Nosotros, los austriacos



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Su filosofía política

El estadounidense, pues, se ve impulsado a justificar y asentar la necesidad de libertad en la doctrina de los derechos naturales aristotélico-tomista que su maestro Mises tanto detestaba por considerarla pura superstición. Rothbard pensaba que sí era posible deducir una serie de normas o pautas generales a partir de la naturaleza del ser humano: hay ciertos principios que deberían observar todas las formas de organización social que quieran minimizar los conflictos y sobrevivir, sin que esta reflexión suponga un intento por construir hiperracionalistamente las instituciones concretas por las que deben regirse y coordinarse. En particular, el derecho básico de todo ser humano es para Rothbard el de la autopropiedad: cada individuo tiene el derecho a controlar su propio cuerpo y a establecer relaciones con su entorno (apropiárselo), lo que implica que carecerá de derechos para controlar los cuerpos y las propiedades ajenas (principio de no agresión).



En La ética de la libertad, Rothbard desarrolló todo este sistema ético hasta sus últimas consecuencias: el Estado, al asentarse en el expolio sistemático de la propiedad ajena, es el mayor criminal que existe y por tanto debería desaparecer. Fusionando la ética del derecho natural con el anarquismo e individualismo radical de ciertos autores estadounidenses como Benjamin Tucker, Lysander Spooner o Albert Jay Nock y, sobre todo, con las ideas del pionero economista belga Gustav de Molinari, Rothbard dio carta de naturaleza al movimiento anarcocapitalista dentro de la Escuela Austriaca.

Con estas dos armas –la filosofía política y la praxeología–, Rothbard creía tener suficiente para desatar una ofensiva sin cuartel contra el Estado (por ejemplo, en su panfletario Hacia una nueva libertad: el manifiesto libertario). Si el Estado es contrario a los derechos del ser humano y además reduce su prosperidad, no hay motivo para que siga existiendo un minuto más. El estadounidense se declaraba incluso partidario de pulsar un hipotético botón rojo que suprimiera todas las instituciones políticas ipso facto.

Y es aquí, me temo, donde el análisis hayekiano sí tiene bastante que decir: porque al margen de que la crítica económica que efectúa Rothbard contra la provisión de defensa por parte del Estado sea muy endeble, la eliminación del aparato estatal de la noche a la mañana dejaría a nuestras sociedades desprovistas de un mecanismo por el que (más mal que bien) se coordinan a día de hoy. La destrucción revolucionaria del Estado llevaría a la anarquía en su peor sentido (a la ausencia de un orden espontáneo) aun cuando podamos suponer que en algún largo plazo la sociedad se reorganizaría bajo directrices liberales y antiestatistas (o no).

Parece más lógico, y compatible con la naturaleza humana, suponer que si el Estado llega a desaparecer algún día (y aquí hace falta bastante más investigación científica, no sólo económica, que justifique esta esperanza) será de manera gradual. Porque sí, la URSS se derrumbó de la noche a la mañana, pero las instituciones que la sustituyeron (mercados más o menos libres y ordenamientos jurídicos) eran fruto de la evolución de centurias.

Aún así, la filosofía política de Rothbard ha resultado una rica fuente de inspiración para muchos científicos sociales, al permitirles abrir al máximo sus horizontes de investigación. Hoy, por fortuna, disponemos de una creciente literatura sobre lo que Michael Polanyi llamó "órdenes policéntricos" (diversidad de centros de jurisdicción que interactúan en un mismo territorio sin un árbitro último que resuelva monopolísticamente sus conflictos) y sobre alternativas en apariencia viables a todas o casi todas las funciones del Estado. La filosofía política de Rothbard, pues, más que un punto de llegada o confluencia de tradiciones diversas, debe ser observada como un punto de partida para un programa de investigación mucho más amplio (y que, en parte, aún está en pañales).

Otras contribuciones

En cualquier caso, toda la vida personal y profesional de Rothbard giró sobre estos dos ejes: la praxeología austriaca y la ética anarquista. Su valiosa reinterpretación de la Gran Depresión estadounidense (que Paul Johnson utiliza como principal referencia para este episodio histórico en Tiempos Modernos) es una forma de demostrar cómo la teoría austriaca del ciclo económico explicaba a la perfección aquella crisis; su muy completa Historia del Pensamiento Económico, si bien nutrida en demasía de fuentes secundarias, es una manera de alertar a los economistas de que el avance científico no es progresivo y de que en la historia de nuestra ciencia han sido más frecuentes los consensos en torno a teorías falsas que en torno a las verdades fundamentales que luego iría desarrollando la Escuela Austriaca; sus Qué ha hecho el gobierno con nuestro dinero, El caso contra la Fed, Una historia monetaria y bancaria de Estados Unidos o El misterio de la banca son estudios detallados –en ocasiones demasiado conspiranoicos– sobre cómo el Estado ha ido pervirtiendo la institución del dinero para sufragar sus dispendios y beneficiar a la plutocracia bancaria; y su Concebidos en libertad es una reinterpretación histórica de la revolución americana a la luz del liberalismo radical.



Pese a su antiestatismo militante, no fue reacio a meterse en política y a aliarse con cualquier movimiento que circunstancialmente le sirviera, con más pena que gloria, para promover objetivos liberales (si bien casi siempre estuvo en la órbita del Partido Libertario estadounidense). En política exterior, era un decidido aislacionista partidario de la neutralidad de Estados Unidos; nunca vio con buenos ojos, todo lo contrario, las guerras "democratizadoras" que a modo de cruzadas desarrollaba el gobierno para pacificar el planeta y constituir un imperio republicano. En política interior, buscaba desarmar por entero el Estado de Bienestar (no aceptaba medias tintas como el cheque escolar de Friedman) y regresar al patrón oro con tal de constreñir el gasto y el endeudamiento públicos. En definitiva, sus bestias negras en política eran el Warfare y el Welfare State; a su juicio, dos caras de la misma moneda.

Murray Rothbard murió en 1995, a la temprana edad de 68 años. Tras de sí nos dejó no sólo una muy variada obra (en temas y en calidad), sino también un think tank, el Mises Institute, que, pese a todos sus defectos, es el centro que más ha hecho hasta la fecha por promover y facilitar el acceso a las ideas austriacas por todo el mundo. Aunque probablemente nunca alcanzará la fama de Mises o de Hayek, sería imposible concebir la pujanza, la claridad y la solidez del pensamiento austriaco actual sin su labor.

Por fortuna, las líneas de investigación que abrieron Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek y Rothbard siguen siendo exploradas, ampliadas, reformuladas y enriquecidas por miles de economistas en todo el mundo. Sus obras son y seguirán siendo referencias esenciales para todos aquellos interesados en la economía y en todas las disciplinas conexas a la misma. Estoy convencido de que es dentro de este paradigma donde podemos encontrar y seguiremos encontrando una respuesta válida a gran parte de nuestros problemas contemporáneos. En parte –sólo en parte– que seamos capaces de defender en la teoría y en la práctica nuestra libertad en el futuro dependerá de que vayamos absorbiendo y difundiendo intelectualmente los escritos de estos cinco gigantes intelectuales y de sus muchos brillantes discípulos.




NOSOTROS, LOS AUSTRIACOS

El tiempo es oro

Por Juan Ramón Rallo



Decía Hayek que había dos tipos de mentes: las mentes rompecabezas y las mentes maestras. Las primeras, de las que el propio Hayek se consideraba un caso extremo, sufrían de una inherente incapacidad para memorizar un gran número de teorías y de datos, pero a cambio tenían la habilidad de establecer de manera intuitiva conexiones entre multitud de disciplinas que nadie más podía ver (podríamos llamarlas para mayor simplicidad mentes creativas).

Las segundas podían memorizar al detalle todas las teorías y los hechos que giraban alrededor de un asunto concreto y gracias a ello formulaban, tras un dilatado proceso de reflexión y maduración, una síntesis que hacía progresar su estrecho campo de conocimiento.

Hayek creía que Eugen von Böhm Bawerk, el discípulo más conocido y exitoso de Carl Menger, era un caso extremo de mente maestra. Y no le faltaban desde razones para pensarlo: la empresa intelectual de Böhm Bawerk fue de tal profundidad que se le puede considerar en justicia como el padre de la teoría moderna del capital y del interés. No en vano, el gran economista sueco Knut Wicksell calificó su obra de "uno de los mayores logros de la teoría económica". 

Carl Menger había revolucionado nuestra ciencia al unificar y perfeccionar las aportaciones que diversos economistas alemanes habían venido realizando en la primera mitad del s. XIX. Sin embargo, la formidable teoría económica mengeriana, que si por algo podía vanagloriarse era por haber dejado claro que los bienes económicos lo eran en tanto instrumentos empleados a lo largo del tiempo para satisfacer fines individuales, adolecía de una llamativa carencia: no tenía una teoría sobre cómo se valoraban esos bienes en distintos momentos del tiempo. Es decir, ¿acaso los individuos valorarán igual el disfrute de, por ejemplo, una vivienda hoy que el disfrute de una vivienda dentro de 10 años? Este fue el punto de partida que adoptó Böhm Bawerk.

A buen seguro su interés en la cuestión no se había desarrollado de manera casual. En los años en los que Böhm se formó como economista (60-70 del s. XIX), demagogos socialistas como Lassalle, Rodbertus o Marx estaban espoleando contra el sistema capitalista a esos ejércitos de proletarios que, como ya apuntara Hayek, habían sobrevivido y crecido gracias a la prosperidad creada por el propio capitalismo.

A comienzos de los 70, la publicación al alemán del Manifiesto Comunista y la Comuna de París terminaron por preocupar al acomodado funcionariado germano, que reaccionó de inmediato tratando de contentar a las masas obreras ofreciéndoles un embrionario estado de bienestar. Diversos economistas alemanes favorables al intervencionismo gubernamental –el llamado "socialismo de cátedra", que agrupaba a gente tan variopinta como Knies, Hildebrand, Roscher, Schmoller o Brentano– buscaron resolver la llamada "cuestión social" instaurando un "Estado social" a favor de los proletarios y en perjuicio de los capitalistas. De hecho, en 1872 se creó la Verein Für Sozialpolitik, un grupo de presión intervencionista que agrupaba a los socialistas de cátedra y a otros intelectuales y cuyas propuestas cristalizarían en 1881 en la Sozialpolitik de Bismark, deriva catastrófica que perdió a Alemania para más de medio siglo.

Böhm-Bawerk creció en este clima cada vez menos favorable al liberalismo. No es que Böhm fuera, ni mucho menos, un liberal clásico como probablemente lo fue Menger y desde luego Mises, ya que entre sus deméritos se encontraban el haber defendido las obras públicas contracíclicas, el proteccionismo estratégico o la redistribución de la renta (si bien dentro de un marco de equilibrio presupuestario y patrón oro), pero aún así, desde su mentalidad conservadora-funcionarial con algún elemento liberal, se dio cuenta de que la demagogia socialista no podía ser combatida con medidas políticas (o al menos no sólo con medidas políticas, pues Böhm formó parte de la Verein) y que hacía falta una refutación intelectual solvente que desmontara la milonga de que los capitalistas explotan a los proletarios (Böhm fue de los pocos en detectar la amenaza para la sensatez y la prosperidad que suponían las teorías económicas de Marx y, años más tarde, sería el primero en ofrecer una refutación sistemática del marxismo, metiendo el dedo en la llaga de su "gran contradicción").



La cuestión que debía resolver Böhm no era ya la de si el trabajo era fuente de valor y por tanto si el capitalista se apropiaba del producto de los trabajadores (al fin y al cabo la teoría del valor-trabajo carecía de predicamento en los ambientes académicos alemanes y austriacos, incluso antes de la llegada de Menger), sino qué explicación y justificación tenía, aun admitiendo la subjetividad del valor, que los capitalistas percibieran una rentabilidad dentro del proceso productivo sin estar haciendo aparentemente nada.

La respuesta que ofreció Böhm-Bawerk partiendo de las intuiciones de Turgot y de Menger le sirvió para articular toda la producción teórica de su vida: el pago de salarios por parte del capitalista constituye un intercambio entre producción presente (los salarios) y producción futura (las ventas de la mercancía que fabrican los trabajadores) y, como es razonable suponer que los bienes presentes son más valiosos que los bienes futuros, por necesidad los salarios pagados hoy habrán de ser menores que las ventas recibidas mañana.

Böhm simplemente reflejaba que los capitalistas, al pagar los salarios, adelantaban a los trabajadores la renta para adquirir bienes de consumo antes de haber vendido y producido sus mercancías; a efectos prácticos, era como si los capitalistas les concedieran un préstamo a los trabajadores.

En otras palabras, Böhm-Bawerk trató de extender la teoría subjetivista de Menger al campo de los intercambios intertemporales: si los bienes futuros eran menos valiosos que los bienes presentes, entonces por necesidad una unidad de cualquier bien presente se intercambiaría por más de una unidad de bienes futuros, y esa diferencia constituiría el "interés" o el "rendimiento" propio de los capitalistas.

Esta fue la tesis que Böhm fue desarrollando a lo largo de su gran obra: Capital e Interés. El primer libro de esta antología, publicado en 1884 mientras era profesor en la Universidad de Innsbruck, llevaba por título Historia y Crítica de las Teorías del Interés y su objeto era el de refutar una a una las grandes explicaciones que hasta el momento se habían ofrecido sobre el interés. Es algo así como, en palabras de Edgeworth, una "teoría negativa del interés", una explicación detallada de qué no es el interés. Bajo su pluma, van cayendo una a una todas las teorías que justificaban el interés en motivos como la productividad física de los bienes de capital, la abstinencia del consumo, la renta de la tierra o la explotación del trabajo. Böhm es implacable y no deja títere con cabeza, pues su intención no era la de hacer una historia del pensamiento en torno al interés, sino utilizar a egregios economistas como representantes de teorías erradas que convenía descartar.

Cinco años después de esta teoría negativa del interés, vino por fin su auténtica contribución económica, el segundo libro titulado La teoría positiva del interés. Böhm-Bawerk tuvo que publicarlo en 1889, probablemente sin todas las revisiones necesarias, porque ese mismo año abandonó Innsbruck para iniciar su andadura política como director del departamento de la imposición directa (años más tarde sería nombrado ministro de Hacienda en tres ocasiones).

Böhm comienza este segundo libro recordando la teoría del intercambio atemporal de Menger, clarificando y elaborando algunos de sus aspectos, como el proceso exacto por el cual los costes empresariales dependen de las utilidades marginales de los consumidores. Una vez hecho esto, el austriaco pasa a centrarse por fin en explicar la existencia del interés como la subestimación de los fines futuros frente a los presentes.

Böhm daba tres razones esenciales por los que era razonable suponer que los bienes futuros resultaban menos valiosos que los presentes (sus famosas Drei Gründe); las dos primeras afectaban a los consumidores y la tercera al productor.



La primera es que la mayoría de personas disponen de mayor renta en el futuro que en el presente, de modo que valorarán más la renta escasa presente que la renta abundante futura (en realidad, simplemente se trata de una aplicación del principio de la utilidad marginal decreciente a la renta). Böhm admitía la posibilidad de que hubiera sujetos cuya renta futura fuera menor que la presente, pero aún así, decía, el valor futuro será como mucho igual al presente, pues todos los agentes tienen la opción de atesorar dinero si es quieren trasladar poder adquisitivo al futuro (hoy esta posibilidad se ve muy limitada por la inflación inherente al dinero fiduciario). La segunda razón se basa en una subestimación de las necesidades futuras frente a las presentes, ya sea por imprevisión, codicia o incertidumbre en tono a la fugacidad de la vida.

La tercera causa fue la más polémica pero a la vez la más fructífera. Böhm-Bawerk partió de que en las economías capitalistas modernas los bienes de consumo no se producen directamente, sino de manera indirecta: con la tierra y el trabajo producimos bienes de capital, que a su vez, en conjunción con otra tierra y trabajo, producen otros bienes de capital que, tras otras etapas del mismo estilo, terminan madurando en bienes de consumo. Böhm asumió que cuanto más largo fuera este proceso indirecto de producción, más eficiente y productivo sería, de modo que los capitalistas sólo estarían dispuestos a renunciar a sus muy productivos bienes de capital presentes a cambio de sumas mayores de bienes de consumo futuros (y de ahí el interés).

Esta intuición le sirvió de base para construir toda una rica teoría del capital que aún hoy es el armazón básico de la teoría austriaca del ciclo económico: las reducciones de los tipos de interés irán de la mano de una ampliación del período productivo de la economía, es decir, del tiempo que media entre el momento en que empezamos a producir bienes de capital y el momento en que obtenemos los bienes de consumo. A su vez, dentro de la teoría de Böhm, los precios y los salarios quedaban determinados en función del período de producción óptimo, lo que le permitía alcanzar lo que los neoclásicos llamarían hoy un "equilibrio general" del sistema económico.

Pero, como decía, la tercera razón justificativa del interés fue la que más críticas recibió; en ocasiones merecidamente, pero en otras por simple incomprensión. Por un lado, algunos economistas como Fisher la tildaron de redundante con respecto a las dos primeras razones, pues, a su juicio, si los productores valoraban menos los bienes futuros que los presentes era sólo porque así lo hacía los consumidores (en este caso la crítica es errónea, porque durante cortos períodos de tiempo la tercera razón forzaría que el tipo de interés fuera positivo aun cuando no concurrieran las dos primeras). Por otro, muchos atacaron los simples cálculos, medidas y supuestos que había adoptado Böhm para justificar la mayor productividad de los métodos indirectos de producción (en este caso, algunas críticas están justificadas, pues Böhm-Bawerk buscaba demostrar la existencia de una mayor productividad en términos físicos, y no monetarios, lo que si bien podía parecer la única alternativa en un patrón monetario fijo, emponzoñaba gran parte de su análisis).

Por consiguiente, la obra de Böhm no está exenta de errores teóricos y formales. Algunos economistas austriacos más recientes, como Ludwig Lachmann, incluso han llegado a defender –de manera bastante exagerada, a mi entender– que Böhm no debería ser considerado un miembro de la Escuela Austriaca, pues sus libros tienen más que ver con el estudio ricardiano de la distribución de las rentas que con el análisis del proceso empresarial de mercado característico de los austriacos.

Además, Böhm-Bawerk, si bien era un pensador sistemático, no podía considerarse ni mucho menos un escritor brillante y claro (el idioma alemán en este caso no ayudó; su facilidad sintáctica para encadenar subordinadas permitió a Böhm a escribir frases superiores a una página); de hecho, para mayor desgracia de sus lectores, su estilo fue volviéndose más farragoso conforme fue ampliando sus libros a partir de su abandono de la política activa en 1904. Su fuerte sentido del deber le movía a responder a todas las críticas que recibía para no convertirse, según sus propias palabras, en un "camorrista literario".

Sin embargo, lo cierto es que ninguna obra económica es perfecta, tampoco la de la "mente maestra" de Böhm-Bawerk. Lo cual, dicho sea de paso, tampoco supone ningún drama cuando se cuenta con una cantera de excelentes discípulos. En este caso, sus errores e imprecisiones fueron más tarde enmendados y corregidos por economistas de la talla de Mises, Hayek, Wicksell, Fisher o el propio Lachmann, dando como resultado una riquísima y solidísima teoría del interés y del capital.

Pero nada de lo anterior habría sido posible sin Böhm. A él le corresponde casi en exclusiva el mérito de haber dado el gigantesco paso adelante que supuso ampliar el esquema teórico mengeriano a los intercambios de bienes en el tiempo. De esa simple intuición vino el resto: definir el interés como la prima de valor de los bienes presentes sobre los bienes futuros y relacionarlo con la dimensión temporal del capital, dos rasgos que desde entonces han constituido parte esencial del núcleo teórico de la Escuela Austriaca y de que cualquier teoría económica que no esté podrida de base.



EL TOTALITARISMO DEMOCRÁTICO

Mises, Hayek y el color de mi coche

Por Domingo Soriano



A pesar de que soy aficionado a los toros (tengo un abono en Las Ventas desde hace más de una década), he seguido con bastante despreocupación la aprobación en Cataluña de la ley que prohibirá los espectáculos taurinos a partir del 1 de enero de 2012.

No creo que sea algo especialmente grave ni para la Fiesta ni para los catalanes, que ya hace tiempo dejaron de acudir a las plazas de sus pueblos y ciudades. La supresión de las corridas en Barcelona –donde en los últimos tiempos se viene celebrando una docena cada año– no dañará a los toros ni la mitad de lo que lo hacen los neotaurinos, que han encumbrado al mediotoro y al mediotorero y le han quitado al espectáculo gran parte de su atractivo. Además, muchas otras libertades mucho más importantes que ésta se han cercenado en Cataluña y en el resto de España sin que haya habido tanto revuelo.

Entre los que defendían los toros se han esgrimido fundamentalmente dos tipos de argumentos: los culturales (estética, tradición, relevancia económica, turismo...) y los anti-prohibicionistas (a las corridas, que vaya quien quiera). Sin embargo, a nadie he escuchado proclamar lo evidente: el Parlamento de Cataluña no tiene derecho a decidir si debe haber o no espectáculos taurinos. El problema no es el resultado de la histórica votación: el problema es que se haya votado.

Pensando en todo esto, recordaba esta cita de Mises –en Gobierno omnipotente–: "Las mayorías no están menos expuestas al error y al fracaso que los reyes y los dictadores; el que la mayoría crea que una cosa es verdad no prueba que lo sea". Quien vivió tan de cerca el nazismo sabía de lo que hablaba cuando pedía vigilar muy de cerca a los gobiernos salidos de las urnas.

Estamos viviendo una deriva hacia lo que podría denominarse totalitarismo democrático. Se ha llegado a la conclusión de que una decisión tomada por una mayoría (o por sus representantes) es legítima per se, y nada ni nadie puede oponerse a ella. Así, la democracia, que nació como un medio de protección de las minorías, para que cualquiera pudiera ejercer su libertad –a la hora de opinar, creer o no en tal o cual Dios, desplazarse...–, se convierte en una apisonadora que machaca los derechos de aquellos a los que debería defender.



A mis amigos más intervencionistas a veces les intento convencer con algunos ejemplos. Como éste. "Supongamos –les digo– que yo viviera en un pueblo con otras cien personas. Un día, todos mis vecinos se reúnen y votan por 99 votos a favor y 2 en contra que mi coche debe ser rojo en vez de azul, puesto que rojo es el color de la bandera del pueblillo de marras; que mi primer hijo debe llamarse Sebastián, como el patrón, ya que no hay muchas parejas jóvenes en el lugar y hay que conservar los nombres tradicionales; que no me puedo abonar a Digital +, porque el bar ya tiene una licencia, y si quiero ver el fútbol ya sé lo que tengo que hacer, por el bien de la economía local; o que debo comprar tomates de la comarca, que son más sanos y así, además, les doy publicidad. Pues bien, a pesar del resultado abrumador de la votación, nadie tendría derecho a imponerme una sola de esas decisiones".

Mis amigos, entonces, suelen mirarme con condescendencia, como diciendo: qué cosas se te ocurren, nunca llegaremos a algo así; y aunque la intromisión del Estado en nuestras vidas a veces puede ser molesta, hay límites que ningún Gobierno se atrevería a traspasar. Y, claro, entonces soy yo el que les miro estupefacto.

En España están vigentes o a punto de estarlo normas muy similares en el fondo y en la forma a las que elaborarían los vecinos de mi pueblo imaginario. Efectivamente, nadie se mete en el color de mi coche, pero si quiero construirme una casa en mi pueblo tendré que ajustarme a los peculiares criterios estéticos del arquitecto municipal y de la preceptiva ordenanza de urbanismo. Puede que nadie me obligue a llamar a mi hijo Sebastián, pero no me dejan rotular mi comercio en el idioma que a mí me dé la gana. Puede que no me obliguen a ver el partido del domingo en el bar, pero en cambio me prohíben comprar una cerveza en un súper pasadas las diez de la noche. Puede que no me fuercen a consumir los tomates de mi comarca, pero sí a subvencionar a todos y cada uno de los agricultores europeos.

No puedo decidir si en mi bar se fuma o no, si quiero publicar artículos de prostitución en el periódico, ponerme o no el cinturón de seguridad, llevar un pañuelo islámico en la cabeza, que mis hijos coman bollos en el colegio... La lista de prohibiciones sería interminable. Cada caso es diferente y merecería un comentario aparte, pero todos se caracterizan por lo mismo: un tipo cree que, por haber recibido un número determinado de votos, puede decidir lo que quiera sobre mi vida durante cuatro años.

Alexis de Tocqueville ya advirtió hace más de 150 años, en La democracia en América, de los peligros aparejados al gobierno de las mayorías. Lo que no se atreverían a hacer algunos tiranos por miedo a la reacción popular lo hacen algunos gobiernos democráticos esgrimiendo, además, la legitimidad que les han conferido las urnas, para así evitarse la contestación. Ya lo dijo Friedrich Hayek en Camino de servidumbre:

Dando al Estado poderes ilimitados, la norma más arbitraria puede legalizarse y una democracia puede establecer el más completo despotismo imaginable.

No creo que a los tres maestros aquí citados les gustaran mucho los toros. Pero, desde este modesto tendido liberal, pido voluntarios para sacarles a hombros. Por la Puerta Grande.

Economía paso a paso

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