O la encrucijada entre el pensamiento medieval y la filosofia moderna(II)



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1. La mitificación de la intuición.
Tradicionalmente se admitía un doble conocimiento, el inmediato o adquirido sin razonamiento, y el mediato o derivado de otro conocimiento anterior El primero, que puede identificarse con la nóesis o inteligencia, es un conocimiento a modo de visión (intuitus, del latín intueor): es el conocimiento intuitivo. Y se venía atribuyendo, tanto a los sentidos como al entendimiento. Aunque respecto del entendimiento se advertían diferencias importantes, pues mientras los platónicos lo extendían a todo el campo del entendimiento, en Aristóteles y sus seguidores más fieles solamente se aplica a los conocimientos intelectuales que no son obtenidos por derivación racional, sino que constan de modo inmediato: o sea, a los principios racionales primarios y a los juicios inmediatos o evidentes en sí mismos (per se nota) en cuanto principios del conocimiento científico34.

Si bien es verdad que los vocablos novhsiıj, nohtovn adquieren tanto en Platón como en Aristóteles múltiples significados, sin embargo no es infrecuente la oposición entre la intelección como "visión" mental sin discurso (nouj[ı, novhsijı) y el conocimiento que implica un ejercicio o discurso (diÁnoia, dianohton) o incluso como "opinión" (doxa). En otras palabras, se contrapone el conocimiento inmediato y directo de alguna cosa al conocimiento derivado o mediato, que se alcanza mediante un razonamiento o discurso. Mas nunca se contrapone el conocimiento inmediato (novhsiı) a la abstracción35


Respecto de los conceptos o ideas simples no se admite generalmente intuición, a no ser en un sentido amplio; y ello, porque se entiende que la adquisición o formación de los conceptos sigue un proceso psicológico complejo. Dejando de lado matices y diferencias, se asume que no hay en nosotros ideas innatas, sino que todo cuanto aparece en el entendimiento ha de haber pasado a través del filtro sensible. Por lo cual, la intelección no es ya una captación inmediata de los objetos. Ese proceso de elaboración del concepto, que en Aristóteles se conoce como abstracción (afaíresis) impide considerar como intuitivos a los conceptos. A no ser en un sentido amplio, lo mismo que a una representación en la imaginación la denominamos “intuición”, dejando de lado el proceso más o menos mediático de la percepción imaginativa. Por ello, es lógico que esa actividad o función abstractiva haya sido estudiada más especialmente en la línea del pensamiento aristotélico; aunque, por desgracia, no siempre con la profundidad y la precisión de vocabulario que sería de desear. Pero de esto, en otra ocasión.

En consecuencia, el entendimiento humano posee cuatro funciones fundamentales: la abstractiva o analítica, la intuitiva (respecto de los juicios inmediatos), la raciocinativa (deductivo–inductiva) y la reflexiva (respecto de sus propios actos y contenidos). Estas funciones pueden estudiarse desde tres puntos de vista diferentes: el psicológico (en cuanto a su estructura psíquica), el lógico (en cuanto a su validez formal y funciones lógicas; especialmente en la función raciocinativa); y el gnoseológico, en cuanto a su capacidad para conseguir conocimientos verdaderos, ciertos y objetivos.

Así pues, la intuición tiene un dominio determinado: no se extiende a todo, ni se aplica a cualquier objeto. Todavía en Escoto hemos visto cómo la intuición requiere la existencia actual y la presencia del objeto intuido36. Pero a partir de Ockham la intuición va a ocupar todo el campo del conocimiento, no sólo sensible, sino también intelectual; y principalmente el intelectual. Y ello por un doble movimiento:

Primero, se pone como principio que todo conocimiento complejo (juicios, raciocinios, etc.) han de partir y basarse en alguna intuición. Y ello:

a) Porque lo derivado parte de lo inmediato, como todo movimiento parte del estado de reposo. La intuición es, pues, como la visión quieta, serena y no sucesiva, de un objeto concreto. Argumento igualmente capcioso, aplicado al conocimiento, pues pasa del acto de conocer, que comienza en el estado de no–conocimiento (más que reposo, inacción o estado potencial), al contenido del conocimiento. Esto puede ser verdad, si se aplica al razonamiento; pero no respecto de la abstracción, que es igualmente visión de un aspecto, dejando de lado otros aspectos del objeto.

b) Porque lo complejo consta de partes simples y depende de ellas. Es decir, se supone que todo conocimiento complejo depende del conocimiento previo de sus partes; y esto ha de ser intuición. Es un argumento engañoso y sutil. Se pasa desde el conocimiento de algo complejo al conocimiento complejo de algo. En efecto, el conocimiento de algo complejo puede ser incomplejo o simple (de lo contrario ni la misma intuición tendría lugar respecto de lo material, que es todo ello compuesto de partes múltiples).

Segundo, se hace objeto de la intuición, no sólo lo existente actualmente y lo presente, sino también lo no existente; no sólo lo universal, sino también lo singular y contingente, incluso material.

Aparte de esos argumentos más o menos falaces, el fondo de esta posición es, como vimos, la concepción dualista estricta del hombre. Esto supuesto, es claro que el entendimiento nada puede recibir por vía de la sensibilidad. Por lo que se ha de admitir que todo lo capta de modo directo e inmediato por sí mismo.

Pero a eso se añade luego el carácter esencialmente intuitivo presupuesto del mismo entendimiento: al fin, es como una imitación del entendimiento divino... Lo que le dota de una potencia de comprensión de todo. Si de hecho llega a conocer lo no existente, ello deberá ser, ante todo, por intuición y no de otra manera... Así pues, ya tenemos a la intuición ocupando todo el campo del conocimiento, tanto sensible como intelectual.

A esto se añade que la intuición es el modelo de conocimiento teológico por excelencia (el simplex intuitus divino). Por lo que no solamente es un modo de conocimiento universal, sino también el más eficaz por su claridad y distinción (a semejanza de la visión ocular en lo sensible). Se olvida que nuestra intuición no es omniabarcante en un solo acto, no capta los objetos en su integridad, sino por partes, aspectos, cualidades, etc. Se olvida que nuestra intuición humana es esencialmente abstractiva, como propia de una mente que es ante todo razón progresiva.

Todavía esto se refuerza apelando al conocimiento realista y cierto de lo contingente. Dado que esto es necesario y que de hecho se da y es lo que interesa a la vida del hombre desde el punto de vista práctico; y dado que no puede ser conocido por medio de abstracción alguna; luego lo es por intuición. Aquí no se distingue bien si es intuición sensible o intelectual. Pero se ha de suponer que es intelectual, pues el entendimiento nada recibe ni depende de los sentidos, según el dualismo profesado.

Que estas consecuencias, ya bastante desarrolladas en G. de Ockham, continúan desarrollándose en autores posteriores, es algo que cualquiera puede comprobar37. Baste recordar a Descartes, para quien todo conocimiento o es intuitivo directo o es derivado, pero de tal forma que el derivado es como una cadena de intuiciones38

E incluso a Kant, quien, aunque no admite la intuición intelectual respecto de contenidos, sí en cuanto intuición formal o pura. Y ello con todas las consecuencias que iremos viendo. En el Idealismo absoluto es claro que el principio berkeleyano “esse est percipi” está dominado por el presupuesto de una intuición omniabarcante: el esse se reduce o reconduce al pensamiento y éste es intuición o nada. De aquí también que, al no poder confirmar que se dé intuición, nos encontremos abocados al escepticismo39

Quizás el exceso último en esta línea se comete cuando se propone a la intuición como el método propio de la filosofía y especialmente de la Metafísica, como hace Bergson40. La intuición, hablando con propiedad, no es progresiva, sino que se produce o no se produce sencillamente. Por eso en ella no cabe propiamente el error; pero sí la ignorancia insuperable. Por tanto, difícilmente puede adoptarse a la intuición como método para ningún saber científico, que es esencialmente un conocimiento progresivo.

2) La superfluidad de la abstracción

La consecuencia primera de lo anterior, especialmente bajo el sentido de contraposición que hace Ockham de “notitia intuitiva/“notitia abstractiva”, es la clara inferioridad del conocimiento abstractivo frente al intuitivo. La consecuencia no está en Ockham, al menos explícitamente y que sepamos. Pero es una consecuencia totalmente lógica de su postura intuicionista.

Esta inferioridad aparece bajo tres aspectos: prioridad y dependencia, universalidad, certeza.

La prioridad de la intuición y la dependencia de la abstracción respecto de ella ha sido una de sus tesis más machaconamente repetidas: “En general, todo conocimiento incomplejo de un término o de una cosa o cosas, en virtud de lo cual pueda conocerse de modo evidente una verdad contingente, sobre todo de algo presente, es una noticia intuitiva”41

Y la dependencia: “Todo conocimiento abstractivo de algo en sí o la simple noticia propia de alguna cosa, hablando naturalmente, presupone el conocimiento intuitivo de esa misma cosa...”42

Por otro lado, frente a la intuitiva, que puede comprender todo, lo universal y lo particular, lo necesario y lo contingente, lo esencial y lo accidental, etc. la noticia abstractiva se halla en clara inferioridad, pues sólo puede captar una parte de notas y nunca la realidad tal como es en sí: “De igual modo, ninguna verdad contingente, especialmente de algo presente, puede ser conocida evidentemente por medio del conocimiento abstractivo”43.

Finalmente, la certeza y claridad es siempre preferible en la intuición. Es más, la evidencia, cualquiera que sea, es siempre alguna forma de intuición44:

Así pues, la noticia intuitiva sustituye con ventaja a la abstracción aristotélica; y ello tanto en el conocimiento de lo existencial, lo fáctico y lo contingente, como de lo universal y necesario. Con ello se daba un vuelco completo, aunque de forma indirecta y como criticando a Escoto, a toda la doctrina aristotélica del conocimiento abstracto. La forma retorcida de la argumentación ocamista aparece ya en estas frases: “omne idem et sub eadem ratione quod est obiectum intuitivae notitiae potest esse obiectum abstractivae”; lo que no impide decir a continuación: “quidquid reale potest cognosci abstractivae, potest etiam cognosci intuitive”.

Todo es ahora intuición. En el fondo, se extiende la idea de intuición a la práctica totalidad de objetos del conocimiento; lo que no deja de ser sorprendente y equívoco. Se consumaba así la revancha del platonismo medieval decadente sobre el aristotelismo. Curiosamente se trata de un platonismo que, contra su espíritu esencialista, se ocupa ahora de lo existencial y de lo contingente y variable. El esencialismo platónico se trasforma por abra de Ockham en un existencialismo prematuro; pero sin dejar de atribuir a la intuición la primacía en el conocimiento de las esencias y de lo universal. Y digo “prematuro”, porque, a semejanza del moderno existencialismo, se ocupa de la existencia en su sentido más superficial y fáctico, como vimos.

La consecuencia de todo esto ha sido, con posterioridad a Ockham, la de dejar de lado en la reflexión filosófica el estudio de la actividad abstractiva de la mente humana, a pesar de ser un hecho, antes que una teoría45 . Desde una infravaloración del conocimiento abstracto, tal como se ha querido ver, (o mejor, desde una mitificación divinizadora del conocimiento intuitivo, ajena totalmente al hombre) se ha pasado primero a malentender la actividad abstractiva y luego a dejarla totalmente de lado, a olvidarla simplemente.

Sin embargo, el pensamiento abstracto ha continuado desarrollándose en múltiples campos, especialmente de la ciencia natural y de las matemáticas; y ello generalmente de espaldas a los estudios filosóficos. Incluso aunque se ha tenido algo más en cuenta en el campo de la matemática, también aquí ha dominado un intuicionismo infundado y confuso, larvado unas veces y abierto otras.

Es claro que en el pensamiento moderno hablar de abstracción o de conceptos abstractos equivale generalmente a hablar de fantasmas, de pensamientos vacíos o de algo inconsistente. Ello ha sido elocuente en el pensamiento empirista, nacido justamente del nominalismo. Tanto Berkeley como Hume llevan a cabo una crítica destructiva y negadora de los conceptos abstractos, que reducen a simples “nombres comunes”, despojándolos de cualquier significación objetiva46.

Kant, a la vez que niega la intuición intelectual47, admite los conceptos abstractos; pero, en completa continuidad con el conceptualismo, los admite como meros conceptos a priori, no obtenidos por medio de una acción abstractiva del intelecto; por lo que, dice, más que “abstraídos” (abstracti), debieran llamarse sencillamente “abstrayentes” (abstrahentes)48. Kant piensa que gracias a este tipo de conceptos o formas a priori es posible el conocimiento científico y cifra en ello su conocida “revolución copernicana” que supuestamente habría realizado la Física de Galileo y Newton. La nueva Física va por delante con esos conceptos 49a priori; no los obtiene a partir de la experiencia. El resultado lamentable es que la “ciencia”, según cree Kant, no descubre nada, sino lo que ha puesto antes; y, sobre todo, no es una descripción de la realidad objetiva, sino una simple organización lógica subjetiva de los datos de la experiencia. Con lo que el realismo y la objetividad del conocimiento científico quedan estrictamente en entredicho.

Ultimamente Husserl ha vuelto a revalorizar la importancia del conocimiento abstracto, frente al empirismo y el positivismo, a fin de salvar el carácter y el valor universal del conocimiento científico50. Pese a ello, Husserl no ha hecho un estudio completo de la abstracción y parece tener en cuenta únicamente la forma menos importante, que es la abstracción universalizante.



3) La inutilidad del razonamiento o conocimiento discursivo

No solamente el conocimiento simple (incomplejo) ha quedado anulado en cuanto pensamiento abstracto; sino que también el conocimiento derivado, discursivo, en cuanto dependiente del carácter abstracto, ha de quedar lastimosamente malherido, sino prácticamente inutilizado. Tampoco esto se halla en Ockham explícitamente; pero se deriva lógicamente de su postura y será una consecuencia del pensamiento moderno posterior. El proceso es simple y lógico a la vez. Se comienza aceptando que por medio de la intuición podemos conocer absolutamente todo, el ser y el no–ser, lo concreto y lo abstracto, etc. Se sigue afirmando que lo que no pueda conocerse por intuición, –o sea, por un conocimiento inmediato y directo– no puede conocerse legítimamente de ninguna otra manera51. Y se termina por dejar de lado cualquier conocimiento derivado o discursivo, como sospechoso o ilegítimo.

La idea de la inutilidad, por no decir, ilegitimidad, de todo proceso discursivo propiamente dicho52 se deriva de estos presupuestos implícitos. En efecto, si una cualidad o propiedad pertenece esencialmente al sujeto o a la noción definitoria del mismo, entonces es cognoscible por intuición o “cointuición”; o, a lo sumo, por medio de un análisis formal de los términos de la definición. Luego no se requiere derivación o deducción alguna. Así los teoremas matemáticos se conocen más bien por intuición de la equivalencia (ecuación) o por análisis de los axiomas y de las definiciones básicas.

Por otra parte, cuando se trate de una cualidad o propiedad o hecho accidental, que no pertenece necesariamente a un sujeto, sino que puede estar o no estar; o sea, algo contingente, entonces no hay principio alguno desde donde pueda derivarse de modo necesario y cierto. Solamente cabe la posibilidad de que se “muestre” (no se “demuestra”) por medio de la intuición inmediata de los hechos. Pero dado que los hechos son singulares, contingentes, variables, etc. nunca por medio de la colección o suma de los mismos, que es lo único que podemos obtener por la intuición, podremos demostrar una verdad universal respecto de lo contingente53

“Aquella proposición, cuyo primer conocimiento no puede ser obtenido sino por medio de la experiencia, mediante otra proposición contingente, no es demostrable... En efecto, por más que se tenga un conocimiento abstractivo tanto del sujeto como de la cualidad (pasión), si no se ve intuitivamente lo contenido en el sujeto y lo que tal cualidad implica en virtud de lo cual aparezca evidentemente que eso tal (la cualidad) es inherente a aquello (sujeto), jamás podría conocerse de modo evidente tal proposición universal...”54

De aquí que el entramado lógico y sistemático de los saberes va a gravitar, no sobre las relaciones lógicas entre juicios y proposiciones, sino sobre las relaciones entre conceptos o representaciones. La gnoseología del concepto sustituye a la gnoseología del juicio, paralelamente a como la gnoseología de la intuición va a sustituir a la gnoseología de la abstracción. En otro orden, la lógica de predicados sustituye a la lógica de proposiciones y de relaciones. La semántica de los nombres sustituye a la semántica de las proposiciones y a la sintaxis...

Las últimas consecuencias las sacarán posteriormente, tanto el racionalismo de Leibniz y Kant, como el empirismo de Hume. Las premisas estaban puestas por Ockham mucho antes, y son la base de la división de los juicios en analíticos y sintéticos: no caben más que juicios intuitivos analíticos, para las verdades necesarias, o juicios intuitivos sintéticos, para las verdades contingentes. Esto implica que la verdad obtenible o bien es meramente analítico–formal (si no se admite una intuición intelectual), o bien se trata de una verdad empírica singular, sin valor universal. En cualquier caso el saber científico es insostenible. Es lo que llevará a Kant a buscar una tercera clase, los “juicios sintéticos a priori”, que garantice el valor del saber científico respecto de la naturaleza.

De hecho, tal y como se han desarrollado los saberes, es claro que los juicios analíticos sólo han funcionado legítimamente en la Matemática. Mas ello, no por la intuición, sino justamente por tratarse de objetos abstractos, que permiten la equivalencia (igualdad cuantitativa) entre los enunciados o proposiciones (ecuaciones). La Matemática pura no procede por inducción, sino por deducción, a partir de definiciones formales y de relaciones necesarias. Esa deducción es “intuitiva” en el sentido de evidente; no por ser una cadena de intuiciones, como pensaba Descartes, sino por haber igualado los objetos matemáticos mediante una acción abstractiva previa. De hecho eso no funciona igualmente en la Matemática aplicada, p.e. en la estadística, o en la biología.

Por otro lado, las proposiciones universales acerca de la naturaleza (leyes naturales) serían siempre contingentes e inciertas. No cabe más que una simple “analogía” o suma de intuiciones, basada en la semejanza externa. Pero la mera analogía no es una demostración cierta, ni siquiera probable, pues esa misma semejanza pudiera ser contingente...Y la suma de hechos particulares nunca puede igualar a una proposición universal. Por lo que el proceso racional inductivo, según Hume, nunca puede fundamentar la certeza del conocimiento universal55.

En razonamientos negativos del tipo: “Si A es incompatible con B; y C pertenece a B, entonces C es incompatible con A”, la conclusión es una derivación, que no está contenida en las premisas de modo intuitivo. Es preciso hacer un verdadero razonamiento o discurso (en sentido literal, de dis–currere pasar de uno a otro) para llegar a la conclusión. Pues bien, este tipo de razonamientos u otros similares, no parece que sean cognoscibles simplemente por intuición. Y sin embargo, son legítimos y nada raros en la ciencia natural.

Especialmente han de quedar fuera del ámbito del conocimiento aquellas conclusiones que se derivan a través de una analogía de proporcionalidad. En otras palabras, hay razonamientos en los que la clave o “término medio” para unir dos extremos mantiene con los mismos una relación de semejanza no unívoca, sino proporcional o analógica (en términos aristotélicos). Así p.e. si tomamos un concepto, como p.e. “vida”, que no es unívoco para todo ser viviente (cualquiera advierte la diferencia entre: vida vegetativa, vida consciente, vida intelectual, vida media de algo, etc.) es claro que aquí se quiebra un tanto la intuición y es sustituida por la capacidad de abstracción y de comparación de cosas que no son idénticas, sino que mantienen una diversidad dentro de la misma semejanza. En estos casos, la intuición no funciona suficientemente. Se trata, sin embargo, de conocimientos que pueden ser totalmente válidos y legítimos.

Justamente esto es lo que sucede con los principales conceptos de la metafísica. Ideas tales como “acto”, “vida”, “ser”, “causa”, “verdad”, “unidad”, “substancia”, etc. pertenecen, según sus aplicaciones a ámbitos conceptuales muy diversos, pero que mantienen entre sí una cierta semejanza proporcional. Por tanto, sobre ellos pueden establecerse raciocinios válidos, siempre que se tenga conciencia de la proporcionalidad analógica.

Mas para los intuicionistas y debido a que tales conceptos no son intuitivos, sino más bien abstractivos, se sigue que la Metafísica, basada en tales conceptos, ha de quedar necesariamente cuando menos socavada. No es Guillermo de Ockham el que lleva a cabo esta “destrucción” de la Metafísica, pero se sigue indirecta aunque lógicamente de sus conclusiones sobre el valor omnímodo de la intuición.

Si todo lo que es cognoscible lo es por intuición, nada que no sea objeto de intuición será propiamente cognoscible. Las consecuencias las sacará posteriormente, tanto el racionalismo como el empirismo, cambiando el término de intuición por el de experiencia. Así p.e. según la posición del empirismo humeano, es imposible conocer tanto la “substancia”, como la “causalidad”, o mejor la relación causa–efecto, como relación necesaria56. En efecto, la relación causa–efecto es conocida por nosotros intuitivamente sólo como contigüidad espacio–temporal entre dos objetos; mas no aparece en la intuición como relación necesaria, de necesaria dependencia, que es lo propio de la relación causal. Tal relación necesaria no aparece en la simple intuición, sino a través de un análisis de los hechos, a través de comparaciones y a través de la aplicación de un principio elemental: “nada que comienza a existir puede ser causa de sí mismo”. Pero se trata ya, como es claro, no de una intuición, sino de una cadena de actos y derivaciones. En otras palabras, la relación efecto–causa, en cuanto implica dependencia necesaria del efecto respecto de la causa, no es formalmente intuitiva, sino discursiva. En consecuencia, si sólo se admite lo que cae directamente bajo nuestra intuición, hay que negar la validez de todo conocimiento fundado en el principio de causalidad. Sólo que con ello tiramos por la borda la mayoría de los conocimientos del mundo físico, que se basan en tal razonamiento.

Y si ello es así para razonamientos referibles a las causas próximas e inmediatas, lo será con tanta mayor razón para aquellos que se refieren a las causas remotas o últimas de los fenómenos y del mundo en general. Por ello, según el racionalismo kantiano es ilegítimo conocer demostrativamente la existencia de Dios o de una primera Causa del mundo, ya que no tenemos una intuición de la misma, es algo que está más allá de toda experiencia (intuición empírica)57.Y, en general, la metafísica, que se mueve, según el racionalismo clásico, en un universo de conceptos puros a priori, o sea, sin base en la intuición empírica, resultará para Kant un conocimiento ilegítimo o no válido, en cuanto referible a lo real. Lo cual es así, en el supuesto de que no podamos ir más allá de nuestras intuiciones directas y de que éstas se refieran, además, a “fenómenos” y no a cosas en sí. En fin, es claro que el agnosticismo metafísico hunde sus raíces con toda lógica en las conclusiones nominalistas acerca de la validez única del conocimiento intuitivo58.

Algo similar sucede con la idea de substancia, en el sentido de ens per se. Ya Tomás de Aquino, siguiendo a Avicena, opina que debe definirse indirectamente, como “ens non in alio”59. Y es que a ello se llega, no por intuición, sino a través de una razonamiento más o menos complejo. Partiendo de que los cambios accidentales han de presuponer un substrato permanente último en el cual tienen lugar, se sigue que dicho substrato (substans, substantia) ha de ser algo in se et per se (=non in alio). Pero esto es la última derivación; lo propio es que conozcamos intuitivamente sólo lo accidental y cambiante. Por tanto, excluida la intuición, no habría modo alguno de conocer las substancias. Y es justamente lo que, mucho antes de Hume, afirma G. de Ockham: “Ninguna substancia corpórea exterior puede ser conocida en sí misma naturalmente por nosotros”60. Esta sola frase, al mismo tiempo que excluye cualquier conocimiento discursivo de lo real, anuncia claramente un fenomenismo puro.

Este proceso de desprestigio del conocimiento discursivo alcanza quizás su culmen en el idealismo absoluto. Aquí la Idea lo domina todo y el acceso a la Idea y a la Verdad absoluta es, sin duda, la intuición. El proceso discursivo mantiene una sombra de sí mismo en el método dialéctico, en cuanto proceso de desarrollo de la conciencia en base a la oposición y a la antítesis, que se superan alternándose y negándose mutuamente61. Pero cualquiera puede ver que este proceso dialéctico no es en su marcha un proceso propiamente discursivo, sino como una cadena de intuiciones sucesivas, pues en dicho proceso rige la ley de la oposición inmediata.

Frente a esto, es demasiado evidente que el pensamiento científico moderno ha avanzado por medio de un auténtico discurso, tanto deductivo como inductivo. La intuición se halla al comienzo del proceso, pero no forma parte del mismo. Lo cual nos hace sospechar que este desarrollo científico moderno se ha llevado a cabo de espaldas y al margen de grandes sectores del pensamiento filosófico.


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