Palabras clave: feminismo, identidad femenina, republicanismo, emancipación. Abstract



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DEL LAICISMO AL SUFRAGISMO. MARCOS CONCEPTUALES Y ESTRATEGIAS DE ACTUACIÓN DEl FEMINISMO REPUBLICANO ENTRE LOS SIGLOS XIX Y XX*.

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Resumen.
Durante los primeros años de la Restauración, algunas feministas republicanas en conjunción de otros sectores feministas más moderados demandaron, a través de la prensa, el acceso de las mujeres a una educación, también superior, que les permitiera ejercer profesiones liberales.

En una etapa posterior, las redes del feminismo laicista, entre los siglos XIX y XX, reivindicaron también la educación y la libertada de conciencia de las mujeres, accedieron a las tribunas y promovieron su acción social a través del entramado asociativo vinculado al librepensamiento y al republicanismo.

Posteriormente, esos mismos núcleos laicista evolucionarían hacia postulados claramente sufragistas en alianza con otras organizaciones feministas que, en torno a 1918, hicieron de la reivindicación de derechos políticos su principal objetivo.

En todo caso, las demandas en pro de la emancipación difundieron nuevos significados en torno a las mujeres que se concretaron en la práctica en formas de identidad femenina más equivalentes a las de los hombres.


Palabras clave: feminismo, identidad femenina, republicanismo, emancipación.

Abstract
In the first years of the Spanish Restoration, some republican feminists, in conjunction with other more moderate feminist groups, made use of the press to demand access for women to education (including higher education) that would enable them to work in the liberal professions.

In a later period, between the nineteenth and the twentieth centuries, lay feminist networks also demanded education and freedom of beliefs for women, gained access to public platforms and promoted their social actions through the network of associations linked to freethought and republicanism.

Later, these lay groups would take up clearly suffragist positions alongside other feminist organisations whose main objective became the claim for political rights around 1918.

As a result, new meanings associated with womanhood developed that in practice led to forms of female identity that were closer to those of men.


Keywords: feminism, female identity, republicanism, emancipation.

1.- La educación femenina. Difundir la injusticia, proponer soluciones.
Durante la Restauración canovista, en un sistema político falto de garantías y libertades, se prolongaron los intentos femeninos reivindicativos que ya habían tenido lugar durante el Sexenio democrático, en publicaciones como La Ilustración de la Mujer que se imprimió en Madrid desde 1873 bajo la dirección de Sofía Tartilán. En ella colaboraron Matilde Cherner, más conocida por el seudónimo Rafael Luna y como autora vinculada al republicanismo, o Josefa Pujol, directora de la publicación liberal El Parhtenón (1880) en la que convivían krausistas y naturalistas1. En esta publicación se recomendaba a las mujeres el cumplimiento de sus deberes familiares aun cuando su reclamación central era la mejor preparación intelectual de la población femenina. Según Géraldine Scalon los artículos publicados en la revista por Sofía Tartilán, recogidos en 1877 en el libro Páginas para la educación popular, junto a las obras de Concepción Arenal, La mujer del porvenir (1869) y La mujer de su casa (Madrid, 1883) supusieron en su tiempo la denuncia más clara y contundente de la educación tradicional de las mujeres2. Otra escritora de renombre, Concepción Gimeno de Flaquer, próxima en esos años a las corrientes regeneracionistas finiseculares, publicó asimismo en 1877 un ensayo titulado La mujer española. Estudios acerca de su educación y de sus facultades intelectuales3. En este libro se observaba también el magisterio de Concepción Arenal puesto que ambas coincidían en afirmar que la instrucción era un derecho equiparable para ambos sexos. Se expresaban así reflexiones compartidas por los sectores femeninos que en esos años se mostraban más comprometidos con la defensa de su propio sexo, mujeres que veían en Concepción Arenal la voz más autorizada de todas ellas4.

La trayectoria intelectual de Concepción Gimeno de Flaquer se había forjado dirigiendo La Ilustración de la Mujer, publicada en Barcelona en 1872. La revista había sido auspiciada económicamente por la Sociedad de Crédito Intelectual dirigida por Nicolás Díaz de Benjumea, de tendencia política federal y relacionado con el esoterismo. Desde la Ilustración de la Mujer se vindicaba la educación física, intelectual y moral de las mujeres promoviendo el cambio de los modelos formativos conservadores. Dirigida por Gertrudis Goméz de Avellaneda desde 1882, fue la primera publicación que se hizo eco con entusiasmo de las actividades del sufragismo británico y que difundió la convocatoria del Congreso Feminista que preparaba a Junta de Señoras de la Unión Obrera Balear5.

En el camino de hacer consciente a la sociedad de lo injusto de la discriminación femenina se estaba reconstruyendo un embrionario protofeminismo hispano, escasamente investigado, que utilizaba básicamente la prensa como tribuna desde la que defender la validez intelectual de las mujeres y demandar su acceso a profesiones liberales que tradicionalmente se les había negado. Se trataba, como afirman quienes se han ocupado de analizar el proceso de construcción de los movimientos sociales, de hacer visible y explicar ante la opinión pública la situación de injusticia y desigualdad que vivían las mujeres, difundiendo nuevos marcos conceptuales sobre el significado de sus reclamaciones y proponiendo, además, posibles soluciones6.

Solidaridades interclasistas reunían a mujeres de clases medias o aristocráticas de tendencias ideológicas no siempre coincidentes que promovían un reformismo moderado en torno a la feminidad. Valga como ejemplo la participación de muchas de las escritoras de la prensa anteriormente mencionada; Sofía Tartilán, Josefa Pujol, Natividad Rojas o Concepción Gimeno Flaquer, en la obra colectiva de tintes costumbristas titulada Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas dirigida por Faustina Sáez de Melgar7. A estas autoras se añadía también la colaboración en dicha obra de Patrocinio de Biedma, Rosario de Acuña, Blanca de los Ríos o Emilia Pardo Bazán a las que básicamente les unía su dedicación a la literatura y su preocupación por la llamada «cuestión femenina».

Se abría con estas publicaciones un proceso de autorreflexión, de constitución de redes y de complicidades femeninas cuyos límites acotaba en 1900 en La Revista Blanca Soledad Gustavo, quien rechazaba violentamente a Josefa Pujol, por su creencia y promoción insistente en un modelo único de mujer8. Pocos años más tarde, las diferencias de posiciones ideológicas comenzarían a levantar fronteras entre diversas concepciones de la feminidad y otros feminismos, en mayor medida organizados, tomarían el relevo difundiendo las desigualdades entre los sexos como parte no sólo de la «cuestión social», sino también de la «cuestión política».

En 1882, desde posiciones más próximas al republicanismo federal, también en Barcelona, vio la luz la revista La Muger que estuvo dirigida por Therese Coudray. La publicación se prolongó con el título de El Álbum del Bello sexo bajo la misma dirección y posteriormente siguió en la calle hasta 1886 con el nombre de El Sacerdocio de la Mujer. Los ideales emancipadores se difundieron en sus páginas de forma en mayor medida radical ya que las demandas de derechos para las mujeres incluían el derecho al voto. Además, muchos de sus artículos estaban dedicados a la relación de la ciencia con la feminidad y a la posibilidad de que las mujeres cursaran carreras superiores9. En este caso, derechos políticos y educativos articulaban un proyecto que suponía también cierta acción organizativa que sobrepasaba los límites de la escritura. En relación con la revista se celebró un mitin al que acudieron 37 mujeres y es factible que la revista fuese editada por la Sociedad General de Señoras10.

En términos de oportunidad, las demandas de instrucción superior y al derecho femenino a ejercer profesiones liberales coincidían en el tiempo con las polémicas abiertas en torno a la voluntad de unas pocas mujeres matriculadas en las universidades españolas de obtener el doctorado. La polémica se resolvió cuando el gobierno negó a las mujeres el acceso a la enseñanza secundaria y superior sin autorización individual por parte de la Dirección General de Instrucción Pública. La cuestión a dilucidar era no sólo qué tipo de educación era adecuada para las mujeres, sino también, si los títulos universitarios las habilitaban para ejercer las profesiones en las que habían sido formadas11. En todo caso, otra de las tareas de los nuevos y también de los “viejos” movimientos sociales consiste en llevar a término ciertas rupturas con el sistema de normas sociales, de modo que se establezcan y normalicen los modelos identitarios que proponen12.

Los consensos sociales establecidos a favor de la educación de las mujeres, hicieron posible que las dificultades en los trámites no desanimaran a las mujeres que habían accedido a las universidades. En 1882, dos médicas, Dolores Aleu y Martina Castells obtuvieron el doctorado y abrieron consultas ginecológicas en Barcelona. Hasta 1900, en un ambiente con frecuencia hostil, treinta mujeres cursaron estudios superiores en España y un alto porcentaje de ellas desarrollaron efectivamente una carrera profesional13. Se comenzaban a consolidar los intentos de articular identidades femeninas más amplias, pese a que los modelos que promovían el ideal de domesticidad y la complementariedad entre los sexos continuaban vigentes, en un contexto marcado también por la falta de recurso que afectaba a los estratos más desfavorecidos de la sociedad. Las tasas de alfabetización en España por esas mismas fechas son elocuentes al respecto. Frente a un 42.1 de hombres alfabetizados sólo 25.1 de mujeres gozaban de conocimiento que les dieran acceso a la lectura y escritura14.

La subversión de las normas que negaban la igualdad intelectual y profesional de los sexos iniciaba una andadura no exenta de dificultades, aunque contando también con el apoyo y la contribución paralela de los sectores vinculados a La Institución Libre de Enseñanza, que en torno a 1871 y a través de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, pusieron en pie diversos centros no confesionales por todo el estado español donde se preparaba a las mujeres para ejercer profesiones intermedias15. En el Congreso Pedagógico Hispano-Portugués-Americano de 1892 con la participación de los institucionistas y de figuras femeninas relevantes como Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán, se hicieron manifiestos los tímidos cambios que se estaban operando. Valga reseñar que la participación femenina fue activa tanto en el comité organizador como en las mesas que presidían las secciones, reflejando el abanico cada vez más amplio de mujeres que ocupaban posiciones profesionales; maestras, profesoras de escuela normal, directoras de colegios privados, escritoras, médicas y estudiantes universitarias. También, en medio de una viva polémica, se recogieron los principios igualitarios en lo que hacía referencia a la enseñanza de las mujeres. Sin embargo, su ejercicio profesional, sólo fue aceptado en la esfera educativa16. .

Pese a la progresiva consolidación de discursos y prácticas femeninas que, aunque muy minoritarios, tendían a cierto igualitarismo en la esfera educativa o profesional, las limitaciones de las mujeres eran aún manifiestas en otros ámbitos de la participación política y social como revela la oposición de ciertos sectores sociales a que tuviera lugar el Congreso Nacional Femenino que en 1883 debía haberse celebrado en Palma17.

En este caso, la Unión Obrera Balear fundada en 1881 por los republicanos federales, contaba con una Sección de Señoras integrada por mujeres pertenecientes a la sociedad obrera femenina El Auxilio Federal y por núcleos femeninos que ya habían demandado derechos y libertades para las mujeres en la etapa del Sexenio. Los objetivos de la convocatoria se cifraban en mejorar la condición de las mujeres que debían apostar por la laicidad y en hacerlas participar de una instrucción científica y racionalista. Especial atención merece el hecho de la designación de Martina Castells i Ballespí, una de las primeras ginecólogas que obtuvo el grado de doctorada en España, para presidir el citado Congreso. En las sesiones preparativas, la Junta de Señoras recibió su vez duras críticas desde la intransigencia clerical cuya prensa hacia constar el peligro social que suponía la ocupación de las mujeres de la “tribuna”. El acceso femenino al espacio público era incompatible, desde su perspectiva, con la mujer doméstica, religiosa y transmisora de las costumbres en el ámbito familiar, porque las mujeres perdían honra y virtud cuando trataban de ocuparse de los comicios electorales o de la política. La ascendencia del liberalismo maurista, apoyado por los sectores católicos, y sus posiciones represivas en lo que hacía referencia a las propuestas laicistas y modernizadoras del republicanismo, son citadas por Isabel Peñarrubia, autora de la investigación, como una de las la posibles causas que impidió la celebración del Congreso Nacional Femenino18.

Por esas fechas los límites de la feminidad se acotaban por los sectores conservadores vinculados a los postulados más dogmáticos de la Iglesia católica en las fronteras de la domesticidad. Una vez recompuesto en 1882 el republicanismo federal y activos de nuevo sus núcleos de afinidad, la difusión de distintos modelos de feminidad acrecentarían las pugnas entre diferentes culturas políticas con el propósito también de extender su hegemonía sociopolítica. Para los feminismos republicanos en proceso de reconstrucción, “lo “público” se revelaría como un nuevo espacio a conquistar en la progresiva consolidación de otras identidades femeninas en mayor medida transgresoras, que paralelamente al igualitarismo educativo, abrieran a las mujeres espacios organizativos autónomos aunque vinculados a determinados partidos. Nuevos espacios en los que se prepararon para ejercer una ciudadanía activa que con el paso del tiempo les permitiría demandar un conjunto de derechos sociales y políticos entre los que sobresaldría la vindicación del sufragio.



2.- Feminismos republicanos. El largo camino hacia la política.

Las redes feministas que conformaron diversos núcleos de mujeres republicanas y librepensadoras como la Asociación General Femenina en Valencia (1897-1910); la Sociedad Progresiva de Barcelona (1898-1920), con filiales en diversos puntos de Cataluña; la Unión Femenina del Librepensamiento en Huelva (1897-1906), la Sociedad de Mujeres Librepensadoras en Mahón (1899-?), y la Sociedad Progresiva Femenina en Málaga (1900-1907)19, difundieron significados en torno a la feminidad que incidían en defender una ética social secular y alternativa en la que en cualquier caso se abundaba en la necedad de profundizar la igualdad de deberes y derechos entre los sexos. Trataban asimismo de fomentar la libertad de conciencia, promover la ciencia y la instrucción laica, también la superior, entre la población femenina. Además pretendían concienciar a los hombres de que la liberación de las mujeres era necesaria para su propia liberación. El desarrollo de su acción social se centró mayoritariamente en cuatro frentes en los que desarrollaron sus actividades: escolar, periodístico, pacifista y cívico secularizador20.

Las exhaustivas investigaciones de Mª Dolores Ramos ofrecen al respecto una visión pormenorizada de las iniciativas de dichos grupos femeninos que contaron con figuras tan emblemáticas en sus filas como Belén Sárraga, Ángeles López de Ayala, Rosario de Acuña o Ana y Amalia Carvia, entre otras. Dichas mujeres entrecruzaron prácticas y discursos con espiritistas, masones o librepensadores que actuaban en la órbita del republicanismo impulsando proyectos plenamente vanguardistas a través de una sociabilidad popular activa y democrática. En este sentido, cabe recordar que los movimientos sociales, en el camino de hacer consciente a la sociedad de lo injusto de su situación, a la vez que alteran las normas sociales afianzando otros modelos de identidad, suelen recabar solidaridades entre sectores afines que reconocen las nuevas identidades que se atribuyen y contribuyen a difundir sus proyectos y reivindicaciones. Es lo que los estudiosos de la acción colectiva denominan la difusión por coalición social 21.

Por ello, las mujeres impulsoras del llamado feminismo laicista22 exhibieron identidades femeninas en gran medida politizadas y autónomas, manifestando con ello superar las atribuciones de género previstas para las mujeres de su tiempo. Así, ocuparon las tribunas públicas, participaron como oradoras en mítines y en otros actos promovidos en casinos, escuelas laicas y demás centros librepensadores, obreros y republicanos, actuaron como delegadas en congresos del librepensamiento a nivel nacional e internacional, fundaron logias o participaron en “los trabajos” masónicos, abrieron escuelas laicas nocturnas y diurnas para niñas y adultas, dirigieron y editaron periódicos y publicaron en la prensa afín, participando de una forma en gran medida igualitaria, en el tejido asociativo articulado en torno al republicanismo y al internacionalismo en el tránsito del XIX y XX.

Los discursos del feminismo laicista, inscritos en las ideas, principios y valores propios de la cultura política republicana, adaptaban dicha cultura a la especificidad de las mujeres proponiendo soluciones para modificar su situación de atraso y dependencia social. Belén Sárraga en un mitin organizado por los librepensadores de Sagunto afirmaba por ejemplo: “[…] que no quería esclavas ni que siguieran sus doctrinas, sino que se instruyeran y luego con libertad siguieran las doctrinas que les inspirase su libre criterio…”23. O, también Amalia Carvia decía en El Socialista: “Si el hombre comprende la necesidad de apoyo a la mujer en la vida privada, ¿por qué no reconocer esta misma necesidad en la vida pública?”24. En última instancia, sus actuaciones aspiraban a comprometer a los republicanos, tanto a los hombres como a las mujeres, de la necesidad de configurar e impulsar una ciudadanía femenina progresivamente en clave democrática. Complementariamente estructuraban redes femeninas que les permitieran sumar fuerzas, mantener contactos y potenciar su acción social haciendo llegar a la opinión pública las actuaciones e ideas de las mujeres más implicadas en la «dignificación del sexo femenino».

En ese mismo tiempo, en los círculos republicanos, los hombres difundían mayoritariamente modelos de feminidad que abundaban en el valor de las mujeres en el ámbito familiar. Este ideal de feminidad republicana hacía de las mujeres las garantes del mantenimiento y transmisión de la cultura republicana en la vida privada y, sobre todo, las responsabilizaba de la educación de hijos e hijas en las ideas del progreso o del laicismo. Por ello, aun cuando se promovía la necesidad de facilitar a las mujeres una mayor educación, también la superior, en la mayoría de los casos, dicha educación se hacía depender de sus competencias en el ámbito de la maternidad. Como afirmaba el diario republicano El Pueblo “el día que las mujeres fuesen ilustradas e inculcasen a sus hijos los ideales del progreso la “reacción” quedaría desarmada para siempre”25. También se esperaba que las mujeres manifestasen su republicanismo en la vida pública, acudiendo a mítines, manifestaciones y demás actos de sociabilidad, aunque en pocos casos se discutía el dominio exclusivo de los hombres en la política “oficial” y su preeminencia en la gestión de las cuestiones del estado y del gobierno26. Además, los discursos masculinos enfatizaban exageradamente las dependencias femeninas de la religión católica y las sospechas de que los clérigos utilizaban a las mujeres para influir en la conciencia de sus esposos y trasladar ideas nocivas a la familia y a la sociedad, lo que las inhabilitaba para acceder a las tareas de gobierno y para ejercer el sufragio27. Asimismo era patente la animadversión de los hombres hacia las damas clericales, llamadas «damas negras o fraileras» que en ciudades como Valencia y Barcelona en torno a 1909, contaban con una potente organización de auxilio y propaganda entre las obreras, convocaban mítines y asistían masivamente a las manifestaciones que promovían la Liga Católica28.

Progresivamente, feminidad y política estaban dejando de ser términos excluyentes y, por ello, en el entorno del republicanismo blasquista que podemos tomar como ejemplo, se consideraba que las «damas rojas» debían hacer frente a las clericales, constituyendo asociaciones femeninas que posibilitaran a las republicanas desarrollar una acción social organizada.

Desde esta lógica y auspiciadas por el partido Unión Republicana surgió en Madrid un grupo de Damas Rojas que desde 1909 hasta 1911, desplegaron una considerable acción política y social en colaboración con las Agrupación Femenina Socialista29. Sus objetivos se cifraban en propagar entre las mujeres los ideales de Libertad y de República y también organizar comisiones de visita a las cárceles y a las familias de los presos, visitas a enfermos y heridos y propaganda radical femenina. Como afirma Marta del Moral autora de la investigación, la Conjunción de republicanos y socialistas propiciaba la colaboración entre las mujeres de ambas tendencias que organizaron mítines especialmente dedicados a combatir el clericalismo y la guerra de Marruecos, participaron en manifestaciones y acudieron a los colegios electorales para garantizar la limpieza de los comicios. De la citada organización formaron parte Consuelo Álvarez, conocida como Violeta, Aurora Martínez, Josefa Hurtado y también Carmen de Burgos militante por esos años de las Agrupación Femenina Socialista. En 1910 las medidas “laicas” de Canalejas y la ley del Candado agravaron los antagonismos entre «damas» de distintas tendencias y, en Madrid, la propia Carmen de Burgos conocida en ese tiempo por su defensa de derechos para las mujeres, como el derecho al divorcio o el acceso a la educación, y por mantener en la prensa y en la literatura una actitud militante en torno a la emancipación femenina, encabezó los preparativos de un mitin femenino multitudinario que se celebró en el Teatro Barbieri, en la llamada República de Lavapiés. En este acto las oradoras fueron mujeres y la mayoría de asistentes también30. Finalmente, este grupo impulsó la recogida de firmas y participó en una nutrida manifestación que recorrió Madrid y también hubo manifestaciones en Alicante, Badajoz, Gijón, Jaén, León,… 31 .

De forma similar en Barcelona el activismo de las Damas Rojas, las Damas Radicales y la Sociedad Progresiva Femenina se solaparon en esos años facilitando la “doble militancia” entre las Damas Radicales y las de la Progresiva liderada por Ángeles López de Ayala. En este caso, las colaboraciones de ambos grupos se inscribían en un entramado asociativo autónomo, estable y acrisolado en el tiempo en torno a las actividades de la Progresiva que contaba con una nutrida red de centros en Barcelona y su entorno, y con publicaciones como El Gladiador del librepensamiento. La polémica ley del Candado, también en dicha ciudad, movilizó a las mujeres convocadas por las tres organizaciones a iniciativa de Ángeles López de Ayala. Ella fue la encargada de dirigir la palabra desde el balcón del gobierno civil a las más de cien mil personas asistentes a la manifestación. Asimismo, las tres asociaciones organizadoras entregaron a la primera autoridad un manifiesto firmado por veinte mil mujeres en apoyo del gobierno liberal32.

En última instancia, las diferencias entre mujeres de tendencias clericales y anticlericales, consolidaron protagonismos femeninos, como los de Carmen de Burgos y Ángeles López de Ayala, ambas relacionadas en esos años con el republicanismo o el socialismo pero también con la acción social a favor de la causa de las mujeres. En este clima de oportunidad para la acción colectiva femenina se visibilizaron asimismo nuevas identidades femeninas relacionadas con la militancia de las mujeres en organizaciones vinculadas a determinados partidos políticos. Aun cuando cabe apuntar que a apenas se plantearon demandas tendentes a modificar en profundidad el sistema de relaciones de género vigente en la sociedad y las actuaciones femeninas revistieron un carácter ambivalente, en algunos casos accesorio e instrumental33.

Posteriormente las organizaciones de Damas Rojas desaparecerían del panorama militante mientras que los núcleos del feminismo laicista siguieron manteniendo su activismo. El Grupo Femenino Socialista de Madrid continuó también ampliando sus redes y actuaciones en colaboración con sociedades obreras integradas mayoritariamente por mujeres encuadradas en la UGT34. En cualquier caso, la feminidad se había dotado de un nuevo valor para las políticas en un contexto social en el que los partidos consideraban prioritario agrupar a las masas y la política empezaba a hacerse en gran medida en la calle y en los medios de comunicación.

En la ciudad de Valencia, entre 1909 y 1910, los intentos de los republicanos blasquistas para constituir una organización femenina que se contrapusiera a la de las damas clericales, dio como resultado que Amalia Carvia, María Marín y “Ella” publicaran en el Pueblo en dos secciones fijas que durante más de una año trataban de animar a otras republicanas para a llevar a cabo este objetivo35. Los discursos de estas tres mujeres vinculadas a los núcleos del feminismo laicistas y a la Asociación General Femenina de Valencia, se articularon en torno a dos ejes cuya novedad anticipaba los cambios que se estaban produciendo entre quienes constituían los grupos más avanzados en la reivindicación de la emancipación femenina en España. En primer lugar, los escritos femeninos- feministas seguían demandando una educación moderna y racional para que las mujeres pudieran ejercer sus funciones como madres en la familia republicana, pero también para que lograran autonomía e independencia económica ejerciendo profesiones de mayor prestigio. No obstante, la educación, se difundía como una de las principales herramienta que tenían las mujeres para tomar conciencia de su subordinación y abrazar el compromiso de subvertir el orden social impuesto por los hombres. Unos hombres que, aún cuando se decían republicanos y liberales, desde el punto de vista de las articulistas, en pocos casos contribuían a fomentar la instrucción de las mujeres y, en el ámbito familiar, era principalmente a los hijos varones a quienes se les facilitaba una educación digna. Por esas fechas, los hombres alfabetizados constituían el 47,40 de la población y las mujeres el 34,2036. Los varones blasquistas, al frente del poder municipal en la ciudad de Valencia durante casi una década, pocas iniciativas prácticas habían emprendido para facilitar a las mujeres y a las niñas una educación de calidad.

En una línea argumental similar, Amalia Carvia, denunciaba también la falta de apoyo que recibía el feminismo por parte de esos mismos hombres progresistas que ante las demandas de las mujeres preocupadas por la dignificación de su sexo, mayoritariamente respondían “con la estúpida muletilla del vayan á fregar37. Con ello, las republicanas feminista identificaban con mayor nitidez cuáles eran las causas y quienes los causantes de las desigualdades de género. Es lo que se ha denominado la “atribución de responsabilidades” que lleva aparejada la consolidación de cualquier movimiento social38. Si en los años anteriores habían difundido la idea de que el clero, los sectores conservadores y los dogmas de la Iglesia católica eran los causantes de la subordinación de las mujeres, en torno a esas fechas, también una parte de hombres, incluidos liberales y republicanos, pasaban a ser responsables de mantener a las mujeres en el atraso y en la falta de libertad.

Por ello, y en segundo lugar, desde su perspectiva, la liberación femenina debía confiarse en mayor medida a las organizaciones femeninas autónomas que, como sucedía en los países extranjeros más avanzados, agrupaban a mujeres de distintas clases sociales y de diversas ideologías para reclamar derechos comunes que les eran negados39. Así, los artículos femeninos alentaban también a las damas católicas “no fanáticas” a unirse a la causa del feminismo para ejercer determinadas presiones sociales en partidos políticos, sindicatos y gobiernos, en aras de demandar derechos políticos y modificar las leyes del Estado. En este sentido, Celia Amorós afirma que en la construcción una subjetividad femenina en mayor medida independiente, las mujeres precisaron contar con una poderosa voluntad de “deslealtad” hacia los preceptos impuestos por “otros” y también hacia esos “otros” que cincelaban la identidad femenina. Pero necesitaron además atreverse a inaugurar identidades capaces de crear pautas autorreferenciales que leyesen y organizasen la “realidad” a partir de claves elaboradas desde las propias experiencias femeninas40.

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