Morfología del deseo



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Juntos


Amorcito corazón


Si n”os hubiera mirado

no penarapero tampoco os mirara

Veros harto mal ha sido,

mas no veros peor fuera.

No quedara tan perdido,

pero mucho más perdiera

que viera aquel que n”os viera.

No penara

Pero tampoco os mirara.

(Cristóbal de Morales, Cancionero de Úpsala)

La mirada del enamorado no resuelve nada porque es mística, es decir, neurótica. Si mira sufre, si no mira no pena pero tampoco mira, ni ama, ni nada.



Si el verte muerte me da,el no verte qué me diera (Calderón, La vida es sueño).Un día, cuentan los poetas, viene Acteón, el cazador, y mira a Artemisa, también cazadora, que se baña en el pozo sagrado de su coto también sagrado, porque es una diosa, y le empaña la virginidad. Artemisa, condenada a la defensiva, como toda virgen persistente, rocía los ojos de Acteón y, diosa al fin —así cualquiera—, lo convierte en ciervo, especie subhumana incapaz de desflorar a mujer alguna —y una diosa es una mujer inmortal, es decir, más mujer todavía—, pues desflorar a una mujer, por diosa que sea, es cosa de hombres.

Ella, claro, es una diosa y por esa misma razón tanto merece la divina honra que poco le importa que los perros de Acteón lo despedacen, creyéndolo ciervo cualquiera. Quién lo manda.

Similar cosa, cuentan, hacía Flor de Oro, la hija del Generalísimo y Rafael Bienvenido Leonidas Trujillo Molina, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva, también conocido como «Chapita». Esta dominicana, hija de uno de los dictadores más vistosos del Continente, y por tanto equivalente caribe de la diosa helénica —de allí esto que nos suena más a mito de Amazona que a historiografía—, amaba, dicen, a oficiales menores del ejército de su padre y luego los hacía sacrificar antes del amanecer de sus amores. Si el sacrificio ocurría o no ante su vista complacida, es detalle expresionista y secundario; lo importante es que, haciendo tal, su deshonra quedaba intacta y disponible para un nuevo ciclo del rito iniciático. Cada cogida era para ella una desfloración indolora.

Pero si Acteón no hubiera mirado jamás a Artemisa, hubiera muerto quizás mucho después, en su plácida cama, rodeado de nietos, hijos de hijos de un amor honrado y burgués, en la aurea mediocritas de los infelices que jamás han visto desnuda una diosa virgen, aun a riesgo de morir por ello. Porque se trata de ensoñar —Acteón anhelante— una mujer, y de ensoñar —Artemisa aterrada— un hombre.



La creación literaria de una mujer por un hombre y la de un hombre por una mujer, son creaciones ardientes (Bachelard, 1982:145).
Que te nazcan plumas
Y es, que en el punto de tal visión, apodérase de él, cual ataque de escalofrío, trasudores y calor desacostumbrados, porque, entrándosele por los ojos los efluvios se reanima la naturaleza de las alas; y, caldeado, espónjanse los gérmenes que, endurecidos y encerrados, no pudieron antes germinar; bajo la afluencia del alimento hínchase, y pónense a crecer, el cañón del ala desde la raíz hasta el eidos entero del alma, puesto que, en otro tiempo, todo su eidos fue alas. Hierve, pues, toda ella en sí y rebulle; y lo que les pasa durante la dentición a los que están echando los dientes —picazón y desasosiego— eso mismo siente el alma de quien comienza a echar las alas: arde, desasosiégase, cosquilléale el naciente plumaje (Platón, Fedro: § 251).La historia de esta demencia —si tiene historia la demencia— comienza en las alas de Platón. Mirar al ser amado, dice Platón, desata una «ola de deseo» que lo «reanima y calienta», lo alegra y lo embriaga, descuida sus negocios y se dice entonces que está loco de amor (Platón, Fedro: § 249-252). A la visión del ser amado, el alma comienza a recobrar las alas que había perdido en su caída del Cielo a esta tierra vulgar.

Que te nazcan, pues, plumas, amado, amada, y que sufras, amando, el que Teresa la Santa y los dentistas llaman «este dolor sabroso».

Por eso el bolero jamás promete matrimonio. Porque ya por Platón (Fedro: § 252) sabemos que la admiración de la belleza del ser amado es un recuerdo de la belleza virtual que el alma contempló en el Cielo, en el cortejo de Zeus, correlonas de pedagogía celestial que instruían a los mejores discípulos en que, palabra de Platón, no se debe amar al amado «en cuatro patas». Amor de bolero es, pues, forzosamente, amor platónico.
Tú, que eres mi yo
Por eso mirar al ser amado es apoderarse de él sin tocarlo, gesto místico, es decir, mítico, cuyo único remedio es la disolución del yo. Apoteosis del tú, que «eres mi yo, yo mucho más que yo», según el bolero ontológico-amoroso de Mario Clavel que canta Olga Guillot.

Cada vez que el hombre y la mujer tratan de construir el Arquetipo, componen un ser monstruoso: la pareja (Arreola, 1966:21).

Muera ya este yo, y viva en un otro que es más que yo y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir (Teresa de Ávila, Exclamaciones: XVII).El matrimonio ignora esta especie de amor porque su función es producir un nosotros neutral, diplomático, propio de sociedades disciplinadas, organizadas para la producción excedentaria (Izard, 1989). Amor de Naciones Unidas que no tiene nada que ver con el riesgo del forcejeo de, por ejemplo, Artemisa con Acteón. Duelo en que yo me convierto en ti sin pedir garantías de que tú te conviertas en mí.

En el matrimonio los sueños se apagan, se desintegran los poderes, se aburguesan las virtudes. [...] solo se dan allí, como indica Jung, «personalidades parcelarias», personalidades que tienen «el carácter de un hombre inferior y de una mujer inferior» (Bachelard, 1982: 136-137).En el amor matrimonial se prescinde de todo deseo en beneficio de la necesaria fidelidad, pues, ¿por qué tu cónyuge te va a desear a ti si, por serte fiel, no desea a nadie más? Si te desea a ti puede desear a cualquiera. Si no desea a cualquiera ¿con qué fuerza te va a desear a ti? Igual ocurre con tu deseo por él.

El bolero no tiene nada que ver con la conservación de la especie.

La única garantía del amor es, en fin, su infinitud, abstinencia que se prolonga en el nunca acabar. Por eso todo amor platónico es solo historia de amor, cuyo final, en la versión corregida del platonismo, llega cuando el amor se cumple, «y fueron muy felices y comieron perdices», después del relato minucioso de los obstáculos que componen la verdadera historia de amor de Príncipe Azul y Cenicienta. Contar un amor platónico en sí mismo es imposible; en rigor solo se narra su imposibilidad. Es, pues, un cuento que no cuenta. O, mejor dicho, puro cuento. El amor platónico, en su versión original, ortodoxa, el amor intangible, está condenado a prolongarse a través de su ineptitud, a amar precisamente porque es imposible amar. Amar es inspiración de Amor, que no es ni mortal ni inmortal —pues muere y renace constantemente—, que no es ni dios ni mortal, sino dáimon, y que cuando hombre y hembra engendran no lo hacen por deseo carnal sino por prolongar lo bello a través de lo bello —el ser amado—, por ansia de inmortalidad (Platón, El banquete: § 200a).

Salir de esta neurosis milenaria es, sin embargo, un trabajo tan simple como arduo y en todo caso debe comenzar por la comprensión de que el amor platónico es una obsesión por la ineficacia porque inevitablemente se consume apenas se consuma.




No; yo no he sido fruto de un insípido deber conyugal, como aquel cojo herrero [Vulcano], sino que, lo que es más hermoso, a mí me han dado el ser los besos del amor (La Necedad, en Erasmo:VII).
El striptease de la Historia
El siglo XX instituyó la orilla del mar como lugar de recreación. Antes, el baño había sido, para los pintores, por ejemplo, pretexto para una desnudez exhaustiva, generalmente femenina —la desnudez por excelencia—, que tenía como paisaje arroyos recónditos en que el espeso follaje sustituía a veces la trama de las telas y los encajes. Porque, claro, el baño era, y es, cuestión de contacto del cuerpo con la intemperie. Por ello es necesario desembarazarlo de sus envolturas urbanas y convertirlo en asiento de la inocencia recobrada, mediante la cual nos volvemos momentáneamente absueltos «buenos salvajes».

Salimos, pues, a la reconquista masiva del exhibicionismo. Pero, claro, el cuerpo está dotado de diversas panoplias, esto es, de figuras, ya lo decíamos, y del extremo del tabú semita —islámico y judío— del cuerpo, con sus rebozos y velos, hasta la desnudez absoluta, hay un minucioso protocolo intermedio de sayas, chalecos, faldones, jubones, corpiños, escarpines, calzones, sobrepellices, corsés, corbatas, zarcillos, yuntas, peinetas, rodilleras, gorgueras, calzas, petos, cascos, sombreros, según el caso y el momento civilizatorio. Los instrumentos técnicos que encubren, descubren y describen la topografía sémica del cuerpo, femenino o masculino, sea que se ande por la calle, se vaya a una fiesta o se acueste a dormir o a holgar. Topografía estricta por cuanto es ella la que conforma los usos del cuerpo en cada lugar y ocasión. El traje establece no solo la circunstancia que delimita nuestras acciones, sino que define el sexo mismo del cuerpo.

El vestido, entre otras cosas, se propone a la vista como redundancia de los puntos estratégicos de la topografía corporal. En el balneario el cuerpo se expone a la intemperie no solo natural, sino social. Exposición desafiante del cuerpo como botín o como arma, porque el traje de baño, el bikini, la tanga (femenina o varonil), el «hilo dental» no hacen más que extremar la redundancia del traje urbano: ellos no hacen más que subrayar paradójicamente lo que supuestamente ocultan: los caracteres sexuales primarios.

Pero, desde el comienzo de este siglo que no acaba de terminar, el juego de ocultación/exhibición se propuso como un striptease histórico. Cualquiera puede usar su memoria para revisar rápidamente el proceso que va desde los primeros trajes de baño hasta los últimos hallazgos formales con que se administra la topografía que llevamos dicha. El traje de baño ha ido estrechando cada vez más su margen de maniobra, trillándolo con cada vez mayor intensidad. Hasta la mitad de este siglo, hasta 1956, se creyó que el traje de baño de una sola pieza era la prenda definitiva: en la mujer remedo de torso, en el hombre apócope de pantalón. La mujer exhibía sus piernas desprevenidamente porque para ella no está hecho el pantalón sino como una incursión apenas recientemente estabilizada. Para ella es la falda, y no habiendo falda en el baño, las piernas quedaban libres. La media pierna del traje de baño masculino fue la primera forma de abreviar el pantalón para dar libertad al cuerpo. No había otra morfología posible para el hombre. La mujer se quitaba la falda y quedaba con la estructura de la pantaleta en su versión publicable: el traje de baño. El hombre, en cambio, quedaba con la estructura del calzoncillo, también en su versión publicable. Y el calzoncillo era entonces un pantalón apocopado.

Pero en 1956 apareció el bikini, dos piezas para la mujer, calzón sin piernas para el hombre, pues este formato permitió una primera incursión unisex. El bikini nos recordaba de nuevo que el traje de baño era amago de desnudez, algo que aquel traje de baño enterizo había rutinizado y, por tanto, abolido, pues el deseo vive de una sorpresa perpetuamente renovada y prometida. El bikini se estabilizó, a su vez, en un diseño lógico y sin fisuras, que luego se desestabilizó nuevamente y degeneró en tanga y, más recientemente, en «hilo dental». La tanga, sin embargo, no podía ser suficiente desafío, porque su imagen corresponde a una especie de caricatura del bikini o de la desnudez, según el vector de la mirada de que se trate. Intimidad falsamente en peligro, desafío infantil del toque de queda que pesa sobre el cuerpo, la tanga es una desnudez precariamente controlada, exploración milimétrica de los últimos linderos de lo prohibido, recurso para determinar —bastante vagamente, por cierto— dónde están las fronteras que dan forma al espacio en que nos movemos.

La Guerra Fría fue posible por el brinkmanship, maniobra político-militar que mantenía permanentemente a las superpotencias al borde de la refriega nuclear, manipulación del vértigo que medía hasta dónde se podía llegar sin despeñarse por el borde del precipicio (el brink...).El brinkmanship de la tanga parece haber llegado a su Ultima Thyle, a su última frontera, y no le queda sino el manierismo, el barroquismo, el rococó de un striptease histórico que vive de pretender no terminar nunca. Del diseño estable, seguro y sin fisuras del bikini, el manierismo tanguista regresa, por ejemplo, al traje de una pieza, rebuscamiento forzado en el que ahora reina la combinación de aberturas a quemarropa, de cintas atrevidas, de porciones que se sostienen con tiritas como un andamio, desde el cuello; de farallones que se hunden hasta el ombligo, pero siempre respetando las tres partes sagradas, y por tanto intangibles, que la Cultura Occidental y aún cristiana confiere, por ejemplo, al cuerpo femenino.

Por eso en algunos centros internacionales dedicados al baño, es decir, al exhibicionismo, se propone la única salida sensata, es decir, honesta, a esta impasse estético-formal: la desnudez pura y simple. Pero con ella, en su pureza y simplicidad, entraríamos en la negación del juego, en el desuso social, cuya única versión aún admisible por nuestro repertorio mítico es la utopía genesíaca. Los clubes nudistas son por cierto inconsistentes en un aspecto radical: en ellos cada circunstante porta un cojín, para evitar el contacto promiscuo con las huellas de gérmenes que la desnudez ajena haya podido dejar en las sillas. Contradicción de la desnudez, negación de la inocencia, represión de la rusticidad, venganza de la cultura.

Pero nunca se sabe: quizás sea de nuestras playas tropicales de donde salga algún inesperado recurso formal. Después de todo la perspectiva nació en la pintura en medio de una crisis similar del espacio pictórico bidimensional que rigió desde la Antigüedad grecolatina hasta la mutación renacentista (Panofsky). Porque si durante el Carnaval los venezolanos hemos abandonado el placer de la desbandada social, podemos reconciliarnos ahora diciendo que en toda época del año, y en Semana Santa sobre todo, perdido también el fervor místico, hemos ganado en al menos una alta pasión: la del voyeurismo, el buceo empalagoso de las tangas y otros trapitos cada vez más tácticos y cada vez menos estratégicos.

La playa es ese espacio gozón en que todo el que se siente habitante de un bello cuerpo (hembra o varón) sale a alardear de él dentro del delicado juego del brinkmanship de los trapitos que administran con criterio de creciente escasez la abundancia de los cuerpos. Alguna mirada audaz dirá quizás la última palabra y descubrirá una nueva variante de la topografía corporal o desmantelará el pudor, ese atávico gendarme necesario.


Los sueños del deseo
Engorrosa y tediosa suele ser la discusión que quiere distinguir entre Erotismo, literatura amorosa y hasta especulación científica sobre los puntos carnales.

Los censores y los curas insisten en que pornografía es algo que se señala instintivamente, pues «uno siempre sabe» cuándo un mensaje es pornográfico. Lo cual es cierto solo cuando se lo reduce a su extremo más obvio: obscena es toda representación de los puntos carnales, del dirty little secret de que hablaba D. H. Lawrence. Claro, así cualquiera.

Esta visión victoriana sería incluso admisible si no fuera porque ya Freud desnudó la red de perversidades, esto es, de representaciones supuestamente indirectas, que afloran en toda sexualidad reprimida. El deseo siempre es figura, ya lo hemos visto. Y la definición de los curas («pornografía es toda sexualidad ajena al matrimonio y a los fines procreativos») sería también satisfactoria, si no fuera porque en su discurso ellos mismos invaden hasta el terreno santificado del matrimonio, culpabilizando de todo gesto a la pareja, incluso del más escuetamente eficaz para crecer y multiplicarse (Valentini-di Meglio, 1974).

La estructura no hace excepción de personas; es, pues, terrible (como una burocracia). No podemos suplicarle y decirle: «Mira cómo soy mejor que H...» Ella responde inexorable: «Estás en el mismo lugar de H..., eres, pues, H...» Nadie puede litigar contra la estructura (Barthes, 1977: 154-155)La relación de los religiosos con el sexo corresponde a una de las más sublimes y ridículas manifestaciones de la esquizofrenia humana. La figuración religiosa del sexo —me refiero por el momento a la judeocristiana— es permanentemente contradictoria porque se alimenta de un double bind, de un “doble vínculoí (Bateson, 1978), radical: el pudor espiritual y el deseo que nos gobierna el sistema endocrino. Como ambas fuerzas son estructuras demasiado poderosas como para renunciar a ellas, se procede entonces mediante lo que desde Molière se ha llamado el tartufismo: la figuración escindida, esquizoide del pudor y el deseo. Un rato casto y otro libertino ha sido la vida sexual del cristiano durante dos mil años.

Y no hablemos de la mar de curas libertinos que nos depara la vida cotidiana. Hablemos, para ennoblecer estas reflexiones, de los místicos, de esos hombres y mujeres exaltados que vivían un sexo desplazado hacia el espacio más inconveniente y más desdichado, circunstancia en la cual lograron componer por cierto la más alta poesía erótica, condensando la relación erótica con la relación del alma con Dios, desde el Cantar de los cantares hasta Juan de la Cruz. Una insistencia divertida porque solo a un esquizofrénico se le ocurre pensar que todo ese erotismo tan patente pueda disfrazarse en volandas de trascendencia vagarosamente espiritual.

De lo que se trataba era de un esfuerzo milenario de la tradición judeocristiana de escindir la experiencia erótica en terrenos incomunicados entre sí en el plano manifiesto y dejar la congestionada pasarela entre eros y espíritu para los confines de lo no confesado, para el secreto, para el inconsciente, para la confesión al cura o para la pervertida inocencia de los que logran ser —forzada o voluntariamente, se conocen casos— verdaderamente castos. Con esa experiencia tan incómoda del amor se hizo una poesía elevadísima y deliciosamente erótica, lo que demuestra que la estética no es un problema de moral sino de sensibilidad, que —lo sabemos desde los románticos— también puede ser morbosa (ver Privada).

Pecado, según estos enfoques, es, pues, todo. Y siendo todo y, por tanto, siempre igual a sí mismo, el pecado es nulo, como tal, pues igual da desear un torso que soplarse las narices; lo que vale decir que es todo y es nada. Así, pornografía es, para esta gente, existir simplemente, por cuanto la vida sexual es imposible sin sus figuras, sin sus representaciones directas o indirectas, con su cadena de escotes, símbolos fálicos y pieles bronceadas. (Nótese que ni siquiera una de las figuras primordiales de la castidad escapa al erotismo: la Virgen María no es más que un tema sexual, por cuanto, hasta donde conozco de estas cosas, la virginidad es un concepto que se desprende de la sexualidad y no del beisbol o de la termodinámica). Estamos condenados, pues, a pasarnos la vida entre signos venéreos. Fatalidad que, en sí misma, con el perdón de las almas sensibles, es, a mi parecer, intachablemente sana.

¿Dónde reside entonces ese efecto que llaman de “obscenidad” y que sería propio de la pornografía? Recurramos por el momento al viejo rito ontológico de las definiciones de la Real Academia en su Diccionario, según una de las cuales pornografía es el «carácter obsceno de las obras literarias o artísticas». Y cada quien que se las arregle para dilucidar en cada caso y ocasión lo obsceno de lo que no lo es. Porque pasa que el “efecto de obscenidad” padece de un pernicioso carácter histórico. Cuando Boticelli pintó El Nacimiento de Venus no se imaginó que, durante el Gobierno del Dr. Caldera, un ejemplar servidor del Estado venezolano ordenaría decomisar un disco («El Hijo de Afrodita») porque en su carátula osaba reproducir imagen para él tan perturbadora. Los tiempos cambian, y ya desde los filósofos eleáticos se sabe que la historicidad de los seres es incompatible con todo afán ontológico. Pornografía y obscenidad son, pues, entidades que no existen sino en el sujeto. Lo dicho: para definirlas hay que definir primero el sujeto que se las figura.

Comencemos por introducir un elemento bien terrenal, es decir, carnal, en la discusión. Actitud en que hasta las estadísticas nos apoyan: lo que los especialistas llaman hard core porno —esas imágenes en que los actores no hacen que hacen, sino que hacen— lo consumen principalmente las clases más bajas; y el soft core porno —esas imágenes que algunas personas refinadas y de comedido hablar, llaman «eróticas», esto es, esas en que los actores no hacen, sino que hacen que hacen, dentro de ambientes mullidos— es lo que más propiamente cabe en el mundo de la molicie más à la mode.

La carnalidad proletaria vendría dada por el carácter escuetamente simbolizado del cuerpo como fuerza de trabajo. Pero tal argumentación no nos convence: en primer lugar porque es una versión demasiado bioantropológica de los signos sociales. En segundo lugar porque sería suponer que habría espacios de lo social, de lo cultural, más pobres simbólicamente que otros, en este caso el cuerpo según los proletarios sería más «pobre», simbólicamente hablando, que la versión que de él dan los ejecutivos. De lo que se trata es de la instalación del cuerpo en contextos culturales distintos. La ubicación del cuerpo desnudo en el ambiente de tapices y sedas es la satisfacción de la necesidad simbólica de la burguesía, esto es, de confirmar su espacio cultural —doméstico, por ejemplo— como espacio erotizable. Los budoirs burgueses de la serie cinematográfica Emmanuelle son mullidos precisamente para erotizarlos. Nadie vive su deseo fuera de su cultura. El deseo del burgués no puede contradecir su espacio cultural sino más bien confirmarlo. De otro modo no sería burgués. El erotismo es la pornografía de los ejecutivos.

El proletario vive la representación sexual en su plano fisiológico escueto y primordial. Lo cual no implica esa inferioridad o pobreza simbólica cuya existencia hipotética tanto complace a los intelectuales zonzos, que son la mayoría. Sino que mientras el burgués desplaza la penetración fisiológica por los encajes, el proletario simboliza lo sexual mediante un léxico ginecológico. Cada quien se figura el deseo como puede.

La pornografía —a diferencia del erotismo— no es simplemente el derrumbamiento de las figuras del deseo, pues figura, es decir, cultura, hay tanto en el hard como en el soft. No hay dimensión de lo humano, por humana misma, que sea extradiscursiva, extrasimbólica, extracultural.

La diferencia reside, con el perdón de las almas virtuosas y neoliberales, en la circulación social, esto es, en el valor de cambio. Ignoro cuál pueda ser el valor de uso de la figuración lujuriosa; eso, tratándose de un asunto legítimamente privado, es algo que solo puede establecer cada quien para sí. Pero, por el contrario, sí es perfectamente factible conocer la millonada en que se suele medir su valor de cambio, esto es, la especulación mercantil que se ejerce con las necesidades sexuales de la gente; valor de cambio, por cierto, que es en realidad lo que uno se representa mediante ese efecto de obscenidad que se suele atribuir a un asunto por otra parte tan sanote y cotidiano.



Todo lo contrario

Un cuadrado semiótico de inspiración greimasiana diría que masculino y femenino viven en estado de contrariedad:

(1)

En donde:



a) es contrariedad, o presunción recíproca: no hay femenino sin masculino.

b) es contradicción, o exclusión recíproca: femenino y no pueden coexistir, como tampoco pueden coexistir masculino y .

c) es relación de complementariedad.

Los cuatro términos de la categoría no se hallan definidos de manera sustancial, sino, únicamente, como puntos de intersección, como extremos de relaciones (Greimas-Courtés, «Carré sémiotique»; subrayado nuestro).¿Dónde vive entonces la homosexualidad? ¿Vivirá entre esos «extremos de relaciones» entre los cuales cabrían —¿dónde?— puntos intermedios?

Porque ocurre que, en el magín homosexual, masculino y femenino no son compromiso alguno con los fundamentos biológicos, varón y hembra, que se les atribuyen. Masculino y femenino son casilleros culturales, instancias codificadoras, “memes” (Dawkins, 1985:cap. XI), no biológicos, que forman parte de lo que Morin (1962: 264) llama la “infratextura generativa de nuestras sociedades”. Es decir, para el magín homosexual, ser biológicamente varón o hembra no obliga a nadie a ser culturalmente masculino o femenino. Nacer varón o nacer hembra son avatares biológicos que nada comprometen con la condición masculina o femenina. No es posible demostrar las ecuaciones

(2)varón= masculinohembra =femenino

Pues, por definición, tampoco es posible demostrar la ecuación cultura = biología. Masculino y femenino son un compromiso probabilístico, empírico, que no pertenece a la estirpe de los hechos fundamentales y constitutivos, o interdeterminados (cultura biología), y que, además, se derivan de conocimientos obvios, que Kant llamaba a priori, que se saben de antemano, como los de las matemáticas, como aquel que nos predica que «toda circunferencia tiene un centro», lo que es inmediatamente evidente y sin experiencia. Masculino o femenino surgen necesariamente de la experiencia, y no de una condición constitutiva esencial, a priori, de ser varón o hembra. Se trata, pues, de representaciones a posteriori, de trasmano. Esto es, contingentes, no virtuales (Hernández, 1975), algo que puede ocurrir o no. Una opción inagotablemente libre de la vida social, que solo está restringida por los aparatos de coerción y coacción culturales de esa misma vida social.

Por eso proponemos que “sexo” y “sexual” designen el hecho biológico de ser “hembra” o “varón” y “género” el hecho cultural de ser “femenino” o ser “masculino”:

Lo sorprendente es que, a pesar de no estar gobernado por determinaciones constitutivas a priori, exista una correlación cultural estadísticamente verificable sexo , tanto en la mayoría de los varones con lo masculino, como de la mayoría de las hembras con lo femenino.

Paradigma” aquí puede entenderse sea como aquella representación que delimita el campo de lo concebible (Morin, entre otros), o como una línea de asociaciones necesarias entre principios conceptuales (Saussure, 1972).Es sorprendente el grado de coerción que, antes de llegar a la convención social, nos persuade desde tan temprana edad —esto es, desde el Comienzo, desde que empezamos a ser culturales, es decir, animales políticos— de pertenecer a una cultura en la cual ocupamos uno de los dos únicos modos de ser legítimamente posibles: femenino o masculino. Modos de ser que comportan aparatos llamados “ejes paradigmáticosí. La feminidad o la masculinidad son paradigmas por cuanto

a) delimitan el campo de lo concebible para cada quien y

b) establecen sendos ejes de asociaciones entre principios conceptuales (ver (4)).

La estructura cultural dominante, en Occidente, polariza los sexos en función de sendos ejes paradigmáticos, que podemos proponer así:

(4) Femenino Masculino

Tiniebla Luz

Deshonor Honor

Humedad Sequedad

Pecado Inocencia

Unidad Diversidad

Vaguedad Precisión

Debilidad Fortaleza

Belleza Fealdad

Cobardía Valentía

Sumisión Dominio

Emoción Razón

Ternura Firmeza

Etc. Etc.

Otro, producido por una encuesta, es menos recóndito y se refiere a prejuicios más manidos (San Martín, 1975: 29):

(5) Femenino Masculino

Suave y dulce Duro, rudo

Sentimental Frío

Afectiva Intelectual

Intuitiva Racional, analítico

Impulsiva, imprevisiva Planificador

Atolondrada Previsor

Superficial Profundo

Frágil («sexo débil») Fuerte

Sumisa, dócil Dominante, autoritario

Dependiente y protegida Independiente, protector

Cobarde y llorona «Los hombres no lloran»

Tímida Atrevido

Recatada, prudente Atrevido, audaz

Coqueta Seductor

Conquistable Conquistador

Inconstante Estable

Bonita Feo

Insegura Seguro

Pasiva Activo

Abnegada, sacrificada Cómodo

Curiosa Indiferente

Monógama Polígamo

Virgen Experto y experimentado en el amor

Apegada a la casa Apegado a los negocios y a la vida pública

Masoquista Sádico

Histérica Obsesivo

(5) Femenino Masculino

Suave y dulce Duro, rudo

Sentimental Frío

Afectiva Intelectual

Intuitiva Racional, analítico

Impulsiva, imprevisiva Planificador

Atolondrada Previsor

Superficial Profundo

Frágil («sexo débil») Fuerte

Sumisa, dócil Dominante, autoritario

Dependiente y protegida Independiente, protector

Cobarde y llorona «Los hombres no lloran»

Tímida Atrevido

Recatada, prudente Atrevido, audaz

Coqueta Seductor

Conquistable Conquistador

Inconstante Estable

Bonita Feo

Insegura Seguro

Pasiva Activo

Abnegada, sacrificada Cómodo

Curiosa Indiferente

Monógama Polígamo

Virgen Experto y experimentado en el amor

Apegada a la casa Apegado a los negocios y a la vida pública

Masoquista Sádico

Histérica Obsesivo

Nuestra cultura nos instala desde muy temprano en el magín uno de dos ejes paradigmáticos —masculino o femenino—, en donde los atributos se encadenan: oscuridad implica humedad, que a su vez implica diversidad en la medida en que remite a la hybris, que a su vez remite al pecado, que remite a la vaguedad, que remite a la debilidad, etc., esto es:

(6) oscuridad ?humedad ? diversidad ? descontrol ?hybris ? pecado ? vaguedad ? debilidad ? ...

En este paradigma la belleza se «contamina» de fragilidad: eres bella como una flor: te tomo —tierna o brutalmente—, eres fácilmente ofendible por la fuerza, fatalmente te marchitas... Sentirnos niña o niño nos persuade desde el Comienzo de un sistema extremadamente complejo de elementos que son instancias codificadoras unos de otros: eres bella, por tanto frágil (y viceversa), por tanto débil (y viceversa), por tanto cobarde (y viceversa), por tanto sumisa (y viceversa), por tanto secundaria (y viceversa), por tanto prescindible (y viceversa), etc. Soy feo, por tanto soy fuerte (y viceversa), pues lo feo no deja de ser feo del mismo modo en que deja de ser bello lo bello: mediante un acto de agresión física, por ejemplo, de allí que lo feo sea fuerte por naturaleza, pues es invulnerable en tanto feo, nada podemos hacerle para empeorarlo; mientras que lo bello es altamente vulnerable, pues cualquier ofensa lo aja, lo roe, lo marchita. Soy, pues, fuerte, y por tanto valiente (y viceversa), por tanto gobernante (y viceversa), por tanto primario (y viceversa), por tanto imprescindible (y viceversa), etc. «Dios dijo Dios y hombre», «¡Ay, era hembra..!», «Nació varón», «Inviten mujeres, para que adornen», «Ese es un palo de hombre», «El hombre es como el oso: mientras más feo más hermoso», «Es un gran hombre, lástima que sea mujer» (Voltaire), etc.

No se nace mujer, se deviene mujer (De Beauvoir, 1949: II, 13).Pero no se trata solo de condicionamientos, según la célebre teoría etiologista de Simone de Beauvoir; el condicionamiento, desde luego, como siempre, es un refuerzo inapreciable en eso de ser uno femenino y masculino. Pero una sucesión ordenada de condicionamientos haría pensar en un dispositivo deliberado y perpetuamente consciente de iniciativas de condicionamiento al niño y a la niña, en tanto tales. Por lo cual se trataría de un proceso elementalmente frágil, que interrumpiría cualquier convicción, cualquier duda de la conciencia. La vida social, como la conocemos, sería imposible si todos tuviéramos una idea clara y distinta todo el tiempo de todo lo que hacemos. Dejaríamos repentinamente de saludar al prójimo por considerar el saludo —pongamos— una actividad inútil o hasta irracional, o dejaríamos de cumplir los horarios y cosas así. Sin los automatismos no deliberados que nos conducen a comer sentados a la mesa, a leer de izquierda a derecha, a desear unas piernas que percibimos vivas bajo una falda, nos pondríamos más necios y arbitrarios de lo que ya somos y no podríamos ser el tumulto precariamente ordenado que formamos. Además, ¿por qué el fenómeno se repite monótonamente en culturas tan diversas? ¿Por qué hay tantas culturas en las que lo hombre se figura como «superior» a lo mujer? Tiene que haber un zócalo transcultural que permita fenómenos de esta naturaleza y que no se explican por la mera «influencia» intercultural, que es posible y posibilitadora, pero no suficiente.

El centro decisivo no está en la sucesión ordenada de condicionamientos, es decir, en una teoría etiologista —o ecologista—, sino en una estructuración fundamental y extremadamente compleja de elementos paradigmáticamente organizados, como, entre otros, los mencionados en (4). Dispositivo que, como tal, funciona automáticamente, sin que nadie esté todo el tiempo barruntándolo. De allí el aparato de determinaciones subterráneas que estableció el sicoanálisis. No se trata de prescindir de las observaciones que permite una visión ecológica de las condiciones en que se desarrolla cada siquis. De lo que se trata es de encontrar el punto de confluencia en que ambos enfoques —el etiológico-ecológico y el estructural— pueden encontrarse y, sí, cooperar.

El paradigma (5), por su parte, como es fácil colegir, es demasiado elemental para ser una representación adecuada y suficiente de lo que pasa entre los sexos y los géneros. Cualquier diagrama, por complejo que sea, es incapaz de contarnos todo lo que sucede efectivamente en las interacciones de los sexos y de los géneros entre sí, esto es, en las relaciones (cf. Eco: § 2.10) del tipo:

(7)


Así como la relación:

(8)


Como se ve, las posibles combinaciones entre ejes paradigmáticos son ilimitadas. Pueden y se suelen dar combinaciones de tipo «ortodoxo», esto es, públicamente sancionadas como legítimas, como (7) y (9). Entendemos aquí “legitimidad” como el conjunto de operaciones que establecen la validez social de un hecho. La legitimidad, desde este punto de vista, es el código del poder.

El poder, dentro de nuestra cultura —dentro de nuestro «universo semántico» (Greimas-Courtés, «Culture»)— admite como legítimos los paradigmas (7) y (9), jamás el (8). El eje (8a), por ejemplo, nos daría un cuadro semiótico del tipo:

(10)

en donde femenino es complementario de , y varón de. Lo mismo se puede generar a partir de (8b):



(11)

en donde masculino es complementario de hembra, y hembra de .

La contrariedad masculino femenino presenta otra característica: no son oposiciones discretas, el principio que las rige no es digital, sino gradual, continuo, analógico. Es decir, no habiendo ninguna conexión a priori entre hembra y feminidad y entre varón y masculinidad, la contrariedad masculino femenino es un continuo indeterminado, sin fronteras estables. Somos, pues, tendencialmente masculinos y tendencialmente femeninos.

Eso explica el fenómeno generalmente observado de mujeres —no necesariamente homosexuales— que asumen elementos masculinos de (4), así como de hombres —no necesariamente homosexuales— que asumen elementos femeninos de (4). Porque no somos ni dispositivos digitales elementales como los de las actuales computadoras, ni máquinas de estados finitos, sino entidades humanas abiertas, entre otras cosas porque tenemos voluntad y libre albedrío. En realidad esos elementos de (4) no son ni masculinos ni femeninos. Los que aparecen bajo la columna «masculina» no describen a un ser «masculino», sino a un guerrero, un hecho que no tiene nada de biológico y sí mucho de cultural. Uno de los atributos del guerrero en nuestra cultura es la de ser hombre. Algo que no es necesariamente así, como lo demuestran tantas guerreras y guerrilleras antiguas y modernas. Cuando en nuestra cultura una mujer asume los atributos «masculinos» de (4), los usurpa y se vuelve una amazona, que ha de ser derrotada por Teseo. Y las que lo asumen así se convierten en ese personaje patético, repugnante, resentido, imitador y revanchista que llaman una feminista, generalmente lesbiana. Los usurpa, no le corresponden, y ella lo sabe, ella no puede «ascender» a lo hombre. Por ello la presencia de lo hombre «verdadero» la ofende, pues le recuerda su subordinación, su envidia del pene. Los homosexuales varones, en cambio, pueden asumir lo mujer porque «el que puede lo más puede lo menos» —dice la enciclopedia (Eco, 1978, 2.10.2 y 2.11.13)— y entonces no solo no odian lo mujer verdadero, sino que lo admiran y lo adoran. Por eso son tan amigos tuyos, te escoltan, te miman, te alcahuetean, te aconsejan, te adornan como trasunto de lo que ellos quieren ser. Ambos, homosexuales y heterosexuales soñamos contigo. Las lesbianas y tú también sueñan conmigo; pero lo que en ti es sueño delicioso, espero, en ellas es pesadilla.

Eso explica también por qué los varones que andan asentados radicalmente en el cuadrado semiótico (1), los machistas —es decir, todos los que no somos homosexuales, con mayor o menor histeria—, vivamos en la permanente hipocondría de hallar en nuestro comportamiento un elemento feminoide de (4). Y viven en esa permanente hipocondría porque fatalmente lo van a hallar. Y fatalmente lo van a hallar porque está ahí, en alguna parte, nunca sabemos a priori cuál —pues se trata precisamente de un saber a posteriori...

No hay, además, femenino ni masculino en «estado puro», entre otras cosas porque son variantes de la misma humanidad y porque, además, se complementan, se implican (su relación es de contrariedad, esto es, de presunción recíproca).

Así, pues, no siendo discreta sino continua, la contrariedad masculino femenino obliga a una ubicación necesariamente tendencial. No pudiendo excluirse entre sí (por el principio de presunción recíproca), estamos obligados a contener, en los paradigmas en que vivimos, elementos de uno y de otro, con predominio sea del femenino, sea del masculino. Y en ese continuo sin gradientes, sin puntos de referencia claros y distintos, hay espacio para todas las gradaciones que van desde la heterosexualidad histérica hasta la homosexualidad histérica, pasando por la bisexualidad, la homosexualidad temporal, el travestismo, la homosexualidad activa, la homosexualidad pasiva y otras variantes que solo conoce la imaginación de que nos dota nuestro sistema cultural, así como de nuestro talento y talante para derivarlas de nuestros entreveros con la vida. Porque en todo este proceso, como lo señala Pierre Bourdieu (1979:543 y ss.), cada vez que clasificamos al Otro, sea lo que sea, hombre, mujer, sabio, balurdo, homosexual, poeta o gangster, nos estamos clasificando nosotros mismos y modificando el contexto de clasificación, y así sucesivamente.

Estando disipadas las ecuaciones (2), las proposiciones (10) y (11) son variantes alternativas posibles y previstas dentro de la estructura del sistema cultural. Esto es, nada excluye que (10) y (11) constituyan su propio campo de promoción cultural, puesto que son semióticamente, es decir, culturalmente, factibles. Aquí y ahora, naturalmente. En otros momentos y lugares puede ser distinto. Sin embargo hay otros cuadrados semióticos que son contradicciones explosivas del universo representativo legítimo de nuestro sistema cultural, de nuestro universo semántico legítimo, del código del poder. Son dinámicas que hacen irrepresentables a (10) y (11) dentro del discurso público de la legitimidad. Y el sistema que las hace irrepresentables es por cierto un sistema de tensiones particularmente violento, por cuanto juegan dentro de otros cuadrados semióticos, en donde es posible ver la virulencia de las oposiciones:

Si, por ejemplo, según (4), masculino comporta “dominio” y femenino “sumisión”, al par contrario masculino/femenino se añade un par contradictorio y «explosivo»:

(12)


(13)

 

(12), pues, no puede operar bajo el conjunto de presupuestos del paradigma (1). Es “no gramatical” un hombre que, por mor de femenino, quiere ser sumiso en lugar de dominador, etc., lo cual es contradictorio —excluyente— del eje paradigmático “masculinidad”, según (4). Podemos continuar añadiendo elementos de contradicción, que son cada vez más explosivos, pues hacen estallar el esquema de (10) y (11), tomando cualesquier atributos de (4), podemos obtener (13).



Estos elementos son radicalmente inconciliables, pues se niegan con una particular virulencia —por favor cada quien verifíquelo en su experiencia particular. De allí el escándalo de terror, risa e ira que provoca la exhibición pública de la homosexualidad.

Ese escándalo de terror, risa e ira es uno de los síntomas más aparatosos de la feroz, brutal, tenebrosa, vertiginosa, y descomedida separación de cuerpos en que viven los sexos. Tal vez no nos ofenda mucho que nos confundan con ostras o con asesinos o con locos, hasta con narcotraficantes, pero que nos confundan con el otro sexo invoca una virulencia que asusta. Especialmente cuando, dadas las relaciones de poder vigentes en nuestro orden simbólico, siendo hombres, nos confunden con mujer, porque remite a una capitis diminutio particularmente insultante. La diferencia de potencial que existe entre los sexos causa asombro. El Apartheid en que viven no tiene tal vez otro paralelo en la historia, en cuanto a permanencia y omnipresencia en la vida social. Este Apartheid comporta no solo la vida sexual, sino también aspectos de la vida humana tan ajenos a la vida biológica como la vestimenta o los gestos. O, dicho más precisamente: este Apartheid se extiende hasta todos aquellos elementos de la vida humana que han sido invadidos por la vida sexual.

De allí que el homosexual sea una suerte de lisiado colocado en un paradigma especial en donde convive por igual con lo monstruoso, lo cómico, lo perverso y lo repugnante. De hecho, la vida social los relega en la medida en que no prevé espacio específico legítimo para ellos. Ser mujer en un cuerpo de hombre, o viceversa, esto es, no andar con su género y su sexo «correspondientes», es vivir en un estado de exclusión atroz y permanente. De allí que tantos homosexuales asuman deliberadamente su vida precisamente así, como una monstruosidad cómica, perversa y repugnante, y entonces sufran precisamente del complejo del lisiado: la vida es una revancha permanente contra los «normales». No siempre es así, felizmente y algunos hay dichosos en su condición.

Hemos asistido recientemente al veloz debilitamiento de este Apartheid. La vida social se ha poblado de una creciente indiferenciación de géneros, especialmente a partir de la incorporación de la mujer a profesiones que le habían estado vedadas. Es decir, la desexualización del trabajo. En otras épocas el Apartheid implicaba discriminaciones tales como naves distintas para cada sexo (= género) en la iglesia. Hoy en día se bate en retirada y queda relegado a los baños públicos o a algunos colegios religiosos que se niegan a morir, en donde solo se admite un solo sexo (= género).

Estamos, pues, ante una explosión enciclopédica, esto es, ante la explosión que sufren todas las instancias codificadoras —enciclopédicas (Eco, 1978:2.10.2 y 2.11.13)— realizadas a partir del cuadrado semiótico (1). Lo que los semióticos llaman enciclopedia, los sicólogos llaman esquema. El cuadrado semiótico (1), al excluir a (10) y (11), permite contar las historias de Bella Durmiente, Solveig y Penélope pacientes; Parsifal santo varón, Helena raptada, Sigfrido valiente, puro, engañado y engañador; Ofelia y Desdémona sacrificadas; Santos Luzardo vencedor de la barbarie —que es femenina, según Gallegos—; Rosalinda apostada «a un Indio Bravo»; Perseo matador de la Górgona y liberador de Andrómeda, la primera princesa cautiva; Genoveva de Brabante execrada; los «hombres necios que acusáis a la mujer sin razón» que reprende Sor Juana Inés de la Cruz; Dulcinea imposible; Superman misógino y Luisa Lane impertinente; los patos Donald y Daisy reprimidos e histéricos; Don Juan y Doña Inés...

El cuadrado semiótico (1) permite además ordenar las interminables ceremonias del día, los mil minuciosos gestos de cada respiración. Inspirar mi galantería en tu coquetería, mi protección en tu miedo, mi callejear en tu encierro, mis amenazas en tu sumisión, mi audacia en tu pudor. Un posible itinerario enciclopédico construido a partir del cuadrado semiótico (1), se puede discernir más o menos como en (14).

Así es, amiga, como nos deseamos. Es posible construir otras rutas enciclopédicas a partir de cualquiera de los atributos. Esta es la mía. Tú puedes hacer la tuya, o compartir la mía, si sientes igual. Así es el método estético, ya lo decíamos. El cuadrado semiótico (1) permite a (14). El cuadrado semiótico (1) permite saber quién debe ir con cada cuál, cuál es la oveja de cada pareja, etc. El cuadrado semiótico (1) permite, en fin, vivir.

Porque el mundo, visto desde el cuadrado semiótico (1), es un espacio sosegado, equilibrado, estable, su enciclopedia se lee sin sobresaltos. Por eso se reprimen los cuadrados semióticos (12) y (13), porque hacen estallar el (1), que es el sistema, la infratextura generativa de la heterosexualidad excluyente, que otros llaman machismo, donde íntimamente vivimos y sentimos el deseo. Los cuadrados semióticos (12) y (13) nos invaden violentamente con el hecho comúnmente ignorado, reprimido, olvidado, impensado, no dicho, de que la cultura no es un hecho natural. Los cuadrados (12) y (13), mostrados aquí como técnicamente imposibles, son una figuración de lo culturalmente imposible que es un ser masculino que toma las figuras que nuestra cultura atribuye a lo femenino y un ser femenino que toma las figuras que nuestra cultura atribuye a lo masculino. Porque entonces los tacones y la corbata no tendrían función posible, Buffalo Bill en faldas, Helena de Troya en botas, Humphrey Bogart en tacones, Cenicienta con chaleco. Esto es, la catástrofe de (1).

La homosexualidad no es, pues, ni una desviación, ni una perversión, ni una aberración, ni una inversión del Orden Natural. No hay Orden Natural en el ser humano porque todo en el ser humano, en tanto que ser humano, es extranatural. Su organización biológica es la base de su organización social, esta no existe sin aquella, pero la organización social no se explica a partir de la organización biológica (Morin, 1973). La homosexualidad es entonces una de las tantas opciones del repertorio cultural en que vivimos. Repertorio cultural que, como todos los demás, está lleno de ejes paradigmáticos explosivos, como los que acabamos de ver.

Por eso la homosexualidad, además, no se adquiere: no ha sido posible rastrearle una etiología, pues se trata de un hecho sincrónico, que está allí, para quien quiera, precisamente, disponer de él. Y tampoco es posible despejarle una etiología porque no se trata de una enfermedad sino de una condición estructural, latente o manifiesta, con la cual se vive la vida entera. No se trata, sin embargo, de una condición innata, sino de una condición fundamental. No se trata de un fenómeno que la ciencia médica pueda clarificar, sino de un fenómeno cultural, que solo puede ser abordado mediante el método dialógico propuesto por el científico social ruso Mijaíl Bajtin (1982:383):


Las ciencias exactas representan una forma monológica del conocimiento: el intelecto contempla la cosa y se expresa acerca de ella. Aquí solo existe un sujeto, el cognoscitivo (contemplativo) y hablante (enunciador). Lo que se le opone es tan solo una cosa sin voz. Cualquier objeto del conocimiento (incluso el hombre) puede ser percibido y comprendido como cosa. Pero un sujeto como tal no puede ser percibido ni estudiado como cosa, puesto que siendo sujeto no puede, si sigue siéndolo, permanecer sin voz; por lo tanto su conocimiento solo puede tener carácter dialógico.

Tal vez los médicos no tienen más que decir de este fenómeno que lo que tienen que decir, por ejemplo, del gusto estético.

¿Cómo escogen los seres humanos distribuirse en homosexuales y heterosexuales? Igual que escogen distribuirse en comunistas y fascistas, en ladrones y policías, en burgueses y proletarios, en joviales y depresivos. Es decir, no escogen, en el sentido biográfico de la palabra. Se trata de principios condicionales de toda biografía, es decir, tienen carácter previo. Pero no en el sentido cronológico, sino porque son condiciones sine qua non, para toda biografía, que ninguna biografía es posible sin un zócalo nocional, sin un dispositivo paradigmático, sin una infratextura generativa, sin, en fin, una cultura. Como veneciano o hijo de un asesino o de «la costurerita que dio el mal paso» o de un héroe. Entender el fenómeno de la homosexualidad solo mediante el método biográfico, sicologista, mentalista —que es el que casi universalmente se le ha aplicado— es tan inútil y trivial como lo sería aplicar el método biográfico para explicar la naturaleza de la prostitución o de la Revolución Francesa o de la Mafia o de la Guerra del Líbano, o aplicar el análisis químico para estudiar la naturaleza del papel moneda (cf. el concepto de “reduccionismo jerárquico” en Dawkins, 1988: cap. I).

Nos distribuimos en heterosexuales y homosexuales porque son funciones que están previstas en el sistema cultural, es decir, el universo semántico, en que vivimos. No dudo que haya predisposiciones biográficas. También las hay para devenir fascista o mafioso. Pero no tiene estrictamente ningún sentido explicar el fascismo o la prostitución o la Revolución Francesa o la Mafia o la Guerra del Líbano, en tanto fenomenos globales, solo a partir de la suma minuciosa de las biografías de los fascistas, las prostitutas, los revolucionarios, los mafiosos o los libaneses. Porque también el fascismo o la prostitución o la Revolución Francesa o la Mafia o la Guerra del Líbano, son opciones de nuestro sistema cultural, es decir, de nuestro universo semántico.

De allí también el lugar que ocupamos en las demás preferencias sexuales, previstas todas por el sistema cultural. Lo que los sicólogos —esos moralistas científicos— llaman «aberraciones» no son sino disposiciones que están allí en la morfología misma del deseo. No son aberraciones cuando se practican —dicen— con moderación. Entonces se nos permite ser un poquito voyeuristas, un poquito masoquistas, un poquito violadores. Todo de a poquito. Pero como ese «poquito» no está dosificado de acuerdo con ningún manual de normas industriales, no podemos saber de qué se trata. Entonces nuestras dosificaciones crecen o disminuyen con la misma libertad sin gradientes con que nos movemos de lo masculino a lo femenino, y viceversa. El hombre nace anárquico y la sociedad lo vuelve político, es decir, adicto al poder. Las posibilidades eróticas, para nosotros occidentales, están reducidas a una rección como la de (1). Como dijo Barthes (1978: 10-14) del lenguaje en su lección inaugural del Colegio de Francia, que es fascista porque nos impone una rección de género y de número:
El lenguaje es una legislación, la lengua es su código. No vemos el poder que está en la lengua porque olvidamos que toda lengua es una clasificación, y que toda clasificación es opresiva [...] Estoy obligado a escoger siempre entre masculino y femenino, lo neutro o lo complejo me están prohibidos. [...] Así, por su propia estructura, la lengua implica una relación fatal de alienación. Hablar y, con más razón, discurrir, no es comunicar sino dominar: toda lengua es una rección generalizada. [...] Pero la lengua, como ejecución de todo lenguaje, no es ni reaccionaria, ni progresista; ella es simplemente: fascista, pues el fascismo no es simplemente impedir decir, sino obligar a decir.

Hay, claro está, un manual, el manual de un cierto modelo. El de la procreación con sus consecuencias civilizatorias: el parentesco, la identidad, nada menos. Una de las versiones de ese manual se llama Código Civil. Otra versión es la Instrucción sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación. Respuesta a algunas cuestiones de actualidad, producida por la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Iglesia (1987). Otro manual son las telenovelas latinoamericanas y las situation comedies de la televisión norteamericana, desde Papá lo sabe todo hasta Alf. Las sit coms cumplen la función que cumplían las «moralidades» y los «ejemplos» del teatro medieval. «Instruyen, pues, mientras divierten». En ellas no cabe la menor posibilidad de representación de las «aberraciones», sino como frontera de lo aceptable y de lo gramatical (Chomsky, 1965).

De ese modelo procreativo —implicado en (1)— dimana el furioso anatema que gravita sobre las «aberraciones», porque forman parte de añgo que para (1) es inmanejable, de la hybris, del escándalo, de la desmesura que conduce a la bancarrota del orden social y cultural. La miseria de ese orden social y cultural es que no sabe ni quiere saber que todas esas «aberraciones» viven y nacen de él.

¿De dónde nacerían si no? ¿Nacerían de algún espacio mítico? ¿De la Nada, por ejemplo? ¿De Belcebú, por ejemplo? Pero entonces ocurriría que de hecho Belcebú pertenecería a nuestro orden social, pues basta con que intervenga en él para que de hecho pertenezca a él. Y para (1) la Nada no existe, especialmente la de Sartre, esto es, la nada de la libertad y el desarraigo. Para (1) la nada equivale a andar buscando lo que no se le ha perdido. Pero esa Nada, ay, existe. No podemos, no debemos, no tenemos derecho a considerarnos inocentes de esa Nada, porque es parte constitutiva de nosotros. Ella está allí, vive entre nosotros. Persistente, ingenua, perversa, hermosa, horrible. Como nosotros.

¿Es posible describir estos fenómenos colectivos mediante una metáfora cristalográfica? Es decir, ¿se ordenan estos componentes como se ordenan los cristales? ¿O se producen estas polarizaciones por un fenómeno análogo al de los fractales? ¿Se fraguan las afinidades electivas mediante una serie de operaciones explicables según la Teoría General de Sistemas? ¿Existe un proceso semiótico que desconocemos y que explica fenómenos como
1. la explosión de la guerra,

2. Mayo de 1968 como epicentro del estremecimiento que se vivía en todo el mundo casi simultáneamente,

3. por qué los Rolling Stones dejaron de ser maravillosos al mismo tiempo que Bob Dylan y la disolución de los Beatles y casi todos los otros, simultáneamente en distintos lugares,

4. que estos años sean tan pusilánimes y mentecatos, que la inteligencia colectiva se haya inhibido o vuelto memez,

5. el auge y caída de las modas vestimentarias o políticas o teóricas o filosóficas o culinarias,

6. la poesía, etc.?


Para los griegos a y b eran Discordia y Ares, que enloquecían a los hombres, y c, d, e y f eran las Musas, esto es, un principio organizador superior a los hombres. Algo que, sea individualmente o en conjunto, no podemos gobernar. Algo transindividual, que tal vez, atados en la caverna, apenas podemos vislumbrar, intuir, adivinar, conjurar. Tal vez el superhombre —y la supermujer— puedan hacer algo, pero me temo que como que no existen.

Yo no sé. Pero, homosexuales o no, me parece que más nos vale irlo averiguando de una vez.



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