Nosotros, los austriacos



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Curriculum Vitae


Born: May 8, 1899, Vienna, Austria (son of Dr. August von Hayek, Professor of Botany at the University of Vienna and Felicitas née Juraschek)

Education

1918-1921

Studies at University of Vienna

1921

Dr. jur., University of Vienna

1923

Dr. rer. pol, University of Vienna

March 1923 -
June 1924

Postgraduate work, New York University

 

Academic Appointments

1927-1931

Director, Österreichisches Institut für Konjunkturforschung (Austrian Institute for Trade Cycle Research)

1931-1950

Tooke Professor of Economic Science and Statistics, University of London (London School of Economics and Political Science)

1950-1962

Professor of Social and Moral Science, University of Chicago
(Committee on Social Thought)

1962-1968

Professor der Volkwirtschaftslehre, Albert- Ludwigs-Universität, Freiburg im Breisgau

At various dates, Visiting Professor at the Universities of Stanford, Arkansas, Virginia, California (Los Angeles), Cape Town and Salzburg

Honors and Fellowships

1944

Fellow, British Academy

1970

Korrespondierendes Mitglied der Österreichischen Akademie der Wissenschaften

1972

Honorary Fellow, London School of Economics

 

Honorary Degrees

1964

Dr. jur. h.c., Rikkyo University, Tokyo

1971

Ehrensenator der Universität Wien

1974

Dr. jur. h.c., Universität Salzburg

 

Others

1917-1918

War service, Austro-Hungarian Army (Italian Front)

1921-1926

Legal Consultant, Austrian government, for carrying out provisions of Peace Treaty




 

Books Published

Geldtheorie und Konjunkturtheorie, Wien, 1929, also in English as Monetary Theory and the Trade Cycle, London, 1933, as well as in Spanish and Japanese translations.

Prices and Production, London, 1931, also in German, Chinese, French and Japanese translations.

Monetary Nationalism and International Stability, London, 1937.

Profits, Interest, and Investment, London 1939.

The Pure Theory of Capital, London, 1940, also in Japanese and Spanish translations.

The Road to Serfdom, London and Chicago, 1944, also in Chinese, Danish, Dutch, French, German, Italian, Japanese, Norwegian, Portuguese, Spanish and Swedish translations.

Individualism and Economic Order, London and Chicago, 1949, also in German and an abridged Norwegian translation.

John Stuart Mill and Harriet Taylor, London and Chicago, 1951.

The Counter-Revolution of Science, Chicag,o 1952, also in German, Italian and an abridged French translation.

The Sensory Order, London and Chicago, 1952.

The Constitution of Liberty, London and Chicago, 1960, also in Spanish, German and Italian translations.

Studies in Philosophy, Politics, and Economics, London and Chicago, 1967.

Freiburger Studien, Tübingen 1969.

Law, Legislation and Liberty, vol. I, Rules and Order, London and Chicago, 1973.

 

Edited by F. A. Hayek

Beiträge zur Geldtheorie, Wien, 1931.

Collectivist Economic Planning, London, 1935, also in French and Italian translations.

Capitalism and the Historians, London and Chicago, 1954, also in Italian translation.

From Nobel Lectures, Economics 1969-1980, Editor Assar Lindbeck, World Scientific Publishing Co., Singapore, 1992

This CV was first published in the book series Les Prix Nobel. It was later edited and republished in Nobel Lectures. To cite this document, always state the source as shown above.



 

Friedrich August von Hayek died on March 23, 1992.

NOSOTROS, LOS AUSTRIACOS

Míster Libertarian

Por Juan Ramón Rallo



A diferencia de Hayek, el otro gran discípulo de Ludwig von Mises no fue austriaco, sino estadounidense. No fue un liberal clásico al uso, sino un convencido anarcocapitalista. No trató de hacer concesiones fusionistas con las corrientes económicas mayoritarias, sino que las atacó sin piedad. No tenía una mente dispersa en múltiples campos, sino sistemática y maestra en todos ellos. No creía en los cambios graduales sino que, como Lord Acton y Leon Trotski, abogaba por la "revolución permanente".

Murray Newton Rothbard es, sin duda alguna, el más representativo de la segunda generación de los discípulos de Mises. Si la primera –con Hayek, Machlup, Haberler o Morgenstern– se había fraguado en los círculos intelectuales de Viena durante la década de los 20, esta segunda se constituyó en Nueva York durante los años 50 y comprendió, aparte de a Rothbard, a otros eminentes académicos como Israel Kirzner, George Reisman, Hans Sennholz o Louis Spadaro.

Si en nuestra pequeña biografía de Mises ya tuvimos que advertir que unas pocas páginas no iban a hacer justicia a todas sus contribuciones económicas y en la de Hayek mencionamos la variedad de disciplinas a las que recurrió para justificar su teoría de los órdenes espontáneos, en el caso de Rothbard hay que empezar señalando que el estadounidense trató de dominar y de reformular un sinfín de materias: economía, ética, filosofía política, política, metodología, historia económica, historia del pensamiento económico o historia estadounidense fueron sólo algunos de los temas sobre los que escribió prolijamente.

Suele decirse que tal cantidad de escritos sólo pudo ser acometida por cuatro o cinco Rothbards distintos, especializados cada uno de ellos en un área del conocimiento concreta; aunque, todo hay que decirlo, la hipótesis de Walter Block, uno de los seguidores y amigos de Rothbard, parece más verosímil: el estadounidense era capaz de escribir a una media de ocho páginas por hora.

Aún así, lo cierto es que los dos grandes temas del pensamiento rothbardiano, de los cuales nacen por combinación todos los restantes, son la praxeología y la filosofía política.



Su teoría económica

El estadounidense, pese a sus diversos intereses, fue sobre todo un economista. Un excelente economista, diría yo –pese a que discrepo en varios asuntos fundamentales de su teoría monetaria–, distinguido en todo momento por su rigor y sistemática. Tengamos presente que Rothbard publica su gran tratado de economía, El hombre, la economía y el Estado, a la edad de 36 años. Lo que empezó como una guía académica para comprender la Acción Humana fue engordando hasta transformarse en un volumen de más de mil páginas que el propio Mises describió como "una contribución trascendental para la economía".



Como digo, si algo caracteriza a la teoría económica de Rothbard es su robótica sistemática y su extremo rigor metodológico. En cuanto a lo primero, cualquier lector de su tratado de economía comprobará lo cuidado y meticuloso del lenguaje de Rothbard frente al mucho más literario estilo de Mises. Si el austriaco sistematizó las ideas, el estadounidense se encargó de sistematizar los razonamientos. A la luz de Rothbard, el sistema miseano exhibe con enorme claridad toda su consistencia interna (entre las diversas partes de la teoría) y externa (con la realidad).

Precisamente, esta consistencia es la otra gran característica que impregna todo el libro: Rothbard no busca atajos en sus razonamientos, sino que les exige a todos ellos que pasen el test de ser compatibles con el resto de teoremas y con la realidad. Su rigor metodológico es extremo. El estadounidense tenía muy claro que, en contra de lo que proponían otros economistas como Milton Friedman, la función esencial de la economía no es la de predecir el futuro, sino la de explicar la realidad. Nunca soportó demasiado bien que la mayoría de economistas partieran de supuestos irreales con tal de convertirse en algo así como "buenos predictores".

Si los positivistas se escudaban en la extrema complejidad de los fenómenos que estudia la economía para defender sus irreales simplificaciones, Rothbard objetaba con razón que precisamente por esa complejidad, resultaba absurdo ir arrastrando errores en cada sucesivo razonamiento; construir sobre errores, simplificaciones e irrealidades sólo nos conduciría a desarrollar oscuras y abstractas modelizaciones con las que nos sería imposible comprender el complejo mundo en el que nos movemos y, por consiguiente, incluso realizar la más mínima predicción exitosa.

El realismo que exigía Rothbard a la teoría económica era exquisito y absoluto, dado que una premisa falsa podía arrastrarnos a conclusiones igualmente falsas, aun aplicando adecuadamente el razonamiento lógico. Sus reflexiones sobre el método de la economía se encuentran recopiladas en los dos volúmenes de La lógica de la acción y, más en particular, en su famoso artículo Hacia una reconstrucción de la utilidad y de la economía del bienestar.



Básicamente, Rothbard, a diferencia de Mises, parte de que la acción humana es un axioma de cuya verdad somos conscientes de manera empírica: los seres humanos sabemos que el actuar forma parte de nuestra naturaleza gracias a nuestra experiencia. Sobre este axioma y alguna otra hipótesis empírica auxiliar (la diversidad de recursos y habilidades en la sociedad humana) Rothbard, muy en línea con la Acción Humana, desarrolla toda la restante teoría económica pero respetando siempre ciertos límites: la economía y la ética son disciplinas distintas (si bien la primera puede influir en la segunda, pues no puede ser ético aquello que resulta imposible); la psicología y la economía estudian campos distintos pero complementarios (de ahí que, en realidad, la praxeología no necesite asumir un dualismo cuerpo-mente, ni siquiera en las versiones más relajadas del teatro cartesiano) y lo que le interesa a la economía no son estados mentales, sino las decisiones y preferencias que se materializan en la acción concreta (la preferencia demostrada); la utilidad es un fenómeno ordinal no cuantificable que se manifiesta en la acción y por tanto no pueden efectuarse comparaciones intersubjetivas de utilidad; la indiferencia es un fenómeno psíquico, no económico, pues al actuar se demuestra siempre que se prefiere una opción frente al resto.

Fijémonos en cómo algunas de estas limitaciones en pos del realismo restringen mucho el campo del intervencionismo estatal. Si no podemos realizar comparaciones intersubjetivas de utilidad, entonces no es posible afirmar en términos económicos que la redistribución de la renta mejora el bienestar general. O si nuestras preferencias sólo se materializan en la acción, entonces resulta imposible afirmar económicamente que un grupo de individuos quiere que se provea un bien que ni se ha provisto ni se va a proveer en ausencia de la intervención del Estado (bien público).



Por supuesto, seríamos muy ingenuos si creyéramos que los intervencionistas van a aceptar que sus teorías se han visto refutadas por un simple error de forma. La crítica económica a las redistribuciones de renta, a las externalidades o a los bienes públicos debe ir mucho más allá que a descartarlos de entrada por no tener encaje en una teoría económica realista y subjetivista. De hecho, muy probablemente incluso se podría hallar  ese encaje, pero la crítica de Rothbard sí revela dos cosas: que los intervencionistas han popularizado sus teorías sin que se hayan tenido que esforzar en pulir su realismo (lo que, a su vez, revela una agenda más política que económica) y que generalmente las violaciones del realismo preceden a violaciones de la ciencia y las violaciones de la ciencia a violaciones de la libertad.

Tan sólo esta traducción de la Acción Humana a un formato más sistemático y riguroso si cabe (tanto que en ocasiones se pierde parte de la profundidad analítica de Mises) ya convertiría a El hombre, la economía y el Estado en una excepcional y muy recomendable obra. Pero, además, Rothbard realiza dos novedosas y esenciales contribuciones a la economía que no estaban presentes en el libro de Mises: en concreto, sus teorías sobre el monopolio y sobre los límites del cálculo económico.

En cuanto a lo primero, Mises había admitido como posible, aunque muy improbable, la existencia de monopolios en un mercado libre. Su análisis no se diferenciaba en lo sustancial del neoclásico predominante (aunque sí en algún punto clave en torno a los costes sociales del monopolio). Rothbard, en cambio, completó la intuición hayekiana de que la competencia debe estudiarse no como un estado, sino como un proceso de rivalidad para lograr el favor de los consumidores. En este sentido, el estadounidense lanza por la borda la célebre distinción entre "precio de competencia" y "precio de monopolio", argumentando que en la realidad resultan indistinguibles bajo criterio alguno: el único precio que existe es el de mercado y a él debe restringirse la ciencia económica. Para Rothbard, el único monopolio que existe es el creado por el Estado (el propio Estado es un monopolio, de hecho) y todas las otras formas de organización empresarial son simples estrategias –incluyendo las fusiones o los tan denostados cárteles– que tratan de beneficiar en última instancia al consumidor.

Por otro lado, Rothbard complementa el teorema de la imposibilidad del socialismo de Mises al descubrir que el problema no es específico del comunismo, sino de todo sistema de organización económica donde los factores productivos carezcan de precios de mercado. En otras palabras, los empresarios tampoco serán del todo capaces de practicar el cálculo económico en el sistema capitalista si algunos factores productivos carecen de mercado y, por tanto, de precio (por ejemplo, un bien de capital muy específico desarrollado por una empresa para su uso interno).

Las implicaciones de este descubrimiento son múltiples, pero están muy relacionadas con el tamaño óptimo de las empresas: dado que cuanto más grandes sean las compañías, peor podrán redistribuir su capital, no es cierto que en el mercado exista una tendencia hacia el crecimiento ilimitado de las empresas (o el monopolio único, en lenguaje marxista). Los gestores de ese monopolio único privado se enfrentarían a problemas análogos a los de un comité de planificación central en el socialismo.



Del resto de la obra –aparte de la interesante ampliación que hace del libro Precios y Producción de Hayek, su clarificación del concepto de preferencia temporal de Böhm-Bawerk siguiendo al economista Frank Fetter, o su irregular teoría monetaria, mucho más cuantitativista de lo que él era consciente– destaca su despiadada crítica a todo tipo de intervencionismo económico en unos capítulos que originalmente fueron publicados como un libro aparte –Poder y mercado.

Rothbard no ataca aquí el intervencionismo por ser contrario a los derechos del ser humano, sino, en línea con Mises, por no ser capaz de resolver los problemas hacia los que supuestamente se dirige. Sin embargo, para el estadounidense, esta crítica utilitarista contra el estatismo no era suficiente. Al fin y al cabo, argumentaba Rothbard, el objetivo de las intervenciones del Estado no tiene por qué ser el declarado (por ejemplo, acabar con la carestía de un producto imponiendo un precio máximo a su venta), sino simple y llanamente acrecentar el poder de la clase política (objetivo éste que sí cumplían con bastante éxito). Tampoco le valía a Rothbard el argumento antirracionalista de Hayek según el cual debemos respetar las instituciones que emergen espontáneamente por contener éstas una cantidad de información que ningún ser humano individual es incapaz de procesar; al fin y al cabo, decía, en muchas ocasiones esta sumisión ciega a la costumbre y a la experiencia recibida podría convertirse en la dictadura del statu quo (¿habría que haber conservado la institución de la esclavitud?).


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