Omne agens agit propter finem



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Posible (Possibile):
(i)Possibile = possibile esse et non esse; cuya negación, por contradicción, nos da
(ii) Non (possibile esse et non esse) simul; pero
(iii) Non possibile esse et non esse simul = Impossibile.
Luego en el sujeto "Impossibile est" tenemos ya el predicado "esse et non esse simul", ya que tal es la definición de "Impossibile".
El principio de tertio excluso "Aliquid aut est, aut non est, non datur medium"50. Es claro que en la disyunción fuerte "aut, aut" del sujeto está incluido el predicado "non datur medium", ya que la disyunción absoluta es justamente la negación del termino medio. Se da entre los "inmediate contraria"51, regidos por la afirmación y la negación "ejusdem de eodem".
El principio de identidad: "Unumquodque unum est sibi ipsi"52; o propuesto bajo el esquema de condicional: "Si aliquid est A, tum est A". Donde vemos que el antecedente "est A", equivale al consiguiente condicionado "est A".
Igualmente, el principio de identidad comparada: "Quae eidem sunt eadem, sibi invicem sunt eadem"53; o como suele formularse más corrientemente: "Quae sunt eadem uni tertio, sunt eadem inter se". Es igualmente claro que el predicado "sunt eadem inter se" está incluido en el sujeto "Quae sunt eadem uni tertio", ya que, al analizar la expresión "eadem uni tertio", no hacemos más que aplicar el anterior principio de identidad simple en dos o más momentos.
Pero el mismo principio de causalidad eficiente resulta ser una tautologia. Santo Tomás lo formula a partir del efecto: "Posito effectu necesse est causam praeexistere"54. Ahora bien, por efecto se ha de entender "quod est factum" o "causatum". De donde se sigue que tal principio equivale a éste: "Posito aliquo causato necesse est causam praeexistere". Lo cual evidentemente es una tautología. El problema está en saber cuándo se trata de algo "causatum", como luego veremos.
Por consiguiente, todos los primeros principio racionales, en que el predicado "est de ratione subiecti", son proposiciones tautológicas55. Y no sólo estas, sino todas las proposiciones per se notae: "Ex hoc enim aliqua propositio est per se nota, quod praedicatum includitur in ratione subiecti, ut 'homo est animal', nam 'animal' est de ratione hominis"56. Y justamente por ser tautológicas son evidentes en sí y por sí mismas, ya que la conexión entre el predicado y el sujeto es necesaria.
Ahora bien, ¿se sigue de esto que tales proposiciones son inútiles y que no añaden conocimiento alguno? Es esta una opinión muy extendida. Y así no faltan quienes a toda costa quieren evitar el carácter tautológico de los primeros principios racionales, dando por válida esa objeción. De ello tratamos a continuación
4. Valor del principio de finalidad
Tres son principalmente, según creemos, las objeciones que pueden hacerse respecto del valor cognoscitivo de los principios lógicos, considerados como "tautologias"; y que trataremos de examinar a continuación:
a) Se dice, en primer lugar, que tales proposiciones son “verdades de Perogrullo", que no pueden probar nada, ya que seria probar idem per idem; lo cual sería una flagrante petitio principii.
Examen. La verdad es que aquí no se trata de pruebas o demostraciones. No son conclusiones, ni raciocinios; sino juicios evidentes por sí mismos. Los principios racionales pertenecen propiamente, no a la actividad dicursiva, sino a la intuitiva; son intuiciones de la inteligencia humana. Mas es propio de la mente humana expresar sus "visiones" por manera de composición y división —"componendo et dividendo", como dice santo Tomás57 —; es decir, por medio de juicio s afirmativos o negativos.
Algo similar hay que decir de las "intuiciones empíricas", que expresan los hechos de la experiencia inmediata. En cuanto tales, no son término de una demostración, ni necesitan demostración alguna, ya que han de ser algo evidente en si (o simplemente no se conocen). Tales intuiciones empíricas pueden ser "mostradas", pero no propiamente "demostradas"; más bien son punto de partida de razonamientos, cálculos, hipótesis, definiciones, etc.

Las mismas definiciones, en cuanto se expresan en un juicio o mediante una proposición, esto es, en cuanto se predican de un sujeto determinado, son también "tautologias" en este mismo sentido. Una de las condiciones básicas de la definición es que el definiens ha de ser equivalente al definitum. A posar de lo cual nadie, sin embargo, piensa que las definiciones sean algo inútil para el conocimiento; antes bien, son algo imprescindible para un conocimiento preciso de lo real y punto de arranque de múltiples demostraciones científicas.

Incluso toda afirmación verdadera tiene, en el fondo, algo de tautológica: "In qualibet propositione affirmativa vera, oportet quod praedicatum et subiectum significent idem secundum rem aliquomodo, et diversum secundum rationem"58. En efecto, si. Ia afirmación es verdadera, entonces el predicado ha de convenir al sujeto: O de modo necesario y absoluto, si le pertenece per se y "secundum quod tale"; o, al menos, de hecho, aunque sea per accidens; en cuyo caso tal conveniencia aparecerá por intuición empíricas.

Tenemos, en consecuencia, que el hecho de que una proposición sea tautológica no por ello la torna automáticamente inválida, como medio o expresión de un conocimiento verdadero.


b) Ahora bien, se puede objetar, en segundo lugar, que tales proposiciones no añaden ningún conocimiento nuevo o no hacen aumentar el conocimiento que ya teníamos del sujeto~ puesto que el predicado no hace más que exponer explicitamente, mediante el análisis, lo que estaba implícito en el sujeto. Es lo que ya Kant habia advertido con respecto de los juicios analiticos puros, en que la unión del predicado con el sujeto es por identidad59. Y entre tales juicios se encuentran ciertamente los principios lógicos.
Examen. No podemos entrar ahora en una exposición crítica detenida de la teoría kantiana de los juicios; ello nos apartaría de nuestro propósito actual. Pero diremos lo que parece mas imprescindible para nuestro caso.
Ante todo, deberemos señalar con precisión los diferentes sentidos que tiene la expresión "tautología" o “proposición tautológica”. En general, es una proposición en que el predicado es "de ratione subiecti" o "idem cum subiecto", como hemos visto anteriormente.
Ahora bien, tal identidad puede ser de tres modos:
1) Que el predicado sea idéntico con el sujeto re, ratione et nomine: es decir, que se identifiquen según la cosa real, según la razón o concepto y hasta según el nombre: p. ej. "un hombre es un hombre". Y esto todavia pudiera acontecer, no sólo cuando el nombre es la misma expresión lingüística o el mismo vocablo (como en el ejemplo); sino incluso cuando, aun siendo distinto el vocablo, materialmente considerado, es equivalente semánticamente: p. ej. en los sinónimos: "un traje es un vestido"; o en palabras de distinta lengua, pero con idéntico significado: "una mesa es une table"
2) Que el predicado sea idéntico con el sujeto re et ratione, sed non nomine: la cosa y el concepto son idénticos, mas no el nombre. Tal acontece, p. ej., en las definiciones como "hombre es animal racional", o en las proposiciones convertibles simpliciter, como si decimos: "Cervantes = autor del Quijote", o "El autor del Quijote = Cervantes". Tal ocurre también en las definiciones formales de las matemáticas, como "la linea recta es la distancia más corta entre dos puntos"; así como en las equivalencias o tautologías lógicas, como la condicional‑disyunción "(p  q)  (. p  q) ", condicional conjunción "(p  q)   (p.  q), leyes de De Morgan, etc60. Y tal es, sin duda, el caso de todos los primeros principios racionales, que antes hemos llamado tautologías.
Así como en el modo primero la tautología significa identidad incluso nominal (tauto, logos = nombre o palabra), en este segundo modo significaría equivalencia formal o conceptual entre predicado y sujeto (logos = razón, concepto).
3) Finalmente, puede haber una identidad real (in re), pero no in ratione nec nomine: cuando hay alguna diferencia en cuanto al concepto, razón o definición (aparte de nombre distinto) entre lo que expresa el predicado y lo que expresa el sujeto. Así p. ej. en proposiciones tales como "Pedro es hombre", "todo español es europeo", "el abeto es una planta", etc., es claro que el predicado expresa algo que realmente está en el sujeto o pertenece al sujeto (y eso es lo que significa la cópula "es" de la proposición); sin embargo, la razón formal de "Pedro", en cuanto ser individual, no se identifica con "hombre", ni la de "español" con "europeo"; de lo contrario se podría decir "todo hombre es Pedro" "todo europeo es español"; lo cual es improcedente.
Bajo este tercer aspecto se trata, por tanto, de una identidad que sólo impropiamente podría decirse que es una "tautología", aun contando con que el predicado se halla incluido en la comprehensión lógica del sujeto; estando, a su vez, este incluido en la extensión lógica de aquél.
Dejemos de lado los modos de identidad (1) y (3), ya que no hacen a nuestro caso. Bajo el modo (1) tenemos las tautologias sensu strictissimo como p.e. "un hombre es un hombre", que no añaden ciertamente nada por parte del predicado que no estuviera en el sujeto; ni siquiera una mayor explicitación. De hecho puede dudarse de que sean auténticas proposiciones; y su uso suele tener, mas bien, el sentido de reforzar el significado del sujeto, reduplicándolo; o de enfatizar lo característico y esencial del mismo.
Si nos fijamos en las tautologias del modo (2) —dentro de las cuales se hallan los primeros principios racionales— todavía se han de hacer algunas precisiones que pongan de relieve la función propia del juicio en nuestra actividad cognoscitiva. En efecto, aun suponiendo que los contenidos del sujeto y del predicado sean equivalentes, tanto en extensión lógica, como en comprehensión conceptual, como sucede en los juicios-definiciones —lo que hace que sean convertibles— la función de "ser-sujeto" y la de "ser-predicado" son claramente diferentes.
La relación sujeto-predicado en un juicio se descompone en dos relaciones, que podemos llamar de "subjetualidad" y de "predicabilidad". La relación de "subjetualidad" (por parte del sujeto) está indicando indeterminabilidad determinable, que ha de ser calificada, explicitada, actualizada en una palabra. Por el contrario, la relación de "predicabilidad", o mejor, de "predicaticidad" está indicando determinación, explicitación, actualización. La función del predicado es, pues, actualizar, explicitar, determinar el sentido del sujeto. Esto significa que, como elemento lógico del conocimiento, sujeto y predicado nunca pueden ser absolutamente idénticos, ya que no lo son sus funciones lógicas respectivas. De lo contrario, es claro que el juicio seria un juego absurdo de la razón, en lugar de ser el modo normal de expresar nuestros conocimientos.
La función del predicado, por tanto, incluso en juicios de alguna manera tautológicos o de identidad, consiste en presentar un conocimiento más explícito, más claro y determinado del sujeto. Y en este sentido añaden un "conocimiento nuevo", aunque no se trate de un conocimiento de "algo nuevo" o distinto del sujeto. El conocimiento progresa, no sólo a base de conocer nuevas cosas; sino también y muy principalmente a base de conocer mejor y más explícitamente lo que antes conocíamos sólo de modo confuso e indeterminado.

Se dirá: En tal caso nunca habría tautología, pues siempre la función del sujeto y la del predicado son diferentes., p.e. “A es A”.



Resp.: Pero resulta que en una tautología estricta - como p.e. “un hombre es un hombre” - no pueden asignarse con certeza las funciones, pues pueden aplicarse a cualquiera de los términos. Así si digo “blanco es Pedro” el sujeto será Pedro, ya que no se predica de blanco, sino a la inversa. Pero en el ejemplo puesto, el sujeto y el predicado son exactamente lo mismo, de modo que no hay razón para designar como tales a uno u otro.
Aparte de esto, vemos que, p. e., la matemática y, en general, las ciencias formales, como la lógica, etc. progresan por un despliegue a partir de los axiomas y mediante transformaciones, que son rigurosas tautologias, ya que son equivalencias. Así todo sistema axiomático es necesariamente un sistema tautológico. Y nadie admitirá, por ello, que no han representado para la razón humana una adquisición de nuevo conocimiento, es decir, más claro y explícito.

Si se insiste en decir que tal explicitación no se debe propiamente al juicio, sino al análisis anterior, que se ha de hacer para ver la equivalencia del predicado con el sujeto; y que por tanto, es el análisis del sujeto lo que nos depara el nuevo conocimiento, o mejor, el nuevo modo de conocer al sujeto, no tenemos en ello ninguna dificultad. Ya hemos dicho anteriormente que el juicio no es un método de investigación, ni de prueba, ya que no es discursivo: sino el término mismo de una investigación o de una evidencia inmediata. Es en el juicio donde expresamos, mediante la función lógica del predicado, el nuevo conocimiento adquirido acerca de un sujeto. Sea tal adquisición por medio de una demostración o prueba, sea por análisis, sea por evidencia inmediata de la identidad entre predicado y sujeto, o de cualquiera otra manera válida. El hecho es que en tales juicios, como los primeros principios, aunque se llamen tautologías, sí se halla contenido un nuevo modo de conocer por parte de la mente.


c) Dado que los primeros principios representen un conocimiento nuevo, en el sentido de más claro y explícito, todavía se puede objetar que, siendo puramente formales o analíticos puros a priori, no podrían tener aplicación alguna al mundo real, existencial. En efecto, si la identidad del predicado con el sujeto es conocida por simple análisis conceptual del sujeto, se trataría de una evidencia puramente analítica y formal; no de una evidencia empírica existencial. Como dice Kant "sería absurdo fundar un juicio analítico en la experiencia, ya que para formularlo no tengo que salir de mi concepto. No me hace falta, pues, ningún testimonio de la experiencia"61.
Por tanto, tales juicios serian válidos únicamente en la esfera de las ciencias formales, como la lógica o la matemática. Pero no serían aplicables a la ontología o a las ciencias del mundo físico. Con lo cual su valor queda muy reducido.
Examen: Digamos, ante todo, que esta dificultad, inspirada claramente en el racionalismo kantiano, parece ser aceptada también por los representantes del moderno positivismo lógico62.

Por nuestra parte, no vemos necesidad alguna en tener que aceptar los presupuestos conceptualistas de la filosofía kantiana; ni tampoco su famosa división de los juicios, como algo adecuado e incuestionable. Todo juicio analítico puede ser también sintético, si atendemos al origen de los conceptos que lo componen63. En efecto, el análisis del sujeto por el que conocemos el predicado en un juicio analítico, no es simplemente un análisis conceptual como supone Kant ni simplemente semántico del término que hace de sujeto. No se trata sólo de "exponer" explícitamente, mediante el predicado, unos contenidos que previamente y de modo gratuito o convencional habíamos introducido en el término que hace de sujeto.

Más bien hay que pensar en cuál ha sido la razón o el origen de los contenidos, que encontramos analíticamente en el sujeto. Si tales contenidos son algo puramente abstracto o convencional, en tal caso se trataría ciertamente de un simple análisis conceptual o semántico del sujeto para "extraer" el predicado. Y tal puede ser el caso de p. ej. las definiciones de objetos matemáticos abstractos; que, como tales, no existen en la intuición empírica; o los entes de razón, con los que trabaja la lógica formal, etc.

Pero si el contenido del sujeto no es algo convencional ni puramente abstracto sino que se refiere a objetos de la esfera de lo real, en tal caso el análisis del sujeto está suponiendo y remitiendo obligadamente al origen real de tales contenidos; y en definitiva, al origen empírico de los mismos. Y tal es, sin dada, el origen de los conceptos que entran en los juicios que llamamos primeros principios. Es el contacto empírico con lo que entendemos por "ser" y "no-ser", por "idéntico" y "diverso", por "todo" y "parte", por "agente" y "efecto", etc.. lo que se halla en la base y en el origen de los términos, que forman los primeros principios racionales. Si no poseyéramos previamente y por intuición originariamente empírica el contenido de tales términos es claro que ni siquiera podríamos formular los juicios respectivos. A no ser que admitamos la teoría de las idea innatas, como hace el racionalismo en una u otra forma64.


Por consiguiente, no todos los juicios, aunque sean analíticos, son necesariamente formales, o puros a priori; ya que tal análisis depende, en último término, para la mayoría de los juicios,. de datos obtenidos originariamente en la experiencia o con fundamento en ella. Late aquí un equívoco, cuando se habla de juicios analíticos Una cosa es que tales juicios sean formados por la razón, en cuanto necesarios y universales65; y otra cosa muy distinta es afirmar que son puros a priori, lo que se está refiriendo ya a su origen, como si fueran efecto exclusivo de la. subjetividad, sin contacto alguno con la intuición empírica.Una cosa no implica necesariamente a la otra, ya que una cosa es el modo como están los contenidos conceptuales en la mente, y otra es el origen de tales contenidos. Y bastaría con que hubiera un simple fundamento en la realidad para negar que tales contenidos tengan origen exclusivamente en la subjetividad, como hace el racionalismo kantiano.
Es más. Incluso para los juicios, que parecen puramente formales, como los axiomas y definiciones de la lógica y de la matemática, existe una correspondencia —para algunos tan misteriosa, como maravillosa— entre tales juicios y el mundo de lo real. De lo contrario, los conocimientos lógico-matemáticos jamás podrían aplicarse, ni con mucho ni con poco margen de error, al cálculo de fenómenos reales, tal y como se hace habitualmente en la ciencia natural. Así, p. ej., si la fórmula del teorema de Pitágoras o la del área del círculo fueran algo puramente formal, no se ve cómo podrían tener aplicación a cálculos prácticos, por ej ejemplo trigonométricos o de otra especie; deberían ser algo totalmente diferente, como lo son los entes puramente imaginarios o ficticios. El hecho de que sean aplicables, siquiera con tanta aproximación como se quiera —ello dependerá de la precisión de los instrumentos de medida— esta señalando que no son ficciones puramente formales, en cuanto a. su origen. La historia misma de la geometría y de la matemática en general, apuntan indudablemente a un origen empírico, incluso de los mismos conceptos matemáticos. Su desarrollo posterior es formalista; pero una cosa es la formulación de los juicios y otra el origen de sus contenidos.
Las mismas "leyes” del razonamiento lógico, la construcción de las llamadas "Tablas de verdad" para las funciones proposicionales, etc., no son algo puramente convencional o a priori. Se basan en la intuición empírica, que nos ofrece primariamente la idea de "negación" (no-ser) y de "conjunción" o suma, de "disyunción" u oposición, de "equivalencia" o identidad, etc. Ello significa que tales "leyes lógicas" son, antes que nada, leyes del ser real y se fundan radicalmente en el mismo. Por ello no hay misterio alguno en que, en un momento reflexivo o sintético, sean aplicables a resolver problemas del orden real existencial
Así pues, los primeros principios racionales, entre ellos el de finalidad, tienen su origen y su fundamento último en la intuición empírica. Y, por ello, nada impide, en principio, el que sean aplicables al orden real.
En la última objeción subsiste algo, sin embargo, que nos debe hacer meditar más hondamente en el problema. Esos juicios o principios primeros racionales poseen, como tales, una formulación abstracta. Se funda su evidencia inmediata en la conexión necesaria entre el predicado y el sujeto; y tal conexión necesaria es por razón de la identidad entre el predicado y el sujeto, o por razón de la absoluta incompatibilidad (oposición) entre ambos términos, como en el principio de contradicción o de tertio excluso. Por tanto, son juicios que pertenecen, como tales a un plano esencial, abstracto (que no quiere decir puramente formalista). Por ello, y aparte de su valor noético intrínseco fundado en la evidencia y de que, como acabamos de ver, su aplicación y su uso en el orden real no sea imposible ni censurable, sin embargo parece claro que tal aplicación no puede hacerse sin más. Es decir que tal aplicación o uso necesita de alguna. mediación o de algún criterio. Y no ciertamente de un criterio igualmente abstracto ya que estaríamos en lo mismo; sino de algún criterio más concreto y existencial.
Pongamos ejemplos. No basta decir en general: "dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí". Para una aplicación concreta deberemos señalar cuándo y en qué sentido se da el hecho de dos cosas "iguales a una tercera”; solamente después de evidenciado este extremo podremos concluir sin más: "luego son iguales entre si”.

Otro ejemplo ilustrativo es el principio de causalidad eficiente: "Dado un efecto, es necesario presuponer una causa". El verdadero problema no está, como parecen creer algunos, en su carácter tautológico, ya que justamente por ser tautológico es evidente en sí mismo. El problema está, según creemos, en determinar cuándo o en qué casos se trata de un "efecto", de algo "causado". Sólo una vez determinado esto se podrá hacer uso del principio en un caso concreto.

Tomás de Aquino ha expuesto en diversos lagares los criterios realistas para llegar a determinar cuándo se trata de algo "causado". Tales criterios serian fundamentalmente los siguientes
— dado algo que comienza a existir, es necesario admitir que es algo "causado". En efecto, nada puede darse a si mismo la existencia: para ello habría que suponer que existe y que no existe a la vez (simul). Lo que es absurdo66 .
—dado algo sujeto a cambio o movimiento, es necesario admitir que es "causado". En efecto, lo que cambia pasa de un estado a otro, y, por tanto, pasa de la potencia al acto. Ahora bien, para ello debe ser "movido" por otro, ya que nada puede hallarse simultaneamente en potencia y en acto respecto de lo mismo: sería contradictorio67 .
—dado algo compuesto realmente, es necesario admitir que es "causado". En efecto, lo compuesto es unidad (de lo contrario no seria un ser) en la diversidad (de lo contrario no sería compuesto, sino simple). Ahora bien, la causa de esa unidad no puede estar en las partes, antes de la unión, ya‑ que se trata de una nueva estructura que las partes no poseen por separado. Luego tal unidad de composición ha de ser causada por otro68 .
— de modo general, dado algo contingente, ha de ser algo causado"
En efecto, por contingente entendemos lo no necesario, lo que puede no ser. Por tanto, no posee en si mismo la causa o razón de su existencia: ya que en tal caso seria algo necesario Luego la razón y causa de, su existencia ha de estar en otro. Luego es algo producido por otro, causado69.

Cualquiera de estas notas —comienzo, cambio, composición, contingencia—son señales inequívocas de que en tal o cual caso se trata de algo "causado", de un "efecto". Ni es necesario que conozcamos previamente cuál o cómo es la causa. Esto vendrá determinado posteriormente al examinar más detenidamente las cualidades del efecto.

Esto nos ilustra también sobre el fundamento realista del principio de causalidad. El análisis del sujeto, "lo causado", nos lleva a exigir el predicado, "debe haber una causa". Pero no se trata de un análisis paramente conceptual del sujeto; sino de un análisis de la realidad misma de lo que entendemos por "causado" o por efecto", como algo necesariamente distinto de la causa.

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