Musical chilena



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REVISTA


MUSICAL CHILENA

REDACCIÓN: AGUSTINAS 620. FACULTAD DE CIENCIAS Y ARTES


MUSICALES. INSTITUTO DE EXTENSIÓN MUSICAL DE LA
UNIVERSIDAD DE CHILE.

AÑO XI Santiago de Chile, Agosto-Septiembre de 1957 N9 54

RESUMEN
EDITORIAL 3

NOTICIA BIOGRAFICA 5

DOMINGO SANTA CRUZ: Alfonso Leng 8 VICENTE SALAS VIU: En torno a "La Muerte de Al‑

sino" 19


ALFONSO LETELIER: Leng en su producción pianística 27 GUSTAVO BECERRA: La música sinfónica de Alfonso

Leng 42


JUAN ORREGO SALAS: Los "Lieder" de Alfonso Leng 59 LOS MUSICOS CHILENOS OPINAN SOBRE ALFON‑

. SO LENG 65

ALGUNOS AFORISMOS SOBRE ALFONSO LENG 69

ANOTACIONES SOBRE ALFONSO LENG 72 CATALOGO DE LAS OBRAS MUSICALES DE ALFON‑

SO LENG 76

CRONICA 79 Conciertos de la Orquesta Sinfónica de Chile Conciertos de la XVI Temporada de Cámara Ballet Nacional Chileno

Jira al Sur del Coro de la Universidad de Chile Conciertos

Conciertos en la Universidad Católica de Chi-le

Festejos conmemorativos del Centenario del Teatro Municipal

Actividad Musical en los Institutos Culturales Conservatorio Nacional de Música

LA MUSICA EN PROVINCIA

NOTICIAS

NOTAS DEL EXTRANJERO

REVISTA DE REVISTAS

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FACULTAD DE CIENCIAS Y ARTES MUSICALES

Decano
ALFONSO LETELIER
INSTITUTO DE EXTENSION MUSICAL

Director
VICENTE SALAS VIU JUNTA DIRECTIVA


MIEMBROS: Enrique López L., Administrador; Herminia Raccag­ni, Directora del Conservatorio Nacional de Música; Víctor Tevah, Director de la Orquesta Sinfónica de Chile; Ernesto Uthoff, Director del Cuerpo de Ballet; Marco Dusi, Director del Coro Universitario; Alfonso Leng y Luis Oyarzún, Delegados del Consejo Universitario; Abraham Rojas, Delegado de la Facultad de Ciencias y Artes Musica­les; Angel Ceruti y Ramón Hurtado, Profesores de la Orquesta Sin-fónica de Chile; Erika Eitel, miembro del Cuerpo de Ballet; Omar Saint-Anee, Delegado del Coro Universitario.

EDITORIAL DFL PACIFICO, S. A.


SAN FRANCISCO 116 -- SANTIAGO DE CHILE

EDITORIAL

Con este número especial que comenta la personalidad y analiza la obra de Alfonso Leng, la REVISTA MUSICAL CHILENA cumple con su propósito de rendir un homenaje a los compositores agraciados con el PREMIO NACIONAL DE ARTE, costumbre que se iniciara en 1945 al consagrarle un número de la revista a Pedro Humberto Allen­de, primer Premio Nacional de Música. El premio discernido en 1945 al eminente compositor Humberto Allende, marca la iniciación de un favorecimiento a la creación musical en virtud de las disposiciones de una ley que otorga un premio anual, en forma trienal, entre las artes plásticas, la música y las artes teatrales.

En 1948 se agració con el Premio Nacional a Enrique Soro, com­positor que no sólo se dedicó a la creación musical, sino que también echó las bases de la formación musical chilena de las actuales genera­ciones y que ejecutó e hizo ejecutar toda clase de obras que dirigía él mismo.

Domingo Santa Cruz fue el tercer agraciado con este premio, en. el año 1951, fecha que coincidió con el vigésimo aniversario de su labor continuada como Decano de la Facultad de Bellas Artes, hoy Facultad de Ciencias y Artes Musicales. La reelección de Domingo Santa Cruz como Decano durante seis periodos consecutivos, fue símbolo de la alta esti­ma. en que se tuvo su fructífera obra administrativa y el Premio Na­cional de Arte, un reconocimiento a su valiosa labor creadora.

Próspero Bisquerlt, compositor que pertenece a la generación de Alfonso Leng y Enrique Soro, obtuvo el Premio Nacional de Arte en 195-1. Las obras orquestales son los pilares de la creación de este músico, quien dedicó su vida a la música y a. su labor de compositor, demostran­do tener los atributos del artífice experto y serio. Atributos que lo des­tacan como uno de los primeros compositores de oficio en esta tierra.

En 1957, Alfonso Leng ha obtenido esta merecida recompensa, la que, como dijo Domingo Santa Cruz en su discurso, durante la cure-

Revista Musical Chilena / E d i t o r i a l

monia de entrega del Premio Nacional, "...si no hubiera sido por su constante afán de descartarse de entre los candidatos al Premio Nacio­nal de Arte, nos habría dado hace amos la oportunidad que hov tene­mos de distinguirlo, antes que algunos de los que lo hemos precedido con la convicción de estarlo postergando".

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ALFONSO LENG EN SU ESTUDIO


NOTICIA BIOGRAFICA

Alfonso Leng nació en Santiago de Chile el 11 de febrero de 1894. Sus estudios de humanidades los inició en el colegio de San Pedro Nolasco, prosiguiéndolos, luego, en distintos planteles educacionales. En 1904 obtuvo su título en el Instituto Superior de Comercio y en 1910 el tí­tulo de Dentista.

Siendo alumno del Instituto Comercial, ingresó al Conservatorio Nacional de Música (1905) , pero no alcanzó a enterar el año de estu­dios. Le fatigó el ambiente que no tenía nada de común con lo que deseaba el futuro músico chileno. Era un inquieto y un visionario, co­mo muchos de su generación, que —autodidactas como él— lograron re­novar el panorama musical de nuestro país sin conservatorios ni esco­lásticas, sino con la fuerza de su iniciativa y la disciplina de su propia voluntad. Asi Leng, junto a los García Guerrero, a Lavin, a Bisquertt, a Cotapos y otros, integra un haz de voluntades y de realizaciones di­rigidas todas contra la reacción musical que, en aquella época, se tra­ducía en la ópera italiana. Leng, desde el año siguiente a su huida del Conservatorio, entrega obras definitivas, como sus "Preludios" de pia­no (1906), que señalan ya un rumbo por el cual continuará en camino ascendente. Su sensibilidad renovadora le llevó a integrar el "Grupo de los Diez", reunión amical que convulsionó las letras y las artes y abrió las puertas de un "modernismo", que se intuía más que definía. Esa sensibilidad entronca con la de un poeta, de temperamento afín al su-yo, Pedro Prado, cuya obra de perfiles sutiles y profundos, sintoniza el estilo del músico que pronto enlaza el verso del poeta a las páginas im­perecederas de sus "Doloras", pero sobre todo en "La Muerte de Alsi­no" (1921) , poema sinfónico en que el ímpetu trágico y avasallador del personaje, su simbolismo, toman cuerpo en la orquesta con acier­tos definitivos. Nunca como allí se hermanaron mejor los sentimientos y las luchas de los compañeros en los comunes sueños del cenáculo de "Los Diez". Hoy, el Premio Nacional de Arte en Música, actualiza el nombre de Alsino y el de su creador literario.

Simultáneamente con su labor musical, Alfonso Leng prosigue sus trabajos científicos, obteniendo en 1925 el Premio de Paradentosis otor‑

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Revista Musical Chilena / Noticia Biográfica



gado por el Segundo Congreso de la Federación Latino Americana en Buenos Aires.

Sus trabajos sobre paradentosis y otros importantes temas médicos han sido publicados en revistas y enciclopedias europeas y norteameri­canas, tales como el "Journal of American Dental Medicine", la "Re-vista de Odontoestomatología española", el "Journal of Dental Re­search", el "Journal of the American Academy of Odonthology", etc. Muchos de estos trabajos han sido considerados los más importantes en su género, realizados hasta la fecha.

En 1924, Alfonso Leng funda la Cátedra de Parodoncia y en 1928 la de Química Fisiológica. En 1945 es elegido como primer Decano de la Facultad de Odontología.

La importancia de la labor científica realizada por Alfonso Leng es tan considerada en los Estados Unidos, que en 1947 el Departamen­to de Estado le invita para visitar las más importantes escuelas denta­les y centros odontológicos del este y centro del país. Además, le nom­bran miembro de la American Academy of Odonthology y de la Ame­rican Academy of Dental Medicine.

Ese mismo año de 1947 es nombrado Vicepresidente Honorario de la sección científica del Congreso Interamericano celebrado en Lon­dres.

Chile también reconoce el gran aporte de Leng a los estudios de investigación científica y en 1955 es nombrado Director del Departa-mento de Investigaciones Parodontológicas de la Escuela Dental de la Universidad de Chile. Pero como este hombre de ciencia es también un músico notable, /ese mismo año la Universidad de Chile lo nombra su Delegado frente a la Junta Directiva del Instituto de Extensión Mu­sical.

Alfonso Leng es Miembro Académico de la Facultad de Odonto­logía de Concepción, de la Facultad de Estamotología del Perú, Miem­bro Honorario de la Facultad Odontológica de Buenos Aires y Miem­bro de la Facultad Odontológica de Cuba, de Valparaíso, Santiago y Concepción. Siete gruesos volúmenes encierran las tesis y temas dados y dirigidos por el profesor Leng sobre Parodoncia -y el texto de estudio sobre este mismo tema, usado en la Escuela Dental, es obra del músico-científico, Alfonso Leng. Al ojear la obra "Parodontología Clínica" del

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Noticia Biográfica / Revista Musical Chilena



profesor Irving Glickman, de Boston, hemos visto el nombre de Leng citado continuamente por este eminente científico norteamericano, quien hace referencia a los magníficos trabajos realizados por su colega chileno.

En este año de 1957, Alfonso Leng es agraciado con el máximo ga­lardón del Premio Nacional de Arte y, al mismo tiempo, el científico, es nombrado Vicepresidente Honorario de la Sección Científica del XII Congreso Internacional de Odontoestamotología de Roma, torneo que se celebra a fines de año.

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ALFONSO LENG

por Domingo Santa Cruz

Cuando no se es orador avezado, la responsabilidad de un discurso es algo que intranquiliza nuestros días. Mientras llega el momento en que debemos pronunciarlo, se vive un poco con la sensación que teníamos de niños antes de un examen. En el caso presente debo confesar que me ha ocurrido exactamente lo contrario. Desde que acepté tomar la palabra en esta ceremonia, he vivido con una especie de alegría aden­tro, pues hablar de un amigo a quien mucho se quiere y admira, es como un premio y rendir homenaje a un hombre de la calidad de Al­fonso Leng, es encargarse de algo muy hermoso. Porque nuestro lau­reado de hoy es no sólo un músico más que agregamos a la lista de los que la patria ha señalado como ilustres, sino que una figura humana de extraordinario valer, un modelo de laboriosidad, de modestia y de ge­nerosidad, de seriedad profunda en todo lo que le ha preocupado, en suma un hombre admirable y ejemplar como tal.

Leng no estará de acuerdo con ello, lo sé. Aun es posible que pro-teste por estas afirmaciones que merece como nadie; si no hubiera sido por su constante afán de descartarse de entre los candidatos al Premio Nacional de Arte, nos habría dado hace años, la oportunidad que hoy tenemos de distinguirlo, antes que algunos que lo hemos precedido con la convicción de estarlo postergando.

Hablar de Alfonso Leng es muy atrayente y, diría yo, muy entre-tenido, sobre todo cuando se quiere hablar del compositor, porque él mismo saltará a contradecirnos y a afirmar que su verdadera carrera es la del investigador, la del médico-dentista, del jefe de laboratorio, del profesor de ortodoncia, parodoncia o de algo así tremendo que só­lo se nombra en griego. Dirá que "solía componer", que lo hace como un modesto aficionado en sus horas de descanso y en circunstancias muy especiales. Hay, pues, que forzar al músico para que aparezca y dé rienda suelta al artista, al artista apasionado que hay en él, al que sale en cada página que ha escrito, nostálgico, a veces soñador, violento e impetuoso en otras. Parece increíble que estos calificativos se apliquen al hombre sereno y sonriente, al almirante universal de la Hermandad

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Alfonso Leng J Revista Musical Chilena



de la Costa, que uno encuentra en los accidentados senderos de Isla Negra.

Así es Leng. Si mañana se establecen los premios nacionales en el campo científico, estoy seguro que uno de los primeros va a corres­ponder a nuestro amigo; y lo admitirá con mayor facilidad que el que hoy se le confiere. Sabe con complacencia que es un sabio de fama; no estoy seguro que admita a fondo aún lo que ha significado para la música chilena. Sin Leng no estaríamos donde hoy nos hallamos. No se habrían logrado las reformas y las creaciones institucionales que enorgullecen a Chile, ni aspectos en nuestra música que nos enaltecen. Desconozco la intimidad del desarrollo de las ciencias dentales; sé de su evolución hacia una concepción predominantemente biológica y fisio­lógica que las ha sacado del rango de pequeña especialidad local, pro­vincia de la medicina, para proyectar sus estudios sobre el campo ín­tegro de la salud del hombre. Fui testigo de cómo se generó la Facul­tad de Odontología en la Universidad de Chile y me honro de haber sido uno de los que votaron su creación; sé lo que en ella trabajó Al­fonso Leng y que por ello fue su primer Decano. Pero dificulto que en los anales de su profesión vaya a ocupar un lugar más ilustre que el que le corresponde en nuestra Historia musical contemporánea. Esto no ha sido aún suficientemente subrayado.

Comenzaré evocando un pasado que muchos ignoran y unos an­tecedentes que sitúen los avatares de nuestro amigo. ¿Cómo se produjo Alfonso Leng entre nosotros? Es una historia emocionante y bella, cuen­to que debe figurar entre las muestras del favor que, dicen, la Provi­ciencia ha solido tener para con este lejano y caprichoso país.

Alfonso Leng es nuestro casi por casualidad. Anclando las postri­merías del pasado siglo, pocos años antes del drama del Presidente Bal­maceda, llegaban dos extranjeros a nuestras costas: él, alemán de Sile­sia, alemán oriental colindante con Polonia; ella, de pura cepa irlan­desa, de Dublin. Venían porque unos parientes de la familia del Dr. Blest, el fundador de nuestra Escuela de Medicina, les aseguraban al­gún porvenir. El niño, nuestro laureado, nació en Santiago y quedó huérfano muy temprano. Sus tías chilenas lo acogieron, le dieron ho­gar, lo guiaron en el despertar de su vida. El joven Leng había nacido músico. Las dos lejanas y apartadas comarcas del viejo mundo de que

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Revista Musical Chilena / Domingo Santa Cruz



procedía lo hicieron venir a la vida con misteriosas tradiciones ances­trales alejadas de toda posibilidad de tener la música como un arte de diversión o de vanidad. Nuestro futuro compositor debió ser un muchacho meditativo, un soñador; el arte estaba para él ligado a las emociones de la vida, sintió que el hombre no canta para entretenerse sino para expresar emociones en que la palabra queda corta. En Leng hubo una actitud hacia la música cercana a lo religioso y a lo filosófico. Nos cuenta que iba de niño a escuchar las retretas del Orfeón de Po­licía en la tradicional Plaza de Armas; allí uno puede verlo oyendo y mirando los instrumentos, distinguiéndolos entre sí. Luego se acercó al centro de gravedad de la vida musical chilena de entonces, la ópe­ra, que al terminar el pasado siglo vivía momentos de esplendor. El Teatro Municipal era la palestra temida por los divos, por las grandes figuras que venían de Europa. Leng se apasionó por el género lírico y antes de los veinte años componía una ópera sobre la famosa novela romántica de Jorge Isaacs, "María".

De 1901 datan sus primeras composiciones, justamente cuando, en el deseo de buscar una profesión que le asegure el sustento, ingresa al Instituto Superior de Comercio. Por este tiempo es ya el amigo ínti­mo de la familia García Guerrero, verdadero cenáculo de inquietudes espirituales. Los García Guerrero eran tres hermanos, profundamente artistas: don Daniel, que era médico y fue gloria de la medicina chile­na; Eduardo, muerto prematuramente, escritor y brillante expositor, y Alberto, pianista y más que eso, músico profundo. Ignoro por qué Al­berto era ya un hombre extremadamente al día en música, hombre que recibía las obras y los libros más recientes; que supo de Debussy en los días del estreno de "Pelléas" y de Schoenberg cuando éste pre­sentaba sus primeras obras. Alberto García Guerrero y Alfonso Leng pasaron a ser verdaderos hermanos, fundaron aún una academia, que llamaron con el nombre de "Eliodoro Ortiz de Zárate", curioso home­naje al autor de "La Florista de Lugano", al compositor chileno que procuró arraigar el género lírico italiano en el país.

Mientras estudiaba comercio (Leng se titula de contador) , va pro­gresando en sus conocimientos musicales, en verdad, como autodidac­ta. "Conoció la técnica de su arte antes de aprenderlo en los libros", ha dicho de él el propio Alberto García Guerrero, profesor todavía

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Alfonso Leng 1 Revista Musical Chilena



hoy en el Real Conservatorio de Toronto, en el Canadá. En 1905, Al­fonso Leng hace una breve visita al Conservatorio Nacional de Música. No sin pedir muchas disculpas, dar un sinnúmero de explicaciones, nos cuenta el compositor que este paso por las aulas musicales terminó en forma abrupta: ¡fue expulsado por indisciplina! Hecho éste, incon­cebible, inverosímil para quienes lo conocemos, a menos que se haya conocido también de cerca el nivel en que se movían las cosas docen­tes en la vida musical anterior a las reformas que la Sociedad Bach promovió más tarde.

Leng volvió a sus estudios personales. La música no era carrera de porvenir, ni menos disciplina que el medio ambiente concibiera con vuelo intelectual. Alberto García Guerrero debió sentirlo primero, porque resolvió ingresar a la Escuela Dental; Leng lo siguió, según él cuenta, "para poder seguir hablando de música con Alberto". Esto mar-ca un golpe decisivo de timón en la vida de Leng. Es el año de 1906, año aciago del terremoto de Valparaíso y mientras su hermano espiri­tual abandona los estudios con valentía para consagrarse por entero a la carrera de ejecutante y de profesor de piano, Leng, que en música no tenía escapatoria práctica, resuelve adoptar como "segundo oficio" la carrera dental. Cuatro años más tarde era profesional dentista y te­nía así un rótulo aceptado y práctico para las relaciones humanas. Ve-hemos más tarde que esto también quedó corto para su espíritu crea­dor inquieto. Casi junto con recibir el título, Leng, que sigue con su actividad de compositor, ingresó a la carrera docente de su Escuela y en ella encuentra el campo espiritual que necesita.

Esto era Leng algunos años más tarde, cuando no recuerdo justamente dónde ni cómo nos encontramos y pasamos de inmediato a ser gran-des amigos. ¿Fue en las reuniones inolvidables de la familia Canales Pizarro? ¿Fue a través de amigos comunes, de Alberto García Guerrero, que procuró, sin aprovechamiento mío, enseñarme piano, y a quien debo, además de generosos estímulos y reveladores consejos, el inapre­ciable regalo de la amistad de Leng? ¿Fue don Roberto Duncker quien nos acercó? No recuerdo. Sólo sé que hace cuarenta años, al fundarse

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Revista Musical Chilena / Domingo Santa Cruz



en mi propia casa la Sociedad Bach, Alfonso Leng ya estaba incorpora-do a nuestro pequeño y ascético coro. Su voz de bajo era uno de nues­tros fundamentos; su palabra en las veladas nocturnas que seguían a las reuniones corales era la voz de quien nos traía nuevas ideas, abría horizontes, afirmaba aspiraciones, moderaba ímpetus. Era el hermano mayor juicioso que nos sostenía y aconsejaba. Esto Leng ha solido ol­vidarlo. No por otra causa, al ausentarme yo en 1921 de Chile, fue nuestro laureado de hoy quien empuñó la batuta en la Sociedad Bach y aseguró la continuidad del movimiento. Fue en esa misma época cuando estrena su primera gran obra orquestal, el poema sinfónico "La Muerte de Alsino".

La Sociedad Bach atrajo a Leng, porque, sin saberlo demasiado nosotros, establecía como una réplica musical de aquella hermandad legendaria de "Los Diez", cenáculo de avanzada, de donde tanto ha sa­lido en el futuro. Fueron estos "hermanos decimales", como se llama­ban, una verdadera pléyade, tal como las del Renacimiento, en que poetas, novelistas, arquitectos, músicos, pintores, se acercaron para au­nar propósitos, para intercambiar experencias estéticas. Basta casi citar los nombres de estos precursores para medir la importancia que seme­jante grupo ha tenido en las letras y las artes del país: Pedro Prado, Julio Bertrand, Juan Francisco González, Manuel Magallanes Moore, Alberto Ried, Armando Donoso, Alfonso Leng, Alberto García Gue­rrero, Acario Cotapos, Augusto D'Halmar, a los que se agregaron, por fallecimiento de Bertrand y de Magallanes, Edu'ardo Barrios y Julio Ortiz de Zárate. La pequeña revista que "los Diez" editaron es hoy una reliquia preciosa en nuestra cultura. En "los Diez" había ese ambiente de grupo casi oculto que, entre broma y serio, formó verdaderos após­toles. Entre los que también nos llamábamos hermanos, los "hermanos Bach", Leng fue uno de los que llegaba con inquietudes e ideas más amplias y generales que las que nos movieron en el primer instante a reunirnos para cantar música vocal del Renacimiento.

Por eso, hace siete años, al escribir una crónica acerca de la Socie­dad Bach en la Revista Musical, dije: "Leng ha tenido una gran in-fluencia en el desenvolvimiento musical chileno, mucho más de lo que él mismo se imagina. Su cultura, su juicio reposado, la situación que se creó un tanto al margen de las cosas y de los conflictos, pero fir‑

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Alfonso Leng / Revista Musical Chilena.



memente partidario de las reformas, nos hizo tenerlo un poco como el hermano mayor, aliado y fiador de nuestras embestidas" y agregué que "su palabra serena, su profundo interés por la música y sus des-tinos, influyeron decisivamente en que nuestras veladas fueran, ade­más de reuniones corales, una especie de academia en que se trataba de todo y en que se hacían proyectos".

Hernán Díaz Arrieta ha dicho que Alfonso Leng encarna como nadie el misterio de la doble personalidad; yo casi me inclino a creer que esta duplicidad es más aparente que real; lo que es Leng es un intelectual, un pensador, un verdadero "hombre de pensamiento", pa­ra quien todo lo que suene a artesanía, a rutina, está vedado. Por eso nunca siguió los metódicos y convencionales tratados de técnica musi­cal. No había llegado aún la enseñanza razonada e inteligente de nues­tro tiempo. ¿Hay algo más vacío que los tratados de contrapunto del tiempo de Cherubini, los famosos "bajetes" de Fenaroli con que se nos enseñaba antes? Leng poseía un lenguaje personalísimo, una sensibili­dad armónica suya, propia; era la música la que le preocupaba y los ejercicios prescribían renunciar a ella en beneficio de la técnica. Por eso no los hizo y esto le ha perseguido como un absurdo cargo de con-ciencia. En la profesión dental ha sido lo mismo: Leng no podía que-darse en la tradición antigua de los "flebótomos;', pensaba, elucubraba, pasó luego a ser más un sabio que un dentista práctico.

Y así compuso música e influyó en los destinos ele lo que se hacía en su patria.

La música de Alfonso Leng es un arte muy especial. Vicente Salas Viú, en un estudio acerca de nuestro amigo, ha dicho que sus obras, "al pa­sar del tiempo acrecientan su significación. Como los buenos vinos, ga­nan en grado, se irisan con nuevos matices y su fuerza se hace más pe­netrante lejos de disminuir". Esta producción, afirma el mismo escri­tor, tiene como característica "una asombrosa unidad de la primera a la última de las páginas que tiene escritas" y esto llega a tal punto que, según Salas Viú, Leng "se nos presenta logrado, hecho, desde los primeros pasos", "o todo el arte de Alfonso Leng perdura o todo él se

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Revista Musical Chilena / Domingo Santa Cruz



pierde. Así de extremada es la impresión que nos causa cuando nos acercamos a él para considerarlo en su conjunto".

La obra del músico que hoy se distingue no necesita disimulo ni elogios falsos. El compositor, como he dicho, ha vivido preocupado de que su dedicación principal no haya sido la música, de que su "se­gundo oficio" le haya tomado más del tiempo que habría deseado con­sagrarle. Pero Leng olvida que en la Historia de la Música hay compo­sitores fecundísimos, que son como esas plantas que producen flores en cada rama, y otros que, como algunas rosas de gran calidad, sólo dejan aparecer una que otra, y rara vez al mismo tiempo; suelen éstas ser las más bellas y perfumadas. Gabriela Mistral en la poesía, Manuel de Falla, Maurice Ravel en la música, no nos han dejado un opera omnia que ocupe bibliotecas. Leng tampoco parece que lo hará. He pensado muchas veces si Alfonso Leng habría podido componer más si se hubiera consagrado a la música; tal vez no y no por falta de inspira­ción ni de talento, sino porque Leng es un compositor eminentemente subjetivo que escribe sólo cuando siente necesidad, se podría decir por "catarsis", para emplear uno de sus términos. La actitud puramente creadora, en función de una estética, de una forma, de un oficio, no es la de nuestro compositor. Que Leng no quiera escribir fugas, que no haga sonatas con todas las partes académicas, ni construcciones que se puedan analizar en abstracto, ¿qué importa si nos ha ciado una tan bella contribución musical?

Hace algunas semanas, me hallaba en la Facultad de Música de la Universidad de Chile y escuché, junto a una sala una obra que no re-conocí y que me cautivó por su lenguaje, por su vigor y su riqueza ar­mónica. Sin hacer ruido, me introduje en el recinto en donde esta mú­sica se ejecutaba. Cuando terminó me informaron: son las "Otoñales" de Alfonso Leng. Estas "Otoñales", que datan de hace veinticinco años, podrían haber sido escritas ayer; eso mismo puede decirse de algunos estudios, preludios y poemas que van tan allá como el año 28 o el 15. Leng ha sido Leng hace mucho tiempo; nuestro amigo no tiene para qué sentir preocupación ni por la frecuencia con que compone ni me-nos por la calidad de lo que produce.

La obra de Leng tiene una constante a través de toda su produc­ción y en la canción, a ella se agregan las obras para piano solo. Es

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Alfonso Leng / Revista Musical Chilena



decir, que nuestro compositor es fundamentalmente un autor de carác­ter íntimo; como Robert Schumann, Hugo Wolf y el mismo Chopin, es un autor al que le calzan mejor unos géneros que otros. Esta idea de que los músicos han de servir para todo, atormentó ya a Beethoven, que soñaba con escribir óperas y aun a Bach, que tampoco logró salir ai­roso en un estilo vocal profano. Leng ha solido preocuparse de esto, a mi juicio, sin mayor necesidad.

Alfonso Leng inicia sus lieders y la música para piano desde sus primeros ensayos y continúa en ambos géneros hasta épocas muy re­cientes. La Canción, el "lied", expresión tan puramente romántica, tan apropiada para un alma que siente la música al lado de la literatura, atrae a Leng desde muy joven. Los textos sobre los cuales compone, es-cogidos con gran cuidado o escritos por él mismo, están, por lo gene­ral, en lengua francesa o alemana, más que todo alemana. Aparece aquí el músico nórdico que la Providencia regaló a Chile. Lo curioso es que el idioma alemán no es el que mejor maneja. ¿Son misteriosas resonan­cias de una fonética ancestral que viene de caracteres heredados? ¿O tal vez algo a lo que Leng se habituó por influencias del ambiente cuando cantar en castellano era sólo concebible para la zarzuela o la canción popular? No olvidemos que nuestros músicos, cincuenta años atrás, se expresaban generalmente en italiano y quedó la costumbre, por mucho tiempo, de que el canto era como una especie de liturgia, en la que no da lo mismo decir las cosas en latín que en español. Hum­berto Allende fue tal vez el campeón de la rehabilitación de nuestra lengua, hermosa como pocas.

Los textos de las obras de Leng son de un contenido emocional ex­traordinariamente fuerte: desolados y dramáticos, resignados o anhelan-tes. Baste pensar en los más conocidos Heder, que el compositor ha transcrito para orquesta, el "La'ss meine Tránen fliessen" (deja correr mis lágrimas) , "Wehe mir" (desdichado de mí) , y una de las únicas poesías en castellano, "Cima", de Gabriela Mistral, para situarnos en el ambiente preciso de las canciones de nuestro laureado.

En el género de piano solo, Alfonso Leng se destaca a comienzos de siglo con sus "'Cinco Doloras". Estas son como canciones sin pa-labras, escritas en un sentido muy acorde a los poemas de Campo-amor que llevan ese nombre. Podría decirse, porque la música

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Revista Musical Chilena / Domingo Santa Cruz



tiene nombres casi siempre arbitrarios y caprichosos, que Leng siguió componiendo Doloras toda su vida. Los estudios, preludios, poemas, so-natas, encierran un contenido muy próximo a ellas y podrían llevar epígrafes como las Doloras, a nombres alusivos a estados de ánimo, los mismos que expresan las canciones.

La obra para orquesta en Alfonso Leng es casi la excepción; apar­te del poema sinfónico "La Muerte de Alsino", estrenado en 1922 y la "Fantasía para piano y orquesta", de 1936, lo que se escucha en con-ciertos es la transcripción que Leng ha hecho de algunas composicio­nes para piano. "El canto de invierno" mismo, que se oye a menudo, es una Dolora más, vertida a la orquesta por su autor. La importancia que tuvo el estreno de "La Muerte de Alsino" fue extraordinaria; só­lo pueden medirlo los que estuvieron presentes en esta revelación que sacudió el ambiente musical. En el "Alsino" hay una autenticidad ex­presiva de enorme vuelo, a la manera de los poemas de Strauss, pero con un material de mejor calidad, con giros y armonizaciones que eran desconocidos y que acercan a nuestro compositor a la obra de Seria-hin, músico ruso que por ese entonces era ignorado por completo en Chile. "Alsino" reveló en Leng un compositor de gran vuelo y en Ar­mando Carvajal un director de orquesta de sólida categoría. Con "Al-sino" la música chilena salía de la moda italiana y adquiría un tono universal, que nos distinguiría en adelante. Este poema sinfónico nos ha influido a todos los que hemos escrito con posterioridad. La "Fan­tasía para piano y orquesta" añadió posteriormente una nueva obra de consideración en la producción chilena.

Réstame ahora decir algo más acerca de la colaboración generosa que Leng ha prestado al desenvolvimiento de la música chilena. Dejé a nuestro amigo en los tiempos de la Sociedad Bach, devolviéndome la dirección a mi regreso de Europa y desde entonces uno de nuestros directores invariablemente reelegidos en las asambleas de la institu­ción. No voy a hacer aquí la historia de los acontecimientos musicales, pero, sin hacerla, puede decirse que nuestro amigo asiste una a una a todas las vicisitudes de su trayectoria. En 1928 se verificó la reforma

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Alfonso Lcug / Revista Musical Chilena



tal vez más completa que se haya hecho de un establecimiento musical: disposiciones gubernativas barrieron a fondo nuestro viejo Conservato­rio y prepararon el nivel a que debía ascender la música. Pues bien, esta reforma, todos lo supimos, se debió en parte fundamental a la ges­tión personal de Alfonso Leng ante su amigo y "hermano decimal", el escritor Eduardo Barrios, Ministro entonces de Educación. La impor­tancia de este hecho fue capital, tanto, que antes de dos años, el Con­servatorio era ya una de las escuelas de la Universidad de Chile. No sólo intervino en la reforma, sino que participó en una serie de inci­dencias, hasta dramáticas, que la precedieron. El, como hombre pacífi­co y sin ambición personal, procuró evitar rupturas, hizo cuanto pu-do por que las cosas inevitables sucedieran sin acarrear odios. Por eso Alfonso Leng es el único miembro académico de la Facultad de Música de la Universidad de Chile que está cn su lugar desde que la primera Facultad de Bellas Artes fue creada.

Ascendidas las cosas musicales a un nivel que antes no habían co­nocido, se provocó la natural reacción. Gentes hubo que no compren­dían el porqué de estas mutaciones y que les atribuían los más mez­quinos propósitos. Hubo críticas ante el Gobierno y ante el Parlamen­to. Nuestro amigo vino nuevamente a ayudarnos con su palabra per­suasiva y con el prestigio que su categoría profesional le daba. Leng estuvo entre los fundadores de la Asociación Nacional de Conciertos Sinfónicos, fue Vicepresidente ele la Asociación Nacional de Composi­tores cuando ésta se fundó y su Presidente más adelante en varios pe­ríodos. En los momentos en que la vida musical chilena requirió la es­tabilidad en los organismos de conciertos, los compositores acordaron tomar parte activa en las gestiones parlamentarias. Alfonso Leng fue de los que batalló con nosotros por el Instituto de Extensión Musical. Pocos años más tarde, en 1944, tuve yo el placer muy grande de abrazar a mi nuevo colega, el Decano de la Facultad de Odontología, y desde ese momento, no necesito decirlo, las Bellas Artes tuvieron un decano más. Bastaría con recorrer las sesiones del Consejo Universitario para recordar las innumerables oportunidades en que Alfonso Leng fue nue­vamente nuestro hermano colaborador; preocupado de los destinos ar­tísticos, tomando él mismo iniciativas en favor ele la música. A Leng debemos en buena parte la aprobación del sistema de Premios por obra

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Revista Musical Chilena / Domingo Santa Cruz



en la composición y de los Festivales bienales de Música Chilena. Fue él el primer presidente del jurado de Premios por obra. Asimismo, la creación de la Facultad de Música fue estudiada por una comisión, en la que Alfonso Leng tomó parte activa, y, así, podría enumerar una y otra cosa, en las mil vicisitudes de un desenvolvimiento que en pocas décadas transformó todo el panorama de la música chilena. No hace mucho, nuestras cosas musicales conocieron otra vez graves peli­gros: para conjurarlos, nuevamente el nombre de Alfonso Leng fue pronunciado como el primero. Su prestigio sólido, su calidad moral, eran baluarte inexpugnable.

Señoras y señores: cuanto he dicho hasta este momento ha sido dicta-do no sólo por un afecto muy grande a quien hoy deseamos honrar, si-no que por un deseo de exponer la verdad y, como dije al comienzo, de explicar ante todos vosotros y ante el propio Alfonso Leng, el por-qué de este homenaje y del aprecio que se le tiene. Alfonso Leng es un gran músico, un músico de calidad y de hondura, fue un precursor del avance musical del país y ha sido a lo largo de toda su vida el más leal amigo y compañero de su progreso. El Premio Nacional, con que según nuestras leyes se le honra en este momento, significa el reconoci­miento a los méritos de un gran artista y la distinción hacia quien sien-do tal, es, además, un gran hombre.

Discurso pronunciado por don Domingo Santa Cruz en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, al entregarle al compositor laurea-do el Premio Nacional de Arte en Música.

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EN TORNO A "LA MUERTE


D E A L S I N O"
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Vicente Salas Vau

Si hay una obra en la música chilena de este siglo especialmente repre­sentativa del espíritu de un determinado período,. cargada de significa­ción histórica, ésta es el poema sinfónico "La Muerte de Alsino" de Alfonso Leng. Su estreno, a poco de terminada su composición, en ma­yo de 1922, constituye el más considerable triunfo de las nuevas ten­dencias, de lo que por entonces se llamaba la música modernista de Chile. "La Muerte de Alsino" cierra de esta manera toda la etapa ante­rior de experimentación y abre ancho cauce a la renovación de nues­tro ambiente musical que la siguió. 1922 y el estreno de "La Muerte de Alsino" son una fecha clave en la evolución de la música contem­poránea en el país.

Creo que fui yo mismo quien, hace ya varios años, señalé lo que ha terminado por ser un tópico al comentar los comienzos de la músi­ca artística chilena: el espíritu heroico de los jóvenes compositores que sin conocer a los clásicos y románticos europeos más que a través de un número reducido de sus obras de cámara o de las escritas para can­to o para instrumentos solistas; sin más contacto con su producción sinfónica que la de algún esporádico concierto; privados de las fuen­tes de difusión que representarían mucho más tarde las grabaciones en disco o las transmisiones por radio, en tan cerrado aislamiento se lan­zaron a la creación de obras dentro de los más diversos géneros de composición, incluidos los sinfónicos, sin esperanza alguna de poder escucharlas un día. Merece el tributo de la admiración más rendida la fe en sí mismos de compositores como Bisquertt, Leng, Allende, Co­tapos y tantos otros, autores de una música con muy remotas posibi­lidades de pasar del papel a la vida real de los sonidos y que se habían formado también por la lectura sin la audición o, a lo sumo, la audi­ción en transcripciones para piano o para pequeños conjuntos, de las creaciones del pasado o de los maestros contemporáneos que les sirvie‑
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ron de estímulo. Al escribir sobre cuanto supuso el estreno de "La Muerte de Alsino" es necesario que nos detengamos un poco en este fenómeno.

Sabemos que Alfonso Leng se formó como autodidacta, salvo un año en el que siguió los cursos ele Armonía y Composición del maestro Soro en el antiguo Conservatorio. Sabemos que la intuición de Leng, sus dones naturales eran tantos, que "conoció la técnica de su arte, an­tes de aprenderla en los libros", según el autorizado testimonio de Al­berto García Guerrero, que tan cerca estaba de Leng por aquel tiem­po. Sabemos, en fin, que antes de abordar la creación de "La Muerte de Alsino", había ya escrito las "Doloras", parte de los Estudios y ele los Preludios para piano y la mayoría de sus canciones, incluso los cin­co lieder con texto alemán, compuesto hacia 1918, que representan una cumbre de su estilo, para mí equiparable, o tal vez aún más alta, que la del poema sinfónico que comentarnos. Sobre la acumulación de ex­periencias que supone el dar vida a estas obras, ¿de cuáles otras expe­riencias se nutrió el creador de "La Muerte de Alsino"?

De la misma forma que el nombre de Alfonso Leng aparecerá uni­do al de la Sociedad Bach, a la organización de la Asociación Nacional de Concierto Sinfónicos y a todos los movimientos que señalan la vía ascendente de las instituciones y las actividades musicales chilenas en las dos décadas decisivas de 1920 a 1940, año en el que se fundó el Ins­tituto de Extensión Musical, la figura de Leng es señera en el Grupo de Los Diez, la Academia Ortiz de Zárate, las conferencias y concier­tos que animan los hermanos García Guerrero, las reuniones musicales en casa de don José Miguel Besoaín y en la ele don Luis Arrieta Cañas. Es decir, en cada una ele las manifestaciones de una nueva sensibili­dad para la música que el ambiente ele Santiago ofrece desde los pri­meros años de nuestro siglo.

Fuera de las partituras que, con las mil dificultades que por aque­llos años existían, Leng se procurase para estudiarlas o analizarlas, se puede establecer un balance aproximado de las obras que conoció por la audición en los conciertos animados por los grupos aludidos. El de mayor importancia para Alfonso Leng es el que acaudillan los tres her­manos García Guerrero. Daniel y Alberto eran excelentes pianistas. Al‑

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berto, también compositor y autor de un tratado sobre "La armonía moderna".

Los García Guerrero se establecieron en Santiago hacia 1912. Su fecunda labor de divulgadores de la nueva música se prolonga por casi seis años. En las reuniones impulsadas por los García Guerrero, los jóvenes compositores de espíritu más abierto hacia las tendencias de avanzada se hacen presentes. Así, junto con Leng, se cuentan Pedro Humberto Allende, Carlos Lavín y Acario Cotapos. Todos ellos pene­tran en la letra y el espíritu de los "Cuadros de una Exposición" de Mussorgsky, en su versión original para piano; el Cuarteto de Debussy, analizado al piano, las Tres Piezas para este instrumento de Arnold Schünberg. Este es el principal aporte de aquella búsqueda que inclu­ye otros compositores de la vanguardia europea del momento, mien­tras se leen y releen decenas y decenas de obras de los maestros indis­cutibles, clásicos y románticos.

En los salones de su hogar en Agustinas esquina de San Antonio o en su residencia de Peñalolén, don Luis Arrieta Cañas sostiene un cultivo de la música que, al igual que en las reuniones propiciadas por don José Miguel Besoaín, es presidido por la mayor avidez. Base de estos conciertos es un conjunto formado por seis instrumentos de arco y un piano, conjunto en el que actúan distinguidos profesionales y aficionados.

Cantantes, pianistas y violinistas de renombre, chilenos, extranje­ros residentes en el país o virtuosos de prestigio internacional de paso por Chile, se presentan también en uno u otro concierto. De esta ma­nera, en las reuniones de los señores Besoaín y Arrieta se interpretan Cuartetós de Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Schu­mann y Tchaikowsky, algún Trío o Quinteto de estos mismos músicos, arreglos de tiempos de sus Sinfonías, de Operas de Wagner, Oberturas leídas al piano a cuatro manos, trozos instrumentales y vocales de Han-del y Bach, de Brahms, de Richard Strauss. En 1906, se interpretan va­rias obras de Debussy para piano solo; en 1908, los "juegos de Agua" de Ravel; en 1914, dos Estudios de Scriabin. Sonatas para piano y para violín de Haydn, Mozart, Beethoven y los románticos se ofrecen al se­lecto auditorio por los ejecutantes habituales ele aquellos círculos y por Rubinstein, Risler, Milstein y Manén, que no dejan de presentarse

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allí después de sus triunfales actuaciones en, el Teatro Municipal. El volumen de experiencias musicales que la joven generación pudo co­sechar fue, por tanto, considerable.

La música de cámara que la Sociedad del Cuarteto, fundada por don José Miguel Besoaín, el Trío Giarda, el Trío Penha, el Cuarteto que podríamos llamar de Peñalolén y poco después el Cuarteto Mutsch­ler, hacen escuchar por los años que corren en las primeras décadas del siglo, se acrecienta, en cuanto al conocimiento del pasado musical reciente, con las visitas que efectúan a Chile en forma cada vez más intensa los virtuosos europeos a quienes la Primera Guerra Mundial ha forzado a descubrir el mundo musical americano. Obras para solistas, pequeños conjuntos y también composiciones corales, se escuchan por ese tiempo en casa de la familia Canales, donde nace la Sociedad Musi­cal Santa Cecilia que, en ciertos aspectos, anuncia lo que llevará a ca­bo, con mayor amplitud, la Sociedad Bacli desde 192'1. Entre el pasado clásico-romántico europeo, empiezan a deslizarse las composiciones de los contemporáneos que hemos destacado y, de tarde en tarde, alguna primera muestra de la creación musical chilena, desde Soro y Giarda hasta P. H. Allende y Próspero Bisquertt. Pero en la música sinfónica, ¿qué pudo llegar a los oídos del autor de "Alsino" como música viva?

En 1924, la Sociedad Bach se propone entre sus otros trascendentes proyectos crear un conjunto orquestal. Sólo pudo reunirlo para algu­nos de los conciertos que presentó. En 1926, Armando Carvajal funda la Orquesta Sinfónica Municipal, cuya existencia no pasó de aquel año. Renueva su intento en 1928, con una orquesta que subvenciona el Ministerio de Educación. Hasta que la Asociación Nacional de Con-ciertos Sinfónicos no constituye la orquesta que, siempre bajo la direc­ción de Carvajal, actuará desde 1932 a 1938, Chile no dispuso de un conjunto sinfónico que realizase una labor permanente. Antes de las fe-chas señaladas, las orquestas que actuaron en Santiago se formaban so­bre la base de la del Teatro de Opera para ofrecer pequeñas series de conciertos, al conjuro de una determinada batuta. Celerino Pereira, Moisés Alcalde, Maurice Dumesnil, Emeric Stefaniai, Nino Marcelli, Pietro Mascagni, Javier Rengifo, Juan Casanova, dirigieron conciertos de esta clase. Entre los que merecen destacarse, los ofrecidos por la Aso­ciación Artística que dirigió clon Moisés Alcalde Spano, los que, du‑

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rapte su visita de 1911, estuvieron a cargo de Mascagni (1), los de la Sociedad Orquestal dirigida por Nino Marcelli, que ejecutó en 1913. por primera vez en el país, la serie de las sinfonías de Beethoven; el primer festival de obras de Bach que interpretó el maestro Soro con el conjunto del Conservatorio en 1914; las primeras audiciones de De­bussy y Ravel dirigidas por Juan Casanova hacia 1918.

Junto a estas ocasionales experiencias en los dominios de la música sinfónica, se ofrecía la bien organizada, avasallante, de las temporadas líricas. Pero el escenario del Teatro Municipal hacia 1920, noventa años después de que el reinado de la ópera italiana se estableciera en Chile, se mantenía cerrado en el estrecho cauce de los románticos y veristas italianos. Por excepción en todo ese largo tiempo se dio una ópera de Mozart, el "Don Juan". En 1905 se incluyó el "Lohengrin" de Wag­ner. En 1920, "Parsifal", en sus ensayos y representaciones, inflamó los fervores de la juventud musical. Fiesta del espíritu inolvidable para Alfonso Leng, revelación de grandes consecuencias para Domingo San-ta Cruz que contaba entonces, como el siglo, los mismos apenas cum­plidos veinte años.

No creo haber olvidado nada de relieve en las actividades musica­les de que pudo gozar y que contribuyeron a la formación de un mú­sico como Alfonso Leng, por el tiempo en el que inició la composi­ción de "La Muerte de Alsino". De sus trabajos en los dominios de la música sinfónica, había tenido la fortuna de escuchar las transcripcio­nes que él mismo hizo de sus "Doloras" y que Maurice Dumesnil inter­pretó en 1920. He dicho había tenido la fortuna. Era, sí, una enorme y poco prodigada fortuna para un compositor chileno oir sus obras sin-fónicas hasta años muy recientes.

Con el bagaje de experiencias que he procurado puntualizar, pero

(1) Es digno de anotarse que Mascagni, cuyos éxitos de director de orquesta en Chile fueron tan deslumbrantes como su actividad de concertador de sus propias óperas, al frente de la valiosa compañía que con él vino de Italia, dirigió en tus programas sinfónicos obras de Grieg, Wagner y Tchaikowsky, que ejercieron una gran influencia en los futuros sinfonistas chilenos. Aquéllas fueron: Preludio y Muerte de Isolda del "Tristán" y Obertura de "Los Maestros Cantores", las Danzas Noruegas y la Sinfonía Patética.

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con un caudal incomparablemente mayor de imaginaciones y de ensue­ños que necesitaban plasmarse en música; con una vocación a la que nada arredraba, Alfonso Leng se puso a dar forma a su poema sin-fónico, paso decisivo en su obra de compositor y, aunque él no lo supiese, de la música chilena contemporánea.

No he de aludir siquiera a lo que "La Muerte de Alsino" encierra como música. El lector puede remitirse a otros trabajos míos (2) , fue­ra de que en esta misma edición de la Revista Musical figura un es­tudio más autorizado que cualquiera de los míos sobre la producción sinfónica cle Leng. En el presente ensayo no he querido sino abordar las circunstancias que rodean a la aparición de "La Muerte de Alsino" en la música chilena de nuestro tiempo, que preceden a su estreno y que se prolongan después de él.

Quizá no se ha reparado lo suficiente en que la música de conte­nido o estructura poemáticos ocupa entre los compositores chilenos de 1910 a 1940 (o sea, de la generación madura respecto de los años que hoy vivimos) , un lugar mucho más amplio que cualquier otro género cle composición. Desde luego, que la escrita en formas instrumentales puras, para usar la definición corriente, tan cómoda como imprecisa. Limitémonos al terreno de lo sinfónico. En 1921 estrena el maestro Soro su única Sinfonía. Hasta 1946, con la Sinfonía en Fa de Santa Cruz, no se vuelve a recurrir al máximo cle los géneros sinfónicos. ¿Qué son las obras orquestales de los compositores con mas de treinta años hacia el de 1940? 0 agrupaciones de pequeñas formas, en suites con frecuencia teñidas de un fuerte carácter descriptivo e incluso narrati­vo, o composiciones poemáticas, la mayor parte con un texto al que la orquesta acompaña o que se da por implícito, como el "programa" cle un poema sinfónico. Precisemos esta afirmación.

Son suites de carácter descriptivo o con una narración presupues­ta: "Escenas campesinas" de P. H. Allende, "Nochebuenas" y "Metró­polis" de Bisquertt,' "Esquisses" y "Estampas Chilenas" de Casanova, "Seis Motivos Poéticos" y "Mito Araucano" de Isamitt, "Escenas Sinfó‑

(2) "Alfonso Leng. Iispíritu y Estilo". Revista Musical Chilena N" 33. Abril-ma­yo, 1949. "La Creación Musical en Chile". Editorial Universitaria. Santiago, 1952. Páginas 76 a 85 y 237 a 250.

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ricas" de Negrete, "Preludios Dramáticos" de Santa Cruz, las Suites No 1, No 2 y No 3 de Soro, todas con un contenido argumental, así como las "Impresiones Líricas" para piano y orquesta de este compo­sitor, las danzas del ballet "La Guitarra del Diablo" de Urrutia Blon­del. Se aproximan más a lo poemático las series de canciones con or­questa tan abundantes en la música chilena, en las que el conjunto sinfónico interpola pasajes de comentario lírico o descriptivo según las alusiones del texto literario, como las siguientes: "Los Lobos", "Los Invasores" y otros fragmentos estrenados de "Voces de Gesta" de Cota-pos, "Balmaceda" para narrador y orquesta del mismo compositor, "La Civilización, la Guerra y la Paz" de Giarda, "Friso Araucano" de Isa­mitt, "Cantata de los Ríos de Chile" y "Egloga" de Santa Cruz. Poemas sinfónicos, de mayor o menor extensión, desde el poema propiamente dicho a la pintura de escenas o episodios "de carácter", son los siguien­tes: "Las Tres Pascualas" y "El Aclarar" de Acevedo, "La Voz de las Calles" de P. H. Allende, "Taberna al Amanecer", "La Procesión del Cristo de Mayo", "Destino" y "1945. Poema de la Guerra y la Paz" de Bisquertt, "El Indio y el Huaso" y "Alegre la Tristeza y Triste el Vino" de Casanova, "Imaginación de mi País" de Cotapos, "Loreley", "La Vida", "Fantasmas y Danzas", "A Orillas del Mar" y "Más Allá de la Muerte" de Luis Esteban Giarda, "Fiesta Araucana" de Lavín, "La Mina Abandonada" de 1\Ielo Gorigoytía y "La Fiesta del Camino" de Samuel Negrete.

El lector informado habrá podido constatar que hemos citado la casi totalidad de la producción sinfónica de la mayoría de los músicos de la generación a que nos referimos, repartida en los tres acápites de música poemática enunciados. El porcentaje de esta música en los otros no deja de ser considerable.

El primer poema sinfónico chileno, el escrito por Alfonso Leng, ¿no alcanza así otra dimensión más, sobre cuanto lo distingue, al ser el punto de partida, o el impulsor, de un aspecto de la música artística chilena que tanto relieve tiene? Agréguese que "La Muerte de Alsino" fija una constante de lo poemático en la música chilena que se prolon­ga hasta nuestros días (hasta "Los Sonetos de la Muerte" y "Aculeo" de Letelier) , para medir en toda su trascendencia el influjo que ejerció y que ejerce sobre la creación musical del país. Esa constante de lo poe‑

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mático en la música chilena es su inclinación hacia la descripción de sentimientos o de situaciones psicológicas en la misma medida que re-huye la "pintura exterior", como dijo Beethoven en el epígrafe famo­so de la Sinfonía Pastoral.

Ya en "La Muerte de Alsino" la peripecia programática es lo que menos cuenta. Los estados de alma del protagonista son lo que esen­cialmente ocupa al compositor y si alude a los embates de su vuelo y de su caída (3) , lo descriptivo exterior no tiene mayor peso que las re­ferencias al correr tumultuoso o remansado de los ríos de Chile en el co­mentario orquestal de la Cantata de Santa Cruz. "La Muerte de Alsi­no", que fue sin duda una revelación para los compositores jóvenes en el año de su estreno, establece esa posición ultrasubjetiva a que nos re­ferimos repetidamente en el poematistno sinfónico chileno. Por supues­to, mucho más perceptible en los músicos que son fieles también a la estética de Leng en su radical expresionismo de raigambre wagneriana, con el acopio de un lenguaje armónico-orquestal que parte de allí igual-mente. Aunque, en los más avanzados, se le sumen aportaciones per­sonales o de corrientes posteriores de la música universal que no de-jan tan al desnudo aquel substrato.

(3) Sabido es que Alsino es una especie de Icaro.

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