Morfología del deseo



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Civilizados
Otra civilización sería que lo mujer no fuera un centro asaltable y saqueable desde la periferia, que no fuera lugar privilegiado para el atentado, sino centro al que se acude desde la periferia, en su condición de «conexión entre todas las cosas» (Henry Miller, en Mailer, 1971:82). Es necesario civilizarnos de otro modo, de este modo en que te declaro mi amor, amiga, porque por ese tu centro que conecta todo con todo, pasa todo. Ese tu centro es —siempre ha sido— el espacio mismo de la civilización. Y va a ser necesario, además, porque, desde que la mujer dejó de hacer ecuación con la naturaleza, dejó de hacer ecuación con la fragua del hogar. Porque desde entonces el centro se nos hizo móvil, a ti y a mí. Y perdió todo sentido tanto asirlo como perderse en él para siempre. Perderte tú también, no solo yo, como dice Mariela Álvarez (1978:7-8) que se perdió el hombrecito que hizo aquella primera mujer grandota. No habrá dominación mía sobre ti, ni tuya sobre mí. Ni «hembra herida inteligente» (María Auxiliadora Álvarez, 1985), ni «varón domado» (Vilar), sino encuentro, restitución de la herida originaria de aquella primera separación de cuerpos.

Porque ahora estás dispensada de formar ecuación con la naturaleza (Mosca). No siendo ya naturaleza ciega, puedes concebir o no, a voluntad, a tu voluntad. En el océano de historia que te separa de la primera femina sapiens, eres la enorme, infatigable, formidable primicia de ser la primera que puede reproducirse cuando le da la gana. Antes, durante el vasto océano, desde femina sapiens, no podías evitar la concepción, a menos que adoptaras la virginidad hermética, sublime y desdichada de las vestales, o de Teresa de Ávila, que escribía retorcidamente el deseo que no podía desplegar (Ambrosio de Milán). Hasta ahora te empleé como mi propio aparato reproductor; «quiero que me des un hijo» era mi mayor declaración de amor. Con la ventaja de que ese aparato reproductor que yo te expropiaba, era un aparato «de quita y pon»: cuando iba a tener hijos, me lo ponía; cuando iba a conquistar el Polo Norte, me lo quitaba.

Por eso vives entre nuevas contradicciones. Antes tu contradicción primordial era salir de tu centro, permaneciendo en él, para lo que tenías que abolir tu deseo a través del matrimonio. Ahora hay contradicciones más dichosas: la reina de belleza dueña de todo, la falda que vistes pudiendo ponerte pantalón, el pantalón que vistes, pudiendo ponerte falda, la oficial de ejército que ama los muñecos de peluche. No está mal. De esas alternativas no es obligatorio que tenga que salir nada malo.

La voluntaria y voluntariosa alternativa de liberar tu reproductividad del azar de tu deseo te permite emprender tu propio yo sin las limitaciones de la inercia fisiológica. Tu ego estaba condicionado —gozosamente, que era lo más cómico— por la condenación inapelable de darte-para-tener. Ahora, al menos, hay una casación ardorosa de todas las condenaciones de la naturaleza.



La felicidad del hombre es «yo quiero», la felicidad de la mujer es «él quiere» (Nietzsche).

Varón pa quererte mucho,varón pa desearte el bien

[...]Tal vez te provoque risaverme tirada a tus piesMilonga sentimental.Porque darte-para-tener era, para ser preciso, la furia de darlo todo para tener algo. Un cambio infinitamente desigual: todo por algo. Pues tenías que darlo todo para obtener la portentosa firmeza de la periferia que te había arrebatado tu centro. Por eso me daba risa verte tirada a mis pies. Por eso me dan rabia tus perversidades, tus engaños, tu minuciosa vocación para mentir hasta cuando no hace falta. Cierto, es pura defensa, pero también es puro ataque y en ello salimos perdiendo los dos porque perverso nunca gana, porque no tiene recursos anímicos para gozar lo que obtiene. Perverso pierde hasta cuando gana.

Ahora no. Ahora dispones de un nuevo espacio político. Ya la declaración de amor que te embelese no tiene que ser «dame un hijo», proyecto unilateral en que solo prevalece el yo varón, sino que te es posible optar por el «vamos a tener un hijo», proyecto colectivo en que cada yo y cada tú permanece intacto en la gozosa complementación.

Reproducirte a voluntad, esto es, prescindir del sentido doméstico como único e inapelable sentido práctico (Bourdieu, 1980), te permite también el democrático acceso a la universalidad abstracta del pensamiento discursivo.

El deseo se desenvolvió desde homo y femina sapientes sobre las condiciones de una ansiedad existencial: la ecuación mujer = naturaleza amalgamaba el deseo con un atentado a la existencia, a la esencia, al ser, a la identidad del ser humano que inevitablemente podía resultar. El sexo recordaba a la muerte porque podía conducir a ella. Fue lo que desató en ti y en mí una tensa morfología del deseo, que discurría en los términos de la ansiedad dicha. Las condiciones contemporáneas de esa reflexión desarman, sin embargo, las premisas antiguas de los censores o de los curas, que condenaban todo deseo al reino de lo inconfesable, esto es, aquel reino de quien nadie puede disponer sin permiso de grandes aparatos sociales: Iglesia, Estado, Escuela, Hospital —nos lo dijo Foucault, ¿te acuerdas? La ecuación mujer = naturaleza hizo que el franco deseo se retirara a los confines mismos de la vida. El deseo era algo en que «caíamos», salvo cuando ocurría en matrimonio, variante cotidiana del mito de Salmácide con Hermafrodito y éramos inevitablemente, necesariamente, naturalmente castos (Graves: 509).

El deseo se rodeó entonces de una filigrana neurótica de trovadores, de actos equívocos, de lapsus linguæ, de chistes de cabaret, de poesía, de aberraciones, de sadomasoquismo, de perfumería, de mística, de engalanamientos. El deseo servía para vivir la fantasía del amor no matrimonial, sin incurrir en el agravamiento ontológico de dar a la vida un hijo «natural», es decir, «un natural», un «nativo», un apache, un ser sin ubicación «bien-formada» en la gramática del parentesco, una «no-frase» (Chomsky), es decir, un ser sin ser, sin identidad, sin premisas, sin orden, sin posibilidad de ser-con-los-demás, pues un ser sin parentesco es un paria, un expósito, un ser que difícilmente encuentra cómo entablar parentesco con quien sí lo tiene.

El terreno de la inocencia, que no es necesariamente el mismo de la abstinencia, se pobló de vestiglos y endriagos, y, como las enzimas y las hormonas son inabatibles e inapelables, inocencia era reducir el deseo a cualquier acceso simbólico —necesariamente oblicuo y perverso— al momento indisoluble en que hacemos instantánea la perpetua fusión de Salmácide con Hermafrodito; universo radicalmente proscrito en razón de que en él vivía el misterio vertiginoso de la existencia. Por ello se sacralizaba el deseo y había que desear en nombre de Dios, porque la reproducción era un don de Dios. Ahora que el holgado deseo es posible porque no nos condena a generar gente no identificable, ahora que el deseo es, en fin, laico, es decir, radicalmente nuestro, podemos construirlo sobre las bases de un contexto muelle, en el cual la fusión momentánea de Salmácide con Hermafrodito sea una mera posibilidad, libre, disponible, como el beso o el requiebro.



Bello es lo que place universalmente, sin interés ni concepto (Kant).Porque —y esto es decisivo— la ontogénesis, la generación de seres, no es solo la procreación de otros seres vivientes, de hijos que se nos parecen. No, la abolición de la ecuación mujer = naturaleza implica la aparición súbita de otro ser, que comporta otra manera humana de ser. Reunirnos de otro modo significa el cambio de todo modo de ser, de sentirnos mujer y hombre, otra estética porque ahora puedo gozarte y puedes gozarme gratuitamente, «sin interés ni concepto». Podemos gozarnos —tú y yo— gratuitamente, «sin interés ni concepto», porque tú y yo somos ahora más nosotros. Cuestión de tecnología, que también puede —y debe— ser poética. O podemos escoger el sometimiento que, por libre, deja de ser sometimiento, pues no se trata de ignorar una vez más la existencia de la perversidad humana, que es lo que ha desbaratado todas las utopías, desde Torquemada hasta el Muro de Berlín. Sí, esta nueva perspectiva también es susceptible de ser atacada por la perversión. No importa. Es impervertible, al menos por las perversidades tradicionales, porque esta utopía no es una utopía, no es una promesa sino una condición que pertenece a la fuerza de las cosas.

Te sugiero, pues, una apuesta inversa a la de Pascal. Él proponía «apostar a la existencia de Dios» (Pascal, 451), pues a) si creemos y Dios no existe luego de la muerte, nada perdemos, b) si existe y no creemos todo perdemos, pero c) si existe y creemos, todo ganamos. Uno podría por cierto apostar a otro montón de versiones similares de Dios. Desde los griegos hasta el musulmán, pasando por el Panteón germánico, maquiritare o inca. O cualquier otra creencia trascendente. Es una posibilidad. Está bien. Apuesto a que Dios existe, nada pierdo si pierdo, todo gano si gano. Como negocio no está mal, lo que no entiendo es qué clase de fe es esa, tan calculada, yo creía que la fe era la de aquel que creía por Dios mismo «y no por el Cielo que me tienes prometido».

Pero hay otra apuesta, aquí, ahora: nos comprometemos con el deseo y verificamos nuestra ganancia ya, inmediatamente. O lo abandonamos, lo dejamos vivir como deseo inalcanzable, y tenemos la seguridad ya, inmediata, de que perdimos. Y como, de paso, yo no veo en qué pueda perjudicar a Dios satisfacer mi deseo por ti, tanto como nunca comprendí la tesis stalinista de Zdanov de que los poemas de amor perjudicaban la propiedad colectiva sobre los medios de producción, creo que podemos hacer todas las apuestas juntas, la apuesta de Dios, la apuesta socialista —finalmente el socialismo es la única tesis política sensata, ya la histeria neoliberal se encargará de demostrárnoslo una vez más, ojalá que no sea para volvernos a hundir en el stalinismo— y la apuesta del deseo. Y ganarlo todo junto, lo de aquí y lo de allá, que ya se verá a su tiempo. ¿Es acaso adorable una deidad que nos propone una infelicidad verificable aquí, a cambio de una buenaventura totalmente inverificable desde aquí?

Nadie se muere la víspera (dicho popular venezolano).Pasa que si la religión oficial —católica, stalinista, sionista, musulmana...— no estuviera imbuida de voluntad de poder, nos dejaría tranquilos con nuestro deseo. Pero no es así, ella necesita de esa nuestra energía soberana para alimentar sus propios aparatos. Y una doctrina, una teoría, que no produzca la felicidad del hombre concreto sobre la tierra concreta es una doctrina y una teoría de mala fe, hecha para la pura y ciega dominación del hombre por el hombre, del hombre por la mujer, de la mujer por el hombre. Es una doctrina contra el deseo porque vive del deseo prolongado, siempre postergado y nunca satisfecho, de cuando recobremos el Paraíso o alcancemos el Comunismo, no se sabe ni se puede saber cuándo, porque son principios místicos: imposibles e irrenunciables.

Asumir el deseo sin neurosis, sin escándalo, con contemporánea donosura, comporta una modificación no solo de los accesos, de los abordajes, del deseo, sino otra definición de su dimensión política, porque entonces ya la fidelidad no tiene el mismo sentido patriarcal de antes, ya la fidelidad no será restricción exclusiva para ti, y tal vez para nadie —eso depende de cada fiel—, porque ya quererte no es necesariamente poseerte ni dominarte. Ni viceversa.

Y no siendo necesario, obligatorio, inevitable, inapelable tiranizarnos mutuamente, yo gamonal disfrazado de Príncipe Azul, tú mujer araña disfrazada de Bella Durmiente, no siendo necesariamente jugar el juego de saber quién por fin va a ganar la batalla, el deseo se desenvolverá sin estar forzado a apremio ninguno, a escándalo ninguno, a infamia ninguna. La perversidad no tendrá motivos, será una pura malignidad desinteresada, posible pero que solo se alimentará de su gratuidad pura y sin trascendencia. Es la civilización en que te propongo desearnos: la mayor y más dichosa floración que jamás soñó la poesía. La tomas o la dejas. Yo la tomo, porque Blacamán estaba equivocado: la felicidad sí es obligatoria.
Referencias
De un solo autor(en orden alfabético)

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Otras obras y artículos del mismo autor

Email: rhernand@analitica.com


Roberto Hernández Montoya es Licenciado en Letras de la Universidad Central de Venezuela, Jefe de Redacción de Venezuela Analítica, Director de La BitBlioteca; miembro de las direcciones editoriales de Venezuela Cultural e Imagen; columnista de El Nacional, Letras, Imagen e Internet World Venezuela. Cursó estudios de análisis del discurso en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Fue Presidente fundador de la Asociación Venezolana de Editores y Director de la Editorial del Ateneo de Caracas.
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