las economías subdesarrolladas con las economías dominantes. Hoy, la problemática de la inserción subalterna en el sistema mundial vuelve con inmensa actuali­dad frente al proceso de globalización que vivimos.

Ciertos problemas parecían no dejarme en paz. La embajada de Brasil dejó a Fátima sin pasaporte, y sin documentos no podía salir de Polonia, ni siquiera para visitar a la familia de Ginebra. Al mismo tiempo, informaron al gobierno polaco de que ella no era refugiada, y que le darían el pasaporte; sólo había que esperar a los trámites. Después de dos años y medio de trá­mites sin pasaporte, el Gobierno polaco se convenció de que, en la práctica, Fátima era refugiada política, y gracias a que nos casamos y tuvimos un hijo con nacionalidad polaca, Alexandre, que nació en Varsovia, le concedió la ciudadanía polaca. Volvíamos a ser ciudadanos. Y yo, como doctor en econo­mía, ya no era subversivo, sino una persona con ideales avanzados.

Los tres años en Polonia habían sido muy enriquecedores. Tanto por los estudios teóricos y de historia económica de Brasil que me permitie­ron realizar, como por el conocimiento práctico del gigantesco embrollo burocrático que era esta versión del socialismo. Al mismo tiempo, había descubierto numerosas soluciones sumamente interesantes. Las coopera­tivas de servicios, donde se ponía a disposición de pequeños agricultores formas extremadamente descentralizadas y flexibles de crédito, asistencia técnica, comercialización primaria, capacidad de almacenamiento y ma­quinaria alquilada, eran funcionales por estar gestionadas por los propios campesinos, y constituían un factor de productividad impresionante que contradecía todas las versiones de la economía de escala. En compensa­ción, la estatalización de la agricultura era un desastre.



Al nacer nuestro hijo, recibimos la visita de una enfermera para ayudar en los primeros días a los padres primerizos: cuántos gastos posteriores en enfermedades no se evitan con esta simple medida. Cada barrio tiene cen­tros de salud preventiva separados de los lugares adonde acuden personas enfermas. Esto permite detectar a tiempo los más diversos problemas y evitar contagios. Para subsanar el exceso de urbanización, generalizaron la instalación de centros culturales y científicos en las pequeñas ciudades de interior con lo que se llamó «desruralización del campo»: se redujo el éxodo rural, equilibrando de este modo la ocupación de espacio en el país. Entonces vi con claridad que existen innumerables alternativas funcionales tanto al burocratismo centralizado, como al salvajismo liberal: lo funda­mental era pensar en las condiciones institucionales capaces de abrigarlas. También confirmé hasta qué punto el poder tecnócrata de los administrado­res de empresas estatales podía ser tan amplio como el poder tecnócrata de empresas privadas: la propiedad de los medios de producción podía dejar de ser el elemento esencial.

Fue asimismo importante aparejar el debate con el cambio de la consti­tución, que permitió en 1973 la fusión de numerosos municipios para que fueran mayores. La medida, que en apariencia era secundaria y adminis­trativa, cambió de manera radical las relaciones de fuerza al descentralizar la política. Por tanto, así como antes un micromunicipio (gmina) tenía que recurrir al ministerio respectivo para comprar una ambulancia o para con­tratar a un agente de la policía, ahora los municipios podrían resolver sus problemas desde el ámbito local. Así pues, decisiones que eran sectoriza-dás y burocratizadas pasaron a ser resueltas con una mayor participación de los ciudadanos interesados y de un modo integrado, con mucha más fle­xibilidad y eficiencia. El poder había sufrido una horizontalización radical, que más tarde abriría mucho espacio al movimiento de democratización.

En el plano teórico entendí algo importante: Marx apuntaba a la socializa­ción de los medios de producción como forma de transformar las relaciones políticas, de permitir una sociedad sin división de clases. Se trataba, pues, de una transformación de relaciones de producción (infraestructura) que permiti­ría una transformación política (superestructura) en el sentido de una sociedad democrática y con un Estado menos opresor, pues no tendría que asegurar la dominación de una clase sobre otra. Las sociedades del socialismo «real­mente existente», empezando por la Unión Soviética, habían realizado trans­formaciones económicas sin las transformaciones políticas correspondientes. Los soviets (en ruso significa «consejo») se quedaron en la teoría. Socializar la economía sin democratizar la política es un contrasentido. Sería un capita­lismo de Estado con un cambio de las formas de llegar a los privilegios, no un cambio de los privilegios.



Fuera como fuere, yo empezaba a ver claro que el problema no residía en los términos de alternativas comunismo-capitalismo, privatización-estatali-zación, Estado mínimo-Estado máximo, sino en la búsqueda de articulacio­nes capaces de asegurar tanto el dinamismo económico como los adelantos sociales. En realidad, ningún régimen estaba respondiendo a este prosaico e inmenso desafío, que sigue dominando nuestra actualidad en estos albores del milenio.
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