Paper Los hijos del umbral de la pobreza (la niñez indigente en los países ricos) (Parte II) Los caminos de la corrupción política son inescrutables No se puede



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“Creemos en los sueños”

“La revolución es eterna”...

Reiteramos nuestra dedicatoria:



“A la naturaleza que ha perdido su futuro”

“A los trabajadores que han perdido sus derechos”

“A todos los “desposeídos”...de cualquier especie”

..............

“A las víctimas del futuro”

Oda elemental:



“No nos robaran los sueños”

“La verdad es un virus”

“Saber el bien que no se hace, y el mal que se hace”

- Reiteración de un llamamiento desesperado (ante el riesgo de una tercera generación perdida: padres, hijos y nietos)

(Mi convocatoria a la rebelión de los jóvenes, ha sido permanente. Sirva como referencia, lo escrito a principios del año 2007, cuando muchos -aun- permanecían anestesiados)

Del Paper- Desempleo juvenil: de la inactividad al desaliento - ¿Qué están esperando? (Convocatoria a la rebelión de la “sociedad de los conformes”), publicado el 15/3/07

Convocatoria a la rebelión de la “sociedad de los conformes”

En su libro “Antes del fin” (Memorias), Ernesto Sábato, 1998, Grupo Editorial Planeta, nos dice:

“Quizá, por mi formación anarquista, he sido siempre una especie de francotirador solitario, perteneciendo a esa clase de escritores que, como señaló Camus: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”. El escritor debe ser testigo insobornable de su tiempo, con coraje para decir la verdad, y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana. Debe prepararse para asumir lo que la etimología de la palabra testigo le advierte: para el martirologio. Es arduo el camino que le espera: los poderosos lo calificarán de comunista por reclamar justicia para los desvalidos y los hambrientos; los comunistas lo tildarán de reaccionario por exigir libertad y respeto por la persona. En esa tremenda dualidad vivirá el desgarro y lastimado, pero deberá sostenerse con uñas y dientes.

De no ser así, la historia de los tiempos venideros tendrá toda la razón de acusarlo por haber traicionado lo más preciado de la condición humana”…

Sin llegar a la “estatura” intelectual del “Maestro”, ni siquiera “usurpando” la categoría de escritor; aceptando mis limitaciones de entendimiento y el humilde oficio de “testigo de cargo” al hilo del vivir (alguna vez me auto titulé “escribidor” o “preguntero”, y fue mucho), he intentado seguir sus “enseñanzas”, respetar sus “postulados” y… hacerme “uno con el prójimo”. Otra cosa es ver si lo he logrado…

Ustedes eligen…

Formar parte del porcentaje descendente de jóvenes empleados o luchar.

Formar parte del porcentaje creciente de jóvenes desempleados o luchar.

Seguir compartiendo la persistencia de la pobreza entre casi el 56 por ciento de los trabajadores jóvenes o luchar.

Formar parte de los jóvenes desempleados (85 millones), o de los jóvenes trabajadores pobres (300 millones a nivel de US$ 2 al día), o de los jóvenes desalentados (estimado grosso modo en 20 millones), o luchar.

Formar parte de más de la tercera parte de la población juvenil que sufre de un déficit de oportunidades de trabajo decente o luchar.

Conseguir un puesto de trabajo donde las condiciones laborales tienden a estar por debajo de lo que se considera “decente y productivo” o luchar.

Estar más expuestos a largas jornadas de trabajo, a contratos temporales o informales con bajos salarios, una protección social escasa o inexistente, y a no tener voz en el trabajo o luchar.

Aceptar la sensación de vulnerabilidad, inutilidad y ociosidad que la incapacidad de encontrar trabajo genera o luchar.

Continuar aceptando que la posibilidad de estar desempleado triplique a la de los adultos o luchar.

Ser uno de cada tres integrantes de la población juvenil mundial (de 1,1 mil millones de personas entre 15 y 24 años) que está buscando trabajo sin éxito o luchar.

Ser de los jóvenes desempleados que conforman casi la mitad (43,7 por ciento) del total de los desempleados del mundo, a pesar que son sólo 25 por ciento de la población en edad de trabajar o luchar.

Ser alguno de los 125 millones de jóvenes trabajadores pobres (lo que significa que más del 20 por ciento de los jóvenes empleados vivían en un hogar donde había menos de US$ 1 al día por persona en el 2005) o luchar.

Seguir tolerando que se les ignore en las estrategias nacionales para reducir la pobreza y en la promoción del desarrollo sostenible o luchar.

Prolongar el desaliento y la vulnerabilidad que produce el estar desempleado por un largo tiempo, así como el difícil proceso de reintegrarse a la fuerza laboral, con el peligro de sentirse inútil y de distanciarse de la sociedad o luchar.

Formar parte del porcentaje de los jóvenes que se retirarán del mercado de trabajo y ni siquiera buscarán trabajo más o luchar.

Formar parte del porcentaje de jóvenes que ni trabajan ni estudian, inutilizando una buena parte del potencial laboral de la población o luchar.

Soportar una posición de debilidad no solamente como trabajadores, sino también como agentes de cambio; no poder ejercer sus derechos de ciudadanos porque tienen derechos limitados como trabajadores o no tienen derechos; no poder darle a sus hijos y dependientes un mejor futuro porque no ganan lo suficiente para levantarse de la pobreza junto con su familia; no poder esperar una seguridad de ingreso a medida que ejercen porque no tienen acceso a la protección social o luchar.

Consentir que la vulnerabilidad de los jóvenes en el mercado de trabajo pueda resultar en la pérdida de su autoestima, la exclusión social, el empobrecimiento, el ocio, la potencial atracción hacia actividades ilegales y finalmente sentimientos de frustración con su situación y al apuntamiento de sus frustraciones a la sociedad que las creó o luchar.

Formar parte de los jóvenes que trabajan en condiciones insatisfactorias, determinadas por cualquier número de características cualitativas (horas, remuneración inadecuada, mal uso de sus habilidades, falta de seguridad, falta de beneficios…), y caer bajo la muy amplia categorización de “jóvenes subempleados” y, por lo tanto constituir una parte de los jóvenes que caen dentro del déficit de oportunidades de trabajo decente o luchar.

Ser alguno de los jóvenes trabajadores pobres -125 millones de jóvenes al nivel de US$ 1 al día en 2005, o 22,7 por ciento de los jóvenes empleados- quienes debido al rendimiento remunerativo inadecuado de su trabajo fácilmente clasificarían como jóvenes que no tienen oportunidades de trabajo decente o luchar.

Regresar a la Edad Media “entonando” la “Oda al despido libre” según la música del Club de Bilderberg, la Trilateral Commission, el Council of Foreign Relations o el Foro Económico Mundial (Davos) y la letra de la OCDE, el FMI, el BM, o la OMC o luchar.

Aceptar la hipocresía (incluida en la música y letra de la Oda al despido libre) de que una legislación de protección del empleo menos estricta facilita el que los empresarios contraten a más trabajadores, mejorando las oportunidades laborales de aquellos grupos que tienen dificultades de acceso al mercado laboral, tales como los jóvenes o las mujeres o luchar.

Consentir la falsedad (incluida en la música y letra de la Oda al despido libre) de la necesidad de incrementar la “flexibilidad laboral” y el uso de horarios laborales “no normalizados”, incluidos el aumento del empleo a tiempo parcial, el trabajo fuera de los horarios laborales usuales y horarios laborales variables o luchar.

Tolerar la ficción (incluida en la música y letra de la Oda al despido libre) de que las políticas de estimulación en el mercado laboral serían más eficaces si se atacasen los obstáculos a la demanda, por ejemplo, creando un entorno de apoyo a la política macroeconómica, estimulando la competencia en el mercado de bienes o flexibilizando las normativas de empleo excesivamente rígidas o luchar.

Soportar la afrenta (incluida en la música y letra de la Oda al despido libre) de que una forma de fomentar la motivación laboral consiste, simplemente, en recortar las prestaciones y su duración o luchar.

Admitir las medidas (incluidas en la música y letra de la Oda al despido libre) que potencien horarios de trabajo flexible y el trabajo a tiempo parcial -aplicados mediante convenios entre empresarios y trabajadores- en la “ridícula fantasía” de que pueden contribuir a crear una mayor elección para los trabajadores en relación con los horarios laborales y a promover la participación de ciertos grupos, tales como los padres jóvenes o los viejos trabajadores o luchar.

Conformarse con el dogma (incluido en la música y letra de la Oda al despido libre) de que una legislación demasiado estricta obstaculizará la movilidad laboral, reducirá la eficacia dinámica de la economía y restringirá la creación de empleo o luchar.

Transigir con la doctrina de la “flexiseguridad” (incluida en la música y letra de la Oda al despido libre) como un enfoque que facilita la contratación y el despido al tiempo que proporciona servicios de reinserción laboral eficaces y rentas de ayuda a quienes pierden su empleo o luchar.

Resignarse a que las negociaciones salariales tanto centralizadas como descentralizadas (incluidas en la música y letra de la Oda al despido libre) dan mejores resultados en términos de empleo que las negociaciones a escala sectorial o luchar.

Aceptar que el crecimiento económico mundial no se traduzca en la generación de empleos de calidad necesarios para avanzar en la reducción de la pobreza o luchar.

Admitir que la mitad de los trabajadores no obtengan suficientes ingresos para superar, ellos y sus familias, el umbral de la pobreza, que se cifra en dos dólares de los Estados Unidos al día o luchar.

Consentir que la cuestión de la seguridad en el empleo y de los ingresos de los trabajadores del mundo no haya sido una prioridad en el momento de diseñar las políticas o luchar.

Tolerar que para millones de trabajadores, los nuevos empleos apenas proporcionen ingresos que permitan superar el nivel de pobreza, o bien se encuentren muy por debajo de lo que cabría calificar de trabajo satisfactorio y productivo o luchar.

Convivir con la inseguridad personal que genera la relocalización o luchar.

Admitir el argumento de que la globalización traerá beneficios a largo y corto plazo para todos, mientras se acaba de perder el trabajo a causa de la globalización o luchar.

Aceptar que los mediáticos gurúes les impongan las tendencias decidiendo por ustedes cómo tienen que vestirse, dónde invertir, qué y dónde comer, cómo deben vivir, pensar, sentir y votar o luchar.

Resignarse a que el mercado -a través de la seducción publicitaria asociada a esa caja amplificadora que son los medios de comunicación- mande, asuma una verdad, imponga ideas y tendencias sobre cómo se debe pensar, sentir y vivir o luchar.

Ser cómplice (por acción u omisión) de la proyección de las tendencias actuales, que anticipan que para el año 2050 la humanidad estará usando dos veces el valor de los recursos naturales del planeta, en caso de que estos recursos siguieran existiendo o luchar.

Ser colaborador (por acción u omisión) en el robo de los recursos del planeta a nuestros descendientes, consumiendo mucho más de lo que podemos, o luchar.

Continuar con la actividad humana (por acción u omisión) que está desencadenando cambios sin precedentes en varios millones de años o luchar.

Acelerar (por acción u omisión) el cambio climático que podría reducir el crecimiento económico mundial en una quinta parte o luchar.

Encubrir (por acción u omisión) el riesgo de que hasta 200 millones de personas puedan convertirse en refugiadas en la medida que sus hogares sean golpeados por las sequías o las inundaciones o luchar.

Seguir bailando en la cubierta del Titanic hasta que choque con el iceberg, creyendo que los botes salvavidas alcanzaran para alguien más que los ricos y los hijos de los ricos o luchar.

Ser hijos de la televisión, entrenados para contemplar la vida en lugar de hacerla, y encogerse de hombros o luchar

Convencerse de que la servidumbre es vuestro destino y la impotencia vuestra naturaleza: admitir de que “no se puede” decir, “no se puede” hacer, “no se puede” ser o luchar.

Dicen los que saben…

(Ernesto Sábato, op. cit.): “No quiero morirme sin decirles estas palabras. Tengo fe en ustedes. Les he escrito hechos muy duros, durante largo tiempo no sabía si volverles a hablar de lo que está pasando en el mundo. El peligro en que nos encontramos todos los hombres, ricos y pobres.

Esto es lo que ellos no saben, los hombres del poder. No saben que sus hijos también están en esta pobre situación.

No podemos hundirnos en la depresión, porque es de alguna manera, un lujo que no pueden darse los padres de los chiquitos que se mueren de hambre. Y no es posible que nos encerremos cada vez con más seguridades en nuestros hogares.

Tenemos que abrirnos al mundo. No considerar que el desastre está afuera, sino que arde como una fogata en el propio comedor de nuestras casas. Es la vida y nuestra tierra las que están en peligro…

Sí, muchachos, la vida del mundo hay que tomarla como la tarea propia y salir a defenderla. Es nuestra misión.

No cabe pensar que los gobiernos se van a ocupar. Los gobiernos han olvidado, casi podría decirse que el mundo entero, que su fin es promover el bien común.

La solidaridad adquiere entonces un lugar decisivo en este mundo acéfalo que excluye a los diferentes. Cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia.

Pero antes habremos de aceptar que hemos fracasado. De lo contrario volveremos a ser arrastrados por los profetas de la televisión, por los que buscan la salvación en la panacea del hiperdesarrollo. El consumo no es un sustituto del paraíso.

La situación es muy grave y nos afecta a todos. Pero, aun así, hay quienes se esfuerzan para no traicionar los nobles valores. Millones de seres en el mundo sobreviven heroicamente en la miseria. Ellos son los mártires”…

(Günter Grass, Mi siglo, 1999, Alfaguara): “1932. Tenía que ocurrir algo. En cualquier caso, las cosas no podían seguir así, con decretos de urgencia y elecciones continuas. Sin embargo, en principio, hasta hoy no ha cambiado mucho. Bueno, estar sin trabajo entonces y parado ahora no es exactamente lo mismo. En aquella época no se decía “estoy sin trabajo”, sino “voy a que me estampillen”. Por alguna razón, eso parecía más activo. La verdad es que nadie quería reconocer que no tenía trabajo. Se consideraba una vergüenza. En cualquier caso, cuando en el colegio o en la catequesis me preguntaba el reverendo Watzek, yo decía: “Mi padre va a que lo estampillen”, mientras que mi nieto dice ahora tranquilamente: “Vivo del subsidio”. Es verdad, cuando Brüning estaba en el poder, eran unos seis millones, pero ahora estamos otra vez en cinco, bien contados. Por eso hoy se escatima el dinero y se compra sólo lo más necesario. En principio, las cosas no han cambiado. Sólo que en el treinta y dos, cuando llevaba ya tres inviernos yendo a que lo estampillaran, a Padre hacía tiempo que lo estaban descontando, y le reducían la asistencia social cada dos por tres. Tres marcos con cincuenta a la semana cada vez. Y como mis hermanos iban los dos a que los estampillaran, y sólo mi hermana Erike, vendedora en Tietz, traía a casa un verdadero salario, Madre no llegaba a reunir siquiera doscientos marcos semanales para la casa. Eso no bastaba en absoluto, pero en nuestra vecindad ocurría lo mismo en todas partes. ¡Ay de quien agarraba la gripe o lo que fuera! Solo por el certificado había que apoquinar cincuenta pfennigs. Echar medias suelas a los zapatos abría un agujero en las finanzas. El carbón comprimido costaba unos dos marcos el quintal. Sin embargo, en las cuencas los montones aumentaban. Naturalmente, estaban vigilados, estrictamente además, con alambre de espino y perros. Y el colmo eran las patatas de invierno. Tenía que ocurrir algo, porque el sistema entero estaba podrido. En principio, hoy ocurre lo mismo. También las esperas en la oficina de empleo…

Bueno, las cosas no son ahora tan malas, aunque pueden empeorar. En cualquier caso, entonces había algo así como el servicio social para los llamados desempleados de la beneficencia. En nuestro caso, en Remscheid, tenían que apencar en la presa, construyendo caminos. Padre también, porque vivíamos de la beneficencia. En aquella época, como los caballos eran demasiado caros, enganchaban a unos veinte hombres a una apisonadora de no sé cuántos quintales y, a la voz de “¡arre!”, arrancaban. A mí no me dejaban ir a mirar, porque Padre, que en otro tiempo fue maquinista jefe, se avergonzaba ante su hijo. Sin embargo, en casa lo oía llorar cuando en la oscuridad, estaba echado junto a Madre. Ella no lloraba, pero al final, poco antes de la toma del poder, no hacía más que decir: “Peor no puede ser”. Una cosa así no puede pasarnos hoy, he dicho a mi nieto, para tranquilizarlo, cuando se dedica como siempre a hablar mal de todo.

-Tienes razón -me respondió el rapaz-, por muy mal que esté lo del trabajo, las acciones en la Bolsa no hacen más que subir”.

(Me cuelo entre los que saben -perdón por la petulancia- para pedirles una reflexión)

Como bien conocen los jóvenes de los pueblos tradicionalistas, la única manera de que no te quemen las brasas es pisarlas con tal firmeza y contundencia que no haya transpiración. Cuando una manada de leones sale de cacería enseguida percibe que su mejor presa es aquélla que da muestras de vacilación y debilidad. Los perros salvajes siempre atacan a aquel que más teme hacerles frente.



Tal vez, al final, sólo se trate de optar entre la Visa o la Vida.

Tal vez, al final, sólo se trate de optar entre la Vida o la Bolsa.

Por favor, no fracasen como nosotros, no dejen de hacer lo que tienen que hacer…

Los nadies

Sueñan las pulgas en comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy ni mañana, ni nuca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tiene cara, sino brazos.

Que no tiene nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

(De “El libro de los abrazos”, Eduardo Galeano, diciembre de 1989, regalo de mi hija Julia, la futura madre de mi primer nieto, en la Navidad del 2006)

Gracias, Julia, por dejarme volar contigo…

- Esperando el estallido social (la hora de los “justos”)

(Con un nieto en “conciencia” y otro por llegar, trascurridos tres años desde el Paper sobre Desempleo Juvenil, volvía a la carga, con la ilusión, deseos, y esperanza que los jóvenes se rebelaran ante el despreciable futuro que le ofrecían los “global players”)

Del Ensayo Esperando la rebelión de los “ni-ni” (ni estudian ni trabajan): Los “babylosers” - De la “Generación Peter Pan” a la “Generación Cero”: el becarismo rampante, publicado en febrero de 2010

- Ya sé; no me digás, tenés razón: la vida es una herida absurda… (*)

(*) (De la letra del Tango “La última curda” de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo)

“Me resulta tan odioso seguir como conducir”. Nietzsche

Estimado joven amigo: No tengo la menor autoridad para sermonear a nadie (apenas soy, un millonario en fracasos) y aunque la tuviera, no la desearía utilizar (intento ser liberal hasta el renunciamiento personal). Por otra parte, tampoco puedo dirigirme a mis contemporáneos (los que no se han dado por “vencidos”, disfrutan del hedonismo pasivo de última instancia, mientras duren las migajas). Por supuesto, poco interesan mis pensamientos a nivel académico, por incómodos y fuera de contexto (fui expulsado de las Escuelas de Negocios, por antiglobalizador, desde antes que ese término trascendiera al gran público, o por intentar enseñar ética, a los que sólo se preparaban para matar).

Así y todo, por el mérito de haber trabajado para ti (sí, al menos para los que aún leen, por supuesto) desde el año 1998, estudiando, documentando y escribiendo sobre temas de economía para facilitar la difusión, el entendimiento y el debate de ideas desde una óptica “políticamente incorrecta”, además de dejar un amplio archivo de Informes y Hemeroteca para que “no se olvide lo inolvidable”, permíteme compartir contigo esta “confesión”.

El 54% de los miembros de tu generación (“de los ciudadanos de 18 a 34 años”, según los analistas, que no ahorran en sarcasmos, al llamarlos ciudadanos), no tiene proyectos ni ilusión. No aciertan a vislumbrar una salida airosa, ni combatir este estado de cosas. No tienen prisa para hacerse mayores.

El virus del desánimo está minando la naturaleza vitalista y combativa de la gente joven. Mientras tanto, el discurso consumista ha resultado una trampa para tantos jóvenes audaces que creyeron en el maná crediticio y el crecimiento económico sin fin.

Vivir peor que sus padres… Podemos estar asistiendo al primer proceso masivo de descenso social desde los tiempos de la Revolución francesa.

¿Ha surgido una generación apática, desvitalizada, indolente, mecida en el confort familiar? Aplican la estrategia de flexibilizar los deseos (individuos de plastilina) y de restar compromisos (seres invisibles, presentistas). Aprovechar el momento “aquí y ahora”.

Esclavos libres… Jóvenes rotos… Presa fácil de la devastación laboral, corren el riesgo (casi la certeza) de un nivel de vida peor que el de sus padres. Nuestra sociedad excluye aquellos que representan el futuro, transformándolos en extranjeros de sí misma. Excluidos del futuro, desarrollan una actitud nihilista porque no les exige estar motivados, ni asumir responsabilidades.

¿Será posible que esta juventud supuestamente acomodaticia y refractaria a la utopía sea la llamada a abrir nuevos caminos? Vivimos un tiempo sin ideologías. Vivimos en una sociedad “anestesiada”. Una sociedad en la que todo vale. Es mejor no aspirar a mucho y “pillar” lo que se pueda.

Generación decepción… La apatía destructiva que se deriva de la ausencia de valores, de la relatividad moral, de la indiferencia ante quienes nos rodean.

El riesgo de la eterna adolescencia (síndrome de Peter Pan)… alcohol… beber hasta la embriaguez… drogas… problemas en las aulas… abandono y fracaso escolar… indisciplina y violencia…

Crisis de identidad… desconfianza y ausencia de valores… conformismo irreversible… Los jóvenes se han instalado en una “impotencia confortable”…

Seguramente algunos padres (ojalá que muchos, entre los que me incluyo) se estén preguntando: ¿Y qué hemos hecho nosotros para merecer esto? Mi respuesta sería: “todo mal” (asumo mi parte del fracaso).

Hemos criado niños eternos; les hemos dado objetos y no afectos; hemos estado demasiado ausentes demasiado tiempo; no le hemos enseñado el valor del esfuerzo, del trabajo, de la responsabilidad; nunca nos hemos sentado con ellos a escucharlos; nunca les hemos dicho que no; hemos desvalorizado el papel de los maestros; hemos sido permisivos, relativistas, consumistas, hedonistas, egoístas, indiferentes, individualistas, insolidarios… y todo ello se ha trasmitido a los hijos.

Hemos deseado que no sufrieran lo que habíamos sufrido nosotros, que tuvieran todo aquello que no habíamos podido tener nosotros, que lograran (sin mirar cómo, ni para qué) el título universitario que no habíamos podido lograr nosotros. Hemos transformado a nuestros hijos en un “trofeo” para demostrar nuestro éxito en la vida.

Y ahora, tarde y mal, nos damos cuenta que el “trofeo” es un fiasco, que hemos malogrado nuestros objetivos y lo que peor aún, hemos estropeado a nuestros hijos.

Estamos cosechando lo que hemos sembrado. Los jóvenes no tienen culpa. La culpa es nuestra. La generación que dirige (simula) el mundo es la nuestra, la generación que dirige (especula) los negocios es la nuestra, la generación que educa (por decir…), cura (en fin…) y da de comer (según…), es la nuestra. La generación que trasmite (muy poco) los valores es la nuestra. Somos los “titulares” de todos los descalabros. Nuestros hijos son el resultado de ellos. La prueba final de la insensatez total.

Después de este “acto de contrición”, volvamos a ti, joven amigo:

¿Con todos estos “agravantes” y tantos “atenuantes” que piensas hacer tú? ¿Seguir en el vacío total? ¿Continuar excluido del futuro? ¿Esperando heredar la nada?

Las opciones (visto lo visto) son: idiota o ilota… Tú eliges (aunque no es mucho). Los “ni-ni” no dan para más (y tampoco lo desean los amos del universo). Te mearán en la cabeza y te dirán que es lluvia… ¿Y tú te dejas?

Por mucho menos que esto, estalló la Revolución Francesa, por mucho menos que esto se asaltó el Palacio de Invierno, por mucho menos que esto se produjo el mayo del 68.

Y tú ahí, impotente confortable, sentado en el salón viendo la tele (fútbol + reality shows), llenándote de mierda el “gruyere” cerebral que te dejó el sistema, la droga y el alcohol, esperando la sopa boba que tu anciana madre te pone de limosna… sin aspirar a mucho, pillando lo que puedes…

Levántate y anda. Apaga la tele. Desconecta el MP3. Date de baja en Facebook. Abandona el Twitter. Deja de enviar SMS. No recargues el móvil… Patea algún culo, aunque sea el equivocado. Revélate. Toma la calle. Manifiéstate. Tira piedras… Toma la Bastilla, asalta el Palacio de Invierno, revive el espíritu de mayo del 68…

Mientras te lo piensas, intenta contestar alguna de las siguientes preguntas, trata de reflexionar sobre alguna de las siguientes frases y actúa en consecuencia (ojalá). Te guste o no, tú heredaras el mundo. Que sea igual, peor o mejor, está en tu mano.

Nuestra generación fracasó (a las pruebas me remito), intenta que tus hijos no piensen lo mismo de la vuestra. De no ser así, sólo les quedará esperar el final del final…

¿Qué tan lejos puede llegar la desigualdad antes de que el sistema se derrumbe?

¿Es imaginable otro escenario posible?

¿Existen algunas medidas de prevención económica?...

Antes que sea demasiado tarde.

Tal vez haya que elegir caminos de heterodoxia.

Tal vez haya llegado el fin de la era de los simulacros cosméticos, máscaras y prótesis.

Tal vez estemos ante el fin de la economía de las siliconas.

Un ciclo que toca a su fin.

El fin de las promesas ficticias.

El fin del reino de lo homogéneo y simultáneo.

El fin de los “teoremas asesinos” de los Organismos Financieros Internacionales.

El espectáculo debe terminar.

Es imposible negar la miseria que crece en medio de la abundancia.

Es imposible no sentir el silencio de las víctimas.

¿Puede existir la liberación con exclusión?

Habrá que optar entre el hombre y el instrumento, entre la innovación y la tradición, entre lo nuevo y lo perdurable.

Habrá que optar por reconducir al capitalismo antes que muera de sobredosis… Si aún es posible.

Ni Wall Street, ni Silicon Valley, ni Hollywood, son los personajes de la Historia, es el hombre, y a él se debe responder…

Tal vez todo sea cuestión de cambiar una economía de cabotaje por una economía de altura…

Por mucho que la escenografía quiera tapar la realidad, cuando el móvil deje de ser el corazón de la información, cuando la vida cotidiana sea algo más que un SMS, cuando tus pensamientos puedan ir más allá del Twitter (140 caracteres), no heredarás el viento (humo).

Desde tu insignificancia (la levedad del ser), pero también desde tu grandeza (la fuerza del sujeto activo) podrás ayudar a evitar la “cadena de errores” (las alarmas no saltan hasta que ya es demasiado tarde). La derrota del pensamiento no es generalizada, y el triunfo de la barbarie todavía no es efectivo.

También los enemigos persisten y siguen siendo los mismos: los promotores del orden tal cual es. El objetivo sigue siendo indefectiblemente nietzscheano: “Castigar la estupidez”. De otro modo, ésta triunfará en forma absoluta, hasta el punto que los autoritarismos de antaño parecerán opacos y pálidos en comparación con los que habrán logrado sojuzgar los cuerpos, pero también, y sobre todo, las almas.

Hay que hacer una revolución copernicana, terminar con el sometimiento de los hombres a la economía liberal y a su locura generalizada, para someter a la economía a un proyecto de vida en común. No ya servir al capital, sino poner este a disposición de los hombres. El triunfo del capitalismo determinó la muerte de lo político y de la política a favor de un elogio simple y llano de la técnica de la administración de los hombres como bienes.

Todo prolegómeno al reencanto del mundo pasa por esta revolución copernicana: terminar con esa religión de la economía que hace del capital su Dios, y de los hombres vulgares fieles moldeados a su voluntad. De modo que hay que promover un ateísmo en esta materia, al menos un confinamiento de la economía al único registro de los medios, y no de los fines. Debe estar al servicio y no exigir que se la sirva. Para que esto ocurra, debe someterse a lo político; desde hace demasiado tiempo, la política actúa como sirvienta de la economía.

Y tú joven amigo (mientras) inmóvil, paralizado, clavado como un insecto a un corcho, estás al completo servicio de un orden en el cual no tienes opción. Busca el sentido…



- Cuando estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás… (*)

(*) (De la letra del Tango “Yira, yira” de Enrique Santos Discépolo)

Estimado joven amigo: Según dicen los libros de Historia (es que a los viejos nos gusta la Historia)... ya en proceso de desatarse la revolución francesa, cuando la gente del pueblo, a falta de harina y trigo, fue directamente a Versalles a encarar a la Reina, ésta habría respondido con la frase: “Que coman pasteles” (Qu’ils mangent de la brioche), lo que causó un gran enojo en el pueblo, algo que sólo ayudó a odiar más a María Antonieta.

Hay muchas versiones que señalan por qué María Antonieta habría dicho aquello. Sin embargo, el filósofo Jean-Jacques Rousseau dice que la frase no provino de ella, sino de otra reina María Teresa de Austria (esposa de Luis XIV); la frase original era “S'il ait aucun pain, donnez-leur la croûte au loin du pâté” (Si no tienen pan, que les den el hojaldre en lugar del paté. “Pâtè en croûte”), pero para muchas personas María Antonieta fue la que dijo esa frase, que en cierto sentido ha sido analizada y reconocida por todo el mundo…

El 10 de agosto (1792) se produce la insurrección. Las Tullerías son asaltadas, el Rey se refugia en la Convención, que vota su suspensión provisional, y ambos son internados en el convento de los Feuillants. Al día siguiente, la familia real es transferida a la prisión del Temple. Allí moriría, casi dos años más tarde, su segundo hijo varón, a los 10 años de edad, conocido como Luis XVII, aunque por supuesto nunca reinó. Durante las matanzas de septiembre, la princesa de Lamballe, víctima simbólica, es salvajemente asesinada y su cabeza se exhibe en la punta de una pica, paseándola por delante de las ventanas tras las que se hallaba María Antonieta. Poco después, cuando ya la guerra ha empezado, la familia real queda retenida por la Convención. A principios de diciembre, se descubre el “armario de hierro” en el que Luis XVI guarda sus papeles secretos. El proceso, a partir de ese momento, es inevitable.

El 14 de agosto de 1793, María Antonieta es puesta a disposición judicial ante el Tribunal revolucionario, presentándose como acusador público Fouquier-Tinville. Si en el juicio de Luis XVI se había intentado guardar las apariencias de una cierta equidad, no se hizo así con el proceso a María Antonieta. El dossier se prepara a toda prisa; es, a todas luces, incompleto, Fouquier-Tinville no logra encontrar todos los documentos de Luis XVI.

María Antonieta es condenada a la pena capital el 16 de octubre, dos días después del inicio del juicio, acusada de alta traición. De madrugada escribe una carta a Madame Isabel, la hermana de Luis XVI:

“Acabo de ser condenada, no a una muerte honrosa, que se reserva para los criminales, pero voy a reunirme con vuestro hermano”.

Al mediodía del día siguiente María Antonieta es guillotinada, sin haber querido confesarse con el sacerdote constitucional que le habían propuesto. Fue enterrada en el cementerio de la Madeleine, calle de Anjou-Saint-Honoré, con la cabeza entre las piernas. Su cuerpo fue exhumado posteriormente el 18 de enero de 1815 y transportado el 21 a Saint-Denis.

Frases relevantes en sus últimos momentos

• Días antes de su muerte, después de que su marido fuera ejecutado, sus hijos arrancados de su lado, el Delfín manipulado para acusarla de estupro, y completamente sola, en su prisión María Antonieta se golpeó la cabeza contra una viga del techo haciéndose una herida que no paraba de sangrar. La todavía reina no se quejó. Ante la pregunta de uno de los guardias: “¿Os habéis hecho daño?”, María Antonieta contestó: “No, ahora ya no hay nada que pueda hacérmelo”.

• Vale la pena recordar uno de sus momentos más estremecedores cuando supo el descuartizamiento cruel y sangriento de su leal amiga María Luisa de Saboya-Carignan, princesa de Lamballe, quien fuera salvajemente asesinada en la prisión de la Force, el 3 de septiembre de 1792, y su cabeza peinada y empalada fue desfilada por las calles entre risas y gritos salvajes.

• El día de su ejecución, mientras el pueblo entero la abucheaba e insultaba, María Antonieta se tropezó subiendo al cadalso y pisó al verdugo que estaba a punto de guillotinarla. La reina le dijo: “Disculpe señor, no lo hice a propósito”.

- Desde octubre de 2000 a septiembre de 2014, sigo “erre que erre” (con esperanza y sin miedo)

Catorce años y cuatro nietos después… sigo siendo “millonario” en derrotas, y continúo rumiando las mismas viejas y queridas causas perdidas o la amargura de la victoria.

La lección que puedo sacar es que a menudo los débiles y los vulnerables tienen cosas útiles que enseñar a los fuertes. Avanzando un poco más, Günter Grass en Mi Siglo, nos dice: “A veces, aunque con retraso de decenios, incluso ganan los que tiran piedras”…

Luego de este largo y doloroso, alegato en favor de los niños (“en el nombre del nieto”), suficientemente documentado, a modo de final (para no olvidar mis orígenes y rizar la melancolía), voy a dejarlos con unos versos de mi tierra:

Letra de “Recital a la infancia” de Horacio Guarany (fragmento)

Mi casa era muy triste cuando niño, por todas partes se encendían velas... Había una pascua de lunas sin auroras, cristos de palo y largas cabelleras... ¿Cómo era mi infancia?... no recuerdo... uno andaba de yapa, de prestado, perdido entre las hachas y los montes, como una flor que hubieran pisoteado. ¿Quién se llevó mi niño de las manos? ¿Quién lo golpeó? ¿A dónde lo llevaron? ¿Quién lo mató? ¿Quiénes lo despojaron de sus juguetes? ¿Quiénes? ¿Quiénes? ¿Quiénes? Voy por las calles buscándolo a mi niño, ese que nunca fui, no me dejaron... El día que lo encuentre lo hago un hombre para que sepa quienes lo mataron... El día que lo encuentre lo hago un hombre para que sepa quienes lo mataron...

A partir de esto, ustedes mismos.

Por lo que me toca, he intentado, al menos, no ser un monaguillo, rendido en genuflexa manifestación colectiva de vasallaje, ante la banca avariciosa y egoísta , capaz de dejar tirada a la gente, y denunciar la crisis moral de un sistema político y económico que ha perdido el norte y también la vergüenza. El abandono de los niños es, quizá, la evidencia más grave de esa decadencia ética.

A pesar de mi poca voz, he procurado, hacerles abrir los ojos, a veces cerrados o condescendientes, al contubernio entre política y mercado, causa y razón de la pérdida de legitimidad del estado democrático, en cuanto artífice y defensor del bien público.

Los cantos a la eficiencia de los mercados y la irresponsable convicción de que el crecimiento del capital, liberado de regulaciones estatales, sería perpetuo, se sumaron al desprecio de todo lo público en una desbocada carrera hacia la privatización de los bienes comunes.

Lo que se agazapaba tras el púdico nombre de economía de mercado reveló su verdadero rostro: el capital, que había desaparecido de la retórica socio-política de los años de reconstrucción de la larga posguerra mundial, volvió por sus fueros de la manera que desde su origen lo ha caracterizado: con una crisis devastadora, que hizo buena una vez más la dramática predicción del utópico Robert Owen: si se deja que la economía de mercado evolucione según sus propias leyes, solo se provocarán grandes y permanentes males.



Y ha sido la brutal crisis del capitalismo financiero unida a la incapacidad del Estado democrático, previamente vaciado de su sustancia representativa y administrativa, para hacerle frente, la que ha provocado ciertas reacciones sociales que recuerdan a aquellas formas de autoprotección de la sociedad que Karl Polanyi teorizó como causas de la gran transformación del capitalismo salvaje del laissez-faire, cuando todo se degradó a la condición de mercancía hasta que los obreros de las fábricas, con sus organizaciones de clase, y las clases medias que accedieron por la conquista del sufragio universal al poder político, frenaron la destrucción colocando las bases del Estado de Bienestar. Oremos, para que a la dictadura del mercado la suceda el imperio de la razón. En el nombre de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos, basta de falsos dogmas.
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