Morfología del deseo



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Pendiente
Tú, Sede del Deseo, te configuras como vitrina, como Wunderkammer, como Árbol de Navidad, como ocasión de la engorrosa instalación de las figuras de la civilización. Ya hemos dicho algunas de esas figuras: la falda, los tacones, el escote, las sandalias. Podríamos decir muchas más, a través de las cuales te figuras para que se te figure como un ente codiciable e incómodo, asible y abigarrado, admirable y selvático, deslumbrante y desconocido, real e imposible, habitual y desconcertante.

Se trata [el barroco], pues, de una verdadera moral del despilfarro simbólico, cuyo equivalente en la moral de todos los días sería el privilegio del erotismo, propiamente dicho, es decir, del juego, del despilfarro, de información y de energía en función del placer, contra la sexualidad propiamente reproductora, utilitaria, clásica, normativa (Sarduy, 1987, subrayado sic).De la Sede del Deseo florece una panoplia de pendientes, anillos, collares, pulseras, gargantillas, zarcillos, pendientes, aretes, diademas, ajorcas, prendedores, imperdibles, cinturones, pestañas postizas, polizones, hombreras y, de carácter estratégico, el maquillaje del rostro, uñas, depilaciones, el peinado, esa arquitectura que construyes sobre tu cabeza, con ganchos, peinetas, cintillos, lazos, crinejas, colas de caballo, y entonces te alisas el pelo si es crespo, te lo encrespas si es liso, lo pintas de negro si es rubio, de rubio si es negro.

Y todo lo distribuyes por tu cuerpo como una panoplia paradójicamente frágil, entre otras razones porque su solidaridad con tu cuerpo es tan escasa que están todo el tiempo amenazando con desprenderse o desordenarse y desordenarte, con el consiguiente signo de pérdida. Por su culpa no puedes tomarte tus gestos a la ligera porque los amplificas y cada acto tuyo se hace vertiginoso. Esa panoplia te destina a no poder recorrer el mundo sino a ser recorrida por él. Te destina a no saber jugar con otra cosa porque hace que tu cuerpo figure como un cuerpo de juguete.

No juegas con nada más porque no te hace falta. De niña poco o nunca jugaste con cosas exteriores como trencitos, avioncitos y computadoras, como yo, que crecí y sigo jugando con trencitos, avioncitos y computadoras —que, por cierto, te fastidian tanto—, porque no tengo juguete interno, propio: todos mis juguetes son postizos. A ti nunca te interesó otro juguete que tu propio cuerpo, desde donde es posible jugar nada menos que con el mundo y con todo el mundo.

Alarde es palabra de origen árabe que designaba la ocasión en que los caudillos de esa etnia pasaban revista de las tropas, para intimidar a sus enemigos. De allí viene la violencia ofrecida de las armas, antes de desplegarla. Alarde es promesa de acción, antes de la acción, para dar miedo, para escandalizar a los cobardes.Las panoplias del guerrero —que, no sé por qué, son las únicas que se consideran propiamente “panoplias”— son rudas, inexpugnables, feroces. Las tuyas no, porque están hechas para redundarte como entidad despojable, como alarde paradójico que eres de lo vulnerable. Mis panoplias me fortalecen, las tuyas te debilitan. El cuerpo se te puebla de aparaticos curiosos y deseables, de nimiedades divertidas y codiciables, de minucias irrisorias y preciosas, que te hacen vivir oronda de incomodidad, dichosa de tu fertilidad selvática, que te permiten florecer cada día en un estallido de brotes radicalmente caprichosos.

Y de todos ellos los más definitorios son los zarcillos. De los infinitesimales detalles con que marcas y demarcas el mapa de la Sede del Deseo, el arete es el de aire más dramático, el más douleur exquise, porque te horada, porque se te instala en una cicatriz, antecedente definidor de la desfloración, la que te marcó como mujer desde recién nacida. El primer acto de tu socialización fue una perforación, una violencia simbólica, un despropósito, un atrevimiento que solo se tiene con las niñas, porque son niñas y precisamente para que sean niñas —con los varones nadie se atreve. Y si no te atraviesan, los pendientes de presión te llevan dolorosamente asida por las orejas. Desde esa herida comenzaste a saber que no tendría nada de escandaloso llevar zapatos dolorosos.

Son los más definitorios también porque, como las pulseras, son los más inútiles. No tienen siquiera la excusa —por irrisoria que sea—, del anillo, del prendedor, del cinturón. Los anillos, por ejemplo, tienen la excusa de que sirven para marcar una condición y/o un acontecimiento: anillo de matrimonio, anillo de graduación. El prendedor y el cinturón tal vez sirvan para retener alguna pieza del vestido —al menos esa es la excusa. Pero los zarcillos son radicalmente inútiles, injustificables, estorbosos, engorrosos, inconfesables. Es decir, apasionantes, como todo lo que es difícil e inútil. Como la poesía.

El blasón es apasionante, como todo lo que es difícil e inútil (el Duque de Brissac, 1984: 25). —¿Para qué sirve la poesía?

A la poesía se le sirve, cuando hay suerte (Cadenas, 1985). —El amor o el poder ¿con cuál te quedas?

Con el amor, pero nada como el amor de un hombre poderoso (Indiana Montezúñiga, periodista y animadora de radio, El diario de Caracas, 3/9/89:40).

Los zarcillos, en cambio, con ser nimios, son preciosos. En tus lóbulos maltratados llevas joyas valiosas. Es una fascinación inquietante llevar diamantes, perlas, que pueden valer fortunas, en tus orejas frágiles y heridas. No, no importa que de hecho no las lleves, tal vez porque eres pobre, que es accidente muy común, pero que te duele más que a mí, y generalmente debido a que no te ha poseído un poderoso. Pero basta que las puedas llevar, con que llevarlas sea una mera posibilidad, incluso una de esas «posibilidades imposibles», como ser Lady Di o Carolina de Mónaco, para que su fascinación opere a todo lo largo y a lo ancho de tu sensibilidad, de tu estética. Tus lóbulos heridos son uno de los primordiales puntos de articulación con el poder, pues allí puede acudir el a colgar el tesoro del vencido: eres el alarde del vencedor, a quien dominas porque te domina. Es una mera posibilidad y con eso te basta para soñar. Porque, ¿verdad?, quién sabe...

Eva y Pandora, las dos mujeres primordiales, fundan la Sede del Deseo en las panoplias del cuerpo: Eva, luego de su original pecado, y solo entonces se engalana, para seducir a Adán y hacerlo apto para crecer y multiplicarse.

Pandora nació adornada, para lo mismo. Y fue más radical porque fue explícitamente, en sí misma, una venganza de los dioses contra la voluntad de poder de los hombres, que habían obtenido el fuego prohibido mediante los buenos y atrevidos oficios de Prometeo. Los dioses te «diseñaron» —el primer diseño en equipo de que se tenga noticia—: Hefesto te forjó a «imagen y semejanza» de las diosas —la feminidad ya existía en las diosas, la feminidad era, pues, todavía, exclusivamente divinal. Atenea te vistió y te dio el soplo de vida, las Gracias y Peitho —el Espíritu de la Persuasión— te enjoyaron. Las Horas, o las Estaciones, te cubrieron de las flores de la Primavera, Afrodita te dio la belleza y, por último, eso cuentan los poetas, Hermes te otorgó por igual astucia y estupidez —que, luego de años de experiencia no es difícil entender que no son incompatibles. Otros poetas cuentan que también te dotaron de maldad. No sé, habrá que preguntarles de dónde sacaron eso. Prometeo —”el que lo piensa antes”— ordenó a su hermano Epimeteo —”el que lo piensa después”— que no aceptara aquel regalo terrible de los dioses; al que Epimeteo, abrumado por la panoplia de Pandora —”la de todos los dones”—, sucumbió, por lo cual la raza humana se degradó de un modo que ha sido hasta ahora irreparable. Pero no hay que culpabilizar al pobre Epimeteo: aquella panoplia era más fuerte que él porque estaba hecha por los demás dioses. ¿Cómo no sucumbir entonces nosotros, varones mortales, si sucumbe todo un titán como Epimeteo? Pandora, en fin, trae un ánfora, una caja, un espacio interior —su sexo, ¿no, Sigmund?—, que contiene todos los males del mundo. Lo demás es historia conocida: Epimeteo fue el primer varón que vivió, es decir, gozó y padeció, el deseo. Otras reseñas del mito dicen que fue Prometeo mismo, el sabio, el sagaz, el previsivo, el que sucumbió —lo que hace más inexorable nuestro destino, según el mito.

Historia desconcertante que hace del lugar de donde venimos —la matriz— el origen de todos los males; la reproducción biológica es trágica, antes de Pandora, antes de Eva, cuando los hombres vivían sin biología, eran felices, porque no existía la muerte, que es parte de la vida, de la biología. La biología, pues, es femenina. Para las dos caras de nuestro mito originario —Eva/Adán, Pandora/Epimeteo y/o Prometeo— la división entre los sexos no era Herida Original, sino una intromisión en la vida de la raza humana, que hasta entonces había tenido un solo sexo, esto es, cuando la masculinidad no era sexo sino la única y sensata forma de existencia, que hasta entonces fue simple, y por tanto no había conocido el deseo, que es el hecho complejo por antonomasia. La mujer, Eva o Pandora, es, pues, según nuestros dos mitos paradigmáticos, una intrusa, que pierde a los hombres y trae el Pecado, la pérdida del Paraíso y las calamidades que hoy nos afligen, las que aparecieron cuando Eva mordió la manzana y las que Pandora liberó del ánfora en donde Prometeo las había represado. Desde entonces existes, astuta y apetecible, nefasta y deseable, trayendo el placer y las calamidades, la vida y la muerte. Por eso eres temida y deseada, odiada y amada. Por eso al mismo tiempo das a luz y te ocupas de los muertos.

Un hombre, por malicioso que sea, nunca hablará tanto bien ni tanto mal de las mujeres como el que ellas piensan de sí mismas (Balzac, frontis).

Dios les dio una cara y ustedes se hacen otra. Se tongonean, se pavonean, hablan aniñadamente y se burlan de todas las criaturas, haciendo pasar su liviandad por candidez (Shakespeare, Hamlet: III, 1).La fuerza más formidable del machismo no es que los poetas hayan dicho todo esto y que nos lo hayamos creído, sino que tú misma, tú la primera, te lo has creído. Y te sientes escueta, bicho sin sexo, cuando no llevas las panoplias de Pandora, las panoplias de la Sede del Deseo, te sientes impotente, estéril, porque no puedes hacer el alarde que requieres para desplegarte como el motor primero y permanente del deseo.

Por eso eres una fiesta, porque estás bañada de sorpresas paradójicamente previstas: de guirnaldas, de movimientos sinusoides, de gestos gráciles, de «tongoneos» (jigs), que tanto te reprochaba el misógino Hamlet.

No es cierto, tú y yo lo sabemos por experiencia, que no es cierto que ladies donít move, que “las damas no se mueven”.

Pero no es cierto que tus movimientos tengan que circunscribirse a la sola antelación de la fusión momentánea de Salmácide con Hermafrodito, al juntamiento amoroso. No estás condenada. Se trata de un mero fundamento —transitorio con todo y ser fundamento— de la civilización en medio de la cual nos deseamos. El momento presente que vive esta civilización te ha dado otras panoplias, que se han superpuesto a las de Eva y de Pandora. Otras panoplias que precisamente dejan a las antiguas —que son hechura de los dioses— como alternativas deliciosas y por tanto deseables, pero no como condenación reductora e inapelable. Ahora eres cada vez menos el Otro (De Beauvoir, 1949) porque eres cada vez más tú.

Ahora eres más bella porque eres más gente.

El precio de la inocencia
Tu virginidad sirve para producir un momento mítico, mágico: el de tu desfloración, sea que «te decidas», porque «ya no aguantas más» y te entregas —porque forzosamente estuviste aguantándote; digo, hasta que dejaste de ser virgen, si no lo eres aún—; o como «sentenciada», si acabas de casarte y tu recentísimo marido va a desflorarte esta noche, hagas lo que hagas.

Art happens (Whistler)

.Sí, es vulgar, pero por eso mismo es altamente erótico. Aunque también puede decirse de otras maneras, también vulgares —cursis—, pero no menos eróticas: la dulce niña que guarda su virginidad como don de amor para su esposo; así argumentan los curas. O para el amado que se lo merezca, así argumentas mejor, si quieres, si amas, y nunca olvidarás al tipo que te desfloró —o lo va a hacer—, no importa si fue —o va a ser— una experiencia feliz o lamentable. Y porque es un momento mítico no puede perderse con «cualquiera», es decir, desperdiciar ese único en brazos de quien no deseas, ni amas, ni respetas, porque en ese instante se decide todo el resto de tu vida. Pero no siempre ocurre así, no porque no quieras: en realidad puesta a escoger tal vez escogerías a ese ser deseado, amado y respetado. Pero suele suceder que simplemente «pasa» (happens), como en la mayoría de tus decisiones estratégicas. O puede que no, y te pasa con el marido, con el institucional, «como debe ser».

Ciertamente, es el momento de «pasaje» entre la niñez y la adultez. Pero, cosa curiosa, para mí no hubo ese «pasaje», al menos tan solemne, tan lleno de intensidades, no hubo esa «marca» iniciática, porque, como veremos en Expropiada, mujer no marca a hombre. La primera no me inició. Yo comencé yo, ella no me hizo nada, porque mujer no le hace nada a hombre cuando este no lo quiere. Lo contrario es un desastre. Entonces eres potentísima y me haces de todo, Carmen, y usas todas tus astucias y estupideces. Nadie, tú tampoco, sabe para qué. Pero cuando todo es «derecho», en cambio, soy yo quien te lo hace todo a ti (en el mundo simbólico, se entiende).

Pero no es eso aún lo radical de la virginidad. Lo radical es que la virginidad es cuestión de tiempo, es decir, de acumulación. ¿Y qué más se acumula sino deseo? ¿Qué más se acumula sino pudor? ¿Y qué es el pudor sino el contrapeso del deseo? Hasta el día de la descarga. Por eso la virginidad es la fuente primordial, el punto de partida del deseo, que entonces, teóricamente, ya no termina nunca porque no tiene delimitación exacta: ¿cuándo cesas de ser deseable? Unos dicen que a los veinticinco años. Otros que a los ochenta. Otros que el día de tu desfloración. Los tres tienen razón, por eso digo que es infinito o, mejor, indefinido.

Y para ti también es una aventura erótica. No solo es erótico para mí saberte virgen, lo es también para ti. Porque estás acumulándote, transformándote, aprendiendo a esperar, que es tu arte fundamental, desde Penélope y todas las princesas cautivas, especialmente Bella Durmiente y Blancanieves, que despiertan a la vida —al deseo, claro— con un beso de amor. Posponer el placer ha sido en nuestra cultura una de las principales fuentes de deseo —por aquello de que se desea solo lo que no se tiene. Porque una virgen no es una niña, una virgen es una joven, o, mejor dicho, una niña que ya desea pero aún no ha dejado de ser niña y por eso no tiene derecho a la satisfacción del placer. Es esa ambigüedad la que se rompe con tu desfloración. Y, finalmente, cuando te desfloro te identificas para mí, te des a quien te des luego; fui el primero y eres mía para siempre, porque fue el que te demostró que tu vida comenzaba, por eso no me olvidarás.

Por eso la virginidad es la fuente primordial del deseo. Salvo en la solterona, que prolonga su virginidad como ambigüedad, pero ya no como fuente de erotismo, sino como fuente de risa, que es una de las figuras más disonantes con el deseo. Sí, doña Rosita, es dramático, es triste, pero das risa porque la virginidad no te corresponde gramaticalmente.

«Calla calla, princesa —dice el hada madrina—;

en caballo con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,

a encenderte los labios con un beso de amor» (Rubén Darío, Sonatina).

Si una mujer consiente en abandonarse a una fantasía libidinosa, debe infaliblemente librarse a cualquier agresor fortuito, porque ya no tiene el discernimiento necesario para expulsarlo como un intruso (Klosowski).

La estructura no hace excepción de personas; es, pues, terrible (como una burocracia). No podemos suplicarle y decirle: «Mira cómo soy mejor que H...» Ella responde inexorable: «Estás en el mismo lugar de H..., eres, pues, H...» Nadie puede litigar [plaider] contra la estructura (Barthes, 1977: 154-155).

Más pierde el venado que quien lo tira (dicho de cazadores).

Disparen primero y averigüen después (orden de Rómulo Betancourt a la Policía de su gobierno, según cuentan sus enemigos).

Los signos no son cosa de mero pneuma, soplo, cosa de aire que el aire se lleva, sino asiento de todos los dramas, que son generalmente transgresiones gramaticales: a las del parentesco casi siempre. Y los dramas pueden ser tragicómicos, Florinda. De modo que no puedes jugar con los signos, lo sabes sobre todo tú, que siempre usas la palabra de modo oblicuo porque sabes el peso descomunal que tiene en tus labios. Por eso me lo dices todo al revés, para que no me asuste. Yo puedo decir «te amo» así como así, te gusta, pero también temes que sea mentira y en última instancia un piropo callejero no me compromete a nada. Pero a ti sí, por eso haces que ignoras el piropo, porque aceptarlo con una sonrisa es un tremendo compromiso, una confesión definitiva que luego no puedes recusar. Yo, en cambio, en cosas de piropos, disparo primero y a veces ni averiguo después. En cuanto a mí, ser solterón no me compromete a nada, por célibe que sea. Por ridículo que sea. Primero porque nadie, por cierta que sea, se va a creer mi castidad, segundo porque hombre no es virgen, salvo como chiste, es decir, como trasgresión gramatical. Hombre puede ser hasta santo, pero ¿virgen? ¿Cómo? Es una realidad irrepresentable. En cambio para ti es imprescindible: eres mujer porque eres o porque una vez fuiste virgen. Es más: si eres solterona no importa que no seas virgen, sigues figurando como tal, y de la peor manera, hagas lo que hagas.



Ladies don”t move (dicho victoriano).Y todavía más: ser mujer te compromete a ser virgen todo el tiempo: se supone que no deseas, que no andas buscando nada, que finalmente dejaste de ser virgen aunque no lo querías, por una presión institucional, el matrimonio, que «no te dejaba otra salida». Y si lo querías fue porque hubo algo, el deseo, más fuerte que tú. ¡Cosa insólita! Tú, la Sede del Deseo, eres figurada como ajena a él, que es algo que te invade, conmigo, desde fuera de ti, Bella Durmiente.

Hubo una vez, sin embargo, en que los niños no extistían. Quiero decir, como los percibimos ahora, pre-adultos demarcados y escoltados por Walt Disney, Jean Piaget, Jean-Jacques Rousseau y el Dr. Spock. En la Edad Media, por ejemplo, los niños eran adultos incompletos, y en las pinturas se los describía como enanos. La infantilidad contemporánea la inventaron, entre otros, los cuatro antes mencionados, y Leopoldo Mozart, que cargaba por las carreteras a sus hijos en plan de prodigio, encandilando hasta hoy a los públicos con un tout petit capaz de componer sinfonías en Fa menor antes de haber cambiado los dientes.

Hoy estamos tan hundidos en el Progreso que a nadie le parece raro que sean los niños quienes eduquen a los adultos, enseñándoles que en el mundo existen altavoces triaxiales y dentífricos milagrosos. Uno enciende la televisión y se encuentra con rostros y voces infantiles que son hasta más «maduros» que los adultos en eso de invertir en clubes campestres y beber sucedáneos lácteos.

Los niños de los spots comerciales ya no son siquiera como Shirley Temple, que miraba de reojo, y si acaso con un guiño de picardía, los entonces aún recientes descubrimientos de Freud sobre la sexualidad infantil. El uso del niño en la publicidad ha traído consigo su inevitable erotización industrial, y la última Shirley Temple fue la esquizofrénica Brooke Shields, que, después de debutar en Pretty Baby y hacer contorsiones orgásmicas para anunciar unos jeans en la televisión norteamericana, salió un día con la loquetera de que ella diz que era virgen.

Claro, la mamá de Brooke descubrió lo que la de Marilyn no podía descubrir, por no vivir en estos tiempos restauradores: que las Lolitas no tienen una demanda prolongada, porque las ninfetas prematuramente iniciadas deterioran su valor de cambio. La mamá de Brooke descubrió que la virginidad instala una diferencia de potencial, una ansiedad, una energía, que vende, sobre todo cuando se la coloca como ella la usa, bajo permanente e inminente amenaza de ruptura.

La virginidad de Brooke era, pues, como toda virginidad concienzudamente cultivada, ni más ni menos que una perversidad, más viciosa aun si era cierta que si era falsa, porque se habría tratado entonces de una inesperada confirmación de la doncellez pertinaz como condición mínima de la vida sexual, esta vez producida en serie. Lejos estamos de aquella virginidad artesanal de conventos y «ojo-casa-de-familia»: ahora la inocencia carnal no solo coloca en el mercado, como antes, a núbiles con dote como Doña Inés. La vida de esta condición está amenazada de muerte con las nuevas prótesis de la sexualidad, las que prometen salir para siempre del universo sexual vivido como deber malsano y despavorido.


Ajena


...no se ocupa sino de los medios de brillar; no se mueve sino en una esfera de gracia y de elegancia; es para ella que la joven hindú hila las suaves cerdas de las cabras del Tíbet, que Tartaria teje sus velos de aire, que Bruselas hace correr sus naves cargadas del lino más puro y sutil, que Visapur disputa a las entrañas de la tierra guijarros encandilantes, que Sèvres dora su blanca arcilla. Medita noche y día nuevos engalanamientos, emplea su vida en almidonar sus trajes, en doblar cuidadosamente sus telas. Se muestra brillante y fresca a desconocidos, cuyos homenajes la halagan, cuyos deseos la encantan, aun siéndole indiferentes (Balzac: Méditation II).

¿Has visto mujeres que amen a los pobres? (Pagnol).

Vive tu vida, haz lo que te apetezca, pero no olvides nunca que eres una mujer y emplea tu feminidad para conseguir lo que se te antoje. El amor es importante y el sexo es lo más divertido (Madonna, 1992).

Hay pocas mujeres honestas que no estén hastiadas de su oficio (La Rochefoucault, 1957).

No es fácil convivir con la sensualidad. Sensualidad es lo frágil, lo sutil, lo precario por excelencia, es el producto de una prolongada y esmerada refinación, de turgentes procederes, de minuciosas voluntades que van ubicando cada átomo en cada respectivo lugar. Sensual es el olor del lino, un arpegio inesperado, un ocio interminable dentro de una bañera, una sonrisa por igual imprudente y oportuna. Sensualidad es hacer de cualquier cosa una caricia, antes de llegar a la caricia; es decir, un signo: sensualidad es darte por cogida con solo una mirada.



¡Ay! Si en el mundo hay comerciantes sentadas todo el día entre velas y melaza, granjeras que ordeñan vacas, desgraciadas que son empleadas como bestias en las fábricas, o que cargan el cuévano, el azadón o el azafate; si existen lamentablemente demasiadas criaturas vulgares para las cuales la vida del alma, los beneficios de la educación, las deliciosas tempestades del corazón, son un paraíso inaccesible, si la naturaleza ha querido que tuvieran un pico caracoide, un hueso hioide y treinta y dos vértebras, ¡que permanezcan para el fisiólogo en el género orangután! Aquí no estipulamos sino para los ociosos, para aquellos que tienen tiempo y espíritu para amar, para los ricos que han comprado la propiedad de las pasiones, para las inteligencias que han conquistado el monopolio de las quimeras. ¡Anatema a todo lo que no vive del pensamiento! Gritemos canalla y aun chusma a quien no es ardiente, joven, bello y apasionado (Balzac: Méditation II).

El corolario, en fin, de una laboriosa diligencia social que no le interesa para nada a la Sede del Deseo. De las sábanas de seda te importan las seda, no que las caravanas que te las trajeron hayan tenido que encarar desiertos, mares, tempestades y asaltantes de camino. Poco te importa. Nada te importa. ¿Y por qué ha de importarte, si la estética es un quehacer malcriado al que nada interesa el esguince de la bailarina o el desvelo del pianista que nos brinda una sonata y, encima, si se equivocan, los execramos? ¿Hay quehacer más malcriado que el deseo, esa pasión que abandona padre y madre, comodidad, seguridad y honor? Si hubiera, ya se sabría. El deseo es el lujo de vivir.

Se es, pues, mujer a pesar del origen popular. Y, por supuesto, no basta ser mujer, hay que mantenerse siéndolo. Ser mujer es un afán tal de conquista que es un escándalo perderlo en un minuto de debilidad social. Al Diablo entonces lo social: importante es el deseo, vivir el lujo de la vida. Y el deseo es el animalito menos razonable de la escala zoológica. Su furia es tan elemental y obtusa que no debiera ubicarse en escala biológica alguna, sino en cualquiera de las escalas minerales.

No se nace mujer, se deviene mujer (De Beauvoir, 1949:II, 13).Tu condición de Sede del Deseo te designa como espacio privilegiado, como sitial de la vida, como escenario intrincado en el que ocurre todo. Sin Sede del Deseo no se pierde el Paraíso, ni hay Guerra de Troya, ni José Arcadio Buendía funda Macondo. Los hombres hacemos la historia porque hay feminidad, porque la hacemos en el espacio de la feminidad. Pero la feminidad como Sede del Deseo no es simplemente un polo de dos, como los de la electricidad, que hace mover la vida como un dinamo, con la estrecha y necesaria colaboración del otro. Eso puede que sea así biológicamente, zoológicamente, pero, en la retórica de las figuras del deseo, la relación no es ni simétrica ni paralela sino concéntrica. De modo tal que la vida fluye a través del deseo en su Sede, por su Sede, porque en el mundo no hay otro espacio para el deseo. Las dos figuras primigenias y primordiales del deseo nos cuentan que antes de Pandora no había deseo entre los varones, que vivían solos, sin sexo; y que antes de que Eva mordiera la manzana no había deseo en el mundo.

...no hay nada más increíble que pasar de ser una mujer actual a una mujer subyugada (Indiana Montezúñiga, locutora de radio, El diario de Caracas, 3/9/89:40).Por eso eres objeto, porque eres mujer. La «mujer objeto» no es una aberración de la feminidad, sino la feminidad misma, la que perdió el Paraíso, la que provocó la Guerra de Troya —Tetis, Discordia, Hera, Atenea, Afrodita, Helena. Eres mujer-objeto porque eres el Escenario del Mundo, en donde das albergue a las acciones del Universo. Eres la anfitriona enorme del deseo, devorada por los hechos, por la Historia que los hombres nos afanamos por montar en tu escenario, en ti, por ti, sobre ti, debajo de ti, a través de ti, dentro de ti. Por eso es mentira que te hemos excluido de la Historia. Lo que ha pasado es que no te ves en ella porque eres su escenario, como nadie ve el escenario en el teatro. Ese ha sido tu papel, tu interminabe responsabilidad: servir de contexto nada menos que a Todo, ser la «conexión entre todas las cosas» (Miller, cit. por Mailer, 1971:82).

Por eso el poder es viril. No es cierto que la virilidad conduzca al poder. Es el poder el que conduce a la virilidad. El poder es la prueba de que hay virilidad, así como el deseo prueba que hay feminidad. La virilidad es poder y si no, no es. Por eso virilizas el éxito, por eso no te importa mayormente desear a un hombre contrahecho y escaso en el sexo si sabes que es capaz de labrar el Universo en ti. Si es bello mejor, pero un hombre poderoso produce tal estremecimiento en el Escenario de Todo, que el hombre bello queda como un recurso de sensualidad menor —porque no todo es sensualidad en el deseo. También hay la voluntad de existir como «conexión entre todas las cosas», conexión que fluye a causa del poder que tiene un héroe poderoso de dominar el universo agreste que tanto teme tu blanca túnica y defenderte de él. Tú ofreces el instrumento de la conexión, él pone el acceso a las cosas —todas si es Alejandro, si es César, si es Rockefeller— que se han de conectar a través de ti. Por ello es un placer tan enorme abandonar tu blanca túnica a quien es capaz de dominar el mundo, porque su mano no es una garra desmañada, sino la habilidosa y poderosa mano de quien es capaz de alcanzarlo todo de un zarpazo. Con él no te pierdes, pues a donde vayas es su tierra, porque es el Emperador. Esa garra que estremece el mundo es la que te acaricia y por eso te estremece a ti. Porque si ha labrado el mundo sabrá labrarte a ti, incluso si te daña. Él sabrá lo que hace. Tú no. ¿Qué puedes saber tú del Universo, tú que no puedes recorrer con tus tacones sino espacios resguardados y previamente trillados por mí? ¿Qué vas a saber tú, que cuando te quitas tus aparejos fundamentales (falda, tacones, zarcillos) para conquistar al mundo, ya no eres tú?

Sí, claro, tal vez, «mujer moderna», ya hayas conquistado el Polo Norte y seas agreste y veterinaria o hasta hayas practicado el salto con garrocha y seas Primera Ministra o guerrillera o gerente de multinacional. La que no ha practicado nada de eso es la Sede del Deseo. Ella sigue intacta esperando al varón que la conquistará tal como se ocupa un país vencido. Es decir, el Príncipe que te despertará con un beso —de amor, decía Darío. Porque la moderna eres tú, no tu feminidad, esa entidad de invejecible antigüedad. No estoy diciendo que la Sede del Deseo tendrá que ser siempre antigua, y tampoco la zoquetada de que la «mujer moderna ha perdido su feminidad», sino que, de hecho, es antigua. ¿Puede cambiar la Sede del Deseo? ¿Puede ser «moderna» la feminidad? No sé. Eso te lo pregunto a ti. Yo no tengo la menor idea.

De verdad.

El hombre bello no tiene ningún peso si no sabe, no puede, no quiere, cuidarte y mantenerte civil, protegida, dominada, mimada, en lugar seco y luminoso, que para humedad y penumbra te basta con las tuyas, que, de paso, temes como a la selva misma cuando no hay varón que las delimite y dé sentido. El héroe poderoso no solo te protege del caos universal que te rodea, sino que te protege de tus propios caos interiores. Por eso el sexo te interesa tan poco en realidad, salvo como instrumento de tus designios y no puedes gozarlo sino en el contexto adecuado. Un buen amante está bien, tampoco es que estás tan distraída, pero en realidad es bien poco prioritario a la hora de decidirte a abandonar padre y madre y todo lo demás. El Príncipe no es el buen amante, el Príncipe es el que cambia tu contexto de un modo estratégico. Si es buen amante, mejor, pero eso no es lo fundamental en él. El buen amante es asunto táctico, y, a lo sumo, como tal, y solo como tal, un faux pas. Vamos, que no hay buen amante que valga tus suspiros comparado con una casa de veinte habitaciones y el «tren de servicio» y el chofer en la puerta.

Para vivir todo esto basta con no pensar, con ser puro designio (Mariela Álvarez, 1978:55), con «dejarte llevar» por el guión de la cultura, cultura que es eso que llamas «machista», gracias, sobre todo, a ti. Por eso te inquieta su infidelidad, te enfurece, pero, si te miente, mientras más descaradamente, mejor; si desmiente con suficiente énfasis el faux pas, vamos, te importa poco, o nada, porque hasta gozas ser tú la Catedral mientras la infeliz que lo distrajo un rato es una capilla más, parte del botín y —de un modo misterioso que no entiendes— es más tuya que suya. Los príncipes son príncipes porque tienen privilegios, ¿verdad?



El guerrero pone en juego su propia vida para aumentar el prestigio de la horda, del clan a que pertenece. Y con ello prueba luminosamente que el valor supremo del hombre no es la vida sino que ella debe servir a fines más importantes que ella misma. La peor maldición que pesa sobre la mujer es su exclusión de esas expediciones guerreras; no es dando la vida sino arriesgando su vida que el .hombre se eleva por encima del animal; por eso en la humanidad la superioridad es conferida no al sexo que engendra sino al sexo que mata.[...]

Dado que la humanidad se cuestiona en su ser, esto es, prefiere a la vida las razones de vivir, frente a la mujer el hombre se ha colocado como amo; el proyecto del hombre no es repetirse en el tiempo: es reinar sobre el instante y forjar el porvenir. Es la actividad masculina que, al crear valores, ha constituido la existencia misma como valor; la existencia ha vencido las fuerzas confusas de la vida; y ha esclavizado a la Naturaleza y a la Mujer (De Beauvoir, 1949: I, 113-115).Por eso no puedes, no sabes, no te hace falta, fantasear con el Hombre Ideal, con el Varón Perfecto, de él solo sabes claramente que es poderoso, que es firme, que lo sabe todo, es decir, que sabe todo lo que tú no sabes, que lo que él sabe es todo lo que hay que saber, que es el Mundo Exterior, porque él ha explorado sus límites, que cuando te acaricia tiene en sus manos la huella fresca de las porciones de universo que ha dominado. Ante ese varón el hombre puramente bello, que no es también heroico, que no es también poderoso, puede ser un simple paramour, un divertimento, momentáneo, un «hombre objeto», un bibelot, un puchungo, un gigolo. Puede que lo obtengas como parte de tu mobiliario, incluso hasta como la parte inconfesa del mobiliario del Príncipe —si ni siquiera lo haces por maldad, como yo cuando te soy infiel, que casi siempre es sin maldad. Cuando lo obtienes, cuando te fundes con él, no lo haces para rebajar al héroe, sino por puro placer, momentáneo y personal. Pero no es a ese momentáneo a quien entregas la administración del Escenario que sirve de «conexión entre todas las cosas».

Si te casas con uno de los Siete Enanos, permanecerás anhelando a ese héroe, despreciando al infeliz inerme, inepto, inapto, que no sabe administrar tu Escenario ante el estruendo del Universo y montar en tu regazo el Espectáculo de la Vida, para hacerte la joya más preciada de su botín. De allí que el día en que se aparece el héroe esperado, el Príncipe, el que prometió despertarte con un beso asombroso, te vas con él o te entregas a él. Y con él sí eres verdaderamente infiel al bobo que te tiene sin poseerte, que si te poseyera, tu entrega al Príncipe no sería sino un avatar trivial, sin consecuencias. Te fundes con el Príncipe —es decir, al que te figuras tal— precisamente, entre otras cosas, para demostrar —demostrarte a ti y al bobo, al Universo— que el bobo no te posee. Después de esa infidelidad con el Héroe, ya ningún bobo puede cogerte verdaderamente, entre otras cosas porque basta una cogida de Príncipe para poseerte para siempre. Por eso te causa placer darte al Príncipe, porque de Sede del Deseo te transmuta en Sede de Todo. Y si no sabes entregarte al Héroe, si no te atreves a entregarte al Héroe, por miedo, por comodidad, por mediocridad, es porque estás a la misma altura del bobo.



¡Qué absurdos los hombres! Siempre en movimiento, siempre dispuestos a interesarse por todo (Bombal, 1984:71).No eres, en fin, un estado soberano. Tu problema es otro. Tu problema no es el que se le presenta a cada minuto a la honra masculina. A ti, en realidad, cuando no te da miedo, te da risa la honra del Príncipe.

Qué raros los hombres, ¿no?, luchando siempre entre ellos para demostrar al Centro del Universo, a la Sede de Todo, tú, que lo merecen. Qué de esfuerzos, qué de guerras, qué de matanzas, qué de estruendos, qué de planes estratégicos, qué de estrés, todo por ti, nada para sí mismos, todo para ponerte zarcillos de diamante, para bañarte de seda, para encerrarte en un castillo imposible, para atarte con cadenas de oro, para mostrar al Mundo que puede tener mujeres de lujo, impregnadas de lujo, es decir, de sensualidad.



HISTORIA DE UN DÍA EN TRES ESQUELAS

I

Vergüenza me cuesta, pero has de perdonarme. Hoy no asistiré a la Junta. El motivo es pecaminoso. Justamente de cinco a siete tengo que ir a probarme unos vestidos a casa de Laura. Ya sabes lo que es ella; si pierdo mi turno, me deja desnuda este invierno. ¿Estoy perdonada? Bien lo merece mi franqueza. Pude inventar otro pretexto. Otra junta piadosa, la jaqueca, el dentista...; pues no, me entrego en pleno delito de coquetería. Así puedes decírselo a las amigas, segura de que todas me absuelven. Me has dicho que la marquesa está expirando. ¡Pobre señora! Esta noche te veré en el Real. Hasta luego.

II

Mucho siento la mala obra, pero hoy me es imposible ir a probarme los vestidos. Precisamente de cinco a siete se reúne la Junta de Damas de la Honradez y el Trabajo, de la que soy secretaria, y no puedo faltar. Iré mañana a primera hora. No retrase, por Dios, los vestidos, el negro sobre todo, nuestra presidenta está expirando; y si se muere, no sé cómo voy a ir a los funerales.

III

De cinco a siete.

Benavente (Historia de un día en tres esquelas).Para nada, para que tú, en última instancia, allá en el fondo del Universo, en un lugar apartado que ningún explorador, por hombre que sea, ha conquistado, en la geografía inalcanzable a donde solo pueden llegar las Sirenas, las Grayas, las Górgonas, tengas en tu entero e indisputado poder la «conexión entre todas las cosas», la posibilidad de derrumbarlo todo con un gesto, de afrentarlo definitivamente con una sola infidelidad pública, apenas él tenga una sola debilidad, así sea pasajera, así luego te mate por ello. ¿Para qué tanto afán, verdad, si puedes derribar su alcázar con un solo gesto? Aunque no lo hagas, basta con poderlo, que, como su nombre lo indica, poder es potencialidad (Marin, 1979).

La honra es cosa de hombres. Tu deshonra, Desdémona, no es problema tuyo sino de tu padre; o de tu marido, sea Enano como el tuyo, Mme Bovary, o Príncipe, como tu Agamenón, Clitemnestra—; o de los hombres de tu pueblo, Helena. A ti ni te va ni te viene esa honra, porque nada de ella se reserva para ti ni te sirve para nada. Por eso tienes en tus manos un poder formidable: el de la inmolación. ¿No te dejan vivir, te ahogan? ¿No te dejan amar a quien quieres amar? Entonces al Diablo la honra y ahí va. Así tu madre Fernanda del Carpio te meta a monja, Meme, así te expulsen de la tribu, así te mate el deshonrado o te lapide la entera comunidad deshonrada. Fuiste y, junto contigo, acabaste con un apellido que no te pertenece —el de tu padre, el de tu marido, es decir, el de tu captor.

¿Y si no te importa nada esa honra, a qué cuidarla tanto? Que la cuiden ellos, que son quienes la tienen. De todas maneras, todo depende de cómo te lo planteen. Finalmente puede ser una comodidad mantenerte en el difícil reino de la feminidad a cambio de una noche o dos o muchas, para que algún Príncipe —por poco emocionante que sea, pero poderoso— te engalane, te mime, te domine y te mantenga entre las arcillas blancas de Sèvres, entre las sales prolongadas de tu baño. Así no encallecerás tus exquisitas manos, tu terso cutis no se ajará en una cantera, ni aburrirás tu gusto en un taller. A cambio de una noche o dos o muchas —que dan igual—, puedes mantenerte a flote entre las otras que querían cerrarte el paso y demostrarles que eres tanto como ellas... no, mentira: mejor que ellas. ¿Qué importa una noche o dos o muchas a cambio de tanta y aparatosa mise en scène del poder? Total, tu poder es una burbuja aparte del Universo. Andrei Linde ha dicho que los universos pueden surgir, uno dentro de otro, como burbujas, sin estorbarse, pues sus respectivas leyes de tiempo y espacio son diferentes.

FRICKA

Preocupada por tu fidelidad,

triste, me preguntaba cómo

encadenarte a mí

cuando quieres andar errante:

una bella casa,

un dulce interior

te debieran incitar

a la calma, al reposo.

Pero tú, al hacerla construir,

no te cuidabas sino de

conseguir un alcázar

para que parapetara

tu poder, tu dominio.

Para combatir sin reposo

se eleva el Walhalla.

  WOTAN



¿Querías tú, mujer,

tenerme prisionero?

Debes conceder al dios

ligado al burgo, que conquiste

el Mundo en la aventura.

Quien vive ama el cambio:

no puedo evitar ese juego.

FRICKA

¡Varón detestable

y sin amor!

¡Por el poder

y sus máscaras fútiles

sacrificas, cínico y engañoso,

WOTAN (con gesto grave)

Para hacerte mi mujer

he entregado un ojo

en mi ardor.

¡Son absurdos tus reproches!

(Wagner, Das Rheingold, esc. 2).Así es tu poder: se manifiesta en otra parte, y no le estorba para nada el afán del Príncipe de tener colgados en la pared sus trofeos de caza y de tenerte encerrada en su castillo inexpugnable, atada con cadenas de oro. Tu poder es otro y vive de otros trofeos, vive de sostenerte a flote en la feminidad —que, según Balzac, es un objeto de lujo— y de reinar sobre el mundo, controlando minuciosamente todas y cada una de sus intimidades. Y las controlas porque, como ya dijimos en Elevada, la intimidad vive y crece porque hay feminidad.

Ella necesita un hombre que le ponga orden (dicho epiceno de la Era del Apartheid).Tal vez logres guarecer ese negociado en los velos matrimoniales, de la legitimidad, y entonces, burguesa, dejes al Príncipe para los sueños o para las horas robadas, o tal vez se transmute en Capitán de Empresas. Tal vez no logres tanta perfección y te contentes con ser la querida de un poderoso que acalle la aclamación escandalosa de tu condición. Todo vale, con tal de no naufragar. Eso nunca. Que el problema de ser ajena es económico solo para los anuarios estadísticos y para justificarte a la hora de la inevitable acusación —que, por cierto, puede venir desde dentro de ti: «Hago esto porque soy una menesterosa». Pero no: ser ajena no es una necesidad económica, ese argumento es una de las estafas argumentativas más perversas de la historia de la humanidad, hay mil otras profesiones menos onerosas, menos humillantes, etc.; pero no: ser ajena es un arte que te pertenece por derecho. Yo, en cambio, cuando soy ajeno, gigolò, paramour, me vuelvo femenino porque entonces me plagio tu arte tuyo. Tu arte delicado de mantenerte a flote, en el gran restaurant, en el grand hôtel, en la gran boutique, en el gran salón del Príncipe. No necesitas ejercer explícitamente la profesión maldita, basta con embrujar a un Príncipe entre muchos, porque te enamoraste de su poder, cualquiera que sea su forma, que no tiene por qué ser económica, también puede ser política, militar, científica, literaria, basta que sea una prominencia colectiva —¿ves que tu problema no tiene que ser económico, aunque tome esa figura? Lo hacen asimismo las monas de la selva. Es una actitud propia de primate superior que eres.

Sí, también puedes ser mejor, más respetuosa de ti misma y negarte al viejo gordo con billete en el momento de tu mayor necesidad económica, eso depende de ti, solo de ti, nadie puede ayudarte. Pero para eso tienes que ser una supermujer. Y tal vez, calculas tú, para ello habrás de conseguir al superhombre. Cierto, pero pasa que la supermujer no calcula precisamente por ser supermujer: está dispuesta a que nunca aparezca el superhombre, son riesgos de héroe, riesgos grandes, estremecedores, que no son para cualquier corazón. Como el de quedarse solo, algo tan normal en héroes y heroínas, que no se sorprenden en la soledad, aunque les duela. Puedes ser superior a tu mundillo sórdido, pero tienes que merecértelo, como todo lo grande. Sí, ya sé, eso no es para todo el mundo. Son privilegios de unos pocos. Todo el mundo no puede ser héroe. Ni heroína. Pero existen. Me consta. No diré dónde están porque


yo no digo esta canción,

sino a quien conmigo va.



Romance del Conde Arnaldos.
No me refiero a castidad o continencia, qué disparate. Ajena no es la que tiene mares de amantes. Ajena es la que los tiene por procurarse alguna ventaja que no tiene nada que ver ni con el goce ni con el amor. Ésa es otra cosa, feliz, gaya, vivaz, magnífica y entonces eres una flor magnánima. solo los envidiosos, es decir, los puritanos pueden osar vituperarte en ese caso. Me refiero a otra cosa. Tú sabes.

Y si, por ese camino tal vez no consigas ni al Príncipe ni al burgués, entonces serás callejera, inoportuna, desvergonzada y vergonzosa porque si no eres ni para el Príncipe ni para el burgués: eres de cualquiera y deshonras estadísticamente a la comunidad entera, impunemente, envileciendo las aceras, excluyendo toda decencia de ese barrio contaminado, de esa calle por donde pasas, hilvanando una deshonra con otra, irradiando indignidad. Es un naufragio, sí, pero te llevaste a todos contigo al envilecimiento. Mientras haya naufragios como el tuyo la dignidad será siempre y solo un proyecto. Si esto era perder la virginidad, si perderla no era irte al castillo de Bella Durmiente, entonces que la pierda la comunidad entera junto contigo y no quede honra para nadie. Aunque tal vez, Cabiria, todavía haya una última, sorprendente, fulgurante, asombrosa oportunidad de que venga a rescatarte el Príncipe, para siempre.

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