Morfología del deseo



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Dios dijo: Dios y hombre

El varón monárquico

Un distinguido Defensor de las Instituciones Republicanas fue descubierto salando sus barbas en el océano:
¿Por qué no viene a tierra seca? —dijo el Espectador—. ¿Qué hace usted allí?
Señor —dijo el Distinguido Defensor de las Instituciones Republicanas—. Espero un barco que trae a Su Majestad el Rey de las Islas Cagadas de Moscas y quiero ser el primero en estrechar su coronada mano.
Pero —dijo el Espectador— usted declaró en su famoso discurso ante la Sociedad Pro Prevención de la Protuberancia de Cabezas de Clavos en las Aceras de Madera, que los reyes son opresores sanguinarios y logreros que merecen el Infierno.
Mi querido señor —dijo el Distinguido Defensor de las Instituciones Republicanas, sin quitar los ojos del horizonte—, usted se extravía en las ideas más impertinentes. En aquel momento yo hablaba de los reyes en general (Ambrose Bierce).

Como en la fábula de Bierce, los opositores de la Reforma del Código Civil se solían presentar como defensores de los derechos de la mujer, pero de los derechos en abstracto, «en general».

El que gobierna siempre es uno solo. Quien manda no ha de discutir jamás, ya que de la discusión proviene la disminución de la autoridad. De la discusión no brota la luz, sino el amor propio (Gaudí, 1976).Claro, la breve polémica contra el nuevo Código sirvió de revelador de los principios de la estructura de la inteligencia conservadora. Así, por ejemplo, para esa estructura mental el poder debe ser un dispositivo regido por un principio superior y misterioso. El poder es una sola instancia, por lo que el diputado socialcristiano Douglas Dáger declaró, de lo más resignado: «Hasta sería aceptado por nosotros que fuera ella» [la mujer, la que ejerciera la autoridad] «con tal de que la sociedad conyugal no se quede sin una dirección, necesaria para su funcionamiento y consolidación» (El Nacional, 18/3/81).

El poder es, pues, indivisible. Principio indisoluble que suena por lo menos sorprendente en un diputado que participa de un Estado que divide el poder republicano en tres instancias: ejecutivo, legislativo y judicial. Claro, se trata de un repúblico que, como el de Bierce, reniega de los reyes «en general». Ya se sabe, además, que en Venezuela los tres poderes son ejecutivo, ejecutivo y ejecutivo...

La mente conservadora es fundamentalmente monárquica, el derecho divino es su más genial producción intelectual. Y conviene aclarar que mente conservadora no es solo la de los partidos de derecha, sino la que nos domina cada vez que emprendemos una arbitrariedad cualquiera, sin importar la denominación ideológica desde la cual se emprende. El Rey es el límite del orden social, última barrera de lo socialmente posible. La estructura de la Casa Real es, como cabía esperar, la estructura tradicional de la familia.

La ejecución de Luis XIV marcó una crisis de legitimidad del poder que aún hoy sigue desafiando nuestra visión del orden social. Porque, abolido el derecho divino, el ejercicio del poder quedó privado de una autoridad emanada del Cielo, de una autoridad trascendente. Pero la estructura monárquica, expulsada del Palacio Real, encontró uno de sus últimos asilos en la estructura familiar (tradicional, como buena estructura social): una familia mítica para la cual no existe el divorcio y que se sustenta sobre la esquizofrenia virginidad/fertilidad del cuerpo femenino, ese «lugar privilegiado para el atentado».

El poder doméstico debe ser, pues, ejercido por el varón, el congénito y legítimo mandatario, el único dueño de su propio cuerpo, el supremo hacedor, para fundar así su heredad, su reino, sobre la fertilidad de una mujer, o de varias. Y el poder debe ser uno solo.

«Si viene sin fuerza, lo mato, si viene con fuerza, se muere». Esta sería la imagen del matrimonio (Rísquez, 1985).Si hombre es Rey, puede entonces gobernar uno o varios reinos y ser Príncipe Conquistador, razonamiento que constituye la estructura profunda del tratamiento dual de la infidelidad. Ya se sabe: unidad es principio superior, masculino; múltiple es principio subordinado, femenino. Una mujer que disponga de su fertilidad —fertilidad que es del hogar, es decir, del hombre, su jefe uno y único— y se vuelve múltiple sujeto, para varios hombres, es un no-ser, un anti-ser, y merece por tanto la muerte, que es la estructura profunda de aquella ley que otorgaba al marido la vida de la adúltera. Una mujer que da a luz hijos de mala madre, es decir, que no tienen padre. La matriz «lógica» del matrimonio, ya lo decíamos en Amorcito corazón, es inconsistente: si los cónyuges mantienen intacto su optimismo sexual nada en el mundo puede encarrilarlo sin inconsecuencias en la sola y única dirección del otro cónyuge. Con lo que tenemos el siguiente modelo de inconsistencia: si hay deseo hay matrimonio, pero hay también su negación: la infidelidad; si no hay deseo no hay infidelidad, pero tampoco matrimonio. El matrimonio resuelve esta inconsistencia de lo que, por comodidad, hemos llamado su lógica, mediante tu frigidización, convenciéndote de la impertinencia de tu deseo. Convicción precaria que por cierto está cada día más lejos de tus horizontes teóricos. O bien porque ya sabes antes de casarte que tu deseo es multiforme y en nada inferior en monto al de él; o bien alguno, «El Otro», te lo descubre del modo más inesperado, grato e inquietante.

El ejercicio unipersonal y misterioso del poder nos conduce a la propiedad colectiva del cuerpo femenino; a todos nos pertenece —por eso todos somos mujer—, menos a la mujer que vive en ese cuerpo. Tenemos entonces derecho a disponer de ese lugar privilegiado para el atentado; seamos marido, hermano o padre. O también madre o hermana o tía o amiga, porque el cuerpo femenino suele ser propiedad colectiva, de todos, incluso de las otras mujeres, siempre plurales, menos de la singular mujer. Una mujer es mujer en el cuerpo de otra, pues sobre ese cuerpo sí tiene derecho, el de su hija, el de su cuñada, el de sus amigas, a través de la administración directa, como una madre, o indirecta, mediante del chisme. Hay mujeres porque hay esas otras plurales e infinitas mujeres que las acosan mediante su inagotable capacidad de chisme para controlar a los otros cuerpos, para que no gocen de las libertades que se le niegan al suyo, y para que obedezcan a su condición como redundancia de la mera mera biología que contradice la intimidad última de esos cuerpos: porque de ellos nace su propio invasor, el feto triunfal que la viola en su elemental privacidad. Las mujeres, pues, se inteerdeterminan. Ni siquiera en tu hoyo profundo está sola la singular mujer. De allí tu ansiedad de soledad, de vivir tu mundo aparte, de detener el día (ver Privada).

En ese instante eres la singular mujer y no las mujeres infinitas y plurales que te cercan y te anulan con sus miradas, sus recelos, sus contumelias, sus regaños y sus minuciosas intrigas. Es una mera retaliación, pues ya antes tú misma las has agredido con tus recelos, tus contumelias, tus regaños y tus minuciosas intrigas.

Nuestros mejores sueños, en cada uno de nosotros, hombres y mujeres, provienen de nuestro femenino. Tienen la marca de una innegable feminidad. Si en nosotros no existiese un ser femenino, ¿cómo descansaríamos? (Bachelard, 1982:144).Y si tu cuerpo, la fragua del hogar, no pertenece a la singular mujer, sino a la multitud abigarrada, bajo la custodia de las mujeres infinitas y plurales, entendemos perfectamente la legitimidad que este mundo social que describimos otorga a la violación (ver Expropiada). Es decir, no tiene derecho al amor propio quien no tiene cuerpo propio. Por eso puedes ser violada, porque en rigor no te violan porque tu cuerpo no es tuyo. En realidad violan a tu dueño, sea quien sea.

Es una estructura profunda cuya descripción formal intentamos a continuación, partiendo de las panoplias de su socialización, como, por ejemplo, la ropa que lo cubre/descubre y lo define/describe.

Según algunos juristas, la duplicación del poder hogareño que propone el nuevo Código, presume que el marido es siempre un loco furioso, cuando que el marido común es un personaje que «se preocupa y vela» por la fragua que construye sobre la mujer. Es, pues, sobre esta «realidad» sobre la cual hay que legislar.

El poder tiende a corromper, pero el poder absoluto corrompe absolutamente (Lord Acton).Este pensamiento presenta, sin embargo, por lo menos, una inconsistencia, algo mucho más grave que la irrealidad de su premisa: la magnanimidad del «marido promedio», cuya mera presencia sociológica es puesta en duda por cientos de miles de niños abandonados. La inconsistencia mayúscula reside en exigir que la mujer cuente con la magnanimidad congénita del gobernante, su marido, y se encomiende al Cielo —la fuente de esa condescendencia monárquica— si le toca la desgracia de no casarse con un «marido promedio» sino con un «marido patológico». Como si las leyes invocaran, para no castigar el asesinato, que la mayoría de la gente no asesina a sus semejantes. Al Rey se le presume siempre absolutamente inocente, pues es quien hace la ley que precisamente lo declararía culpable.

El Rey-Papá del viejo Código está condenado a gobernar, como aquel consternado padre español que vi una vez en el Museo Picasso de Barcelona, obligado a dictaminar, en aquella su específica ignorancia estética, si las telas que su familia veía eran o no «válidas». La familia le exigía un pronunciamiento que conceptualmente no podía pero tenía que producir, con su Super 8 —su poder adquirido— en una mano y su poder congénito en la otra.

La ejecución de Luis XVI dejó un vacío de poder que condena al ridículo todo ejercicio vertical e inconsulto del mando, por más poderoso que sea, por más franquista o stalinista que luzca. El nuevo Código Civil nos coloca, pues, ante la alternativa histórica de hacer el ridículo o de constituir un orden familiar a la altura de los tiempos.

Para lo cual la mujer debe violarse a sí misma y saltarse la particular perversidad con que asume su condición. Como la víctima enamorada de The Night Porter, la mujer suele asumirse fuente de un placer cuya máxima perversión consiste en disfrutar vicarialmente del poder masculino. Siendo la masculinidad poder y el poder masculinidad, la mujer viriliza esta perspectiva social del hombre: la desea, la teme y disfruta de su propia degradación como de una caricia. El acto mismo del amor se figura como degradación en quien lo recibe pacientemente, es decir, lo padece. El pene es degradante para quien lo recibe y exaltante para quien lo porta. La enamorada se ve sorprendida al ver su cuerpo pasivo admirado por ese animal erguido, erguido por ti, en ese momento la erección te pertenece, te alivia, te exalta. Pues así como Mariela Álvarez (1978:8) dice que el hombre «se perdió para siempre» en el sexo femenino, la mujer nace para siempre cuando es informada por el sexo masculino. Él la cincela y todo hombre eyaculante es el trasunto de Pigmalión. Por eso ella no puede tener varios hombres. Todo hombre que la recorre es figurado como el Único Hombre, el Único Posible, porque el ser que recibe es indivisible, es inamovible, Parménides dixit. Y es peor en las feministas, que asumen su opción de poder como pura masculinidad y en tanto que tal, devorando su feminidad en una simple e imposible negación de «hembra-herida-inteligente» (María Auxiliadora Álvarez, 1985). «Hembra-herida-inteligente» que no puede descansar nunca, porque el feminismo tiene la virtud de la obsesividad, de llevar la feminidad como una condición que se exhibe y se maldice al mismo tiempo. De allí su carácter incansable.



Apenas tuvo algo de forma en la cabeza empezó a buscar palabras que solamente tradujeran el silencio enorme que quería tener dentro (Mariela Álvarez 1978:8).Quien ha intentado hablar estas cosas contigo ha descubierto que en ti vive el silencio universal que aterraba a Pascal. Simplemente oyes y no escuchas. Es decir, acatas, tal vez incluso declares formalmente tu acuerdo y luego continúas en tus calladas prácticas, ceremonias que has hecho tan secretas que tú misma ignoras sus fines, y te han hecho «enemiga del» [...] «excesivo razonamiento, proclive más bien a los designios» (Mariela Álvarez, 1978:55). Te hundes en esa estructura ilimitada, desaforadamente callada, como en una embriaguez, y cuando eres inteligente eres entonces más furiosa, más impenetrable. Por eso no explicas lo que haces; a lo sumo lo describes.

No sé si esta condición va a tener otra historia. Pero sí sé que cuando ocurra, si ocurre, es porque ya lo mujer habrá comenzado a dejar de ser un puro designio. Es decir, habrá dejado de ser lo que es para devenir una feminidad otra para construir una masculinidad otra, esto es, una Especie Humana otra.

Las determinaciones de este esquema de vida no dimanan solamente de la fatalidad fisiológica de la reproducción. Ya lo hemos dicho. Tal vez ella lo justifique, o tal vez se justifiquen mutuamente. Lo que ocurre es que en el ámbito de la civilización el espacio de resonancia que le ha tocado a la feminidad es el del centro del Universo, ese espacio circunscrito, íntimo, inconfesable, implosivo, devorado, hecho de silencio y reticencia, sobre el cual la civilización ejerce su mayor presión.

Por una parte... Y por otra otro modelo: sea que el ámbito del parentesco es un rectángulo en donde caben dos tipos de cuadriláteros que representan los dos sexos, cada mitad de la división de la estructura básica del biomorfismo humano, y aquí sí vale la simetría entre sexos, como, por ejemplo, así:


Es un conjunto «bien-formado» entre otras razones porque ambas versiones del biomorfismo humano dan lugar a un segundo biomorfismo, representado por un segundo cuadrilátero bien-formado:
En tal par no es concebible la presencia de otro cuadrilátero porque siempre va a «salir sobrando»:
sea que figure «por encima», o que figure «por debajo»:
Lo mismo da... Y es imposible figurar en el rectángulo la coexistencia
porque la segunda madre, la de la derecha, no tiene contacto alguno con el padre. Igual resultado daría un conjunto compuesto por dos padres, en el que la madre no tiene contacto con el padre de la izquierda:
En tal conjunto no vale decir que «un día uno y un día otro», por cuanto para la relación amorosa no hay discurrir temporal, que es la base ahormante del bolero El reloj, por ejemplo, que quiere que «nunca amanezca» para que el amor que esa noche termina sea eterno, es decir, atemporal. La historia del amor es la historia de la eternidad. Tampoco es posible un rectángulo del tipo
a causa de la aparición de un segundo orden de cuadriláteros que lo hacen impertinente:
y cuya vinculación con el biomorfismo padre está radicalmente indefinida. No así la que genera el conjunto
que da origen a cuadriláteros «hijos» perfectamente bien-formados:
Aun así, a pesar de esto, no se trata de una figuración «correcta», «gramatical», según la nomenclatura «estándar» de Chomsky. Es incorrecta porque para ello debe intervenir la dimensión temporal, que, como se sabe, es impertinente a la relación erótica. Cuando esa dimensión interviene es cuando se produce la llamada «rutinización» del amor, el hastío, etc. Por eso Balzac dice que «cada noche debe tener su menú» (Méditation V, aforismo XXXIX). Es decir, cada noche debe ser única, cada noche el amor debe ser reinventado, para que cada acto de amor sea el primer acto de amor del Universo.

De allí que sí, la facultad contemporánea de concebir a voluntad alivia la tensión milenaria del deseo, pero no la anula. Sigues incómoda en tu centro, incapaz de abolirlo, ansiosamente buscando un espacio exterior que te permita respirar vicarialmente, a través de un hombre, padre, marido, hijo. Y darte-para-tener es, como se ve, una paradójica voluntad de poder, pues necesitas al hombre que te dé historicidad, salud social, «que te represente», etc., pero una vez poseído lo desprecias, porque no puede ser del todo masculino un hombre que se somete a los designios de una mujer. Ese hombre está perdido como hombre, la misma paradoja del homosexual, que desea un hombre enteramente masculino, sin rasgos de homosexualidad, hombre que, una vez poseído, deviene homosexual por ese mismo acto. En esas circunstancias te quedan solo dos alternativas: la infidelidad o la abolición de tu propia feminidad. Ambas alternativas son idiotas, porque la infidelidad-para-despreciar no cumple completamente su objetivo mientras el cornudo te siga poseyendo desde su periferia, y porque la abolición de tu feminidad es la abolición del deseo y la conversión en un ser indeterminado.

A la falda se ha opuesto en la cultura de masas una mitología femenina más prometedora, menos tensa, más libre, más mujer: la Princesa Leia, entre otras, Princesa Cautiva, sí, pero también Juana de Arco, comandante militar, combatiente, activa, voladora, con iniciativa, que incluso es capaz de asumir el papel de Príncipe Conquistador cuando se trata, en otra ocasión, de devolver el favor y liberar a su amante capturado por Jabba, versión del Dragón en The Return of the Jedi, la última entrega de Star Wars. Démosle la bienvenida a Leia, porque no ha tenido que renunciar al deseo, como tuvieron que renunciar Juana de Arco o Teresa la Santa para trascender el condicionamiento del fustán y el horror a lo desconocido. Ella es no solo la que va a dejar atrás a Blanca Nieves o a Penélope o a Eva o a Pandora, sino las que fueron presentadas como usurpadoras de la voluntad de poder definida como masculina: Lady Macbeth, la manipuladora, Doña Bárbara, la barbarie que se hace injusticia por su propia mano. Es curioso, pero Rómulo Gallegos, aparte de positivista, consideraba que la barbarie era femenina, esto es, la barbarie era simbolizada por la feminidad salida de sus cauces «naturales», que son los que Santos Luzardo vuelve a poner en su lugar, a través de la feminidad recobrada de Marisela, la hija de Doña Bárbara, su versión corregida y amputada, es decir, refeminizada según los cánones más antiguos de esta civilización. Marisela vuelve a ser Penélope, Solveig o, mejor, Bella Durmiente, despertada de la barbarie materna por el Príncipe —Santos Luzardo, luminoso y santo, como su didáctico nombre lo indica.

Hemos propuesto un proyecto estético, kantiano, de gozarnos sin tensión. Librar el deseo de la ontogénesis, librar el deseo del compromiso de crecer y multiplicarse, y explorar esos límites indecisos en donde se ubica nuestra condición concéntrica. Conocernos al fin en ese proceso, libremente, sin tensiones, sin fallas geológicas que nos fisuren, sin traumas, sin toques de queda, sin guerras larvadas, sin odios, sin amonestaciones y, sobre todo, y decisivamente, sin instituciones ajenas al deseo. No sé si ese proyecto será posible. Tal vez sea posible derivar un proyecto mejor. Pero creo que cualquier cosa es mejor que la alternativa atávica, ridícula, feroz, perversa, brutal y miserable que sigue:



Carta a los opositores del aborto

A partir de la tesis que exponemos a continuación, se sigue, señores, lo que luego de ella se lee, que no creo que escandalice sus conciencias, dado que no la escandaliza el exterminio cotidiano de las personas que, no abortadas, nacen en condiciones miserables tanto de economía como de salud, y que, creemos, modestamente, tienen derecho a invocar el sagrado derecho de no nacer. Pero como ustedes nunca se refieren a este asunto, presumo que no les interesa.

Quizás, sí, provoque algunas iras entre las mujeres, entre quienes espero no se encuentren las que también se oponen al aborto, pues estadísticamente suele ocurrir que, para estas últimas, la perdida que aquí se anuncia —el optimismo sexual— no es tal pérdida, pues no se puede perder lo que nunca se ha tenido.

A continuación, sin más tardar y distraer su ocupada atención en asuntos de método, paso a exponerles mi versión de sus puntos de vista sobre este asunto tan trascendental para ustedes.



Tesis

El acto sexual debe servir solamente a la procreación.


1. El hombre necesita del placer para procrear; la mujer no. Por tanto,

1. la mujer debe garantizar el placer al hombre con quien ha de procrear, quienquiera que él sea.

2. El placer en la mujer es prescindible, por lo cual adquiere carácter secundario. La mujer está condenada, de acuerdo con nuestra premisa, a lo que los biólogos llaman «egoísmo de la especie» (Dawkins, 1985), de decir, cada individuo debe sacrificarse por la especie y no operar para su propio beneficio individual.

1. El placer de la mujer debe estar supeditado al del hombre, porque solo tiene sentido cuando aumenta el placer del hombre, esto es, cuando forma parte del placer del hombre, al servicio de la especie.

2. Debe ser el hombre quien decida si disfruta con el placer de su mujer, pues solo el que goza sabe que goza. Por eso la relación de la mujer con el hombre debe estar regida por el placer del hombre, al solo juicio del hombre. Y si en ello se juega el placer del hombre, ella debe renunciar al suyo.

2. La mujer no tiene derecho alguno a disponer de su propio placer, por cuanto viola el principio de entregar incondicionalmente su capacidad de gozo al hombre. Su satisfacción está supeditada a la prioridad de la satisfacción del hombre. Una mujer que dispone de su propia satisfacción, y se entrega libremente al placer, debilita el fervor con que debe desear al hombre con quien ha de procrear. Toda la intensidad de su ansiedad natural debe estar dirigida al deseo por el hombre con quien ha de procrear, a los fines del «egoísmo de la especie».

3. La mujer es la que organiza la casa, en función de las condiciones mínimas del contento viril. Ella garantiza la comodidad, la estabilidad, el «fluir de la casa». Ella mantiene viva la corriente principal de la casa, garantiza la permanencia, el respeto de las funciones, la calidad de la vida, todos los inmensos y nimios detalles. Se ocupa también de dar placer al hombre, pero en función de esa permanencia, de esa delicadeza de equilibrios. Es la que sabe de las pequeñas y grandes ceremonias del parentesco, de la vida social, de la integración parental y afectiva con la comunidad, a escala de cuadra, de barrio, de villa. Ella es el centro alrededor del cual gira la casa, que, a su vez, debe girar dentro del espacio creado por el hombre, para el bienestar del hombre.
Atentamente,

EL SUSCRITO


(Re)vestido

Dije chaleco, dije casi
Siendo todo pantalón, el hombre se acoraza de ropa para instalarse en el mundo. Su desnudez no es importante porque sobre ella no se construye nada, porque su desnudez no es ontogénica como la de la mujer. El hombre es invasor y por tanto su desnudez es más temible que deseable. De allí la función semiótica del exhibicionismo: oposición semántica de esa hermetización vestimentaria del cuerpo masculino, que cuando se desnuda explicita su carácter centrífugo.

Hablo, claro está, del Príncipe de Gales, no de Tintán, del pachuco, o del torero, o del charro, o del guerrillero, o del Black Panther, o del palestino, o de cualquier otra tipología aún no asimilada del todo por Occidente. Asumo como referencia al Príncipe de Gales, a la elegancia masculina que fundó Beau Brummel porque es esa tipología la que el poder ha adoptado como uniforme casi universalmente, salvo esos países que se niegan a confesar toda influencia occidental definitiva, mientras ello sea así: la China y la India, por ejemplo. La norma de rigueur de traje azul o gris, camisa blanca y corbata, que ha adoptado la IBM, por ejemplo. Por otra parte, en un análisis sincrónico, no tiene pertinencia la investigación histórica del proceso, de dónde salió la corbata, de dónde el chaleco, o cuándo el Rey de Inglaterra se dejó abierto el último botón del chaleco, época desde la cual todo elegante puede y debe hacerlo. Importa en nuestra aproximación su funcionamiento actual. No hablo para nada aquí de las galas heterodoxas o exóticas del hombre: el escocés, el torero, el charro, el rumbero, el bailarín, en donde las ornamentaciones asibles, amaneradas, son formas paradójicas de la masculinidad exhibicionista, deseable. Ellos han entrado en nuestra morfología pero no han podido pasar de las habitaciones de servicio, o como disfraz, es decir, como irrisión. Esas tipologías masculinas viven finalmente una libertad bajo fianza, más allá de los límites de la legitimidad. Y, por su parte, un torero, un charro, un rumbero, un bailarín, esas tipologías aún no asimiladas por Occidente, no pueden ser, hasta nuevo aviso, rectores de universidad o los que Darío llamaba «un Presidente de República». Quiero decir, de una universidad y una república razonablemente occidentales.

Tampoco hablo del proceso publicitario más reciente, en que los hombres aparecen como otrora las mujeres, débiles y deseables. Inversión de roles en que la masculinidad aparece precisamente como la mujer de la Era del Apartheid. No hablo de ello porque es una morfología aún no estabilizada. solo me detendré un instante para deplorar brevemente cómo estará de arraigada en nuestra cultura la ecuación deseable = débil, que cuando los publicistas deciden exhibir al hombre como objeto del deseo lo exhiben débil, torpe, asible. Lo que demuestra que la condición de débil, torpe y asible no es constitutiva de la mujer sino de todo lo occidentalmente deseable, desde las minas del Potosí hasta la Deuda Externa. Esa condición te pertenece mientras pasa este proceso cultural en que aún nos deseamos.

En la discursividad vestimentaria del Príncipe de Gales, el atuendo masculino instala un proceso inverso al de la mujer, si ella produce y regatea su desnudez a través de la gala, él se cubre herméticamente de pies a cuello. La monja no recela su feminidad mediante el pudoroso atuendo masculino porque ha tenido que fundar el extremo del pudor en los extremos de diseño vestimentario de la feminidad: falda, cofia, etc. (ver Cercada). Lo mismo se puede decir, en fin, de la sotana: es una falda, una exaltación-ocultación.

La culminación del hermetismo vestimentario masculino es el cabello hombre, que, no necesitándose para redundar su condición botín, como en el caso de la mujer, no es cabellera, como en ella, y por eso se corta y se peina de modo estándar, à la George Bush, por ejemplo, o à la Rafael Caldera, por ejemplo. Nótese que los Kennedy dejaban un mechón suelto que remarcaba su díscolo y, a la corta, trágico manifiesto de desprendimiento formal. La cabellera femenina es un elemento externo, independiente, móvil, como todo lo que en el cuerpo femenino no se controla: el deseo, los zarcillos, la falda, los volantes, los collares, los brazaletes. Pero así es la mujer. En el hombre no hay esos cabos sueltos, esas asas, esas «anses de l”amour», pues finalmente lo mujer es lo asible. Lo asible precisamente por el hombre. Pero hay seductores de cabello largo y cola de caballo, atractivos, deseados, pero estamos de vuelta en nuestro argumento: cuando el hombre se vuelve deseable se vuelve debil, torpe y asible.

Eventualmente, claro está, hay, tiene que haber, el traje playero, en que el hombre desata su cuerpo. Pero no como en el caso de la mujer (ver El striptease de la Historia), para preludiar su desnudez, incitando a la invasión a través de las aberturas y las grietas que ya hemos dicho. El traje playero del hombre, en cambio, sigue siendo hermético, sella su hombría y, en todo caso, todo escote en él anuncia su desnudez como invasión.

La perfección del hermetismo viene dada por dos redundancias: la corbata y el chaleco. La corbata es sello del hermetismo, atadura que redunda ese cierre definitivo del pudor, la seguridad de que no habrá amenaza masculina en el espacio de su presencia. La hipócrita negación del vértice —que el pantalón exalta sin escamotear, que es como opera la falda en la mujer (ver Cercada). La corbata es hipócrita a su vez porque, siendo fálica, es la única tela feminoide que el hombre puede ostentar abiertamente. (En términos sicoanalíticos, la corbata de lacito sería el supremo burlesque del pene, pues constituye una máxima feminidad dentro de la sintaxis de la masculinidad). La feminidad en el contexto de la masculinidad, como toda feminidad, opera como burlesque: cuando la camisa es de seda y sobre todo si tiene encajes —siempre en fiestas, jamás en oficinas «serias»—, está cuidadosamente filtrada por el saco, igual que el forro amanerado tanto de sacos como de chalecos. La función de esa feminidad es la de dar seguridades de la masculinidad: soy tan masculino que me permito esta pequeña pincelada femenina que justamente me define como hombre porque no forma parte del atuendo estricto de la mujer. Cuando ella se lo pone es también como burlesque del burlesque, como atrevimiento de su propia feminidad. En la corbata —«la más bella y antigua mentira» (Orio Vergani, en Nuvoletti, 1986:15)— nos reconciliamos con la homosexualidad y le abrimos el espacio inevitable en que se instala como ambigüedad ineludible de la brecha, del gap indefinido, que forzosamente tiene que reinar entre los sexos. En esa grieta se instala la corbata y a través de ella saciamos nuestra disposición a la homosexualidad —hipotética o no, discreta o no, estructural o no.

El chaleco ostenta la tela exhibible, casimir, preferiblemente, y guarece en el saco la no confesable del forro. Finalmente, el chaleco recorta la corbata e instala la definición absoluta de la hermetización de la piel masculina, como si se tratara no de algo a recelar sino a simplemente ignorar, a administrar para evitar que invada. El pudor masculino es el recelo de su potencia, el reposo del guerrero, la afirmación de la tregua como lo que es: interrupción provisional y anuncio del combate, flecha de Zenón que se detiene momentáneamente y da seguridades de la prolongación indefinida de la paz entre los sexos, es decir, de equilibrio, de ausencia de vértigo, en la que lo social luce como matriz lógica y apaciblemente euclidiana.

Cuando no hay chaleco, cuando no hay corbata, cuando no hay saco, no hay poder. Chaleco, corbata y saco son los uniformes del poder porque no publican, sino que, a diferencia del atuendo escocés, torero, charro, rumbero y bailarín, sirven precisamente para esconder la fisiología del sexo. El deseo de poder, esa manera indirecta —a veces directa— de acceder a la saciedad sexual, desde los primates superiores hasta donde conocemos al homo sapiens (Morin, 1973:38 y ss.; ver Ajena), a tiempo que exalta la vida sexual, le prohíbe toda vida pública.

El amor o el poder ¿con cuál te quedas?

Con el amor, pero nada como el amor de un hombre poderoso (Indiana Montezúñiga, locutora de radio, El diario de Caracas, 3/9/89: 40).

No hay mejor afrodisiaco que el poder (Henry Kissinger).La vida erótica es vida de poder y sueles virilizar los poderes del poderoso.

De allí que la inhibición sexual del poder es necesariamente farisaica: para John Profumo, para Gary Hart, el sexo extramatrimonial fue un escarnio porque cometieron la falta elemental de permitir que esa vida sexual extraconyugal se filtrara hacia la calle. La vida sexual del político —especialmente si es anglosajón— debe mantenerse totalmente al margen de sus designios públicos. De ahí el chaleco, de ahí la corbata, de ahí el saco: sus modos de significar, proclamándola, esa inhibición.

Es lo que explica por qué andar en mangas de camisa es andar «despechugado», trivial, Presidente en reposo, dominical, empresario hospitalizado, Rector en vacaciones. La camisa sola es sport, esto es, informalidad, esto es, a lo sumo, las áreas no formales del poder. O bien trabajo manual, es decir, no ligado a la administración necesariamente abstracta, intelectual, del poder. La ruptura radical con estas formas de producir el cuerpo puede preludiar no la ruptura radical con las opciones de poder, sino con un nuevo proceso de administrar la símbología del poder, sea porque lo asalta una nueva clase —como los cambios vestimentarios de la Revolución Francesa— o porque adquiere nuevas estrategias de sentido.

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