Para una epistemología introprospectiva: propuesta metodológica dr. Antonio Caro Almela Universidad Complutense de Madrid



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PARA UNA EPISTEMOLOGÍA INTROPROSPECTIVA:

PROPUESTA METODOLÓGICA
Dr. Antonio Caro Almela

Universidad Complutense de Madrid

antcaro@ono.com

antcaro@ccinf.ucm.es


En primer lugar quiero agradecer a los organizadores, y en especial al profesor Juan Miguel Aguado, su invitación para participar en esta 7ª Conferencia Internacional de Sociocibernética y espero que mi intervención no resulte en exceso incoherente con la temática de la conferencia: “Tecnología y Complejidad Social”. Debo comenzar por indicar que no soy en absoluto experto en tecnologías –salvo que incluyamos en este término las tecnologías comunicacionales y los procedimientos semiolingüísticos de los que se vale lo que constituye mi principal objeto de estudio: el fenómeno publicitario–, pero que sin embargo llevo mucho tiempo interesado –en un primer momento, de la mano del desaparecido pensador español, y auténtico pionero entre nosotros en este campo, Jesús Ibáñez– en la complejidad social y todo lo relacionado con el llamado “paradigma de la complejidad”: paradigma éste a partir del cual se alumbra, como coinciden en señalar cada vez mayor número de investigadores, la emergencia de una nueva idea de ciencia cuyos perfiles aún se hace preciso sin embargo desentrañar.


El objeto específico de mi intervención es la de tratar de contribuir a avanzar en esta última dirección, proponiendo un método científico que, abiertamente situado en el marco del paradigma de la complejidad, ayude a dotar a la nueva idea de ciencia que emerge de dicho paradigma de una operatividad que lo proyecte más allá del terreno de los principios y contribuya así a su funcionamiento efectivo en la investigación de los fenómenos sociales.1

Dicha propuesta está directamente emparentada con la llamada epistemología introprospectiva, tal como la esboza Juan Miguel Aguado en un texto reciente (Aguado, 2006): entendida como «un recorrido circular entre el conocimiento del conocimiento y el modo instrumental del conocimiento operado por un sujeto respecto de un objeto (co-implicación observador/actor)» (ibid.: 196) y que, en definitiva, trata de proporcionar una nueva dimensión trascendental a la naturaleza necesariamente introspectiva de las ciencias sociales, en las que, como escribe Aguado, «la relación sujeto/objeto estalla en múltiples juegos espectaculares», y se pone especialmente de relieve «la unidad emergente del par sujeto/objeto respecto del acto de conocer» (ibid.: 197). Se trata, desde mi punto de vista, de progresar en la perspectiva de Aguado: esbozando una propuesta metodológica que, partiendo de la introspección –y llevando tal vez a una mayor concreción el método de la observación endógena o autoobservación planteado por Juan Gutiérrez y Juan Manuel Delgado en un texto en mi opinión pionero (Gutiérrez y Delgado, 1994)–, se dote de la suficiente eficacia heurística como para proporcionar una vía útil a la hora de investigar los fenómenos sociales ineludiblemente complejos, y específicamente situada a la altura de su complejidad inherente.

Conviene sin embargo precisar que la propuesta metodológica que desarrollamos a continuación pretende ir más allá de la indiscernible imbricación existente entre sujeto investigador y objeto (o mundo, en la terminología de Aguado) observado, tal como se plantea habitualmente dentro del marco de la cibernética de segundo orden. Es claro que, como decía con intención sardónica Hilary Putnam: “No se puede describir el mundo sin describirlo” (cit. Aguado, ibid.: 91 nota): poniendo así de relieve, frente a los objetivistas científicos, que el objeto descrito está indiscerniblemente afectado por el acto de la descripción, puesto que no puede tener lugar al margen de dicho acto. Y que, como añadía por su parte el fundador de la cibernética de segundo orden, Heinz von Foerster: “La objetividad es la ilusión de que las observaciones pueden hacerse sin un observador” (cit. von Glaserfeld, 1995: 19). Pues bien, desde mi punto de vista hay que llevar dicha involucración sujeto/actor observador-objeto/mundo observado más lejos y plantear, como punto de partida del método científico que aquí se propone, que la vivencia por el investigador del fenómeno –o uno de sus aspectos– que se pretende investigar constituye la condición sine qua non de la investigación científica, y el modo específico como ésta se inicia: en la medida que el investigador concentra en la indagación de dicho fenómeno la “pasión por explicar” que, como indica por su parte Humberto Maturana (1995: 73), constituye el fermento específico de la investigación científica.

Dicha vivencia del fenómeno constituye, por consiguiente, el punto de partida de la presente propuesta metodológica. Tenemos en primer lugar un fenómeno a investigar, que es específicamente vivenciado en términos problemáticos por una comunidad o colectividad directamente concernida por su vigencia, y cuya problematicidad –en la medida que afecta a la supervivencia (o al “acoplamiento estructural”) de esa comunidad– concentrará hacia su resolución la “pasión por explicar” de determinados investigadores que se sienten, ellos a su vez, directamente concernidos por la vigencia del fenómeno.

Así pues, conforme al método que aquí se expone, la investigación científica no comienza por la “observación” –ya se trate de observación participante o exógena, ya de observación endógena o autoobservación (cfr. Gutiérrez y Aguado, ibid.)– de un fenómeno en algún sentido exterior (precisamente en la medida de que puede “observarlo”) al sujeto/actor que lo investiga. El método que aquí se propone desborda en cierto modo el marco reductivo –y mutuamente excluyente– que opone un sujeto observador a un objeto observado; ya que, en la medida que plantea como punto de partida de la investigación la vivencia del fenómeno investigado –y hace de esta vivencia la posibilidad misma de la investigación–, parte de la base de que todo fenómeno observable o autoobservable se encuentra inmerso en un específico ámbito experiencial fenoménico donde éste es vivenciado; del mismo modo que todo sujeto observador es antes que nada un experimentador-actor que ejerce su observación en el marco de la vivencia inmediata del fenómeno dentro de ese ámbito experiencial fenoménico en el que él también se encuentra inmerso. Y así, el punto de partida de la investigación científica ya no es, de acuerdo con lo que aquí se sostiene, el acto de observación mediante el cual un sujeto en alguna medida externo al objeto investigado (aunque dicha “externidad” resida en su propio interior) se enfrenta a él (de donde resulta, por lo demás, la indiscernible imbricación sujeto/objeto que ha puesto de relieve la cibernética de segundo orden), sino el acto mediante el cual un investigador científico concentra su “pasión por explicar” en un determinado fenómeno en cuya vivencia inmediata él mismo participa con el resto de la colectividad concernida por su vigencia, dentro del específico ámbito experiencial fenoménico donde dicho fenómeno es vivido.

Y así, como se deduce de lo anterior, los fenómenos se investigan científicamente porque su problematicidad afecta a nuestra vida; y el investigador científico viene a ser un médium que interioriza la problematicidad del fenómeno para exteriorizarla en forma de soluciones para la vida.

Ahora bien, ¿cómo se inicia específicamente, según el método aquí propuesto, la investigación científica y cómo ese ámbito experiencial fenoménico donde el fenómeno es vivido de forma inmediata en su problematicidad específica se orienta hacia un ámbito experiencial científico en cuyo marco se va a someter a una dilucidación rigurosa dicha problematicidad?

La respuesta a esta pregunta es la siguiente: la investigación científica se inicia en la medida que el investigador científico concentra su “pasión por explicar” en la problematicidad del fenómeno de que se trate y decanta esa concentración bajo la forma de síntesis intuitiva. Síntesis ésta carente en sí misma de forma y de materia expresiva (puesto que se trata mucho más un impulso energético que de una constatación de cualquier tipo). Pero que constituye el momento emergente o desencadenante de la investigación, el cual va a funcionar a partir de entonces como el faro que alumbra de manera implícita el proceso de investigación subsiguiente.

Como es bien sabido, existen numerosos testimonios de científicos de primera línea que ponen de relieve que es precisamente así, a través de estas síntesis carentes de forma y de materia expresivas (cuya levedad coexiste sin embargo con una particular persistencia que dota a su experimentador de un peculiar sentimiento de certidumbre) como funciona –al menos en términos psicológicos– la investigación científica:2 en cuanto ejemplo de un proceso creador que guarda, por lo demás, muchos puntos en común con los procedimientos de la creación artística. Pues bien: la tesis que aquí se sostiene es que tales intuiciones de naturaleza sintética, que presiden al menos una parte significativa de la investigación científica, son mucho más que un mero fenómeno de índole psicológica; tratándose, por el contrario, del modo específico conforme a la presente propuesta metodológica como la problematicidad del fenómeno se interioriza en la mente del investigador científico; el cual va a concentrar a partir de entonces su “pasión por explicar” en desentrañar los principios de organización que ya desde el principio anidaban bajo la superficie del fenómeno3 (y que pueden, en definitiva, hacerlo comprensible).

El siguiente paso de la investigación, según la propuesta metodológica que aquí se expone y ya en pleno dominio del ámbito experiencial científico que se ha constituido para la indagación del fenómeno o constelación de fenómenos de que se trate, estriba en el largo, tedioso y recursivo proceso analítico/generativo a través de cuyas sucesivas idas y venidas, avances y retrocesos, el investigador irá poco a poco desentrañando los mencionados principios de organización que están en la base del fenómeno, tal como éstos se van decantando en un diseño estructurado que reproduce en términos lógicos la síntesis intuitiva que alumbraba desde el principio en mente del científico. De manera que, como escribiera ya en 1934 Henri Bergson: «Como el buzo que va a palpar al fondo de las aguas los restos que el aviador le ha señalado desde lo alto del aire, así la inteligencia sumida en el ambiente conceptual verificará punto por punto, por contacto, analíticamente, lo que ya había sido objeto de una visión sintética y supra-intelectual» (Bergson, 1997 [1934]: 27).

El tercer y último estadio de la investigación científica, según la presente propuesta, consiste en la síntesis intelectiva con la que concluye el proceso generativo anterior: estadio éste del descubrimiento científico y que constituye en algún sentido un regreso a la síntesis intuitiva inicial, en la medida que las formas lógicas que habitaban de manera incipiente y apenas presentida en aquélla se revelan ahora con la evidencia de su disposición interna. Y el isomorfismo que existe entre ambas síntesis, de partida y de llegada, proviene de que a través de la segunda se desvelan los principios de organización que atravesaban desde el principio la problematicidad del fenómeno; de modo que lo que era simplemente sentido se revela ahora razonable y, por consiguiente, capaz de ser objeto de una exposición argumentada que lo haga comprensible, siempre a la escala de nuestras facultades intelectivas.

Es así como concluye, en el marco de la presente propuesta metodológica, la investigación científica propiamente dicha, conforme ésta se plantea en un ámbito experiencial precisamente caracterizado como científico: en la medida que el fenómeno vivido/investigado se desprende de la inmediatez paralizante proveniente de la problematicidad incomprensible que iba unida a su vivencia inmediata y se dota de una comprensión resolutiva proveniente de la transducción en forma de claves lógicas de los principios de organización que atravesaban desde el principio la problematicidad del fenómeno. Con la particularidad de que dicha transducción está desde el principio más allá de cualquier postulado de representación: no se trata de “reproducir” mentalmente el fenómeno vivido/investigado, sino de enactuarlo o hacerlo emerger –en los términos que plantea Varela (1988)–, pero ahora dotado de la capacidad resolutiva que va unida a la comprensión de los principios de organización que lo atravesaban desde el primer momento y que estaban en la base de su problematicidad específica. (Y así, como ya vino a plantear Carlos Marx, la comprensión del fenómeno implica la transformación del mismo.)

Ahora bien, de lo anterior se desprende que la investigación científica no concluye en sí misma. La investigación científica sólo concluye, de acuerdo con el método que aquí se expone, conforme el ámbito experiencial científico que le sirve de marco “regresa”, en términos metafóricos, al ámbito experiencial fenoménico de partida donde el científico ha vivenciado el fenómeno investigado y éste “hace entrega” –siempre en términos metafóricos– a la colectividad concernida de la comprensión del fenómeno, tal como ésta se expresa en la síntesis intelectiva en que concluye la investigación científica y que pone término a su problematicidad. De manera que lo era en un principio vivenciado a través de la visceralidad paralizante proveniente de su inmediatez, se revela ahora como capaz de originar una actuación por parte de aquella colectividad que resuelva en la práctica dicha problematicidad (poniéndose así de relieve la imbricación idiosincrásica que existe entre teoría y práctica).
Esta propuesta metodológica que aquí expongo en sus términos esenciales se sintetiza en el siguiente cuadro:
CUADRO 1

ÁMBITO EXPERIENCIAL

FENOMÉNICO

ÁMBITO EXPERIENCIAL

CIENTÍFICO


ÁMBITO EXPERIENCIAL FENOMÉNICO

VIVENCIA INMEDIATA

SÍNTESIS INTUITIVA

RECORRIDO ANALÍTICO/ GENERATIVO

SÍNTESIS INTELECTIVA

VIVENCIA COMPRENDIDA/

ACTUABLE


De tal manera que, como se puede apreciar, toda investigación científica se produce en un específico ámbito experiencial de naturaleza científica –donde los científicos interactúan entre ellos movidos por su “pasión por explicar” y por los «intereses, deseos, ambiciones, aspiraciones y fantasías» que están en el origen de su dedicación científica (Maturana, 1995: 180)– que a su vez está flanqueado en su inicio y su final por un específico ámbito experiencial fenoménico donde el fenómeno a investigar es primero vivenciado de forma inmediata (y, por consiguiente, en el seno de su problematicidad paralizante) y luego, como resultado específico de la investigación científica, devenido vivencia comprendida y por tanto capaz de originar una actuación por parte de la colectividad concernida por su vigencia que ponga a término a esa problematicidad.

Ahora bien, en la medida que ambos ámbitos experienciales están dotados de su propia especificidad y, por ende, de una operatividad que sólo concierne a los mismos, la actuación resolutiva que ponga término a la problematicidad del fenómeno (y a la amenaza que éste implica para la supervivencia de la colectividad concernida o para la preservación de su clausura operacional) se producirá al margen del ámbito experiencial científico (y, por consiguiente, de la actuación de los científicos) propiamente dicho; y sólo en la medida que la colectividad concernida por la problematicidad del fenómeno resuelva en términos de acción la amenaza que éste supone para su supervivencia o la preservación de su clausura operacional. (E idéntica especificidad, y por consiguiente autonomía relativa, cabe postular de los tres estadios –síntesis intuitiva, recorrido analítico/generativo y síntesis intelectiva– que comprende, como hemos visto, el ámbito experiencial científico: de modo que la vivencia inmediata de un problema no necesariamente ha de transducirse en un síntesis intuitiva del mismo, ni el recorrido analítico/generativo necesariamente desemboca en la síntesis intelectiva del fenómeno, sino que, como ocurre en numerosas ocasiones, es interrumpido antes de concluir en dicha síntesis; como sucede en especial cuando la misma no ha sido antecedida en alguna medida por la mencionada síntesis intuitiva.)
¿Qué aporta, desde mi punto de vista, propuesta metodológica que acabo de exponer?

En primer lugar, se trata de un método científico que, en consonancia con la nueva idea de ciencia que, como señala Ilya Prigogine, está surgiendo en el marco del paradigma de la complejidad, «no se limita a situaciones simplificadas, idealizadas, mas nos instala frente a la complejidad del mundo real» (Prigogine, 1997 [1996]: 13). Pues bien, el método que aquí se expone va de lo complejo a lo complejo (y no de lo complejo a lo simple, como sucedía con el método científico tradicional que ahora podemos tildar de “paradigma de la simplicidad”); insertando el tradicional análisis científico entre dos momentos sintéticos que religan, respectivamente, la investigación con el ámbito experiencial de partida donde el fenómeno es vivenciado en su pura complejidad y con el ámbito experiencial de llegada donde ese fenómeno complejo puede ser objeto de una intervención resolutiva que ponga término a su problematicidad. Pero sin que nunca el recorrido analítico/generativo que intermedia entre ambos momentos sintéticos rompa la hilazón intuitivo-intelectiva (o sensorial-lógica) que existe entre los mismos.

En segundo lugar, se trata de una propuesta que traduce en términos metodológicos –y por consiguiente operativos- la imbricación entre ciencia y vida de que han hablado numerosos autores, más bien desde el terreno de los principios o de las buenas intenciones. Es en la medida que la vivencia del problema a investigar constituye, tal como aquí se sostiene, la condición sine qua non de la propia investigación científica como ésta ha de salir de una vez por todas del círculo abstracto en el que está habitualmente situada; para revestirse en consecuencia de una provisionalidad, de una contextualización y de un concernimiento entre sujeto/actor investigador y objeto/mundo investigado que ponga en primer plano la dimensión humana de la misma. Y ello desde el momento que, como escribió en su día el físico Arthur Eddington: «Nos encontramos con que allí donde la ciencia ha avanzado al máximo, la mente no ha hecho sino recuperar de la naturaleza lo que ella misma ha puesto en ella. Nos hemos encontrado con una huella extraña en las playas de lo desconocido. Hemos inventado, una tras otra, las más profundas teorías tratando de explicar su origen. Al fin, hemos podido determinar la criatura que dejó su huella. ¡Y ved!: la huella es nuestra» (cit. Heisenberg, 1987: 117).

En tercer lugar, se trata de una propuesta metodológica que, en consonancia con los planteamientos que subyacen en la base del paradigma de la complejidad y como señala por su parte el físico Fritjof Capra, «no se concentra en los componentes básicos [de los fenómenos], sino en los principios esenciales de organización» (Capra, 1998 [1996]: 49). Planteamiento éste que, directamente relacionado con la idea de la emergencia, ha sido recientemente reivindicado por el ya citado Premio Nobel de Física, Robert B. Laughlin, para quien «el control de la naturaleza sólo se consigue cuando ésta lo permite por medio de un principio de organización», de modo que incluso «las legendarias leyes de Newton no son fundamentales sino emergentes» (Laughlin, op. cit.: 18 y 56). Pues bien, como ha puesto de relieve la anterior exposición, son los principios de organización que habitan en la vivencia inmediata del fenómeno los que constituyen el objeto de la investigación científica, de manera que esos principios se hagan comprensibles y sean objeto de la consiguiente acción resolutiva. Lo que implica, a sensu contrario, que el objeto de la investigación científica no se propone, en ningún caso, descomponer la “verdad” de los componentes simples que puedan existir en la base del fenómeno investigado. Y ello por la razón absolutamente decisiva de que tales componentes simples… sencillamente no existen.

Finalmente, y como ya he indicado con anterioridad, la presente propuesta metodológica pretende ir más allá de la primacía a la observación que se otorga a la investigación científica dentro de la cibernética de segundo orden. Primacía ésta que, incluso reinterpretada como observación endógena o autoobservación tal como la plantean Gutiérrez y Delgado (1994), es reconducida en nuestro caso como involucración vivencial del investigador en el fenómeno a investigar. Y ello porque, como señalan los propios autores que acabamos de citar, «es necesario tener experiencia en/de algo para poder conocerlo» (ibid.: 167).

De lo que se desprende que, como ya señalaron en su momento Maturana y Varela (1984), todo conocimiento posible está intrínsecamente unido a la vida.


Madrid, 20 de junio de 2007. Revisado el 9.1.08.



REFERENCIAS BIBLIOIGRÁFICAS:

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Capra, F. (1996): La trama de la vida, Barcelona, Anagrama, 1998.

Caro, A. (1997): proyecto docente de la asignatura Teoría General de la Publicidad, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Ciencias de la Información.

--- (2001): «Hacia una ciencia enraizada con la vida: propuesta metodológica», en Vega, M., Maldonado, C. E. y Marcos, A. (coords.), Racionalidad científica y racionalidad humana. Tendiendo puentes entre ciencia y sociedad, Valladolid, Universidad de Valladolid y Universidad El Bosque (Bogotá), p. 208.

--- (2007): «Fundamentos epistemológicos y metodológicos para un estudio científico de la publicidad», Pensar la Publicidad. Revista Internacional de Investigaciones Publicitarias, Madrid, Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense de Madrid y Servicio de Publicaciones e Intercambio Científico de la Universidad de Valladolid, I (1), pp. 55-82.

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Varela, F. J. (1988): Conocer. Las ciencias cognitivas: tendencias actuales y perspectivas. Cartografía de las ideas actuales, Barcelona, Gedisa, 1990.



1 Versiones iniciales de esta propuesta metodológica se exponen en Caro (1997, 2001 y 2007).

2 Así, por ejemplo, en palabras de Albert Einstein: «Las palabras del lenguaje, tal como se se escriben o se hablan, no parecen desempeñar papel alguno en mi mecanismo de pensamiento. Las entidades psíquicas que parecen servir como elementos en el pensamiento son determinados signo e imágenes más o menos claras que pueden reproducirse y combinarse “voluntariamente”. Existe, desde luego, una cierta conexión entre estos elementos y los conceptos lógicos relevantes. También es evidente que el deseo de llegar finalmente a conceptos conectados de forma lógica es la base emocional de este juego más bien vago con los elementos anteriormente mencionados” (cit. en Damasio, 1996 [1994]: 108).

3 Y ello partiendo de la base de que, como señala el Premio Nobel de Física, Robert B. Laughlin con relación a los fenómenos naturales, «asistimos a una transformación fundamental en nuestra forma de ver el mundo, según la cual el objetivo de entender los fenómenos naturales descomponiéndolos en sus partes más pequeñas se ve reemplazado por el propósito de comprender cómo se organiza la naturaleza» (Laughlin, 2007 [2005]: 106-107).


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