Nosotros, los austriacos


La L.O.U. cleavage de mi generación



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La L.O.U. cleavage de mi generación


Al estar sobre aviso de que era discípulo del Pr. Vilas comprendí que aunque ideológicamente no eran precisamente dos gotas de agua su magisterio era políticamente incorrecto y decidí no perderme ninguna clase.
Sin embargo, la promesa no se cumplió. La Facultad de Políticas estuvo en huelga más de dos meses para detener la aprobación de la L.O.U. Imbuido por el fervor revolucionario y la filmografía de Ken Loach participé activamente en varios comités universitarios –con un slogan muy leninista “Todo o poder para as asambléias”- que ahora, desde la distancia, me recuerdan al Movimiento del 15M pero sin perroflautismo y con una retórica más nacionalista o sencillamente con retórica. Mis amigos y yo vendríamos a ser, siguiendo la analogía de la Revolución Rusa, los Kerensky de la L.O.U., vaya, los blanditos, no militamos en ningún partido, no éramos nacionalistas –ni españolistas ni galleguistas-, así que nuestro rol era convertirnos na vangarda do estudantado, para algo estudiábamos políticas ¡coño! La L.O.U. fue nuestra internership como ingenieros sociales.

Apréciese la estrellita sobre la letra "i".

Pues bien, una noche, estábamos en la puerta del Gadis –mesetario lea aquí Supersol- un puñado de la intelectualidad más granada esperando a unos camaradas que ultimaban las compras para el botellón preceptivo. En la lontananza vimos cruzar la calle –Rúa Nova de Abaixo para quien no se haya situado todavía- al protagonista de nuestra historia, quien con velocidad de crucero se dirigía irremediablemente hacia nosotros. Él, decelerando pero sin llegar a detenerse, nos espetó “¡Qué! ¿De compras no Libre Mercado?” Nunca me han vuelto a llamar hipócrita con tanta gracia y mala leche.

Otra mañana, también en la Rúa Nova de Abaixo, que bien podría ser nuestro Sunset Boulevard, nos volvimos a encontrar con él y fuimos a tomarnos unos mencías al Raíces Galegas. Allí, entre cunca e cunca de viño fue tirando abajo nuestro esmalte de ingenieros sociales. De hecho, entre boutade y boutade me recetó “La Sociedad Abierta y sus Enemigos de Popper” y “El Arte de tener Razón de Schopenhauer”. Con el tiempo el libro de Popper se ha convertido en una de mis referencias y como buen pedante lo cito siempre que tengo ocasión pero el de Schopenhauer fue mucho más efectivo en el corto plazo. El librito era barato y corto pero lo suficiente para diseccionar todos los sofismas típicos en las asambleas y discusiones universitarias, fue un auténtico mazazo leer en menos de 100 páginas como se estructuraban y como se podían desmantelar los argumentos de los terroristas intelectuales entre los que me encontraba. Sin embargo fue una acción más mundana la que nos hizo recapacitar, al terminar la tertulia el Pr. Bastos pagó la cuenta de todos lo cual suscitó dos posiciones encontradas: “El cabrón este nos paga los vinos como los terratenientes en Novecento” o bien “Coño, con los profesores camaradas esto no pasa, es más tenemos que pagarle lo suyo”. Nuestro sueño mayo del ’68 se desvanecía cada vez que nos cruzábamos con el profesor.





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