No hay padres perfectos



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NO HAY PADRES PERFECTOS 







Bruno Bettelheim
Grijalbo, Barcelona, 1989
Nº de páginas: 496

Resumen y traducción: María de la Válgoma

 

COMENTARIO

 No cabe duda que nos hallamos ante un libro importante, no solo porque el autor está considerado como el psicólogo infantil más importante de nuestro tiempo -al menos lo era a finales del pasado siglo, cuando el libro fue escrito-  sino por el objetivo del libro y por la multiplicidad de temas que estudia. No hay que perder de vista que lleva como subtítulo "El arte de educar a los hijos sin angustias ni complejos". Pero hay que tener en cuenta que Bettelheim es psicoanalista, y esta condición está presente en todo el libro. Así cuando dice que la fascinación que en los niños suele ejercer el rebuscar en el monedero de su madre, "está relacionada inconscientemente con la curiosidad que en ellos despierta lo que puede estar escondido en la vagina" de la madre. (p.318). Si se le quita esta "cáscara psicoanalítica" el libro tiene muchas cosas positivas, como su concepción de la educación, "una experiencia apasionante, creativa, un arte, más que una ciencia", que implica muy exigentemente a los padres, pero para la que no se necesita reglas complicadas, sino flexibilidad, paciencia y sensatez. Darles seguridad, disfrutar con sus logros, fomentar la autonomía, hará, sin duda más felices a padres e hijos. A veces incurre en contradicciones, como cuando recomienda no castigar al hijo, ni siquiera aunque sea justo y lo merezca, porque "cualquier castigo nos pone en contra de la persona que nos lo inflinge", pero opina que es mejor "retirar el amor temporalmente al niño", cuando, a nuestro juicio esto sí que le puede generar inseguridad. Es muy interesante la importancia que le da al juego del niño, y la necesidad que tiene del mismo para su pleno desarrollo, así como a determinadas celebraciones, sobre todo la del cumpleaños.

 Puede tener conexiones con "Aprender a vivir", sobre todo en lo referente al cap. 2 (La aventura de crecer) y al 5 (Los recursos sociales).

INDICE
PARTE 1: Padres e hijos

Padres e hijos

CAPITULO 1. A modo de introducción: la importancia de las primeras experiencias

Según el autor el propósito del libro es facilitar la tarea de ser un padre o una madre aceptable, lo que es necesario para criar bien a un hijo. No se necesita que el hijo sea exitoso a los ojos de todos, pero sí que él se sienta contento con la educación recibida y que en conjunto se alegre de ser como es y sea capaz de afrontar todas las dificultades que encuentre en la vida. Las buenas relaciones entre padres e hijos facilitan las relaciones posteriores y ser exigente y esforzado con el trabajo. BB, asegura que hay diferencias psicológicas significativas entre la crianza de los hijos propios y la de los ajenos, aunque se les dedique tanto cariño a unos como a otros. Las relaciones entre padres e hijos son herencia de una historia larga y complicada. El libro se basa en la extensa experiencia del autor -este libro lo escribe con más de 80 años- tanto como padre como psicoanalista, y se basa en lo que comprobó que era la forma más eficaz de ayudar a otras personas a educar a sus hijos, induciéndolas a adquirir ideas y actitudes que no solo fueran buenas para sus hijos sino también para ellos mismos. No se puede entender a los hijos sin entenderse a sí mismo antes. Autoexplorarse es el modo para poder entender al niño. Hace hincapié en que hay que educar a los hijos pensando siempre por cuenta propia y no guiándose por las opiniones ajenas. Hace una crítica del conductismo, representado por Jul. Guasón, según el cual la mente del niño al nacer es como una tabula rasa donde padres y educadores pueden grabar lo que quieran y que el destino de un niño depende totalmente de cómo se le críe en la infancia. Ha sido la escuela dominante en EEUU durante la segunda mitad del s. XX. Compitiendo con el conductismo estuvo la psicología freudiana, que recalca la importancia genética, y afirma que el hombre siempre se verá acosado por los conflictos internos fruto de la discrepancia entre lo que es por naturaleza y lo que desea ser o lo que sus padres o educadores quieren que sea. En realidad la importancia de las primeras experiencias estriba en que preparan el escenario para todo lo que vendrá más adelante, y cuanto más precoces sean las experiencias, más fuerte será su influencia. La ansiedad y preocupación de los padres por lo determinante de estas experiencias tempranas hace daño tanto a los padres como a los hijos. Pero para ser un padre o una madre aceptable hay que sentirse seguro en la paternidad y en la relación con el hijo. Educar a los niños es una empresa creativa, un arte, más que una ciencia.


Padres e hijos

CAPITULO 2. ¿Consejos de experto o experiencia interior?

Tanto el conductismo como la trivialización de las teorías de Freud han contribuido a fomentar la idea de que basta seguir ciertas instrucciones pormenorizadas para obtener automáticamente ciertos resultados. Además en nuestra sociedad existe la idea de que solo hay una manera correcta de hacer algo y que todas las demás son erróneas. Esta forma de pensar es la que empuja a los padres a recurrir a manuales que les dicen como rendirán mejor en su condición de padres, cuando el problema no es como rendir bien, sino como ser unos buenos padres. Por medio de su propia conducta y de los valores que guían su existencia, los padres deberían proporcionar un norte a sus hijos. Deben quitarse la idea de que hay métodos que si se aplican tendrán las consecuencias o resultados previsibles. Y es difícil leer consejos sobre como comportarse con los hijos sin experimentar fuertes reacciones personales que obstaculizan la comprensión. A menudo, los padres tienen la impresión, de que no solo sus valores, sino su misma forma de vida se ven desafiados y puestos en entredicho por sus hijos, en torno a los cuales, para empezar, han edificado gran parte de sus vidas. Para Bettelheim solo reconociendo nuestro inconsciente podremos entender nuestra conducta hacia nuestros hijos, en determinadas ocasiones, guiadas por fuertes emociones, como identificaciones egoístas, el deseo de mostrar nuestra superioridad e incluso, los celos. Nuestra comprensión hacia los hijos surge de dentro y de nuestro esfuerzo por buscar una solución que se ajuste a nuestra propia personalidad y a la de nuestro hijo. Lo único que puede hacer un libro es abordar algunos problemas globales de la educación.


Padres e hijos

CAPITULO 3. ¿Padres o extraños?

Partiendo del conocido dicho del juez Holmes de que "las proposiciones generales no deciden casos especiales", el autor insiste en que la única vía para el acercamiento a sus hijos por parte de los padres, es partiendo de su propia experiencia cuando eran niños. La intervención de un extraño destruye la espontaneidad al hacer frente al problema y la satisfacción de encontrar un método propio para defenderlo. Cuando se alude a la norma, o a lo que es normal -es normal que un adolescente sea rebelde- eso no ofrece ningún consuelo, porque para nosotros nuestro hijo nunca es normal, sino alguien muy especial del mismo modo que no queremos ser para ellos un padre o una madre "corrientes", como cualquier otro. Darse cuenta de que lo que hace el chico es normal para su edad lleva, en el mejor de los casos, a una aceptación resignada de su conducta. Pero la comprensión salida de nuestros propios recuerdos tiende un puente sobre el abismo que nos separa del hijo y forja un fuerte vínculo emotivo entre él y nosotros. La creencia de que puede haber reglas para tratar a nuestro hijo es perjudicial para una actitud de comprensión empática, que solo puede nacer de nuestras propias experiencias, que para nosotros son tan únicas como las de nuestro hijo lo son para él. Bettelheim está tan en contra de las normas que llega a decir: "Seguir las reglas acaba por alejar a los padres de los hijos". Las reglas son enemigas de la espontaneidad y de los sentimientos positivos. Cosifican y mecanizan la relación más personal y humana, la que tenemos con nuestros hijos. La seguridad es una actitud de los padres que se transmite a los hijos incluso en caso de guerras o catástrofes. Y lo mismo ocurre con la ansiedad y el miedo, especialmente traumáticos para los niños de corta edad. Su seguridad y consuelo proceden únicamente de sus padres. Su estimación de la realidad se basa en las señales que reciben de sus padres. Los consejos de los expertos no ayudarán a los padres si éstos carecen de las experiencias internas apropiadas. La apropiada experiencia interna en cambio, revelará lo superficiales e impersonales que son los consejos, incluso los mejores, cuando se aplican a una situación compleja cuyo origen sean sentimientos personalísimos. Por eso dice que con este libro no desea ofrecer "consejos de experto", sino estimular al lector a investigar sentimientos propios que intervengan en los problemas relacionados con la crianza de los hijos.


Padres e hijos

CAPITULO 4. Sus razones y las nuestras

La meta de la educación de nuestro hijo es permitirle descubrir quien quiere ser y luego sentirse satisfecho de sí mismo y de su forma de vivir. Cuando sea mayor, debe ser capaz de hacer en la vida lo que le parece importante, deseable y digno de hacerse; entablar con otras personas relaciones satisfactorias y mutuamente enriquecedoras. ¿Cuáles son los pasos importantes en el crecimiento del niño? Algunos dicen que la lactancia, el destete, el aprendizaje de la limpieza, otros dan importancia a la manera de hablar y de jugar con el niño, de bañarlo y acostarlo. Para algunos lo más significativo es la respuesta de los padres a las ansiedades y los problemas del niño y como les enseña a afrontarlos. Lo que el padre o la madre hacen, orienta al niño sobre el significado de lo que está sucediendo. Nuestra evaluación sobre la importancia de un acontecimiento puede estar en total desacuerdo con la de nuestro hijo. Los padres aceptables se esfuerzan por evaluar y responder a las cuestiones tanto desde su punto de vista como de el del niño, y entienden que el niño, debido a su edad, no puede entender más que su propio punto de vista. Por regla general, los padres no se percatan de que sus razones y conducta tienen, a ojos del niño, tan poco sentido como las de éste lo tiene para ellos. Se puede obligar al niño a que actúe como nosotros queremos, pero obligarle a actuar en contra de lo que cree es una experiencia muy desagradable, y debilitadora, aunque el resultado sea bueno. Hay que prestar atención a lo que el niño quiere, a lo que espera conseguir, porque así se esforzará en conseguirlo (será lo que él quiere y no nuestras metas). El mismo fenómeno puede tener muy distinto significado para nuestros hijos que para nosotros. El esfuerzo por comprender, por experimentar lo mismo que el niño, suele tener un efecto secundario muy valioso: nos hace recordar incidentes similares de nuestra infancia que habíamos olvidado, lo que puede llevarnos a resolver problemas propios. En la medida en que lo consigamos, nosotros y el niño nos acercaremos más desde el punto de vista de las emociones y seremos capaces de conocer y apreciar a nuestros hijos como lo que son: niños.


Padres e hijos

CAPITULO 5. El rendimiento escolar: un asunto decisivo

El trabajo escolar, que suele ser motivo de desavenencias entre padres e hijos, es otro ejemplo de cómo sus diferencias de perspectiva pueden convertirse en un obstáculo entre ellos. A los padres les preocupa el futuro, pero un niño no comprende el futuro, solo lo que sucede en el presente. Sin embargo el interés de los padres por su aprendizaje es de importancia primordial para el éxito escolar de la mayoría de los niños. El ingrediente esencial del éxito en la escuela es una relación positiva con los padres y con la participación de éstos en cuestiones intelectuales. El niño que hace un buen papel en la escuela recibe muchas recompensas; sus padres están contentos con él, sus maetros lo alaban, saca buenas notas. Si un chico fracasa en la escuela tiene que haber razones muy poderosas para ese fracaso. Siempre que emociones profundas o sentimientos complejos nos empujan a actuar, es probable que intervengan motivos inconscientes, de los que no nos damos cuenta. Y lo que ocurre en el inconsciente del padre o la madre influye mucho en el niño. Todas las situaciones entre padres e hijos están cargadas de sentimientos. Los niños sienten con frecuencia que sus padres se interesan más por sus estudios que por ellos mimos como personas. Eso les puede llevar a rechazar el trabajo escolar, e incluso a la "fobia escolar". Según Freud, la neurosis compulsiva, el deseo hostil e inconsciente de desafiar a los padres, ha suplantado a la tendencia erótica original, que el niño cree frustrada y rechazada, por la insistencia de los padres en el rendimiento. Solo cuando se siente seguro de la aprobación de los padres puede soportar las críticas. El peligro es destruir la confianza del niño en sí mismo. A su vez los padres tienen que tener la confianza interna de que su hijo hará un buen papel en la vida. Eric Erikson ha dicho que la presencia o ausencia de esta confianza determina lo que será la vida futura del individuo.


Padres e hijos

CAPITULO 6. Nuestra común humanidad

Tras examinar el caso de un niño que se pone a gritar, en principio sin motivo, el autor nos dice que el padre o la madre alejados de nuestro terror no está con nosotros, se queda fuera de la experiencia. Pero los padres que expresan empatía por nuestro terror demuestran que lo consideran legítimo y real, da la impresión de que saben de que están hablando. Si respondemos al estado emotivo de nuestro hijo, en lugar de a nuestra valoración objetiva de las cosas, aliviar el dolor del niño será lo más importante. Una compresión empática, unida a recuerdos sacados de nuestra propia vida, hace posible la aceptación interna de la conducta del niño. Aquí la comprensión intelectual no basta. Tenemos que abrirnos a nuestros propios sentimientos y recuerdos de experiencias paralelas en la infancia, a fin de encontrar experiencias válidas sobre lo que debemos hacer para aliviar al niño. Si somos auténticamente humanos cualquier cosa que piense o haga otro ser humano podría comprenderse, pero con muchísima más razón si se trata de nuestro hijo.


Padres e hijos

CAPITULO 7. La pregunta "¿por qué?"

Tras el título del capítulo el autor ha puesto una cita de S. Johnson: "Preguntar no es el modo de conversación entre caballeros". BB. relata un hecho personal que le sucedió siendo un ejemplar alumno de un estricto colegio austriaco de finales del XIX, cuando, no pudiendo soportar a un mal profesor, abandonó su habitualmente impecable conducta para levantarse y, ayudado por sus compañeros, empujar a aquel sujeto fuera de la clase. Quedó aterrado de las posibles consecuencias, pero el director, un hombre frío y estricto, le impuso un castigo leve, dijo que eso no habría ocurrido de haber sido el profesor de otro modo, y nunca le preguntó las razones por las que había actuado de una manera tan insólita. Bettelheim niño no las sabía, y, según cuenta, tardó 30 años en saberlas, y eso con la ayuda del psicoanálisis. Piensa que la pregunta "¿por qué?", no debe hacerse a un niño, porque casi nunca es una pregunta inocente, suele subyacer una objeción o un reproche, pero es que, además, el niño suele ignorar el porqué de casi todo, incluido el de sus propios actos. Preguntándole, a veces, le incitamos a mentir, o a decir lo primero que se le ocurre, solo para poder dar una respuesta. Según B.B. "debemos sopesar en nuestra propia mente cuales pueden haber sido los motivos del niño y así comprenderemos las razones de su conducta, lo que le ha llevado a ella, los propósitos que ha cumplido". Podemos aprobar los motivos del niño y al mismo tiempo tener que impedirle que prosiga en su conducta.


Padres e hijos

CAPITULO 8. Sobre la empatia

La empatía, tan importante para que un adulto comprenda a un niño, exige que a la otra persona se le considere como un igual, no en conocimientos, madurez o experiencia, pero sí en cuanto a sentimientos. El intento de ponernos en el lugar de otro, que requiere la empatía, debe hacerse desde dentro, no como si fuéramos un observador externo. Freud habló de la empatía que existe entre el inconsciente de una persona y el de otra y sugirió que solo a través de nuestro propio inconsciente podemos comprender el ajeno. Distanciarse de los sentimientos que te consumen, ir más allá y llegar a sus orígenes resulta difícil incluso para muchas personas maduras. La perspectiva del adulto difiere mucho de la del niño, por lo que suele ser difícil saber como llega a sus decisiones. Cuando estamos enfadados le exigimos una explicación que es ya, en sí, una crítica. Entonces es incapaz de responder serenamente a nuestra pregunta y puede aturullarse hasta tal extremo, que ya no está seguro de cuales eran sus intenciones. Nuestra actitud crítica le hace reaccionar con una actitud de resistencia o con un "no sé", vivido como una declaración de incompetencia, por lo que al niño le molesta tener que pronunciarla.

Si queremos que el niño no nos dé una respuesta adulterada deberemos asegurarle que respetaremos su respuesta. Pero la mayoría de los niños saben por experiencia que rara vez les pedimos explicaciones de una conducta que aprobamos por completo (es raro que le preguntemos ¿Por qué estuviste hoy tan simpático con tu hermano? O ¿por qué has ordenado tan bien el cuarto?). El niño sabe que una pregunta suele entrañar desaprobación. Suele actuar por impulsos que todavía no es capaz de dominar y que, en la mayoría de los casos, desconoce. Hay que esperar que se le pase el enfado para poder razonarle.
Padres e hijos

CAPITULO 9. Acerca de la disciplina

Tras explicar que el término disciplina está desprestigiado, y recoger las variadas acepciones que del mismo nos dan los diccionarios elige la de "instrucción". Habla de los discípulos de Jesús, para poder decir que la mejor forma, y probablemente la única de convertirse en una persona disciplinada consiste en seguir el ejemplo de alguien a quien se admire, en lugar de ser instruido verbalmente, lo cual, en el mejor de los casos, solo puede ser una parte del proceso. A los padres corresponde aprovechar la necesidad de apego que siente el niño para promover el autodominio. Responden con más facilidad si notan el compromiso emotivo de sus padres. La pérdida del autodominio de los padres es lo que más impresiona a los hijos. La enseñanza del autodominio exige mucha paciencia por parte del enseñante. La adquisición de autodisciplina es un proceso continuo pero lento, que entraña muchos pasos cortos y muchos pasos hacia atrás. La mayor impresión que los padres hacen en un niño es cuando actúan con naturalidad, sin prestar atención al efecto de su conducta. El ejemplo de dignidad, del respeto a uno mismo, es tan convincente que el niño querrá imitar a sus padres. Siempre que una madre o un padre predique lo que no practica, la lección no producirá efecto. BB estudia las distintas maneras que tiene la madre americana frente a una madre japonesa. Ésta última se abstiene por completo de decirle al niño lo que debe hacer, pero le planteará preguntas que le hagan reflexionar como -si corría por el supermercado- "Que crees tú que piensa le tendero cuando te ve?" o "¿Cómo crees que me siento yo?". Los norteamericanos tienen prisa, eso forma parte de su cultura, pero el autodominio exige tiempo. La verdadera autodisciplina se basa en el respeto por nosotros mismos.


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CAPITULO 10. Por qué el castigo no da resultado

Hay una gran diferencia entre adquirir disciplina mediante la identificación con las personas que se admira o que te la impongan, a veces dolorosamente. Es probable que imponerle disciplina a un niño resulta contraproducente para lo que desean conseguir los padres, dice Bettelheim. Lo que los niños aprenden del castigo es que la fuerza es la razón. Cuando sean mayores buscarán la revancha y actuarán de un modo que les disguste. Cualquier castigo -corporal o emotivo- nos pone en contra de la persona que nos lo inflinge. Las heridas de los sentimientos pueden durar más que el dolor físico. Es mejor decirle al niño que no se habría portado mal de haber sabido que lo que hacia no está bien. Si le decimos que su intención no era mala, este enfoque positivo hará que le resulte más fácil escucharnos con imparcialidad. La buena opinión que tenemos de él le hará querer conservarla, aunque para ello tenga que renunciar a algo que le gustaría hacer. La única disciplina eficaz es la autodisciplina, que responde al deseo interno de actuar correctamente a fin de quedar bien ante uno mismo, de acuerdo con tus propios valores. La autodisciplina se basa en valores que hemos interiorizado porque queríamos, admirábamos o deseábamos imitar a personas que vivían de conformidad con ellos y de esta forma esperamos que nos estimen estas personas significativas. Por eso la meta de los padres debería ser incrementar el respeto propio del hijo para que sea tan fuerte que le impida obrar mal. Cuando está haciendo algo, lo que sea, un niño piensa que ese algo es correcto, aunque se engañe al hacer la evaluación y nosotros cuando le corrijamos deberemos decírselo. Tenemos que tener presente que cuando estamos enfadados no razonamos muy bien. A veces tememos sobre todo por el futuro del niño -si, p.ej. roba una galleta tememos que continúe con tal actitud y acabe siendo un criminal-. El niño sabe que ha hecho mal y está dispuesto a aceptarlo, pero solo por lo que ha hecho ahora. "Entonces, ¿nunca hay que castigar a un niño?", se pregunta. Y dice: "Mi propósito principal no es hablar del castigo per se como medio de inculcar moralidad, sino analizar las condiciones que infunden en un niño el deseo de ser una persona moral, bien disciplinada". Y afirma "castigar al hijo es siempre indeseable, y esto pese a que permite descargar tanto la ira como la culpa". Unos padres que, después de castigar al hijo, no sienten un poco de mala conciencia -tanto si creen que el castigo era necesario como no- ¿son unos pares aceptables? (Bettelheim hace referencia siempre a padres aceptables, ya que perfectos no se puede ser). Sentirse culpables por haber cometido una mala acción y sentir el dolor del remordimiento son medios de disuasión mejores y más duraderos que el temor al castigo. El castigo es siempre una experiencia muy traumática y pone en peligro la creencia del niño en la buena voluntad de los padres. Causa resentimiento en el niño y le provoca indignación. Es siempre un error castigar a un niño, porque aunque se crea merecedor del castigo piense que se le trata injustamente. Deja de ver a los padres como protectores. ¿Qué han de hacer los padres para impedir que el hijo se porte mal? Idealmente, bastaría con hacerle saber que les ha decepcionado, pero dudo que esto de siempre resultado". Y continua: "Cuando nuestras palabras no sean suficientes entonces la amenaza de un debilitamiento limitado y temporal de nuestro amor" es el único método que logra hacerle obedecer, ya que si no, no podremos quererle tanto como él y nosotros deseamos. No amamos a nadie de manera incondicional, y el niño debe conocer que la pérdida de afecto es un peligro real. La manera de conseguirlo es apartar al niño de nuestra presencia durante un breve espacio de tiempo. La amenaza del abandono le hará reaccionar. Esto no es un castigo, aunque el niño lo tome como tal, sino "solo una manifestación de sentimientos". Los elogios-símbolo de un incremento de nuestro amor y nuestro afecto- y la retirada temporal del afecto, son las dos mejores maneras de influir en la formación de la personalidad de un niño.
Padres e hijos

CAPITULO 11. Explorando la infancia cuando ya se es adulto

 Entre las experiencias más valiosas pero menos apreciadas que puede proporcionar la condición de padres son las de explorar, revivir y  resolver los problemas de la propia infancia en el contexto de las relaciones con el hijo. Los sentimientos ambivalentes-bienestar-malestar- de nuestras primeras experiencias son el origen de la naturaleza ambivalente de todas las emociones intensas a lo largo de toda nuestra vida. Así debemos aceptar los sentimientos ambivalentes de nuestros hijos hacia nosotros. Cuando menos reprimidos estén más accesibles serán al escrutinio racional y al cambio. La mayoría de nosotros nos damos cuenta de que hemos hecho nuestras muchas de las cosas positivas de nuestros padres, pero no de que también hemos interiorizado los aspectos negativos de su actitud ante nosotros. Por eso nos sorprendemos cuando reprendemos a nuestros hijos utilizando las mismas palabras, e incluso el mismo tono que emplearon nuestros padres con nosotros. Sin embargo, cuando nos expresamos cariñosamente no ocurre lo mismo, y lo hacemos con nuestra propia voz y términos, ya que al ser una identificación positiva no se quedó encerrada en el inconsciente, como ocurrió con la negativa, y por eso pudimos establecer cambios. Esto demuestra que tendemos a proyectar sobre nuestros hijos los conflictos que no hemos resuelto. Y lo mismo ocurre  en lo relativo a los sueños. Una causa importante de las pesadillas de los niños es su superego en desarrollo, que trata de castigarles por sus tendencias "inaceptables", cuando no "pecaminosas", generalmente  sexuales o de rebelarse contra la autoridad de padres o hermanos. Tenerlo en cuenta nos ayudará a tratar las pesadillas del niño con mayor respeto. Cuantas más cosas comprendamos de nuestras propias pesadillas mejor podremos ayudar a nuestros hijos, lo que nos hará vivir experiencias significativas por medio de lo que estamos experimentando juntos, y habrá un agradecimiento mutuo.


Padres e hijos

CAPITULO 12. Informar a los hijos del pasado de sus padres

Los hijos suelen tener curiosidad por nuestra vida antes de que nacieran ellos y a la mayoría nos gusta hablarles de nosotros mismos. Queremos que nos conozcan mejor y ellos desean lo mismo. Pero con frecuencia intervienen sentimientos más complejos y los resultados pueden ser muy distintos a los que se deseaba. B. pone por ejemplo extremo el de los supervivientes del holocausto que por una serie de explicables razones silencian a sus hijos tan terrible experiencia, lo cual producirá en el hijo el sentimiento negativo de exclusión, alineación e inferioridad. Y hablar a los hijos de un hecho de tal envergadura también puede producir consecuencias negativas. Conocer el sufrimiento extremo de los padres puede darle un exceso de culpabilidad cuando se porte mal, o cuando quiera -sin poder- compensarles por tanta desdicha. O que inconscientemente los padres tengan celos de la vida fácil de sus hijos, cosa que captarán los niños que son más sensibles al inconsciente paterno que a un pasado que desconocen por sí mismos. Ante esta especie de callejón sin salida BB concluye: "¿Estoy dando a entender que hablarle del pasado a un niño resulta siempre contraproducente? Al igual que las medicinas fuertes, todas las situaciones que llevan una gran carga emotiva pueden curar o hacer daño. Cuando se aplican correctamente, y son apropiadas a las condiciones, la propensión al efecto beneficioso está allí, pero el uso indebido puede causar más daño que bien.



PARTE 2: Desarrollo de la individualidad

Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 13. Adquirir identidad

Todos los niños, al nacer, poseen rasgos muy claros de su personalidad futura, aunque por regla general solo de forma incipiente. Pasarán muchos años hasta que complete su pleno y firme desarrollo. Adquirir la propia identidad es un proceso que obliga a volver sobre tus pasos y es una senda llena de incertidumbre sobre la dirección que hay que seguir. Pese a lo difícil que es llegar a ser uno mismo, más difícil es descubrir en qué consiste ser uno mismo, es decir, distinguir entre los componentes esenciales y accidentales de nuestra personalidad. Conocernos a nosotros mismos es difícil, y en la búsqueda de empatía de los padres es primordial. Necesita comprensión y ambiente emotivo. Aprobar las medidas de autoafirmación, por pequeñas que sean, y en la primera edad necesita la participación activa de los padres. Si la actitud de los padres es, en parte, negativa, tendrá una identidad fragmentaria. La aprobación de los padres se convierte en el incentivo para formarse una personalidad, permitiéndole sentirse distinto a los demás Eso puede ocurrir desde los primeros años. El disfrute de esta aprobación es una de las fuentes del comportamiento repetido de los niños de corta edad. El niño necesita señales claras y persistentes para que repita algunos tipos de conducta con la frecuencia suficiente para que se vuelvan habituales. Si lo que sobre todo experimenta son reacciones de displacer de los padres reaccionará de forma negativa, para desquitarse o defenderse y eso puede convertirse en un rasgo repetido y habitual. Da displacer y se produce desencanto hacia sí mismo, pero buscará ya solo lo que le plazca a él y no a los demás. El cimiento sobre el que se edificarán otros rasgos más complejos es lo que se conoce como "personalidad corporal". La única personalidad que tiene el lactante es su cuerpo, por ello las actitudes que adopte ante su cuerpo son importantísimas. por eso es básico que se disfrute del niño al cuidarle, al darle de comer, al bañarle. Son estas interacciones positivas las que le harán sentirse bien con su cuerpo. Y tienen importancia no solo los sentimientos conscientes del adulto, sino también los inconscientes. Más difícil es sentir empatía entre los dos y cuatro años, cuando chilla y tiene rabietas desesperantes. El berrinche es la reacción ante su incapacidad de obtener lo que desea, pero también le demuestra las deficiencias de su personalidad. Incapacitado por su rabia necesita más que nunca la ayuda de los demás. Lanzar cosas desde la cuna es la autodemostración de que puede hacer cosas. El berrinche se produce cuando no puede hacer cosas por sí mismo. Tener una personalidad denota un estadio superior de conciencia de sí mismo, en el que puede decidir hacer algo y hacerlo. En cada una de las fases de desarrollo cambian tanto que es difícil reconocer la continuidad del proceso. En la adolescencia pueden comportarse como adultos o como niños en un lapso de minutos, pero lo que siguen es tratando de afirmar su independencia y su autosuficiencia. Los cambios repentinos suelen ser indicio de que debajo de la superficie se están produciendo algunos de los fenómenos internos más importantes del adolescente, fenómenos que devoran todas las energías que él es capaz de reunir. Problemas que parecían superados vuelven a aparecer de otro modo -por ej. la relación con los hábitos de limpieza- para poder rediseñarlos a su modo y demostrar su autorregulación. Durante toda la vida las experiencias antiguas deberían revivirse y refundirse. Para realizar este trabajo necesita tiempo y mucha energía. Es un proceso de autodescubrimiento por medio de la regresión y la progresión, que exige de los padres distintas respuestas según la edad, pero siempre deben indicar que aprueban ese avance hacia la independencia, aunque a veces, tengan que dar órdenes o decir "no". Pero la aprobación debe ser, en todo caso, superior a la desaprobación, y ésta expresarse amablemente. Si, por alguna razón, los padres frustran el desarrollo de la personalidad, puede que el niño renuncie a ella y se cierre en una pseudoseguridad mediante la fusión con la madre o quien ocupe su lugar. Los adolescentes tienen deseos contradictorios, ya que quieren que sus padres mantengan sus valores, pero sin desempeñar un papel demasiado activo en afirmarlos. Necesitan definirse no solo con ellos sino contra ellos. A veces los padres deben aceptar el comportamiento extraño, aunque sin aprobarlo. Si creen que sus padres les desprecian y con ellos la sociedad, harán cosas contra ambos, como cometer delitos o realizar actos arriesgados, como conducir temerariamente o hacer deportes peligrosos. Así demuestran cierta superioridad, o estar al margen de lo que desprecian. La delincuencia y el recurso a las drogas para evadirse de la sensación de no valer nada son intentos desesperados de reaccionar ante esa frustrante sensación.
Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 14. El juego: puente hacia la realidad

Si deseamos comprender a nuestro hijo tenemos que comprender sus juegos. El juego no es solo algo deleitable, sino también una actividad seria y significativa. Por medio del juego los niños empiezan a entender como funcionan las cosas. Jugando con otros niños aprenden que hay reglas que deben seguirse si queremos que los demás jueguen con nosotros. Aprender que una derrota no es el fin del mundo, que se puede ganar unas veces y perder otras y que no se es superior o inferior porque ocurra una cosa u otra. Les ayuda a expresar lo que con palabras no podrían. El juego que elige se ve motivado por procesos internos, deseos, problemas, ansiedades. El juego es su lenguaje secreto que debemos respetar, aunque no entendamos, sin interponernos. Con frecuencia, jugar forma parte de un esfuerzo dirigido a comprender el mundo. Si es una actividad física disfrutan de que su cuerpo funcione bien, de poder hacer cosas. El disfrute del juego es un disfrute inmediato. Es tan importante que los niños que no tienen muchas ocasiones de jugar y con los que apenas se juega tienen serias dificultades intelectuales, porque a través del juego el niño ejercita sus procesos mentales. Puede aprender perseverancia, tan importante en todo aprendizaje, a no darse por vencido, a no desanimarse, a confiar en su capacidad de triunfar. Si el adulto juega con el niño debe tener paciencia y dejarle que haga las cosas a su modo, si no, no aprenderá por sí mismo. Algunos juguetes les ayudan a fomentar su fantasía. Si tienen un avión se verá como un gran piloto, o un explorador. Imitará a su padre, explorará mil posibilidades. Por medio de la fantasía imaginativa puede compensar las presiones que experimenta en la vida y las que tienen origen en su inconsciente. Al representar fantasías coléricas u hostiles -juegos de guerra, p. ej.- busca controlar a los demás para compensar el control de los adultos hacia él. Si está siempre pegado al televisor, no tiene la oportunidad de crear, solo consume lo que se le da hecho y pierde la iniciativa para hacer otras cosas. Con el juego se integran el mundo exterior y el mundo interior -sobre todo de los límites que el mundo exterior nos impone-, y eso debe ocurrir a una edad temprana, ya que si no se da este paso del desarrollo, la vida puede llegar a experimentarse como algo profundamente insatisfactorio.


Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 15. Comprender la importancia del juego

Considerar algo como "juego de niños" es referirse a algo sin importancia. No siempre fue así. La separación del mundo de los adultos del infantil es un fenómeno relativamente reciente en la historia de la humanidad. Hasta el s. XVIII los niños y los adultos jugaban a los mismos juegos, y, con frecuencia, juntos, por lo que había una comprensión inmediata entre el adulto y el niño ("la gallina ciega" fue durante mucho tiempo un juego de adultos). Una cosa distinta es el juego libre (play) y otra el juego estructurado (game). A la mayoría de los adultos les resulta más fácil participar en juegos estructurados y complejos (beisbol, ajedrez) que en juegos libres, ya que el juego libre pertenece a una etapa primeriza (no tiene reglas o si el niño las pone las puede cambiar a su antojo), menos madura. Los estructurados son más competitivos, pretenden ganar. Los libres no tienen otra finalidad que el propio juego ("¿Es un juego de pasarlo bien o de ganar?", preguntó un niño de 4 años). B. explica, a través de una anécdota de la infancia de Goethe, -quién se había dedicado a tirar platos por la ventana- como lo que, a veces, juzgamos como juegos destructivos de nuestros hijos, pueden ser liberadores, porque responden a profundas necesidades del inconsciente. Debemos pensar que todo lo que hace un niño, por raro o estúpido que pueda parecer, obedece a razones excelentes. Si partimos de este supuesto buscaremos su significado e incluso aunque no lo veamos, habrá más probabilidades de que nos comportemos justamente al hacerlo.


Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 16. El juego como medio de resolver problemas

El primer juego puede ser volver la cabeza y hacer que las cosas aparezcan y desaparezcan, o cerrar los ojos y abrirlos, con el mismo resultado, son peldaños para llegar a la separación del "yo" y el "no yo", así como para la formación psicológica de la personalidad. Hay muchos juegos de este tipo que son para el niño exploratorios y tranquilizadores. Si, por ej., la madre juega al cucú con el niño empieza un proceso comunicativo, que aunque al principio pueda asustarle, acabará participando y disfrutando con él. Con juegos como éste el niño aprende que no necesita estar pegado a su madre en todo momento, que puede dejar de perderla de vista un rato sin que por eso perderla, ni que se olviden de él. Sirven para intensificar su dominio del mundo y de sí mismo. El escondite es un juego en el que puede aventurarse por lugares extraños, pero siempre que pueda volver a la seguridad de la base, gracias a su propio esfuerzo. Más que con cualquier otra actividad, el niño adquiere el dominio del mundo externo con el juego. Aprende a manipular objetos, a controlar su propio cuerpo y se relaciona socialmente. Aprende a dominar y comprender acontecimientos difíciles, normalmente a través de la repetición de actos (si ha ido al dentista, es probable que al llegar a casa repita lo que le han hecho con un muñeco). Cuantas más oportunidades tenga un niño de disfrutar de la riqueza y la fantasía despreocupada del juego en todas sus formas, más sólido será su desarrollo.


Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 17. Juego y realidad: un equilibrio delicado

Los niños necesitan liberarse de sus sentimientos de agresividad, al menos por medio de juegos simbólicos y cuando les reclamamos juguetes apropiados para ello es como si le diéramos permiso para hacerlo, pero no debemos alentarle a que lo haga. Bettelheim critica a los padres que no quieren que sus hijos tengan juguetes bélicos, o que incrementen su agresividad, especialmente por miedo al futuro. Dice que eso son trampas del modo de pensar de los adultos. Según él, los juegos con pistolas y demás juegos bélicos sirven para desahogar las frustraciones e ira, que se acumulan porque al niño se le impide aprovechar una válvula de escape que él ve que otros niños utilizan libremente y que le sugieren los medios de comunicación. En lo referente a la violencia, de lo que se trata es del dominio de la agresividad comparado con su descarga, el mejor modo de resolver el problema por parte de los padres, consiste en hacer cuanto puedan para impedir que su hijo experimente frustraciones y que se acumulen sus sentimientos hostiles, lo que ocurrirá cuando se le prohíbe jugar a algo que le apetece. También puede ser que el niño quiera protegerse de forma simbólica. Si se lo prohibimos -dice BB de forma drástica- "la prohibición se transforme en un ataque devastador contra la propia persona del niño y una acusación dirigida a su existencia presente y futura".


Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 18. Los padres y el juego: el doble rasero

La verdadera creencia de los padres en el juego no se refleja en lo que dicen, sino en su forma de comportarse y lo que ocurre es que los padres suelen comportarse de forma inconsecuente, dependiendo de cual sea su ocupación o su humor en el momento que el niño les requiere. Esto hace que los niños crean que sus cosas no nos importan. Si lo que hace un niño no es importante es frecuente que acabe pensando que tampoco él como persona tiene importancia. Así que, las actitudes que adopten los padres ante el juego de su hijo influirán mucho en lo que éste piense más adelante de su propia capacidad de ser importante y de hacer cosas significativas. A pesar de lo importante que es que fomentemos sus juegos, no conviene que los padres jueguen con sus hijos sólo porque piensan que es su obligación, ya que no es eso lo que el niño desea. Los juguetes educativos en principio están bien, pero siempre que el niño haga lo que quiera con ellos. El niño debe poder utilizar cualquier juguete como él desea, y no como digan los padres o el fabricante. Aunque juguemos con nuestro hijo o tengamos las mismas aficiones, no debemos enseñarle como debe hacerlo, ya que él debe aprender a su ritmo. Jugar juntos es, sin embargo, de enorme importancia, y si lo hiciéramos aprenderíamos muchas cosas acerca de nuestros hijos. Pero los padres, en casa, raramente juegan con sus hijos y éstos prefieren pasar horas hipnotizados por la TV. El motivo más común de esta fascinación es que el niño desea escapar de la soledad y estar en comunicación con alguien, aunque sean únicamente los personajes de la pantalla, cuando no dispone de personas de carne y hueso. Estos niños se ven después gravemente privados de oportunidades de forjar lazos de intimidad con las personas más importantes de su vida -sus padres- en torno a actividades lúdicas que son igualmente absorbentes y significativas para ambas partes. El juego con los padres no puede ser compensado por el juego con otros niños, ya que para ellos nada de lo que pueda decir o hacer otra persona es comparable con lo que dicen o hacen sus padres y nada le hunde tanto como la falta de interés o las críticas de los padres.


Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 19. Probar la propia valía compitiendo

Al niño le gusta jugar a alimentar a los muñecos o a su madre, igual que han hecho con él. Quién alimenta a quién es una de las primeras competiciones en que participa el niño. Dado que comer es su primera experiencia agradable, si alberga sentimientos negativos hacia la persona que le alimentaba se resistirá a que le alimenten y luchará contra los que traten de hacerle comer, y no sentirá ningún deseo de dar de comer a otros. La competición puede ser positiva o negativa, pero si resulta vencedor acrecentará su autoestima. Cuanto mayor se hace el niño, más descansa su adquisición de autoestima en el éxito que obtenga en competiciones reales o lúdicas. Entre otras cosas, "competere" significa "esforzarse en pos de algo junto con otros". Aprender tanto a controlar como a demostrar agresividad es el propósito básico de muchos juegos estructurados, sobre todo los que llevan aparejados contactos físicos. Muchos juegos pueden jugarse en solitario o con otros, pero siempre se compite con uno mismo, en el sentido de que la estima propia siempre está en juego. Se trata de probar lo que uno vale e impresionar a otros cuya admiración y aprobación intensifican la estima propia. El trofeo está para ser exhibido. Los juegos de azar ejercen un atractivo especial en los niños, ya que quieren ser elegidos por la suerte, que actúa como sustitutivo de los padres. El ajedrez (al que B. da una importancia extraordinaria), es un juego en que el azar está eliminado totalmente, es el más refinado, intelectual y complejo de todos. Con él se aprende, no solo a controlar y dominar la agresividad, sino a ponerla al servicio de una empresa que goza de aprobación social. Pero si gusta tanto no es solo por exigir la máxima racionalidad, sino por los significados simbólicos que influyen en el inconsciente de los jugadores. pero sobre todo enseña que es necesario vivir con reglas, que es lo que define al hombre como ser social.


Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 20. Orígenes inconscientes, logros reales

En sus juegos libres el niño intenta aliviar presiones externas, y si esto no es posible en la realidad, huye hacia la fantasía y trata de conseguir lo que la realidad le ha negado. Al crecer necesita adquirir la capacidad de tener éxito en la vida, afrontando la realidad en todos sus aspectos. En esto el juego estructurado le ayuda, porque le permite hacerlo de manera agradable. Cuando las circunstancias de su vida le hacen infeliz, busca su compensación en fantasías. pero éstas se desarrollan también en un hogar familiar, ya que no tiene otro punto de referencia, imagina un hogar diferente. Cuando va haciéndose mayor es frecuente que busque un escondrijo, una cabaña donde desarrollar su vida imaginaria, por lo general con amigos, en cuyo caso tendrá que planificar para dar cabida a la voluntad de los otros. Se dará una progresión entre la fantasía hasta el respeto a la realidad. Aprender a leer se experimenta como algo mágico, y le permite hacer lo que hasta ahora solo hacían los mayores. Pero si no ha experimentado el placer de que le lean en voz alta no será fácil que se interese por aprender a leer. También el ejemplo de los padres es importante, si la lectura es importante para ellos lo será también para el niño.


Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 21. Más allá de ganar y perder

Jugar es la verdadera realidad del niño, lo cual lleva el juego mucho más allá de las fronteras de lo que significa para los adultos. Perder no es solo una parte de jugar, como lo es para los adultos, sino algo que pone en duda la sensación que de su propia competencia tiene el niño y, a menudo, causa merma en ella. Perder no es solo algo que forma parte de jugar, sino que pone en entredicho la valía del niño y con ella su integridad como persona, lo que debe evitarse a toda costa. A veces puede aceptar la derrota, pero no siempre, ya que su madurez no es tanta y depende de lo seguro o inseguro que se sienta. En ocasiones no puede permitirse perder, por eso puede hacer trampa, que para los adultos es muy censurable. Pero debemos permitírselo, porque si gana recuperará la seguridad y por eso podrá seguir jugando con normalidad hasta renunciar a hacer trampas. En los juegos de azar hasta un niño pequeño puede vencer a sus padres. En todos los demás solo lo hará si ellos hacen concesiones. Cuando aprende las reglas en el juego de azar, le será más fácil seguir las del juego estructurado.


Desarrollo de la individualidad

CAPITULO 22. Civilizarse

Los procesos de desarrollo biológico, intelectual, social y emotivo no permiten omitir por completo una etapa importante. Cada uno de las etapas de maduración del individuo debe tener lugar en el momento señalado para ella. Si no es así, el resultado será la inadaptación. Este es el motivo de que algunos adolescentes intenten vivir durante algún tiempo "la vida del salvaje", si en la infancia no han podido hacerlo. El niño se forma un código moral representando su agresividad en una batalla entre el bien y el mal, siguiendo reglas organizadas. Es un progreso que parte de controlar y educar esfuerzos destructivos y caóticos hasta conseguir domarlos, para que su energía se ponga al servicio de objetivos sociales. Los juegos de guerra, además de liberar la agresividad, tienen otras funciones importantes. Ayudan al niño a enfrentarse con problemas emotivos, sirven para explorar todo lo relacionado con la independencia o para representar simbólicamente las desavenencias familiares, o para resolver temores y agresividad. En las batallas se representa también el conflicto entre el bien y el mal, y esto se da en innumerables juegos (no solo en policías o ladrones) y permiten la descarga de la agresividad, sea real o simbólica. El niño aprende a través de estos juegos que combatir el mal no basta, que hay que combatirlo en honor de una causa superior.



PARTE 3: Familia, niño, comunidad

Familia, niño, comunidad

CAPITULO 23. Ideal y realidad

La unidad social formada por cada familia la integran componentes muy distintos, y es esta diversidad lo que dificulta su funcionamiento como unidad social. La familia más feliz es aquella en que cada uno de sus miembros, dada su edad y su nivel de madurez, actúa con consideración y respeto a la naturaleza única e individual de los demás. La familia se forma con las interacciones de unos con otros, aunque como los libros van dirigidos a los padres se descuida la gran influencia que los hijos ejercen en el desarrollo de sus pares. La llegada del primogénito es un hito fundamental, que convierte a la pareja en padres. Muchos individuos, antes de ser padre o madre, se entregan a fantasías sobre lo maravillosos que serán, lo bien que se llevarán y cómo nada se interpondrá en su felicidad. La realidad desmiente tales ilusiones, pero sin borrarlas del todo, por lo que es muy fácil que se produzca frustración. Con la infancia de los hijos interfiere la infancia de los padres. Si tuvo una infancia desgraciada le será más difícil dar una infancia feliz a sus hijos, especialmente si no es consciente de todo lo que ha reprimido, sus propios sentimientos de ira y desánimo, que obstaculizan su capacidad de formar una relación positiva con el hijo. Quieren ser unos buenos padres, pero no pueden, lo que les causa una gran frustración. Tener u n hijo puede compensar la mala infancia de los padres, pero solo si son capaces, no solo de recordar lo que fue objetivamente malo, sino de vencer las reacciones de ira y desesperación que ello provocó. Con la única excepción de las dotes naturales, nada configura más la personalidad del niño que la experiencia de vivir en familia. La familia humana nació para proporcionar sustento y protección a todos sus miembros. A estas ansiedades primordiales las ha sustituido la preocupación por el bienestar psicológico y emotivo de los hijos. Las ansiedades de los padres giran en torno al consumo de drogas, delincuencia, aberraciones sexuales y fracasos escolares o sociales. Si algo falla los padres se sienten culpables o culpan uno a otro, como si los problemas siempre pudieran evitarse, ya que existe la convicción de que si un problema ocurre es por culpa de alguien. Pero la vida en familia crea ineludiblemente dificultades, ya sea por la personalidad de sus miembros, la forma de tratarse o la consecuencia de vivir bajo un mismo techo. Comprender qué expectativas son razonables y cuales no, puede aliviar en gran medida estas dificultades.


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CAPITULO 24. Los lazos que unen

Hace apenas doscientos años el promedio de duración de la vida en nuestro mundo era de 30 años, y el promedio de tiempo que un matrimonio vivía junto era de l7. Hoy, pese a los divorcios, el tiempo es mucho mayor, lo cual también aumenta el tiempo para que surjan problemas graves. Hasta hace poco todos los grandes hechos de la vida de la persona -nacimiento, celebraciones, muerte- tenía lugar en el hogar familiar, lo que daba más consistencia a la idea de pertenencia a una familia. En muchos casos se trabajaba juntos. Hoy esto ha desaparecido y la mayoría de los acontecimientos se celebran fuera. También la enfermedad, un buen momento para crear vínculos, se pasaba en casa, y casi nunca se hospitalizaba a un niño. La lactancia natural crea un vínculo fuerte entre madre e hijo. Hoy los hijos son más maduros, pero el periodo de dependencia es mucho más largo, lo que causa tensiones inevitables entre el individuo y la familia. Hasta hace muy poco existía una reciprocidad: los pares cuidaban de sus hijos y éstos cuidaban de los padres cuando se hacían mayores. Hoy esto casi ha desaparecido. La falta de expresiones de afecto por parte de los hijos causa ciertos resentimiento en los padres, pero es un sentimiento que se reprime. El lazo entre padres e hijos, que solo gracias a los primeros puede crearse, debe ser firme para que no lo rompan las dificultades de la adolescencia, lo cual sería peligroso para ambas generaciones.


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CAPITULO 25. En busca de un lugar legítimo

La sensación de pertenecer se desarrolla en primer lugar dentro de la familia, y solo de ahí podrá luego extenderse al barrio, la nación, el grupo étnico o la religión de nuestros padres. Esas raíces son las que nos deben permitir afrontar los embates de nuestra vida. Pertenecer es tener un lugar legítimo, no porque se nos dé sino porque nos lo ganamos. El niño de antes se lo ganaba desde muy pronto con su trabajo, lo que le daba una gran seguridad y un fuerte sentimiento de pertenencia. El de hoy no puede sentir eso mismo, y lo más que puede hacer es sacar buenas notas. Aunque colabore en tareas domésticas, si lo hace por imposición, no genera sentido de la responsabilidad, ya que se limita a cumplir órdenes. Los niños de antes tenían que realizar un trabajo extenuante, pasar por penalidades y tener una vida corta, pero nunca estaban solos. La soledad y la impresión de no tener raíces es la maldición del hombre -y del niño- moderno. Los padres enseñaban a los hijos, al trabajar codo con codo y normalmente seguía los pasos del padres, a los que, por lo general admiraban. Hoy le cuesta valorar lo que los padres hacen, suponiendo que lo sepan. Al tener más tiempo de distancia física también su intimidad emotiva es más distante. Pero la capacidad de formar relaciones humanas estrechas debe adquirirse a edad temprana, que es cuando las cosas se aprenden intuitivamente. El vivir solo, cada vez mas frecuente, crea un distanciamiento emotivo y social que acaba conduciendo a la desesperanza existencial. Les será muy difícil iniciar relaciones duraderas. Buscan lo que echan de menos, pero como no han tenido ninguna experiencia de intimidad en la infancia, al llegar a la edad adulta les será imposible tenerlas con otras personas.


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CAPITULO 26. La familia como soporte

Ningún organismo social requiere más cohesión que la familia, si ha de garantizar el bienestar de todos sus miembros. Esto resulta difícil de conseguir hoy día y más cuando pretendemos potenciar la individualidad de cada uno, incluida la de los padres. Antes, la restricción de la libertad se veía como algo necesario y se aceptaba como algo natural. Hoy hay que aunar solidaridad y autonomía, lo que no solo es difícil sino que puede ser contradictorio. La singularidad personal tiende a definirse por contraste con otras personas, principalmente con las que mejor conocemos, y esto perjudica la armonía social. El único antídoto es la seguridad de que somos importantes para esas personas. Una familia feliz no es aquella en que nada va mal nunca, sino aquella en que cuando a uno algo le va mal, no se le culpará sino que se le ayudará en su desgracia. A pesar de todos los intentos, la sociedad no ha encontrado mejor manera de educar a sus hijos que dentro de una familia, ni de darles bienestar emotivo o seguridad interior. Si no se recibe esto de los padres, es muy difícil adquirirlo después. Es muy importante que prestemos la máxima atención a nuestro hijo cuando se siente desgraciado, así como que nos esforcemos por comprenderle. También que recalquemos la importancia de los lazos afectivos en nuestra vida, y que los fomentemos. A los hijos les afecta mucho las inseguridades de sus padres, más si se refieren a su futuro, porque entonces no solo se ven amenazados por sus propias inseguridades, sino por las de aquellos que conocen mejor la vida. Confiar en que el hijo es buena persona y que sabrá hacer frente a los problemas de la vida, es lo mejor que podemos hacer por ellos, darles nuestra confianza en él y con ella el sentido de su propia valía.


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CAPITULO 27. Días mágicos

Es muy estimulante sentirse el motivo especial de una celebración como puede ocurrirle a un niño el día de su cumpleaños. Son momentos personalmente muy significativos y que producen en el niño gran felicidad, más cuanto más inseguros o insignificantes nos sintamos de nuestro lugar en el mundo, que es cuando más necesitamos la afirmación de nuestra importancia. Los cumpleaños son los días de celebración más especiales para los niños, porque les confirman que su llegada a este mundo fue un acontecimiento feliz para sus padres. Celebrar juntos el cumpleaños de dos hermanos no es una buena idea, porque uno de los dos -o ambos- sentirá que le han "robado" su día.


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CAPITULO 28. ¿No creer en Santa Claus?

Los niños sufren si se les priva del puñado de días especiales que son muy suyos y disfrutan mucho menos de la vida si se disminuye la importancia de dichos días. Todas las festividades adquieren su más hondo sentido por medio de connotaciones mágicas. Si las despojamos de su magia, perderá para el niño gran parte de su sentido simbólico e inconsciente. Con esta pérdida la festividad pierde también los efectos tranquilizadores y beneficiosos que podrán tener efecto el resto de la vida del niño. La racionalidad prematura, como todas las experiencias prematuras dejan mal preparados para las vicisitudes de la vida. Sufrir una desilusión prematura -decirle a un niño pequeño que Santa Claus no existe- puede hacer que una persona durante toda su vida contemple la Navidad de una forma racional pero no emotiva. Los niños solo pueden comprender los conceptos abstractos bajo formas concretas. Un niño puede rechazar un regalo de sus padres -porque piense p. ej., que no se lo merece- pero no un regalo de Santa Claus. Para que la festividad tenga todo el sentido para el niño, es preciso que intervenga en ella tanto la fantasía como la realidad. Normalmente el niño abandona el pensamiento mágico de forma gradual, a medida que su experiencia de la realidad va ensanchándose.


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CAPITULO 29. El "verdadero" Santa, el conejito de Pascua y el diablo

Todas las grandes festividades infantiles, los cumpleaños, la Navidad, la Pascua son días que conmemoran y celebran el nacimiento y de esta manera aseguran al niño que su llegada a la Tierra fue una ocasión feliz, ansiada por sus padres y por el mundo. Cuanto más celebremos estas ocasiones, más seguro podrá sentirse el niño de que es amado. Pero para adquirir seguridad emotiva, un niño necesita no solo ser amado, sino sentir también que sus aspectos más sombríos son aceptados. Muchas fiestas tienen esta doble dimensión, como San Nicolás o Halloween, en que se puede amenazar a los adultos sin que éstos puedan enfadarse. Tenían el poder por una noche. Si eliminamos el aspecto negativo de la ambivalencia humana, el aspecto positivo perderá su fuerza emotiva.




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