Normas de seducción Los polos opuestos se atraían



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Normas de seducción
Los polos opuestos se atraían...

Summer Farnsworth era una experta en romper reglas. ¿Cómo explicarse, entonces, su atracción hacia el señor Correcto, Jackson Taggart? Era arre­batadoramente atractivo, ¡pero con una camisa almidonada hasta el cuello! Sin embargo, tras unos cuantos besos apasionados, Summer se sintió ten­tada de acatar las reglas de la seducción, aunque sólo fuera por un par de días.

Jackson sabía que todo sería mucho más simple si sólo quisiera una aventura. Pero el desinhibido comportamiento de Summer lo había cautivado, y le harían falta más que unas pocas semanas para satisfacer su deseo. De modo que, armado con unas cuantas técnicas de seducción, Jackson empezó a convencer a Summer de que las chispas más ardientes brotaban en la atracción de los contrarios.

1
Que empiece la caza...
Los pechos botaban en todas direcciones en la pista de baile del Moulin Rouge. El club mas caliente y de moda de South Beach estaba atiborrado de mu­jeres vestidas con ropas que no habrían desentonado en la playa: blusas sin espalda, escotes profundos y suficiente lycra como para proveer al equipo de na­tación estadounidense durante toda una década.

A pesar de la impresionante exhibición de carne femenina, acentuada por las azuladas luces estrobos­cópicas, el abogado Jackson Taggart no buscaba pe­chos. Otros hombres podían entusiasmarse por los escotes y las piernas largas, pero en esa primera incur­sión que hacía en la decadente noche de Miami, des­pués de casi un año, Jackson tenía la mente fija en una cosa.

Esa noche vendería su alma por una mujer que tu­viese... la boca adecuada.

Esforzándose por olvidar el infierno en el que se había convertido su vida privada en las últimas sema­nas, observó a mujeres de diversos tipos y tamaños coquetear, bailar y saborear bebidas de colores bri­llantes en copas con el logotipo del Moulin Rouge: una chica bailando el cancán.

Tenía en mente una mujer que fuera distinta a todas las que había conocido. Un diosa en el dormi­torio, a quien no le importara nada su conocida fa­milia ni el escándalo en el que se encontraba en­vuelta.

Llamó la atención de una camarera morena, ves­tida con el uniforme de lencería de seda blanca. Iba a pedirle una cerveza, pero decidió que cazar a una diosa del dormitorio se merecía al menos una copa de buen whisky. Pidió la copa, deseoso de olvidar los altercados con la prensa, las discusiones familiares y la presión de su próxima entrada en la descarnada carrera electoral para conseguir un puesto en la asamblea legislativa estatal.

Maldijo para sí, se bebió el whisky de un trago y se concentró en su tarea: encontrar la boca correcta.

Escrutó a las mujeres. Encontró labios color rosa chicle: demasiado dulces para lo que tenía en mente y demasiado similares a los de su ex novia. Labios do­rados y brillantes: de una diva con aires de grandeza, que no le interesaba. Labios rojo fuego, de aspecto suficientemente salvaje, pero enmarcados en un ros­tro pálido y estrambótica ropa negra: una imagen de­masiado gótica.

Ninguna de esas bocas cuadraba con el tipo de mujer que necesitaba encontrar. Pero no tenía inten­ción de irse a casa de vacío, esa vez no.

Entonces los vio: un intenso y mate color bur­deos, ni demasiado rojo ni demasiado morado. Labios suaves y llenos que sugerían una intensa sensuali­dad. La ausencia de brillo ofrecía una boca besable y poco tímida.

Bingo.

Jackson dejó un billete en la barra para pagar su copa y siguió a la mujer que le había llamado la aten­ción.

Por lo poco que había visto de su rostro, le había parecido muy bonita. Pero también tenía la vaga im­presión de que era poco corriente. Quizá se debiera a la extraña mezcla de tejidos que formaba su ves­tido rosado de bajo irregular, o al rubio y rizado pelo de sirena, decorado con finas trenzas de color... rosa.

La alcanzó en la sala que había detrás de la barra: un salón decadente con reservados ocultos por cor­tinas. Allí se reunió con una mujer de pelo caoba y piernas larguísimas, vestida con un mono color gris acerado. Jackson no se molestó en mirar su boca, ya había encontrado la perfección.

Se acercó a ellas. Hablaban casi a gritos, para ha­cerse oír por encima de la música, y le fue imposible no escuchar su conversación.

-¿No ha habido suerte con la búsqueda de hom­bres? -preguntó la mujer de pelo caoba, que bebía algo de color verdoso.

La rubia negó con la cabeza y puso los ojos en blanco. Era tan expresiva como la otra hermética.

-Todos los tipos que he conocido aquí han sido demasiado atrevidos, demasiado obvios y ansiosos por conseguir su meta. No pido un romance de altos vuelos, Bri. Sólo me gustaría ver un poco de originali­dad en el acercamiento. Es decir, ¿dónde está...?

El ruido de una batidora en el bar apagó sus pala­bras. Jackson se inclinó hacia delante, curioso por sa­ber qué tenía que decir la mujer con los labios más perfectos del mundo sobre lo que la excitaba. Pero cuando la batidora calló, era la pelirroja quien ha­blaba.

-... pero claro, Aidan es todo originalidad.

El nombre llamó su atención y la cabeza le dio vueltas. El agente federal Aidan Maddock, amigo de Jackson y antiguo compañero de residencia en la universidad, acababa de comprometerse con una de las socias propietarias de Club Paraíso. Se preguntó si ésa sería la mujer. Mientras lo pensaba, la rubia tiró del brazo de su amiga.

-Ven. Tienes que venir a ver mi último palacio del placer. Te va a encantar.

¿Palacio del placer? A Jackson le habría ido bien una copa más, o dos, mientras se preguntaba qué te­nían esas dos fantásticas féminas en mente. Era ob­vio que las mujeres hablaban de cosas más intere­santes que la Bolsa y los resultados del fútbol cuando salían a los bares.

Con la determinación de no perder esos labios de vista, siguió a la pareja, que se alejaba riendo y susu­rrando. Las siguió cuando salían por la puerta trasera del club, que conectaba el Moulin Rouge con el ex­clusivo complejo hotelero. Con cuidado de mante­nerse a cierta distancia, Jackson observó a la rubia avanzar con un sugerente bamboleo de caderas por el amplio pasillo, decorado con cuadros de connota­ciones sexuales.

-Tiene toneladas de potencial erótico -le con­fió la diosa del dormitorio a su amiga, mientras esti­raba una especie de chal rojo transparente que lle­vaba sobre los hombros-. Aunque yo no llegue a utilizarla, creo que mucha otra gente se beneficiará de mi inventiva.

-No habrá látigos y cadenas, supongo -la alta pelirroja miró el enorme reloj que llevaba en la mu­ñeca. Jackson tragó saliva.

-Venga, Brianne, sabes que sólo permitimos ata­duras de terciopelo. Esto es mucho más refinado. Muy caliente, muy rojo. La habitación casi rezuma sexo.

Doblaron la esquina y Jackson fue incapaz de darse la vuelta. Más que nunca, deseaba probar los la­bios de una mujer que veía potencial erótico y sexo rezumando en algo tan mundano como una habita­ción. Se preguntó cuánto placer podría encontrar una mujer como ésa en un hombre.

La perspectiva ahogó por completo el noventa por ciento de las preocupaciones que lo habían es­tado agobiando durante el último mes. Esa noche buscaría lo que quería él, en vez de lo que querían los demás.

Aunque no era exactamente don Timorato, tam­poco había sido nunca un aventurero. Siempre había salido con mujeres del círculo social apropiado, con ambiciones similares a las suyas. Normalmente, no jugaba. Y nunca había buscado a una mujer sólo por el sexo.

Pero la rubia había picado su curiosidad. Necesi­taba descubrir una manera de conocerla que fuese.. lo que ella había dicho, original. Y no demasiado atrevida.

Se escondió tras una máquina dispensadora de aperitivos cuando las mujeres giraron una vez más. Asomó la cabeza y vio a su presa colocar un carrito del servicio de mantenimiento ante el umbral de una habitación, en la que entró con su amiga.

Por suerte, habían dejado la puerta abierta. Cada vez más convencido de que había encontrado a la mujer correcta, Jackson planeó su estrategia. Pensó que no le iría mal si, por una vez, utilizaba el poder de convicción que había hecho famosos a los Taggart para algo más que un alegato final en una sala de juicios o un discurso en la carrera electoral.

Si conseguía su propósito, convencería a la rubia para que lo ayudara a olvidar el desastre en el que se había convertido su vida últimamente. Durante unas horas o, si fuese posible, unos días. Tenía la sensación de haber encontrado a la diosa del sexo de sus sueños.

Sigilosamente, avanzó por el pasillo hacia el dor­mitorio. Miró por encima del carrito, lleno de toallas, jabones y cajas de pañuelos de papel, para echar otro vistazo a esa belleza.

Entonces descubrió a qué se refería al hablar de un palacio del placer. La habitación era un moderno y lujoso burdel de seda roja.
Summer Farnsworth subió la intensidad de las lu­ces del Burdel de las Chicas Malas y admiró su última creación.

-Oh, Dios mío, Summer, es fantástico -exclamó la experta en seguridad de Club Paraíso, Brianne Wol­cott, encaminándose hacia el sofá acolchado de ma­dera de cerezo-. Una fiesta visual.

-Todavía siento escalofríos al entrar aquí -Sum­mer se estiró, halagada por el comentario de su amiga. Como socia y coordinadora de ambientes del club, se tomaba muy en serio su trabajo. Había traba­jado como directora de actividades del club para los anteriores propietarios, uno de los cuales había sido el truhán de su ex novio.

Durante años, Club Paraíso había sido un negocio de éxito, orientado hacia parejas; hasta que los so­cios mayoritarios habían realizado un desfalco y huido con los fondos. Desde entonces, las mujeres que habían quedado atrás, una ex esposa, dos ex no­vias y, en el caso de Brianne, una ex hijastra, habían creado una nueva compañía. Sintiéndose bastante cí­nicas con respecto al amor, tras la huida del Hato de Ratas, las nuevas propietarias habían convertido el paraíso de las parejitas en un hedonista terreno de juegos para solteros y solteras.

Sin embargo, Brianne ya no se sentía tan cínica con respecto al amor. El guapo Aidan Maddock y ella habían encontrado la felicidad y, por lo visto, gran sa­tisfacción sexual, en los dos últimos meses. La alegría de su amiga hacía que Summer se sintiera aún más inquieta.

-Cuidado -advirtió Summer, al ver que Brianne pasaba la mano por la madera recién barnizada-. To­davía está pegajoso. Ya no huele tanto como esta tarde, pero es mejor dejar la puerta abierta para que la habitación se ventile.

Summer echó una ojeada a la puerta y al pasillo vacío, con la sensación de que alguien las había es­tado observando. Normalmente, tenía un sexto sen­tido muy desarrollado. Sabía cuándo sus padres se habían metido en líos con cualquiera que fuese la secta a la que se habían asociado ese mes. Sabía cuándo alguien le mentía.Y percibía si alguien la mi­raba a diez metros de distancia, pero esa última des­treza le estaba fallando.

Aunque sentía un cosquilleo en la nuca y se le ha­bía acelerado el corazón, en el umbral no había nin­gún atractivo desconocido dispuesto a saltar sobre ella. Era una auténtica pena.

Apartó los ojos de la puerta y se preguntó si un año de impulsos sexuales reprimidos justificaba su alucinación de que un desconocido la seguía. Pensó que también podía atribuir la fantasía a encontrarse en el Burdel de las Chicas Malas.

-Esta habitación es decididamente atrevida -la voz de Brianne devolvió a Summer a la realidad. Pasó un dedo por el lujoso terciopelo fruncido que tapi­zaba dos de las paredes-. Una fantasía total.

El intenso color burdeos del tejido se repetía en la cama y en el anticuado sofá. Las faldas de la cama y los almohadones eran de satén rojo ribeteado con encaje negro. Las lámparas eran de bronce con pan­tallas antiguas, bordadas con cuentas; en el techo ha­bía pequeñas lámparas de araña.

-Te dije que era un palacio del placer- Summer estiró el brazo para tocar uno de los prismas de cris­tal que colgaban de la lámpara más cercana a la en­trada.

Al igual que ocurría en varias habitaciones del ho­tel, la Suite Burdel estaba decorada con estatuas eró­ticas y litografías enmarcadas de una pareja asu­miendo diversas posiciones del Kama Sutra. Pero aun así, la habitación tenía un ambiente particular y único.

-Sí, ¿pero bautizarás esta habitación con tanto esmero como Aidan y yo bautizamos el Harén? - Brianne le guiñó un ojo y empezó a rebuscar en las bolsas de ropa que Summer había comprado como complemento para la suite de lujo.

Summer sintió una punzada de envidia al pensar en los placeres que Brianne y su nuevo prometido, Aidan Maddock, habían disfrutado en el club. Habían sido la primera pareja en disfrutar de la atmósfera sensual que Summer quería imprimir en todas las ha­bitaciones.

-La verdad, me gustaría utilizar esta habitación cuando esté libre, pero lo más probable es que ten­gamos multitud de reservas cuando la hayan utili­zado algunos clientes -Summer había vivido en el hotel durante el último año, pasando de habitación en habitación, dependiendo de la que había libre-. Carezco del hombre adecuado para bautizarla, pero si tuviera una oportunidad, ésta sería mi primera elec­ción.

Una parte optimista de sí misma tenía la esperanza de iniciar una relación real en esa etapa de su vida. A los veintiocho años, era la única mujer de su edad que conocía que nunca había tenido pareja a largo plazo.

Por supuesto, ese deseo de compromiso era in­compatible con el tipo de hombres que más la atraían: surfistas rebeldes y músicos de rock que vi­vían al límite. Era incapaz de entusiasmarse por los agentes de Bolsa, empresarios y abogados que plaga­ban la vida nocturna de South Beach.

-¿Quieres que te busque algo, Summer? Creo que sé cuál es tu tipo. Tipos poco convencionales que si­guen sus propias reglas, ¿no? -Brianne sacó un corsé de seda rosa de una de las bolsas y se lo pasó por la mejilla.

-¿Desde cuándo eres una mujer intuitiva, doña Tecnología? -preguntó Summer con sorpresa.

-Paseas por el club vestida con un corsé de época y trenzas rosas en el pelo. Créeme, la pura ló­gica me ha llevado a la conclusión de que te gustan los hombres poco convencionales.

-Un corsé tan fantástico como éste merece ser lucido -dejó caer el chal transparente que llevaba sobre los hombros y mostró el corsé de seda a aguas con el que había decidido quedarse.

Creyó oír un leve jadeo en el pasillo y se preguntó qué le pasaba esa noche. Seguía teniendo la sensa­ción de que alguien la observaba. Sabía perfecta­mente que Brianne había sacado las cámaras de seguridad de las habitaciones privadas, así que la sensa­ción debía de deberse a un exceso de hormonas o algo así.

-Creo que has entrado en el mundo de fantasía que creaste -dijo Brianne, tirando suavemente de una de las trenzas rosas-. ¿Te has dado cuenta de que tu corsé coordina perfectamente con la Suite Burdel?

-¿Esto te parece una fantasía? -Summer ajustó la cinta de seda que mantenía el corsé unido-. Esto no es nada comparado con las ideas que pondría en práctica si encontrase al hombre adecuado con el que bautizar esta habitación.

-¿Lo convertirías en tu esclavo sexual? -Brianne sacó unas ataduras de terciopelo de la bolsa y las agitó ante el rostro de Summer.

-Nada de eso.

-No tendrás fetichismo por los pies o alguna cosa rara, ¿verdad?

-Ehhh -Summer golpeó el hombro de Brianne con el extremo de una de las cintas de corsé-. Más bien me apetece ser totalmente dominada -hizo un gesto vago con la mano-. Ésa es la idea básica que hay tras un burdel, ¿no?, estar a total disposición de un hombre. No me malinterpretes; todas agradece­mos que el movimiento de liberación femenina nos haya dado poder para dirigir nuestra propia vida, pero a veces me gustaría dejar de lado ese síndrome de liberación y ser...

-¿Dominada? -Brianne se abanicó con la mano-. Bonita, ésa es, una fantasía interesante. ¿Dónde hay que firmar para probarla?

-No está incluida en la lista de actividades de Club Paraíso. Si lo estuviera, yo sería la primera en apun­tarme -Summer pensó que le iría muy bien algo de sexo para relajarse. Había dedicado un ciento diez por cien de sí misma al hotel, para conseguir un reportaje en la importante revista de viajes Wanderlust, ese otoño. El reportaje sería un golpe maestro, pero tam­bién dejaba públicamente su éxito, y el del complejo hotelero, en manos de su talento como decoradora.

Summer volvió a mirar la puerta; su sexto sentido seguía provocándole escalofríos. Aunque también era posible que el cosquilleo de su piel lo provocase pensar en su fantasía de seducción favorita.

-Yo sería la segunda -Brianne clavó los ojos en la pantalla en miniatura del ordenador que llevaba en la muñeca-. Pero, de momento, será mejor que revise los sistemas de seguridad y que todo va bien en el club.

Brianne hizo algunos comentarios más sobre la habitación y salió. Summer se quedó sola, organi­zando las exóticas prendas de ropa interior. Concen­trada, fue colgando los corsés y ligueros en perchas acolchadas, y guardándolas en el armario de madera de cerezo.

Pero la sensación de sentirse observada regresó. Se dio la vuelta y se dejó llevar por sus instintos, sin preocuparse por si era paranoia. Fue hacia la puerta, se inclinó sobre el carrito de mantenimiento y miró a ambos lados del pasillo. No había nadie.

Tuvo que admitir que estaba paranoica. Decidió volver a la habitación. Las cintas de satén del corsé se deslizaron sobre un montón de toallas limpias y una brillante caja plateada.

Volvió a mirar. Era un teléfono móvil. Estiró la mano hacia el objeto. Cuando sus dedos lo rozaron, empezó a vibrar. Sintió un estremecimiento que con­firmó que llevaba demasiado tiempo sin dar rienda suelta a sus impulsos sexuales.

El teléfono se movió por las toallas y empezó a sonar. Summer, que no era mujer que se limitara a ocu­parse de sus cosas, lo abrió.

-¿Hola? -contestó, mientras entraba a la habita­ción.

-Gracias por contestar -una voz masculina, suave y sensual, atravesó las ondas-. No localizo mi teléfono móvil, así que decidí llamar y ver qué pa­saba.

Había encendido la libido de una mujer solitaria con un teléfono vibrador. Una estrategia inteligente.

-Por lo visto, lo dejaste en un carrito de manteni­miento -echó una ojeada al carro y se preguntó qué aspecto tendría el hombre poseedor de esa voz tan fantástica-. Entre los jabones franceses y la crema de manos con olor a lavanda.

-De todos los lugares posibles de un hotel exó­tico, acabo en el carrito de los jabones.

-La verdad es que el carrito de mantenimiento estaba en el umbral del Burdel de las Chicas Malas. Eso es bastante exótico -ella sonrió internamente; hacía mucho que no coqueteaba con un hombre.

-Eso suena mucho mejor. No sé cómo acabó allí mi teléfono, pero estuve paseando un rato por el complejo antes de ir al bar. Soy Jackson, por cierto. ¿Te importaría que fuese a recoger el teléfono?

Ella revisó mentalmente por qué no seria buena idea. Debería encontrarse con él en un sitio público, como recepción, por si fuese un asesino en serie. Pero también podía pedirle a Brianne que estuviera pendiente de ella.

-Claro que no. Soy Summer Farnsworth y el telé­fono estará conmigo en la Suite Burdel -no podía evitar que la chica mala que llevaba en su interior re­surgiese de vez en cuando-. Es en el piso principal, del lado del océano.

-Voy para allá -él colgó y ella cerró el teléfono.

Tras un momento de duda, volvió a abrirlo y llamó a Brianne para pedirle que la vigilara esa noche. La experiencia que su amiga había tenido con un acosa­dor había inculcado cautela a las socias de Club Pa­raíso.

Después, Summer se sintió menos paranoica. De hecho, estaba anhelante. Sospechaba que estaba a punto de conocer al dueño de los ojos que la habían observado. Toda su intuición acuariana se lo decía. Pero eso, en vez de asustarla, incrementaba su excita­ción.

Ese hombre, Jackson, había hecho algo muy especial para encontrarse con ella. Había utilizado un me­dio muy poco tradicional para llamar su atención. Quizá fuera uno de esos rebeldes tan sexys que siem­pre la atraían. A pesar de que intentaba superar sus impulsos juveniles, no podía negar que un devaneo rápido y caliente con un misterioso desconocido po­dría curar su inquietud.

Mientras buscaba un lápiz de labios en su bolso de cuentas de época, Summer decidió atacar a su vi­sitante si tenía algún tatuaje. Lo atacaría dos veces si tenía un tatuaje y un pendiente.

Sólo le quedaba una cosa por decidir: si la Dama del Burdel lo recibiría con las cintas del corsé atadas o sueltas.
2
Mientras acechas a la presa, vístete para matar
Jackson se estiró la corbata ante la puerta. En la pared, un trozo de mármol color crema indicaba que la habitación se llamaba Suite Burdel. El carrito de mantenimiento de habitaciones seguía sujetando la puerta, así que se detuvo un momento para centrar sus pensamientos. En el interior, sonaba una melodía de blues. Empezó a abotonarse la chaqueta y des­pués, pensándolo mejor, decidió dejarla abierta.
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