Nosotros, los austriacos



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¿Qué es el friedmanismo?

Carlos Alberto Montaner1


De su obra se deduce la más sencilla y formidable definición de la libertad: ser libre es poder elegir sin interferencias ni coacciones externas.

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Milton Friedman nació en 1912, hace cien años, y los vivió casi todos. Murió en el 2006, a los 94, lúcido y combativo. Su centenario ha revivido la polémica en torno a su legado. En 1976 recibió el Premio Nobel de Economía. Lo suelen presentar como "el padre del neoliberalismo" o la cabeza de la Escuela de Chicago, pero fue mucho más que todo eso. De su obra se deduce la más sencilla y formidable definición de la libertad: ser libre es poder elegir sin interferencias ni coacciones externas.

En 1980 Friedman y su mujer, Rosa, filmaron una magnífica serie de televisión titulada Free to Choose. Fueron 10 memorables capítulos en los que el matrimonio examinó algunos casos exitosos, como el de Hong Kong, próspero debido a la libertad que tenían ahí los individuos para producir y vender, frente al fracaso de la India, entonces estancada por la planificación centralizada y en manos de los burócratas, aberración que los hindúes comenzaron a abandonar poco tiempo después.

De alguna manera, la mayor parte de los males económicos tenían el mismo origen: el Estado, un "ogro filantrópico" que, cuando pretendía ayudar, generaba ciudadanos indefensos incapaces de ganarse la vida, mientras los funcionarios dilapidaban enormes cantidades de recursos que se esfumaban en medio de la corrupción y la forja de estructuras clientelistas que lastraban y a veces imposibilitaban la creación de riquezas.

La historia de la lucha por la libertad es la historia de la conquista del derecho individual a decidir. Las personas fueron más dichosas y más ricas cuando pudieron elegir el dios al cual adoraban –o no adorar a ninguno–. Cuando pudieron trabajar, vestir, leer, escribir, casarse, divorciarse o militar libremente. Alcanzaron cierta felicidad cívica cuando dejaron de ser súbditos obedientes, se convirtieron en ciudadanos altivos y transformaron a los mandamases en temerosos servidores públicos.

Si existe el friedmanismo, éste consiste en tres ideas-fuerza fundamentales: la ardiente convicción de que nadie sabe mejor que nosotros mismos lo que deseamos y lo que nos conviene, la firme creencia en la libre competencia para perfeccionar gradualmente los bienes y servicios que adquirimos o producimos y la necesidad de que los individuos asuman responsablemente el control de sus vidas.

El friedmanismo, claro, tiene importantes consecuencias en el debate actual. De alguna manera está vinculado al creciente derecho del consumidor. El consumidor vota con su dinero y el Estado no debe imponerle productos que no desea, ni debe tener la prerrogativa de fijar los precios ni, mucho menos, como sucede en Argentina y en tantos países, criminalizar la tenencia de moneda extranjera.

Tampoco el Estado debe arrogarse el derecho a decidir qué sustancias puede utilizar la persona. Si un adulto, libremente, decide fumar marihuana, esnifar cocaína o inyectarse heroína, a sabiendas de que puede convertirse en un pobre adicto, ese estúpido comportamiento, nada recomendable, absolutamente pernicioso, forma parte del derecho sobre el propio cuerpo, y el Estado, humildemente, debe respetarlo, como debe admitir que cualquier persona en la plenitud de sus facultades mentales decida que ya no quiere seguir viviendo porque sufre demasiado. "Vivir –decía un famoso suicida español– es un derecho, no un deber".

El friedmanismo consiste, también, en creer que los vouchers son un método eficiente de estimular la competencia, pues sirven para que los padres seleccionen las mejores escuelas públicas para sus hijos, o la mejor institución sanitaria para el cuidado de la familia, lo que obliga a las éstas a mejorar la calidad de sus ofertas.

Hay mucho de sentido común en las propuestas de Friedman, pero también hay una enorme dosis de confirmación empírica. Los países más ricos y dichosos son aquellos en los que se combinan la libertad económica y la libertad política, y en los que el Estado no dirige la economía ni ejerce las tareas de los empresarios, limitándose a auxiliar la creatividad de los individuos aportando instituciones de derecho e infraestructuras materiales.

Milton Friedman lo dejó dicho es una frase clarísima: "Uno de los más grandes errores es juzgar los programas y políticas por sus intenciones, en vez de por sus resultados". Fue el más práctico de todos los teóricos. Y tuvo razón.



elblogdemontaner.com

Off Topic: De progre a libertario, Las recetas del Profesor Bastos


16/08/2012

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Detalle de mi cerebro en el año 2001, una odisea de progresía

En la última edición de la Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana el profesor Miguel Anxo Bastos Boubeta dispuso de una hora escasa para recomendar una lista de libros alejada lo más posible del mainstream -­abajo el video completo-.

Conocí al Pr. Bastos en la Facultad de Políticas en el Otoño del 2001 y como hoy me encuentro un poco nostálgico –o tontorrón­­­- me apetece escribir sobre la importancia de tener un mentor, en mi caso he tenido dos ha falta de uno pues antes de Bastos estuvo el maestro Vilas de quien el primero fue discípulo.



A finales del 2001 el Pr. Bastos impartía la asignatura de Políticas Públicas en la USC, en la primera sesión de España desveló su objetivo final “Nada máis que catro meses para que entendades que o capitalismo é bo e o socialismo é malo”. Tenía una forma peculiar de dar clase: paseaba constantemente por el aula, buscaba la participación continúa del alumno y sobre todo era –y sigue siendo- un auténtico especialista en boutades que provocaban la perplejidad y la risa floja a partes iguales. Como este no es lugar para recoger algunas de sus ya legendarias dereitadas animo a aquellos que nunca han estado a sus clases a que asistan a su magisterio ya sea en las facultades de Políticas o Periodismo en Santiago, en el Juan de Mariana o también en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Digo que este no el lugar correcto porque la fuerza de la ironía se perdería al no tener contexto ni estructura ya que maneja con gran habilidad los silencios y el tempo a la hora de soltar boutades. Siempre me ha parecido un arte muy difícil de dominar, no sin razón gran parte de la efectividad de los chistes de los Monty Python tienen que ver con la estructura lógica –que no predecible-, los silencios y el ritmo. Una muestra:
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