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Capítulo II

El Estado me permite sacar provecho de todos mis pensamientos y utilizarlos en mi relación con los hombres (ya saco de ellos un precio con el solo hecho, por ejemplo, de que me valen el aprecio o la admiración de los oyentes); el me lo permite, pero con la condición de que mis pensamientos sean sus pensamientos. Si alimento, por el contrario, pensamientos que él no puede aprobar, es decir, hacer suyos, me prohíbe formalmente realizar su valor, cambiarlos y relacionarme con ellos. Mis pensamientos no son libres, sino cuando el Estado lo permite, es decir, cuando son pensamientos del Estado. Él no me deja filosofar con libertad, si no me muestro filósofo de Estado; pero no puedo filosofar contra el Estado, aunque él me permita con gusto remediar sus imperfecciones, enderezarlo. Lo mismo, pues, que yo no puedo considerar mi Yo como legítimo más que si lleva la estampilla del Estado y puede exhibir los certificados y pasaportes que este último le ha concedido graciosamente, de igual modo no estoy autorizado a hacer valer lo Mío más que si lo tengo por lo suyo, por un feudo dependiente del Estado. Mis caminos deben ser sus caminos, de lo contrario me tapa la boca. Nada es más temible para el Estado que el valor del Yo; no hay nada de lo que deba separarme más cuidadosamente, que de toda ocasión de valorarme Yo mismo. Yo soy el adversario inconciliable del Estado, que no puede escapar al torno del dilema: él o Yo. Así no trata solamente de paralizar el Yo, sino además, de alquilar lo Mío. No hay en el Estado ninguna propiedad, es decir, ninguna propiedad del individuo: no hay más que propiedades del Estado. Lo que Yo tengo, no lo tengo más que por el Estado; lo que soy, no lo soy sino por él. Mi propiedad privada es la que el Estado me concede de su propiedad y en la medida que la limita (la priva) a otros de sus miembros, es una propiedad del Estado.


Pero por más que haga el Estado, Yo siento cada vez más claramente que me queda un poder considerable; tengo un poder sobre Mí mismo, es decir, sobre todo lo que no es, ni puede ser más que Mío y que no existe sino porque es Mío.
¿Qué hacer cuando mi camino no es ya el suyo, cuando mis pensamientos no son ya los suyos? Pasar de largo y no contar más que conmigo mismo y sobre Mí mismo. Mi propiedad real, aquella de que puedo disponer a mi agrado, con la que puedo traficar a mi gusto, son mis pensamientos, a los que no hace falta una sanción y que me importa poco ver legitimar por un destino, una autorización o una gracia. Siendo Míos, son mis criaturas y Yo puedo abandonarlos por otros; si los cedo a cambio de otros, esos otros vienen a ser, a su vez, mi propiedad.
¿Qué es, pues, mi propiedad? Lo que está en mi poder y nada más. ¿A qué estoy legítimamente autorizado? A todo aquello que puedo. Yo me doy el derecho de propiedad sobre un objeto por el solo hecho de que me apodero de él, o en otros términos, me hago propietario de derecho cada vez que me hago propietario por la fuerza; al darme el poder, me doy el título.
Mientras no podáis arrebatarme mi poder sobre una cosa, esa cosa sigue siendo mi propiedad. ¡Pues bien, sea! ¡Que la fuerza decida de la propiedad y Yo esperaré todo de mi fuerza! El poder ajeno, el poder que yo dejo a otro ha hecho de mí un siervo; ¡que mi propio poder haga de mí un proletario! Vuelva yo, pues, a entrar en posesión del poder que he abandonado a los demás, ignorante como era de la fuerza de mi poder. A mis ojos, mi propiedad se extiende hasta donde se extiende mi brazo; Yo reivindicaré como mío todo lo que soy capaz de conquistar y extenderé mi propiedad hasta donde llegue mi derecho, es decir, mi poder.
El egoísmo, el interés personal han de decidir, y no el principio de amor, las razones sentimentales como caridad, indulgencia, benevolencia o siquiera equidad y justicia (porque la justicia también es un fenómeno de amor, un producto del amor); el amor no conoce más que el sacrificio y exige la abnegación. ¿Sacrificar alguna cosa? ¿Privarse de alguna cosa? El egoísta ni lo piensa; dice simplemente: ¡aquello de lo que tengo necesidad me es preciso y lo tendré!
Todas las tentativas de someter la propiedad a leyes racionales tienen su fuente en el amor y conducen a un borrascoso océano de reglamentaciones y de coerción. El socialismo y el comunismo tampoco constituyen una excepción. Cada cual debe estar provisto de medios de existencia suficientes y poco importa que estos medios los encuentre, según la idea socialista, en una propiedad personal, o que, con los comunistas, los obtenga de la comunidad de bienes. Los individuos no conocerán más que la dependencia. El tribunal arbitral a quien encarguéis de repartir equitativamente los bienes no me concederá más que la parte que me haya medido su espíritu de equidad, su benévolo cuidado de las necesidades de todos. Yo, el individuo, no veo menor obstáculo en la riqueza de la colectividad que en la riqueza de los demás individuos, porque ni una ni otra me pertenecen. Ya estén los bienes en manos de la comunidad que me concede una parte, o en manos de los particulares, resulta siempre para mí la misma coerción, puesto que en ningún caso puedo disponer de ellos. Más aún, aboliendo la propiedad personal, el comunismo se constituye en un nuevo Estado, un status, un orden de cosas destinado a paralizar la libertad de mis movimientos, un poder soberano superior a Mí; él se opone con razón a la opresión de los individuos propietarios, de los que Yo soy víctima, pero el poder que da a la comunidad es más tiránico aún.
El egoísmo sigue otro camino para la supresión de la miseria de la plebe. Él no dice: aguarda lo que una autoridad cualquiera, encargada de repartir los bienes en nombre de la comunidad, te dé en su equidad (porque de un don es de lo que se trata siempre en los Estados, recibiéndolo cada uno según sus méritos, es decir, sus servicios); él dice: pon la mano sobre aquello que necesitas y tómalo. Es la declaración de guerra de todos contra todos. Sólo Yo soy juez de lo que quiero tener.
En verdad, esa sabiduría no es nueva, pues eso siempre lo han hecho los egoístas. Poco importa que la cosa no sea nueva si sólo desde hoy se tiene conciencia de ella; y esa conciencia no puede pretender una gran antigüedad (a menos que la hagáis remontar a las leyes de Egipto y de Esparta); bastaría vuestra objeción y el desprecio con que habláis del egoísta para probar que está poco extendida. Lo que es preciso decir es que el acto de poner la mano sobre un objeto despreciable es puramente el hecho del egoísta consciente y consecuente consigo mismo.
Sólo cuando no espere ya ni de los individuos ni de la comunidad lo que puedo darme Yo mismo, escaparé de las cadenas del amor; la plebe no dejará de ser plebe hasta el día en que tome lo que necesita. No es plebe sino porque teme tomarlo y teme el castigo que seguiría. Tomar es un pecado, tomar es un crimen; he ahí el dogma, y ese dogma por sí mismo basta para crear la plebe; pero si la plebe continúa siendo lo que es, ¿de quién será culpa? De ella, en primer término, que admite ese dogma, y en segundo lugar de quienes por egoísmo (para devolverles su injuria favorita), quieren que sea respetado. No se tiene conciencia de esta nueva sabiduría, y la vieja conciencia del pecado es la causa de ella.
Si los hombres llegan a perder el respeto de la propiedad, cada individuo tendrá una propiedad, lo mismo que todos los esclavos se hacen hombres libres desde que dejan de respetar en su Señor a un Señor. Entonces podrán concluirse alianzas entre individuos, asociaciones egoístas, que tendrán por efecto multiplicar los medios de acción de cada cual y afirmar su propiedad, sin cesar amenazada.
Según los comunistas, la comunidad debe ser propietaria. Por el contrario, Yo soy propietario, y no hago más que entenderme con otros acerca de mi propiedad. Si la comunidad va contra mis intereses, Yo me sublevo contra ella y me defiendo. Soy propietario, pero la propiedad no es sagrada. ¿No seré; pues, meramente poseedor? ¡Eh, no! Hasta hoy, no se era poseedor, no se tenía una parcela, sino porque igualmente se dejaba a otros la propiedad de su parcela. Pero en adelante todo me pertenece; soy propietario de todo lo que necesito y puedo apoderarme. Si el socialista dice: la Sociedad me da lo que me hace falta, el egoísta responde: Yo tomo lo que necesito. Si los comunistas obran como indigentes, el egoísta obra como propietario.
Todas las tentativas basadas en el principio del amor que tienen por objeto el alivio de las clases miserables han de fracasar. La plebe sólo puede ser ayudada por el egoísmo: esta ayuda debe prestársela a sí misma, y eso es lo que hará. La plebe es un poder, con tal que no se deje domar por el miedo. Las gentes perderían todo respeto de no haberles enseñado a tener miedo, decía el espantajo del gato con botas. Por consiguiente, la propiedad no puede, ni debe abolirse; de lo que se trata es de arrebatársela a los fantasmas para convertirla en mi propiedad. Entonces se desvanecerá esa ilusión de que Yo no pueda tomar todo cuanto necesite.
¡Pero de cuántas cosas tiene el hombre necesidad! Quién tiene necesidad de mucho y se ingenia para tomarlo, ¿se ha creído nunca en falta por apropiárselo? Napoleón ha tomado Europa y los franceses Argel. Lo que convendría es que el populacho al que paraliza el respeto, aprenda, por fin, a procurarse lo que le hace falta. Si va demasiado lejos y si os juzgáis ofendidos, ¡pues bien!, defendeos; no debéis hacerle regalos benévolamente. Cuando él se conozca, o más bien, cuando se reconozca como populacho, lo rechazarán de la misma manera que rehusarán vuestras limosnas. Pero es perfectamente ridículo declarar pecador y criminal a quien ya no pretende vivir de vuestros beneficios y quiere salir adelante por él mismo. Vuestros dones lo engañan y le hacen perder la paciencia. Defended vuestra propiedad, seréis fuertes; pero si queréis guardar la facultad de dar y gozar tantos más derechos políticos cuantas más limosnas podáis hacer (impuesto de los pobres), eso durará tanto como lo toleren quienes agraciáis.
La cuestión de la propiedad no es, creo haberlo mostrado, tan sencilla de resolver como se lo imaginan los socialistas e incluso los comunistas. No será resuelta más que por la guerra de todos contra todos. Los pobres no llegarán a ser libres y propietarios más que cuando se insurreccionen, se subleven, se eleven. Les deis, lo que les deis, querrán siempre más, porque no quieren nada menos que la supresión de todo don.
Se preguntará. Pero ¿qué pasará cuando quienes carecen de fortuna hayan cobrado ánimos? ¿Cómo se realizará la nivelación? Tanto valdría pedirme que sacara el horóscopo de un niño. ¿Lo que hará un esclavo cuando haya roto sus cadenas? ... Aguardad y lo sabréis. (...)

Capítulo III
El principio de la competencia está estrechamente ligado al principio de la ciudadanía. ¿Es otra cosa que la igualdad? Y la igualdad, ¿no es precisamente un producto de esa Revolución que hizo la burguesía o la clase media? Nada impide a nadie rivalizar con todos los demás miembros del Estado (excepto el príncipe, porque representa al Estado), cada cual puede tratar de elevarse al rango de los demás e incluso superarlo, hasta arruinarlos, despojarlos y arrancarles hasta los últimos jirones de su fortuna. Eso prueba con toda evidencia que ante el tribunal del Estado cada uno no tiene el valor más que de un simple individuo y no debe contar con ningún favor. Superaos el uno al otro, exaltaos el uno al otro cuanto queráis y cuanto podáis, yo, el Estado, no tengo nada que ver en ello. Sois libres de competir entre vosotros, sois competidores y la competencia es vuestra posición social. Pero ante mí, el Estado, no sois más que simples individuos.
La igualdad que se ha establecido teóricamente como principio entre todos los hombres, encuentra su aplicación y su realización práctica en la competencia, porque la igualdad no es más que la libre competencia. Todos son, frente al Estado, simples particulares y en la Sociedad, es decir, en la relación de unos con otros, competidores.
Yo no tengo que ser más que un simple individuo para poder competir con cualquier otro hombre, excepto el príncipe y su familia. Esta libertad era en tiempos pasados imposible, puesto que no se gozaba de la libertad de hacerse valer más que en la corporación y por la corporación. Bajo el sistema de las corporaciones y del feudalismo, el Estado concedía privilegios, en tanto que bajo el régimen de la competencia y del liberalismo se limita a otorgar patentes (título dado a un candidato, estableciendo que tal profesión le está abierta).
Pero la libre competencia, ¿es realmente libre? ¿Es siquiera verdaderamente una competencia, es decir, un concurso entre las personas? Es lo que pretende ser, puesto que funda su derecho precisamente en ese título. En efecto, se origina del hecho que las personas han sido liberadas de toda dominación personal. ¿Puede decirse que la competencia es libre cuando el Estado, soberano por el principio de la burguesía, se ingenia en restringirla de mil maneras?
Ved un rico fabricante que hace grandes negocios y al que yo querría hacerle la competencia.
Hazla -dice el Estado -; por mi parte, nada veo que se oponga a que la hagas como persona.
¡Sí, pero me haría falta un lugar para mi instalación, me haría falta dinero!
Esto es grave, pero si no tienes dinero, no puedes pensar en competir. Y no cabe que Tú tomes nada a nadie, porque yo protejo la propiedad y sus privilegios.
La libre competencia no es libre porque los medios de competir, las cosas necesarias para la competencia, me faltan. Contra mi persona, nada se tiene que objetar; pero como yo no tengo la cosa, preciso es que mi persona renuncie. ¿Y quién está en posesión de los medios, quién tiene esas cosas necesarias? ¿Es quizá tal o cual fabricante? ¡No; porque en ese caso, yo podría apropiármelas! El único propietario es el Estado; el fabricante no es propietario; lo que posee no lo tiene más que a titulo de concesión, de depósito.
¡Vamos, sea! Si no puedo nada contra el fabricante, me voy a competir con ese profesor de Derecho; es un necio, y yo sé cien veces más que él: haré desertar a su auditorio.
¿Has hecho tus estudios, amigo mío, y te has promocionado?
No; más ¿para qué? Poseo ampliamente los conocimientos necesarios para esa enseñanza.
Lo siento; pero aquí la competencia no es libre. Contra tu persona nada hay que decir, pero la cosa esencial te falta; el diploma de doctor. ¡Y ese diploma, yo, el Estado, lo exijo! Pídemelo primero muy cortésmente y luego veremos lo que hay que hacer.
He aquí a qué se reduce la libertad de la competencia. Preciso es que el Estado, mi Señor, me confiera el derecho a competir.
Pero además, ¿son en realidad las personas quienes compiten? ¡No, una vez más son las cosas! El dinero, en primer lugar, etc.
En la lucha habrá siempre vencidos (así el poeta mediocre deberá ceder la palma, etc.). Pero lo que importa distinguir es si los medios que faltan al competidor desgraciado son personales o materiales y pueden adquirirse mediante la capacidad personal, o si únicamente pueden obtenerse por un favor, como simples dones; por ejemplo si el pobre ha de dejar su riqueza al rico, es decir, regalársela. En suma, si es preciso que Yo aguarde la autorización del Estado para obtener los medios o utilizarlos (por ejemplo, cuando se trata de un diploma), esos medios son una gracia del Estado.
Tal es, en el fondo, el sentido de la libre competencia. El Estado considera a todos los hombres como sus hijos iguales; libre es cada uno de hacer todo lo que pueda para merecer los bienes y los favores que el Estado dispensa. Así todos se lanzan en persecución de la fortuna, de los bienes (dinero, empleo, títulos, etc.), en una palabra, de las cosas.

En el sentido burgués, todo hombre posee, cada cual es propietario. ¿Cómo explicar, pues, que la mayor parte de los hombres tengan tanto como nada? Ello se debe a que la mayor parte son plenamente dichosos con ser propietarios, aunque no sea más que de algunos harapos, como los niños se regocijan con su primer pantalón o con la primera moneda que se les ha dado. Examinemos con detalle esta cuestión. El liberalismo declaró que la esencia del hombre no era la propiedad, sino ser propietario. No aplicándola más que al Hombre y no al individuo, la extensión de esta propiedad, que sólo interesa al individuo, fue menospreciada. De aquí que el egoísmo del individuo, con las manos libres respecto a esta extensión, se lanzara infatigable a la competencia.


El egoísmo feliz debía causar recelos a quien estaba menos favorecido; este último, apoyándose siempre sobre el principio de humanidad, planteó la cuestión del cociente de reparto de los bienes sociales y la resolvió así: El hombre debe tener tanto como le es necesario.
Pero ¿podrá contentarse con eso mi egoísmo? Las necesidades del Hombre no son, en modo alguno, una medida aplicable a Mí, y a mis necesidades, porque Yo puedo necesitar más o menos. No, Yo debo tener tanto como soy capaz de apropiarme.
Cada uno tiene a su disposición los medios de competir, porque esos medios (y ahí está el vicio fundamental de la competencia) no dependen de la persona, sino de circunstancias enteramente independientes a ella. La mayor parte de los hombres están desprovistos de esos instrumentos, y por tanto, de los bienes que podrían obtener de ellos.
Así, los socialistas reclaman para todos los hombres los instrumentos y aspiran a una sociedad que proporcione estos instrumentos a todos. No reconocemos, dicen, tus riquezas (haber), como tu riqueza (poder). Tú tendrás que crearte otra riqueza proveerte de otros medios de acción que serán tu fuerza de trabajo. El hombre es hombre como poseedor de un haber, como el poseedor y por ello respetamos provisionalmente a ese poseedor que llamábamos propietario. Tú posees las cosas, mientras no te sean arrebatadas a tu propiedad.
Quien posee es rico, pero sólo en tanto los demás no lo sean. Y como tu mercancía no constituye tu riqueza sino mientras seas capaz de mantenerla en tu posesión, es decir, por tanto tiempo como Nosotros no tengamos poder sobre ella, bueno será que tú trates de procurarte otros medios de acción, porque nuestro poder supera hoy tu pretendida riqueza.
Mucho se ha conquistado al poder ser considerado como poseedor. La servidumbre desaparece y el hombre que hasta entonces debía la prestación personal a su Señor y era aproximadamente la propiedad de este último, viene a ser, a su vez, un Señor. Pero en adelante no es suficiente que poseas y tu haber no será reconocido, pero tu trabajar y tu trabajo aumentan de valor. Tú no vales a Nuestros ojos sino en la medida en que pones en acción las cosas, del mismo modo que en otro tiempo, en tu posesión. Tu trabajo es tu riqueza. En adelante, Tú ya no eres dueño o poseedor más que de lo producido por Ti, no de lo heredado.
Mientras tanto, como no existe posesión cuyo origen no sea la herencia, como todas las monedas que forman tu haber tienen la efigie de la herencia y no la efigie del trabajo, preciso es que todo sea refundido en el crisol común. Pero ¿es cierto, como lo piensan los comunistas que mi riqueza no consista más que en mi trabajo? ¿No consiste más bien en todo aquello de que pueda apoderarme? La Sociedad de los trabajadores misma está obligada a convenir en ello, puesto que ayuda a los enfermos, a los niños, en una palabra, a los que no pueden trabajar. Ellos todavía son capaces, por ejemplo, de que procuréis la conservación de su vida. Y si son capaces es porque poseen un poder sobre Vosotros. No concederíais nada a quien no ejerciera absolutamente ningún poder sobre vosotros; éste, sólo podría desaparecer.
¡Tu riqueza consiste en todo aquello de que puedes apoderarte! Si eres capaz de procurar un placer a millares de hombres, esos millares de hombres te darán honorarios, porque está en tu poder dejar de serles agradable. Pero si no eres capaz de interesar a nadie, ya puedes morirte de hambre.
¿No debo, pues, Yo, que soy capaz de mucho, tener la ventaja sobre los que pueden menos? Henos aquí sentados a la mesa ante la abundancia, ¿voy a abstenerme de servirme lo mejor que pueda y a aguardar lo que me toque en un reparto igual? Contra la competencia se levanta el principio de la sociedad de los indigentes, el principio del reparto igual.
El individuo no soporta ser considerado más que como una fracción, una parte alícuota de la sociedad, porque es más que eso; su unicidad se subleva contra esa concepción que lo disminuye y lo rebaja.
Por eso no admite que los demás le adjudiquen su parte. No aguarda su riqueza más que de sí mismo, y dice: lo que yo soy capaz de procurarme es mi riqueza. ¿Qué riqueza no posee el niño en su sonrisa, en sus gestos, en su voz, en el solo hecho de que existe! ¿Sois capaces de resistir a su deseo? Así, madre, ¿no le ofreces tu seno, y Tú, padre, no te privas de muchas cosas para que no le falte nada? Él os obliga y por eso mismo posee lo que vosotros creéis vuestro. Si Yo tengo adhesión a tu persona, tu existencia tiene ya para Mí un valor; si no tengo necesidad más que de una de tus facultades, es tu complacencia o tu asistencia la que tiene un precio a mis ojos y que yo compro.
¿No estimas en Mí más que el dinero? Era el caso de los ciudadanos alemanes vendidos por dinero y expedidos a América, cuya historia cuenta la odisea. ¿Se dirá que el vendedor debía hacer mayor caso de ellos, que se dejaron vender? Él prefería el dinero contante a aquella mercancía viviente que no había sabido hacerse preciosa a sus ojos. Si no reconocía en ellos un valor mayor es que en definitiva su mercancía no valía gran cosa.
La práctica egoísta consiste en no considerar a los demás ni como propietarios, ni como indigentes o trabajadores, sino en ver en ellos una parte de vuestra riqueza, objetos que os pueden servir. Siendo así, no pagaréis nada al que posee (al propietario), no pagaréis nada al que trabaja, no daréis más que a quien necesitéis. ¿Tenemos necesidad de un Rey?, dicen los americanos del Norte. Y responden: no daríamos un céntimo ni por él ni por su trabajo.
Cuando se dice que la competencia lo pone todo al alcance de todos, se expresa uno de modo inexacto; es más justo decir que, gracias a ella, todo está a la venta. Poniendo todo a la disposición de todos, lo entrega a su apreciación y pide un precio.
Pero a los aficionados les falta con la mayor frecuencia el medio de hacerse compradores: no tienen dinero. Con dinero se puede obtener todo lo que está a la venta, pero justamente es el dinero lo que falta. ¿Dónde tomar el dinero, esa propiedad móvil o circulante? Sabe, pues, que tienes tanto dinero cuanto poder tengas, porque Tú tienes el valor que sabes darte.
No paga uno con dinero del que puede estar escaso, sino con su riqueza, su poder, pues no se es propietario más que de aquello de que se es dueño. Weitling ha imaginado un nuevo instrumento de cambio, el trabajo. Pero el verdadero instrumento de pago aún es, como siempre, nuestra riqueza. Tú pagas con lo que tienes en tu poder. ¡Piensa, pues, en aumentar tu riqueza!
Concediendo ello, llegamos inmediatamente a la máxima: A cada uno según sus medios. Pero ¿quién me dará según mis medios? ¿La sociedad? Entonces tendría que someterme a su apreciación. No, Yo tomaré según mis medios.
¡Todo pertenece a todos! Esta proposición procede también de una teoría fútil. A cada cual pertenece solamente lo que él puede. Cuando Yo digo: el mundo es para Mí, ésa es también una frase vacía de sentido, a menos que Yo simplemente quiera dar a entender que no respeto ninguna propiedad ajena. Sólo es mío lo que Yo tengo en mí poder, lo que depende de mi fuerza. No se es digno de tener lo que se deja arrebatar por debilidad; no se es digno porque no se es capaz de guardarlo.
Se hace gran ruido con la injusticia secular de los ricos con los pobres. ¡Como si fuera culpa de los ricos que existan pobres, y no fueran también los pobres culpables de que haya ricos! ¿Qué diferencia hay entre ellos sino la que separa la potencia de la impotencia y a los capaces de los incapaces? ¿Qué crimen han cometido los ricos? ¡Son duros! Pero, ¿quién ha mantenido a los pobres, quién ha atendido su subsistencia cuando ya no podían trabajar, quién ha esparcido con profusión las limosnas, esas limosnas cuyo nombre mismo significa compasión? Los ricos, ¿no fueron siempre compasivos? ¿No fueron siempre caritativos? Y los impuestos para los pobres, los hospicios, los establecimientos de beneficencia de toda especie, ¿de dónde vienen?
Pero todo eso no os basta. Los ricos deberían, ¿no es eso? repartir con los pobres. En una palabra deberían suprimir la miseria. Sin contar con que apenas hay uno de vosotros que consintiera en repartir, y que ése sería un loco, preguntaos: ¿Por qué los ricos habrían de despojarse y sacrificarse cuando a los pobres esta acción les sería mucho más provechosa? Tú, que percibes un peso al día, eres un rico al lado de millares de hombres que viven con diez sueldos; ¿tu interés es repartir con ellos, o más bien es el suyo?
Cuando menos, la competencia está ligada a la intención de hacer las cosas lo mejor posible, lo más lucrativamente posible, con el menor gasto y el mayor beneficio que cabe. Así, no se estudia más que para crearse una posición (Brotstudium), se aprenden las reverencias y las buenas maneras, se procura adquirir la rutina y el conocimiento de los negocios, se trabaja por la forma. Y si aparentemente se trata de cumplir bien las funciones propias, no se tiende en realidad más que a hacer un buen negocio. Se trabaja en una profesión cualquiera, según se dice, por amor del oficio, pero en realidad por amor del beneficio. Si alguien se hace censor no es porque el oficio sea atractivo, sino porque la posición no es desagradable, y se puede ascender posteriormente. No faltará quien quisiera administrar, hacer justicia, etc., con toda conciencia, pero teme ser trasladado o separado: ante todo, es preciso vivir.
Toda esa práctica es, en suma, una lucha por esta querida vida, una serie de esfuerzos interrumpidos para ascender gradualmente a un mayor o menor bienestar. Y todas sus penas y todos sus cuidados no producen a la mayor parte de los hombres más que una vida amarga, una amarga indigencia. ¡Tanto ardor por tan poca cosa!
Una infatigable ansia de botín no nos deja respirar y detenernos en un goce apacible. No conocemos la alegría de poseer.
La organización del trabajo no se refiere sino a aquellos trabajos que otros pueden hacer en nuestro lugar, por ejemplo, el del carnicero, el del labrador, etc., pero hay trabajos que siguen siendo de la incumbencia del egoísmo, puesto que nadie puede ejecutar por Vosotros el cuadro que pintáis, producir vuestras composiciones musicales, etc., nadie puede hacer la obra de Rafael. Estos últimos trabajos son los de un Único, son las obras que solamente este Único puede llevar a cabo mientras que los primeros son trabajos banales que podrían llamarse humanos, puesto que en ellos, la individualidad carece de importancia y cabe enseñarlos más o menos a todos los hombres.
Como la Sociedad no puede tomar en consideración más que los trabajos que presentan una utilidad general, los trabajos humanos, su solicitud no puede extenderse a la obra del Único; su intervención en este caso podría ser incluso perjudicial. El Único podrá, sí, elevarse en la Sociedad por su trabajo, pero la Sociedad no puede elevar al Único.
Por consiguiente, siempre es de desear que nos unamos para los trabajos humanos, a fin de que no absorban ya todo nuestro tiempo y nuestros esfuerzos como lo hacían bajo el régimen de la competencia. Desde ese punto de vista, el comunismo está llamado a dar sus frutos. Aquello de que todo el mundo es capaz o puede hacerse capaz estaba antes del advenimiento de la burguesía en poder de algunos y negado a todos los demás: era el tiempo del privilegio. La burguesía consideró justo permitir a todos el acceso a lo que parecía convenir a cualquiera que sea hombre. Sin embargo, lo que permitía a todos, no lo daba realmente a nadie; solamente dejaba a cada cual libre de apoderarse de ello por sus esfuerzos humanos. Todas las miradas se dirigieron hacia esos bienes humanos, que desde entonces sonreían a todos los transeúntes, y resultó esa tendencia que se oye deplorar a cada instante bajo el nombre de materialismo de las costumbres.
El comunismo trata de frenarlo divulgando la creencia de que los bienes humanos no exigen tanto trabajo y que, en una organización juiciosa, pueden obtenerse sin el gran gasto de tiempo y de energías al parecer imprescindibles hasta el presente.
Pero ¿para quién hay que ganar tiempo? ¿Por qué tiene el hombre necesidad de más tiempo que el preciso para reanimar sus fuerzas, agotadas por el trabajo? Aquí el comunismo se calla.
¿Por qué? ¡Pues bien, para gozar de sí mismos como Únicos, después de haber hecho su parte como hombres!
En la primera alegría de verse autorizado a alargar la mano hacia todo lo que es humano, no se pensó ya en desear otra cosa y se lanzaron por los caminos de la competencia en persecución de lo humano, como si su posesión fuera el objeto de todos nuestros votos.
Pero después de una carrera desenfrenada se advierte al fin que la riqueza no da la felicidad. Y trata uno de procurarse lo necesario con menos gasto y de no consagrarle más que el tiempo y los trabajos indispensables. La riqueza se encuentra despreciada y la pobreza satisfecha, la indigencia olvidada se convierte en el seductor ideal.
¿Es necesario que ciertas funciones humanas para las que todo el mundo se cree apto, estén mejor remuneradas que las demás y que para alcanzarlas se entreguen todas las fuerzas y toda la energía? La frase empleada con tanta frecuencia: ¡Ah, si yo fuese ministro, si yo fuese el... eso no pasaría así!, expresa la convicción de que uno se siente capaz de representar el papel de uno de esos dignos personajes que gozan de bienes y de privilegios desmesurados en comparación de los que ocupan los grados inferiores de la escala social.



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