Morfología del deseo



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Expropiada
En los tiempos remotos, en la Era del Apartheid, contaba mi abuela, cuando hombres y mujeres se bañaban en un mismo río, lo hacían aparte. Pero no un aparte cualquiera, simétrico, como el de los baños públicos, sino mediante una sintaxis escrupulosa: las mujeres río arriba, los hombres río abajo.

Es sencillo de entender: los hombres marcaban el río, las mujeres no. Los hombres son sustanciales, enclíticos, tienen acento propio; las mujeres son insustanciales, proclíticas, necesitan de un acento ajeno para «sonar», para existir. No existen si no están rodeadas de lo hombre, que demarca su presencia en el mundo. Por eso no dejan huella, no marcan nada. Si fuera al revés —las mujeres río abajo, los hombres río arriba—, quedarían marcadas, porque el río —en el contexto íntimo del baño, a través de ese medio húmedo, femenino— llevaría hasta ellas la marca que los hombres van dejando por doquiera que pasan.



El hombre se sacude la sábana y se va (dicho femenino).Al hombre una mujer no le hace nada. Al final él se ausenta, libre de marcas, de señalizaciones, mientras ella se queda, señalizada, marcada, recubierta de significaciones, vuelta un intenso manuscrito. El hombre escribe su historia sobre ese cuerpo, la historia de un amor. Por eso las vírgenes «no tienen pasado», es decir, nadie ha escrito nada en ellas. El hombre dice, la mujer registra. El hombre propone, la mujer dispone. Sin decir nada. Porque todo pasa en el cuerpo de la mujer. En el cuerpo del hombre no pasa nada. Por eso una caricia sáfica episódica no compromete a nada porque ninguna mujer deshonra, ni a hombre ni a mujer. En cambio, una sola caricia de hombre sí deshonra, a hombre y a mujer. De allí que la sodomía sea más reprimida que el lesbianismo, que, salvo exhibicionismo en contrario, hasta pasa desapercibido. Las lesbianas son culpables, para nuestra cultura, solo porque no cumplen el papel «natural» que se le atribuye a toda mujer.

Cuando la dama calla otorga (dicho masculino).Y no se trata solo de una metáfora del embarazo que el hombre «causa» a la mujer, sin que ella «haga nada», sino de la fragilidad constitutiva que venimos prosando. Sobre la condición biológica del embarazo se construye una cultura del poder, del dominio. Es necesario resguardarte, retenerte, para domesticarte y, a la larga, civilizarte. Para ello es necesario que le tengas miedo a todo —y «todo» no es nunca doméstico— y hacerte incómodo o impracticable todo espacio exterior. Para que ese Hinterland doméstico te construya mientras lo construyes. La cosa es recursiva.

Para ello es necesario violarte. Es decir, prometerte la disminución radical que constituye la violación, la usurpación, el pisoteo de tu identidad y de tu dignidad, que es necesariamente intachable, intangible e irrecuperable. Por eso violarte no es una trivial imposición fisiológica entre las tantas que te impone la naturaleza, sino un inconmensurable escándalo simbólico, es decir, social. Mi abuela proponía a las niñas una parábola doméstica: las hacía derramar un vaso de agua —”blanca”, “pura”— en el piso —la tierra, lo “negro”, lo “impuro”—, y les decía:

—Recójala en el vaso de nuevo.

Y como era imposible, exponía entonces su corolario:

—Así es la reputación.

A la hora de un tribunal, el único que puede saber si incitaste o no al violador es el violador, que se da por incitado, soberanamente. El violador tiene la potestad de darse por incitado sea por una minifalda o por una sonrisa. Hasta por una monjita puede darse por incitado, porque ella todo se lo oculta y tal vez, solo él lo sabe, es eso precisamente lo que lo incita. El violador hace, pues, lo que le da la gana —no esperábamos menos. Ciertamente nosotros también tenemos nuestros misterios: nunca sabes cuándo voy a violarte. Y el violador no habla nunca, se calla sus razones, si razones tiene, como tú callas las tuyas, si razones tienes. La idea de que solo tú eres misteriosa es un mito de origen masculino que sirve para justificar tu sumisión de dos maneras paradójicas y, por tanto, complementarias: a) las cosas misteriosas han de ser controladas por la lógica que, en nuestras mitologías, es masculina; b) gozas de ese poder misterioso que se te atribuye. Pero allá bien adentro sabes que somos desconcertantes, no entiendes nada, aunque te burles de nuestro apetito por las espadas y las computadoras. Nuestros misterios de dan risa y terror, el guerrero con su panoplia, con sus galones, te da risa, te atrae y te da miedo. Te da risa porque, de verdad, tienes razón, qué cómico es un guerrero, que un swashbuckler; te atrae porque, de verdad, tienes razón, qué bello es un uniforme bien adornado y qué magia eso de que todo sea satélite suyo; y te aterra porque, de verdad, tienes razón, te puede matar.

Por eso, para nuestra cultura, que también es tu cultura, la violada siempre incita al violador. La violada está siempre y necesariamente fuera del espacio que le corresponde, el espacio doméstico, el espacio resguardado de la intemperie social, aun cuando el violador viole también el espacio doméstico en donde ella reina y/o se guarece, pues por ese mismo acto ese espacio deja de ser doméstico para devenir intemperie social. Para evitar la violación hace falta un Príncipe poderoso a quien todos teman, o que tu padre sea el Cid Campeador que te vengue de los Infantes de Carrión.

Por eso es imprescindible que al mismo tiempo temas y desees la violación. Que la provoques y la detestes al mismo tiempo. De falda, de tacones, embargada de abalorios y de afeites, de vectores que impulsan hacia tu centro, hacia la Sede del Deseo —esto es, lo que la cultura llama una “mujer”—, estás incitando, porque estás presuponiendo la violación, como posibilidad, como cumplimiento brutal, en corto circuito, del largo proceso del deseo, esa descarga de una inmensa diferencia de potencial entre el pudor y la satisfacción. Por eso tu inocencia, aun siendo cierta, figura necesariamente como ambigua.

Qué problema contigo, ¿no? Tu deseo tiene que pasar por un trámite engorroso, por un loop interminable. Si me deseas no puedes simplemente venir y decírmelo: me gustas, te deseo, te quiero, qué bello eres, qué ojos tan lindos, esas cosas que se dicen, sino desplegar los mil contradictorios principios de la seducción femenina, sonreír, mucho sonreír, mucha mirada huidiza y persistente —no sé cómo lo logras—, mucho quedarte inmóvil frente a mí más segundos de los necesarios, mucho asentir a todo lo que digo —por eso dicen que no piensas con el cerebro; no tienes más remedio: la mujer piensa desde la Sede del Deseo, que habita en tu cuerpo—, y, como recurso extremo, el guiño, la caricia retraída y, en fin, sí, mucho agredirme. Me refiero a una ortodoxia, a una visión primordial, porque desde hace unas décadas y sobre todo algunos años puedes, sí, hacer, y haces, la proposición de un modo un poco menos huidizo, aunque raras veces explícito: «Mira, hombre, te deseo». Pero, repito, hablo de una ortodoxia, de la condición clásica:

Me deseas pero no puedo asaltarte porque te ofendo. Me deseas pero no puedes asaltarme porque te ofendes. Y, sin embargo, mis avances, —no admitirlo forma parte del juego— son parte del inventario general de recursos con que cuentas. Mis avances son tuyos cuando los usas para tus fines, que también son los míos. Y aunque no me desees sabes que te deseo, y eso, aparte del halago, forma parte de la maquinaria que tienes disponible, porque ¿cómo harías si me desearas y no contaras con mi asalto o con mi presión o con mi «iniciativa», para, en vez de acudir a mí a buscarme simplemente, puedas levantar para mí —cuando quieras— las barreras que me habías puesto? Mientras los hombres que te rodean te deseen sabes que puedes filtrar a los que tú deseas, pues si no te desean no puedes aplicar tu propio deseo selectivo sobre ninguno.



A todas hay que pedírsela, porque la que no la da, lo agradece (dicho masculino).Mi deseo, pues, es explosivo; el tuyo implosivo. Yo tengo que buscarte, tú tienes que atraerme. Como eres implosiva tienes que represarme para evitar la hybris la “desmesuraí, la catástrofe implosiva que te expulsaría de la legitimidad. Tu condición deviene entonces una esquizofrenia estratégica, es decir, radical: darte-para-tener. Estar obligada a decirle que no a quien deseas, tener que rechazar a quien te gusta. Con cuidado, con equilibrio, perdóname la expresión: con ambigüedad muy precisa, de modo que él sospeche que no lo estás rechazando de verdad, porque el muy necio pudiera no saber que es mentira que lo rechazas. O el que de verdad rechazas puede malentender que es coquetería tu negativa. De allí tu estrés, de allí tu neurosis, de allí tu histeria, que es famosa, de allí tus confusiones, de allí tus absurdos, de allí que «las mujeres no se entienden», porque eso de rechazar lo deseado no puede entenderlo nadie. Ni tú, la primera perpleja de ese juego del que eres la primera espectadora y que, por cierto disfrutas, a veces gratuitamente, jugando con uno que solo deseas «hasta cierto punto»; punto por cierto que tú misma desconoces. Así, entre presión y cesión puede haber mil interpretaciones ambiguas.

Por eso a veces ni siquiera se sabe si hubo violación, sobre todo porque ella suele ocurrir entre conocidos y en situaciones ambiguas. Por eso los jueces no te creen y a veces tú misma no sabes bien qué fue lo que pasó. Porque lo mujer es un magma indefinido que cuando no encuentra un cerco se embarulla y cuando lo encuentra se enfurece. Cosa extraña, esto último es su felicidad. Por eso decían los antiguos varones de la tribu que mujer que no jode es hombre.

Por eso miras con una cámara instantánea, en fracciones de segundo. Yo te miro espaciosamente; tú a mí en un destello. En ese medroso instante tienes que justipreciar la entera circunstancia del mirado. Por eso, decía Casanova, no debo mirarte prolongadamente, debo disimular, no mirarte por un rato para que puedas mirarme. Según eso, según Casanova, la seducción masculina debe acompañarse de rato en rato de una táctica femenina. De otro modo, si no puedes mirarme extendidamente, te llevas una imagen sintética, a pesar de que tu mirada, por femenina, es analítica. Tú miras los detalles, el color de una camisa, el tejido de un pantalón, la comisura de un labio, el vigor que promete una ingle. Y es paradójico, es estresante estar obligada a mirar sintéticamente si solo sabes mirar analíticamente.

A veces, en la calle, o en un café, Elena era hipnotizada por un rostro de souteneur, por un obrero fornido de botas hasta las rodillas, por una cabeza de criminal, brutal. Sentía un escalofrío sensual de miedo al mismo tiempo que una extraña atracción. La hembra en ella quedaba fascinada. Durante un segundo tenía la impresión de ser una puta que iba a recibir una puñalada en la espalda por alguna infidelidad. Se sentía ansiosa. En una trampa. Olvidaba que era libre. Se le despertaban células dormidas, un instinto primitivo olvidado, un deseo de sentir la brutalidad del hombre, de sentir esa fuerza capaz de quebrarla, de hacerla pedazos. La violación era una necesidad en la mujer, un deseo erótico secreto. Se sacudía para impedir el dominio en ella de todas esas imágenes (Anaïs Nin, 1978:226).

Debe ser fatigante que te guste un tipo en la calle y no poder seguirlo, asaltarlo, acosarlo, atraparlo y llevártelo. La conducta más purificada, es decir, escandalosa de tu deseo es la de la Mujer Araña, que teje su maraña y atrapa. Pero el atrapado tiene que venir, no puedes ir a buscarlo. Y si no tejes debidamente se escapa. O que el deseado no entienda tus señas contradictorias. O quedarte con la incertidumbre de si fue que no entendió o que no le gustaste. O que no entendió porque no le gustaste. Porque si lo buscas, si lo asaltas, todo cambia, todo se va a malinterpretar y vas a quedar parada —clasificada— en donde no quieres, y ya no te da placer porque pierdes importancia para él, que desprecia todo lo que se le regala. Es lo que los sifrinos llaman «perder el glamour».

Porque aun como mujer araña, que atrapa, que cerca, que domina, tu figura debe ser la de Penélope paciente, tejiendo y destejiendo su madeja en una inmensa quietud, esperando sumisa, es decir, como si fuera sumisa. Aun siendo la feroz, ávida y oblicua dominadora que sueles ser, la figura retórica que estratégicamente despliegas es la otra, la de Bella Durmiente, virgen, y, luego, la de la inocente Penélope, que ambas componen la figura oficial de la feminidad, la historia oficial de la feminidad, virgen dormida primero, despierta pero inmóvil luego. Y él tiene que seguir siendo Príncipe Conquistador, pues de otro modo se vuelve un bobo que te tiene sin poseerte, y ya no te da placer. Es un «predestinado» a la infidelidad que todo bobo se merece (Balzac: Méditation V).

Esa condición crea el espacio necesario, legitimado, para la violación. Por eso, violada, te dicen, aunque nadie pronuncie las estúpidas palabras: «No debiste provocarlo, no debiste andar sola a esas horas, no debiste exponerte» —ex-ponerte: “ponerte fuera”, “donde no te corresponde”. No debiste salir de tu centro hacia la periferia, que es del hombre; «quién te mandó» a andar vagando por la periferia sin que nadie te protegiera, sin hombre que «te representara» y te gobernara, quién te mandó a andar por allí sin gobierno, sin tener quien te gobernara.

Según este orden simbólico obstinado e implacable, toda mujer violada es culpable de su violación; y aun las no violadas son ya culpables de toda eventual violación, de la posibilidad de ser violadas, pues, siendo propiedad comunitaria, están ahí para «incitar» al violador, para ser «expuestas» al peligro, por cuanto viven de ser botín de guerra. Andar a la intemperie te expone a la posesión; a que incluso otro te desposea de tu actual poseedor. Y no digas después que no lo quisiste. Si no lo hubieras querido no te habrías «expuesto». «Si no fuiste cauta es porque, secretamente, perversamente, lo deseabas», como aquella falsa deshonrada que sentenció el Gobernador de Barataria. Etc.

Yo tengo quien me gobierne (dicho femenino de la Era del Apartheid).Nada más falso.

Nada más cierto.

La legitimidad, en los límites de este discurso, es el conjunto de operaciones que establece el campo de lo socialmente válido. La legitimidad, desde este punto de vista, es el código del poder, pues establece precisamente la potencialidad del dominador para alardear de su fuerza mediante una diversidad de signos. El discurso del poder nos dice que «es mejor no desafiarlo», porque puede callar de pronto y reducirse al acto inarticulado de la violencia pura. La legitimidad opera a partir de la voz de arresto, que es el anuncio del disparo: si no la atiendo, el poder simplemente calla y dispara (Marin, 1981; Gabaldón, 1989).

La justicia está sujeta a disputa, la fuerza es bien reconocible y sin disputa. Así, no se ha podido dar la fuerza a la justicia, porque la fuerza ha contradicho a la justicia y ha dicho que ella [la justicia] era injusta y ha dicho que era ella [la fuerza] quien era justa. Y así, no pudiendo hacer que lo que es justo sea fuerte, se ha hecho que lo que es fuerte sea justo (Pascal: § 285-288).Igual hace el violador: si no te atienes a tus limitaciones, si no aceptas el toque de queda que pende sobre ti a ciertas horas y en ciertos lugares, incluso a toda hora y en todo lugar —eso depende de mi arbitrio—, te violo. Si no entiendes esa voz de arresto, que te dice que tienes espacios y horas vedados, si no entiendes que hay cosas que no puedes hacer, que hay gestos que te están vedados, que hay sitios a donde no puedes ir sin escolta masculina, te violo. Si no entiendes que no puedes usar ciertas ropas, que no puedes exponer tu cuerpo a tu entender, esto es, disponer de tu persona libremente, te violo. O te amenazo. O el medio te amenaza por mí, pues te informa de que como varón puedo violarte, aunque ni lo piense, aunque ni lo pienses. Aunque sí lo piensas: me pregunto —te pregunto— si acaso te gusta uno que no puede violarte. Basta entonces con poder violarte para ejercer ese poder sobre ti: el poder no es más que una potencialidad (Marin, 1981). Si te violo o no, es cosa que no puedes saber hasta que la hora sea llegada. Si te violo o no poco importa para los efectos de la legitimidad como código de mi poder. Gozas de una libertad bajo fianza, que cualquier hombre puede interrumpir.

En cuanto al violador, el verdadero, el que pasa del poder potencial al poder en acto, él, el pobre, tan miserable, no hace sino operar un corto circuito de la fuerza centrípeta que lo impele hacia tu centro, ese «lugar privilegiado para el atentado» (Robbe-Grillet, 1978). Cumplir con ese movimiento «natural» —naturalmente cultural, amigo antropólogo— hacia ti: el centro donde ocurre todo. (El proceso erótico consiste en el discurrir las estaciones del camino, largo o breve, hacia ese centro). Por eso la violación es un asalto, porque abroga los serviciales detalles del cortejo, ese trabajo delicioso de darte razones para dejar caer el puente levadizo que desde siempre deseas bajar. De derribar tus obligadas defensas, las defensas que tienes que ostentar con una suerte de paradójico exhibicionismo del pudor para poder ser legítima. Por eso, en los tiempos remotos, durante la era del Apartheid, se hablaba de una «conquista» y todavía hablamos de «atacar» para designar el cortejo.

El violador no, él no conquista pacientemente porque no tiene la habilidad de hacerte derribar las defensas, o no le interesa tenerlas, o no las necesita; él las derriba él mismo, de un solo zarpazo. Modo que tiene el género masculino de recordarle al femenino quién de ambos tiene la fuerza, es decir, quién tiene el poder. Cada violador reafirma, como la Policía, quién domina el código del poder.

Y eso lo decide todo: puedo violarte porque tú no puedes violarme —una vez más, no somos simétricos, sino concéntricos, como en el dibujito: te impongo mi sexo según mi voluntad y eso —aunque la violación solo sea una mera posibilidad— me confiere una subjetividad autónoma, autárquica, absoluta. Tu subjetividad depende de demasiadas condiciones externas para ser propiamente una subjetividad. Biológicamente, claro, puede ser visto de otro modo: la erección, por ejemplo, aunque imprescindible, es frágil y momentánea. La erección solo conoce intensidad. Tú no necesitas de condición tan precaria. Tu placer es por igual intenso y extenso. Por eso Tiresias, que había sido hombre y mujer, declaró que le constaba que la mujer sentía más placer que el hombre. Es, pues, irónico, paradójico, monstruoso, que la que disfruta más —dice el mito, que nadie puede saber eso sino a través de un mito— sea la que más entorpecida tiene esa primordial fuente de dicha, de completitud de la vida.



El pene es el fiel de la vida; la vulva es un ente amuñuñado (Marcelino Madriz, urólogo, entre borrachos).La cultura es distinta. Según ella, la erección, tan frágil y momentánea, es poderosa y determinante. Tú no, tú eres un ser determinado por ella. El hombre es lo uno, el número perfecto que, según Platón, magnánimamente confiere el ser a los otros números, que comparte su esencia con otros, con la mujer, por ejemplo, que es lo múltiple, lo diverso, lo zurdo, lo impar, lo oscuro, lo húmedo, lo que está «abajo».

De modo que basta con que seas violable para que ya todo el daño esté allí, aunque no ocurra la violación. Ser elegible para el abuso te marca de un modo indeleble: tu libertad de movimientos es una libertad bajo fianza. Eres libre mientras yo —y otros millones como yo— mantengamos nuestra decisión de no violarte, decisión clemente, pero, por ello mismo, amenazante. Es un equilibrio que depende de una inmensa multitud; basta que un solo individuo lo rompa para que te pierdas para siempre en ese antro de la brutalidad y el antiamor. Decidir no violarte es evidentemente menos traumático, pero no menos humillante. Así opera nuestra cultura, la cultura en que nos deseamos. La tomas o la dejas. Yo, por mi parte, la dejo. Pero no basta. Tú también tienes que dejarla y renunciar entonces a ese contexto del deseo que te hace centrípeta, implosiva e inmóvil, Penélope, Bella Durmiente, Mme Bovary...

Porque, además, como violarte es un hecho cultural, simbólico, no es solo el acto físico indeseado, sino toda producción de sentido que te deshonre. Y tu ser es tan frágil, tan adventicio, que apenas un piropo escandaloso, que no es más que una palabra, una cosa del viento, te deshonra. Una amenaza, una mirada brutal, a veces una simple presencia, como la de un exhibicionista, por ejemplo.

Pero no es cierto que tú eres violable y yo no, porque a mí también es posible imponerme el género femenino como se te ha impuesto a ti, por la fuerza, bajo terribles amenazas, cuando me violan usándome precisamente como mujer; puede violarme otro hombre, pero no una mujer; solo el hombre puede violar... Y aun así el asunto queda entre hombres. Pero no solo allí reside la funcionalidad de la violación. Ello la posibilita simplemente, no la genera. Lo que la genera es la dinámica simbólica que opera entre centro y periferia. Que es lo que posibilita que también haya violaciones puramente simbólicas, que consisten en poder ofenderte, en poder mancillarte, en poder «perjudicarte» —como se decía en la Era del Apartheid.

Si todo este brutal aparato simbólico no funcionara así, no te dejarías violar, te dotarías de los procedimientos por igual físicos y simbólicos que lo impidieran, que lo hicieran absurdo: te armarías o configurarías tu cuerpo para ejercer, en vez de padecer, el atentado, no serías centrípeta, implosiva, inmóvil, darías puñetazos, darías miedo. El discurso que te constituye sería otro. Viviríamos en otro planeta, sin Penélope, sin Solveig, sin la Pata Daisy. Por ahora sigues aferrada al principio victoriano de que ladies don”t move, “las damas no se mueven”, y al de que «una dama no puede hacer nada»... En esto somos aún radicalmente medievales: públicamente una «dama» tiene que atenerse a lo que decida el caballero que la patrocina.

Pero allí sigue residiendo mi poder, mi poder de violarte, de enajenarte, de disponer de tu cuerpo y de tu honra a toda hora y en todo lugar, y especialmente a ciertas horas y en ciertos lugares, en donde no admito la intromisión de gente de tu sexo. Son los residuos de la Era del Apartheid.

El violador le sirve a esta cultura en que tú y yo vivimos para circunscribir tus pasos, allí donde tu falda y tus tacones han fallado en delimitarte. El violador es fuente de legitimidad porque recuerda permanentemente que eres la depositaria de un conjunto de secretos que deben mantenerse pulidamente resguardados. Por eso tienes proscritas las madrugadas para toda vida pública autónoma. El violador, que puede ser cualquiera, te prohíbe desplazarte por tu cuenta después del toque de queda. Si vas a andar por ciertos lugares a ciertas horas, más te vale hacerte acompañar de un «caballero», el único capaz de investirte de legitimidad, por cuanto él es también un violador en potencia, tu «legítimo perjudicador», al decir de Fernanda del Carpio, esto es, al decir de la Era del Apartheid (García Márquez, 1967). Y cancela al otro posible violador, que, al verte acompañada, sabe que tienes dueño y que ya no se enfrentará contigo sino conmigo, que soy más peligroso que tú. Más te vale, pues, sacar un permiso. Porque, además, en este contexto, cuando el caballero es galante y tierno contigo es porque está dejando de violarte, porque te «está perdonando».

Si una mujer consiente en abandonarse a una fantasía libidinosa, debe infaliblemente librarse a cualquier agresor fortuito, porque ya no tiene el discernimiento necesario para expulsarlo como un intruso (Klossowski).Gracias al violador, tus madrugadas me pertenecen. O le pertenecen a otro. O le pertenecen al Estado, que tiene el reglamentario deber de cuidarte. O a tus clientes, cuando eres una «hermanita de pecar» (Quevedo). A todo el mundo menos a ti. Porque si no le perteneces a nadie no existes y por tanto te sientes malísima.

Claro, recapitulando los Derechos Humanos, aquí entre nos, que somos



A las mujeres les gusta que las secuestren (José Ángel Ciliberto, Ministro de Relaciones Interiores, 1988).razonables o queremos serlo, ninguno tiene derecho a violarte. No hay falta tan grave que puedas cometer, según Código Penal alguno, que merezca la violación como condena. Pero aquí no estamos hablando de derecho público. Ni siquiera de derecho privado. Ni siquiera de derecho íntimo. Ni siquiera de derecho en general. Estamos hablando de la intemperie del deseo, que no sabe, ni quiere saber, ni tiene por qué, ni de derecho ni de principios constitucionales. Según la Constitución, según el Código Civil, según la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, según el Derecho de Gentes, según incluso el «bon sens» cartesiano, tienes derecho a tu dignidad, a tu integridad física y moral, etc. Pero, según el código del deseo, ese ente radicalmente incivil —como la guerra, ya se sabe—, eres un ser expuesto, un ser botín que goza del secuestro, o con la idea fija del rapto, de la posesión, que en ti es desposesión, porque para que tu cuerpo sea la sede en donde ocurre todo, no puede ser enteramente tuyo. Porque si es enteramente tuyo, y, por tanto, inalienable, no pasaría nada, no habría vida. Tu configuración discursiva —vestimentaria, gestual, verbal— prevé la violación, igual que la voz de arresto anuncia el disparo. Por eso, porque vives anunciando que estás disponible, vives expuesta y entregada a la violencia simbólica, pues nada la impide y muchas cosas la recomiendan. Y vives formando parte estratégica de esa violencia simbólica. Porque el problema no es solo la violación, que puede no ocurrir, que, estadísticamente, suele no ocurrir, sino que, aun cuando no ocurra, eres un ser violable. Esta cultura —tu cultura— te condena a una pasividad neurótica porque por igual la gozas y la sufres. Y a veces la sufres porque la gozas y la gozas porque la sufres. Voluntaria o involuntariamente. Voluntaria e involuntariamente.

Pero la violación es una afrenta, una bajeza, una reducción. Tanto como la posesión sexual —la posesión que ocurre fuera de los linderos matrimoniales, se entiende. La matrimoniada es una posesión sexual neutralizada, epicena, amor de Naciones Unidas, simbólicamente intrascendente. Hay un repertorio inagotable de chistes sobre la vida casada, y no voy a repetir ninguno porque son significativamente desabridos —habría, por cierto, que saber por qué.

La posesión sexual extramatrimonial merece más. Ella se ubica en la intemperie social, fuera del hogar doméstico, en el desamparo y en el vértigo. Es decir, en el deseo. En la furia por la fusión, así sea temporal —qué más da—, de Salmácide con Hermafrodito. Furia que «no consume agua de municipio» (Ovalles, 1977:16). Y ella tiene el mismo estatuto tanto si es deseada como si no lo es. Lo mismo da: en ambos casos la fusión ocurre a la intemperie. En ambos casos te afrenta, como lo indican las palabras que en tres idiomas primordiales de esta cultura —tu cultura— dicen que cuando te entregas te joden, te foutent, they fuck you, etc., es decir, te degradan. Además, en la posesión es el varón el que posee, no la mujer. En la posesión sexual te enajenas, te reificas, te expropian. Y lo peor es que tiene que gustarte. ¡Verdaderamente es loca esta cultura —tu cultura!

No: yo no he sido fruto de un insípido deber conyugal, como aquel cojo herrero (Vulcano), sino que, lo que es más hermoso, a mí me han dado el ser los besos del amor (La Necedad, en Erasmo: VII).Por ello callas la violación, como sueles callar toda tu vida sexual. Se ignora cuántas violaciones ocurren sin que lo sepan las estadísticas policiales. Hay subregistro porque hay feminidad.

Sin duda, parece estúpido todo esto. La razón es elemental: parece estúpido porque es estúpido. Y lo más estúpido es tu propio deseo de la violación, tu vivencia del acto violatorio como fantasía. Es estúpido pero inevitable. Inevitable porque es precisamente a la periferia a donde tienes que ir, porque es en esa intemperie en donde se junta amada con Amado, a donde vas «en celada» —o encelada— en la


¡...noche que juntaste

Amado con amada,

amada en el Amado transformada!

Para luego ir


dexando [su] cuidado

entre las azucenas olvidado.


Porque allí es donde está él, en la periferia. Por eso vives en esa contradicción y de ella: debes cuidar tu cuerpo de la intemperie y al mismo tiempo quieres exponerlo a la intemperie. Debes tener pudor y tienes que entregarte. A menos que hagas entrar al Amado en tu centro, en el resguardo doméstico y matrimonial. Por eso procuras matrimonio con tanto afán. Para darle un aire sosegado, refugiado de la intemperie social, simbólica, a la aventura vertiginosa y escandalosa del juntarse amada con Amado.

De resto, fuera de la casa, del espacio doméstico y central, todo es violación, es decir, culpa, porque la violada —de acuerdo con nuestro sistema simbólico, es decir, de acuerdo con nuestra cultura, tu cultura— es siempre culpada de salir


...sin ser notada,estando ya [su] casa sosegada

(San Juan de la Cruz).

Es decir, la cultura, nuestra cultura, tu cultura, te condena a ser —y, sobre todo, a sentirte— la única culpable de la violación que otro te propina. A menos que renuncies a tu cultura y construyas otra. Conmigo.

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